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Categoría: CastleVania: Twilight Rhapsodia
CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 78] Publicado @ 13:01 - 27/6/2009 Etiquetas:
Vicious Mindblow
- Así que mi tumba ¿eh? – Simon se puso en guardia, sonriendo no sin cierta soberbia – hace sólo un par de días que he salido de una batalla bien difícil ¡Y aún tengo ganas de guerra!
- Así que el niño se cree poderoso… - se burló Kasa – bien… ¡veamos qué haces con ESTO!
Con violencia, el hechicero impulsó ambas manos hacia delante, invocando con ello dos tentáculos oscuros surgidos de su espalda que atacaron al Belmont con una velocidad pasmosa; éste, en defensa, invocó una Cruz Defensiva, sólo para verse una milésima de segundo después dando con sus huesos en el duro suelo.
Se incorporó rápidamente, dispuesto a continuar pero muy confuso, incapaz de comprender por qué su Deffensive Cross había sido superada como si fuera de mantequilla o peor: como si no existiera.
“¿Qué diablos ha pasado?” – se preguntó.
- ¿Acaso no lo sabes? – contestó a viva voz el Belnades, sorprendiéndolo.
“Me ha leído…”
- …el pensamiento.
La demencial sonrisa del hechicero se acrecentó ante el respingo que pegó Simon al ver su cavilación completada de su propia boca.
- ¿Asustado, Belmont? – preguntó con placer.
- ¡Ni de coña! – respondió el joven mientras embestía a toda velocidad - ¡¡¡LIGHTING BALL!!!
En un instante cargó dos lighting balls – una en cada mano – que lanzó simultáneamente a su enemigo, estas estallaron nada más tocarlo, y cuando se disponía a continuar con otro ataque emergieron de la humareda otros dos apéndices sombríos que lo golpearon con aún más fuerza que antes, enviándolo lejos.
Pero esta vez se lo esperaba, dio una voltereta en el aire y cayó de pie, embistiendo de nuevo a Kasa, que quedó a la vista tras disiparse el polvo levantado por la explosión.
- ¡HOLY PUNCH!
Su nueva tentativa, ésta vez con la oleada de golpes del Holy Punch, resultó también infructuosa, los puñetazos no sólo no le afectaban si no que incluso parecían atravesar su cuerpo, sin embargo lejos de abandonar la ofensiva continuó con su técnica manteniéndose firme mientras una oleada de apéndices negros lo golpeaba sin cesar.
- ¡Con eso no vas a detenerme! – le espetó mientras proseguía su ataque.
- Por supuesto que lo haré – respondió Kasa con malevolencia.
Y es que no sólo había tentáculos golpeándolo, también un gran número de ellos se había colocado rodeando al muchacho y ahora se cerraban, formando una oscura presa de la que Simon no se apercibió hasta que fue demasiado tarde.
- ¡Mierda! – exclamó, deteniendo el Holy Punch - ¡¡CROSS BARRIER!!
Pero no sirvió de nada, fue enviado lejos de otro golpe mientras una negra prisión esférica se cerraba sobre él, disipando la Cross Barrier y sumiéndolo en la más absoluta oscuridad.
- ¿Qué es esto? – preguntó mientras golpeaba las paredes del habitáculo - ¿¡Qué cojones es esto!?
- ¿Miedo, Simon? – sonó la voz del Belnades en su cabeza - ¿Tienes miedo de la oscuridad? ¿De lo que desconoces? ¿O tal vez de verte superado?
El Belmont no lo escuchaba, sólo continuaba agotando sus fuerzas, tratando de liberarse.
- ¿O tal vez… tienes miedo a la muerte?
- ¡CÁLLATE! – gritó finalmente, exasperado - ¡¡CÁLLATE Y APARECE, SI ES QUE TIENES HUEVOS!!
La risotada de Kasa resonó como si se hallaran en una profunda caverna.
- ¡Huevos! Los humanos sois tan divertidos… siempre que os encontráis en desventaja aludís al coraje de vuestro adversario ¡Como si eso fuera a daros alguna ventaja!
- ¿”Sois”? ¿”Encontráis”? ¿”Daros”? – preguntó el chico al aire - ¡Te recuerdo que tú también eres un humano como yo!
De nuevo, risas.
- ¡Yo ya superé ese estadio, chico! ¡Ahora mismo comparado contigo soy casi un dios!
Simon rechinó los dientes, furioso, y concentró todas sus fuerzas en el puño derecho, dispuesto a demoler la sólida prisión, pero cuando lanzó el golpe lo único que encontró en su camino fue aire, cayendo al suelo por el impulso.
- ¡Mierda! ¿Qué está pasando aquí?
- ¿Que qué está pasando? – resonó de nuevo la voz del hechicero – Muy sencillo, yo he creado este espacio, Simon Belmont, me puedo mover por él a mi voluntad y hacer con su espacio-tiempo lo que desee – apareció frente al Simon, surgiendo de la oscuridad como si atravesara una puerta – ya te lo he dicho ¡Para ti ahora soy un dios!
- ¡Dios mis cojones! – contestó a esto el Belmont, aprovechando la energía acumulada en su puño para invocar el aura azulada - ¡¡¡HOLY FIST!!!
De nuevo el mismo resultado, pero esta vez además Kasa se desvaneció, fundiéndose en la oscuridad.
- ¡¡¡DEJA DE ESCONDERTE, MALDITA SEA!!!
- No me escondo, Simon… eres tú el que se esconde.
Completamente obnubilado por la ira, se dispuso a responder a aquellas palabras, pero de repente un golpe de intuición lo hizo darse la vuelta, encontrándose con algo que ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado encontrar.
A sus espaldas se encontraba Juanjo Fernández, vestido de paisano, mirándolo con una mezcla de frialdad, odio y reproche; todo el odio y la ira del muchacho desaparecieron, dando paso a una fuerte punzada de miedo.
- Ju-juanjo… ¿Pero qué…?
Ni siquiera concluyó la pregunta cuando vio a su padrastro mover los labios sin pronunciar sonido alguno y, acto seguido, con una rapidez asombrosa, azuzarle una intensa llamarada que esquivó por muy poco.
- ¿¡Pero qué hace!? – preguntó horrorizado - ¿¡Se ha vuelto loco!?
Sin respuesta alguna, el Fernández realizó otro movimiento, siendo esta vez las dos bolas mágicas perseguidoras de las que tanto se enorgullecía; Simon trató de evitarlas sin éxito, siendo alcanzado por ellas y cayendo al suelo con pesadez.
- Juan José… - articuló desde el suelo, alzando poco a poco la vista – Po… ¿Por qué me hace esto…?
Otra aria, y el hombre plantó sus manos en el suelo, surgiendo una inmensa raíz que lo golpeó desde abajo, haciéndole escupir unas gotas de sangre antes de caer de nuevo al suelo, completamente sin fuerzas.
La mirada fría de su padrastro lo taladraba.
Cerró los ojos, diciéndose a sí mismo que lo que estaba viviendo no era real, que seguramente Kasa estaba inyectando todas aquellas ilusiones a su cerebro, pero por contra éste le decía que todo lo que estaba viviendo era real, horrorosamente real.
Juanjo Fernández estaba ahí, y lo miraba con desprecio.
- Es… Alicia ¿verdad? – preguntó mientras se levantaba – Es porque la perdí…
No obtuvo ninguna contestación.
- ¡Hice lo que pude! – le espetó con desesperación - ¡Estuvo en el lugar del combate! ¡Supo cuanto luché por ella! ¡Vio mis heridas! ¡No hay razón para que me haga esto!
La mirada del Fernández se endureció aún más y, en un claro gesto de odio, alzó el brazo y usó un conjuro de repulsión contra Simon, que se protegió con un Deffensive Cross.
- No sé qué está pasando – concluyó – ni a qué viene esto ¡Pero se acabó!
Decidido a defenderse al fin, embistió contra su padrastro, lanzándole dos Lighting Ball que no llegaron a rozarle siquiera, estallando en contacto con el suelo y creando una cortina de humo que Simon aprovechó para tratar de atacar por sorpresa con un Holy Fist, pero se vio repelido por una poderosa energía, y no contuvo su sorpresa cuando vio que, donde antes se encontraba Juan José Fernández, ahora se hallaba su hijo, Luis.
- ¿Q-qué…? ¡No puede ser!
El mismo fenómeno se dio de nuevo, él sabía que aquello era absurdo e ilógico, y sin embargo su cerebro no hacía más que decirle que todo aquello era real, que en efecto su cuñado se encontraba allí.
Aunque… era ciertamente difícil asegurar que aquel fuera realmente Luis, el español lucía un semblante cargado de odio casi animal, con el ceño fruncido al máximo, los dientes apretados y la Katana asida con fuerza entre sus dos manos. Aquella imagen lo paralizó de puro terror.
Tal era su miedo que ni siquiera se movió cuando el Fernández lo atacó con su espada, haciendo una profunda herida en su torso, transversal a la sufrida en la noche del rapto de Alicia. Reaccionando por fin y sangrando copiosamente, Simon retrocedió, temblando de pies a cabeza.
- Luis ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué?
Sin contestarle, el español inició una serie de ataques con su espada de los que apenas evitó dos o tres, incapaz de seguir el ritmo ; logró detener la espada justo cuando iba a asestarle un tajo vertical dispuesto a partirle en dos, pero lo único que logró a cambio fue sufrir una poderosa descarga eléctrica que lo hizo caer.
- ¿Por qué? – no dejaba de preguntarse - ¿Por qué…? ¿A qué viene esto?
Vio a Luis acercarse, colocarse de pie sobre él y situar el filo de la espada en su cuello, justo en la carótida, entonces tuvo un momento de lucidez.
Era a Kasa Belnades a quien se estaba enfrentando, aquello no debían ser más que ilusiones.
Con este fugaz pensamiento logró reaccionar con rapidez; retiró el arma de Luis con su antebrazo y apoyó ambas manos en el suelo, a la altura de la cabeza, ofreciendo una base para su siguiente movimiento: Alzar ambas piernas y patear por la espalda a su cuñado – o, al menos, la imagen de él – para liberarse antes de contraatacar con su Holy Punch.
Pero este momento de lucidez fue sólo eso, un momento, y cuando se quiso dar cuenta el Fernández estaba bloqueando todos sus golpes, rechazándolo y cruzando sus manos en el aire, a la altura de las muñecas.
Atemorizado, el Belmont se dio cuenta inmediatamente de lo que iba a hacer.
Movió los labios sin pronunciar sonido alguno, como Juanjo hizo con anterioridad, y, tras quedar cargado con la electricidad proporcionada por un rayo, se lanzó a por él en un segundo.
Era el Castigo Divino que, indefenso, recibió de lleno, cayendo al suelo entre fuertes convulsiones mientras sentía cómo un millón de voltios recorría y freía todo su cuerpo.
Iba a… ¿morir?
Y además, a manos de su propio amigo.
“¿Por qué?” se repitió en sus pensamientos mientras lágrimas incipientes surgían de sus ojos “¿¡POR QUÉ!?”
- ¡BASTA! – gritó - ¡¡¡BASTA!!! ¿¡QUÉ QUIERES, KASA!? ¿¡QUÉ PRETENDES CON ESTO!? ¡¡¡SI LO QUE QUERÍAS ES MATARME HAZLO DE UNA VEZ!!!
La risotada de Kasa Belnades resonó de nuevo en la oscuridad.
- ¡Por supuesto que quiero matarte! ¡Ya lo estoy haciendo! ¿¡Pero quien dice que desee acabar contigo físicamente!? ¡Aún tengo algo más para ti!
- Algo… ¿más?
El silencio inundó el lugar una vez más, y Simon se vio envuelto de nuevo en esa sensación de falsa realidad, su cerebro le decía que lo que estaba viviendo era real, pese a que sabía que lo que estaba ocurriendo era, a todas luces, ilógico.
Una sensación de peligro le hizo incorporarse de nuevo, débilmente por los golpes recibidos, para encontrar frente a sí a su hermano, Erik.
- Tú… ¿Ahora tú también? – preguntó, sin el más mínimo ánimo de luchar o defenderse.
Sin articular palabra alguna, el pelirrojo le respondió con un fuerte puñetazo en el estómago.
- Ya basta… - comenzó a farfullar de nuevo el chico – ya basta…
No dejaba de repetir lo mismo una y otra vez mientras Erik le propinaba golpe tras golpe, con un rostro de marcada decepción, lo que tal vez fuera sin duda el mayor impacto para él.
Pero la cosa no iba a acabar ahí.
Sin fuerzas, Simon perdió finalmente el equilibrio y cayó al suelo, pero antes de dar con sus huesos en él la fuerte mano de su hermano lo agarró, sujetándolo por el pelo, y le alzó la cabeza haciéndolo mirar al frente.
Lo que allí encontró… fue el cúlmen.
El vampiro joven, el responsable de la herida en su pecho, el captor de Alicia, se encontraba allí, sonriendo con una atroz malignidad; una de sus manos estaba libre, con los dedos crispados y unas sanguinolentas y afiladas uñas negras, con la otra sujetaba un extraño saco negro cuyo asidero tenía una textura extraña.
Era… ¿era cabello?
Sin variar su expresión un ápice agarró la tela negra y tiró de ella, revelando algo que hizo gritar de puro horror al Belmont.
- ¿¡ALICIA!?
Sí, era Alicia Fernández, su novia, pero estaba en un estado lamentable, llena de moratones y heridas, con la ropa rasgada y ensangrentada, y lo que parecían ser marcas de colmillos por todo su cuerpo.
Entonces el nosferatu sonrió con ganas, sus colmillos estaban empapados en sangre.
- Tú… no…
Crispó aún más su mano libre, hasta el punto de que las venas se marcaban con fuerza, y la alzó con una mezcla de solemnidad y malevolencia. La joven muchacha lloraba, y aquel llanto era audible.
Le taladraba los oídos.
- No… ¿qué vas a hacer? ¿¡Qué vas a hacer!?
Entre débiles sollozos, derramando tímidas lágrimas que se mezclaban con la sangre que manchaba su cara, Alicia sólo pronunció dos palabras.
- Cariño… ayúdame…
Acto seguido, la mano ejecutora bajó, y atravesó el corazón de la indefensa chica, salpicando su sangre con tal fuerza que manchó el rostro de Simon; este, horrorizado, se derrumbó, gritando de horror.
- ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAH!!! ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!! ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAH!!! – se llevó las mano a la cabeza y se encogió, gritando entre lágrimas de desesperación - ¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAH!!!
Al poco, sus chillidos se mezclaron con las carcajadas de Kasa Belnades, que evidentemente estaba disfrutando con la tortura a la que sometía al muchacho.
- ¡Vaya! – exclamó - ¡Ya estás así y aún no hemos llegado al acto final! ¡Pero sería una descortesía dejarte sin él!
Simon no le escuchó, sólo continuaba gritando sin control.
- Vayamos… ¡Al summum!
- Si te atreves – intervino una voz femenina que parecía competir con la de Kasa por la posesión del espacio – te despedazaré aquí a y ahora…
- ¿Cómo? – preguntó el Belnades con una risotada de superioridad - ¿¡Quien te crees que eres para tratar de imitarme!?
- A alguien que ha caído tan bajo como para servirse de los poderes del Necronomicon no tengo por qué revelarle mi nombre.
La voz no hablaba con ira, ni siquiera con desprecio, si no con una suficiencia y superioridad que bastaban para imponer respeto, pero además estaba teñida de una gran inteligencia.
- ¿Este espacio lo has creado tú, dices? – preguntó la incorpórea mujer - ¿Y te vanaglorias de ello? ¡Hasta yo puedo controlarlo mejor!
- ¡Ja! ¡Demuéstramelo!
- Con mucho gusto…
De inmediato el lugar comenzó a cambiar, la oscuridad fue sustituida por una luz blanca y pura, el ambiente opresivo desapareció, y parecían llegar a él los rumores de las calles de París; para redondear, además, el escondite de Kasa fue revelado, quedando expuesto a la vista.
También la mujer se dejó ver, justo delante de Simon, protegiéndolo.
- Simon ¿me oyes? – preguntó ésta desde donde estaba, sin darse la vuelta.
El Belmont no respondió, ya no gritaba, pero aún lloraba, aterrorizado.
- ¡Simon! – insistió - ¿¡Es que ya no recuerdas quien eres!? ¡Sabes que todo esto sólo eran ilusiones!
El español sonrió mientras contemplaba la escena.
- Demasiado tarde – juzgó – seguramente lo único que quede de él sea una masa inútil.
La recién llegada dudó un momento y, finalmente, se volteó, dando la espalda a Kasa y agachándose frente a Simon.
- Ha sido… muy duro ¿verdad? – preguntó mientras acariciaba el cabello del joven con cariño – ¿qué te ha hecho…?
Dicho esto, súbitamente, lo abrazó, como si fuera un niño desamparado.
Su aura se disparó en ese momento, era cálida y maternal, de los siete colores del arcoiris, sólo sentirla bastó para que el Belmont dejara de llorar.
En ese momento su lucidez regresó de golpe, abrazado como estaba a ella no podía verla bien, pero reconocía esa sensación, ese calor y ese dulce aroma, que hacía años que no sentía… desesperado movió los ojos, tratando de ver de quien se trataba, y distinguió una piel casi tan blanca como la leche, un vaporoso vestido blanco y una cabellera lacia y dorada.
- Tu… - articuló – Yo…
- No pasa nada, mi niño – respondió ella con ternura – estarás bien ahora…
- ¿¡Bien!? – exclamó Kasa mientras invocaba de nuevo las sombras - ¡Lo que va a estar es MUERTO!
- ¡CUIDADO! – gritó Simon tratando de ponerse en pie
Pero, antes de que lo lograra, la luz se desvaneció, se encontraba de nuevo sólo frente a Kasa Belnades, y estaba en el callejón en el que entró antes.
Pero no, no estaba sólo, alguien había detenido el ataque.
- ¿Estás bien, chico? – preguntó otra voz, diferente a la de la otra mujer.
- ¿Yo? S-si…
Seguía confuso, apenas podía distinguir formas, y sólo era capaz de reconocer las voces.
- ¿¡Otra intromisión!? – gritó Kasa, furioso - ¿¡Quien coño eres tú!?
- Soy Loretta Lecarde – respondió la anciana – y si aceptas un consejo será mejor que te largues de aquí… ¡no pienso tener piedad contigo!
“Loretta Lecarde” se preguntó Simon mientras se desvanecía “¿Ella…?”
Ya no podía ver nada, su agotamiento sólo le permitía oír y sentir, y las últimas sensaciones que tuvo fueron la desaparición del aura de Kasa y a la anciana, cogiéndolo en volandas y preguntándole si estaba bien, pero no podía responder.
Mas allá, a lo lejos, Luis corría entre los tejados, había sentido con fuerza el aura de Kasa Belnades por unos instantes y se disponía a salir en su búsqueda, pero desgraciadamente se había esfumado enseguida, así que sólo le quedaba buscar el punto donde había estado. Al poco de esto, en mitad de su carrera, vio a otra persona.
Era Loretta Lecarde, y llevaba en brazos a Simon.
- Dios… - se dijo al verlos - ¡Doña Loretta! ¿¡Que diantres ha sucedido!?
Esta se acercó al Fernández y, terriblemente seria, le tendió al muchacho para que lo cogiera.
- Parece que lo que era un paseo se ha convertido en una horrible tortura para él – respondió la anciana – por favor, llévatelo a casa y que descanse.
- ¿Tortura? – preguntó a esto Luis, confuso - ¿¡Qué ha sido lo que le ha pasado!?
- No puedo entrar en detalles – contestó Loretta – pero por poco acaban con su cordura, llegué justo a tiempo…
Se hizo el silencio entre los dos, mirándose a los ojos.
- Así que ese era Kasa Belnades ¿eh? – articuló finalmente la Lecarde.
- Lo ha visto en mis pensamientos ¿verdad?
- Así es… vas en su busca, pero mucho me temo que no se encuentre ya en esta dimensión.
Luis chasqueó la lengua con fastidio.
- Sabía quien era – continuó Loretta – pero no cómo era… tal vez te interese saber que ha aprendido a introducirse en la mente de las personas y manipularlas, eso ha sido lo que le ha ocurrido a Simon, pretendía matarlo de terror.
Comprendiendo que ya no podría seguir a su enemigo, el español cogió finalmente a su cuñado.
- Se vuelve cada vez más terrible… - comentó – cada día que pasa está más cerca de llegar hasta Nyarlathotep.
- Exacto – convino ella – así que más te vale aplicarte con el Angelium (sí, sé que lo tienes), porque puede que la próxima vez alcance su objetivo.
Silencio de nuevo, tenían poco que decirse en realidad.
- ¿Hay que aplicarle algún tipo de cura? – le preguntó Luis – tal vez sea necesario que venga conmigo.
- No – contestó ella al instante – sólo reposo. Cuando llegué hasta él de alguna forma su espíritu ya se había serenado, pero el sufrimiento mental ha dado paso al agotamiento físico, de modo que dejadlo dormir por hoy. Además – añadió – debo volver para continuar con el entrenamiento de Erik.
- Bien – convino el Fernández finalmente, dándose la vuelta para volver – pues entonces será mejor que cada mochuelo se vaya a su olvido.
Comenzó a moverse sobre sus pasos, pero se detuvo ante una llamada de la menor de las Lecarde.
- ¿Sí? – preguntó, entre curioso e impaciente.
- Sólo una cosa más, Luis.
- Dígame.
- Simon siempre hace lo que puede, no le reprochéis sus errores ni le odiéis… eso es algo que le da auténtico pánico…
El Fernández sonrió y asintió con la cabeza, después se despidieron.
Mientras corría por los tejados, un solo pensamiento ocupaba la cabeza de Luis.
Un mal aún más grande que el de los Vampiros había plantado su semilla en Kasa, y ésta empezaba a brotar.
Debía darse prisa… o más inocentes sufrirían las consecuencias.
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Ufffffff
Por una página que quedaba no quería parar, de modo que he seguido sin ganas y el final queda (o me parece) un tanto forzado, aunque en el resto del Episodio creo haber estado de nuevo a la altura ^^U
No obstante no soy nadie para juzgar ¡A vosotros os toca!
PD: Me encanta hacerle putadas a mis personajes xD
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Comienza la escritura del Episodio 78 Publicado @ 21:42 - 26/6/2009 Etiquetas:
Acabo de comenzar con el Episodio 78, esta vez no tengo la intención de abandonar la escritura más de una semana como mucho, necesito quitarme el óxido de encima.
Había olvidado que para mejorar tu estilo no sólo tienes que leer, también escribir.
Next: Episodio 78: Vicious Mindblow
La otra alternativa era simplemente Mindfuck pero joder, como título es de todo menos serio xd
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 77] Publicado @ 13:33 - 20/6/2009 Etiquetas:
Apprentice
Cuando Simon despertó al día siguiente, todo a su alrededor en la habitación estaba pulcro y ordenado, extrañándole la ausencia de su hermano en la sala se levantó y salió al salón, donde Elisabeth y François desayunaban tranquilamente mientras Luis continuaba enfrascado entre las páginas del Angelium.
- ¿Dónde se ha metido Erik?
- Está con mis abuelas – respondió el francés con parsimonia – lo tendrán allí todo el día, así que si lo necesitas para algo…
- Naaaaaah – contestó a ello el Belmont – simplemente me extrañaba no verlo.
Se dirigió a la cocina y miró el frigorífico, ahí estaba el pedazo de tarta que sobró la noche anterior, intacto.
- Elise ¿puedo hincarle el diente al pastel?
- Es tuyo – concedió ella – sírvete.
Ni santa palabra, eso y un vaso de leche con algo de café descafeinado fue el desayuno del muchacho, con ambas cosas en la mano regresó al salón pero no se sentó, permaneciendo apoyado en la pared mientras devoraba las raciones.
- ¿Es que tienes prisa por ir a algún lado? – le preguntó el Fernández sin apartar la vista del libro.
- No – replicó Simon, encogiéndose de hombros – pero la verdad es que no me apetece estar sentado, creo que ya he descansado bastante.
Una sonrisa nació en los labios del español.
- Entonces, cuando hayas desayunado sígueme.
Sin darle tiempo a reaccionar, Luis se levantó, dejó el libro en el sillón y se dirigió a la puerta principal.
- Estoy en la azotea – indicó.
Intrigado, desayunó con rapidez y, tras dar gracias a los Lecarde por el pastel, se vistió con ropa cómoda – unos pantalones de deporte grises y una camiseta negra de tirantes propiedad de su hermano – y siguió los pasos del español.
Al arribar a la azotea se lo encontró sentado, meditando, sorprendido observó que apenas llevaría unos minutos y sin embargo su aura, de un brillante azul eléctrico, ya chisporroteaba a su alrededor.
Para sus adentros debía reconocer que admiraba el enorme poder individual que tanto él como Erik poseían.
- Bueno… - articuló tras un par de minutos de espera – aquí me tienes.
Luis sonrió y apagó su aura antes de levantarse, puso sus manos a su espalda y juntó los pies.
- ¿No vas a decir nada? – insistió Simon - ¿Qué hacemos aquí?
Antes de mediar palabra, el Fernández se alzó sobre sus puntillas y después pasó a los talones, antes de volver a recuperar la verticalidad.
- Simon – comenzó – anteanoche tu hermano me dijo que, en previsión de que no volvieras a sufrir el mismo daño que en este último combate, iba a entrenarte en serio.
El muchacho asintió.
- Sin embargo – continuó, con un tono algo más marcial – las Lecarde se han puesto pesadas e íbamos a aprovechar el día de descanso para empezar así que, dada su ausencia, me temo que tendré que comenzar yo con tu adiestramiento.
- A… ¿adiestramiento? – preguntó el joven entre confuso y molesto - ¡lleváis mas de diez años adiestrándome! ¡Estamos en mitad de un viaje, no es momento de…!
La autoritaria mirada de Luis y un chispazo a su lado - ¿Provocado por el propio Luis? – lo interrumpieron súbitamente.
- Dime Simon ¿Cuántos años tienes? – preguntó el español sin variar su expresión lo más mínimo.
- ¡Vaya pregunta! ¡Dieciséis!
- Exacto, dieciséis, y también sabes que yo tengo veintitrés y tu hermano dieciocho.
Simon asintió.
- Bien… si nosotros no hemos dejado de entrenar y mejorar ¿Qué te hace pensar que tú debes hacerlo?
- ¿Eh? Yo no pienso que…
- ¡Silencio! – lo interrumpió.
El Belmont se encogió un poco, Luis estaba siendo severo y autoritario, bastaba con escuchar su voz para saber que estaba yendo completamente en serio.
- Dime Simon ¿Sabes qué son las armas de apoyo? – preguntó súbitamente tras unos segundos de silencio.
- Las armas de apoyo… - el joven vaciló, nunca se le había dado bien la teoría – son… armas lanzables, que como su propio nombre indica sirven de apoyo en un combate.
- Exacto – aprobó el Fernández – para utilizarlas hacen falta una buena destreza y visión estratégica, así como concentración, son más de diez, pero vamos a comenzar por las básicas.
Se echó un paso atrás y extendió su mano derecha, completamente abierta. De la punta de cada dedo surgió un rayo cuya energía quedó suspendida en el aire, tomando forma hasta adoptar cada luminaria un aspecto diferente que terminó perdiendo el brillo y solidificándose, transformándose en cinco objetos diferentes.
Uno de ellos era una pequeña botella llena hasta la mitad de agua, con un tapón rematado con una pequeña cruz; el segundo era una sencilla daga de hoja acerada; el tercero un hacha de mano de doble filo de aspecto pesado; el cuarto era un reloj de bolsillo y el quinto una extraña cruz de madera, hecha con estacas afiladas a ambos extremos, atadas la una a la otra con una rudimentaria cuerda.
- Agua bendita, Daga, Hacha, Cronómetro y Cruz – las enumeró Luis – estas cinco son las que utilizan los cazadores menos expertos.
