Otra alegre entrada llena de odio hacia cosas banales.
De entre todas las aberraciones que el ser humano ha creado las revistas de tendencias son, sin duda alguna, la peor, muy por delante de Auschwitz, los pantalones de campana y el dúo Ana Obregón-Quién sea. Responden, en mi poco modesta opinión, a una necesidad social de aceptación y elevación de la impostura del ego cultureta. Es decir, estar a la moda desde un punto de vista intelectual, algo estúpido en su propia concepción.
¿Pero cómo saber que estamos ante una revista de tendencias? Éstas se camuflan, y ya no pretenden ser un himno gilipollesco al estilo tan logrado de esos suplementos chachis como El País de las Tentaciones, todo un manual del buen hacer guay-moderno para saber a quién tienes que decir que escuchas, lees, o defecas. Tienen la alegre ventaja de encabronar, sobre todo, al pedante de turno que creía que era superexclusivo y superior al resto de su especie por escuchar folk-rock siniestro metalero de inspiración disco-Kraussiana austrohúngaro, no porque le guste, claro, sino porque no le gusta a nadie. Pero te dicen que eso te tiene que gustar, y dices que te gusta. Consecuencia: al tocapelotas cultureta del principio no le queda más remedio que buscarse otra cosa extraña con la que decir que disfruta (pero ese extraño goce sin diversión que proporciona el intelecto puro, claro), y el círculo volverá a cerrarse con el próximo número de esa misma publicación y su reportaje especial “Varsovia: la ciudad donde la música electrónica con sardinas se fusiona con la sardana.”

Impresionante estética cool.
La fusión es muy importante. Es una palabra esencial en todas esas revistas. Vintage, fusión, retro-loquesea... Pero antes de entrar en el vocabulario mongol que se suele emplear en el mundo de la dictadura de las tendencias, pensemos también en la estética necesaria. En realidad es simple, porque la preparación de los contenidos lleva mucho tiempo y por tanto compensa optar por colores intensos y planos. Bueno, vale, me importa un carajo la estética y no sé nada sobre ella porque opero sólo sobre prejuicios y me quedo dormido antes de que el programa de la supertele empiece, y desde luego las revistas no soy capaz de leerlas porque me aburren. Pero olvidemos que estoy hablando en realidad sobre cosas que no sé, algo que nunca reconocerán esos intentos de periodista/tertuliano que pueblan los medios de los cojones. Corramos un tupido velo.
Es esencial para poder detectar cuando una publicación quiere ser una revista de tendencias observar su lenguaje. Es importante que el nivel de anglicismos sea elevado, por ejemplo, sobre todo (¡cómo no!) si hay palabras más que adecuadas, comunes y normalitas en tu idioma. Ya sabes: eres un gamer, no un jugador, por ejemplo, y las cosas no son divertidas, sino que son cool, y, a ser posible, vas añadiendo aquí y allá algún amago de comentario o vocablo extrañamente popular en foros de internet que, claro, la gente normal no usa siguiendo modas. De hecho, lo ideal es que sea un modismo que se use lo más erróneamente posible... se me ocurre owned, damage control, o alguna deformación sin razón alguna sobre un anglicismo anquilosado, como shump. ¿Que no sabes qué es eso? Pues ve a comprarte una revista para niños modernos: la necesitas.

¿Puta mierda vintage en estado puro? Pregunta a un especialista.
De esa manera, hasta la revista de ganchillo de tu abuela aporta un buen factor de guía para ser guay. En realidad lo más posible es que lo más patético es que ni siquiera llegue a ser un mal intento de revista de tendencias, pero al menos quienes la escriben se creerán que son modernitos. ¿La solución? Aumentar el presupuesto del sistema sanitario para contratar a más psicólogos que ayuden a esos tipos a solucionar sus traumas infantiles, auténtico motivo de que necesiten ese extraño onanismo intelectualoide de impostura vacía.
Y para quien no lo haya notado, esta entrada no es sino un estupendo artículo propio de cualquier revistilla de tendencias. Empezaré a buscar sobre qué despotricar próximamente.
Hate off.