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EL MIEDO Publicado @ 19:31 - 14/12/2006 Etiquetas:
Aquí un relato corto, pero que sin duda gustará a los aficionados a ciertos juegos de terror nipones, y porque no, al cine o a la literatura de este género.
Es un relato escrito por Yakumo Koisumi (1850-1904), fue un periodista británico nacido en Grécia, cuyo verdadero nombre era Lafcadio Hearn. Enviado al Japón como corresponsal, adopta la nacionalidad y las costumbres japonesas. Recopiló numerosos relatos tradicionales, especialmente en su obra Kwaïdan.
El Miedo, es como se llama este relato, quizás hoy día no resulte sorprendente, pero en su día este tipo de historias eran asombrosas, a mí me lo siguen pareciendo..^^
El Miedo..:
En el camino de Akasaka, cerca de Tokyo, hay una colina, llamada Kii-no-kui-zaka, o "La colina de la provincia de Kii". Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de las linternas y los kinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-no-Kuni-zaka, después de la puesta de sol.
¡Y eso a causa de un Mugima que se paseaba! El último hombre que vio al Mugima fue un viejo mercader del barrio de Kyobashi, que murió hace treinta años.
He aquí su aventura, tal como la contó:
Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vió una mujer agachada cerca del foso... Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se paró, para prestarle ayuda si era necesario. Vió que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena família.
-Hola -saludó al aproximarse-. No llore así... Cuénteme sus penas... me sentiré feliz de poder ayudarla.
Hablaba sinceramente, porque era un hombre de corazón.
La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.
-¡Honorable señorita! -repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico... Este no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y dígame la causa de su pena. ¿Puedo ayudarla en algo?
La joven se levantó lentamente... Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido... Gemía y lloraba alternativamente.
El viejo mercader puso una mano en su espalda y le dijo: -Escúcheme un momento...
La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó caer la manga y se acaració la cara con la mano... ¡El viejo vió que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca!...
¡Huyó, gritando de espanto!
Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él... Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás... Por último vió, en lontananza, la luz de una linterna... Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de "soba", que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor gimiendo:
-¡Ah!... ¡Ah!... ¡Ah!...
-"Koré"... "Koré".. -replicó el vendedor ambulante, bruscamente- ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?
-¡No!... Nadie me ha hecho daño... -murmuró el otro- Pero... ¡Ah!... ¡ah!... ¡ah!...
-¡Por lo menos le han dado un buen susto! -dijo el mercader, demostrando poca simpatía- ¿Se ha encontrado con algún ladrón?
-¡No!... Pero, cerca del foso... he visto ¡Oh!, he visto una mujer que... ¡Ah!, jamás podré decir cómo la he visto...
-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez así?... -exclamó el mercader.
Se acarició la cara, que, de pronto se hizo semejante a un huevo...
¡En aquel mismo instante se apagó la luz!
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