- Sí, recuerdo aquella lección – comentó Simon – me tuvisteis casi un mes entrenando con estas cosas.
- ¿Y cual dirías que se te dio mejor?
Sin pensarlo dos veces, el Belmont miró directamente a la cruz.
- La cruz – contestó enseguida – es con la que mejor me apaño.
Bajo la sonrisa del Fernández, la cogió y la sujetó perfectamente en su mano izquierda, con una arista por cada dos dedos.
- Sin embargo nunca lo he comprendido… Puede llegar a ser necesario llevar muchas en batalla ¿no? – preguntó ¿Cómo os las arregláis para cargar con veinte o treinta armas?
- No lo hacemos – respondió Luis – mira.
Mostró su puño cerrado a Simon, de frente, y un segundo después entre los dedos aparecieron tres dagas, listas para ser lanzadas.
- Las invocamos – explicó – o más bien las generamos con nuestra energía espiritual. Si sabes usar el Holy Cross por fuerza debes dominar muy bien tu energía espiritual ¿no? – repuso - ¿Puedes intentar generar una cruz?
En el momento en que pronunciaba estas palabras, el arma en la mano de Simon se desvanecía y éste, visualizándola, logró generar en el mismo lugar otra, pero apolillada y bastante más desvencijada.
Los dos jóvenes se miraron por un rato y rieron, hasta que Luis dio un capón al muchacho.
- ¡Esto es serio, niño! – lo regañó – a estas alturas deberías ser capaz de generar una en condiciones.
Dicho y hecho, incluso con más velocidad que la anterior el Belmont creó una cruz exactamente igual que la que Luis había invocado.
- Bieeeeeeeen – aprobó el Fernández – ahora… ¡Vamos a ver si recuerdas tu entrenamiento!
Súbitamente y para sorpresa de Simon, saltó hacia atrás y lanzó una cruz a la que Simon tuvo que responder con la suya propia, las armas chocaron y regresaron a sus manos.
- A… ¿¡A qué cojones ha venido eso!?
- Buena reacción – juzgó Luis – fue una lástima que te hartaras de aquel entrenamiento, eras muy bueno ¡a partir de hoy retomaremos las prácticas!
Los dos guerreros volvieron a la carga, en apenas un segundo la azotea se convirtió en un campo de batalla donde las cruces volaban, chocaban y desaparecían a toda velocidad, había de ser así, ya que eran armas lentas de por sí y no podían esperar a que regresaran a sus manos.
La lucha era frenética, pero Luis no podía evitar mostrarse sorprendido por la destreza de su cuñado, su talento era comparable al que lucía con el látigo, aunque era evidente que le faltaba mucho por aprender.
Dispuesto a enseñarle la lección del día, en lugar de hacer desaparecer la última cruz lanzada la dejó regresar, viéndose obligado a esquivar el siguiente ataque de Simon que, confiado, desvaneció la suya para lanzar otra, no dándose cuenta de que la siguiente cruz del Fernández destrozó la suya en el choque, estallando en un potente relámpago que lo hirió de forma superficial.
- ¿¡Pero qué diablos!? – exclamó el Belmont cuando se dio cuenta de lo que había pasado - ¿Cómo coño has hecho eso?
- Esta, Simon – respondió el español acercándose a tenderle la mano para ayudarlo a levantarse – es la lección del día ¿Quieres saber cómo lo he hecho? – el muchacho asintió – simple: He improvisado. Por sí solas estas armas son útiles, pero… - generó otra cruz en su mano, que inmediatamente imbuyó con una carga eléctrica – como con todo, tienes que ser creativo.
Simon miró su puño, pensativo.
- Ser… creativo.
Asintiendo y dándole una palmada en el hombro como despedida, Luis regresó escaleras abajo a casa de François y Elisabeth, mientras el Belmont permanecía en su lugar, confuso.
Todo aquello había sido muy extraño y repentino, recordaba haber abandonado aquel entrenamiento porque le resultaba a todas luces inútil, sin embargo acababa de aprender más de una lección aquella tarde.
No obstante, lo más extraño para él, la pregunta que más le rondaba la cabeza era ¿Por qué Luis? Para él no era difícil adivinar que todavía le guardaba cierto resentimiento por no haber podido impedir el rapto de Alicia, y sin embargo durante aquel pequeño entrenamiento se había parecido más a su hermano, había sido un maestro y había actuado como tal.
En estas cavilaciones un escalofrío lo sacudió, de repente había tenido un flash de lo visto en la TV la noche anterior, aquella exposición… el cuadro “La dèese de la vie qui naît de la mort” le daba muy mala espina, algo le decía que debía verlo con sus propios ojos pero ¿Debía pedir a alguien que fuera con él? Recordaba el estado de François la noche de la batalla, y si se lo pedía a Elisabeth él de buen seguro se querría unir… ¿Erik? No, fuera lo que fuera para lo que lo habían requerido Stella y Loretta fijo que volvería agotado, y Luis debía continuar con el estudio del Angelium y la investigación de los niños.
Estaba claro: debía ir en solitario, de todos modos puede que sus inquietudes fueran sólo eso, inquietudes, y que aquella pintura no fuera más que una obra grotescamente desagradable.
Empezaba a dolerle la cabeza, la sacudió y ésta le dolió aún más, de modo que decidió que necesitaba un paseo y bajó a casa de los Lecarde a ponerse algo más decente, allí estaba de nuevo Luis enfrascado en el plateado Angelium, Elisabeth leía cómodamente una revista y François jugaba alegremente con su hijo, un vistazo al reloj del decodificador de la TV por cable le bastó para ver que habían pasado casi dos horas, gran parte de las cuales se habrían ido seguramente en su entrenamiento con Luis.
Qué corto se le había hecho…
- Has tardado lo tuyo en bajar – comentó el Fernández cuando Simon ya se adentraba en la habitación - ¿Dónde andabas?
- Oh… he estado pensando en lo que me has dicho – mintió – lo de ser “creativo”
- ¿Y bien? ¿Alguna idea?
Pasó un buen rato antes de que el Belmont respondiera, ya que se estaba cambiando.
- ¡Nop! – replicó alegremente desde el cuarto – por eso voy a darme una vuelta a ver si estirando las piernas pienso en algo.
El Fernández sonrió, algo que no se le escapaba a Elise.
- Bueno… - el muchacho salió finalmente, ataviado con unos vaqueros azules anchos y descoloridos, una camisa blanca similar a la que llevó la noche del rapto de Alicia y sus sempiternas zapatillas deportivas – supongo que hoy lo vamos a dedicar todos a descansar, así que no habrá problema en que me vaya un rato ¿no?
- ¡En absoluto! – concedió el español – vía libre, muchacho.
- Pues hala – se despidió antes de salir por la puerta – nos vemos.
Tras estas palabras la casa quedó en silencio, a excepción de los juegos del Lecarde con su hijo, hasta que Elisabeth se dirigió al español.
- Así que ahora vas a tutorearle ¿eh? – preguntó con tono curioso.
- En realidad no tengo más remedio – respondió el aludido sin levantar la vista del libro sagrado – cuando no esté Erik pues me tocará a mí.
- Se te ve relajado… - insistió ella – creía que Simon era un pésimo alumno.
- Y siempre lo ha sido – sentenció Luis.
- ¿Entonces…?
Suspiró, cerró el libro con ambas manos y, manteniéndolo entre ambas, cerró también los ojos.
- Supongo que ahora que tiene algo por lo que luchar será más obediente… o sencillamente no habíamos sabido cómo abordarlo.
Terminada su alocución, permaneció en silencio mientras incendiaba su aura, dejando atónita a la pareja, a los pocos segundos pareció sobresaltarse y se levanto del sillón.
- Disculpadme – articuló – voy a la habitación de invitados, necesito meditar.
Al levantarse y darles la espalda, François y Elisabeth quedaron sorprendidos ante algo que, durante apenas un segundo, vieron aparecer en la espalda del español.
Tres pequeñas luces azules, emergentes de cada omóplato, formando un total de seis.
¿Había sido su imaginación? Si no lo había sido ¿Aquello tenía forma de unas extremadamente diminutas alas o sólo se lo había parecido?
Entre tanto, en el jardín de la mansión de las hermanas Lecarde se levantaba una enorme humareda, ellas permanecían frente al origen de esta, sonriendo, mientras una sombra se movía en su interior.
- Vaya… ¡Impresionante! – juzgó Stella con una sonrisa entusiasta.
- Habíamos oído hablar de tu capacidad de análisis y adaptación y de tu enorme habilidad para el aprendizaje – añadió Loretta – pero esto supera nuestras expectativas, Erik.
La sombra salió de la columna humeante con la boca y la nariz tapada, respirando con dificultad y tosiendo, vestido con una sencilla camiseta naranja y unos pantalones negros era, en efecto, Erik Belmont.
- Gracias por los halagos – respondió nada más recuperar el aliento - ¿Pero no tenían nada menos peligroso que enseñarme? ¡Me voy a quedar sin manos! – protestó.
- Lo que ocurre es que te estás arriesgando demasiado – respondió la hermana mayor a esto – parece mentira que a estas alturas no sepas que los conjuros de fuego conllevan un riesgo enorme.
- ¡Claro que lo sé! – contestó él – he crecido como un elemental de fuego ¡conozco todos los peligros!
- Entonces ¿Por qué te acercas tanto a la fuente de ignición? – lo cuestionó la menor - arriesgas demasiado ¡Y debes estar listo antes de esta noche!
El pelirrojo rió entre dientes y, con una confiada sonrisa de oreja a oreja, se dejó caer, quedando sentado en la hierba.
- Mis estimadas señoras ¡El que arriesga, gana!
En otro punto de la ciudad, Simon paseaba despreocupado; tal vez fuera porque el instituto nunca le había dado la oportunidad de salir a la calle a aquellas horas, pero recorrer una ciudad por la mañana siempre le había resultado abrumadoramente tranquilizador, realmente le gustaba.
Se paró en una croissantería para comprar un bollo de azúcar y lo devoró lentamente, disfrutando del calor veraniego Francés, ni de lejos tan abrasador como el Almeriense, cuando algo le llamó la atención.
Un callejón oscuro, tan anormalmente oscuro que su negrura desafiaba toda física y lógica; rápidamente engulló lo que quedaba del dulce y se adentró en él, aún con la sospecha de que aquello no le traería nada bueno.
Y en efecto, tras unos pocos pasos se sintió como tragado por aquella espesa oscuridad, y una risa siniestra llegó a sus oídos como salida de una profunda tumba o caverna.
- Vaaaaaaya… parece que una mosca ha caído en la tela – articuló la voz, arrastrando cada una de las palabras.
- Joder… ¿Y ahora qué? – murmuró para sí mismo – A ver ¿quién anda ahí? – preguntó al aire con hastío.
Ni siquiera había obtenido respuesta cuando un presentimiento le hizo levantar una Deffensive Cross que, para su suerte y sorpresa, detuvo el ataque de una suerte de tentáculos negros que se desvanecieron al contacto con la sagrada barrera. Justo en ese momento además una inmensa energía maligna y putrefacta se apoderó del lugar, y una figura de materializó a pocos metros de él (o lo que él supuso que eran pocos metros, ya que había perdido todo sentido del tiempo y el espacio)
- Tú debes de ser Simon Belmont… - supuso la aparición, con voz sobrenatural, tras una leve y escalofriante risa.
El muchacho lo miró con atención, era un hombre delgado y trajeado, de una altura considerable y su rostro, anormalmente parecido al de Luis, estaba perlado por una demente sonrisa; también su cabello era idéntico en peinado y color, quedando como única diferencia un ojo derecho cerrado por una desagradable cicatriz de arma blanca.
La laceración le dolió de nuevo, exactamente de la misma manera que en la Blood Disco de Almería, sin embargo esta vez no se abrió.
“Parece que las Lecarde hicieron un buen trabajo…” pensó al apercibirse de esto.
Pero más allá de ello, se dio cuenta de conocía todos aquellos rasgos demasiado bien, incluyendo el particular dolor de la herida, completamente distinto a cualquier otro que hubiera sentido antes.
- Tú eres Kasa Belnades ¿no es así? – preguntó, adoptando una posición de guardia.
La sonrisa del aludido se acrecentó.
- Así que me conoces…
- ¿¡Qué es lo que quieres!?
- ¿Que qué es lo que quiero? – abrió su ojo sano al máximo, riendo como un loco, mientras una enorme masa oscura emergía de su cuerpo - ¡Muy sencillo, Simon Belmont! ¡HACER DE ESTE LUGAR TU TUMBA!
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Otro del que no estoy particularmente satisfecho, se me nota mucho el óxido: Descripciones torpes y diálogos que sé que pudrían haber sido mejores. En condiciones normales sé que este episodio habría alcanzado las 15 páginas.
No obstante, he vuelto, y poco a poco recuperaré el toque ^_^
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 75] Publicado @ 18:21 - 24/4/2009 Etiquetas:
SKILL
Al abrir los ojos Simon se encontró a sí mismo envuelto en la oscuridad y el silencio, tendido sobre una manta en la soledad de lo que parecía ser la habitación de invitados, dio la orden a sus músculos para comenzar a moverse, a incorporarse, pero éstos no le respondían, y un repentino e inenarrable dolor le hizo apretar con fuerza los dientes para no gritar durante el escaso segundo en que le azotó.
Pese a su posición se sintió caer al suelo, jadeando, carecía completamente de fuerzas y se sentía casi vacío de cualquier tipo de energía, rendido a la idea de no poder mover un dado hasta hacerse de nuevo con el control de su cuerpo cerró los ojos y rememoró los sucesos de la última noche: había enfrentado y tocado a Orlox, derrotado a la sombra captora y a su creador, y había tenido también un pequeño “intercambio de opiniones” con la mismísima muerte.
Durante todo aquel tiempo algo había nacido en su interior, una sensación desconocida para él que hizo florecer un poder que ignoraba poseer y que no comprendía cómo había sido capaz de dominar.
Lo último que recordaba era haber caído en un profundo sueño bajo el influjo de la magia de Loretta Lecarde, y el leve dolor de cabeza que sentía le daba la sensación de que la dulce ancianita había obtenido información de primera mano sobre lo ocurrido aquella noche.
Lo ocurrido…
Una alarma se disparó en la cabeza ¡era importante! ¡Aquello era muy importante! Sabía quién era el captor y, además, sabía que estaban en el punto de mira de la Muerte ¡Y Alicia formaba parte de un gran plan!
Hizo otro esfuerzo por levantarse, luchando contra el dolor, y logró alzar levemente la espalda antes de caer de nuevo sobre el suave tejido.
¡Demonios! ¡Estaba demasiado destrozado! ¿Acaso el empleo de aquel poder había sido demasiado para su cuerpo?
Sencillamente tu cuerpo no soporta tal descarga de poder – le dijo Rose cuando liberó ante ella el Holy Cross - tu musculatura es la de cualquier chaval de tu edad, no la ejercitas, así que careces de la resistencia necesaria.
Esta vez había resistido la ejecución del Holy Cross ¿Había dado con un poder mayor, un poder que su cuerpo no podía soportar? Creía que aquella técnica era el cenit de las habilidades de los cazadores ¿O había algo más allá?
Si lo había debía conocerlo y dominarlo, pero antes debía informar a todos de lo que había averiguado…
Ya habría tiempo para las preguntas, ahora era el momento de repartir las respuestas.
En un esfuerzo sobrehumano volvió a intentarlo, deslizando los brazos hacia atrás para elevarse haciendo uso de sus codos y hombros, sintió en el cuello el peso de su cabeza - que se le antojó titánico – y logró dominarlo, alzándola; finalmente se incorporó y quedó sentado, luchando para no doblarse sobre su propio peso.
“François estaba mucho peor que yo y ya no se encuentra en la habitación” pensó “¡Tengo que conseguirlo!”
Mientras tanto, fuera, en el salón, El Lecarde y su esposa se hallaban sentados juntos en el sofá, controlando a su hijo que jugaba tranquilamente en el parque móvil, Luis se había extendido cuan largo era en un sillón y, frente a él, en el asiento restante, Erik se hundía con total concentración en el interior del libro sustraído de la biblioteca.
La falta del más mínimo cambio en la ceñuda expresión del pelirrojo indicaba a su amigo que algo no iba bien.
- ¿Ves algo interesante en el mamotreto ese? – le preguntó como quien no quiere la cosa.
- En absoluto – respondió éste sin perder el gesto.
Con un leve pero audible suspiro de exasperación, el Fernández se incorporó y fue al lado de su compañero.
- ¿Me estás diciendo que nos hemos dejado el pellejo en la biblioteca para robar un libro inútil?
- El problema no es que sea inútil, Luis – le contestó el Belmont con voz paciente – es que ni siquiera sé si servirá de algo o no.
- Explícate.
Sin articular media palabra, Erik dio la vuelta al libro y le mostró las páginas al español, que se detuvo en seco antes de arquearse y mirar las hojas con interés.
- Pero si esto es… es… ¿Esto qué coño es?
- Buena pregunta, Luis, yo llevo media hora haciéndomela.
Semejante cuestión estaba justificada, ya que donde debía haber un texto en – según suposiciones de Erik – francés, francés antiguo o latín se hallaban un montón de caracteres grotescos y de formas extrañas, sin el más mínimo signo de puntuación o separación más allá de los espacios que debían separar las palabras. Los únicos caracteres conocidos para ellos eran los números a pie de página.
Pero ellos no fueron los únicos sorprendidos, Elisabeth y François, que hasta aquel momento se habían mantenido ajenos a la conversación, miraron también y arquearon ambas cejas en un curioso gesto mezcla de incredulidad y sorpresa.
- ¿Pero qué demonios…? – preguntó el francés.
- Eso es… ¿Se supone que es un texto? – preguntó también la Kischine – No conozco ese idioma.
- Ni yo – replicó el pelirrojo – no sólo no está entre las lenguas que he estudiado si no que encima no se parece a ningún tipo de carácter que haya visto antes.
El Fernández recuperó la verticalidad y se cruzó de brazos, pensativo.
- ¿Podría ser Vampiria? – preguntó - ¿O Vampiria antigua?
- Conozco la lengua de los vampiros, Luis – contestó Erik – y en estos caracteres no existe ni la más mínima reminiscencia a ella.
La expresión de Luis se tornó en decepción.
- ¿Alguna teoría? – insistió.
- Creo que está cifrado – afirmó con seguridad – y el código, si no está en el libro, tiene que hallarse en algún lugar de la biblioteca.
Elisabeth sonrió con sardonismo.
- ¿Piensas volver allí?
- Si no me queda más remedio, sí – cerró el libro y miró las tapas – las únicas fuentes que se me ocurren son la biblioteca nacional y el vampiro ese, de modo que acudiré a la única a la que tengo acceso.
- Antes deberías descansar – sugirió Elise – es cierto que no salimos dañados al nivel de – señaló con la cabeza a Luis y a François – estos dos, pero deberías darte un día de reposo.
- Además – repuso el francés – ese libro debe tener varios libros de antigüedad ¿Qué te hace pensar que podría servirnos para algo que está sucediendo ahora mismo?
- El gran plan, Fran – contestó Erik.
Los otros tres presentes guardaron silencio.
- Si las palabras de Loretta y Stella son ciertas – continuó – (y no tengo la más mínima duda de que lo son), existe un plan en marcha, un plan en el que esos críos y mi hermanastra y futura cuñada juegan un papel importante – sus manos se cerraron con fuerza sobre el volumen – algo así no se improvisa ¿entendéis? Sea lo que sea lo que tratan de llevar a cabo debe llevar siglos preparado – mostró el libro a todos – y algo me dice que aquí está la respuesta.
- Bien, pues si es eso lo que piensas – articuló Luis – entonces adelante, no tenemos otra cosa en la que apoyarnos y tu teoría no carece de lógica, pero será mejor que estés seguro de los pasos que debes dar – se llevó las manos a la cintura – si aceptas corazonadas ajenas debes saber que personalmente no pienso que vayas a encontrar ningún códice en la biblioteca que te ayude a descifrarlo, y tampoco tenemos tiempo para buscar tranquilamente. Supongo que eres consciente de lo que te estoy diciendo.
En respuesta, Erik asintió, ante lo que el Fernández sonrió conforme y se dirigió a la habitación de invitados.
No pasó ni un minuto hasta que su voz los alertó a todos.
- ¡Dios santo! – exclamó - ¡Que venga alguien, joder! ¡Que venga alguien!
Por el alarmante tono de sus llamadas, el primero en levantarse y llegar fue el pelirrojo que, al asomarse, encontró una escena que le horrorizó.
Simon se apoyaba en una de las camas situadas contra la pared, jadeaba con fuerza y temblaba de pies a cabeza, con el gesto constreñido de dolor y las manos sujetando su pecho y abdomen, incapaz de contener una fuerte hemorragia.
Su herida había vuelto a abrirse.
Corriendo, los dos amigos lo dispusieron todo para volver a tumbarlo, colocando correctamente una de las dos camas y subiendo la persiana para dejar entrar la luz del día.
- ¿¡Qué ocurre!? – preguntó François, entrando alarmado.
- ¡Avisa a Loretta, joder! – respondió Erik, girando la cabeza mientras con una de las mantas limpiaba la sangre - ¡¡¡RÁPIDO!!!
- ¿Qué… está pasando? – preguntó Simon, aún consciente, con voz débil - ¿A qué todo… este… alboroto?
- ¡No te hagas el tonto, Simon! – respondió Luis - ¡Mírate, coño! ¡Estás sangrando! ¡La herida se ha vuelto a abrir!
- Vaya… - articuló el joven Belmont con una sonrisa – ya decía yo que… me dolía demasiado el cuerpo.
Como si se las estuviera susurrando al oído, las palabras de Stella resonaron en los oídos del pelirrojo.
Esa herida, Erik, llega hasta la mismísima alma de tu hermano.
- Se está abriendo – se dijo a sí mismo en mitad de la vorágine.
- ¿Cómo? – le preguntó Luis – Erik no me jodas ¿De qué estás hablando ahora?
- Stella dijo que la verdadera herida se encuentra en su alma – contestó – y está claro que el avance del daño no se puede detener eternamente, por más fuerte que se sea.
Pasó unos segundos presionando la herida junto a su colega, intentando detener la hemorragia, antes de volver a hablar.
- Por esto Loretta quería que mantuviera reposo absoluto – dedujo – si su cuerpo sufre por el dolor su mente se debilitará y el estado de la laceración avanzará – miró a su hermano, que ya parecía semiinconsciente, con la mirada perdida – Simon – le dijo con tono severo – Si aún estabas resentido por la batalla ¿Por qué te has levantado?
- Tenía… que deciros… - respondió con un hilo de voz – algo im… portante…
- ¿Sobre lo que pasó anoche?
- S-si…
Sabiendo ya lo ocurrido por boca de Loretta, Erik no pudo si no sorprenderse por aquel sentido del deber que ignoraba que tuviera su hermano, algo que le hizo tomar una determinación.
- Se acabó, Simon – le dijo mirándolo a los ojos – apenas te hayas recuperado completamente comenzaré a entrenarte en serio… esto NO se volverá a repetir.
Antes de cerrar los ojos, perdiendo definitivamente la consciencia, el hermano menor respondió con una sonrisa.
- ¡Listo! – informó Elisabeth, entrando en la habitación con un buen montón de sábanas y toallas a cuestas – Ha costado localizarlas, pero Doña Stella y Doña Loretta ya están en camino – dejó los fardos en un lugar aislado del suelo – Usadlas como vendajes mientras Fran prepara el ungüento cicatrizante, servirá como cura provisional.
Los dos muchachos aceptaron y cogieron una toalla, que doblaron cuidadosamente para colocar sobre la herida, y una sábana con la que envolvieron el torso del chico.
Erik apretaba los dientes con fuerza, y en sus ojos nacían lágrimas de impotencia.
- ¿Te encuentras bien? – le preguntó Luis compasivamente cuando ya pudieron tomarse un respiro.
- ¡Míralo! – le espetó Erik en respuesta – como hermano suyo ¿crees que puedo estar bien?
- ¿Eso de entrenarlo iba en serio?
El pelirrojo asintió.
- ¿En qué crees que pueda influir aumentar su resistencia física?
- No lo sé… - se secó las lágrimas con el dorso de la mano – pero si no lo intentara sentiría que no hago nada por él… y ya me siento bastante inútil.
El Fernández rió con sarcasmo.
- ¿Inútil? ¿Estás de guasa?
Erik quiso desahogarse, hablarle de Claire Simons, de lo que sabía… en gran parte sus preocupaciones por esa muchacha eran causa de su sentimiento de culpabilidad.
Pero su hermano… ¿Qué podía hacer si no presenciar? ¡Ser un testigo! Odiaba eso.
Miró inquisitivamente a su amigo, cada una de las palabras que pronunció estaban cargadas de cierta inquina.
- ¿Acaso tú no te sientes así, Luis?
El rostro del español cambió. Sabía a lo que se refería. Era por Alicia.
- Sentirme inútil no ayuda – contestó – además, no es que esté haciendo “nada”, eso sería así si me hubiera quedado en Almería a esperar noticias junto a Esther.
- ¿Y por Simon?
Esta vez, la respuesta de Luis tardó en llegar.
- ¿Qué te puedo decir? – articuló finalmente – Él es como nosotros: un cazador, no necesita protección alguna.
Los puños de Erik se cerraron con fuerza, a la vez que apretaba los dientes.
- ¿Insinúas que se lo ha buscado?
No hubo respuesta.
- ¿¡Me estás diciendo que no sientes nada al ver a Simon, que es tan hermano tuyo como yo, en este estado!?
El gesto de Luis adoptó ahora un cariz triste.
- Preferiría que dejarais la discusión para luego – intervino François, entrando en la habitación con el bote de unto y unos paños para aplicarlo – y de ser posible salierais de aquí, voy a necesitar espacio.
El pelirrojo, negándose en redondo, se limitó a apoyarse en la pared de enfrente; en principio pareció que el Fernández sí que se disponía a abandonar la habitación, pero sorpresivamente se colocó al lado de su amigo.
Mientras, veían cómo el Lecarde desataba el improvisado vendaje y volvía a limpiar la laceración permanecieron en silencio, pero no pasó mucho rato hasta que, en voz baja, Luis se decidió a responder.
- Si realmente confías en su fuerza – espetó al Belmont – dejarás de sentir impotencia y empezarás a pensar en cómo ayudarlo, como hice yo contigo.
Fue lo último que dijo antes de desaparecer por el umbral de la puerta.
- No dejo de pensarlo – murmuró entre dientes el pelirrojo, respondiendo a las palabras del Fernández - ¡Pero no se me ocurre nada!
Mientras continuaba la cura el silencio se apoderó de la habitación, sólo roto de vez en cuando por algún gruñido de preocupación de François.
- ¿Funciona? – preguntó al cabo de un rato Erik, con voz apagada.
- Sí y no – contestó el francés – normalmente la regeneración de la piel con este ungüento es anormalmente rápida, ya lo viste el otro día, pero hoy no reacciona bien…
Con la cabeza gacha, el Belmont guardó silencio unos segundos más.
- ¿Cuánto tardarán las viejas?
- Elisabeth les ha explicado lo sucedido – comentó – cuando se trata de una urgencia son realmente rápidas, deberían estar aquí en…
No había terminado la frase cuando el timbre de la entrada sonó.
- Vaya – sonrió – ésta vez se han superado.
Fuera, Elise corría abrir la puerta para encontrar, en efecto, a las dos ancianas Lecarde en el umbral.
- ¡Doña Stella! ¡Doña Loretta! – exclamó la joven - ¡Gracias a dios!
- Hola, querida – saludó cordialmente la menor de las hermanas.
- Sentimos haber tardado tanto en contestar – se disculpó la mayor – aún dormíamos.
- No se preocupen – las excusó la Kischine – Pasen, por favor… Simon está en la sala de invitados.
