|
Categoría: Diario
Recibiendo a los cracks Publicado @ 12:48 - 2/7/2008 Etiquetas:
X la tarde iba a ser una tarde normal d sesión d gym pero bueno, nos enteramos x sorpresa q iban a ir a la plaza d la virgen los jugadores dl Villareal y Vlc a un homenaje y ale tos pa ya! Villa, Senna, Albiol, Silva, Capdevila, Cazorla, Marchena todo geniaaal no habia casi gente :O 4000 personas y casi todos chiquillos y xikillas :Pq no tapaban nada y primero salieron al balcón, pegaba todo l sol d cara y las fotos (N) pero valió la pena l calor y sudor x verlos. Despues nos hicieron la pua y salieron x la puerta d atras d donde estaba previsto q salieran antes d ser entrevistados x canal 9 n la cabina. Y nada corriendo como si fueramos reporteros dl cqc y pasaron al lado nuestro, todos muy bajitos, menos Albiol q era alto! jajaja ( Frase mítica de Albiol: ``volvería a Austria despues d la Eurocopa para ver los canguros´´).
Mientras ls hacian la entrevista n Canal 9 pues Villa s giraba y nos dedicaba saludos a toda la gente d allí, s porto como un crack, la afición genial tmb cn todo tipo d canticos hasta q hicieron un cantico sobre Raul y decidimos marcharnos ademas ya era tarde...
Raul es l jugador más grande d la historia de España, y no creo q ningun otro pueda dar más d lo q l ha dado x su club y seleccón, su ciclo n la selección acabó y n su club l kedarán algunos años + algun dia tendra una Eurocopa y un MUndial... como seleccionador (Y).
2 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario
EL SECRETO DE LA SELECCIÓN Publicado @ 15:52 - 1/7/2008 Etiquetas:
El secreto de la selección! Estos días no se habla en la televisión de otra cosa que no sea fútbol, y más hoy, día importantísimo para todos los españoles ya que España se ha proclamado campeona de la Eurocopa 2008.
Durante el tiempo que ha durado el campeonato, los jugadores de las distintas selecciones han permanecido recluidos en sus respectivos hoteles de concentración. Mientras en algunos países mataban el tiempo entre partido y partido jugando a las videoconsolas o echando una partida de cartas, en la concentración de la selección española triunfaba la serie internacional ``PERDIDOS´´ (LOST)
Xabi Alonso en los primeros dias d estancia n la concentracion cn la selección dijo en declaraciones a LA SEXTA Perdidos es mi serie favorita y m la he llevado a la concentración´´
Cesc Fabregas dijo en esos primeros dias n una entevista a MIchael Robinson emitida x Cuatro n primeros d Junio q su mayor afición era seguir ``HOUSE´´ en Cuatroº desde LOndres pero q su mayor devoción era ver y seguir Perdidos
En diversas entrevistas los jugadores han dejado claro q estos dias en la concentración no se dejaba d hablar d ``Perdidos´´ y q lo q ls ha faltado x ver lo verán inmediatamente al llegar a España!.
VIlla ha sido el máximo artifice a la hora d enganchar a sus compañeros, el jugador Ché es un gran aficionado a la serie
DECLARACIONES Y ENTREVISTAS DE LOS JUGADORES
JUanito: POR CULPA DE VILLA, SERGIO RAMOS Y YO ESTAMOS ENGANCHADOS A PERDIDOS´´
http://www.publico.es/deportes/127803/juanito/ramos/enganchados/perdidos
Villa: ``ESTOY ENGANCHADISIMO A PERDIDOS ENC UANTO LLEGUE A ESPAÑA ME BAJO LA 4ª TEMPORADA
http://www.publico.es/123320/listo/hoy/entrenare
Silva: ``Estoy empezando a ver Perdidos, dicen q tiene un gran inconveniente... q enganxa muxisimo´´
http://www.elpais.com/articulo/deportes/gusta/jugar/play/elpepudep/20080609elpepidep_26/Tes
Pronto en más entrevistas saldrá el nombre de Perdidos junto al d España.
Una gran parte del exito d España hay q darselo a la motivación, a la psicologia, a ese misterio q envuelve a esta serie considerada como la MEJOR SERIE DE TODOS LOS TIEMPOS y bueno nunca es tarde para engancharse, una vez lo hagas no te arrepentirás porque LOST es como ese libro q t hace disfrutar, como esa peli q t hace llorar y es algo q t llega dentro y t marca!.
NAMASTE!
PERIDOS SE EMITE EN FOX CANAL 30 DE ONO TODOS LOS JUEVES A LAS 21 30
TVE (n) PROXIMANTE 4ª TEMPORADA
ALGUN DIA EN CUATROº
PRIMER EPISODIO ¿ tE ATREVES A ENTRAR EN ?
http://www.megavideo.com/?v=GSVW6F68
5 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario : Series
Arnold Schwarzenegger Publicado @ 17:19 - 18/7/2007 Etiquetas:
Arnold Alois Schwarzenegger (30 de julio de 1947-), fisicoculturista, actor y político austriaco nacionalizado estadounidense, actualmente es el gobernador de California.
Nació en Graz, Austria, en el seno de una familia de clase media. Sus padres eran Aurelia Jadrny (1922-1998) y el policía Gustav Schwarzenegger. Durante sus primeros años de adolescencia practicó fútbol americano y a los 15 años empezó a practicar el levantamiento de pesas y posteriormente se hizo fisicoculturista. Ganador de varios torneos mundiales de esta disciplina, llegó a Estados Unidos por primera vez a finales de los años 60 de la mano de Joe Weider, uno de los empresarios del mundo del culturismo más importante por aquel entonces. Se estableció en Los Angeles junto con el que llegó a ser su mejor amigo, el también campeón culturista Franco Columbu, y obtuvo la nacionalidad de ese país en 1983.
