Érase una vez yo, siendo niño y jugando con el que por aquel entonces -y aun hoy día- era mi hermano. La verdad es que la mayor parte de los juegos que tenía con mi hermano acababan igual, con un poco de suerte cada uno por su lado, o en el más común de los casos, en pelea. Aquel día nos encontrabamos jugando con un pequeño robot de esos a pilas que caminan solos, giran el cuerpo 360º y hacen divertidas y epilépticas luces de colores. La verdad es que no recuerdo la historia anterior de ese robot, no se asegurar de dónde salió o si pertenecía a mi hermano o a mi ya que a parte de ese día no tengo consciencia de ese juguete. Según mis recuerdos, que seguramente con el paso del tiempo se han alterado, mi hermano, que era mayor que yo no me dejaba jugar con este y me apartaba de él, es decir nunca me llegaba el turno con lo que yo siendo un niño como era, empezé a llorar y quejarme.
Como he dicho yo y mi hermano siempre que jugabamos juntos acababamos por pelearnos por lo que mi padre que se encontraba en la otra punta de la casa nos oyó y vino muy cabreado a reñirnos y de una patada cargada de furia se cargó el pobre robot, saltando las piezas por todos lados. También nos pegó unos buenos sopapos en el culo, pero esto no es tan relevante como el hecho de que el robot dejó de caminar para siempre.
Mi padre, que supongo que se sentía culpable por haber roto el robot, más tarde (no recuerdo ya si ese mismo dia o el siguente, o a la semana...hace tanto ya que mi memoria solo recuerda lo esencial de la historia) nos llevó a una tienda de juguetes a comprar un nuevo robot a pilas. La mujer de la tienda nos enseñó varios, que caminaban, hacían luces, ruidos, disparaban, multitud de cosas vaya, todos ellos muy guapos. Pero no nos gustó ninguno por lo que volvimos a casa con las manos vacías y no hubo nunca más otro robot.
Ese robot nos gustaba, y por tanto, no podiamos buscarle sustituto, tanto daba que los demás fuesen más completos o divertidos, ninguno era el que habiamos perdido, y por tanto no lo podiamos reemplazar. Las cosas que nos gustan no se pueden reemplazar cuando las perdemos, por mucho que las que nos ofrecen sean mejores, aunque tengan más opciones, a lo que se tiene apego no es a lo bueno de algo, es a su totalidad, a lo bueno y a lo malo, a sus perfecciones e imperfecciones. Era igual que nuestro robot no caminase tan bien como otros, o que no diese la vuelta al disparar, o que tuviese menos luces, nos gustaba tal y como era.
¿Cuántos robots nos encontramos en la vida? ¿Cuántas cosas que perdemos son irremplazables aunque nos colmen las manos con otras mejores?Creo que hasta que no se olvida un robot uno no puede preparase a comprar uno nuevo, lo lástimoso del asunto es que hay robots que no se olvidan nunca en la vida. Como el mio.
Que nadie les dé una patada a vuestro robot, y cuidado con no pisarlo vosotros mismos, porque después no encontraréis uno que os guste tanto.