En silencio, Luis las siguió a las tres.
Nada más entrar en la habitación, Loretta se sobresaltó mientras que en el rostro de su hermana, aparentemente más tranquila, se dibujaba un rictus de sorpresa.
- ¡Abuelas! – exclamó François con alivio, levantándose para ir a saludarlas – Menos mal que llegáis… ¡El ungüento no hace nada!
Sin dirigir una sola palabra de respuesta a su nieto, las dos ancianas se apresuraron a colocarse junto al cuerpo de Simon, observándolo con minuciosidad.
- ¿Qué…? – articuló atónito Erik, con el miedo acentuándose en su rostro.
- Será mejor que salgáis todos de aquí – ordenó Stella sin levantar la vista - ¡Erik, tú no! – el aludido, que ya se disponía a echar a andar, se detuvo – te necesitamos aquí y ahora.
Erik se detuvo donde estaba, mientras François, Elisabeth y Luis regresaban al salón, brevemente Loretta alzó la cabeza para dirigirse a ellos.
- Sentimos mucho la brusquedad – se disculpó, apurada – os lo explicaremos todo al terminar.
- No importa – las excusó su nieto con una sonrisa – sabemos que esto es primordial, luego habrá tiempo para cortesías.
Pasado este intercambio de palabras, salieron de la sala cerrando la puerta tras de sí, con un confuso Erik que no podía imaginar para qué era necesaria su presencia allí.
Mientras, la mayor de las hermanas recitaba un aria a una velocidad inusitada al tiempo que con sus manos palpaba diferentes puntos entre la cabeza y la entrepierna de Simon y la menor concentraba entre sus manos una extraña y cegadora luz verdosa que, tras unos minutos, dejó escapar para posicionarla en el techo de la habitación.
- Seguramente te estés preguntando qué pintas aquí dentro, Erik – dijo la voz de Loretta en la cabeza del Belmont, que se dispuso a abrir la boca para contestar - ¡No hables! – lo detuvo – la más mínima alteración del ambiente, incluyendo las ondas de sonido de una voz humana, podría echar al traste el proceso.
- Gracias a esa esfera luminosa – indicó Stella – se ha ampliado el alcance de nuestras ondas cerebrales… nos comunicaremos con el pensamiento.
- De acuerdo – contestó el joven, con la impresión de que le costaría acostumbrarse a aquello – dejado claro ese punto supongo que ya pueden solucionar mi duda ¿no?
El aria recitada por la mayor de las ancianas cesó y el cuerpo de Simon comenzó a brillar con la ya familiar luminiscencia blanca, sin embargo esta se mostraba extraña e inestable, algo que extrañó al pelirrojo.
- He magnificado su aura para poder contemplar mejor las anomalías en ésta – explicó Stella – supongo que tú mismo puedes observarla.
El pelirrojo asintió.
- Lo veo perfectamente – confirmó – pero sigo sin entender qué pinto yo aquí.
Las Lecarde no le respondieron, limitándose a observar, mirarse la una a la otra y asentir o negar durante unos cinco minutos.
- Estás aquí para salvarle la vida a tu hermano, Erik – respondió finalmente Loretta.
El Belmont arqueó una ceja ¿Salvársela? Eso no tenía mucho sentido ¿no era eso acaso lo que ellas habían hecho horas atrás? ¿Tan grave estaba Simon? Y de ser así ¿Qué podía hacer él?
- Erik… - Stella lo miraba dejando pasar un leve deje burlón en su serio rictus – recuerda que podemos escuchar todos tus pensamientos… mejor pregunta directamente.
- De todos modos te ahorraremos eso – la interrumpió su hermana – la cosa es tan simple como que la cura provisional que realicé en su herida no ha tenido ningún efecto a causa del estado de su aura… al parecer – suspiró – alguno de los adversarios con los que se enfrentó ayer tenía un espíritu tan potente que logró contaminar el de tu hermano.
- ¿Contaminar? – Cuestionó - ¿Y como es eso posible? ¿Pudo hacerlo adrede?
- No lo sabemos – replicó inmediatamente la mayor – sí que podemos decirte que en su caso la contaminación es bien fácil… esa herida es un ladrillo caído en el muro de la fortaleza que protege su alma, y alguien ha tirado una bomba dentro.
- ¿¡Y por qué no lo sintió cuando lo estuvo curando!? – reprochó con enfado a la menor.
- Coge un vaso de agua medio lleno y pide a otra persona que vierta aceite en él – respondió ésta sin alterarse – luego ve a por otra persona, véndale los ojos, dile que meta un dedo y haz que se detenga antes de llegar al agua ¿Coges por donde voy?
Erik asintió, no era tan estúpido como para no entenderlo.
- Cuando metí mi mano para curarle – continuó – sólo encontré el aceite, al hallarse en reposo el otro elemento estaba separado…
- …y al levantarse y agitarse, los elementos se mezclaron – completó el muchacho – sí, puedo entenderlo, supongo que el intruso provocaría el dolor y abriría otra vez la herida ¿no es así?
Stella asintió.
- Exacto – confirmó – es un veneno en toda regla, y ahí es donde entras tú.
La mirada del pelirrojo se tornó confusa.
- Te hemos dejado con nosotras sólo por si acaso – explicó Stella – pero un único vistazo ha bastado para confirmárnoslo – lo miró directamente a los ojos – muchacho, tú vas a absorber ese veneno.
Las dos lo miraron expectantes, preparadas para recibir algún reproche, muestra de enfado o signo de temor, pero en lugar de eso el pelirrojo sonrió con amplitud.
- Bien – aceptó sin dudar un instante – ningún problema por mi parte, pero antes me gustaría saber por qué me han escogido a mí para ello.
- Si lo deseas, puedes negarte – contestó a eso la anciana.
- No voy por ahí – le corrigió inmediatamente el pelirrojo – sólo quiero saber qué tengo de especial.
- Erik – lo interrumpió Loretta – has heredado de tu padre un talento innato en el dominio de las energías, tu famoso dominio de las técnicas del Dragón es la prueba de ello.
- ¿Y? - preguntó - ¿Qué tiene que ver eso con esto?
- Ese veneno es pura energía – continuó la menor – al contrario que tu hermano, tú serás capaz de absorberlo y canalizarlo sin sufrir ningún daño, incluso – sonrió – puede que seas capaz de utilizarlo a tu favor en un futuro.
Aceptando la respuesta sin decir nada más, se acercó a la cama, colocándose junto a Simon.
- Ahora díganme qué he de hacer
- Coloca tu mano izquierda sobre el corazón de tu hermano – indicó la mayor – magnifica tu aura y sepárala unos cincuenta milímetros.
Erik obedeció, llevando lentamente su mano izquierda al pectoral de su hermano, acto seguido cerró los ojos y se concentró, manifestándose casi inmediatamente el fulgor escarlata de su propia aura, hecho esto separó la palma de la mano, observando cómo su aura parecía diluirse en la de Simon.
- ¿Y ahora? – preguntó.
- Ahora prepárate – respondió Stella.
Estuvo a punto de preguntar por qué decía eso cuando presenció un fenómeno inaudito para él: unas líneas negras similares a una ponzoñosa y espesa tinta se abrían paso entre la pureza blanca del aura de Simon para atacar el brillante escarlata de la suya, en principio tuvo el impulso de retirar la mano y romper la conexión pero, decidido, apretó los dientes y se preparó para lo que tuviera que pasar.
Sin embargo nada podría haberlo preparado para aquello, al momento de entrar en contacto con aquella oscuridad un dolor inenarrable se apoderó de él, no siendo físico y apenas resistible, tensó todos los músculos de su cuerpo y llegó a morderse la lengua para no gritar, ceder y mantenerse unido a su hermano.
¿Era aquello lo que había sufrido Simon? ¿Cómo había podido ponerse en pie?
Entre tanto, las hermanas observaban atónitas el avance del veneno a través del cuerpo de Erik y la resistencia de éste, no reprimieron sus movimientos cuando la oscuridad llegó a su corazón y el pelirrojo, con su mano libre, se agarró el pecho con desesperación y se dobló, negándose a jadear siquiera.
- ¡Detengamos esto! – exclamó Stella - ¡Lo matará! ¡No lo resistirá!
Loretta obedeció y se dispuso a romper la conexión entre los dos hermanos, pero Erik, haciendo arder su energía en el dorso de la mano, la apartó.
- ¡Me… niego! – espetó a las ancianas.
- ¡Pero Erik! – respondió la menor - ¡Esto es demasiado para ti! ¡En tu estado no puedes…!
Mientras hablaba, contemplaba como el Belmont se erguía de nuevo, recuperando la posición inicial.
Otro fenómeno se produjo entonces.
Como por obra de una poderosa corriente de aire expelida por el propio cuerpo del muchacho, el nudo de la corbata y los botones de la camisa cedieron, abriéndose ésta y mostrando en su pecho un extraño tatuaje que brillaba con fuerza mientras absorbía la oscuridad del aura de Simon como si se tratara de un extraño sello.
- E… eso es… - articuló atónita Stella.
- Dios mío, hermana… - murmuró Loretta – entonces… los rumores sobre el linaje de Selene eran ciertos…
Erik por su parte no reaccionaba, sólo se afanaba en absorber hasta el más mínimo rastro de aquella oscuridad, hasta la última gota de aquella energía ponzoñosa, y permaneció así durante más de tres minutos hasta que finalmente, con un pequeño y único punto negro, la marca de su pecho dejó de brillar y desapareció sin dejar rastro.
La siguiente reacción del muchacho fue sonreír y, justo después, caer al suelo inconsciente.
Las hermanas, incapaces de asimilar lo presenciado, tardaron casi un minuto en actuar; Stella Lecarde se dirigió a tratar de volver a cerrar la herida del pecho de Simon, mientras que Loretta comprobaba minuciosamente el aura y el cuerpo de Erik.
- No ha quedado ni el más mínimo rastro… - observó, lívida, tras concluir el examen.
La mayor, pese a que se afanaba en Simon, también estaba atónita y confusa.
- Creí que aquel linaje se perdió en el tiempo – comentó mientras su hermana pequeña se acoplaba a ella y unía sus manos en el hechizo curativo – jamás hubiera imaginado que se hubiera perpetuado… y que su poder acabaría en manos de un Belmont – sonrió sarcásticamente - ¡Qué irónico!
- Había oído rumores de que Selene Serenitee descendía de aquella mujer – contestó Loretta – pero, hermana, tú misma pudiste ver que todo el tiempo que estuvo bajo nuestra tutela jamás dio prueba alguna de poseerlo – ella también sonrió – un Belmont con ésta clase de poder… el destino puede ser muy juguetón a veces.
Su sonrisa irónica se tornó de satisfacción cuando comprobaron que la herida se había cerrado con una enorme rapidez; estaba claro que Erik había hecho un gran trabajo.
- Ahora – dijo la mayor al joven inconsciente – que no se vuelva a abrir dependerá de tu fuerza de voluntad – se dirigió a su hermana - ¿Has visto si Erik sufrió algún daño en el proceso?
La anciana negó con la cabeza.
- Sólo está fatigado, nada más.
Stella sonrió satisfecha.
- Entonces… podemos continuar con lo previsto.
Fuera, en el salón todos esperaban, nerviosos e impacientes, y no reprimieron sus impulsos cuando las ancianas aparecieron por el umbral de la puerta.
- Bueno… - articuló Loretta con un evidente tono de satisfacción antes de que nadie pudiera preguntar nada – ¡todo vuelve a estar como debía estar!
- ¿Y Erik? – observó el Fernández, a la vista de que su amigo no aparecía por ningún lado.
- Durmiendo – contestó la mayor de las ancianas – su colaboración ha sido vital y ha gastado mucha energía… mejor dejadle descansar.
- Bueno… - intervino François, que en ese momento jugueteaba con su hijo - ¿Y qué le sucedía a Simon?
- Su aura se contaminó a lo largo de la noche – respondió sencillamente la menor – eso impidió que la magia que empleé con él funcionara correctamente, ahora ya está arreglado.
El matrimonio y el Fernández sonrieron con conformidad.
- Si no hay nada más, nosotras nos vamos a seguir descansando – informó Stella – eso sí, apenas Erik despierte querríamos que nos lo trajeseis a casa, hay algo que queremos mostrarle.
- ¿Mostrarle? – la interrogó Luis.
- Oh, cosas nuestras – respondió Loretta mientras se despedían – en todo caso, llamadnos si ocurre algo más.
Mientras tanto, el aludido dormía profundamente sobre una de las dos camas de la habitación de invitados, sonriendo con satisfacción, ajeno a lo que quiera que fuera que tuvieran en mente las hermanas Lecarde.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.
Llevo media hora sin dejar de escuchar Tenbatsu! Angel Rabbie
En otro órden de cosas, mi vida es cada vez menos caótica, y parece que las cosas empiezan a mejorar, así que seguramente suba el ritmo de escritura (me siento con más fuerzas ^_^)
Y como nota final, no estoy del todo satisfecho con el final de este Episodio, cada vez que lo leo se me antoja... atropellado.
Tal vez lo reescriba.
Como sea ¡Disfrutad de la lectura!
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Twilight Rhapsodia continuará escribiendose Publicado @ 11:15 - 26/3/2009 Etiquetas:
Esto debería ser un mail personal a un muy buen amigo mío, sin embargo a fin de cuentas es una reflexión que me apetece compartir con todos, de modo que lo ampliaré y publicaré aquí.
Sí, me han sucedido muchas cosas en estos últimos días, he perdido la fé en todo o casi todo y casi continúo existiendo por existir.
Ese último suceso, ese que tú sabes que me hizo plantearme muchísimas cosas, sigue a día de hoy en mis pesadillas, aquellas palabras me torturan día y noche pero... ¿Debo, por ello, dejar de creer en el amor y la amistad?
Te lo dije, colega: Twilight Rhapsodia es una oda a estos dos sentimientos, los personajes comparten entre sí lazos compuestos por diferentes tipos de amor y les una una amistad fortísima, basada en la confianza absoluta.
Te dije que no puedo escribir sobre algo en lo que ya no creo, sin embargo irónicamente y dado el estado actual de mi vida, estos dos valores son precisamente los que hacen que merezca la pena vivir el día a día.
Me dijiste que me lo planteara y yo lo interpreté como algo más profundo, como que observara mi vida minuto a minuto y decidiera si son realmente sentimientos reales o simples patrañas como te dije. Lo he hecho, los he visto ahí, están en mi propio corazón.
Así que sí, continuaré con Twilight Rhapsodia, perseguiré mi sueño aunque no llegue a cumplirse por completo.
Espero algún día poder intentar volver a cultivar esa amistad tan preciada para mí hasta volver a verla florecer, aunque deba morderme la lengua hasta desangrarme para no decir lo que realmente siento.
Aunque deba volver al mismo principio.
Amor, amistad y esperanza, no son dos si no tres los sentimientos que me mantienen aún atado al mundo real y me dan fuerzas para continuar.
Realmente, amigo, aún me quedan razones para mirar al frente y sonreir, aunque nazcan lágrimas en mis ojos.
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 74] Publicado @ 19:40 - 4/3/2009 Etiquetas:
The talented ones
Erik abrió los ojos para encontrarse en un lugar completamente diferente, se hallaba en una sala grande, blanca, iluminada por luces halógenas y completamente vacía, a excepción de él mismo y una pizarra que se alzaba ante sus narices.
Tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había escrito en ella: Sus pensamientos, toda la información que había recopilado en su batalla contra Barthory así como la que Elisabeth le había confíado.
Estaba todo organizado en el encerado blanco, escrito con rotulador, relacionado con flechas y guindado con anotaciones.
- No tiene sentido – se dijo en voz alta.
Y aunque no sabía por qué lo había dicho, al mirar el mural se dio cuenta de que, en efecto, no tenía sentido.
Lo miró y remiró durante un tiempo que se le antojó horas, y por más que intentaba encontrar algún tipo de nexo entre todos los elementos no lograba nada.
¿Barthory? ¿Niños? ¿Orlox? ¿Brauner?
Y en otro lado:
¿Claire? ¿Drake? ¿Iglesia? ¿Cazarrecompensas? ¿Rosablanca? ¿Hermandad?
Dios santo… ¿Cómo podía encajar todo eso?
- Algo falla… - murmuró.
- Por supuesto – dijo una voz femenina a su espalda – te faltan piezas.
Tras dudar un poco se dio la vuelta, siguiendo esa suave voz imbuida con un deje inteligente, y encontró a su espalda, andando tranquilamente hacia él, a una mujer de gran altura – le sacaba casi una cabeza – delgada, de piel blanca y formas, si bien no voluptuosas, si bien definidas, investida con sólo un vestido de color blanco y material casi etéreo, la expresión de su rostro era a la vez serena y cargada de bulliciosa inteligencia, un cabello rubio, largo y lacio de corte recto enmarcaba un rostro alargado perlado por unos ojos turquesas idénticos en forma y color a los del pelirrojo.
Erik tuvo la sensación de que la memoria le fallaba ya que, pese a que le sonaba, no lograba reconocer a aquella fémina, que pese a su aparente madurez irradiaba una belleza radiante.
- ¿Piezas? – preguntó, tratando de seguir la conversación.
- Así es – respondió ella, que ahora estaba a su lado, contemplando la pizarra – piezas, tienes ante ti un puzzle que debes resolver, y tal vez vayas por el buen camino, pero aún hay piezas que debes encontrar.
- Espere un segundo – Sin tener por qué el Belmont adoptó un tono exageradamente cordial con la recién llegada - ¿Dice UN puzzle? – miró a la pizarra – no es por contradecir, pero esto son dos incógnitas diferentes.
- ¿Dos? – replicó ella con una sonrisa incrédula.
- ¡Claro! – con un rotulador que, de repente, vio en su mano, Erik repasó todos los elementos – Por un lado el caso de los niños – rodeó la palabra “niños” con una circunferencia – y por otro, Claire – hizo lo propio con la palabra “Claire”.
- Así que crees que son dos incógnitas sin relación – dijo la mujer sin apartar la vista del encerado – es un punto de vista comprensible ¡pero se nota que eres joven y aún desconoces muchas cosas de nuestro mundo!
- ¿Nuestro mundo? ¿Quiere decir…?
- El entorno de los cazadores, Erik – ella, con otro rotulador, rojo en su caso, intervino en los esquemas – todo está relacionado con todo.
Al finalizar la recién llegada su intervención, el esquema era aún más confuso: “Claire” estaba relacionada con “Orlox”, “Barthory” y “Drake”, “niños” estaba unido con “Drake” y “cazarrecompensas”, “Drake” estaba unido con “Hermandad”, “Iglesia” y “cazarrecompensas”, y cosas así.
- ¡Esto no tiene ningún sentido! – exclamó el pelirrojo con fastidio al ver todo el batiburrillo de flechas rojas y negras.
- Ahora no lo tiene – respondió ella - ¿Recuerdas cuando eras pequeño, Erik? ¡Adorabas los puzzles! – la inteligente sonrisa de la mujer se tornó nostálgica – una vez te regalaron uno con un defecto de fabricación, de mil piezas, mucho para tu edad, y en la fábrica se habían mezclado ambos – lo miró directamente – te empeñaste en resolverlos por separado pero a los dos les faltaban demasiadas piezas y no podías saber qué imagen representaban… un día viste en una tienda otro puzzle y quisiste que te lo compraran – rió entre dientes - ¡Resultó que formaban parte los tres de una serie de rompecabezas y el que compraste te ayudó a conocer la solución de los otros dos!.
- ¿Insinúa que necesito conocer algo para resolver estos dos enigmas?
Sin hablar, la mujer llevó de nuevo su rotulador al encerado y volvió a trazar líneas y más líneas, cuando bajó el brazo absolutamente todas las palabras estaban relacionadas a una sola.
“Pasado”
- ¿Pasado?
- Muchas cosas se resolverán si resuelves el puzzle de nuestro pasado… vuestro pasado… el pasado de todo aquello con lo que ahora estás relacionado.
- Sé todo lo que necesito saber acerca de nuestro pasado – respondió él con aires de suficiencia.
- ¿Seguro? – preguntó ella inmediatamente.
- No… la comprendo…
El gesto de su interlocutora era gravemente serio ahora.
- Nada ha salido como nosotros esperábamos – comentó – Se han confabulado y os han ocultado muchas cosas, sois Belmonts… los pilares centrales de la hermandad y el brazo armado de la iglesia… tenéis el derecho y el deber de saber…
- ¿Saber? ¿Saber qué? ¿Qué pasa con el pasado?
Nuevamente, sin hablar, la mujer garabateó algo más.
Ahora “Pasado” estaba relacionado con un nuevo elemento situado en lo alto de la superficie, como tú tuviera que ver o incluso fuera el origen de todo lo demás.
“Demon Castle War: 1999”
Acto seguido lo miró sonriendo de nuevo, esta vez con una expresión cargada de cariño.
- A menos que ocurra un milagro, este será el último puzzle que te regalaré; busca las piezas, encájalas correctamente y los otros dos, así como todos los que vayas encontrando a lo largo de vuestro periplo, se resolverán solos – pasó unos minutos en silencio, contemplándolo ante la estupefacta mirada de Erik – Simon y tú habéis crecido bien – añadió – estoy muy orgullosa de vosotros – su sonrisa creció – tengo mucho que agradecer a Juanjo y a Adela.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, fundiéndose con la blancura de aquel espacio, mientras todo alrededor del Belmont se oscurecía.
Entonces tuvo un flash, por un momento recordó aquellos ojos turquesas, aquel cabello rubio pulcramente peinado y recortado, aquella expresión inteligente y aquel hablar tan increíblemente parecido al suyo.
- ¡¡¡MAMÁ!!!
CLONC
- AAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY
Un fortísimo dolor de cabeza siguió al golpe y al abrupto despertar, dolorido y ahogando un grito entre dientes se echó contra el respaldo del sillón, frotándose la frente con frente con fuerza.
Es verdad, estaba durmiendo.
Sólo había sido un sueño…
- ¿¡Pero se puede saber qué cojones haces!? – le preguntó una voz familiar que lo terminó de espabilar.
Abrió los ojos con dificultad, el dolor había hecho que se le saltaran las lágrimas - ¿O no había sido el dolor? – y ahora lo veía todo borroso, pero pudo distinguir frente a él, sentado en el suelo, a alguien corpulento que, como él, se frotaba con fuerza la frente.
- ¿Pero qué demonios…? – farfulló mientras se secaba las lágrimas - ¡Luis!
En efecto, era Luis, ya levantado.
- ¡Joder, macho! – exclamó éste – Tú no tienes cabeza ¡Tienes el puto peñón de Gibraltar! ¡Qué daño, hostias!
Erik se apoyó sobre sus rodillas y agachó la cabeza por un momento, entonces cayó en la cuenta.
- ¡Loretta dijo que no podíais moveros de la habitación! ¡Que necesitabais reposo! – le espetó, con el cerebro palpitándole por el dolor - ¿¡Qué coño haces más levantado!? Y más aún ¿¡Qué estabas haciendo para que nos hayamos dado semejante cabezazo al despertarme!?
El español se incorporó, él también continuaba dolorido.
- Tenías una expresión rara – argumentó – nunca te la había visto mientras dormías, te observaba.
- Pues la próxima vez – le contestó molesto el Belmont – hazlo desde más lejos.
Luis resopló y se sentó en el espacio libre del sofá, al lado de su compañero.
- ¿Simon y François siguen roques? – preguntó éste.
- Sí… duermen muy profundamente, no he querido despertarlos.
- Ni debes – lo miró de soslayo – si he entendido bien a las Lecarde los tres deberíais permanecer tumbados hasta recuperar todas vuestras fuerzas.
- ¡Bah! – exclamó el Fernández en respuesta – no creo que haya sido para tanto.
- No fanfarronees – respondió Erik a esto, ligeramente molesto – hasta yo puedo sentir que agotaste casi toda tu energía, prácticamente no se siente tu presencia ¿sabes?
- Fue una batalla dura, sí – admitió el aludido.
Los dos guardaron silencio por un rato, un silencio que los ronquidos de la aún durmiente Elisabeth no lograban romper.
El Belmont se había echado a pensar, ignorando la interrogante mirada de su amigo, que se clavaba profundamente en sus esquivos ojos.
- Dijiste “mamá” ¿Verdad? – preguntó finalmente el chico del pelo pajizo - ¿Fue otra vez ese sueño? ¿Los viste partir de nuevo?
- No – contestó el pelirrojo tras unos segundos de duda – esta vez fue diferente, esta vez… hablé directamente con ella.
Luis lo miró de reojo.
- ¿Estás pensando lo mismo que yo? – le preguntó.
- No – negó Erik inmediatamente mientras sacudía la cabeza – no, es imposible ¡Han pasado 10 años!
- Erik – insistió el español – los más poderosos hechiceros pueden influir en la mente de cualquier persona e introducirse en sus sueños ¡Tu madre fue alumna de Loretta Lecarde, maldita sea! ¡Y ya has visto lo que esa vieja es capaz de hacer!
- ¡No! –exclamó el pelirrojo en respuesta, casi gritando, ahogando las palabras de su amigo – Es… imposible ¡Sencillamente imposible! Tras tanto tiempo sólo pueden estar…
Luis suspiró, comprendía muy bien a Erik; Selene y Schneider habían marchado a aquello hace 10 años y jamás regresaron, incluso lo habían dispuesto todo entre las dos familias para que los Fernández se hicieran cargo de los dos hermanos en su ausencia.
10 años era demasiado tiempo, y tras tanto sólo podían existir dos explicaciones a su ausencia.
O bien estaban muertos, o bien…
Él lo sabía muy bien, dentro del duro caparazón de aquel inteligente muchacho seguro de sí mismo se escondía un niño asustado que temía no haber sido buen hijo, haber sido rechazado por sus padres, o que tal vez éstos no fueran precisamente buenos.
Luis sabía que, para preservar intacta su memoria, Erik prefería darlos por muertos.
- Está bien, está bien – concluyó finalmente, dando por cerrado el tema – perdona, era sólo una idea…
Su colega sonrió levemente.
- No importa… a decir verdad yo también lo había pensado – reconoció.
Se dieron unos segundos de silencio.
- Tengo miedo – reconoció finalmente – de que mis dudas sean resueltas algún día…
El Fernández se movió incómodo en el sofá.
- Cambiemos de tema ¿quieres? – manifestó abiertamente – nos metemos en un lodazal y lo último que necesitamos es que la cabeza pensante del grupo se nos coja una depresión de caballo.
- Cierto – aceptó el Belmont finalmente, recordando los esquemas – hay puzzles que resolver.
Luis sonrió ¿Puzzles?
Cuando quería, su colega se ponía horrorosamente críptico.
- De todas formas no podemos hacer nada hasta que Simon despierte o a Loretta le dé por contarnos qué ha pasado – resolvió.
El español lo interrogó con la mirada.
- Elisabeth ya me ha contado lo que les ha sucedido – añadió inmediatamente Erik.
- ¿Y lo de Loretta por qué lo dices?
Erik sonrió divertido.
- ¿De veras crees que ese pellejo no iba a aprovechar la oportunidad para meterse en vuestras cabezas y escarbar un poco?
El Fernández rió entre dientes un poco antes de recuperar la seriedad.
- Bueno… ¿Y qué sabemos? – preguntó.
- Una invocadora, un clon de la lanza Alcarde, Viktor Brauner y un cuadro que representa la destrucción de París – enumeró de carrerilla.
Luis se llevó la mano a la barbilla.
- Veamos… de lo de la invocadora necesitamos más detalles… hay muchos tipos de invocadores diferentes… también lo de la lanza… pero lo del pintor y el cuadro sí que es interesante ¿Estamos hablando de ESE Viktor Brauner?
- Si, pero… ¿Por qué necesitas más detalles sobre la lanza? Puede ser una simple imitación de acero ¿no?
- No… ¿Tú no has oído hablar de las armas Doppelganger?
