No estás dentro
Registrarse · Activar cuenta · Entrar
Vandal Online · Blogs · Foros
Portada · Comentarios
Regístrate en Vandal para tener un blog como éste.

Thanatos: God Of Death

Miedo
Publicado @ 22:20 - 15/1/2008
Etiquetas:

En principio, éste iba a ser el primer capítulo de una historia más larga, pero nunca llegué a continuarla. Quizá en un futuro...

1. Miedo

Allí estaba yo, esperando, como cada noche, el autobús que me llevaría junto a ella.

Tras un rato, el transporte llegó. Era el mismo conductor de siempre. Subí y me senté en el sitio de siempre. Justo detrás del conductor. Reflejado en el cristal que nos separaba, se podía observar todo lo que había detrás de mí.

Éramos tres personas. Sentada al fondo, se encontraba una pareja. El resto del autobús estaba vacío.

Cuando el vehículo llevaba unos cinco minutos de trayecto, observé en el reflejo del cristal algo que llamó mi atención.
No era una pareja lo que se encontraba en el fondo del autobús. Él era un pobre hombre que se había excedido con el alcohol.
Ella, una mujer de pelo oscuro, intentaba evitar el acoso al que empezaba a ser sometida.

El conductor, en un gesto que no me esperaba, llamó a la chica y, para ayudarla, le dijo que se sentase delante. La mujer, agradecida, se sentó, dejando sólo a aquel borracho.

Varias paradas más tarde, subió otra mujer. Tendría unos 16 ó 17 años y una larga melena teñida de azul. Se sentó cerca de la puerta de salida.

Nuevamente mediante el reflejo, pude ver al hombre levantarse de su asiento y acercarse a la nueva pasajera. Comenzó a hablar a la chica.

No pude oír lo que hablaban, aunque vi que ella intentaba esquivar su mirada e ignorarlo.
En la parada siguiente, no sé si por temor o porque había llegado a su destino, la joven se levantó y pulsó el botón. El letrero de “Parada Solicitada” se iluminó.

La chica se dirigió a la puerta, pero el ebrio hombre también. El acoso continuó. La mujer se impacientaba.

Por fin, el autobús se detuvo y las puertas se abrieron. La chica saldría y, dado el lamentable estado del borracho, se alejaría de él rápidamente.
Pero no fue así.

Lo que sucedió lo pudimos observar el conductor, la mujer de cabello oscuro y yo.
La joven sacó algo del bolsillo de su gabardina y se lo clavó al hombre.
Inmediatamente después, el borracho cayó al suelo. Empezaba a desangrarse. La chica bajó del autobús, nos miró a todos y echó a correr hacia la estación de tren.

Rápidamente, el conductor, la mujer y yo nos levantamos a socorrer al hombre. Ella llamó a la ambulancia.

Todo el suelo del autobús estaba encharcado. Pude observar la herida que había sufrido el borracho.
Era enorme y parecía bastante profunda.
La ambulancia vino. Pero ya era tarde. Aquel hombre había muerto. Y yo lo había visto morir ante de mis ojos.

Bajamos del autobús y yo llamé a Raquel, mi prometida. Le conté lo que había sucedido.
Se dio toda la prisa que pudo en venir. Me estaba hablando, aunque no sé qué fue lo que me dijo. Yo había entrado en estado de shock.

Cuando volví en mí, me encontraba en una fría sala de hospital. Estaba solo. No tenía ni idea de qué hora sería, pero debía de ser tarde.

Inquieto, recordando lo que me había sucedido, puse la televisión de la habitación.
Los medios de comunicación ya se habían hecho eco de las noticias.
Apareció un miembro de los servicios sanitarios y empezó a hablar de lo que había sucedido. Era una de las personas que llegó en la ambulancia e intentó salvar la vida del borracho.

Me enteré de que el fallecido se llamaba Miguel Ángel. Lo cierto es que me dio igual saberlo. Lo había visto morir ante mí. Poco podía importarme su nombre.