Dentro de sus títulos como deportista están el campeonato de Europa Junior, el Europa Absoluto, varias veces Mr Universo Nabba y lo que le dio verdaderamente la preeminencia entre los culturistas de la época, los 7 campeonatos Mr. Olympia (de 1970 a 1975 y la edición 1980). Esta última edición fue su victoria más polémica, muchos analistas piensan que Mike Mentzer fue el que debió ganar en ese año, pero Arnold ya era un famoso actor y el más importante competidor de la historia.
Arnold siempre ha sido alguien con una vista comercial envidiable, ya a su llegada a California contribuyó al éxito de cadenas de gimnasios tan importantes como el Gold´s Gym o World´s Gym, ambas fundadas por su mentor y amigo Joe Gold, fallecido recientemente en 2006. Hasta hoy en día sigue con su vinculación al mundo del culturismo, como organizador del segundo campeonato más importante del mundo IFBB, el Arnold Classics que todos los años desde 1989 se celebra en Columbus, Ohio junto con Jim Lorimer.
Nombre de nacimiento: Arnold Alois Schwarzenegger Nacimiento 30 de julio, 1947 Thal, Styria, Austria Nacionalidad Estados Unidos Estatura 188 cm Interpretaciones notables Terminator
5 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario
El verano Publicado @ 16:49 - 9/7/2007 Etiquetas:
El verano es una de las cuatro estaciones de las zonas templadas. Astronómicamente, comienza con el solsticio de verano (alrededor del 21 de diciembre en el hemisferio sur y el 21 de junio en el hemisferio norte), y termina con el equinoccio de otoño (alrededor del 21 de marzo en el hemisferio sur y el 23 de septiembre en el hemisferio norte). Sin embargo, a veces es considerado como los meses enteros de diciembre, enero y febrero en el hemisferio sur y junio, julio y agosto en el hemisferio norte. El verano está caracterizado por tener los días más largos y los rayos solares con menor inclinación, por lo que las temperaturas son las más altas del año. En las zonas intertropicales americanas, el término verano suele emplearse como sinónimo de estación seca, es decir, que no tiene una connotación térmica ya que se presenta en la época de sol bajo y con las temperaturas menos elevadas, sino pluviométrica, con los montos de precipitaciones generalmente más bajos que en el resto del año.
1 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario
El Amor Publicado @ 0:28 - 21/6/2007 Etiquetas:
Amor
El amor es considerado como el conjunto de sentimientos que se manifiestan entre seres capaces de desarrollar inteligencia emocional o emocionalidad. El amor no sólo está circunscrito al género humano sino también a todos aquellos seres que puedan desarrollar nexos emocionales con otros, por ejemplo, delfines, perros, caballos, etc.
Amor humano
En el ser humano, el amor es un sentimiento real, consistente y profundo que intensifica las relaciones interpersonales entre un sujeto y otro que, partiendo de su propia insuficiencia, desea el encuentro y unión con otro ser que le haga sentirse más completo o complementado en su existencia. El amor comienza con el sentimiento de atracción y admiración de un sujeto hacia otro, que puede ser o no ser correspondido.
Por otra parte, el que ama, desea y anhela el bien y la felicidad del ser amado. El dar sin recibir a cambio, el sacrificar y anteponer las necesidades del ser amado por sobre las propias sin que uno lo considere como sacrificio sino como oportunidad para prodigar el sentimiento, suele ser considerado amor "verdadero" o "sano".
Para Erich Fromm el amor es un arte[1] y, como tal, una acción voluntaria que se emprende y se aprende, no una pasión que se impone contra la voluntad de quien lo vive. El amor es, así, decisión, elección y actitud.
El amor es un estado mental orgánico que crece o decrece dependiendo de como se retroalimente ese sentimiento en la relación de los que componen el núcleo amoroso. La retroalimentación depende de factores tales como el comportamiento de la persona amada, sus atributos involuntarios o por las necesidades particulares de la persona que ama (deseo sexual, necesidad de compañía, voluntad inconsciente de ascensión social, aspiración constante de completitud, etc.).
Por otro lado, en las relaciones del hombre con su medio, el amor puede significar una o más de una de las manifestaciones siguientes del amor, todas ellas relacionadas en mayor o menor grado. Por ejemplo:
1. Amor fraternal entre familiares: nace de un sentimiento profundo de gratitud y reconocimiento a la familia. Amor de un padre a un hijo, etc. 2. Amor fraternal hacia los amigos: nace de la necesidad del hombre de socializar. 3. Amor romántico: nace en la expectativa de que un ser humano cercano colme a uno de satisfacción y felicidad existencial. Este sentimiento idealiza en cierto grado a la persona objeto de dicha expectativa, definida en la psiquis. 4. Amor sexual (deseo). 5. Amor al prójimo: nace del uso de la facultad de la mente de empatizar y tolerar. 6. Amor a los animales: nace en la necesidad de sentirse protector de los animales. 7. Amor hacia algo abstracto o inanimado: una idea, una meta, a la patria (patriotismo) o al lugar de nacimiento, al honor y a la independencia (integridad). 8. Amor a los principios: depende de la aplicación de una norma o regla que es "amada". Por ejemplo, el amor al principio de ayudar al débil, a la norma de no hacer contra otros lo que no queremos que ellos nos hagan, etcétera. 9. Amor hacia un dios o una deidad (devoción): Suele nacer en la educación recibida desde la infancia. Considera a Dios como la fuente de todo amor y se basa en la Fe. En la mayoría de los casos, se considera que tras la muerte Dios premiaría de alguna forma a las personas que la correspondiente religión considera virtuosas. 10. Amor personal. 11. Amor platónico. 12. Amor Universal: el que todas las personas pueden llegar a sentir por el medio natural y que los grandes místicos experimentan como Nirvana.
