Valar Morghulis

Publicado: 15:00 26/12/2012 · Etiquetas: · Categorías:
El hombre del tiempo tenía razón: diciembre empezaría con mucho frío. Casimiro Hudson está tiritando a causa de la baja temperatura. Eso le pasa por entender lo que quiere. Al escuchar al meteorólogo, pensó que la sensación termita era lo que se sentía al querer mordisquear muebles, por lo que no creyó conveniente abrigarse en demasía. Sí, a pesar de sus doce años, Casimiro Hudson sigue siendo idiota.
Muerto de frío, contempla el huerto que con tanto mimo cuidan él y sus padres.

-¡Casimiro Hudson, a cenar! -grita su hermana.
-Estooo... narrador -dice ella, saliéndose totalmente del guión.
-No está bien cortar así la historia para temas personales, hermana de Casimiro Hudson -me indigno un poco-. Me parece muy poco profesional por tu parte. Si algo tiene esta historia es que es directa, no se va por las ramas en ningún momento. Es el Impactrueno de las historias. El Látigo Cepa de los cuentos. Si cortas la acción, no será más que un Gruñido o un Malicioso.
-Ya, lo siento, pero es que tengo algo que decirte.
-Para empezar, trátame de tú que soy tu superior -y es verdad, un narrador de postín como yo no puede permitir esas confianzas.
-Perdón, señor narrador -aprende rápido la muchacha-, tengo algo que decirle.
-Así, sí. Dime, hermana aún sin nombre de Casimiro Hudson.
-Que... Casimiro Hudson no tiene hermanas -inventa la joven Hudson.
-¿Ah, no? ¡Si lo sabré yo, que soy el narrador! -menudo soy.
-Bueno, puedes ser el narrador, pero no el escritor -responde Impertinencia Hudson.
-Podría ser -me envalentono- pero, en este caso, soy narrador y escritor, lista.
-Ya... pueees... es que soy la madre de Casimiro Hudson.
-¡¿Cómo vas a ser la madre, si ella está ahí?! -señalo a un punto donde, inexplicablemente, no hay nadie.
-¿Ves?
-¡Ostras! Pues lo mismo tienes raz
Una teja suelta se desprende y golpea la cabeza de esa misteriosa mujer, matándola en el acto. El narrador/escritor quiere dejar claro que esta muerte es totalmente accidental y las disputas internas no tienen nada que ver.
Desgraciadamente, Casimiro Hudson ha observado la escena y rompe a llorar, mientras corre hacia el cadáver de su difunta hermana. El señor Hudson sale y, horrorizado, contempla lo sucedido. ¡Qué desgracia!

Durante los siguientes días, lo que queda de la familia Hudson hace lo que se suele hacer en estos casos. Aprovechando el parón, el narrador lleva a cabo un casting para encontrar una madre adecuada para la historia. Son días duros para todos, que no se quejen tanto los Hudson.

Conforme pasan los días, todo va volviendo a la normalidad. Una noche, Casimiro Hudson tiene una pesadilla que le hace revivir fantasmas del pasado.
En el sueño aparece su madre, de pie, junto a la puerta. A cámara lenta, Casimiro Hudson ve caer la teja sobre ella, sin poder hacer nada por evitarlo. Mientras corre hacia el cuerpo, escucha una risotada que le hace levantar la mirada, descubriendo así un objeto redondo y naranja en lo alto del tejado.
Casimiro Hudson se despierta empapado en sudor y chillando. Pero lo que ve al despertar no es mucho más tranquilizador. Naranja, la mandarina, le observa fijamente con sus ojos de fruta, fríos e inertes.
-Las frutas no mandan, ¿eh? -pregunta la rencorosa mandarina-. Ahora vas a hacer lo que yo te ordene. Vístete, que nos vamos.
Minutos después, Casimiro Hudson y Naranja, la mandarina salen por la puerta. Es la mañana del 21 de diciembre de 2012. El día de la Profecía. El día del Apocalipsis.