Después, entrevistaron a un comisario de policía. Comenzó a decir cosas sobre posibles sospechosos y sobre posibles móviles del asesinato.

Y me di cuenta de algo. Sólo tres personas habíamos sido testigos de lo ocurrido. El conductor, la mujer morena y yo. La que había cometido el asesinato escapó mucho antes de que llegase la ambulancia.

El comisario dijo que estaban tomando huellas e investigando. Pero una de las cosas que dijo, no me la esperaba, aunque por otra parte, era lógico.
Los principales sospechosos, al menos de momento, éramos las tres personas que nos encontrábamos en el autobús en el instante en que llegaron los servicios sanitarios.
Nos interrogarían a la mañana siguiente.

A pesar de lo nervioso que me encontraba, empecé a dormirme. El fuerte impacto que había sufrido me había dejado exhausto.

Cuando abrí los ojos, vi a Raquel junto a mí, mirándome. Debía de llevar ahí mucho tiempo, velando por mí.

Ella fue a pedir el desayuno y yo, como la noche anterior, encendí el televisor.
Increíblemente, seguían hablando del mismo tema.
Pero me pareció oír algo nuevo del caso. Algo que me dejó helado.
El conductor del autobús en el que había tenido lugar el homicidio, había sido hallado muerto en su domicilio.

Aunque ya no presté mucha atención a lo que seguían diciendo, creo que dijeron que había sido brutalmente asesinado.
Mi primera reacción fue de tremenda impresión, pero aunque parezca egoísta por mi parte, lo que más me preocupó fue pensar en que el círculo de sospechosos se cerraba un poco más. A pesar de que, investigando, pudieran descubrir al asesino, los principales sospechosos seguíamos siendo la mujer de pelo negro y yo.
Por ese motivo, decidí llamarla. Ambos nos encontrábamos en la misma situación.

Debía contactar con la policía para que me facilitase el teléfono de la mujer. Dar con la policía no me resultó muy difícil, ya que dos de sus miembros vinieron a verme poco después.
Pretendían interrogarme.

Me preguntaron mi nombre y quisieron que les contase lo que había sucedido la noche anterior.
Les dije todo lo que conseguí recordar. Sin saber el motivo, me empecé a poner nervioso.

Pero para mi asombro, me dijeron que ya sabían a quién pertenecían las huellas. Encontraron cinco tipos de huellas en el autobús: las del conductor, las de la mujer, las del muerto, las mías y las de otra persona.

La puerta se abrió de golpe y por ella entró un hombre al que yo había visto antes. Era el comisario que, la noche anterior, había explicado a los medios lo sucedido.

Sin dar rodeos, me dijo que habían encontrado a la asesina del autobús. Muerta.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Por mi mente empezaron a pasar pensamientos descabellados. Pero la evidencia los convertía en coherentes. De las cinco personas que la noche anterior habíamos subido a aquel autobús, tres habían sido asesinadas.
Comencé a asustarme temiendo por mi vida. Quizá era una coincidencia, pero no lo parecía.

El comisario dijo que la autopsia de la asesina había revelado que había muerto poco después de cometer el atroz crimen.
Por tanto, ella no podía haber matado al conductor del autobús.
Según las hipótesis de la policía, el asesino o asesina del conductor podía estar ya muerto también. Lo más lógico era que hubiese un “cerebro” que fuese el responsable de toda esta serie de crímenes. Contrataba a gente para acabar con los que habíamos estado en aquel autobús. Pero después también se encargaba de los asesinos.

El teléfono móvil del comisario sonó. Salió de la habitación y comenzó a hablar. Los dos hombres que vinieron a “interrogarme” se acercaron a mi cama y me dijeron que me iban a poner vigilancia para evitar lo que pudiese pasar.