Lo que parece unir todos estos tipos de amor es el deseo conciente o inconciente hacia alguien o algo o la realización de sus objetivos.
Algunos idiomas, como el griego antiguo, distinguen entre los diferentes sentidos del amor mejor que el español. Por ejemplo, en griego antiguo existen las palabras filia, eros, agape y storge, las cuales significan amor entre amigos, amor romántico o sexual, amor incondicional y amor afectivo o familiar respectivamente. Sin embargo, tanto en griego como en muchos otros idiomas, históricamente ha resultado muy difícil separar los significados de estas palabras totalmente, por lo que es posible encontrar la palabra agape (amor incondicional) siendo utilizada con el mismo significado que eros (amor sexual o romántico). Sin embargo, algunas terminologías vulgares en español como por ejemplo filito, originado de 'filia, genera jerarquías de seriedad o duración de la pareja.
Perspectivas sobre el amor
El concepto de amor no es una noción técnica en biología sino un concepto del lenguaje ordinario que es polisémico (tiene muchos significados), por lo cual resulta difícil explicarla en términos biológicos. Sin embargo, desde el punto de vista de la biología, lo que a veces se llama amor parece ser un medio para la supervivencia de los individuos y de la especie. Si la supervivencia es el fin biológico más importante, es lógico que la especie humana le confiera al amor un sentido muy elevado y trascendente (lo cual contribuye a la supervivencia).
Sin embargo, en la mayoría de las especies animales parecen existir expresiones de lo que se llama "amor" que no están directamente relacionadas con la supervivencia. Las relaciones sexuales con individuos del mismo género (equivalentes a la homosexualidad en el ser humano) y las relaciones sexuales por placer, por ejemplo, no son exclusivas de la especie humana; comportamientos altruistas son observados desde individuos de una especie hacia los de otras especies (las relaciones milenarias entre el ser humano y el perro son un ejemplo). Algunos biólogos tratan de explicar dichos comportamientos en términos de cooperación para la supervivencia o de conductas excepcionales poco significativas. A partir de los años 1990 psiquiatras, antropólogos y biólogos (como Donatella Marazziti o Helen Fisher) han encontrado correlaciones importantes entre los niveles de hormonas como la serotonina, la dopamina y la oxitocina y los estados amorosos (atracción sexual, enamoramiento y amor estable).
Perspectiva psicológica
Tras las investigaciones efectuadas acerca del amor, Robert J. Sternberg propuso 3 componentes:
1. La intimidad, entendida como aquellos sentimientos dentro de una relación que promueven el acercamiento, el vínculo y la conexión. 2. La pasión, como estado de intenso deseo de unión con el otro, como expresión de deseos y necesidades. 3. La decisión o compromiso, la decisión de amar a otra persona y el compromiso por mantener ese amor.
Estos tres componentes se pueden relacionar entre sí formando diferentes formas de amor: intimidad + pasión, pasión + compromiso, intimidad + compromiso, etc.
Por su parte, analizando la preeminencia de una u otra de estas distintas prioridades que motivan los vínculos amorosos, algunos autores como John Lee proponen una serie de arquetipos amatorios.
Perspectiva histórica y cultural Amor fraterno (figurillas prehispánicas de barro, 250-900 d. C.). Pueblos indígenas del Centro de Veracruz. Museo de Antropología de Xalapa, México). Amor fraterno (figurillas prehispánicas de barro, 250-900 d. C.). Pueblos indígenas del Centro de Veracruz. Museo de Antropología de Xalapa, México).
Si bien el amor está fundado en capacidades y necesidades biológicas como el placer sexual y el instinto de reproducción, tiene también una historia cultural. A veces se atribuye su invención a alguna tradición particular (a los sufis, a los trovadores[2], al cristianismo, al movimiento romántico, etcétera), pero los vestigios arqueológicos de todas las civilizaciones confirman la existencia de afecto hacia los familiares, la pareja, los niños, los coterráneos, entre otros, por lo cual las interpretaciones que postulan que el amor en general es una construcción cultural específica no parecen fundadas.
Desde el punto de vista cultural, el amor sexual se ha manifestado históricamente hacia las personas del sexo opuesto como hacia aquellas del mismo sexo. Para los griegos y durante el Renacimiento, los ideales de belleza eran encarnados en particular por la mujer y por los adolescentes de sexo masculino. En algunos idiomas, la palabra "amor" no existe.
Reseña mitológica sobre el amor: el mito del andrógino
En la mitología griega, eran tres los sexos: lo masculino era en un principio descendiente del sol; lo femenino, de la tierra; y lo que participaba de ambos, de la luna. Y precisamente, como la luna, eran circulares ellos mismos y su manera de avanzar. Eran, pues, terribles por su fuerza y su vigor y tenían gran arrogancia, hasta el punto de que atentaron contra los dioses. Entonces Zeus y los demás dioses deliberaron y se encontraban ante un dilema, ya que ni podían matarlos ni hacer desaparecer su raza, fulminándolos con el rayo como a los gigantes - porque entonces desaparecerían los honores y sacrificios que los hombres les tributaban -, ni permitir que siguieran siendo altaneros.
Tras mucho pensarlo, al fin Zeus tuvo una idea y dijo: "Me parece que tengo una estratagema para que continúe habiendo hombres y dejen de ser insolentes, al hacerse más débiles. Ahora mismo, en efecto -continuó- voy a cortarlos en dos a cada uno, y así serán al mismo tiempo más débiles y más útiles para nosotros, al haber aumentado su número. Así pues, una vez que la naturaleza de este ser quedó cortada en dos, cada parte echaba de menos a su mitad, y se reunía con ella, se rodeaban con sus brazos, se abrazaban la una a la otra, anhelando ser una sola por naturaleza. Desde hace tanto tiempo, pues, el amor de unos a otros es innato en los hombres y aglutinador de la antigua naturaleza, y trata de hacer un solo individuo de dos. Así pues, cuando se tropiezan con aquella verdadera mitad de sí mismos, sienten un maravilloso impacto de amistad, de afinidad y de amor, de manera que no están dispuestos a separarse.