Publicado: 20:41 20/12/2012 · Etiquetas: · Categorías:
No podía ser. Casimiro Hudson era consciente de ello, pero no podía negar que la mandarina estaba hablando.
-¿Q...q...qué quieres? -dijo el pobre chiquillo.
-Tu alma -respondió la mandarina-. No, es broma, las mandarinas no creemos en el alma. Somos más de pepitas (o Josefinas). Sólo queremos que nos escuches.
-Pero, ¿cómo es posible que habléis? Las mandarinas no tienen ese don, porque son frutas -afirmó un muy documentado Casimiro Hudson.
-¡A ti qué te importa, cotilla! -la mandarina comenzaba a enojarse-. Te vas a limitar a escucharme y a hacer lo que te ordene.
-¡Tú no me mandas...rina!
-¡¿Ah, no?! ¡¿Estás seguro?! -la mandarina estaba fuera de sí.
-Claro que estoy seguro. Soy muy listo y sé que eres una mandarina. Las frutas no mandan.
-Pues... tienes razón. ¿Me adoptas, Casimiro Hudson? -preguntó la mandarina, poniendo una carita de pena a la que no se le podía negar nada.
-¡Vale! ¿Te puedo llamar Naranja?
-No, ya tengo nombre.
-¿Y cuál es?
-¡A ti te lo voy a decir!
-¿A que no te adopto?
-¿A que te mato y devoro a toda tu familia?
-Eres una mandarina.
-¿Y?
-Que no puedes matar a nadie. Eres bondadosa por naturaleza.
-No sabes nada, Casimiro Hudson.
-¡Más que tú!
-Eres más listo que una mandarina... ¡logro desbloqueado!
-¡Toma ya! ¿Ves, Naranja?
-¡Soy una mandarina!
-Ya, pero tu nombre es Naranja.
-¡Que no, que ya tengo nombre!
-¿Y cuál es?
-Si te lo dijese, morirías de la impresión.
-Prueba a ver.
-No quiero.
-Pues te como.
-Pues te repetiré.
-Pues me da igual.
-Pues cómeme.
-Pues ya no quiero, que es tarde y se me junta con la cena.
-Pues te callas.
-Pues tu amigo no habla mucho.
-Lógico, es una mandarina.
-Y tú.
-No, yo soy otra cosa.
-Mentira, eres una mandarina. Llevamos todo el rato hablando de eso y es la primera vez que me lo dices. No te saques cosas de la manga...rina.
-¿No te lo crees? ¿Quieres saber qué soy?
-Me importa bien poco.
-Casimiro Hudson, yo soy tu padre.
-No, mi padre está ahí -dijo el niño señalando a un señor alto que había en la puerta y que, efectivamente, era su padre.
-¿Con quién hablas, hijo? -preguntó el padre, preocupado.
-Con Naranja, la mandarina.
-Hijo mío, las mandarinas no hablan.
-¡Ésta sí, papá!
-Ni ésta, ni ninguna, Casimiro Hudson.
-¡Tú qué sabrás!
-¡A mí no me hables así!
-¡Te hablo como quiero!
-¡Castigado! ¡Vete a tu habitación!

Mientras era arrastrado a su habitación, Casimiro Hudson escuchó a Naranja, la mandarina, reírse maléficamente.
-¡Que no me llamo así, narrador de pacotilla! -señaló la iracunda mandarina. Cuando se tranquilizó, le susurró a su compañera: -Ya ha empezado. Pronto, Casimiro Hudson cumplirá su cometido.
-... -respondió su compañera, pues no hablaba: era una mandarina.

Publicado: 23:20 19/12/2012 · Etiquetas: · Categorías:
Aunque nadie lo crea, así es: las mandarinas serán las responsables del inminente fin del mundo. A priori, no tiene ningún sentido. A posteriori, tampoco. A Niña Pastori, prefiero no escucharla. Así comienza la historia que narra el fin de la Historia:

"Durante el verano del año 2000 nacerá un niño muy especial llamado Casimiro Hudson. Gracias a un peculiar don (o doña, si es mujer), el pequeño salvará o destruirá a toda la raza humana. Llegado el momento, Casimiro Hudson tomará una sencilla decisión que desencadenará uno de los dos posibles finales".
Así rezaba una ancestral texto sobre el Apocalipsis. La leyenda tenía razón...