En lugar de tranquilizarme, esa noticia me inquietó. Yo lo había pensado, pero ahora que lo veía más real, no podía creerlo. Mi vida estaba en peligro; tanto, que miembros de la policía tenían que protegerme.

La puerta de la habitación se abrió y, nuevamente, entró el comisario. Tenía la cara desencajada. No hizo falta que nadie le preguntase qué había ocurrido. Lo dijo.
La mujer morena del autobús había muerto.
Tan sólo quedaba yo.

Y entonces, tras años sin sentirlo, tuve una extraña sensación. Un profundo miedo paralizó todo mi cuerpo.
Yo era el siguiente.

4 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro : Capítulo Final
Publicado @ 23:44 - 15/2/2007
Etiquetas:

20

Mientras caía, Jimmy tuvo claro dónde había ido a parar. El Hades se extendía bajo sus pies.

A lo lejos, divisó al asesino. El leucocito corrió hacia él, pero se paró al ver un río de aguas rojas que le cortaba el paso: el Aqueronte.

Jimmy, que era muy culto y genial, para qué nos vamos a engañar, sabía que ese río era la frontera entre el mundo de los vivos y el de los espectros. Tenía que cruzarlo y para ello, debía dar el óbolo a Caronte, el barquero.
Pero Caronte no estaba, ya que se encontraba transportando al asesino a la entrada a los infiernos.

El leucocito, sin pensárselo, saltó al Aqueronte dispuesto a cruzarlo a nado.

Es increíble la velocidad que puede alcanzar un leucocito cabreado.
El asesino y él llegaron prácticamente a la vez a la otra orilla. Caronte dio media vuelta y volvió a su orilla.

Ahí quedaron Jimmy y el asesino de su madre, con las puertas del infierno de fondo.

El iracundo leucocito saltó hacia el asesino, pero éste lo paralizó con un golpe en la columna. Entonces, reveló su identidad.

Era Harold, el hematíe serbo-bosnio, hermano gemelo de Jimmy.

Mientras el leucocito hacía esfuerzos por moverse, Harold le explicó los motivos que le llevaron a cometer sus asesinatos.

Catalina y Teodoro tuvieron gemelos. A los cuatro años comprobaron que no podían mantener a los dos hijos. Tuvieron que decidir a cuál de ellos daban en adopción. Era una decisión muy difícil de tomar, así que lo resolvieron del método más justo que se les ocurrió: el niño que sacase el palito más corto sería entregado a los servicios sociales. Y fue Harold.
Fue llevado al orfanato Elnoloharía Centre. Pasaron los años y nadie quiso adoptarlo. El resto de huérfanos iba abandonando el orfanato, pero él siempre seguía allí, aumentando su odio hacia sus padres y su hermano.

Por eso, mataría a dos pájaros de un tiro: acabaría con su madre e impediría a su hermano solucionar su problema.
Mientras impedía que Catalina supiese cómo curar a Jimmy, descubrió el gran error que el señor Cálculo Nefrítico había cometido.
Los langostinos kebábicos con salsa de morgue y Coca-Cola no eran la solución al problema de Jimmy, sino la forma de abrir la entrada al Hades. Un error muy común.
Curar a Jimmy era mucho más sencillo.

Entonces, Harold le dijo a Jimmy: “’¡habla!”.

Y, por increíble que parezca, Jimmy consiguió hablar.

Nadie sabe si Jimmy y Harold habrían llegado a ser amigos y solucionar sus pequeñas diferencias, ya que mientras Harold hablaba y Jimmy escuchaba, el guardián de las puertas del infierno, se acercó hacia ellos.

Cerbero sesgó la vida de ambos.

Y aquí acaba la historia de Jimmy, el leucocito austro-húngaro.
Se nos quedan varias cosas sin resolver:

¿Qué fue de Antxón y Maite, los niños del orfanato?

¿Realmente un leucocito es tan bueno y un hematíe tan malo?

