Vale, no vamos a andarnos con tonterías. Demandar a las compañías de hardware de consolas está de moda. El negocio de las consolas ha explotado definitivamente, y si en la anterior generación ya movían pasta para parar un tren, ahora, con los precios de Xbox 360 y PlayStation 3 y la popularidad de Wii, más el crecimiento del sector portátil con Nintendo DS y PSP, está claro que todo va a mover todavía más dinero. Y dinero llama a dinero, que, según se comenta, es un caballero potentado.
Con más o menos razón las compañías van viendo como sus productos, antaño ignorados, son ahora sometidos a complejos análisis y destripes a la búsqueda de otras empresas tecnológicas que buscan rentabilizar sus patentes.
Uno de los problemas es que el sistema de patentes estadounidense permite no sólo registrar cosas tangibles (un procesador, por ejemplo), sino sistemas abstractos. De esta manera, la demanda puede llegar no sólo por copiar (voluntaria o accidentalmente) una pieza, sino también una función, modo de operar, etc. Da igual que tu tecnología sea diferente, o que directamente el que creó la patente registrará sólo la idea y no cómo lograrla. Así que mi consejo es que vayamos registrando soplapolleces mayúsculas (“sistema de sublimación de isótopos portátil”, por ejemplo, o “técnica y proceso de fabricación del refresco de tortilla de patatas con aroma de vainilla”) que a lo mejor nos da pasta en el futuro.
No creo que nadie –salvo algún fanático cerrado, de esos que tanto abundan- tenga los santos huevos de defender a una compañía de videojuegos ante casos que pueden estar más cerca del plagio o espionaje industrial que otra cosa. Pero cuando llegamos al campo de esas patentes de conceptos difusos, abstractos, no concretos, etc., uno se da cuenta de que hay algo que no falla y que alimenta –más si cabe- un sistema social basado en procesos judiciales.
Microsoft fue demandada por
la decodificación de vídeo en Xbox 360, Nintendo por
el gatillo del mando de Wii, y ahora Sony porque
PS3 tiene un sistema de proceso en paralelo. Todo en menos de un año. Y poco que ver con la (al menos en apariencia) más justificable demanda del sistema de vibración que presentó Immersion en su momento. Al menos eso era algo tangible, palpable, y no ideas abstractas del tipo “oye, pues he patentado que los mandos se mueven, y ahora que tú lo has hecho me pagas por registrar la idea en el siglo XVIII.”
Todo esto desde mi más absoluto desconocimiento.