Erik negó con la cabeza.
- Conozco a los Doppelganger, pero no las armas Doppelganger ¿De qué va eso?
- Bueno… el propio nombre lo dice ¡No te me pongas espeso ahora, hombre!
- Si fuera lo que dices, hablaríamos de un arma que reproduce casi a la perfección la original...
- No exactamente – lo corrigió – las armas Doppelganger son entes que reproducen a la perfección cualquier arma.
- E… ¿Entes? ¿Te refieres a seres con conciencia e inteligencia propias?
El español asintió con la cabeza, ante lo que Erik agachó su testa, con aire pensativo.
- Así que se llaman así… en vuestra biblioteca hay un tratado sobre un arma similar que existió hace años – comentó – pero fue destruida.
- A ver si lo adivino ¿La que corrompía a aquellos que la manejaban?
- Si… la Soul Blade… el mismo que la destruyó fue el que sucumbió a su poder y después se purificó a sí mismo, Siegfried.
Los dos compañeros se miraron el uno al otro con gravedad.
- Intuyo que los dos estamos pensando lo mismo – articuló Luis.
- Eso me temo – respondió el pelirrojo – pero es sólo una suposición, dejémoslo de lado por el momento.
- Bien… vamos con Brauner entonces – aceptó el Español con un suspiro.
- No creo que haya mucho que ver con él – le contestó Erik – el cuadro es suyo, sólo estaba bosquejando y François y Elisabeth lo interrumpieron.
- Ajá.
- Sin embargo – continuó – hay algo que no me cuadra y en lo que estoy seguro que coincidirás conmigo.
- Dime.
- Brauner nunca estuvo aliado con Drácula – argumentó – de hecho intentó aprovechar su poder para dominar CastleVania…
- Sé por donde vas – lo interrumpió su colega – No tiene nada que ver con Drácula, pero aparece al mismo tiempo que Barthory y Orlox.
- Exacto.
- No tiene ningún sentido…
- No – le corrigió el pelirrojo – si lo piensas, sí que lo tiene, ese tipo pretende destruir París, justo donde Erzabeth, Orlox y el vampiro ese – añadió en referencia a su nuevo enemigo – están operando, destruir la ciudad sería un buen modo de detenerlos.
- Pero el cuadro era sólo un boceto – le contestó Luis, claramente en desacuerdo – y anoche iban a raptar al séptimo niño… tal vez la destrucción fuera la consecución de la obra.
- Espera un momento – Erik hizo un gesto con la mano, como si le diera el alto - ¿Por qué dices eso? ¿Qué te hace pensar que fueran siete los críos a los que querían rescatar?
- He estado pensando – replicó Luis – en que el número siete que usaban como señal podía tener algún significado, además Erzabeth dijo al comisario que su hijo sería el último.
- Pero ¿Por qué siete?
- Eso iba a añadir yo ahora.
Erik bufó, se llevó la mano derecha a la frente y se dejó caer sobre el respaldo del sillón.
- Esto no tiene ni pies ni cabeza – articuló.
- No ¿verdad?
- Faltan piezas… - comentó el pelirrojo en referencia a las palabras de su madre en el sueño – necesito más piezas para completar este puzzle…
- Eso y una sordina – articuló una voz saliente del cuarto de invitados – ¡con vosotros dos parloteando no hay quien pegue ojo!
Los dos muchachos dirigieron la vista a la puerta de la habitación, para ver a François apareciendo por ella.
- ¡Fran! – exclamó Luis, contento de verlo.
- Vale, genial – articuló Erik – vosotros seguid levantándoos, que Loretta va a hacer una escabechina con mis cojones ¿Qué parte de “reposo absoluto” no entendéis?
Sin hacerle caso, el Lecarde avanzó pesadamente por el salón, dirigiendo una mirada sonriente a su esposa y su hijo, que dormitaban plácidamente.
- Los hechizos somníferos de mi abuela no son infalibles – explicó al Belmont mientras se desperezaba – Siempre tiene miedo de excederse así que usa poder de menos; a mayor capacidad de producción de poder mágico del hechizado mayor resistencia al hechizo, es así de simple – bostezó y, acto seguido, gruñó – después de despertar intenté dormir por mi cuenta ya que sabía que estaba hecho polvo, pero vosotros dos gastáis un piquito de oro que lo flipas.
- Bueno, hablábamos de cosas importantes – se excusó el Español - ¿Cómo te encuentras?
- Bien – respondió el Francés ya desde la cocina – no me duele nada, pero me siento débil… supongo que aún debo recuperar muchas fuerzas.
- Bueno, mientras lo haces y cuando se despierten René y Elisabeth… ¿Puedes respondernos a un par de preguntas? – solicitó Luis.
- No veo la necesidad – intervino el Belmont en voz baja – Elise ya me dijo todo lo que necesitábamos saber.
- No – le corrigió el español – dijo todo lo que TÚ necesitabas saber, yo aún debo averiguar más cosas sobre esa invocadora.
- ¿De verdad crees que ayudará en algo? – lo cuestionó Erik, escéptico.
A esto, Luis se limitó a responder asintiendo con la cabeza.
Tras este último intercambio de palabras, se hizo el silencio; los dos amigos, como siempre hacían tras un intercambio de impresiones, se dedicaron a pensar cada uno por su cuenta en lo que habían hablado y razonado, mientras François desayunaba despreocupadamente.
A la hora de despertar, René fue el primero, lloriqueando de hambre, ante lo que Luis, que se hallaba en la cocina en ese momento, se dispuso a preparar una papilla; la siguiente fue Elisabeth, bostezando y con sus fuerzas casi repuestas por completo.
Mientras la susodicha se espabilaba, el Fernández se dedicó a dar de desayunar al niño – “Acojonante, ni ha rechistado” comentó François no sin cierta admiración – y Erik se introdujo en la habitación a ver qué tal estaba su hermano, en parte inquieto por su estado y en parte deseando que se levantara para saber qué le había sucedido.
- ¿Qué tal? – le preguntó el español mientras aparecía por el umbral de la puerta.
- Nada – contestó con cierta decepción – como un tronco.
Luis torció el gesto y se sentó en el sillón que se hallaba frente al de su colega, mientras François ocupaba su sitio, al lado de Elisabeth.
- Bueno… al menos podremos tomar algo más de información.
- ¿Algo más? – preguntó Elise, escéptica – ya le conté a Erik cómo nos fue, François no podría aportar gran cosa.
- Cierto – admitió el aludido – los dos vimos e hicimos lo mismo, si ya habéis hablado con ella no tiene sentido volver a repasar lo sucedido.
- Conocemos los hechos – puntualizó el Fernández – no los pequeños detalles.
Todas las miradas se centraron en él.
- ¿Los pequeños detalles? – preguntó el Lecarde.
- Erik me ha dicho que os enfrentasteis a una invocadora – continuó tras asentir – que además utilizaba una lanza idéntica a la Alcarde, quiero centrarme en eso – les lanzó una mirada interrogatoria – decidme ¿Qué encontrasteis en ella que fuera peculiar?
El matrimonio se miró y quedó en silencio durante casi un minuto.
- Una invocadora que haga uso de un arma pesada como es una lanza y combata cuerpo a cuerpo es extraña per se – incidió el pelirrojo, rompiendo el silencio – así que ese detalle podéis ahorrároslo.
- ¿Qué tipo de peculiaridades? – cuestionó François.
- Peculiaridades – insistió Luis – cualquiera que se os ocurra.
- ¿El pentagrama puede ser una peculiaridad? – preguntó la mujer.
- No – la corrigió instantáneamente su esposo – era el típico pentagrama y las típicas runas de invocación.
- Y… ¿El cristal rosa?
Ante estas palabras, los dos colegas arquearon una ceja.
- ¿Cristal rosa? – preguntaron casi al unísono.
Elise asintió.
- Sí, invocó dos criaturas – explicó – un dragón pequeño que tenía uno de esos cristales en la cola y un Golem de metal al que le salían del hombro y el muslo.
Las miradas de Erik y Luis se cruzaron, evidentemente ambos habían pensado lo mismo.
- Innocent Devils – Articuló el pelirrojo con un hilo de voz.
- Esa mujer… era una Devil Forgemaster – completó el español.
- ¿Innocent Devils? ¿Devil Forgemaster? – los interrumpió François, confuso - ¡Explicad un poco para los profanos, coño!
- Te cedo los honores, Erik – dijo Luis a su colega mirándolo con gravedad – esto es más asunto tuyo que mío.
Tras asentir, el Belmont se apoyó sobre el respaldo del sillón y adoptó un tono de voz casi digno de un profesor, hablando de forma general para toda la habitación.
- Los “Innocent Devils” o “Demonios inocentes” no son invocaciones al uso – explicó – al contrario que las comunes éstos tienen alma y conciencia, no pueden ser completamente destruidos ni enviados a su lugar de origen porque realmente NO TIENEN, son creados a partir del Aura de la persona a la que rinden pleitesía y obediencia: el “Devil Forgemaster” o “Forjador de Demonios”
Todos lo escuchaban con interés, incluso Luis que ya aparentaba conocer estos datos.
- En lo referente a los “Devil Forgemaster” – prosiguió – Se caracterizan por dominar su aura hasta el punto de ser capaces de crear los Innocent Devils y aún así poder librar combates encarnizados… en teoría los poderes de un Forgemaster bien formado superan a los de la mismísima parca.
Una vez finalizada la explicación de Erik todos quedaron en silencio, atónitos.
- ¿Y por qué se supone que es asunto tuyo? – preguntó Elisabeth finalmente.
El pelirrojo la miró por un instante.
- No mío, si no de todos los Belmont – concretó – los Devil Forgemasters fueron una de las principales fuerzas a favor de Drácula en la guerra que éste inició en 1476, de hecho él mismo creó esa magia, y dos de ellos bastaron para aniquilar a varios ejércitos – cerró los ojos y suspiró – según las memorias de mi antepasado Trevor Belmont, uno de ellos abandonó el camino del mal y años mas tarde se aliaría con él para destruir al otro, que acabó muerto y siendo el receptáculo del alma de Drácula… el superviviente decidió no perpetuar el método de la forja demoníaca – se llevó la mano a la barbilla; sus siguientes palabras, dichas en voz baja, parecían ir dirigidas a sí mismo – entonces… ¿Por qué?
La misma pregunta pareció asaltar a los demás presentes; Luis, en un intento por arrojar un poco de luz sobre el tema, expuso su opinión.
- Existe un tratado para cada estilo de lucha y hechizo diferente, supongo que uno de ellos escribiría uno respecto a la forja de demonios.
- Trevor lo destruyó – replicó Erik al instante – no existe dicho tratado.
- Están surgiendo demasiadas cosas alrededor de la figura de Drácula – comentó Elisabeth – llamadme agorera pero esto no me gusta un pelo.
- Sip, eres una agorera – le espetó Luis – Drácula está muerto, enterrado y sellado en el interior de un eclipse solar, y aunque no fuera así no estaría de mas dejar de ser tan gafe.
“Y sin embargo ser agorero tiene sus ventajas” dijo en las cabezas de todos una voz que todos conocían bien “Lo más inteligente es estar siempre alerta, aunque ello implique ser pesimista”
- ¡Abuela! – exclamó François, irritado - ¿¡No puedes limitarte a tocar al timbre como todo el mundo!?
Se levantó y corrió a abrir la puerta principal, por la que asomaron sonrientes Stella y Loretta Lecarde.
- Creía que iban a pasar el día descansando – comentó el pelirrojo, extrañado.
- Y así era – respondió la menor de las hermanas Lecarde – pero como tú bien dijiste el tiempo es oro y no creo que podamos esperar a que Simon despierte.
Erik dibujó una media sonrisa en su rostro.
- Me alegra que nos entendamos, doña Loretta.
Esta le devolvió la sonrisa y, seguida de su hermana, se dirigió a la habitación a observar al menor de los Belmont.
- Parece increíble ¿eh? – preguntó en voz baja Loretta a su hermana.
- Si… - respondió ésta en el mismo tono de voz – me pregunto si se dará cuenta de lo que le está sucediendo a su aura…
El pelirrojo carraspeó disimuladamente, pero las Lecarde comprendieron a la perfección el mensaje.
- Bueno… - articuló la menor – parece ser que tenéis bastantes preguntas ¿no es así?
- En realidad – respondió Luis – todas pueden resumirse en una sola.
- ¿Qué le pasó a Simon? – añadió Erik.
El tono de los dos jóvenes era a todas luces apremiante, casi descortés, pero las hermanas lo comprendieron y se dirigieron al salón, François y Elisabeth les ofrecieron asiento pero ellas se negaron, mirando fijamente el grupo mientras comenzaban a hablar.
- Simon – comenzó Stella – ha sido el que se ha enfrentado a más problemas esta noche.
- Tomó – continuó Loretta – la ruta “correcta” a lo largo del Sena, se topó con pequeñas guaridas que limpió una por una, nada especialmente importante pero – sonrió – seguramente nos haya ahorrado mucho trabajo.
- Intuyo – la interrumpió el Belmont – que ese no fue el origen de sus heridas.
La mayor de las hermanas sonrió también.
- ¡Ni de lejos! – replicó – de hecho ni siquiera en su primer encontronazo sufrió apenas daño.
- Orlox – añadió la menor al ver que todos abrían la boca para preguntar – hubo un pequeño escarceo y reveló algún que otro dato interesante.
- ¿Interesante? – intervino ahora la Kischine – por favor, Doña Loretta…
- Básicamente – contestó – al parecer tienen algo grande programado, una gran catástrofe o acontecimiento…
- El cuadro de Brauner – dedujo François.
- Puede ser – coincidió Stella – de ser así habría que localizarlo y destruirlo… habrá que simultaneizarlo con el caso de los niños.
- También hablaron – agregó Loretta – sobre Alicia Fernández.
Estas últimas palabras hicieron que Luis se levantara como una exhalación y las mirara expectante, casi con ojos desorbitados, las dos hermanas sonrieron casi con ternura ante esto.
- ¿Q-qué dijo? ¿Qué hablaron? – les preguntó con nerviosismo.
- Que está bien – respondió la menor.
- ¿Cómo…?
- Simon – explicó más detalladamente la mayor – exigió a Orlox algún dato sobre el estado de Alicia, este lo desafió a poder superar una técnica suya, lo logró y a cambio obtuvo simplemente la respuesta “está bien”
Ante esto Loretta la miró desconcertada, ambas sabían que esa información estaba sesgada, que el suceso había sido diferente.
¿Por qué mentía a Luis y a Erik?
- Así que… está bien – intervino el pelirrojo con cierto tono de alivio – de momento es la única fuente que tenemos y, por tanto, lo único en lo que podemos confiar – las miró directamente – continúen, por favor.
- Después de eso vio el 7 – “sí, me llamó en ese momento” comentó Luis – y no vio a la sombra hasta que ya había abducido al hijo del comisario, persecución de varios minutos y enfrentamiento con ella.
Los dos compañeros rememoraron el anterior enfrentamiento, donde tuvieron que ayudarlo in extremis, pero Loretta vio esto enseguida y los corrigió.
- No – intervino – aquella era diferente, un simple elemento de distracción, ésta era real y utilizaba unos patrones de ataque diferente, de hecho Simon se enfrentó a las 7 sombras.
- ¿Siete…? – articuló el pelirrojo estupefacto.
- Así es – asintió Stella – de hecho eran siete partes de una misma criatura, hemos estado revisando nuestro material y es un tipo de invocación poderosa y poco común, algo despertó en el interior de Simon y, gracias a ese poder, pudo derrotarla.
- ¡Un momento! – intervino de nuevo Erik - ¿algo despertó? ¿”ese poder”? Explíquense por favor.
- De hecho, Erik – replicó Loretta – me temo que quienes necesitan explicación ahora somos nosotras.
- ¿Ha realizado Simon algún tipo de actividad que pudiera alterar su aura? – se dirigió la mayor de los Lecarde a todos los presentes.
- Bueno… - Luis se llevó la mano a la nuca con el gesto torcido – tanto como alterar, pues no, pero se le notaba algo agitado, así que le enseñé meditación para calmarse.
- ¿Meditación? – inquirió Stella - ¿Qué tipo de meditación?
- Zen – respondió inmediatamente el español – del tipo que emplean artistas marciales.
- Ya veo… - la anciana cerró los ojos, pensativa – tal vez eso podría explicarlo…
- ¿Explicar el qué?
- No es el momento de hablar de eso – interrumpió la menor la conversación con voz casi severa – aún hay más y me temo que es lo más gordo.
Las atenciones se centraron de nuevo en ella.
- Después de vencer a la criatura Simon iba a llevarse al niño, pero alguien le detuvo – continuó – quien lo hizo fue ni más ni menos quien interfirió en el combate contra Elisabeth Barthory el otro día.
Aquello sí que llamó la atención de todos, que abrieron los ojos como platos; de pasada, Erik echó una corta mirada al libro sustraído de la biblioteca, que descansaba sobre el sofá.
- Supongo que fue él quien dejó así a Simon – comentó Elise.
- Sí – confirmó Loretta – pero a cambio obtuvimos información muy interesante, de hecho – sonrió, mirando a Erik – tu hermano averiguó incluso la manera de superar sus sistemas de ataque y defensa, pero antes de hablar de eso – su sonrisa desapareció – reveló que al parecer hay un gran plan que no solo implica a Barthory, Orlox, el vampiro que raptó a Alicia y a él mismo, si no que hay más como él metidos en el ajo, e insinuó que los niños y Alicia Fernández tenían un papel importante en él. También – añadió – él ha formado parte de las abducciones a niños.
De nuevo gestos de sorpresa, miradas y preocupación, Luis profirió un bajo pero audible “¡Hijos de puta”! y Erik se llevó la mano a la barbilla con gesto pensativo y mirada grave.
- Parece que esto va más allá de lo que imaginábamos – articuló François.
Stella asintió, mientras su hermana continuaba.
- También apareció alguien más – prosiguió – mientras Simon intentaba sacarle información, La Muerte lo detuvo y ordenó al vampiro que se marchara.
Si antes el Fernández reaccionó de forma desmedida, ahora era Erik quien se levantaba a toda velocidad; el porqué era evidente para todos.
- Los últimos compases del combate fueron contra ella – concluyó Stella en lugar de su hermana – al parecer nos estuvo observando a todos, quería confirmar que – miró al pelirrojo – tu hermano y tú sois Belmont.
- ¿Confirmar? – preguntó François extrañado - ¡Eso no tiene sentido! ¡Claro que son Belmonts!
- Sí – respondió Loretta – pero hasta donde sabemos en el ámbito de los seres de la oscuridad siempre se ha creído que Schneider fue el último del clan – cerró los ojos, con una extraña sonrisa– vuestra aparición repentina ha sido una verdadera sorpresa para ellos… ha sido toda una ventaja para nosotros.
Tras estas últimas palabras se hizo el silencio, todos se miraban unos a otros y las inquietudes de cada cual eran palpables.
- ¡Bueno! – articuló Stella en un bostezo – me parece que nosotras ya hemos cumplido aquí.
- Cierto – coincidió Loretta con una amable sonrisa – ahora sí que podemos ir a descansar.
- ¿No lo habíais hecho ya? – les preguntó su nieto, alarmado.
- Sólo con contemplar vuestras reacciones puedo imaginar que comprendéis la gravedad de lo que vi en los recuerdos de Simon – se excusó – de modo que, en lugar de echarnos a dormir cuando llegamos, nos metimos en nuestra biblioteca y consultamos todo lo consultable, cuando terminamos dimos por hecho que debíais tener conocimiento de ello cuanto antes.
Erik, aún dentro de su preocupación y su desconcierto, les dedicó una sonrisa.
- Se agradece de verdad – les dijo – ahora ya sabemos por qué terreno movernos, tomaremos las medidas oportunas.
Las dos ancianas asintieron y, tras despedirse de todos, se dirigieron a la salida acompañadas por François; sin embargo, antes de cruzar definitivamente el umbral, Stella Lecarde dedicó unas palabras a Erik y a Luis.
- Si aceptáis un consejo, entrenad bien al chico, no os podéis hacer a la idea de lo que es capaz.
Y, tras esto, desapareció junto a su hermana.
Los minutos siguientes estuvieron coronados por un silencio sepulcral y una tensión tan densa que podía cortarse con un cuchillo; François y Elisabeth se cogieron instintivamente la mano con fuerza, Erik quedó contemplando el plateado grabado de la tapa del volumen y Luis fue a la habitación de invitados a observar a Simon.
- Ya tenemos otra pieza para el puzzle – articuló Erik en voz alta – La Muerte – cerró los ojos, poniendo el libro sobre sus rodillas y apoyando la frente sobre ambas manos cruzadas – Bien, mamá… se nota que sabes cuánto me gusta que se compliquen los rompecabezas…
Por otro lado, en la calle, las hermanas paseaban juntas, también pensativas, en dirección a su casa.
- Hermana… - articuló Loretta de repente - ¿Por qué has mentido sobre lo que Orlox dijo respecto a esa muchacha?
Stella sonrió.
- Ya has visto cómo ha reaccionado Luis al escuchar su nombre – respondió – como hermana mayor lo comprendo muy bien… sé que si le hubiera dicho toda la verdad habría desconfiado de la que es su única fuente al respecto.
Satisfecha su duda, la menor guardó silencio y continuaron su camino durante más de una hora, hasta que Stella Lecarde volvió a hablar.
- Las cosas han cambiado – comentó.
- ¿A qué te refieres?
- Hasta ahora pensaba que, de los dos, Erik Belmont era el único que tenía poder suficiente como para afrontar lo que se avecina, pero de repente Simon ha dado un salto cualitativo tremendo… a posta o no Luis ha hecho bien en enseñarle a meditar.
- Rose tenía razón – dijo Loretta – estos tres chicos están fuera de lo normal, son los más adecuados para esta misión… y ni siquiera son conscientes de ello.
- Tal vez eso sea lo mejor – contestó a ello Stella – al menos… hasta que estén preparados.
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 73] Publicado @ 10:14 - 1/2/2009 Etiquetas:
After Battle
- Voy a ver cómo va la cosa…
- ¡Quieto!
Con un rápido movimiento, Stella detuvo la mano de Erik antes de que éste rozara siquiera la manija de la puerta de la habitación de invitados, donde Loretta se afanaba por curar a Simon, Luis y François.
- Mi hermana está trabajando ahí dentro con una estancia estanca creada mágicamente para generar un entorno que favorezca la recuperación – explicó la anciana con severidad – la más mínima intrusión puede echar todo el proceso a perder.
- Con Elisabeth y conmigo ha bastado apenas una hora de curación individual ¿Por qué con ellos es diferente? – protestó el Belmont.
- Han quedado agotados – intervino Elise, que vigilaba el sueño del pequeño René – física y espiritualmente, supongo que las condiciones son distintas.
- Así es – confirmó la Lecarde – vosotros mismos habéis podido contemplar el penoso estado en el que se encuentran los tres.
Contrariado, Erik torció el gesto y se sentó en el sillón más cercano a la puerta.
No podía negarlo, cuando se reencontraron pudo sentir que su hermano había perdido casi todas sus fuerzas y tenía unas horribles heridas en determinados puntos del cuerpo, Luis directamente había agotado todas sus energías al abrir las puertas del purgatorio y usar su nueva técnica, Excalibur, por parte de François le había bastado con verlo vomitar sangre de camino a casa.
En comparación, él y Elisabeth Kischine estaban frescos como una lechuga.
Durante el camino de vuelta ninguno habló de sus respectivas batallas y adversarios, y el pelirrojo se sentía intrigado por quien o qué había dejado a su hermano y al francés en semejantes estados.
Stella estuvo con su nieto, pero no soltaba prenda, de hecho su expresión estaba investida con cierto aire de tristeza.
¿Qué podía alterar el semblante severo de Stella Lecarde? ¿Qué había puesto a su nieto al borde de la muerte? ¿Qué había logrado agotar a su hermano, el más enérgico de entre todos ellos, la misma noche en la que su poder como Belmont se había manifestado por fin?
Demasiadas incógnitas.
“Tal vez” pensó “En unas horas lo sepa todo”
Echó un vistazo al libro sustraído de la biblioteca, que descansaba en el sofá; ni siquiera lo había abierto aún, pero tras dormir un poco le echaría un vistazo.
Tras cavilar un poco se hundió en el sillón y miró al techo, sus ojos se perdieron en el infinito.
“Claire… ¿Estás bien?”
Pensar en ella le hizo sentir un leve descanso y preocupación.
En el sofá la Kischine se mordisqueaba el dedo índice de la mano derecha, con una marcada expresión de nerviosismo en los ojos, estaba muy doblada – tenía el codo apoyado sobre su rodilla derecha – y miraba a la puerta donde la menor de las hermanas Lecarde continuaba su labor.
- Elise, relájate un poco – le espetó el Belmont.
Tú no lo viste, Erik – contestó ella – imagina que la persona a la que amas explota de repente en una nube de sangre y cae al suelo frente a tus ojos – sacudió la cabeza - ¿Y si llegamos tarde? ¿Y si Loretta no puede curar sus heridas?
- ¡Eh! – la interrumpió Stella – mi hermana hace 62 años ya curaba a heridos desahuciados de la última gran guerra, confía en ella un poco ¿Quieres? – los recuerdos brotaron en la mente de la anciana, la tristeza en su rostro se hizo patente – jamás se permitirá perder a François, es lo único que nos queda.
Tras esto se hizo el silencio y empezaron a pasar las horas: las 6:00… las 7:00… las 8:00
Finalmente, con el sol brillando con intensidad casi a las 10:00 de la mañana, la puerta de la habitación de invitados se abrió, saliendo de ella una Loretta exhausta; Stella, Elisabeth y Erik se levantaron al momento, expectantes.
- ¿Y bien? – preguntó Elise, con un hilo de voz.
La menor de las Lecarde sonrió con amplitud.
- El rito de sanación ha finalizado – informó – he curado a los tres, no hay de qué preocuparse.
Las sonrisas de su hermana mayor, el Belmont y la esposa de François acompañaron a la suya.
- ¿Podemos entrar a verlos? – preguntó Elisabeth.
- Por favor – asintió Loretta, abriéndoles paso a la sala.
Dentro, Las camas estaban puestas contra la pared y Simon, Luis y François descansaban cada uno sobre una manta, los tres dormían profundamente.
- Tendrán que pasar mínimo un día entero sin hacer el más mínimo esfuerzo – indicó la anciana – de ser posible ni siquiera incorporarse. Deben reponer por completo sus fuerzas.
- Comprendo… - aceptó la Kischine mientras contemplaba a su marido - ¿Cómo estaba François?
Ante esta pregunta, la menor de las Lecarde negó con la cabeza.
- Hacía más de 50 años que no veía nada similar… me ha costado mucho curarlo, estaba destrozado por dentro…
- Al menos ha logrado salvarlo – repuso la muchacha con una sonrisa, que la anciana le devolvió.
- ¿Y qué me puede decir a mí de Simon y de Luis? – preguntó a su vez el pelirrojo.
- Ante todo, la mayor dificultad ha sido restablecer su aura – contestó inmediatamente Loretta – han gastado cantidades inmensas de ella, especialmente Luis – cerró los ojos con expresión seria – las heridas de Simon han sido fáciles de curar, aunque hay una que no ha habido manera de cerrar.
Elisabeth y Stella la miraron, pero Erik no se inmutó.
- La de su pecho ¿verdad?
- ¿Lo sabías?
El Belmont asintió.
- Se hizo esa herida intentando proteger a Alicia – explicó – hasta ahora nadie ha conseguido que se inicie el proceso de cicatrización – miró a su hermano y, de nuevo, clavó sus ojos en la Lecarde - ¿Conoce al menos la causa de ello?
La aludida guardó silencio, dubitativa.
- Lo único que puedo decirte – replicó finalmente – es que no es una herida común, parece estar recubierta por una suerte de energía oscura que impide el paso a cualquier tipo de hechizo reparador… además, es muy profunda.