¿Seguirá Teodoro (el padre de Jimmy, aunque sea una alacena) en el salón de su hogar? Y, de no ser así, ¿por cuánto lo habrán vendido?

1 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulo 19)
Publicado @ 21:24 - 14/2/2007
Etiquetas:

19

Con un giro brusco, el leucocito dio media vuelta para salir corriendo. Al girar de ese modo, la cápsula que Jimmy llevaba, salió del bolsillo para caer en un charco formado por la sangre de todos los cadáveres que allí había. Lo que pasó en ese momento fue, cuanto menos, insólito. Los langostinos kebábicos reaccionaron con aquel líquido.  Jimmy no sabía qué estaba ocurriendo, pero el asesino sí. Sacó una lata de Coca-Cola de su túnica y la tiró contra el suelo. La bebida misteriosa no era tan misteriosa como parecía.

Ahí estaban los tres elementos, reaccionando unos con otros. Si funcionaba, Jimmy podría curarse. El leucocito era ajeno a todos los descubrimientos de su difunta madre, por lo que no sabía que ése era el medio para solucionar su problema.

Pero lo que sucedió fue otra cosa totalmente distinta. Un gran agujero apareció en el suelo, cayendo por él la pila de cuerpos descompuestos.

El asesino saltó por aquel agujero, riéndose jocosamente de Jimmy.

Si nuestro amigo antes había sentido el miedo, ahora era otro sentimiento el que recorría todo su cuerpo: un profundo odio hacia el asesino de su madre.
Con una sed de venganza jamás antes vista en un leucocito, se introdujo en el agujero.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Hijo de la Luna
Publicado @ 14:48 - 14/2/2007
Etiquetas:

2 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Vídeos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulos 17 y 18)
Publicado @ 19:13 - 13/2/2007
Etiquetas:

17

Cuando llegó el tan ansiado medio de transporte, Jimmy subió. Intentó explicarle al conductor su situación, pero éste no lo comprendió. Decidió sentarse y que el destino decidiese su rumbo.

Mientras estaba en su asiento, recordó la cápsula que había encontrado. La sacó del bolsillo y la observó detenidamente. Era transparente. Dentro había algo que Jimmy no conocía. Al mirar la cápsula por fuera, pudo ver escrito lo que contenía dicha cápsula: “langostinos kebábicos”.

La voz del conductor le sacó de sus pensamientos. En el autobús ya no quedaba nadie y se estaba aproximando a la última parada.

Tuvo que bajarse.
Contempló el enorme edificio que tenía ante él. El letrero rezaba: Elnoloharía Centre.

18

El asesino sabía exactamente dónde tenía que ir. Bajó al sótano y avanzó por el corredor hasta llegar a la puerta. Sentía a Catalina cada vez más pesada. Necesitaba descansar. La puerta estaba cerrada. No podía perder más tiempo, ya que los langostinos kebábicos no estaban en su poder. De una patada, derribó la puerta y entró,

Conocía muy bien aquella estancia, por lo que no le sorprendió lo que allí había. Dejó a Catalina en el suelo y sacó el Transportador de Ángulos Irrelevante, su arma más mortífera. Ya había perdido demasiado tiempo. Debía acabar con la madre del leucocito.

La cabeza de Catalina rodó hasta la puerta. Allí, un horrorizado Jimmy, lo había visto todo.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulos 15 y 16)
Publicado @ 23:33 - 12/2/2007
Etiquetas:

15

Cuando Amígdala Extirpada llegó al orfanato, llamó a la puerta. Algún segundo más tarde, abrieron la puerta. Eran un niño y una niña. El general de la PFP preguntó a los niños por el encargado del centro, pero no hubo respuesta. Amígdala Extirpada se permitió entrar. Comenzó a inspeccionar las instalaciones. Entró en cada habitación que veía, pero todas estaban vacías.
Decidió ir al único sitio que no había registrado: el sótano.
Allí, había un inmenso corredor. Según avanzaba el general, el calor se iba haciendo más insoportable. Era prácticamente asfixiante. El aire era incapaz de abrirse pasa para llegar al sótano. Al final del pasillo, había una puerta. La abrió. Contempló, horrorizado, la escena de aquella habitación: una pila de cadáveres estaba en mitad de la sala, desprendiendo un pútrido olor debido al avanzado estado de descomposición en el que se encontraban.