Gracias por existir (l)(l)
5 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario
Soy una serpiente... ¿y qué? Publicado @ 12:56 - 17/6/2007 Etiquetas:
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre su simiente y la simiente suya; este te herirá en la cabeza, y tu le herirás en el calcañar”. (Génesis.3:15)
Toda mi vida estuvo marcada por el odio, mi sola presencia repugnaba y cuando reptaba sentía clavada en mi piel, mil ojos como aguijones, deseándome la muerte. Llevaba en mi cuerpo el símbolo de Satanás y si durante siglos ese había sido mi apellido, no podía ni renegar de él, ni cambiar mis escamas y mis ojos sin párpados por las ligeras alas de un pájaro y volar por encima de los campos. Y por ponerse a pedir o a soñar...También me hubiera gustado, flotar como los cisnes y oler como las flores. Nunca me gustó mi cuerpo, y aunque no tenía oídos como otros animales, percibía sonidos de baja frecuencia que traía el aire y a veces me llegaban palabras, y eran tan desagradables, que para no escucharlas, prefería pasarme horas durmiendo.
Porque yo no gozaba de libertad, claro que no. Estaba viviendo entre cristales en un espacio tan reducido que tenia que enrollarme más de lo normal. Tampoco podía moverme, ni tan siquiera sentir el calor del sol, que tanto me gustaba, y al que estaba acostumbrada cuando vivía en mi país, porque yo nací en México, concretamente en el estado de Veracruz y desde allí, viajé dentro de una caja, a otro país muy lejos del mío. Y todo para estar metida en esa urna que odiaba con todas mis fuerzas y que mostraba la desnudez de mi alma. Porque a mi, no me gustaba cambiar mi piel, delante de nadie y sin embargo, tenía que hacerlo. Ahora ya, ni abrían la parte superior del cristal para darme de comer como lo hacían antes.
Y yo, intuía el motivo. Sí, de acuerdo, no debía de haberlo hecho, pero cuando aquel muchacho de tez oscura y grandes ojos, empezó a molestarme con un palo, mientras sus acompañantes reían, no pude aguantarme y cuando acercó más de lo debido su mano, le enganché, y le clavé mis afilados colmillos con ira. Él, se llevó todo el odio que almacenaba en mi corazón, porque me habían arrancado el futuro para venderme como cualquier especia. Sentí como el veneno salía dentro de mí y como su mano empezaba a sangrar y a hincharse. Rápidamente, alguien apartó al chico y mientras cerraban el cristal de mi urna con fuerza, me pareció escuchar el sonido de una sirena...Si, era el de una ambulancia.
Yo sabía que le bajaría la tensión, que su respiración empezaría a fallar, y también en el peor de los casos, cómo le causaría un sangrado gastrointestinal y moriría, pero me daba igual...Ya todo me daba igual. Tan sólo se, que yo seguí durante mucho tiempo en aquella tienda y dentro de aquellos cristales, pero aquel chico de tez oscura y grandes ojos, jamás regresó.
0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario
7 Minutos Publicado @ 17:57 - 12/6/2007 Etiquetas:
La relación con mi primera novia duró siete semanas, siete días con la segunda, y siete horas con la tercera. La primera me dejó alegando que yo era un irresponsable, la segunda por insensible, y la tercera porque ya eran las ocho y media de la mañana y a las nueve empezaba su jornada laboral en el Banco (al menos, ésta tenía un motivo realmente justificado). Mi vida sentimental se resumía en siete semanas, siete días y siete horas. No estaba mal: el hombre de los tres sietes, el “hombre lejía”, el irresponsable e insensible abandonado por la caprichosa selección de las perfectas e inmaculadas mujeres. Mi relación con el sexo femenino iba francamente mal (de siete a peor). ¿Y si la siguiente duraba siete minutos? Entonces me dejaría por eyaculador precoz, lujo que ningún hombre puede permitirse. Por aquella época yo asediaba a las chicas con un «¿Te gustaría pasar conmigo siete minutos de pasión?» Ellas se reían tontamente y me ignoraban. Me entregaba en cuerpo y alma, y ellas respondían «no». Un «no» doloroso, tajante, impúdico, agresivo, irrespetuoso; un “no” diferente al que recibimos con tanta frecuencia en la vida cotidiana. Aquello me refrescaba los tiempos en que mis padres me negaban algún capricho. Mi madre me respondía con un «no» seco, cortante, mientras que mi padre lo adornaba con un «cuando seas mayor.» Ya era mayor (al menos en edad) y, mira por dónde, las mujeres también me respondían con negativas.
Desalentado por mis fracasos como seductor, medio en broma, decidí poner un anuncio en la sección Contactos del periódico:
HOMBRE JOVEN, CON BUENA PRESENCIA Y NIVEL CULTURAL ALTO, BUSCA MUJER PARA COMPARTIR EXPERIENCIAS APASIONANTES. ABSTENERSE AQUÉLLAS QUE SEAN TEMEROSAS, POCO IMAGINATIVAS O INSENSIBLES.
No llamó ninguna. (Eso me pasa por buscar mujeres que no existen).
Mi suerte tenía que cambiar. Lo sabía. Si te fías de tus posibilidades acabas por triunfar. Seguro.