- ¿Cómo de profunda?
- Esa herida, Erik, llega hasta la mismísima alma de tu hermano.
Aquella respuesta dejó atónito al pelirrojo, que no esperaba algo semejante.
- Espere un momento – la interrumpió – por motivos evidentes conozco las heridas físicas y también las espirituales pero… ¿Heridas en el alma?
Una sonrisa irónica se dibujó en el rostro de Loretta.
- Extraño ¿verdad?
- Pero eso es imposible – intervino Elisabeth, que los había escuchado con suma atención – Se supone que el alma es algo completamente intangible, nuestra propia esencia ¿Cómo puede ser dañada?
- No lo sé – respondió la menor de las Lecarde – pero quien quiera que fuera el que le provocó esa herida quería darle una muerte agónica.
A la mente de Erik acudieron las ocasiones en las que la laceración del torso de Simon se había abierto, y este, como buenamente podía, disimulaba el dolor.
- ¿Existe algún modo de curar eso? – preguntó el pelirrojo, ahora asustado.
- No que se sepa – respondió Stella – pero si lo que dice Loretta es cierto, aquí hay algo raro.
Las miradas se centraron ahora en la hermana mayor.
- Hasta donde sé de ese tipo de laceraciones – continuó – aquellos que las sufren no duran más que unos pocos días, torturados por el dolor, pero ya ha pasado más de un mes ¿cierto?
Erik asintió.
- La única explicación es que el subconsciente de Simon esté luchando contra esa herida, – dedujo Loretta – que tenga la fuerza de voluntad suficiente para evitar que continúe abriéndose y seccionando su alma en dos mitades.
El pelirrojo sonrió, dirigiendo al cuerpo inerte de su hermano una mirada cargada de orgullo.
“Así que incluso eres capaz de oponerte a algo así…” pensó.
- Ahora deberían ir ustedes dos a descansar – dijo Elise mientras se dirigía a las dos ancianas – les agradezco muchísimo todo lo que han hecho por nosotros esta noche.
- Sí, yo también – coincidió Erik con una sonrisa.
- Bueno… se hace lo que se puede – respondió Stella – como sea sí que es verdad que necesitamos dormir un poco, Erik y tú también deberíais, querida; descansad ahora que todo está bajo control.
Los dos aludidos asintieron y, tras una corta despedida, las ancianas salieron del piso y comenzaron a descender por las escaleras, deteniéndose ante la llamada del pelirrojo.
- ¡Un momento!
Stella se dio la vuelta.
- ¿Qué ocurre?
- No me creo – espetó a la hermana menor - que haya pasado horas junto a los tres y no haya escarbado en sus mentes para saber qué ha sucedido.
Loretta sonrió con picardía.
- Si realmente lo ha hecho – prosiguió – necesito saber qué les pasó a François y a Simon ¡Con quien se enfrentaron!
- Eso es algo que pueden contarte ellos mismos cuando despierten – respondió Stella con un deje de irritación.
- El tiempo es oro – contestó Erik a eso – anoche Luis y yo nos las vimos contra Erzabeth Barthory ¡Y era más poderosa que en nuestro último encuentro! Además había tomado al comisario como siervo y admitió estar metida en los raptos de los niños ¡Estoy seguro de que las tres batallas libradas esta noche estaban relacionadas de alguna forma!
Cuando el Belmont concluyó, la hermana menor rió entre dientes.
- Has pensado hasta en el último detalle ¿eh? – replicó – tienes una mente muy despierta pese a estar físicamente exhausto… En efecto – admitió – he buceado en sus mentes y visto los combates que se han librado esta noche, pero me gustaría hablar de ellos en reunión, ya que esto nos atañe a todos.
- Al menos déme un adelanto ¿no? – insistió - ¡Algo sobre lo que empezar a trabajar!
- Lo lamento, pero… estoy cansada – contestó la Lecarde en un tono juguetonamente cortés – todos debemos descansar… lo único que puedo decirte es que, cuando hayas recuperado todas tus fuerzas, vengas a nuestra casa… tenemos algo que podría serte muy útil.
Dicho esto, y dejándolo con dos palmos de narices, las hermanas continuaron bajando hasta perder de vista.
Cuando Erik regresó de nuevo al piso, irritado y confuso, encontró que Elise había empezado a preparar el desayuno para, al menos, ellos dos.
- ¿Tú no deberías haberte echado a dormir? – le preguntó sin demasiada educación.
- Tengo hambre – argumentó ella – y seguro que tú también, nuestras heridas están curadas pero debemos comer algo para reponer fuerzas.
El pelirrojo torció el gesto y se dejó caer pesadamente en el sillón.
En honor a la verdad, estaba muy hambriento.
- ¿Qué vas a preparar? – preguntó, relajándose sobre el mullido asiento.
- No quiero complicarme mucho – respondió ella – cereales.
- ¿Y de cuales tienes?
- ¿Te gustan los de galleta rellenos de chocolate?
Erik sonrió ampliamente.
- Eso suena mejor que el maná celestial.
- Ración doble ¿no?
- Triple, de ser posible.
Cerró los ojos y suspiró mientras el sutil aroma de la leche caliente invadía el pequeño piso. Pasaron unos pocos minutos hasta que la Kischine lo sacó de su ensimismamiento tendiéndole un enorme bol con lo que sería el contenido de casi una caja entera de los cereales favoritos del pelirrojo, bien remojados en leche templada.
- Comes demasiado – sentenció la chica mientras comenzaba a devorar su ración.
- Disfruto comiendo – contestó él tras engullir dos cucharadas casi de golpe.
- Un gourmand ¿eh?
El pelirrojo asintió en respuesta.
Pasaron otros tantos minutos en silencio – salvo por el masticar y engullir de Erik – en los que la muchacha se mantuvo pensativa, con la mirada perdida en el infinito.
- Elisabeth – la llamó el Belmont, sacándola de sus cavilaciones – hay algo que quiero preguntarte.
- Dime.
- Bueno… - se llevó una cucharada cargada a la boca y masticó con tranquilidad – en ‘ealida’ ‘on faria’ jo’a’.
- ¡Habla cuando tragues!
El joven torció el gesto y se afanó en masticar bien los cereales, llevándose después el bol a la boca para beberse toda la leche.
- Digo – repitió – que en realidad quiero preguntarte varias cosas.
- Bueno – aceptó ella – empieza por la más urgente.
Erik pasó unos segundos buscando las palabras correctas.
- ¿Con quien os enfrentasteis François y tú ayer?
- ¿Es importante?
- Por algo es la primera pregunta.
- ¿Por qué?
El pelirrojo caviló durante un instante.
- Antes has dicho que hizo “reventar” a Fran, Loretta también ha explicado que estaba destrozado por dentro – cerró los ojos, pensativo – semejantes heridas internas requieren de un poder tremendo y un hechizo así debe ser muy difícil de preparar…
- ¿Es esa la razón? – preguntó ella, que esperaba algo más importante.
- No – replicó él con rotundidad – Luis y yo nos las vimos con el comisario y con Erzabeth Barthory – explicó – el comisario resultó ser un simple peón (y pensar que casi me lo cargo…) pero Barthory admitió estar metida en el asunto de los raptos.
Elise abrió los ojos de par en par por la sorpresa, no podía esperar eso.
- Sus palabras exactas fueron “Podría decirse que sí, pero no soy la única” – continuó – lo que junto a lo que ya sabemos me lleva a pensar que este asunto no tiene nada que ver con los humanos – dirigió su mirada al suelo – Debo averiguar quien más está metido en esto…
- Entonces no creo que mi información te sirva de mucho – repuso la mujer – ya que hasta donde yo recuerde ninguno ha insinuado nada semejante.
- No importa – aceptó él – si alguno de ellos salió indemne y nos los volvemos a encontrar me vendrá bien saber cómo combatirlos.
Elisabeth suspiró.
- No logramos derrotar a ninguno de los dos – lamentó.
Extrañamente, ante esto Erik esbozó una sonrisa.
- Orgullo herido ¿eh?
Elise dibujó a su vez una sonrisa irónica en su rostro.
- Je… ¡Como lo sabes!
- Y bien ¿Quiénes eran? – inquirió.
La joven Kischine bebió la leche de su tazón y se dejó caer en el respaldo del sofá.
- El primero de ellos era… una mujer, no nos dijo su nombre ni pudimos ver su cara, pero se tomaba muchas confianzas con François.
- ¿Cómo luchaba?
- Usaba una lanza – prosiguió – yo apenas intercambié unos golpes con ella pero me pareció que tenía un estilo demasiado similar al de mi marido…
- Curioso – la interrumpió Erik – hasta donde yo sé siempre has sido tú quien ha llevado la voz cantante cuando cazáis juntos… ¿Por qué luchaste tan poco con ella?
- Fran se empeñó – respondió – yo quise ayudarle, pero ella me mantuvo lejos mediante invocaciones.
El pelirrojo arqueó una ceja ante esto.
- ¿Invocaciones? ¿De qué tipo?
- Criaturas – se llevó una mano a la frente y suspiró, la cabeza comenzaba a dolerle – un dragón pequeño y un golem enorme…
- ¿Nada más?
La Kischine quedó dubitativa por unos instantes
- Hubo algo que a François le llamó la atención… yo estuve ocupada así que no pude estar atenta… creo que la lanza de esa mujer era idéntica a la lanza Alcarde…
Miró al Belmont al ver que flujo de preguntas se había detenido, encontrándolo con la cabeza gacha y expresión seria. Tamborileaba con los dedos.
- Bien… - reaccionó al cabo de un par de minutos - ¿Qué me puedes decir del otro?
- François lo reconoció al instante – contestó enseguida – se trataba de Viktor Brauner.
- Viktor Brauner… - murmuró Erik en voz baja – el pintor judío de la 2ª guerra mundial.
- ¿Lo conoces?
Erik asintió con la cabeza.
- Si… fue derrotado por Jonathan Morris y Charlotte Aulin, los padres de la líder de la hermandad – se llevó la mano a la barbilla – Por lo que sé acabó con la vida de Eric Lecarde y pretendió tomar a Stella y Loretta como sus hijas…
Elisabeth sintió un escalofrío; a eso era a lo que se refería Stella cuando tuvieron aquella breve conversación tras salir del cuadro.
- Cuéntame más, por favor – solicitó Erik.
- El único poder que manifestó fue el de poder dar vida a cualquier cosa que pintaba en sus cuadros – explicó – invocó varios monstruos diferentes, uno de ellos incluso casi petrifica a François.
Con un nuevo escalofrío, la Kischine guardó silencio, por su parte la expresión seria del pelirrojo era incluso anormal.
- Usaba sus pinturas para todo – continuó – provocaba cortes en nuestros cuerpos pintando sobre sus lienzos, creaba barreras de pintura roja, y…
Esta vez se estremeció con fuerza, por un momento se pudo ver el horror reflejado en su mirada.
- ¿Y? – la instó Erik.
- Le bastó con pintar a François en un lienzo y después tachar la imagen para… matarlo… se salvó protegiéndose con su lanza…
- Un conjuro de muerte instantánea… nos metemos en terreno peligroso…
Apoyado sobre sus dos manos cruzadas, el Belmont se hundió en la nueva información obtenida, sin embargo la voz de Elisabeth lo interrumpió antes de que hubiera pasado siquiera un minuto.
- Hay algo más.
Sin variar su postura, Erik la miró.
- ¿De qué se trata?
- Se escondía en un espacio al que accedimos a través de un cuadro… cuando llegamos estaba trabajando en una pintura gigantesca… y horrorosa…
- ¿Cuál?
- La… destrucción de París – respondió con un hilo de voz.
Asintiendo, el Belmont volvió a dirigir su mirada al infinito y comenzó a ordenar ideas.
Barthory, Orlox, Brauner… todos ellos vampiros poderosos, además estaban el joven chupasangres que asaltó a Simon y Alicia y aquel otro que interrumpió el combate entre Elisabeth y la Condesa Sangrienta…
Demasiada casualidad, los tres que conocía eran vampiros históricos que de un modo u otro se habían enfrentado en el pasado a clanes relacionados con los Belmont, enemigos de Drácula.
Pero, si lo escrito en los diarios de Jonathan y Charlotte – que la propia Rose le dio a leer hacía ya cinco años – era cierto, Brauner nunca había estado aliado con Drácula.
¿Dónde encajaba el artista entonces?
Además ahora hacía acto de presencia una invocadora con dotes guerreras y una lanza idéntica a la de François.
Y Barthory estaba involucrada en los raptos ¿Quién más? ¿Y por qué? Sabiendo que era cosa de vampiros su teoría del terrorismo se había visto reducida a una simple conjetura sin valor alguno.
Un ronquido particularmente fuerte lo devolvió a la realidad, Elise se había dormido profundamente al lado del parque móvil de su bebé, donde este dormitaba también; fue al verlos cuando bostezó y se dejó hundir en el respaldo del sillón. Poco a poco, el sueño le fue venciendo.
- Ha sido una noche demasiado larga… – fue lo último que alcanzó a mascullar antes de caer en los brazos de morfeo.
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 72] Publicado @ 21:14 - 25/1/2009 Etiquetas:
Teus Deus Meus (In manibus tuus)
Sin darse la vuelta, Simon pudo sentir una temible presencia apoderarse del ambiente, un aura pacífica pero llena de odio y soberbia.
- ¿Obligarte? – dijo la voz del recién llegado - ¡Ja! ¡Haré que me supliques clemencia por tu osadía!
El joven Belmont sintió unas violentas corrientes de aire pasar a su izquierda y derecha, logró ver dos formas translucidas que a su paso abrieron sendos surcos en el suelo asfaltado, retirándose con rapidez para después golpear con fuerza el firme frente suya así como a su espalda, agrietándolo y hundiéndolo.
Simon ni se inmutó.
- ¿Paralizado por el miedo, chico? – preguntó la voz con aires de superioridad - ¿Qué se siente al saberse a punto de ser chafado y no poder ver qué es lo que te va a aplastar?
De nuevo, sin respuesta del muchacho, que se limitó a caminar tranquilamente a una esquina en la que dejar tumbado al pequeño Cecil.
- Siento decepcionarte – articuló al fin el Belmont – pero ni me he quedado paralizado ni tengo miedo, y por supuesto puedo ver esas manos enormes con las que dices poder aplastarme.
Y es que en efecto así era; aunque muy levemente, Simon podía vislumbrar las dos gigantescas manos fantasmales con las que su adversario lo amenazaba.
- ¿Qué no tienes miedo? – lo cuestionó el recién llegado - ¿Qué puedes ver mis apéndices? ¡Eso está por demostrar!
Fue automático, Simon se dio la vuelta con rapidez al sentirse en peligro y lanzó un latigazo horizontal con el que golpeó directamente la mano translucida con la que su adversario, al que en ese momento pudo ver, intentó atacarle.
Era un vampiro joven de rostro andrógino y expresión altiva, su piel mortalmente pálida parecía refulgir bajo la luz de luna, contrastando con su cabello negro, lacio hasta las puntas, que caían onduladas sobre sus hombros; vestía un traje negro de época, con una insignia plateada aparentemente bordada en la solapa de la chaqueta, sobre su pecho; de su espalda emergían las dos enormes manos, unidas a el por una suerte de brazos desarticulados y flexibles, blanquecinos y translucidos.
- ¿Quién eres tú? – preguntó el muchacho a su recién descubierto enemigo.
- Esa es la pregunta que yo debería hacerte – contestó este con una media sonrisa, dejando al descubierto sus colmillos - ¿no te parece? Tu presencia me resulta molesta.
Simon sonrió, divertido.
- ¿Molesta?
- Apareces de la nada, dificultas una de mis capturas y cuando estoy a punto de lograr otra ¡Te interpones y destruyes a mi criatura! – llevó su mano derecha a la muñeca de la izquierda y viceversa, al parecer desabrochaba sus gemelos – No te voy a negar que estoy impresionado – sacudió ambos brazos con fuerza, antes de dejarlos caer en pose relajada - ¡Pero tu mera existencia me irrita!
Terminada la parrafada del vampiro se produjo el silencio, éste tardó en darse cuenta de que Simon lo miraba con odio, de hecho la mano en la que sujetaba el látigo temblaba.
- ¿Has dicho TU captura? – preguntó este con los dientes apretados.
- En efecto – contestó el chupasangres como si la cosa no fuera con él – ese chico es mi presa.
- ¿¡Has dicho TU criatura!?
La segunda pregunta estaba imbuida de pura ira, el vampiro arqueó una ceja al observar que el aura de Simon crepitaba como una furiosa llama.
- Entonces… ¡tú eres el autor de los secuestros!
El recién llegado comprendió enseguida, y sonrió con malicia.
- Puede que sí, puede que no – respondió - ¿Qué pasaría si así fuera?
El joven Belmont estalló enseguida, corriendo hacia él.
- ¡¡¡Que esta sería la última noche de tu existencia!!!
El aura de Simon se tornó arco iris, envolviendo el látigo, que brilló intensamente mientras el muchacho se acercaba al vampiro y lanzaba su primer golpe.
- Pobre niñato iluso…
Inmediatamente se vio rechazado por una de esas gigantescas manos; Simon se acordó de ellas demasiado tarde, tras caer al suelo derribado.
Se levantó mientras escuchaba la risa burlona del vampiro.
- ¡Pero vamos a ver! ¿Quién te crees que soy? – exclamó este - ¿Me crees tan estúpido como para quedarme quieto mientras vienes a por mí? ¿O es que piensas que estas dos – golpeó el suelo con los apéndices fantasmales – están de adorno?
El muchacho alzó la cabeza, sintiendo un desprecio y asco tremendos al mirarlo.
- Dime ¿Quieres jugar un rato? – le preguntó con altivez.
Tras eso, el Belmont tuvo el tiempo justo para reaccionar, rodando a un lado para no ser aplastado y justo después al otro, por la misma razón; intentó levantarse en un par de ocasiones infructuosas, ya que inmediatamente se veía empujado hacia el suelo de nuevo.
- ¡Joder! – exclamó en voz alta bajo la despectiva mirada del vampiro.
Tras forcejear inútilmente durante unos minutos, Simon logró liberarse gracias a una difícil maniobra, lanzando un latigazo a las manos fantasmales mientras rodaba; cuando al fin se incorporó no se lo pensó dos veces y lanzó una lighting ball al vampiro, que se limitó a hacerse a un lado para evitarla.
- ¿Sacando las uñas, cachorrito? – articuló socarronamente.
- ¡Y mucho más que las uñas! – respondió el joven mientras se abalanzaba de nuevo - ¡Te voy a mostrar de qué estoy hecho!
Saltó en el momento justo en el que uno de los apéndices intentaba detenerlo y golpeó al otro con un sonoro latigazo, dejándose el camino libre para atacar al chupasangres con un Holy Punch, pero se llevó una desagradable sorpresa cuando todos y cada uno de sus golpes impactaron contra una sólida barrera invisible.
Cayó al suelo con el tiempo justo de dar una voltereta para evitar el contraataque de su adversario, que llegó en forma de un gigantesco puñetazo.
“Una barrera” pensó “Que típico…”
Saltó atléticamente hacia atrás para esquivar un segundo golpe, y en mitad de la voltereta aérea se dio la vuelta, dispuesto a atacar de nuevo con su látigo, pero se vio empujado hacia el suelo por una potente fuerza que lo aplastó por un segundo.
- ¿No tienes otra forma de atacar que intentar aplastarme contra el suelo? – preguntó mientras se levantaba, desafiante – espero que esto no sea todo lo que tienes que ofrecer, porque – embistió de nuevo - ¡resulta bastante ridículo!
Sintió de nuevo las dos manos echársele encima, las esquivó dando un salto primero a un lado y después a otro y saltó para colocarse a la altura del vampiro, al que se dispuso a fustigar con su arma.
- No vayas a creer que esto es lo único que tengo – respondió este, sonriendo con confianza.
Sin responder, el joven Belmont atacó de nuevo, pero una vez más el látigo no encontró a su objetivo, en lugar de eso chocó con algo que Simon no pudo identificar y se produjo una pequeña pero potente explosión que lo derribó de nuevo, tomando tierra de pie con dificultad.
- ¿¡Qué diantres…!?
Apenas reaccionó a tiempo para esquivar tres certeros proyectiles, similares a flechas, que se estrellaron y desintegraron contra el ya maltratado asfalto. Ante su sorpresa el vampiro soltó una risotada.
- ¿¡Sorprendido!? – exclamó con satisfacción - ¡No deberías! ¿Acaso no recuerdas que fui yo quien creó a esa enorme sombra? Con todo lo que te ha enfurecido… ¿Ya se te olvidado?
Sin responder, el joven se puso en guardia de nuevo, recordaba haber oído hablar vagamente de aquello en los entrenamientos colectivos a los que Juanjo y Adela los sometían de vez en cuando, gente capaz de manipular la oscuridad a placer…
“Oscuros”
Recordaba que Juanjo pasó más de una hora hablando de aquello, pero él no prestó atención, por aquel entonces estaba más centrado en poder perfeccionar su dominio del látigo.
Pero, hablando con él y con Erik sobre Kasa, Luis mencionó que éste utilizaba su sombra para atacar, y que esto era imposible.
Sombra… oscuridad… ¿Dónde estaba la diferencia?
Estaba en estas cavilaciones cuando se dio cuenta de que su adversario esperaba algún gesto suyo, tal vez sorpresa o pavor pero, pensó, se iba a quedar con las ganas.
No había lugar para la sorpresa cuando había una vida en juego, y el miedo nunca era bienvenido.
Se preparó para recibir el siguiente embate, lo evitó de nuevo y echó a correr hacia el vampiro que, como había hecho durante todo el rato, lo esperaba en su sitio sonriendo con soberbia, levitando a un par de metros del suelo.
Para el joven Belmont aquello resultaba particularmente irritante e incluso insultante, ya que era evidente que lo menospreciaba.
“Veremos si sigues igual después de esto” pensó mientras, en carrera, se ponía en guardia, afinando al máximo sus sentidos.
El nosferatu reaccionó como él esperaba, lanzando una de sus gigantescas manos para detenerlo, en respuesta Simon saltó y – sin saber cómo, sencillamente lo hizo – la usó como apoyo para impulsarse un poco más alto y encontrarse una segunda respuesta a la que contraatacó golpeando con un latigazo descendente. Ahora, con ambos apéndices fantasmales en el suelo, lejos de su posición, podía lanzar su golpe.
En menos de un segundo elevó su aura todo lo que pudo e invocó en su cuerpo el fuego de la purificación para, justo después, concentrar toda la energía reunida en el látigo.
Todo había de suceder en un instante.
- ¡¡¡FLAMING WHIP!!!
El arma tomó una longitud insondable y, envuelta en llamas, se convirtió en una enorme estela anaranjada que embistió a la criatura de la noche bajo el mando de Simon; éste esperaba que su adversario hiciera el más mínimo amago de esquivarlo, pero se limitó a cruzarse de brazos y sonreír. Instantes después, con un ensordecedor estruendo, el ataque chocaba directamente con la barrera que antes había detenido el Holy Punch, intentando traspasarla por unos instantes antes de que el joven cayera al suelo, atónito.
Esta vez la sorpresa había sido mayúscula, había puesto toda su alma en aquel potentísimo latigazo llameante ¿Por qué había fallado entonces?
No pudo pensar en ello por mucho más tiempo, ya que antes de tocar el suelo se vio golpeado por un tremebundo puñetazo de aquellas temibles manos, dando su espalda contra los muros del desvencijado solar.
Cayó al suelo boca abajo, resoplando y tragando polvo al incorporarse de nuevo, mientras la mirada del vampiro se clavaba en su ser.
- ¿Te das cuenta ahora de lo estúpida que resulta tu intención, muchacho? Todos tus esfuerzos son – golpeó el suelo con sus fantasmagóricos puños - ¡Inútiles!
Sin darle tiempo a levantarse, lanzó contra el Belmont otra serie de proyectiles oscuros que éste no pudo evitar, sin embargo no emitió quejido alguno, ahogando un grito de dolor entre sus dientes.
- ¿¡Estúpida!? – exclamó Simon mientras se levantaba con dificultad – ¡Prefiero llevar a cabo actos estúpidos que no dejar que todo pase sin hacer nada al respecto!
Se alzó de golpe y encaró de nuevo a su enemigo, las heridas de su espalda sangraban y sus piernas temblaban ligeramente.
- Puede que mi intención sea estúpida – continuó - ¡Pero igualmente te venceré!
A la carga otra vez; en esta ocasión decidió actuar de un modo más reflexivo e intentar averiguar cómo echar abajo esa barrera.
“Si los cazadores usáramos sólo nuestros músculos ya nos habríamos extinguido” solía decirle Erik cuando cometía alguna estupidez en los entrenamientos “La evolución nos ha proporcionado un cerebro complejo ¡Aprende a utilizarlo!”
Con el látigo enrollado en su mano derecha, preparó en la izquierda una lighting ball que contuvo en ella cerrando el puño para retener la energía, no se había acercado demasiado cuando vio que su adversario ya preparaba su contraataque, una serie de flechas oscuras que evitó fácilmente sin dejar de avanzar, sonrió al ver que el siguiente envite era otro puñetazo, que esquivó haciéndose a un lado e iniciando una carrera lateral, sin perderlo de vista.
- Por mis cojones – se dijo – que te vas a mover de ahí.
Esquivado el primer golpe, vio venir el segundo, que sencillamente no tuvo ni que esquivar, y un tercero que rechazó de un latigazo.
Por su parte el nosferatu parecía extrañado, aparentemente esperaba que Simon embistiera de nuevo como en las ocasiones anteriores, y aquello lo había descolocado.
Pero la sorpresa no le impidió tomar represalias, buscando frenar lo que fuera que se trajera el Belmont entre manos, volvió a realizar una invocación de gravedad sobre él que, ésta vez, no tuvo el efecto deseado, ya que las rodillas del muchacho sólo se doblaron un poco, frenándolo apenas unos momentos antes de lanzar contra él otra andanada de proyectiles. Simon empezaba a preguntarse si acaso no tenía otras tácticas.
Tal vez, pensó, su mayor poder fueran esas manos y esa barrera, o puede que precisamente por estos dos elementos no sintiera la necesidad de realizar más movimientos. Como fuera, quería descubrirlo cuanto antes.
Empezó a avanzar mientras aún corría en círculos, describiendo así una trayectoria espiral; cuando finalmente se encontraba a una distancia en la que el ataque resultaba viable lanzó al vampiro la lighting ball que tenía preparada y esperó resultados, encontrándose con lo mismo que había sucedido en la ocasión anterior: se vio obligado a moverse para evitarla.
Le resultó raro, ya que había apuntado exactamente al mismo lugar donde golpeó con el Flaming Whip. El que se viera obligado a evitar una técnica tan sencilla como su bola de luz debía significar algo…
Se detuvo con un frenazo al tiempo que recibía otra descarga de flechas oscuras, rápidamente levantó una Deffensive Cross para detenerlas y decidió probar de nuevo, respondiendo con una nueva Lighting Ball.
El mismo efecto otra vez.
“Hora de lanzarse a la piscina” pensó mientras la cruz defensiva se desvanecía.
Vio venir un nuevo directo, saltó sobre él y lo usó para impulsarse, siendo el siguiente golpe un manotazo con la única intención de aplastarlo; lo rechazó con su látigo y saltó de nuevo, con toda la potencia de sus piernas, hacia el chupasangres; habida cuenta de que, en apariencia, sus latigazos no podían traspasar la barrera mientras que las lighting balls sí, decidió ser creativo y arriesgar, conjurando una de ellas en su mano derecha y envolviendo el arma con ella en pleno salto; su siguiente movimiento, por descontado, fue atacar con un poderoso golpe que, otra vez, dio de lleno contra la dichosa barrera, pero en lugar de darse el efecto esperado – rechazo inmediato – pareció penetrarla levemente, haciendo el impacto moverse un poco a su adversario.