Antxón y Maite, los dos pequeños que habían abierto la puerta del orfanato al general, hicieron ahora lo contrario: encerraron a Amígdala Extirpada en esa demoníaca sala.

El general de la PFP no pudo decir nada; cayó al suelo desmayado por el fuerte olor.

16

El asesino y la inconsciente Catalina bajaron del autobús. Ya no le importaba levantar sospechas, pues quería completar su misión. De todos modos, nadie pensó que aquella mujer estuviese malherida. Debieron creer que estaba dormida o ebria.

Tras caminar un rato con Catalina echada al hombro, llegaron a su destino: el orfanato Elnoloharía Centre.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulos 13 y 14)
Publicado @ 23:26 - 11/2/2007
Etiquetas:

13

El enigmático encapuchado sabía que había tomado la decisión correcta escapándose del lugar. Ya tendría tiempo de dar con la madre de Jimmy. Tenía un contacto que le podría facilitar el paradero de Catalina.

Cuando los últimos rayos de sol entraban por la ventana, sonó el teléfono. Su contacto ya había localizado a Catalina. De hecho, se encontraba junto a ella.

El despiadado asesino, sin perder tiempo, se dirigió al hospital.
Al llegar, su contacto lo estaba esperando junto a la puerta. Dada la hora que era, en aquel lugar sólo estaban los enfermos y los médicos y enfermeros que estuviesen de guardia.

Rápidamente, los dos fueron a la habitación en la que se encontraba Catalina. Iba a ser coser y cantar. El encapuchado desenchufaría a la madre de Jimmy, finalizando así su misión. El asesino se disponía a hacerlo cuando, de pronto, su contacto le asestó un terrible golpe en la cabeza, dejándolo inconsciente.

Parálisis Permanente, el director del hospital, era el contacto del asesino. Había conseguido que cayese en la trampa. Llamaría a la PFP y lo encarcelarían.
Mientras la policía llegaba, debía quedarse vigilando a Catalina y el cuerpo sin conocimiento de aquel ser cruel.

A lo lejos, comenzaron a oírse las sirenas de los coches de policía. Parálisis Permanente lo había logrado. Había derribado al asesino, que sería encarcelado de por vida.
De repente, el director del hospital empezó a marearse. Comprobó, con terror, la causa: el asesino, no se sabe de qué modo, le había clavado la Plastidecor del Averno.

Lo último que Parálisis Permanente pudo oír fueron los gritos de la policía entrando en el hospital.

14

Jimmy, el leucocito austro-húngaro había conseguido salvarse. Ezequiel había dado su vida por él, un insignificante ser. Jimmy le estaría eternamente agradecido.
Ahora que era libre, quiso volver a su hogar, pero no sabía dónde se encontraba.
Caminó durante largo rato sin rumbo fijo, hasta que vio una parada de autobús. El leucocito decidió esperar allí para intentar preguntarle al conductor mediante gestos. Cuando por fin el autobús llegó, las tres mil quinientas nueve personas que había delante de él, se subieron. Jimmy tuvo que esperar otro autobús.
Se sentó a esperar y, de pronto, algo llamó la atención de nuestro amigable protagonista. Era un objeto que se le debía haber caído a alguno de los muchos que subieron al autobús.
Era una cápsula.