Actualmente, Casimiro Hudson tiene doce años y siente una profunda admiración y devoción por el huerto de su familia. Desde pequeñito, le han ido enseñando a cultivar diversas hortalizas y frutas y ahora es feliz con la vida que lleva y con el futuro que le aguarda, pero no siempre ha sentido esa pasión por la agricultura.

Como muchos niños pequeños. Casimiro Hudson rechazaba comer frutas y verduras. Sus padres ya no sabían qué hacer, pues habían probado con todo tipo de estrategias.
Un día, como no quería tomar las dos piezas de fruta que le habían preparado para merendar, le dijeron que hasta que no se las tomase, no se levantaría de la mesa. Era algo habitual, aunque no solía dar resultado. Pasaron los minutos y las horas y Casimiro Hudson seguía sin dar su brazo a torcer, sentado en la silla de la cocina, con la mirada perdida.
- Casimiro Huuuuudsooooon, Casimiro Huuuuuudsooooon -susurró una dulce voz.
El pequeño dirigió la vista hacia la puerta, buscando a Ruth, su madre, pero allí no estaba. De hecho, no había nadie en la cocina. Sin tiempo para pensar, Casimiro Hudson volvió a escuchar la voz.
- Casimiro Hudson... ¿eres lerdo? -dijo la impertinente voz-. ¿Desde cuando tu madre tiene esta voz? Hay que ser cortito...
La atónita mirada de Casimiro Hudson se posó en el plato con las dos mandarinas. Una de ellas estaba hablando.

Publicado: 16:21 18/12/2012 · Etiquetas: · Categorías:
Amadeo era un calamar nacido en San Clemente, Cuenca. Un buen día, murió. Así, sin más y sin previo aviso. Su vida entera había transcurrido sin pena ni gloria.

Os preguntaréis por qué se habla de él, si no hizo ni le sucedió nada digno de mención. Pues bien, la respuesta es harto sencilla: se habla de él porque el narrador quiere que se hable de él. Y punto.

Como estaréis empezando a intuir, el narrador tiene un poder que no conoce límites. Estáis en lo cierto, ya que es un ser todopoderoso que podría acabar con la raza humana con un simple chasquido de dedos. Así que ojito con él. El último que le llevó la contraria... se fue de rositas porque era un buen tipo. Pero la otra osada criatura que se atrevió a contradecir al narrador, fue asesinado varias veces a lo largo de tres días. Los que no hayáis muerto, no lo sabréis, pero el ciclo muerte-resurrección-muerte es bastante pesado, a la par que aburrido.

Por esto mismo, aquí se habla de lo que el narrador quiera. Por ejemplo, de koalas. Es que son tan monos... Podríamos estar hablando horas y horas de lo adorables que son, pero no va a ser así.

El tema elegido por el excelso narrador es: las mandarinas y cómo éstas serán el desencadenante del Apocalipsis. En serio. Será así. El narrador viene del futuro y lo sabe. Por desgracia, no será hoy cuando descubramos la verdad oculta tras tan jugosa fruta, pues la mente del narrador es demasiado voluble para mantener lo que ha dicho previamente. Él hace lo que quiere y no tiene por qué dar explicaciones a nadie. Faltaría más. Como si le da la gana terminar con una palabra que no venga a cuento.

Continuará...

¡Epíteto!

Publicado: 02:10 18/06/2012 · Etiquetas: , , , · Categorías:
Esto es para un concurso, así que, si a alguien le gusta y tiene cuenta en Youtube, le agradecería que me votase allí.
La verdad es que he tenido que quitar muchas cosas porque el límite era de dos minutos. De hecho, a posteriori me di cuenta de que no hay despedida en el vídeo... qué se le va a hacer.
¡Gracias a los que lo queráis ver!


Publicado: 00:15 08/06/2012 · Etiquetas: · Categorías:
Bueno, lo cierto es que el final ya no es válido, pero lo grabé hará un año, así que...
Si alguien lo aguanta (es demasiado largo), espero que le guste.