Sumergido en esos pensamientos entré en Atic, una discoteca a dos manzanas de mi casa. Desde la planta de arriba contemplábamos mi amigo Antonio y yo a dos hermosas chicas. Bueno, una era hermosa; la otra, eso y mucho más. (¡Menuda obra de arte!) Me gusta el arte, sobre todo la pintura, y sé reconocer el talento. Aquélla tenía dos: uno a la izquierda y otro a la derecha, del mismo tamaño, a la misma altura, con idéntica intensidad, sin mirarse entre sí. (¿Habrían discutido?) Pero no eran sus únicas bazas. Su pelo, negro azabache, contrastaba con el azul mar embravecido de sus ojos, que, iluminados maliciosamente, resplandecían en la oscuridad. Después de observarla detenidamente, llegué a la conclusión de que en ninguna de las paredes de mi casa colgaba algo parecido. Lo que no me gustaba de ella eran aquellos moscones que revoloteaban a su alrededor, esos tipos que dan la lata a las chicas para intentar llevárselas a la cama (gente como yo, vamos).
-¿Quieres que les diga algo?
-Sí. Dile a la morena que estoy enamorado de ella.
Mi amigo no dudó, y en cuanto tuvo la oportunidad se lo hizo saber. Ella giró la cabeza hacia mí. Durante dos segundos me miró fijamente. Dos segundos de gloria, de inmortalidad, de divinidad… Dos segundos tratando de esconderme bajo tierra.
Antonio me hizo señas para que bajara. Yo, indeciso, sonreía; de la misma forma que sonreía cuando, siendo un crío, veía a mis compañeros corretear delante de las vaquillas. (Yo era el único del grupo que no saltaba). Quizá fuese un maldito cobarde, pero era un cobarde vivo, al fin y al cabo.
Ahora, en la discoteca, salté al ruedo.
Mi celestina hizo su papel:
-Te voy a presentar a estas chicas.
Las saludé con un par de besos.
La rubia se llamaba Bea. Rocío era “la obra de arte”. Lo primero que le dije fue:
-¿Te gustaría pasar conmigo siete minutos de auténtica pasión? -¿Para qué perder el tiempo, no?
-¿Siete? ¿Por qué sólo siete minutos?
Mi cerebro se quedó en blanco. Acostumbrado a las negativas, no me había preparado para imprevistos como éste.
-Porque estoy muy mal de tiempo -acerté a decir.
-¿Y eso?
-De lunes a viernes trabajo en Correos, por la tarde colaboro en una productora de vídeo, y los sábados acudo a un cursillo intensivo de presentador de televisión. Como verás, no me sobra el tiempo.
-Pues no sé que responder… -dijo sonriendo.
-Aprovecha. Es la oportunidad de tu vida.
-¿Seguro? -Ya era carcajada más que risa.
-¿Lo dudas?
-No. Lo que no entiendo es por qué, habiendo tantas chicas en este mundo, me has elegido a mí para compartir tu glorioso tiempo.
-No te hagas falsas ideas. Todas las noches se lo pregunto a más de veinte.
-¿Y qué responden?
-Pues la verdad es que no colaboran lo más mínimo. Creo que todas las mujeres de este mundo han maquinado un complot contra mí.
Ella continuaba riéndose. A saber si eso era bueno o malo. Después de unos minutos, interrumpió mi monólogo:
-¿Me invitas a algo?
-De acuerdo. ¿Qué quieres? -A veces soy todo un caballero.
Me miró a los ojos y me dijo sensualmente:
-Siete minutos de pasión, por favor.
Parálisis total durante unos segundos. Miré a la barra y escruté al camarero, un tipo alto con pelo largo y rubio y unos brazos musculosos. «Como le pida a éste siete minutos de pasión, se le pueden cruzar los cables y partirme la cara», pensé. Decidí que lo mejor era jugar el papel de triunfador. Le cogí la mano para cruzar la pista en dirección a la salida. Éramos Harrison Ford y Alisson Doody en Indiana Jones, atravesando la jungla, el mismo calor, las mismas moscas, las mismas fieras acechando la codiciada presa. Ya en la calle, la besé; volví a cogerla de la mano y aceleramos el paso. Yo estaba encantado. Rocío era una chica de película, con títulos de créditos y banda sonora incorporados. Subimos apresurados a mi apartamento, deseando llegar antes del FIN de la película. No encendí la luz del salón, ni le ofrecí una copa, ni le enseñé los cuadros. Cuando aprieta, aprieta, no se puede perder el tiempo con estupideces. El sexo, el verdadero sexo, ha de ser tan urgente y expeditivo como las visitas al cuarto de baño cuando te bombardean los retortijones. En esos momentos es lo más importante, lo único diría yo. Mirando hacia atrás, el mayor problema con Siete Meses había sido su falta de pasión. Cuando entrábamos en acción y empezaba a bajarle las bragas, me decía: «Espera un momento», y se levantaba para ir a la cocina, de donde traía una vela encendida. Apagaba la luz. Volvíamos a la acción y, cuando la cosa se volvía a poner caliente, se levantaba otra vez para conectar el aire acondicionado, bajar o subir la música, correr las persianas, o regar las macetas, consiguiendo de esa manera apagarme a mí también. Así una y otra vez. Creo que conmigo nunca llegó al orgasmo, y, pensándolo fríamente, me resulta increíble haberlo conseguido yo. Con Siete Horas fue diferente: con ella todo fue una diarrea sexual de principio a fin.
Rocío era auténtica pasión. Una vez en la habitación, no dijo nada sobre velas, ni música, ni aire acondicionado. Sólo puso una condición, justo cuando acabábamos de desnudarnos.
-¿No falta algo?
-¿Qué?
-El despertador.
-¿Te vas a quedar a dormir aquí?
-No. Me refiero a que deberías programarlo para que suene dentro de siete minutos. ¿No recuerdas?