Al caer de nuevo en el suelo Simon se hallaba sorprendido, pero gratamente en esta ocasión; creía haber encontrado la debilidad de aquella barrera, y tal vez conociera el modo de romperla.
Por su parte, su enemigo había perdido la sonrisa y ahora lo miraba con algo de odio; se pudo ver algo de sangre fluir desde la comisura de sus labios cuando apretó los dientes.
- Tú… niñato… - masculló.
El chico se apercibió de que, de repente, el tono pacífico de su presencia desapareció, pasando ahora a estar cargada de ira.
- ¿¡COMO TE HAS ATREVIDO A TOCAR MI ROSTRO!? – Gritó al tiempo que, de él, surgía una poderosa corriente de energía oscura que obligó al Belmont a cubrirse el rostro con los brazos.
- Así que nos ha salido narcisista el julai… - se dijo mientras luchaba contra el pequeño vendaval – Ahora veremos de qué es capaz.
Apenas había terminado de hablar cuando sintió un extraño peligro, y retiró los brazos justo a tiempo para ver cómo una suerte de “ola” oscura se abalanzaba contra él sin darle tiempo a esquivarla, y al ser tragado por ella sintió como si le golpearan por mil sitios, perdiendo momentáneamente las fuerzas y viéndose obligado a hincar la rodilla en el suelo por un momento.
Al volver a alzar la vista encontró que el vampiro lucía ahora una sonrisa sardónica que coronaba una estampa macabra, con su cuerpo rodeado por un aura negra como la noche; además las gigantescas manos habían adoptado una tonalidad diferente y eran completamente visibles.
“Esto se pone serio…” Acertó a pensar el muchacho antes de verse obligado a esquivar, con un salto hacia atrás, el primer golpe de aquellos titánicos puños.
El segundo lo rechazó con un latigazo de gran potencia, daba la sensación que con la solidez aquellos apéndices habían ganado también una fuerza tremenda.
Se concentró; no le costó mucho mentalizarse de que el combate iba a ser mucho más duro desde ese mismo instante, y probablemente tuviera que dar el 110% en él.
Rápidamente echó a correr de nuevo hacia el vampiro, debía comprobar si su idea tendría efecto de nuevo y, de ser así, hacer uso de ella hasta echar abajo por completo aquella barrera antes de hacer nada más, de modo que convocó en su látigo el poder de varias lighting balls y se preparó para lo que estaba por venir que no era, desde luego, halagüeño.
Para detener su avance el chupasangres lo acosó con ambas manos y lanzó contra él verdaderas lluvias de flechas oscuras que el joven Belmont tuvo la suerte de evitar por escasos milímetros; cuando al fin se encontró cerca suya tomó impulso y saltó con todas sus ganas dispuesto a repetir la hazaña anterior, pero esta vez su adversario no se quedó quieto, si no que contrarrestaba cada golpe con sus propias manos, protegidas por una fina capa sombría, de modo que Simon vio desvanecerse, choque a choque, el poder que había puesto en su arma y se vio obligado a retirarse cuando ésta perdió toda la energía con la que había sido imbuida.
Al dar de nuevo con sus pies en el suelo retrocedió y se puso en guardia, esperando ser atacado por otra ola de oscuridad, pero en lugar de eso vio como el vampiro alzaba los brazos y, en diversos puntos a lo largo de todo el solar, la oscuridad se concentraba en crecientes jirones que tomaban densidad y cuerpo paulatinamente.
No le costó nada reconocer a las invocaciones: eran sombras como las que había derrotado hace un rato.
- No pienso mancharme las manos con tu asquerosa sangre humana, niñato – articuló el vampiro mientras cada una de las sombras se posaba en el suelo - ¡Mis secuaces se ocuparán de ti!
Tras esto chasqueó los dedos y, a la pronunciación de la palabra “muere”, la vorágine comenzó.
Centenares de pequeñas sombras se abalanzaron sobre el rodeado joven, que la primera medida que tomó fue invocar un sello sagrado a su alrededor para paralizar a las más cercanas y derrotarlas con un latigazo circular, a lo que siguió abriéndose paso golpes, buscando una posición desde la que pudiera tener las espaldas cubiertas y hacer frente a todas cara a cara.
Sin embargo no resultaba tarea fácil, las de antes eran solo siete y éstas se contaban por docenas, en apenas unos minutos había recibido gran cantidad de impactos e incluso habían logrado retenerlo un par de veces, pero la luz que era capaz de generar con su aura lo salvó de ser atrapado en varias ocasiones.
Eventualmente lanzaba una furtiva mirada a su adversario, su intuición le decía que por alguna razón buscaba verlo ejecutar el Holy Cross, pero Simon conocía sus límites y sabía – o al menos creía – que, si lo usaba de nuevo, caería agotado y sin posibilidad de recuperación, siendo derrotado de nuevo.
No, las soluciones fáciles no servían de nada esta vez, debía usar la cabeza.
Finalmente logró alcanzar una de las esquinas del solar, precisamente donde había situado al pequeño Cecil, y desde allí empezó a repeler como buenamente podía a los espectros, que poco a poco iban cayendo bajo la potencia de sus golpes.
¿Pero cuanto tiempo podría aguantar así?
Comenzó a realizar movimientos más amplios con el fin de golpear a más objetivos, su látigo emitía un pequeño destello cada vez que entraba en contacto con aquellas criaturas oscuras y su aura, al principio blanquecina y tranquila, se agitaba adquiriendo, una vez más, los diferentes colores del arco iris.
Algo le sucedía, algo nacía en su interior, pero no podía imaginar qué.
Lo único que sabía era que había una vida que proteger.
La situación era demasiado similar al rapto de Alicia, y no podía permitir que terminara de la misma forma.
Obnubilado por el continuo acoso, las estrategias se le agotaban – tampoco era capaz de pensar demasiado – y cada vez tenía más presente la idea de recurrir de nuevo al Holy Cross, por más que conociera los riesgos.
Estaba a punto de darse por vencido y llevarse a cuantos enemigos pudiera por delante antes de morir bajo aquella avalancha de sombras cuando tuvo otra ocurrencia, tan loca como aquella con la que descubrió la debilidad de la barrera del vampiro, pero precisamente porque aquella había funcionado algo en su corazón le decía que esta no podía fallar.
Como pudo, realizó un latigazo circular y plantó su mano izquierda en el suelo.
- ¡¡¡HOLY SEAL!!!
El sello sagrado apareció en el suelo, de varios metros de diámetro, atrapando en él a todas las sombras que en aquel momento tocaban el suelo, pero su plan no terminaba ahí, con gran esfuerzo concentró una gran cantidad de energía en su interior y la proyectó a través de la mano hacia el firme, emergiendo por toda la superficie del sello como un Geiser de luz y volatilizando a todos los espectros que quedaron atrapados en él.
El vampiro había contemplado todo esto atónito, viendo como aquel ridículo adolescente se llevaba de un plumazo casi una cincuentena de esbirros.
¿Dónde estaba el límite de aquel muchacho? ¿Sería verdad que, tal y como había manifestado Orlox en más de una ocasión, era un miembro del supuestamente desaparecido clan Belmont?
Por su parte Simon comenzaba a flaquear, más desahogado ahora viendo la escasa cantidad de sombras que habían logrado escapar a su improvisada combinación de técnicas, pero el desgaste comenzaba a ser notable.
Su adversario se dio cuenta de esto y pasó de la sorpresa a la satisfacción.
- ¿Te das cuenta? – preguntó desde su posición, sonriendo de nuevo con altivez – ¡Mira como estás por oponerte a mi poder! ¡Todo habría sido más fácil si te hubieras limitado a entregarme a ese niño y largarte!
Al oír esto, el Belmont alzó lentamente la cabeza, los recuerdos comenzaban a aflorar.
- ¿No salvarías tu vida a cambio de esa muchacha?
- ¡Reconozco tu valor, chico, por supuesto! ¡Es enorme! ¡Tanto como tu estupidez! ¡Porque ya hay que ser imbécil para dar tu vida por un simple niño al que ni siquiera conoces!
Simon permaneció callado; al mismo tiempo que lo escuchaba resonaban en su cabeza las palabras del joven vampiro que se llevó a su amada.
- habrías hecho mejor entregándomela y salvando la vida.
- Pues bien – continuó – se cumplirá tu deseo ¡Vas a dar la vida por ese niño! ¡Te mataré yo mismo! ¡Siéntete honrado por ello!
Al tiempo que terminaba de hablar daba una potente palmada con sus manos reales, y las fantasmales se disponían a hacer lo mismo, intentando aplastar al joven entre ellas; el chupasangres sonrió con satisfacción cuando éstas chocaron la una contra la otra en un estruendo, dando el combate por terminado, pero inmediatamente se dio cuenta de que algo había fallado.
De entre ambos apéndices emergió una luz, tan blanca y pura que parecía venir del mismo sol, y el ardiente aura de Simon comenzó a inundar el lugar, luchando contra la oscura presencia del vampiro que, asombrado, vio como de repente algo comenzaba a luchar contra la presión ejercida por ambas manos, tomando la forma de una esfera en la que cabía perfectamente un cuerpo humano.
- ¿Q-qué demonios…?
- ¡¡¡CROSS BARRIER!!!
La luz blanca se volvió azulada y los fantasmagóricos apéndices fueron violentamente repelidos, dejando visible a un Simon rodeado por una ardiente aura blanca y protegido por una esfera conformada por pequeñas cruces de una brillante luz color azul intenso; tenía la cabeza gacha, de modo que su corta melena impedía ver su rostro.
- ¿De verdad crees… que voy a dejar que te salgas con la tuya? – preguntó el joven a su adversario en voz baja pero audible.
- ¿Cómo..?
- De verdad crees… ¿¡QUE VOY A DEJAR QUE ME MATES!?
El joven alzó la cabeza y expandió su aura al máximo, la cross barrier se disipó, estallando y actuando las pequeñas cruces luminosas como metralla, impactando con una pequeña explosión en cada una de las pocas sombras que quedaban y eliminándolas.
- ¡Me da igual quién sea este niño y me importa una mierda quién cojones seas tú! ¡Pienso luchar por él y ya puedes arrancarme los brazos, las piernas o incluso la cabeza! ¡VOY A SEGUIR LUCHANDO! – agarró con fuerza el extremo de su látigo con la mano izquierda y tiró de él, tensándolo entre ambos brazos - ¡Así que lanza lo que quieras contra mí!
El vampiro apretó los dientes, no esperaba tan repentino cambio por parte de alguien a quien ya daba por muerto.
- Está bien ¡Si tan seguro estás ven y ataca! – lo desafió.
Dicho y hecho, el muchacho embistió directamente, desviando con su látigo las flechas oscuras y esquivando con dificultad las olas y pulsos sombríos que le azuzaba.
Parecía otra persona completamente distinta.
Cuando se hallaba a la distancia necesaria para atacar el vampiro trató de detenerlo con sus manos fantasmales, produciéndose un escarceo en el que en principio el Belmont pareció verse superado, pero al poco rato le dio la vuelta a la situación y las enfrentó poder a poder, igualando su fuerza mediante sus latigazos.
Cuando finalmente lo superó lanzó dos lighting balls seguidas que su adversario evitó por muy poco, rechazó de nuevo las manos y saltó para golpearlo directamente; su arma dio de nuevo contra la barrera, pero esta vez la potencia de sus envites era tal que cada latigazo lograba hacerlo tambalearse en el aire, hasta que lo rechazó haciendo explotar una masa de oscuridad frente a él.
Simon cayó al suelo de pie, apoyado sobre ambos y sobre su mano izquierda, para justo después volver a la carga, evitando ser tragado por una serie de pequeños géiseres oscuros y escapando de los ataques de aquellos enormes apéndices. Alcanzó de nuevo a su adversario y lo atacó con un Holy Punch, sólo para volver al suelo de nuevo y encontrarse de frente con otra ola oscura de la que se defendió invocando de nuevo la Cross Barrier.
- ¡Maldito criajo! – exclamó el vampiro mientras invocaba otra andanada de flechas, exasperado ante la resistencia del muchacho - ¿¡Por qué no te limitas a dejarte morir y ya!?
- ¡No pienso dejar que me mates – contestó el Belmont, embistiendo de nuevo – porque hay una promesa que debo cumplir! ¡Hay una persona que necesita mi ayuda! – saltó sobre las manos gigantes, que intentaron aplastarlo de una palmada - ¡Y YA PODEIS VENIR TÚ, ORLOX O EL MISMÍSIMO DEMONIO – Preparó una lighting ball en su mano izquierda, al menos tres veces más grande de lo normal – QUE NO ME BORRAREIS DE LA FAZ DE LA TIERRA HASTA QUE HAYA LIBERADO A ALICIA!
Lanzó la bola de luz con todas sus fuerzas, impactando ésta contra un proyectil similar – aunque, por supuesto, oscuro – lanzado por el vampiro en respuesta. Éste sonreía de un modo extraño.
- ¿Has dicho Alicia? – preguntó - ¿Alicia Fernández?
Simon se detuvo.
- ¿La conoces?
La sonrisa del chupasangres se acentuó.
- Entonces tú debes ser “ese” Simon…
- ¿¡La conoces!? – repitió el aludido.
- Esa pequeña velita blanca se pasa el día abrazada a su cruz, siempre rezando por ti y esos otros dos… Erik y Luis…
- ¡Si la conoces quiere decir que sabes donde se encuentra ahora! ¿¡No!? – lo interrogó el muchacho, ignorando la más que evidente provocación.
- Si, en efecto – contestó – la conozco, “nosotros” la custodiamos.
- ¿”Nosotros”? ¿Qué quieres decir con “Nosotros”?
El vampiro lanzó al aire una pequeña y elegante carcajada.
- ¡Vamos! ¿Me vas a decir que piensas que todo esto es cosa de tres o cuatro vampiros? ¿Que crees que sólo Erzhabeth, Orlox, yo y “él” estamos metidos en esto? – su sonrisa se acentuó aún más, adquiriendo su expresión un marcado tinte maléfico - ¡Vosotros tres, enanos de tres al cuarto, jamás podríais hacernos frente a todos! ¡Ni con la ayuda de los Belnades y los Lecarde!
Esperaba un gesto de pavor o sorpresa en Simon, pero éste no se inmutó lo más mínimo, sólo tensó su látigo con ambas manos y le lanzó una mirada llena de decisión.
- Que seáis cuatro o cuarenta me la trae floja – le espetó – Acabaré con todos uno a uno hasta dar con Alicia ¡Y tú serás el primero!
Su adversario contestó a esto con una risotada.
- ¡No me vengas con bravuconerías! – exclamó - ¿Ya has olvidado que ni con todas tus fuerzas has sido capaz de echar abajo – alzó los brazos hasta ponerlos en cruz, y la barrera que lo rodeaba brilló por un instante – esto? ¡Tú ya empiezas a estar desgastado por el combate, pero yo apenas he recibido tres o cuatro impactos!
- Bueno, – replicó el muchacho, sin que se produjera el más mínimo cambio en su expresión – pues cambiemos eso…
- ¿Cómo?
Ahora fue Simon el que sonrió, los recuerdos se apelotonaban en su mente de nuevo.
Con decisión, echó a correr de nuevo hacia su enemigo, sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.
- ¡Simon! ¿¡Qué haces aquí!?
Erik, un poco más joven, lo miraba sorprendido; se hallaban en el sótano de la casa de los Fernández, y el pelirrojo tenía frente a sí una suerte de barrera energética, completamente negra, junto a la que se encontraba Juanjo.
- ¡Déjalo estar! – le dijo el Fernández – Prefiero que se quede.
- P-pero… a Adela nunca le ha gustado que bajemos aquí hasta no poseer el grado de Vampire Slayer… - protestó el mayor, sin estar demasiado seguro de lo que decía – Si se entera de que Simon ha estado aquí abajo…
- Mira, hijo – respondió Juanjo – adoro a Adela con toda mi alma, pero esa regla en concreto me parece una estupidez. Además – se dirigió a Simon, que los observaba atentamente – estamos a punto de continuar con un entrenamiento muy importante – sonrió – obsérvalo todo bien, puede que en un futuro te sirva.
Ante la amenaza de ver su defensa superada, el vampiro comenzó a intentar detener a Simon con toda suerte de ataques, incluyendo una serie de explosiones de fuego negro, que parecía surgir de la mismísima oscuridad, pero la Cross Barrier del muchacho era lo suficientemente sólida para resistir cualquier embate.
Erik se dejó caer de culo sobre el tatami, frente a él la barrera permanecía intacta, y Juanjo lo miraba con severidad.
- Llevamos un mes con esto y – suspiró – aún no has podido hacerle un mísero rasguño… a un Belmont de tu nivel, por la propia naturaleza de tu aura, no debería costarle mucho esfuerzo.
El pelirrojo se alzó de nuevo, serio, y se sacudió los pantalones de entrenamiento mientras miraba a su hermano.
- Si es por Simon, tú actúa como si no estuviera aquí – le indicó el hombre – vamos a repetir de nuevo los pasos ¿de acuerdo?
Erik asintió y cerró los ojos, su ígnea aura escarlata emergió, para poco a poco ir tranquilizándose y pasar a un calmado azul intenso.
- Bien, ahora ya sabes lo que te queda por hacer.
Rechazó con relativa facilidad las dos manos fantasmagóricas y esquivó una nueva acometida de flechas oscuras, mientras su aura tomaba un tono azulado similar al de las cruces del Cross Barrier.
Para sorpresa del chico, su hermano abrió los ojos y se colocó en Posición de ataque, al tiempo que toda aquella energía azul se concentraba en uno de sus puños.
- Simon – lo llamó de repente el Fernández - ¿Sabes cual es la diferencia entre sombra y oscuridad?
El aludido negó con la cabeza.
- Cuando coges una linterna, la enciendes en un lugar totalmente oscuro y apuntas con ella a un objeto, éste proyecta una sombra, cuya negrura será mayor en proporción directa a la intensidad emitida por la luz, por el contrario – giró la cabeza y lo miró directamente a los ojos – la oscuridad que hubiera allí donde ahora se halla el haz de luz ya no existe, y cuanto más poderosa sea esa fuente de luz, menos oscuridad habrá cerca de todos aquellos seres y objetos que lo rodean.
La ola oscura del vampiro logró alejarlo unos pocos metros, ya que lo cogió distraído mientras se enfrentaba con unos pocos espectros invocados, la potencia del ataque fue tal que la Cross Barrier cayó con él; sin embargo la intensidad de su aura continuaba aumentando.
El impacto fue brutal a los ojos a los ojos del menor de los Belmont, pero el gesto de decepción de su padrastro lo decía todo.
- Insuficiente – se limitó a articular con severidad.
- ¿¡Bromea!?- respondió Erik, exaltado, mientras se apoyaba en sus rodillas - ¡Mire la barrera! ¡Le he hecho una grieta enorme!
- Cierto - reconoció Juanjo – pero es insuficiente – insistió – ésta es una técnica que utiliza aura sagrada en su estado más puro ¡Debes ser capaz, con tu propio puño, de erradicar la oscuridad!
- ¡Pues entonces lo repetiré más veces hasta destrozarla! – exclamó, encendiendo de nuevo aquella aura azul antes de alzar la cabeza y encontrarse con que la barrera estaba de nuevo intacta - ¿¡Pero qué…!?
- Esto tiene que ver con la explicación que le he dado a Simon – lo volvió a mirar a los ojos – Cuando apagas la linterna, sin importar lo potente que fuera la luz la oscuridad se reagrupa, como cazador y como Belmont debes brillar lo suficiente como para evitar que la oscuridad engulla a todos los que se encuentran a tu alrededor, y esta técnica que acabas de presenciar es tan demoledora que, bien ejecutada, puede hacer añicos una barrera tan potente como ésta.
Derribado pero no vencido, el joven Belmont volvió a la carga sin el más mínimo atisbo de duda, si bien era cierto que su objetivo no era otro que ganar tiempo hasta que su técnica estuviera lista. Finalmente logró abrirse camino y saltar una vez más.
“Esta vez sí” pensó “Esta vez sí me abriré paso entre la oscuridad”
- Simon, vamos a subir a descansar un poco – le indicó Juanjo mientras ascendía las escaleras del sótano detrás de Erik – si quieres quédate aquí hasta que volvamos, pero ten cuidado ¿eh?
El joven Belmont asintió y, tras escuchar cerrarse el umbral, miró con interés la barrera.
¿Sería él capaz de lograrlo?
Adoptó posición de ataque y se concentró; había aprendido a alcanzar rápidamente aquella aura azulada en sus entrenamientos por dominar el Holy Cross.
“Por probar no pasará nada” pensó despreocupadamente.
Ya a la altura del vampiro, todo sucedió a cámara lenta; concentró todo el aura reunida en su puño izquierdo y tensó al máximo todos sus músculos.
Debía ser un solo golpe, y debía derribar esa barrera.
Una única y última oportunidad.
- ¡¡¡HOLY FIST!!!
Con un gran estruendo y un cegador resplandor azul, el puño de Simon impactó contra la barrera, que inmediatamente se hizo mil pedazos, disolviéndose en el aire como si fuera humo, pero la cosa no quedó ahí, ya que el golpe del Belmont continuó su trayectoria y golpeó directamente en la andrógina cara de su adversario, mandándolo a volar y estrellándolo contra la pared del descampado, que se derrumbó sobre él.
- ¿¡Qué ha sido eso!?
Simon miraba asombrado la barrera, en la que había un agujero que la abarcaba casi por completo, con los rebordes quemados, impidiendo su regeneración.
Los pasos apresurados de Juanjo escaleras abajo lo sacaron de su ensimismamiento, éste, al llegar, profirió un atónito “¡¡¡Dios mío!!!”
- S-simon… ¿Tú has hecho esto? – le preguntó, sin dejar de mirar lo que antes era el espeso muro negro.
- Si…
- ¿¡Cómo!?
El chico sonrió levemente.
- Con la técnica que le está enseñando a mi hermano.
El puño sagrado que perfora y disipa la oscuridad.
Y él, Simon Belmont, había sido capaz de dominarlo por completo.
Ahora además conocía la técnica de su enemigo, aquella explicación que Juanjo Fernández le dio en su momento – algo ingenua para su gusto – le había ayudado a discernir entre sombra y oscuridad, y a comprender que existe un modo distinto de combatir a cada una de ellas.
Y ahora lucharía contra la oscuridad sin estúpidos impedimentos de por medio.
Sonrió al ver al vampiro emerger de entre los escombros, éste tenía la nariz hundida y sangraba tanto por ésta como por la boca, además su elegante traje se había rasgado por el impacto.
- ¿Dejarás ahora de esconderte tras una protección y luchar contra mí con todo lo que hay que tener? Porque ya tiene huevos que un “criajo” como yo esté demostrando tener más valor del que tú hasta ahora has manifestado.
El aludido sonrió a su vez.
- Te vas a arrepentir de haberme hecho esto, mocoso.
Repentinamente desapareció y Simon fue golpeado desde el lado derecho por lo que él identificó como una de aquellas gigantescas manos, cayendo al suelo con los reflejos suficientes para levantarse de una voltereta. Al levantarse vio como su enemigo se aproximaba a él andando lentamente, con una sonrisa demente en los labios.
- ¡Lamentarás haber nacido!
El joven Belmont se echó instintivamente a un lado antes de que se abriera un tremendo boquete en la pared, unos metros a su espalda, y saltó poco antes de ver formarse un surco enorme donde él se encontraba.
- Parece que ahora está liberando más poder… – se dijo – lo dicho, de videojuego – comentó en alusión al comentario que hizo cuando aún perseguía a la sombra.
Se disponía a atacar cuando una tremenda corriente de aire lo desequilibró en el aire y un golpe ascendente lo mandó a volar, antes de que una invocación de gravedad lo aplastara contra el suelo durante un par de segundos.
Sin duda todos aquellos ataques – salvo el último – provenían de aquellas manos gigantescas pero… ¿Por qué no podía verlas?
No tenía tiempo para pensar en ello ahora, se levantó justo antes de que unas estalagmitas negras surgieran del firme con la intención de atravesarlo y tuvo que echarse a un lado para evitar una andanada de flechas. Harto de ataques embistió, dejando las esquivas a su intuición, e hizo chocar una bola oscura con su lighting ball antes de posicionarse frente a él y propinarle un Holy Punch, que recibió de lleno.
- Qué… ¿Duele? – preguntó con sorna antes de detener unas cuantas flechas a bocajarro con su Deffensive cross – Te lo dije… ¡Te voy a derrotar! – le espetó tumbándolo con una lighting ball – Pero antes te sonsacaré el paradero de Alicia.
El vampiro se levantó con cierta dificultad, Simon se sorprendió ligeramente al ver que, pese a su situación, aún sonreía.
- ¿Sigues con esto? – preguntó con Sorna – Si lo que deseas es el paradero de esa muchacha te vas a quedar con las ganas.
Simon desenrolló su látigo y, mientras avanzaba, dio un fustigazo al suelo.
- Ah ¿sí?...
- Y ninguno de nuestros vampiros o secuaces dirá nada nunca – continuó – Esa chica es demasiado importante para nuestro plan…
Sin variar un ápice su expresión y velocidad de movimiento, el Belmont propinó un fuerte latigazo al vampiro y, antes de que se estabilizara, lo agarró del cuello de la camisa.
- ¿Qué plan? – le preguntó, cara a cara, entre dientes.
El chupasangres no contestó nada, sólo sonrió con malicia.
- ¿¡Qué plan!? – insistió Simon.
Antes de que se diera cuenta, su adversario le había plantado la mano en el estómago, y el muchacho salió volando víctima de una explosión oscura.
Pero no iba a quedar ahí la cosa, el joven Belmont, en pleno vuelo, lanzó su látigo contra el vampiro y lo enganchó por el cuello, acto seguido tiró de él con tanta fuerza que lo atrajo hacia sí.
Cuando el hijo de la noche se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, ya estaba pegado de nuevo al Belmont.
- ¡¡¡HOLY PUUUUUUUUUNCH!!!
La lluvia de golpes a bocajarro no le dejó respiro alguno, y justo cuando había terminado y se disponía a contraatacar, Simon contrajo su puño de nuevo.
- ¡¡¡HOLY FIST!!!
El vampiro salió despedido tras la explosión azulada, volando unos metros antes de caer patéticamente al suelo y levantarse con esfuerzo.
- Esto se puede prologar aún más, si quieres – le espetó el muchacho con frialdad – ¡sólo tienes que seguir callado sin decirme donde tenéis cautiva a Alicia y a los seis niños!
Ante el silencio de su adversario Simon apretó los dientes, su aura creció hasta el punto de volverse flamígera.
Empuñó su látigo con rabia y lo envolvió con el fuego de la purificación. Si no imprimía en él toda su fuerza era porque no quería matarlo, no hasta saber donde estaban los desdichados.
- ¡¡FLAMING WHIP!!
Nuevamente, el arma se estiró adquiriendo una longitud infinita y el Belmont la azuzó contra él, pero en esta ocasión el ataque no llegó a su destino, si no que fue detenido por algo.
Cubierto en la más absoluta oscuridad, una suerte de espectro cubierto con una capa negra raída apareció frente a él, rechazando el látigo con un golpe tan rápido que no pudo alcanzar a ver el arma que portaba, desde su espalda emergieron dos gigantescas alas negras, y a la luz de las llamas el muchacho pudo ver que portaba a los hombros una suerte de estola ceremonial con símbolos demoníacos bordados y que en el único hueco abierto, el de su cabeza, había un cráneo blanquecino.
No sabía por qué, pero su sangre ardió como cuando tuvo delante por primera vez al vampiro que se llevó a Alicia.
- ¿¡Quién eres!? – preguntó al recién llegado mientras su aura regresaba a su estado normal.