Publicado: 12:56 27/07/2011 · Etiquetas: · Categorías:
Aquella mañana, Alma estaba tremendamente nerviosa. No era para menos, pues estaba a punto de comenzar la universidad. Le costaba bastante relacionarse con los demás. Cuando se sentía observada, se moría de vergüenza. Prefería pasar inadvertida. Algunas veces, deseaba poder pulsar un botón que hiciese desaparecer a todas las personas de su alrededor.

Llegó al campus y, no sin antes perderse, logró encontrar su facultad, la de Psicología. Al entrar, comprobó que se le había hecho tarde. No había nadie por allí. Todo el mundo estaría en clase. Eso era lo peor que le podía haber pasado. Si no le gustaba ser el centro de atención, entrando tarde en el aula el primer día iba a conseguir todo lo contrario.

Por eso, decidió esperar a que acabase la primera hora.

Ya que iba a estar media hora sin hacer nada, decidió aprovechar el tiempo para descubrir cuál era su aula. Decidida, se dirigió a Secretaría. Estuvo esperando en la ventanilla unos diez minutos, hasta que un señor con bigote decidió terminar con su espera.

-Y tú, ¿qué haces aquí? –preguntó el hombre, un poco borde.

-Pueeees –Alma tomó aliento- quería saber cuál era el aula de Psicología de primer curso.

-¿Cuál era o cuál es? –se mofó el impertinente señor, ante el consiguiente bloqueo mental de Alma-. Qué juventud, de verdad. Estáis en las nubes. A ver, es el aula número 301 pero, ¿sabes que llegas tarde?

-Sí, es que me he perdido por la universidad –dijo Alma, sonrojándose-. ¡Gracias!

La joven se marchó, casi corriendo, nerviosa y odiando bastante al señor del bigote.

Cuando Alma llegó a la tercera planta, se alegró por tener aún quince minutos antes de entrar. Subir tres pisos había acabado con sus reservas de energía.

Cuando hubo localizado el aula 301, se dirigió a un pequeño hall cercano, para descansar un rato. Allí había un chico jugando con una videoconsola portátil. Alma la tenía en casa. Repentinamente, a la joven le entró una curiosidad tremenda por saber qué juego era el que disfrutaba el chico. A ella le encantaban los videojuegos. Sus ansias detectivescas (que sus amigos catalogaban de cotilleo puro y duro) entraron en duelo con su timidez.

Sin tiempo para darle más vueltas, dos minutos antes de las diez, se abrió la puerta de la 301. Como impulsada por un resorte, Alma se levantó del asiento. Del aula, salió la que debía ser la profesora y, tras ella, unos treinta alumnos.

Lo sabía: ése era el momento para entrar, ya que la mayoría de los alumnos estaban fuera.

Alma entró en la clase y vio cómo cinco cabezas se giraban para mirarla.

-Hola –dijo, tímidamente, buscando algún sitio libre. Afortunadamente, encontró uno en la última fila.

Tras cinco minutos, los alumnos que habían salido comenzaron a entrar. Alma sólo deseaba que nadie se fijase en ella. Cerrando la comitiva de estudiantes, entró un profesor, cerrando la puerta.

-Buenos días a todos. Yo voy a ser vuestro profesor de “Métodos y diseños de investigación en Psicología II” –dijo el profesor, mientras Alma comenzaba a extrañarse-. Ahora repartiré la programación de la asignatura. El primer tema, básicamente, es un recordatorio de lo visto el año pasado.

Alma se acaba de dar cuenta. Era lo peor que le podía haber pasado. Se había equivocado de aula. Empezó a ponerse nerviosa, sin saber exactamente qué hacer. Tenía dos opciones: aguantar estoicamente toda esa hora y luego desaparecer, o bien, levantarse en ese mismo instante y buscar su clase. Si se quedaba allí, habría perdido dos horas, lo que no era una buena manera de empezar la universidad. La opción más inteligente  y lógica era marcharse de allí y aprovechar el día. Por desgracia, sus piernas no entendían de lógica.