Sorprendido, le hice caso… y el amor.
Recorrí su cuerpo con mis manos temblorosas, de arriba abajo, saboreando ese «sí» que durante tanto tiempo me fue negado, recreándome en mi nueva obra de arte: caliente, frágil, tierna, humana. Puse todo mi corazón en ello; esa ternura que tenía almacenada en mi interior fue brotando suavemente, sin prisas, sin agobios, sin pausas. Durante más de media hora coqueteé con su divina perfección mientras el impertinente pitido del despertador, particípe del amoroso juego, no cesaba de sonar. Cuando se cansó, prefirió quedarse callado, contemplándonos con envidia sana. Minutos más tarde me abracé a ella como se aferra un náufrago a una tabla, tratando de sobrevivir. Me gustaba besar aquellos labios que no pronunciaron esa palabra de dos letras que le hacen sentir a un hombre un ser diminuto.
Más tarde, en la bañera:
-¿Qué impresión te di en el primer instante?
-Que eras un estúpido.
-¿Y después?
-Que eras uno de los hombres más guapos que he visto nunca.
-¿Y ahora?
-Ahora pienso que eres el estúpido más guapo que he visto en mi vida.
Me dio un beso tierno, y pensé que Siete Minutos era la mujer de mi vida.
Horas más tarde, se marchó. La despedí con un beso. Ya en las escaleras, la llamé. Corrí a mi habitación, de donde cogí un libro que se llamaba Cómo elegir al perfecto marido, escrito por dos psicólogos norteamericanos.
-¿Y esto?
-Léelo. Te gustará.
Me guiñó un ojo y se fue.
¿Volveré a verla? ¿Habrá sido ésta la primera y última noche? No lo sabía. Lo que sí sabía era que en la subasta del amor las obras de arte no se compran con dinero. ¡Ojalá! Durante una semana no hacía otra cosa que pensar en ella. La incertidumbre de no saber si volvería a verla me agobiaba y me gustaba al mismo tiempo. Una semana de incógnitas, de dudas, de esperanzas. Quizá fuese un estúpido y un insensible, pero sabía que mi felicidad habría de estar ligada a una mujer: la soledad puede aplastar la entereza de cualquier hombre.
Por suerte, días o siglos después, volvió a sonar el portero automático. Venía a devolverme el libro.
-Sube.
-De acuerdo. Un momento tan sólo.
Subió. Me besó. Me devolvió el libro… y la vida. Aquella noche la volvió a pasar en mi cama. Demasiado sencillo, ¿no? Una llamada al portero automático, abro la puerta y ella sube. Hasta ahí, el procedimiento es el mismo que pedir una pizza (la mejor pizza que he comido nunca).
-¿Te ha gustado el libro?
-Sí. Mucho.
-¿Qué es lo que más te ha atraído de él?
-El dueño.
Se deslizó bajo las sábanas, hasta que llegó a las yemas de mis dedos, que besó uno a uno (inteligente y extendida conversación sobre literatura). Empezó a escalar posiciones, jugueteando con el vello de mis piernas, mirándome con aquella cara de cordero degollado. Apoyada su cabeza sobre mi estómago, le acaricié el pelo; ni una palabra, ni una mirada, sólo sentimientos. Se quedó dormida entre mis brazos. Yo era consciente de que, de no haber ido ella a mi casa, en aquellos instantes yo estaría en alguna discoteca, atrincherado por la multitud, aturdido por el volumen de la música, desolado por el rechazo de mis veinte mujeres diarias (o nocturnas, más bien). Me encontraba feliz de haber conseguido eludir mi condición de moscón. Por eso, y por todo. Aquella noche, cuando se marchaba, le entregué So natural, de Lisa Stanfield. Lo metió en su bolso y me lanzó una mirada cargada de dudas. La tercera noche fue El perfume, de Patrick Suskind. Siempre le prestaba algo, que me devolvía en la siguiente cita.
-¿Por qué haces eso?
-No lo sé...
-No mientas.
-De acuerdo, te diré la verdad. La primera vez que subiste a mi casa pensé que sería la última; quería que tuvieras un recuerdo mío. Cada vez que te vas, me digo a mí mismo: «Ya no la veré más».