No obtuvo respuesta, el espectro sólo permanecía ahí, batiendo sus gigantescas alas; ahora que sus manos estaban quietas pudo observar que estas también eran puros huesos, y que entre ellas sujetaba una gran guadaña.
Aquellos rasgos eran inconfundibles, pero no… no podía ser…
Finalmente, tras un minuto sin que nadie dijera nada, éste se giró de medio cuerpo, dirigiéndose al vampiro.
- Eres un bocazas – le dijo con una voz sobrenatural.
- ¡Muerte! – exclamó éste, sobresaltado - ¿¡Qué haces aquí!? ¡Debías estar con…!
Aquello se lo confirmó ¡Aquel espectro era la mismísima muerte, una de las tres parcas y la deidad más cercana a Drácula! ¿¡Qué hacía pululando de cuerpo presente por el mundo de los vivos!?
- ¡¡¡SILENCIO!!! – bramó la parca - ¡Con esa lengua tan suelta que tienes habrías acabado diciéndole hasta la hora a este cazador! ¡Si sabes lo que te conviene retírate ahora mismo y recupérate de tus heridas!
- De todos… tenías que venir tú – protestó el chupasangres - ¿Qué ha pasado con Barthory?
- Lo mismo contigo, idiota, sólo que ella sabe cuando retirarse y mantener la boca cerrada ¡Ahora largo!
Receloso y sin rechistar, el vampiro comenzó a disolverse en la oscuridad, no sin antes dirigir una mirada de odio al Belmont por encima de aquellas alas negras.
No fue hasta que se hubo desvanecido cuando la parca volvió a mover sus mandíbulas.
- El color de vuestras almas no engaña – dijo al muchacho – Orlox tenía razón… sois Belmonts… tú y ese pelirrojo.
- ¿Mi hermano?
La Muerte asintió.
- Os he observado luchar… sois mucho más peligrosos de lo que pensábamos en un principio.
- ¡Otra vez con esa tontería de si somos o no somos Belmonts! – suspiró - ¿Tanto cuesta creer que mi padre haya tenido descendencia?
- La cuestión no es esa ahora, Simon – lo interrumpió – Creíamos que no erais un peligro, pero esta noche he visto como derrotabais a dos de los mas poderosos antiguos secuaces de Lord Drácula.
- ¿Y?
- Y antes de que os volváis aún más peligrosos – comenzó a fundirse con la oscuridad – Voy a segar vuestras vidas – Simon sintió que, repentinamente, una poderosísima presencia se manifestaba detrás de él - ¡Empezando por la tuya!
Saltó hacia delante la distancia y altura justa para evitar la hoja de la guadaña que estuvo a punto de cercenar su cabeza, cayó al suelo con una voltereta y, arrodillado, giró su cuerpo y contestó con un latigazo imbuido con el poder de una lighting ball, la Muerte desapareció para esquivarlo y reapareció sobre su cabeza lanzando con una de sus huesudas manos una enorme llama verdosa.
- ¡Arde en el infierno!
- ¡DEFFENSIVE CROSS!
La cruz defensiva recibió y reflectó la gran bola de fuego, desapareciendo justo a tiempo para que Simon contestara con una lighting ball, la parca lo esquivó para aparecerse esta vez al lado de Simon, pero éste la esperaba y la recibió con un potente Flaming Whip que la mando a volar unos metros, antes de que usara sus alas para frenarse.
Tras este pequeño escarceo, los dos contendientes se miraron fijamente.
“Es fuerte” pensó la parca “Mucho más de lo que esperaba. No puedo arriesgar”
- Si tú estás aquí significa que desde luego os traéis algo gordo entre manos – comentó el joven - ¿De qué se trata? ¿Y qué tienen que ver Alicia y esos niños en todo esto?
Aunque no tenía piel ni músculos, Simon sintió como si la Muerte sonriera.
- Me quedaría con gusto a contártelo, pero sea como sea no poseéis poder alguno para evitarlo, de modo que no es realmente de tu incumbencia… en todo caso recuerda esto: – lo señaló con el extremo superior del mando de la guadaña – Segaré personalmente tu vida, la de tu hermano y la de Luis Belnades.
- ¡No si acabo contigo aquí mismo! – contestó el muchacho mientras la Muerte se desvanecía poco a poco - ¡¡¡LIGHTING WHIP!!!
Lanzó la técnica, pero desgraciadamente ésta sólo encontró el vacío, recibiendo una escalofriante risotada como respuesta.
- Algún día nos volveremos a encontrar, Simon Belmont… ¡Y estaré reservando un hueco en el infierno para cada uno de vosotros!
Simon enrolló su látigo y chasqueó la lengua; por un momento se sintió frustrado ya que ni el captor ni la recién aparecida Muerte habían caído ante sus golpes, pero dicha frustración desapareció cuando se acercó al niño y, tras comprobar que no había recibido daño alguno, lo cogió en volandas.
Había cumplido su misión.
Una hora más tarde, los grupos conformados por Luis y Erik y Elisabeth y François, acompañados respectivamente por el comisario Jacques Rousseau y Stella Lecarde, se reunían en la Catedral de Nôtre Dame; al verse suspiraron aliviados y se dedicaron a bromear sobre sus lamentables estados, aunque Stella estaba disgustada con su nieto por la cabezonería de este de no ir a ver a Loretta hasta estar todos a salvo, y al comisario se le notaba una notable preocupación por su pequeño Cecil.
Pasaron unos minutos hasta que observaron que, por fin, el alba comenzaba a despuntar; todos se preguntaban donde estaba Simon – François no podía sentir auras debido a su deplorable estado – y ya estaban decidiendo ir a buscarlo cuando una silueta apareció por las calles cercanas a l`île de la cité.
Era Simon y, sonriendo de satisfacción, traía a Cecil en brazos.
Sin esperar un segundo más, salieron todos corriendo a su encuentro; los primeros rayos del amanecer iluminaban un semblante cansado, unos ropajes destrozados por el combate y unas heridas cerradas por la sangre seca, pero contrariamente a todo eso su sonrisa y expresión de victoria eran radiantes.
Cuando por fin se encontraron entregó a Cecil al comisario que, llorando de alivio y alegría, dio las gracias a todos, uno a uno todos lo felicitaron, incluso por primera vez Erik lo abrazó, henchido de orgullo y con una sonrisa de oreja a oreja, en estas el pequeño Belmont dejó escapar unas lágrimas.
Ya de camino a casa Erik y Stella quedaron detrás, observando como caminaba lo más erguido posible, tratando no desfallecer por el cansancio.
- Tú también lo has notado ¿verdad? – preguntó la Lecarde al pelirrojo.
- Sí – contestó este – algo ha cambiado en él.
Guardaron silencio durante unos cuantos metros, entonces la sonrisa orgullosa de Erik afloró una vez más.
- Esta noche ha nacido un nuevo Belmont.
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 71] Publicado @ 16:04 - 25/10/2008 Etiquetas:
The Midnight Carnival (part 3)
Simon avanzaba por las calles de París, pensativo, mezclándose con la gente, sus heridas aún escocían y su cuerpo empezaba a sentirse dolorido.
Apenas había pasado media hora desde su encontronazo con Orlox, pero ya había tenido que librar bastantes batallas, y se sentía cansado.
Sin embargo no se atrevía a detenerse, las palabras que había tenido con el Conde le habían dejado claro que debía estar preparado para cualquier eventualidad, y así era, con todos sus sentidos alerta y hasta el último de sus músculos preparado para entrar en combate.
Lo que más le inquietaba – o mejor dicho, extrañaba – eran las palabras y actitud del vampiro respecto a Alicia ¿Por qué la cuidaba? ¿Por qué se hacía cargo de ella?
Pero, más allá de ello ¿Por qué parecía oponerse a sus propios aliados? No dejaba de ser un enemigo, él mismo lo había dicho, pero ¿Por qué era tan diferente?
Se llevó la mano a su corta melena negra y se la mesó, al tiempo que suspiraba.
- Alicia…
Ya había pasado más de un mes desde el secuestro, la culpa por no haber sido capaz de evitarlo le pesaba muchísimo, pero… había podido hacerle frente a Orlox; aquel al que sus poderes no pudieron siquiera hacer tambalear había sido derribado esta vez por sus propios puños.
Se detuvo y miró la luna, que lucía un tono muy levemente rojizo; la multitud pasaba a su lado como el agua de un río sobrepasaba una piedra: rodeándola, no chocando con ella.
“Es verdad” pensó “es verdad que las batallas te hacen más fuerte”
Era algo de lo que había hablado mucho con Erik antes de que todo sucediera, cuando decidió comenzar a hacerse fuerte para proteger a su amada, el pelirrojo insistía en llevárselo en pequeñas misiones de caza, pero Simon siempre objetaba que aún no había entrenado lo suficiente como para sentirse preparado.
- El mejor entrenamiento que existe son las batallas reales – Argumentaba siempre el hermano mayor – sin experiencia de campo nunca podrás ser realmente fuerte.
Miró fijamente la palma de su mano abierta, la notaba extraña, como acartonada… era la extremidad con la que siempre empuñaba su látigo, la abrió y cerró, dándose cuenta al tacto de que algo había cambiado en ella.
- Tengo – se dijo a sí mismo – callos.
Sonrió, había empuñado tantas veces su arma en el último mes que su piel, blanca y poco acostumbrada al trabajo físico, había comenzado a curtirse.
“Me estoy fortaleciendo” pensó mientras echaba de nuevo a andar “Esto me está ayudando de verdad”
Darse cuenta de este hecho le hizo ganar confianza y a la vez lo ayudó a centrarse, comenzó a callejear de nuevo en busca de enemigos a los que derrotar, las escaramuzas duraban segundos y apenas consumía energías, sin embargo la sensación de que algo gordo sucedería no se le iba de la cabeza.
“Algo más” se repetía al final de cada combate “Todavía queda algo más…”
Continuó paralelo al curso del río durante casi una hora, cada vez que sentía alguna aura corrupta la perseguía, destruía a su emisor y volvía a su lugar, hasta que finalmente algo le hizo detenerse.
Era una sensación extraña, como un mal presentimiento.
La buscó, estaba a su derecha, en una ampla calle bien iluminada, aparentemente una de las buenas zonas de París. Rápidamente pero sin correr siguió el rastro, con la mano preparada para empuñar su arma en cualquier momento.
Las palabras de Orlox resonaron en su cabeza y le hicieron sentir aún más intranquilo.
“ya has podido comprobar que todos están muy agitados hoy… tal vez sí que vaya a suceder algo más”
- ¡Calvo cabrón! – masculló entre dientes - ¡Si sabías algo más podías habérmelo dicho, coño!
Se adentró en la bocacalle, mirando de reojo la placa que rezaba Passage de la Flandre.
Incluso el nombre de la calle era elegante, y la zona en sí no se quedaba atrás, con un bonito empedrado, fachadas bien cuidadas y acera y asfalto impecables, las farolas daban una luz clara y diferente de la amarillenta luminiscencia de las demás y además estaban intactas.
Era un extraño lugar para los malos sucesos, de hecho no había un solo resquicio para la oscuridad, ni una oscura callejuela, ni una farola rota, ni un sucio rincón.
¿Lo había asaltado una paranoia momentánea?
Con esta idea en la cabeza, terminó de examinar la zona y se dispuso a marcharse, entonces se escuchó un chasquido y todas las bombillas estallaron, quedando completamente a oscuras.
“Y aquí viene” pensó con una serenidad impropia de él.
Un presentimiento le hizo darse la vuelta estando ya en la entrada de la calle, y contempló como, frente a sus ojos, una potente llama anaranjada trazaba una serie de líneas en el suelo antes de apagarse, con un sonido similar al de la pólvora ardiendo.
- ¿Qué demonios…?
Una vez extinguido por completo el fuego, se acercó al lugar, iluminado por la levemente rojiza luz de la luna y la luz artificial proveniente de las ventanas de los edificios que lo rodeaban, una vez junto al lugar se arrodilló y lo contempló, viéndose sorprendido por la marca dejada en el suelo.
Un 7.
Un siete aún incandescente grabado literalmente en la acera, su reacción ante él fue llevar su mano al bolsillo interior de su chaleco y sacar de él el móvil, marcando inmediatamente el primer número que le vino a la cabeza.
- ¡Hola Luis! Soy Simon ¿Qué por qué? ¡Ha aparecido otro siete! La calle es… a ver ¿Cómo se pronuncia? P-passage de la… ¿flandre? Si, eso he dicho – asintió con algo de nerviosismo – y antes de que me preguntes, sí, es auténtico, lo he visto aparecer ante mis propios ojos – se detuvo un par de minutos, escuchando al Fernández – bien, comprendido – esperó un poco más – tranquilo, no decepcionaré… si, nos vemos luego… veeeenga ¡Adios!
- Bueno – se dijo a sí mismo – ya están avisados por si pasa algo, pero de momento tengo que cumplir con mi parte…
Observó con atención todas las farolas bajo la oscuridad, una de ellas debía estar lo suficientemente bien situada como para observar la calle desde las alturas – sería una locura meterse en el balcón de alguien – de modo que escaló la primera que tuvo al lado y se desplazó por ellas saltando de una en una.
Finalmente escogió la que le daba una visión casi de gran angular, la tercera a su derecha desde la entrada a la zona, desenganchó su látigo del cinturón y se acuclilló, vigilando sin ni tan siquiera pestañear, esperando el más mínimo movimiento.
Esperó un buen rato, casi una hora, antes de sentir que el ambiente se enfriaba, sabía que aquello era la señal de que una sombra estaba cerca y se puso en guardia, pero siguió sin ver nada; nervioso, se puso en pie, y fue entonces cuando sucedió.
El grito agudo y angustiado de una mujer llenó la calle, Simon bajó de la farola y miró a todos lados, buscando siquiera algún rastro de la sombra, pero no había nada ¡Nada! Comenzaba a ponerse nervioso cuando vio una especie de mancha negra emerger a toda prisa de una de las ventanas cerradas.
“¡Sus muertos!” pensó mientras la venía llegar a la acera “¡Llegó desde terrado y bajó por la fachada! ¡Por eso no la vi!”
Reaccionó enseguida, generando en su mano una potente lighting ball que la sombra esquivó con un rápido driblaje, alejándose a todo correr del lugar con el Belmont pisándole los talones.
- ¡No escaparás! – espetaba a la sombra - ¡No pienso fallar esta vez!
Como aceptando el desafío, la mancha oscura aumentó su velocidad y salió de la calle doblando las esquinas en ángulo cerrado, pero el joven podía sentir su aura y se centraba en ella; sintiéndose en el deber de no dejarla escapar, sus pies se movían a una velocidad a la que no estaba acostumbrado a correr.
En su persecución se metieron por callejones oscuros, Simon se vio obligado a rebotar entre paredes para escalarlas y a saltar por los tejados, viéndose al regresar a suelo firme en una avenida próxima al Seine, repleta de gente.
Aquello fue lo que logró despistar a un Luis ya agotado, pero la noche era jóven y él tenía ganas de marcha, de modo que, esquivando a los que podía y atropellando al resto, continuó corriendo tras la sombra hasta que se topó con un muro infranqueable.
El propio río Seine, con el único puente próximo a demasiados metros de distancia.
Se apoyó en la barandilla de piedra y observó a la sombra pasar tranquilamente por la superficie del agua, miró a todos lados buscando un camino y se topó, justo sobre su cabeza, con un cable sobre el que colgaban varias lámparas.
- Esto es de videojuego, macho – murmuró con una sonrisa.
Sin pensárselo dos veces y para sorpresa de la multitud, se encaramó al pétreo quitamiedos y saltó, desenrollando su látigo en el aire y usándolo para engancharse a al primer farol, que aguantó, por lo que se balanceó hasta donde le permitió la inercia, sacudió su arma para desengancharse y lo lanzó al siguiente, repitiendo una y otra vez hasta que superó el cauce del río.
Aterrizó con las piernas temblando y el corazón a mil, giró la cabeza para mirar los focos y pegó un respingo.
“¡La puta!” pensó “¿Yo he hecho eso?”
Desgraciadamente, ese instante de vacilación permitió que la sombra captora pasara a su lado como si nada y continuara huyendo delante del muchacho, que se maldijo a sí mismo más veces de las que pudo contar.
La parte buena de haber cometido semejante locura es que tras el subidón de adrenalina se sentía ligero como una pluma y corría aún más rápido que antes, llegando a colocarse tan cerca de su objetivo que incluso se arriesgo a intentar propinarle algunos latigazos que, sin embargo, sólo lograron abrir pequeños boquetes en el lugar del impacto.
- ¡Esta vez no os saldréis con la vuestra! – espetó a la sombra mientras se adentraba junto a ella en un callejón.
Pero, naturalmente, el espectro no parecía dispuesto a dejarle ganar, aumentó la velocidad y por un momento el Belmont pareció perderla, pero entonces éste arrambló con la desvencijada puerta trasera de una casa y salió por la delantera – llevándose por delante muebles, algunas puertas y dejando a una pareja de ancianos gritando insultos en francés que no había oído en toda su vida – encontrándosela de nuevo, la alcanzó con otra lighting ball y, tras correr otro poco más, acabó arrinconándola en un descampado.
- Está bien, podemos hacerlo por las buenas o por las malas – articuló mientras desenrollaba su látigo – suelta al crío sin oponer resistencia y te dejaré marchar.
No hubo respuesta de la sombra, ésta simplemente se mantuvo como un círculo oscuro en el suelo y retrocedió unos centímetros.
- ¡Lo único que quiero es rescatar al niño! – insistió – te lo repetiré una vez más: libéralo y te dejaré marchar, sé que lo tienes, siento su aura en el interior de la tuya.
Entonces la sombra se irguió, tomando una forma parecida a la humana, en su interior yacía el infante, dormido o inconsciente, pero evidentemente vivo, Simon sonrió con satisfacción y avanzó un poco, encontrándose en ese mismo instante con un suceso que casi le hace caerse de espaldas.
Frente a él, tras la sombra que había estado persiguiendo, se irguieron otras seis, tomando una altura de aproximadamente dos metros, grandes e imponentes, los siete espectros abrieron de par en par lo que parecían ser unos enormes y luminosos ojos rojos, y se encorvaron amenazantes, emitiendo un silencioso gruñido, como si de bestias salvajes se trataran.
Sin dejarse intimidar se puso en guardia, agarrando la empuñadura de su látigo mientras tiraba de la parte enrollada con la otra mano, tuvo el acierto de retroceder de un salto en el momento justo en el que los siete espectros se abalanzaban contra él, dando inmediatamente después un gran bote con toda la potencia de la que podía hacer gala con sus piernas. Esto último sin embargo fue un mal movimiento, sin puntos en los que apoyarse y el lugar del salto como única zona de aterrizaje, cayó en la cuenta de su error al ver como las sombras lo perseguían escalando las paredes y, al llegar a su altura, cruzaron de una fachada a otra golpeándolo por el camino hasta que la fuerza de gravedad hizo su trabajo y comenzó su caída, aterrizando de mala manera sobre sus pies y doblando la rodilla por la dureza del aterrizaje.
Se maldijo a sí mismo y su pésima idea del salto cuando tuvo que dar una voltereta hacia delante para esquivar el ataque consecutivo de dos sombras, encontrándose de frente a otra que lo derribó de una embestida y viéndose obligado a rodar para evitar a una cuarta que caía en picado sobre él, logró incorporarse tras invocar un sello sagrado que atrapó por apenas cinco segundos a las tres últimas, pero inmediatamente después se vio rodeado de nuevo.
No era una situación fácil, pero no estaba dispuesto a ceder, sentirse superado fue lo que ocasionó la derrota en su última batalla y no estaba dispuesto a ceder de nuevo, rápidamente desenrolló el látigo y colocó su mano libre en el cuello para protegerlo, mientras que con una violenta sacudida hacía que éste se enrollara en su pescuezo y, al tirar, se desenrollaba, golpeando así dos veces consecutivas a las criaturas, que cayeron ante la violencia del segundo impacto.
Aquellos segundos concedidos por ese pequeño golpe de ingenio eran cruciales, y el Belmont lo sabía. Se apresuró a salir del círculo y plantó cara inmediatamente a sus enemigas, que se alzaban una vez más para embestirle; evitó el embate simultáneo saltando sobre ellas con una voltereta bien calculada y se permitió golpear por el camino a una de ellas, que se estrelló contra el suelo convirtiéndose de nuevo en una mancha negra sobre el empedrado antes de que la demás aterrizaran, entonces Simon pudo observar algo interesante: la sombra derribada contraatacó antes de que las demás volvieran al combate, la esquivó y al siguiente envite comprobó que, de nuevo, se abalanzaban sobre él a destiempo.
¿Estaban sincronizadas? Se dispuso a comprobarlo, esperó a la sombra que se movía a destiempo y la esquivó, después se expuso a cuerpo descubierto al ataque de las demás y propinó un latigazo ascendente a una de ellas, que salió volando y cayó al suelo como una pesada gota de petróleo.
“A ver qué tal ahora” pensó mientras se ponía de nuevo en guardia.
Las criaturas no se hicieron esperar, tal y como el joven supuso, atacaron primero las dos derribadas y, después, todas en tropel, en el orden en el que tocaban el suelo, realizando ataques idénticos, como una única entidad pensante.
- Esto va a ser divertido… – se dijo en voz alta mientras esperaba un nuevo ataque.
En las siguientes embestidas Simon fue, una a una, derribando las demás sombras, creando así una secuencia de ataques enemigos a los que podía responder sin mayor problema.
Y así fue, una vez separados los ataques de todos los espectros los embistió uno a uno, golpeándoles con su arma y estrellándolos contra suelo y paredes, hicieron falta algunas pasadas, pero finalmente y tras el descuido inicial, se sorprendió al ver que no había sufrido el menor rasguño.
Pero hubo dos cosas que lo desconcertaron.
La primera fue la extraña debilidad de las sombras, y es que comparadas con la anterior a la que hizo frente éstas no habían resultado un problema y estaba totalmente seguro de que no se debía a su propio poder, ya que ni siquiera habían adoptado formas diferentes.
La segunda y que además hizo que el estómago le diera un vuelco por un segundo, era que, pese a haber derribado y derrotado a los espectros, el cuerpo del niño no estaba por ninguna parte.
Y el estómago le dio un vuelco sólo por un segundo porque al mirar a sus pies vio resueltas todas sus dudas, y es que donde debía estar el suelo había una enorme mancha negra, como un agujero que amenazaba con tragarlo, inmediatamente puso pies en polvorosa y se dirigió a suelo seguro, preparándose para recibir lo que quiera que fuera a salir de ahí.
No pasó ni un minuto hasta que aquella enorme mancha negra comenzó a burbujear, como si bullera, el joven Belmont no pudo evitar sentirse intimidado ante lo que estaba sucediendo y se vio obligado a mantener la calma mientras veía como de repente, frente a él, se alzaba una gigantesca sombra informe de más de 3 metros de altura, brillantes ojos rojos y una boca que, en dos ocasiones que abrió, apareció en dos puntos diferentes de su estructura.
Entonces lo comprendió todo, aquellas 7 sombras no eran más que 7 partes de una única entidad que se había encargado de abducir a todos los niños, el espectro al que él se enfrentó no era más que un señuelo, una escolta del que cumplía la verdadera misión.
Se desplazó a un lado para esquivar el primer ataque de la criatura, que intentó aplastarlo con lo que tenía toda la pinta de ser un brazo, rodó y la fustigó un par de veces con su látigo, el monstruo se estremeció, y Simon pudo sentir de nuevo el aura del crío en sus entrañas.
“Está vivo” pensó mientras esbozaba una leve sonrisa “¡Aún no he fracasado!”
Pero aunque en efecto era así, aquel sombrío titán tenía toda la pinta de ser una empresa difícil de abarcar, se movía con lentitud pero no tenía una forma o fisonomía definida, de modo que, mientras corría a su alrededor para encontrar su punto débil, el muchacho debía en muchas ocasiones hacer gala de unos reflejos felinos para evitar ataques sorpresa a los que contestaba con su arma o sus lighting ball, sin embargo no lograba provocar en el monstruo más que un leve estremecimiento.
Por un momento se preguntó si, una vez más, no era demasiado débil, si aquello no era demasiado para él, pero espantó inmediatamente aquellas ideas y se concentró en la batalla.
“Jamás me perdonaré otro momento de debilidad” pensó mientras volvía al ataque “¡No tengo otra opción que la victoria!”
Lanzó una lighting ball a la inmensa masa negra y se escabulló de inmediato esquivando el posible contraataque, continuando con la búsqueda de puntos débiles saltó contra una de las fachadas y rebotó para llegar a la supuesta cabeza del monstruo y azuzarle con su Holy Punch, pero todo era inútil.
Cayó sobre sus rodillas y rodó hacia atrás, mirándolo confuso.
¿Acaso no había modo de dañarlo?
Se incorporó justo a tiempo para echar a correr y evitar los múltiples contraataques de la bestia en forma de numerosos apéndices que intentaban golpearlo sin éxito, clavándose con gran fuerza en el suelo, en su carrera encontró un hueco y la emprendió a latigazos contra aquella cosa, pero sólo logró agotarse.
“¡Nada!” pensó, desesperado “¡No hay manera! ¡Nada que hacer!”
Ya lo había probado todo, sólo le quedaba una alternativa, una locura en realidad, ya que sabía que, de fallar, quedaría completamente vendido y aquella mole lenta y enorme lo aplastaría sin remisión.
Necesitaba protección, la bestia se giraba y le atacaría a la menor oportunidad, lentamente se alzó e irguió de nuevo, con su látigo en la mano.
- ¡DEFFENSIVE CROSS!
La cruz iridiscente se colocó frente a él, levantando una barrera tan fuerte que los ataques del espectro no podían ni siquiera mellar, mientras e concentraba y aumentaba la intensidad de su aura todo lo que era capaz.
Cuando se sintió listo tensó todos los músculos, su energía pareció romper una barrera dentro de su cuerpo y, al tiempo que sentía algo despertar en su interior, su cuerpo expelió una intensa llamarada y su aura tornó rojiza.
Nuevamente henchido de aquella sensación de poder, nuevamente sus sentidos alcanzando otro nivel de percepción.
El espectro pareció percibir este repentino aumento de poder, y que sacó dos enormes brazos y atacó con una fuerza arrolladora, encontrándose de nuevo con la Cruz defensiva levantada por Simon, que esperó unos instantes para retirarla y, colándose entre los dos apéndices, embestir.
Su próximo movimiento debía ser fulminante, debía decidir la batalla con él.
Rápidamente se posicionó frente a la gigantesca sombra y saltó, colocándose frente a su cara, concentró toda su aura en el látigo, cuyo cuero se convirtió en una brillante llama escarlata, y lanzó un único ataque, proyectado con toda su alma.
- ¡¡¡FLAMING WHIP!!!
El impacto del arma con la criatura provocó una tremenda explosión que hizo temblar la zona, el joven Belmont salió despedido a causa de la onda expansiva y cayó a duras penas de pie, su cuerpo ya no brillaba y sus sentidos habían vuelto a la normalidad, jadeando afianzó su posición y observó la enorme nube de polvo y humo que ahora ocupaba el lugar donde antes se encontraba aquella criatura.
De repente su rodilla cedió, haciéndole ver que había hecho mal en no sopesar los riesgos, aquella técnica resultó ser tan potente que lo dejó momentáneamente sin fuerzas.
- Al menos… espero haberlo conseguido – se dijo, levantándose y comprobando que su cuerpo aún podía reaccionar.
Desgraciadamente no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de que una titánica mano oscura se abalanzaba sobre él.
Un segundo después, sin saber cómo había sucedido, se hallaba atrapado, flotando en la más espesa negrura.
“¿Qué es esto?” se preguntó “¿Dónde…?”
Tardó unos segundos en darse cuenta de que estaba suspendido boca abajo, confuso y agobiado por la oscuridad y aún entumecido y agarrotado por la potencia descargada en su ataque, era incapaz de reconstruir los hechos que lo habían llevado hasta ahí en apenas unos cinco segundos, sólo recordaba haber sido tragado por la oscuridad.
