Así, sin el derecho divino y humano a poner una sacrosanta tilde en “fui” es como empieza esta entrada; desolada, no podía ser de otro modo. Sea como fuere, lo cierto es que el fenómeno de los tertulianos (también conocidos como, generalmente, periodistas que intentan aparentar ser algo venido a más) es uno de esos casos de monstruos de feria que asolan las radios y televisiones nacionales. Personajillos que resultan ser entendidos en todo, dominando todas y cada una de las claves del universo, capaces de emitir la verdad absoluta en cada juicio que regurgitan.

Y, lo confieso, yo fui uno de ellos. Me tocó durante la juventud (por eso lo confieso, pues los pecadillos de juventud son sin duda los mejores, de los que más aprendemos y de los que más hay que avergonzarse, hasta que llega el momento de expiarlos) ejercer de tertuliano en algún que otro programilla (uno de ellos en una popular emisora nacional), por lo que lidié con algunos de estos elementos, y no hablo de los de la Tertulia de Paco en Radio Chanfaina, sino de eminentes tertulianos populares y populosos, de esos que salen en programitas de la tele cobrando su pasta por soltar una o dos frases gilipollescas inspiradas por el director (cuando lo hay), o por la “línea editorial” (cuando se la encuentran dentro de recto, claro).
Admitir el no saber de qué estaban hablando, o, en el mejor de los casos, hacer unos amagos de informarse tirando de Altavista (estoy hablando de hace bastantes añitos, Google no había nacido, o quizás sí y a nadie le importaba todavía), era el pan de cada día antes de empezar. Como había pan, también rondaba harina; ya entienden ustedes por donde voy. La cuestión es que se reían terriblemente de los bobos que llamaban para llevarles la contraria, pero más de los que llamaban para darles la razón. Por supuesto, todo fuera de micro, que había profesionalidad, oiga.
Tuve a bien salir de ese círculo en cuanto pude, conocedor del mundo que se esconde detrás de las ideas prefabricadas, los prejuicios infundados, las ineptitudes supinas, y las máscaras de lenguaje pseudobien construido (“pseudo” quiere decir “falso”; necesitaba la pequeña pedantería) que dan el pego. Más firmes, consistentes e intelectuales me parecen las alegres discusiones de tasca en las que todo españolito de pro arregla España en dos días, porque, al menos, ellos creen mínimamente en lo que dicen, sin ser pozos de hipocresía y de gilipollez. Sobra decir que también había excepciones; en concreto, una o ninguna.
Fantástico xDD Quién no habrá discutido alguna vez para solucionar todos los problemas del mundo como si eso fuera sencillo.
Y lo de los tertulianos... espero no llegar en mi profesión a ese punto nunca. Prefiero estar callado y parecer tonto que hablar y confirmar la sospecha, como hacen la mayoría diariamente.
Por Sargon (visitar blog)
@ 13:02 - 27/7/2006
Me ha gustado tu historia. Yo no he tenido el placer (ni quiero tenerlo) de participar en tertulias así, pero has plasmado tal cual la impresión que me dan cuando escucho alguna ocasionalmente.
Y luego resulta que la profesión de periodista es de las peor vistas por los españoles... Normal.
Por vacajinjo (visitar blog)
@ 17:00 - 27/7/2006
Me gustaria saber que tipo de terulias escuchais (y/o participabais). Mejor no quiero saberlo...
Por Galobak (visitar blog)
@ 2:01 - 1/8/2006