No dijo nada. Supongo que en cierta manera corroboró la idea de que yo era débil de espíritu. Durante mucho tiempo la seguí despidiendo con objetos que apreciaba, esperando que tarde o temprano se quedara con alguno de ellos. Tanta felicidad no puede durar toda la vida. Paulatinamente, sentí un cambio en mi interior. Nunca le dije que estaba enamorado: no hacía falta. Le di lo mejor de mí. Sin proponérselo, consiguió arrancarme sentimientos que ni siquiera yo sabía tener, y se los entregué sin pedir nada a cambio. Me gustaba pasar horas y horas observándola: era mi entretenimiento preferido. Y también me gustaba acariciarla, y tocar su sedoso pelo, y cogerle la mano, y olerla, y oír su delicada voz, y sobre todo: sentir, sentir su calor. Calor. Eso era ella: una chimenea de calor en un mundo frío, muy frío, helado. ¿Dónde había estado ella durante mis noches de soledad? ¿Por qué tardó tanto en abrazarme, en darme esa dulzura que yo necesitaba? Ojalá pudiera prolongar esa llama por mucho tiempo, por toda la vida. Por ello hubiera empeñado mis libros, mis discos, mi casa, mi perro, mi trabajo. Siete Minutos me hizo ver lo hermosa que puede ser la vida si la compartes con la persona que amas. Sentí pena de mí mismo cuando descubrí lo vacía que había sido mi existencia antes de conocerla a ella. Entonces comprendí el significado de palabras como “insensible”, “estúpido”, “irresponsable”, y la trágica soledad que significa no estar enamorado. ¿Y ella? ¿Qué sentía? ¿Qué aprendió? ¿Qué quería de mí? ¿Sería el destino tan poco ético como para hacerme perder la cabeza por alguien que no me correspondía? Maldita sea la irresponsable decisión de quien creó este mundo de convertir el amor en un sentimiento tan bonito y necesario como efímero. Y maldita sea la difícil carrera de obstáculos que tiene que saltar un hombre para hallar a la mujer de su vida, y que esta misma mujer lo encuentre a él. En este caso, su belleza era el mayor obstáculo. Al principio, solíamos ir al cine, al teatro, a las discotecas. Asumido ya el hecho de que lo nuestro no iba a durar mucho, disfrutaba de su belleza sin ningún tipo de expectativas. Me sentía orgulloso cuando mis amigos ensalzaban sus encantos. Siempre he tenido fama de hombre atractivo, pero mi agradable físico quedó eclipsado por su espectacular fisonomía, tan espectacular como las Cataratas del Niágara, como la Estatua de la Libertad, como el gol de Maradona a Inglaterra en el Mundial de México; tan espectacular como para hacerme sentir un monigote a su lado. Durante mucho tiempo había soñado con una mujer así, y ahora que lo había conseguido no podía asimilarlo: me atormentaba no ser capaz de mantenerlo. Sufría viendo los lascivos rostros de cientos, miles, millones de hombres deseosos de arrebatarme a mi chica. Cada vez que les veía a ellos me veía a mí mismo antes de conocerla. Después de varios meses saliendo juntos consideré que tenía el legítimo derecho a considerarla como algo de mi propiedad. Gustosamente, hubiera firmado que Siete Minutos no fuese tan bella, tan observada, tan deseada, a cambio de cierta sensación de estabilidad. Me había enamorado locamente de su personalidad, de su frescura y calor al mismo tiempo. Empecé a sentirme más a gusto cuando quedábamos directamente en mi casa. Durante un tiempo, La Pizza de la Pasión llamaba al timbre de mi casa, caliente, tierna, apetitosa, dispuesta a ser comida. Día a día. Allí encontré la felicidad horizontal en un paraíso de 1,80 x 1,35.
Pero lo bueno no dura eternamente. Una noche me dio plantón en el pub donde habíamos quedado. Al parecer, se había puesto enferma. Algo empezaba a fallar. No sabía de qué se trataba, pues tampoco era una persona de muchas palabras. Su segunda ausencia sobrevino quince días después: se había «equivocado de sitio». Y dos días más tarde prefirió quedarse en casa preparando el examen del carnet de conducir. Con la mosca tras la oreja, llamé a su casa para comprobar si era verdad que estaba allí. Llamé a las once, y no estaba. A las once y media, tampoco. Ni a las doce. Ni a la una. No había nadie para coger el teléfono. Así que la esperé en la puerta de su casa. Alrededor de las tres, un coche se detuvo frente a mí. En su interior pude ver a Siete Minutos y a un tipo moreno. Se besaron apasionadamente durante media hora. No supe cómo reaccionar, si montar el numerito o marcharme a casa. Al final ella se bajó del coche y entró en el portal, no sin antes despedirse de él con una sonrisa de colegiala enamorada. Decidí dar un lento paseo por la ciudad, saboreando la amargura de un fin esperado, prometiéndome no volver a verla. Pero se presentó en mi casa al día siguiente; “había pasado la noche estudiando”. En más de una ocasión me entraron ganas de desenmascararla; pero, por otra parte, no estaba preparado para vivir sin sus caricias. En ciertos momentos es mejor estar mal acompañado que solo. Durante un mes conviví con la mentira, la hipocresía, el egoísmo, y, lo que es peor, durmiendo con ellos. Después de algunas indagaciones, personas allegadas me chivaron que llevaba con aquel tipo más de dos meses. Supongo que él sería más flexible que yo en cuanto a compartir su belleza. Quién sabe, quizás le gustaría exhibirla. No lo sé, no hablé con ella. ¿Para qué perder el tiempo? No conozco a ninguna mujer que no eche la culpa de sus infidelidades a su pareja. Me hubiera dicho que era demasiado bueno o demasiado malo, demasiado alegre o demasiado serio, demasiado esto o demasiado lo otro. Ese es el problema de los hombres: somos demasiados. La mejor forma de cortar fue enfriar la relación. Falta de interés por mi parte, otro tanto por la suya... Durante tres meses pasé mañana y noche pensando qué había hecho mal. Después caí en la cuenta de que el único error que había cometido (que no es poco) fue enamorarme.
Pero la vida no se detiene, y a veces te trae sorpresas.
Encontré un trabajo en la televisión local, dando las noticias. No era gran cosa, pero al menos me liberó de mi rutina en Correos. Conocí el significado de una palabra hasta ese momento desconocida para mí: “fama”. No era Robert de Niro, ni Bill Cosby, pero mi rostro se fue haciendo popular y, con el transcurso del tiempo, fui contratado para presentar programas de mayor duración. Mi estancia en la televisión me sirvió para darme cuenta de lo falsa que es la sociedad. A partir de ese momento, todos mis defectos se convirtieron en virtudes, salían amigos hasta debajo de las piedras. ¡Y mujeres! Ya no tenía que preocuparme de conquistarlas. Eran ellas quienes venían a mí, esperando compartir la fama, aspirar a ella, acostarse con ella. Yo, por supuesto, no decía «no». ¿Por qué renunciar a ese tipo de placeres? Jamás imaginé que podría ser un Casanova. Estuve con toda clase de mujeres: jóvenes, maduras, rubias, morenas, pelirrojas, blancas, negras, de fresa, de limón, de chocolate, con nicotina, sin nicotina, de contrabando, con envase retornable (esto último, requisito imprescindible). Todas se iban contentas, felices de haber estado con alguien medianamente popular. Seguro que no tardaban veinticuatro horas en contárselo a sus amigas. (A los maridos e hijos, no creo, estaría feo.) ¡Con qué facilidad puede convertirse un hombre sencillo en todo un sex-simbol! Por eso me río cuando sondean a las mujeres sobre su hombre perfecto. Al parecer, buscan sinceridad, ternura, atención, fidelidad. No conozco ningún actor, deportista de elite o millonario que no reúna esas condiciones. Pero la hipocresía de las mujeres me encantaba, sobre todo si las conducía hasta mi cama. Muchas de ellas me preguntaban si yo sentía algo. Claro que sentía algo: agujetas. En serio, quien no haya tenido agujetas tras un desfogue en la cama no sabe qué es hacer el amor. Llegué incluso a pedirle al médico de la compañía, un buen amigo mío, que me diera de baja por unos días.