En ese mismo instante, a una distancia cada vez más lejana de la parada en la que estaba Jimmy, el asesino descubría, para su desgracia, que había perdido la cápsula robada al señor Cálculo Nefrítico.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulos 11 y 12)
Publicado @ 1:43 - 11/2/2007
Etiquetas:

11

Mientras los treinta y siete peces-lechuga y el pez-pan se acercaban a Jimmy, éste vio pasar su corta vida por delante de sus ojos. Pasó a gran velocidad, hasta que se detuvo en una imagen. Jimmy se recordó a los dos años, jugando con su amigo Ezequiel. ¡Qué buenos ratos pasaban juntos cuando no eran más que dos mocosos! Todo el mundo se burlaba de ellos. La extraña pareja: Jimmy, el leucocito austro-húngaro y Ezequiel, el pez-pan...¡el pez-pan!

Ezequiel sintió lo mismo que Jimmy en ese momento: se recordaban.

El pez-pan, sin dudarlo, se enfrentó a los otros peces. Había dos opciones: convencer a los peces-lechuga o dar su vida para salvar a Jimmy.

De los treinta y siete peces-lechuga, dieciséis comprendieron los motivos que Ezequiel les dio para perdonar la vida al leucocito. El resto, no.

De lo que ocurrió en ese momento, aún hoy se hacen eco los libros de historia: la cruenta Guerra Civil de los peces-lechuga.

Ezequiel llevó a Jimmy a la superficie, dejándolo a salvo. A continuación, volvió al fondo del estanque para intentar poner un poco de tranquilidad en esa tensa situación.

A partir de ese momento, nunca se los volvió a ver; ni a Ezequiel, ni a los treinta y siete peces-lechuga.
Todos perecieron allí abajo.

12

El general Amígdala Extirpada, capitán de la Policía Federal Proteica, llegó a la zona indicada. Le habían informado de un atropello y de un coche dado a la fuga.
Estaban subiendo a una mujer a la ambulancia para llevársela al hospital, pues su vida corría peligro.

Un testigo aseguraba haber visto a la víctima junto a la estatua del gran Bulbo Raquídeo, así que el general se acercó a dicha efigie. En el suelo había un charco rojo y unos metros más lejos, marcas de ruedas. Amígdala Extirpada siguió las zigzagueantes marcas hasta que éstas desaparecieron. Le bastó para conocer el destino del vehículo: Elnoloharía Centre, el orfanato de la ciudad.
También hay quien piensa que el general supo hacia dónde se dirigía el coche porque en esa dirección no había nada más.
El orfanato estaba a unos quinientos metros de allí, así que el general comenzó a andar hacia aquel lugar.

Minutos más tarde, a varios kilómetros de la escena del crimen, Catalina era ingresada en el hospital.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulos 9 y 10)
Publicado @ 15:11 - 8/2/2007
Etiquetas:

9

Johan, el pequeño vaso de Duralex, bajó casi volando las escaleras para salir a la calle. Sabía que Jimmy no podía haber ido muy lejos. La única posible vía de escapa de aquella habitación era la ventana, por lo que habría caído al estanque de peces- lechuga.
Necesitaba a Jimmy entero; vivo o muerto, pero entero. Y tenía claro que si los habitantes del estanque veían al leucocito, no quedaría nada de él.

Llegar al borde del estanque y saltar dentro, fue realizado por Johan como una única acción. Había visto cómo los peces lechuga se aproximaban a Jimmy con gran rapidez. No podía permitirlo. El leucocito le iba a salvar de muchos problemas, por lo que era fundamental su rescate.

Problemas, precisamente, tuvo al tirarse dentro del estanque. No tuvo en cuenta su composición física: era un vaso.

Al llenarse de agua, comenzó a hundirse. Mientras desaparecía en el fondo, Johan, el pequeño vaso de Duralex, contempló a Jimmy por última vez.

10

Quizá era demasiado pronto, pero Catalina no quería que ningún contratiempo la apartase de su meta. Curar a Jimmy era lo más importante para ella, así que allí estaba, al pie de la estatua del gran héroe que antaño había liberado a Hepatic Village de los protozoos levantinos.