El profesor dejó el programa de la asignatura sobre la mesa de Alma, que estaba tan inmersa en sus dudas que no se había percatado de la cercanía de éste.

-¡Anda! Tú no estabas el año pasado. ¿Cómo te llamas? –preguntó, inquisitivamente, el profesor.

-S...soy Alma –contestó la joven, dándose cuenta de que todos los alumnos estaban mirándola-, pero... creo que me he equivocado de clase. ¡Lo siento!

Se levantó corriendo, cogiendo su abrigo y su mochila y tras decir un escueto “lo siento”, salió de la clase.

Cerrando la puerta tras de sí, comenzó a oír risas provenientes del interior. Sus nervios se transformaron en rabia.

Bajó las escaleras todo lo deprisa que pudo y, totalmente cegada por la ira, se dirigió a Secretaría. En la ventanilla no había nadie, así que decidió abrir la puerta y entrar.

El hombre que la había “atendido” antes, estaba sentado ante un ordenador. Se giró para mirarla.

-¡¡Usted es imbécil!! –comenzó a gritar Alma, completamente descontrolada- ¡¿Le parece normal hacerle esto a los alumnos nuevos?! ¡Se supone que debe informar a la gente, no reírse de ella! ¡Pero claro, a usted los alumnos le importan una mierda! ¡Gente como usted hacen de este mundo un lugar asqueroso!

Las dos personas que había en Secretaría se quedaron boquiabiertas, sin saber qué decir.

-¡Ojalá la gente pudiese morir! ¡Usted sería el primero! –terminó Alma y, dando un portazo, se marchó.

Tras esto, su primer día había terminado... y quién sabe si toda su carrera. Salió a la calle y comenzó a caminar hacia la parada del autobús.

Una vez allí, se sentó en el asiento de la marquesina. Con las piernas temblándole como jamás lo habían hecho, Alma comenzó a llorar, desconsolada.

Mientras volvía a casa, Alma repasó cientos de veces lo sucedido. Empezaba a ser consciente de que se había excedido, aunque el señor de Secretaría se lo había merecido. Si siempre era así, probablemente no había sido la primera vez que alguien le decía ese tipo de cosas y, seguramente, no iba a ser la última.

Más tranquila y pensándolo fríamente, Alma barajó las posibilidades que tenía a partir de ese momento: dejar la universidad, volver como si no hubiese pasado nada o volver, disculpándose ante el odioso señor.
La última opción era la que menos le gustaba. Sus palabras habían sido duras, pero las sentía. La gente debería poder morir; desde luego, algunos lo merecían.

Publicado: 11:00 14/07/2011 · Etiquetas: · Categorías:
La pequeña Alma Alves era una niña risueña; siempre contenta. Le encantaba ir al colegio a aprender y, sobre todo, a jugar con sus amigos. Su mejor amiga se llamaba Eva Janikowski. Se pasaban el día juntas. La semana anterior, en clase, el profesor las había separado por hablar demasiado.
Como eran vecinas, muchas tardes se juntaban en casa de una de ellas y jugaban a cualquier cosa; imaginación no les faltaba.
Uno de sus juegos preferidos tenía una mecánica similar a la de los bolos. Cada una de ellas, elegía diez muñecos de goma y los colocaba en su “terreno de juego” como prefiriese. Cuando estaban preparadas, le daban cuerda a un cochecito, intentando tirar con él los muñecos de su contrincante. La que se quedase sin muñecos en pie, perdía.

Una tarde, estaban jugando a “tirar muñequitos” (que así lo llamaban) y, de pronto, el coche dejó de funcionar. Ya le habían dado mucho uso.
-No te preocupes –dijo Eva-. Tengo uno en casa. Espera, que bajo en un momento.
-No hace falta, Eva –contestó Alma, ansiosa por proseguir la partida. Era normal, estaba a punto de ganar-. Tengo esto.
-¡Ah! Ésa es la pelota que te tocó el otro día en la máquina de los frutos secos “Jesús”, ¿no?
-¡”Sipi”! ¡Vamos a seguir, que te voy a ganar! Pero hay que tirarla rodando, que si no, bota mucho y nos podemos cargar algo.
El juego prosiguió y, contra todo pronóstico, ganó Eva.
-¡Jopee! –grito Alma, tirando la pelota contra el suelo. Ésta, reboto y acabó tirando un marco de fotos que había en una estantería.
-¡Hala! Te la vas a cargar... –aseveró Eva.
-¿Qué ha pasado? –se escuchó una voz que venía de la cocina.
-¡Nada, papá! –mintió Alma.