-¿Por qué, qué te ocurre?
-Agujetas... Me están matando.
-Eso no es motivo para darte de baja.
-Vale…
Él qué sabría… como estaba casado. Los matrimonios apuntan en su subconsciente las labores de la casa: de lunes a viernes, llevar los niños al colegio, sábado por la mañana, cortar el césped, por la noche, hacer el amor, domingo, fútbol. Y me parece bien, son actividades demasiado importantes en la vida como para olvidarlas. (Me refiero a cortar el césped e ir al fútbol.)
Jamás había tenido un comportamiento tan pasota como en aquella época, una época que recuerdo con nostalgia. Yo vivía con mi amigo Carlos en una casa de dos plantas. Luego llegó un italiano, Fabio, para pasar tres semanas con nosotros (al final se quedó dos meses). Como la casa era pequeña y no había ninguna habitación vacía, tenía que dormir en el sofá del comedor. Un tipo agradable y simpático. Me gustaba oírle chapurrear en español. Lo que más gracia me hacía de él eran sus gestos de asombro, cada noche, cuando abría la puerta del comedor (siempre acompañado de una chica diferente) para darle las buenas noches antes de irme a la cama. Casi toda la casa era de madera, por lo que, al parecer, el ajetreo de la cama se oía abajo. Cada mañana me despedía de él antes de ir al trabajo. Apenas intercambiábamos palabra alguna, pero su cara transparentaba sus dudas. Apostaría a que noche tras noche se hacía siempre la misma pregunta: «¿Cómo lo hace para tener tanto éxito?» Él también recordará esa época que pasó en España con mucho cariño (aunque me da la sensación de que no hizo demasiado ruido en el comedor).
Las cosas se empezaron a torcer. La bebida, siempre la bebida. Al principio me tomaba dos copas por noche, luego tres, y más tarde la dosis aumentó a cuatro. Últimamente perdía la cuenta, y la cabeza. Trabajo, copas y mujeres… así era mi vida, loca, desenfrenada, genuina. Ni siquiera me paraba a pensar que algún día todo cambiaría. Fue el destino quien se encargó de recordármelo. Y no se le ocurrió mejor fecha que la noche en que el Real Madrid le ganó la final de la Copa de Europa a la Juventus. Había bebido más de la cuenta, lo que propició que cinco minutos después del final del partido me enzarzase en una pelea con un individuo a las puertas de un pub. Acabé en Urgencias, con una herida en un brazo y un diente menos. A la mañana siguiente, antes de que diera tiempo a recuperarme, recibí una llamada telefónica de mi madre. Colgué el teléfono. Me tumbé en la cama, sintiéndome vencido y, lo que es peor, muerto. De nuevo desolado, aplastado, sin vida, con frío. Dos días más tarde, una misa de media hora y un corto recorrido para estar en el momento del adiós me bastó para saber que mi vida debería dar un giro radical. Se lo prometí a mi padre antes de “su último viaje”.
He pasado etapas mejores o peores, pero nunca he estado tan perdido como en ese momento. No volví a trabajar en televisión, no me veía con la suficiente entereza. Me encerré en mi habitación noche y día. Me dediqué a pintar, buscando una soledad que siempre había intentado evitar. Cualquier contacto con otras personas me horrorizaba, no imaginaba mejor compañía que la de mis propios cuadros. De no ser por ellos, creo que nunca hubiera escapado de aquel pozo. Pero poco a poco empecé a salir de casa. Tímidamente. Me permití el lujo de pasear. Observar. Oír. Desear. Como uno más. Dispuesto y preparado para decir “presente” cuando la vida pasara lista cada mañana, con todos los deberes hechos, esperando aprobar y ser readmitido, con exámenes parciales día a día. Creo que alcancé cierta madurez que me ayudó mucho. Ahora puedo asegurar que “madurez” es el estado al que llega el hombre cuando se conforma con dormir, sin soñar.
He vuelto a mi antiguo trabajo en Correos, que nunca debí abandonar. Leo, estudio, escribo, sigo pintando. E incluso he recobrado cierta cordura, la de los cobardes, la misma que me impedía corretear ante las vaquillas cuando era un crío. Me basta con observar cómo lo hacen los demás, aquéllos que aún tengan fuerzas. Yo prefiero reservar las pocas que me quedan para soportar mi vida rutinaria. No pido mucho. Tan sólo conservar mi trabajo de lunes a viernes, salir el sábado con los amigos a tomar una copa, e imaginar. Imaginar que aún hay una parte de mí que se rebela, que quiere luchar, que no tiene miedo, que está dispuesta a levantarse una y otra vez… que quiere reconvertirme en un estúpido irresponsable e insensible esperando una mujer que me libere del frío que me aprisiona, que me engañe y me haga creer durante siete minutos que aún estoy vivo.
¿Es mucho pedir?
7 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Diario
|