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Frío en la cara y calor en el corazón. Publicado @ 3:29 - 11/3/2008 Etiquetas:
En las afueras de la ciudad donde las calles no estaban asfaltadas, recuerdo los caminos llenos de piedras y tierra que conducían a las viejas casas que llevaban décadas en el lugar y los postes de madera carcomida y reseca con sus vallas de alambre que el tiempo había hecho caer y oxidarse. Antaño habían separado una propiedad de otra y la hierba con el paso de los años se había encargado de difuminar y confundir a los ojos del extraño lo que era la casa de alguien y lo que era la casa de otro. La soledad de esos caminos en invierno permitía más que nunca sentir la vida, escuchar el silbido del viento en los oídos, el frío cortante en la cara y en las manos, el olor de una lejana fogata quemando arbustos y hojarasca y el ruido de algún gato que intentaba pasar desapercibido sin mucho éxito. La chaqueta, abrochada hasta el tope cubriendo todo lo que puede la nariz y la boca del niño que, saltando entre las piedras nota pero ignora el frío. El agua rebosante del pozo, un pozo lleno de moho y con la cal que lo cubre que se desconcha, invita a jugar con ella, a cogerla, derramarla, salpicar y poco importa lo congeladas que nos deje las manos. El juego lo vale. No hay nada como ver que un día se acaba en la soledad de esos caminos, ver como, poco a poco el cielo se va oscureciendo y pasa sin darnos cuenta de un azul claro lleno de nubes, a un celeste que deja entrever la luna y las primeras estrellas valientes para acabar en un mar de estrellas y entonces somos conscientes que el piar de los pájaros rezagados que aun buscaban un lugar donde pasar la noche ha dejado paso al canto de los grillos. Hora de entrar dentro de la casa.
Una ola de calor que hace que los carrillos se coloren en un par de minutos gracias a una estufa funcionando a todo gas, una pequeña y vieja casa, que huele a humedad, a muebles viejos y a recuerdos, la luz tenue de una bombilla de poca potencia funcionando en corriente de 125 y que alumbra menos que un viejo televisor de madera que pide la jubilación. El sofá lleno de cojines que han visto épocas mejores y una paleta para matar moscas escondida entre ellos para que nadie juegue con ella.
El calor y el abrazo de la persona que nos espera en el sofá, un abrazo incondicional, un abrazo que no pide nada a cambio y que será el que más sinceramente se nos da en la vida y que menos sabemos apreciar y agradecer. La mirada de aprobación de quien nos mira desde una vieja silla, de quien no sabe demostrar el afecto pero sabe querer a su manera, de quien, sin saberlo, nos enseña a ser fuertes.
No se cuantos años debe hacer ya desde que es imposible recibir ese abrazo ni sentir esa mirada, qué triste es que cuando sabríamos agradecerlo y apreciarlo más que nunca ya no tengamos la oportunidad para hacerlo.
No hay día que no eche de menos saber que estáis ahí.
No hay día que no eche de menos sentir que estáis ahí.