Eva cogió la foto, que se había desprendido del marco. En ella, podía verse a una pareja de ancianos (o eso le parecieron a Eva) sentados en un sofá.

-Y estos viejos, ¿quiénes son? –preguntó Eva, con curiosidad.
-Pues mis abuelos –respondió Alma, como si la respuesta fuese algo obvio-, aunque no conocí a mi abuelo.
-No te quejes, que por lo menos tienes dos abuelas y un abuelo todavía. A mí sólo me quedan los dos abuelos.
-Pero, ¿se han muerto tus abuelas?
-Sí. A una no pude conocerla y la otra se murió el año pasado, casi cuando nació mi hermano –Eva, al recordar a su abuela, se entristeció.
-Lo siento... ¡Hala! –se entusiasmó Alma repentinamente-.Yo pensé que, menos yo, todos los niños tenían vivos a todos los abuelos. Como en la tele dicen que la gente no puede morirse... ¡Qué mentira!

En ese momento, entró en la habitación el padre de Alma.

-Pero, ¿qué ha pasado aquí? –dijo, un poco enfadado.
-Pues que estábamos jugando a “tirar muñequitos” y se nos estropeó el coche. Entonces, cogí la pelota que bota mucho y empezamos a jugar con ella, pero –Alma bajó el tono de voz, hasta convertirlo en susurro- Eva fue un poco torpe y le dio a la foto.
-¡Eh! ¡Te he oído! –protestó Eva-. ¡Yo no he sido, papá de Alma!
-¡Ja, ja, ja! No dejará de sorprenderme que me llames así –se rió el “papá de Alma”.
-¡Es que nunca se acuerda de tu nombre, papi, ja, ja, ja!
-Contigo ya hablaré sobre contar mentiras. Por lo pronto, estás castigada.
De pronto, el teléfono comenzó a sonar. El padre de Alma, miró el identificador de llamadas.
-Es de tu casa, Eva –dijo, mientras pulsaba la tecla de “descolgar”-. ¿Sí?... Hola, ¿qué tal?... Sí, aquí están, trasteando un poco... Ahora mismo se lo digo... Un abrazo... Adiós.
Tras decir esto, colgó el teléfono.
-Eva, dice tu madre que bajes ya a cenar.
-Bueno, pues me voy. ¡Hasta mañana, Alma! ¡Hasta mañana, papá de Alma! –se despidió Eva.
-Adiós, Eva. Siento haber dicho que tú habías roto el marco –se disculpó la pequeña.

Cuando Eva se había ido, Alma y su padre se sentaron en la cama.
-¿Por qué has mentido, cielo?
-No sé, pensé que os enfadaríais... sobre todo mamá –contestó Alma, medio llorosa.
-¿Por qué dices eso?
-Porque mamá nunca quiere hablar del abuelo... Además, ¿por qué dicen en la tele que la gente no se puede morir? Me ha dicho Eva que a ella le faltan las dos abuelas.
-Intentaré convencer a mamá para que te cuente cosas del abuelo, pero no vuelvas a mentir, ¿vale? –Alma asintió-. Y no te preocupes por lo que dicen en la tele; lo entenderás cuando seas mayor –tras decir esto, le dio un beso en la frente a su hija y se levantó-. Vamos a poner la mesa, que mamá está llegando.

Publicado: 19:06 12/07/2011 · Etiquetas: · Categorías:
Entró en la habitación y cogió el cuchillo de la mesilla que había a su derecha. Conocía perfectamente el proceso, pero era la primera vez que lo protagonizaba. Ante ella, atado de pies y manos a una cama, había un hombre de más de cincuenta años.
Ella se acercó a la cama y pudo ver cómo el hombre la miraba, resignado, pero compasivo. A continuación, bajó la mirada y, con una sonrisa en el rostro, pronunció sus últimas palabras.
-Adelante, cariño. Estoy preparado.