Al otro lado de la calle, el enigmático asesino se dirigía con paso firme hacia Catalina. Llevaba la cara descubierta para no levantar sospechas. Tampoco necesitaba cubrírsela. Su misión iba a terminar muy rápido. Un simple gesto y su último obstáculo sería eliminado.
La madre de Jimmy esperaba ver a la doctora Inanición, así que podría acercarse lo suficiente para aniquilarla sin que ésta se percatase.
Un único movimiento bastaría para que la Plastidecor del Averno se introdujese en el encéfalo de Catalina.

Se encontraba ya a muy pocos pasos de Catalina cuando, sin previo aviso, un vehículo pasó ante él como un obús.

Se escuchó un alarido y se pudo observar cómo un coche frenaba, para a continuación acelerar, alejándose del lugar como si nunca hubiese estado allí.
Entonces, el asesino contempló aquella escena: el cuerpo de Catalina yacía en el suelo sobre un inmenso charco de sangre.

Alguien se le había adelantado. Él tenía que asegurarse de que Catalina había perecido, pero sabía que si esperaba mucho, la Policía Federal Proteica o quizá alguna ambulancia, llegarían a la zona.
Tenía que decidir: huir sin ser visto, sabiendo que la madre de Jimmy podría sobrevivir o rematar a Catalina, exponiéndose a que lo descubrieran.

Y entonces, lo decidió.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Jimmy, el Leucocito Austro-Húngaro (Capítulos 7 y 8)
Publicado @ 14:40 - 7/2/2007
Etiquetas:

7

En su caída desde la ventana, Jimmy comprobó, con horror, hacia dónde se dirigía: un estanque plagado de peces-lechuga.

Cuando estaba a un metro de distancia del agua, una bala irrumpió en la escena, alcanzando a Jimmy. Como eso no formaba parte del guión, el autor decidió, en un alarde de maestría y profesionalidad, que Jimmy llevase puesto un chaleco anti-balas.

Saliendo ileso del disparo, el leucocito cayó al estanque. Los peces-lechuga eran conocidos a nivel mundial por su voraz apetito. Además, los leucocitos austro-húngaros eran su alimento preferido.
Jimmy se maldijo por no haber nacido en la República Checa.

El leucocito se sentía aturdido por su golpe contra el agua. Cuando por fin se recuperó y abrió los ojos, descubrió cómo lo observaban. Un grupo de treinta y siete peces-lechuga y un pez-pan lo estaban rodeando.

En ese momento, Jimmy supo que estaba perdido.

8

Cuando por fin contestaron al otro lado del teléfono, a Catalina le resultó extraña la voz de la doctora Inanición. Pensó que se habría constipado, así que no le dio mayor importancia y fue directa al grano. Le pidió a la doctora que le dijese qué eran los langostinos kebábicos con salsa de morgue.

La respuesta que recibió no era, ni mucho menos, la que Catalina esperaba.
Por motivos de seguridad, la doctora Inanición prefería no comunicarle los resultados de su investigación por teléfono.
Se citaron junto a la estatua del gran Bulbo Raquídeo media hora más tarde.

Todo salía según lo previsto. Ya sólo quedaba acabar con Catalina.
El misterioso encapuchado se levantó, salió por la puerta y se alejó entre la multitud, rumbo a la estatua del gran Bulbo Raquídeo.

0 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar
Categorías: Relatos


Siguientes mensajes


Blog de Vhaldemar666
RSS

Amigos:
EASMO
Osaka no Kotatsu


Categorías:
Heavy Metal (y derivados)
Manga
Myth Cloth
Relatos
Vídeos


Archivo:
Enero 2008
Febrero 2007
Enero 2007


Vandal Online:
Portada
Blogs
Foro

Blogs en Vandal Online · Contacto · Denunciar Contenido