El cuchillo le tembló en la mano. Se giró, mirando hacia la puerta por la que había entrado. Dos hombres trajeados,  y con sendas pistolas, apuntaban a su cabeza.
No podía hacer otra cosa.
Agarró el arma blanca con fuerza y la acercó al rostro de aquel hombre indefenso.
-Lo siento. Gracias por darme la vida. Te quiero –susurró, mientras seccionaba la carótida del hombre. La sangre comenzó a brotar, empapando cada centímetro del plástico que cubría la cama.

El dolor se apoderó de ella, que cayó al suelo, de rodillas. Los dos hombres armados corrieron hacia ella y, rápidamente, la sacaron del edificio y la introdujeron en el vehículo que estaba esperando fuera.

De lo que sucedió en las horas siguientes, sólo recordaría el bullicio, las agujas, un dolor insoportable... y sangre, mucha sangre.

Cuando despertó, una mano apretaba la suya, con fuerza. Sabía que había estado a su lado todo el tiempo. Le miró y, antes de poder preguntarle nada, una voz la distrajo.
-Aquí tiene, Raquel. Aunque el parto ha sido complicado, su hija está perfectamente. Enhorabuena.

Publicado: 15:27 22/11/2010 · Etiquetas: · Categorías:
Alfred era un pequeño zapato, lo que, a priori, no resultaba extraño, teniendo en cuenta que vivía en un país habitado por zapatos.

El máximo dirigente de Shoeland era el malvado dictador Ernesto Zapato de Charol, de la reconocida dinastía de los "de Charol". El origen de tan famosa saga data del siglo IV d.S. (después de Sandalia), pero éste no es el momento de desarrollar su genealogía. Si queréis saber más, esperad a los extras de la edición coleccionista.

A pesar de vivir en un país así, Alfred no era feliz pues, atrapado en un cuerpo de zapato, se sentía zapatilla deportiva. La naturaleza se había equivocado con él.

Debido a su depresión, su estado de salud estaba mermando. Había empezado a tomar betún, pero sólo (diga lo que diga al RAE) mitigaba su sufrimiento durante treinta minutos. No era bueno abusar del betún y Alfred lo sabía. Muchos zapatos se habían hecho betuinómanos por abusar de la "materia oscura".

Ir al zapatero era una utopía, ya que, si contaba su problema, el dictador Zapato de Charol ordenaría su ejecución. Su política se había endurecido muchísimo desde que tomó el control del país.

Tras meses de desesperación, a la lengüeta de Alfred llegó una noticia extraordinaria: más allá de la frontera de Shoeland, había un pequeño pueblo llamado Slipperville. Allí, un zapatero clandestino, se dedicaba a realizar cambios de tela.

Alfred estuvo trabajando durante tres años para poder pagarse, tanto la operación, como el viaje en cinta transportadora hasta Slipperville.

Con el dinero bajo su plantilla, e ilusionado como no lo había estado desde su fabricación, Alfred se dirigió a la estación. Un cantidad ingente de zapatos inundaba el lugar. Todos miraban hacia un atrio. En él, el dictador Ernesto Zapato de Charol anunciaba una medida sin precedentes: las fronteras del país se cerrarían a partir de ese mismo instante. Nadie podría entrar ni salir de Shoeland.

La guardia del dictador eran las temidas Botas de Punta de Acero. En una acción terrible, éstas comenzaron a perseguir a todos los presentes en la estación, golpeando hasta la extenuación a quienes no eran lo suficientemente rápidos.

Alfred era bastante lento y le dieron una brutal paliza. Si hubiese sido zapatilla deportiva...

Malherido y lleno de agujeros, Alfred se marchó del lugar, sin esperanza. Se sentía como si le hubiesen arrancado la suela.

A la mañana siguiente, el cuerpo de Alfred apareció, sin vida, en un callejón. A su lado, había un bote de betún... vacío.

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