Comenzó a moverse con dificultad, logrando colocarse de nuevo cabeza arriba – o al menos lo que se suponía que era cabeza arriba – y echado un vistazo a su alrededor, dándose cuenta de que no es que se encontrara sumergido en algún fluido – o no – negro, si no que parecía encontrarse en un inmenso espacio vacío.
¿Vacío?
Un segundo vistazo le confirmó que no estaba sólo, a unos metros – o lo que le parecieron unos metros, ya que había perdido la noción del espacio – se hallaba un niño, suspendido como él, vestía un pijama de rayas celestes que le quedaba un poco grande y tenía el pelo oscuro cortado a tazón, su rostro salpicado de pecas le hacía aparentar menos edad de la que supuestamente tenía.
“Este es… ¿el niño?”
Se aproximó a él, “nadando” en aquel vació, lo sacudió un poco e intentó despertarlo, pero fue en vano, insistió un poco más hasta que vio que, efectivamente, era inútil.
- Bueno, pues aquí estamos – murmuró con resignación – he sido vencido de nuevo, no puedo con esta cosa.
- ¿¡Cómo que no puedes!?
Parpadeó, la negrura no desapareció al cerrar los ojos, pero al volver a abrirlos se extendía ante sí una escena muy familiar.
Era una cabaña en el claro de un bosque de montaña, el suelo estaba cubierto de hojarasca y el ambiente parecía ser fresco y agradable. En el exterior de la caseta se hallaban tres personas, una de ellas era Adela, un poco más joven, sentada en un banco observando a quienes se encontraban frente a sus ojos: un Juan José también algo más joven que tenía el pelo recogido en una pequeña coleta y un chico prácticamente prepúber, tumbado en el suelo como si lo hubieran derribado, con un ajado látigo descolorido en la mano izquierda y el cabello negro desordenado, sus ojos eran de un profundo color gris.
- ¡Pues que no puedo! ¿¡Cómo quereis que haga frente – señaló a un 4º elemento que se encontraba en el escenario, un Golem de piedra de unos dos metros de alto que se hallaba inmóvil, como esperando alguna orden – a eso!?
- ¿Y como quieres tú que aceptemos que te relaciones con nuestra hija si ni siquiera eres capaz de derrotar a un bicho así? – articuló la mujer con severidad – Eres un Belmon,¡a tu edad deberías ser capaz de hacer más que esto!
La puerta de la caseta se abrió en el mismo momento en que el chaval se disponía a contestar, por ella apareció un adolescente pelirrojo y pecoso, de barbilla alargada y nariz fina, con su larga melena recogida en una coleta.
- ¿Cómo va? – preguntó - ¿Aún no? - Juanjo negó con la cabeza - ¡Simon! – exclamó en tono de fastidio mientras miraba al niño.
- ¡Está bien! – protestó éste levantándose y tirando el látigo al suelo con rabia - ¡Ya vale! ¡Yo no soy tú! – espetó al recién llegado - ¡Y no tengo por qué aguantar esto!
Se dirigía de nuevo a la cabaña, cuando la voz del pelirrojo lo detuvo.
- ¡Espera! ¿Qué has dicho?
- He dicho que yo no soy tú, Erik – respondió el jovencito en tono desafiante – ¡No soy un genio! – se golpeó el pecho con la mano izquierda - ¡Apenas tengo 12 años! ¿Y queréis que me ponga a derrotar a esas cosas? ¡Estáis locos!
Se disponía a entrar, dando un portazo, pero Erik agarró la puerta y lo detuvo de nuevo.
- La idea no es que derrotes a esa cosa, hermanito.
Simon se detuvo de golpe y se dio la vuelta, mirándolo aún enfurrunchado, pero con interés.
- ¿Y quieres decirme qué hago en mitad de la nada enfrentándome a bichos que casi me doblan la estatura?
- La idea es – se dio la vuelta y recogió del suelo el viejo látigo – que comprendas algo muy importante… - se incorporó y llamó la atención del Fernández - ¡Juanjo! ¿Podría invocar tres o cuatro golem más?
- ¿¡Tres o cuatro!? ¡No vas a poder con tantos, Erik! – objetó el hombre.
- Créame que sí – respondió – necesito mostrarle a Simon el objeto de todo esto.
Con el gesto torcido, pero sin decir una palabra más, el Fernández dibujó tres pentagramas en la hojarasca húmeda y comenzó a recitar un aria, mientras, Erik adoptaba una pose de ataque, mientras a su alrededor las hojas muertas comenzaban a arremolinarse.
- Necesito mostrarle a Simon… qué es lo que debe alcanzar para poder llamarse a sí mismo con orgullo “Belmont”
Las criaturas aparecieron finalmente y Juanjo se apartó de la escena, sabía lo que venía ahora y sabía que no era bueno permanecer cerca.
- ¡Simon! – llamó a su hermano – Observa bien, esto es lo que debes ser capaz de lograr con tu energía interior.
Sin articular palabra, el aludido clavó sus ojos en el pelirrojo y tragó saliva.
- ¡Esto es lo que hace que los Belmont estemos por encima del resto!
Con un grito de batalla, Erik se abalanzó contra las cuatro criaturas, con su cuerpo brillando en un intenso fulgor rojizo y el viejo látigo convertido en una gigantesca llama flexible, bastó un solo golpe para que los cuatro autómatas rocosos se hicieran pedazos y deshicieran entre mortales llamas azuladas.
- Libera el mayor poder de destrucción contra la oscuridad…
- …Y protege a aquellos que te rodean.
Con estas palabras, la visión desapareció, encontrándose de nuevo entre aquella espesa negrura; no se había dado cuenta, pero en su mano aún descansaba el látigo que sus padres crearon para él.
- Ven aquí, chaval – articuló mientras cogía la mano del niño – salgamos de ésta.
- Lo que nos caracteriza no es que seamos poderosos, ni longevos.
Simon comenzó a concentrar sus fuerzas de nuevo, pero ésta vez no invocaría el fuego de la purificación si no que iría más allá, no pasó mucho rato hasta que empezó a verse rodeado por los ya familiares luceros con forma de diminutas cruces.
- Ni siquiera que seamos nobles.
Sujetó al crío contra su cuerpo, protegiendo sus ojos para que la intensa luz no dañara sus retinas a través de los párpados.
- Lo que nos hace especiales, y eso es algo que debes comprender…
La luz se intensificó y comenzó a arremolinarse, las cruces ya tenían un tamaño equivalente al de su propio cuerpo.
- …es que usamos ese inmenso poder para poder levantarnos una y otra vez, para no rendirnos. Y eso no lo hacemos por nosotros.
Simon liberó la energía, la columna de luz se manifestó.
- ¡¡¡HOLY CROSS!!!
- Lo hacemos por y para las personas que nos rodean…
De repente el espacio en el que se encontraban se rompió en mil pedazos, el Belmont, con el pequeño Cecil sujeto con una mano, salió despedido del cuerpo de la inmensa sombra, y al abrir los ojos estando aún en el aire la encontró de frente, malherida, bramando amenazante, dispuesta a destrozarlo antes de que tocara el suelo.
No le daría esa oportunidad.
- …para proteger a aquellos que queremos y amamos.
Como si supiera lo que tenía que hacer, concentró toda su aura en el látigo, que brilló con la intensidad de la luz del sol, tomando una longitud infinita.
- El día que comprendas eso, Simon, el día que comprendas por qué fuimos bendecidos con este poder…
- ¡¡¡LIGHTING WHIP!!!
- …podrás considerarte digno de ser llamado…
Lanzó su arma con todas sus fuerzas, fustigando a la criatura, que gritó herida de muerte.
Cayó al suelo con energía y elegancia, de pie, mientras contemplaba como el espectro era tragado por la esfera de luz generada por el impacto de su nueva técnica.
- …Simon Belmont the Second
Más relajado y sintiéndose ya victorioso, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del callejón, al amparo de la luz de la luna, no se sentía cansado, algo que le resultó extraño dada la enorme cantidad de energía liberada, entonces una autoritara voz, casi iracunda, lo hizo detenerse.
- ¡Eh, tú! ¡Deja a ese niño en el suelo!
- La puerta de la cabaña se abrió, la luz de la luna entraba ya por las ventanas en el interior, donde descansaban todos los presentes, por el umbral apareció Juanjo, llevando en volandas al pequeño Simon, que aún sostenía su látigo entre las manos, aferrado a él.
Adela no pudo evitar sentir una puntilla de orgullo y lástima.
- ¿Lo consiguió? – preguntó acercándose para ver como estaba el chico.
- No - contestó Juanjo con una sonrisa - pero ha pasado varias horas intentándolo – torció el cuello y lo miró con fijeza, sus ojos reflejaban cariño – es muy perseverante, estoy seguro de que cuando sea capaz de emplear su energía correctamente no habrá nada…
Simon sonrió levemente, con confianza.
- …absolutamente nada…
- Si tienes los cojones de venir a por mí…
- …que sea capaz de detenerlo.
- …¡Hazlo y oblígame!
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CastleVania: Twilight Rhapsodia [Episodio 70] Publicado @ 11:45 - 26/9/2008 Etiquetas:
The Midnight Carnival (Part 2)
- ¿Pero qu-...?
Atónitos, el matrimonio se acercó al cuadro con precaución y, al mismo tiempo, curiosidad. No era el mejor lugar para exhibir algo así.
Tras dar unos pasos se quedaron a unos precavidos dos metros de la obra y la observaron con atención; François, que entendía mucho más de artes plásticas que Elisabeth, se mostraba incluso en cierto modo fascinado por la factura de la pintura.
- Es… perfecto – articuló – bueno, perfecto no – matizó enseguida – pero sí muy realista, aunque todo tiene un cáriz como… oscuro… “malvado”
Tal vez esa fuera sin duda la mejor palabra para definirlo, el estudio representado mostraba colores y ángulos imposibles, tenía detalles que no podían estar representados por ninguna mano humana. El francés llegó a comentar que podría jurar y perjurar que aquella sala tenía auténtica profundidad.
- Creo… que esto ya lo he visto antes… o como poco he oído hablar de ello…
Comenzó a avanzar con algo de inseguridad hacia el cuadro hasta colocarse frente a él, lo miró de esquina a esquina, y tuvo la sensación de que el marco estaba “vivo”
Se dispuso a tocarlo, pero la fuerte mano de su esposa lo detuvo.
- ¿Qué vas a hacer? ¿¡Estás loco!?
Él la miró muy extrañado.
- Esto no es muy propio de ti – comentó con una semisonrisa.
- Fran, he sido cazarrecompensas – arguyó ella – he visto mucho más mundo que tú y he contemplado un montón de cosas sobrenaturales, pero esto… - un escalofrío recorrió la espalda de la muchacha – hasta yo puedo sentir el aura que emana esa cosa ¡Y no me gusta! ¡Me da mala espina!
El la miraba en silencio, en parte sorprendido.
- Yo aún estoy medio en condiciones pero ¿tú? Hace unos minutos acabamos de sostener un combate tremendo, si esto nos lleva a otra batalla no lo resistirás, François.
Tras terminar de escucharla, el francés cerró los ojos y suspiró, después la miró directamente.
- Generalmente te haría caso, cariño – admitió – y de hecho estoy de acuerdo contigo, pero como ya te he dicho esto me es familiar… tengo que saber qué se esconde detrás de todo esto, y si hay que luchar y no resisto… bueno – dibujó una sonrisa leve en su rostro – pues ponemos pies en polvorosa.
En respuesta a esto Elise no habló, sólo se aferró a él con más fuerza.
- Eli, esto puede ser importante – se dio la vuelta y acarició con suavidad la mano con la que ella lo sujetaba – por favor…
Tras un instante de vacilación, la Kischine finalmente lo soltó, a lo que él respondió con una sonrisa y se dio la vuelta.
Lo miró de cerca, el cuadro aparentaba, en efecto, estar vivo, recubierto por un aura que giraba sobre sí misma y se retorcía, un aura oscura y putrefacta.
De nuevo fue a tocarlo, pero sus dedos no llegaron siquiera a rozar el lienzo, inmediatamente saltó un chispazo y se vio rechazado.
- ¿Estás bien? – le preguntó ella.
François no respondió, mientras la energía que recubría la obra recuperaba su equilibrio, pudo observar como, más allá de la pintura, se formaba un pasadizo que se adentraba en ella.
“En efecto” pensó “es lo que yo me imaginaba”
- Es… - dijo para sí mismo – lo que ya apareció 62 años atrás.
Esta vez fue él el que se aferró a su esposa, echando la mano atrás y cogiendo la de ella como si le fuera la vida en aquella acción, frunció los labios y comenzó a jugar con su aura.
Elisabeth no entendía, ella desconocía la verdadera historia de los Lecarde, de la muerte de Eric, del pasado de Stella y Loretta.
Ignoraba que la razón por la que François le daba tal importancia a un simple cuadro era porque ya lo había visto en el pasado, a través de los ojos de sus dos abuelas.
Si aquello no era lo mismo, sin duda era pavorosamente similar.
Volvió a extender la mano, acercándola pero no lo suficiente como para que la barrera energética del cuadro actuara, cerró los ojos y se concentró.
“En la misma frecuencia que el cuadro”
Rápidamente comenzó a modular su energía mágica, Elise observó que la superficie de la pintura vibraba, como el agua estimulada con el sonido, con más o menos fuerza según la “frecuencia” del poder mágico de su marido.
Finalmente, François aproximó la mano, y el lienzo se pegó a sus dedos como si fuera una superficie viscosa.
- Eli, prepárate, – dijo a su mujer – prepárate para cualquier cosa…
Ella asintió, y él pegó por completo la mano al cuadro.
La pintura se extendió y lo agarró, la oscura callejuela desapareció, dando paso a un gigantesco y brumoso pasadizo, por el que se desplazaban empujado por alguna fuerza oscura, en un viaje que parecía no tener fin.
La lanza Alcarde comenzó a vibrar y brillar con furia, y no se detuvo hasta que fueron escupidos dios sabe donde y el muchacho la empuñó.
- ¿Dónde… estamos? – preguntó la mujer, levantándose.
- Esto debe ser el… interior del cuadro.
- ¿¡Interior!? – contestó ella, alarmada – Fran ¿Me estás diciendo que estamos DENTRO del cuadro?
- Créeme – replicó él – no es una respuesta que me resulte agradable darte.
Se incorporaron y miraron a su alrededor, fuera lo que fuera aquel lugar, estaba en penumbras y resultaba muy difícil ver algo, lo único que podían percibir era un fuerte olor a óleo.
Como precaución inmediata, la joven empuñó su espada estelar y, tras unos instantes, comenzaron a avanzar, juntos, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad.
Lo poco que alcanzaban a ver no les revelaba nada anormal, sólo que se hallaban en un pasillo cuyas paredes estaban cubiertas de extrañas pinturas y lienzos, parecían haber lámparas o antorchas, pero estaban todas apagadas.
Ninguna sorpresa, ningún enemigo. Nada salvo una tímida aura maligna que sólo François podía percibir.
Cuando arribaron al final del corredor se toparon con una pequeña puerta de madera, se miraron el uno al otro y después al umbral, dubitativos; Elisabeth se dispuso a abrirla, pero antes de tocarla siquiera se oyó un tímido “clac”, y la madera cedió.
Esta dio paso a un lugar que era todo lo contrario al corredor, un emplazamiento lleno de marcos y lienzos, cuadros sin acabar, pinturas, bocetos sobre papel, y perfectamente iluminado gracias a las numerosas lámparas de aceite colocadas en la pared, así como una suntuosa araña de cristal en el techo.
Al fondo, alguien estaba ocupado, subido en una escalera y pintando meticulosamente sobre una tela anormalmente grande.
Bastaron unos segundos para que la pareja reconociera en aquel lugar el emplazamiento representado en el lienzo.
- ¿Quién anda ahí? – preguntó una voz grave e imponente que resonó por toda la sala - ¡Ya avisé de que no quería ser molestado! ¡Necesito concentrarme para poder trabajar!
- ¡No es buena idea pedir intimidad y dejar semejante reclamo en el exterior! – respondió a esto Elisabeth.
Al oír la voz de la Kischine el pintor se detuvo, bajó calmadamente las escaleras – que desaparecieron cuando puso ambos pies en el suelo – y se alejó unos pasos para contemplar la pintura inacabada.
- Está quedando perfecta… - murmuró.
- ¡Eh! – lo llamó la joven - ¡Estamos aquí!
- Paciencia, damisela – respondió él con tranquilidad – todo artista necesita tiempo para contemplar una obra inacabada y saber por donde continuarla.
Por un segundo Elise hizo ademán de embestir, pero se contuvo, hubo algo que la “obligó” a detenerse.
“Perfecta ¿eh?” pensó François mientras contemplaba el cuadro “Lo es… si tienes el cerebro de un demente”
Y es que, aún cuando sólo se distinguían borrones de pintura y un boceto en los lugares donde el lienzo estaba desnudo, se podía adivinar perfectamente algo que el joven Lecarde reconocía a la perfección.
Era París, la París actual, sumida en el caos y la destrucción.
Su esposa también lo vio, y lo adivinó, miró atónita por un segundo al cuadro y después al pintor.
Como si pretendiera redondear la sorpresa, éste sintió la reacción de ambos y se dio la vuelta.
- ¿Sorprendidos? ¿Qué os parece? ¡Este cuadro será mi obra maestra!
- ¿¡Obra maestra!? – exclamó ella - ¡Semejante representación sólo puede ser representada por un loco!
Miró de nuevo a su esposo, pero éste no decía nada.
Al darse la vuelta el pintor había revelado su rostro a François, que lo miraba con los ojos desorbitados, furiosos, mientras su aura se agitaba en una revolución interna.
Desde que vio el cuadro había sospechado, su cerebro se negaba a confirmarlo, su mente se resistía a hacer emerger esos recuerdos heredados de Stella y Loretta Lecarde.
Pero finalmente ahí lo tenía, sonriendo con altivez, con su cabeza calva, su cuerpo enjuto, su vestimenta elegante, sus anteojos redondeados, sus uñas largas y su pincel, fuertemente sujeto entre sus huesudos dedos.
Sin más, hizo aparecer una llama verdosa en su mano libre y la proyectó contra el artista, que se dio la vuelta y, sobre un lienzo más pequeño que había aparecido a su espalda, trazó una línea, materializada en una enorme raya de pintura roja que se extendió ante él, sirviendo de escudo.
- Ese poder… - articuló el anciano pintor – ya lo he visto antes… eres descendiente de Eric Lecarde ¿verdad?
- ¡Así es! – contestó François - ¡Soy su bisnieto, François lecarde!
El hombre giró el torso y lo miró con seriedad.
- François Lecarde ¿Eh? Ya veo… ¿Te gustaría saber quien soy?
- No hace falta que me lo digas ¡Tú acabaste con su vida! ¡Lo sé todo sobre ti, Viktor Brauner!
El Vampiro permaneció en silencio, mostrando al darse la vuelta una sonrisa amplia y altiva.
- Así que… lo sabes todo ¿eh?
El francés sujetó la lanza Alcarde con ambas manos, poniéndose en guardia, pero Brauner no hizo nada en respuesta, sólo lo miraba.
- Eric Lecarde reaccionó exactamente igual que tú – articuló – él también apareció para investigar, él sabía quien era y lo que hacía, me encontró por accidente y quiso acabar conmigo…
El matrimonio guardó silencio.
- Y falló, por supuesto – concluyó el artista.
- Con una diferencia – replicó Elisabeth mientras se colocaba también en guardia – François no está solo.
Viktor lanzó al aire una carcajada sarcástica, mientras que el Lecarde la miraba de reojo.
- ¡Solo o no – exclamó el pintor mientras se daba la vuelta – acabará igual que aquel entrometido!
A su lado aparecieron, flotando en el aire, una paleta de colores y diversos pinceles, la pareja observó como se movía, de un modo sobrenaturalmente rápido incluso para un vampiro, y con una precisión pasmosa, llenando el lienzo en pocos segundos.
- ¡Contemplad mi arte!
Ante ellos se materializó una gorgona de piel y cabello grisáceo, formas trémulas y brillantes ojos rojos, no tenía piernas y flotaba en el aire, embistiéndoles con la boca abierta en un silencioso grito de guerra.
La reacción de ambos no se hizo esperar, se movieron para contraatacar, siendo más rápida Elisabeth, no tan afectada por las heridas del combate como su esposo; saltó y golpeó a la creación con una patada, para acabar cayendo un tajo certero con el que le cercenó la cabeza, haciéndola desaparecer.
Brauner se dio la vuelta un momento y la contempló, serio, después volvió a la tela que era, de nuevo, blanca.
- ¿Qué era eso? – preguntó ella a François.
El joven tardó en responder, en parte sorprendido y en parte asustado por lo que acababa de ver.
Ahora sí que estaba claro, ese hombre era realmente Viktor Brauner.
- ¡François!
- P-perdona… - se disculpó – lo que has visto es ni más ni menos la habilidad de Brauner – tragó saliva – es un vampiro cuyo poder le permite hacer realidad todo aquello que pinta – alzó la vista y observó el cuadro gigantesco en el que el pintor trabajaba a su llegada – no tenemos más remedio que acabar con él aquí y ahora.
- ¡Ja! – profirió Brauner desde su lugar – tendríais que ser mucho más hábiles para poder conmigo – les espetó.
Ignorando la ofensa, el joven Lecarde hizo arder su aura y se abalanzó contra él, sin embargo apenas había avanzado cuando sintió un fuerte golpe en el cuello que le hizo caer; se llevó la mano al lugar del impacto, palpando algo que al principio le pareció sangre, pero que sin embargo era…
- ¿Pintura?
Miró al vampiro, sujetaba en la mano un pincel muy fino, y se veía una línea roja sobre el lienzo blanco.
- ¿Qué demonios…?
Pero no era el único, desvió la vista hacia su mujer y observó que ésta se limpiaba la pintura que tenía en el brazo. Evidentemente había reaccionado a tiempo. Se levantó y se limpió con la camiseta, se disponía a continuar – “¿Nos ataca con pintura?” – cuando Elise le llamó la atención.
- ¿Pasa algo?
- François… tu cuello…
Se llevó la mano de nuevo y palpó su cuello, había un líquido, pero estaba caliente. Al contacto con sus dedos sintió algo de escozor.
Sangre.
Y no solo en su nuca, también en el antebrazo de Elisabeth.
No les había golpeado con el pigmento, les había herido con el pincel.
- ¿Lo entendéis? – les preguntó desde su lugar - Os doy la oportunidad de marcharos de aquí y permitirme acabar mi gran obra, de lo contrario… ¡Usaré vuestra sangre para terminarla!
- ¡Esa “gran obra” supone la destrucción de París! – respondió Elisabeth con rotundidad - ¡Seremos nosotros quienes utilicen tus cenizas! ¡Como combustible para quemarla!
La huesuda mano se cerró sobre el pincel.
- ¡Joven insolente! – Comenzó a pintar de nuevo con aquella increíble velocidad - ¡Tú serás la primera!
De nuevo se materializó algo, ésta vez una especie de araña verdosa con manos humanas en vez de patas, mandíbula babeante y movimientos rápidos, logró esquivar la acometida de la Kischine e intentó atacarla por la espalda, pero se topó con la lanza Alcarde de François, que la atravesó y lanzó, antes de hacerla arder en una pira turquesa.
Sin embargo Brauner no se detuvo ésta vez, estaba claro que la primera invocación no era más que una advertencia, lo siguiente en aparecer fue una aparición bulbosa, de apariencia sorprendentemente sólida y con un gigantesco ojo humano que parpadeaba sobre cada protuberancia, atacaron pero se vieron ante la dificultad de que sus armas eran incapaces de mellar su piel, de nuevo en el suelo vieron a la criatura abrir de par en para cada uno de sus óculos, que vomitaron potentes rayos de energía púrpura mientras giraba a toda velocidad.
Elise lo tuvo relativamente fácil, pero François, con el cuerpo dolorido, se vio obligado a usar la lanza Alcarde para detener las descargas e incluso recibió algunas que le provocaron dolorosas quemaduras.
Pensaron en atacar, pero no vieron hueco para ello hasta que la aparición se detuvo, embistieron – el Lecarde cojeaba – pero justo cuando estaban a punto de alcanzarla explotó, salpicándoles un ácido del que se protegieron gracias a la Cross Barrier de Elisabeth.
- ¡Hay que impedir que siga pintando! – masculló entre dientes la mujer - ¡Le sacaré ese pincel de las manos!
Dándolo todo en su carrera, embistió a Brauner, que seguía a lo suyo; François intentó seguirla sin éxito, y contempló impotente como, cuando su esposa estaba a pocos metros del vampiro, se materializaban dos cuadros en cuyas telas estaba representada una horrenda cabeza ciclópea.
- ¡¡¡Elisabeth, cuidado!!! – la advirtió - ¡NO MIRES SU OJO!
Se vio superado cuando contempló que, mientras hablaba, emergían de las pinturas decenas de réplicas de la monstruosa cabeza; su esposa le hizo caso y se encogió, resguardando sus ojos del contacto visual con las invocaciones, pero el joven, viendose ya atrapado por ellas, clavó su lanza en el suelo e invocó la tormenta celestial, mientras sentía un inconmensurable dolor en su brazo izquierdo, y después absolutamente nada.
Dejó caer la lanza Alcarde y se llevó la mano a donde se suponía que debía estar la extremidad que ahora no sentía, comenzó a palparla, incapaz de creer lo sucedido.
- ¡Dios mío Fran! – exclamó aterrorizada Elise desde su posición - ¡TU BRAZO!
No, no era una ilusión, el brazo izquierdo de François, desde el mismo nacimiento del hombro, se había convertido en piedra.
El afectado comenzó a boquear, mientras palpaba su extremidad sin atreverse a mirar, los ojos de Elisabeth se empañaron en lágrimas de rabia y acto seguido se volteó hacia el artista, que preparaba un nuevo cuadro.
- ¡¡¡TE CORTARÉ LA MANO SI ES NECESARIO, CERDO!!!
Ciega de ira, se abalanzó contra él y lanzó un golpe con su espada estelar que ni siquiera llegó a acertar, ya que impactó con lo que pareció ser un fugaz trazo rojo… ¿en el aire?
Intentó golpear varias veces más, pero se encontraba con el mismo fenómeno una y otra vez, hasta que finalmente Brauner la apuntó directamente con el pincel, proyectando hacia ella varias gotas que pintura cuyos impactos dolían como si se trataran de potentes puñetazos.
- Deja de molestarme, niña – la increpó en un evidente tono de desprecio.
- ¿¡Niña!? ¿¡Como te at…
Se levantaba para contraatacar cuando dos llamas turquesas, invocadas por su marido, impactaban contra la “barrera” levantada por el vampiro; miró hacia el punto de origen, y observó no sin sorpresa que el francés corría a unirse al combate, empuñando su arma con una sola mano.
- Los Lecarde sois testarudos ¿no es así? – preguntó Viktor mientras empapaba su pincel en la paleta de colores.
- ¡Tu no te quedas – contestó François mientras saltaba y se abalanzaba sobre él, dispuesto a clavarle el asta – atrás!
Tal y como se esperaba, la punta de la lanza Alcarde se clavó sobre un manchurrón rojo, pero en lugar de ser rechazado como le sucedió a Elise, quedó atrapado, y no comprendió el porqué hasta que Brauner trazó una gran cruz en el lienzo.
Inmediatamente se abrió en su torso una gran herida en forma de cruz, el Lecarde gritó de dolor y cayó al suelo, soltando su arma, Elisabeth se dispuso a atacar de nuevo pero ésta vez Brauner se disolvió en una masa sanguinolenta, resurgiendo como un retrato de sí mismo sobre un lienzo y echando a volar.
- ¡¡No huirás!! – le dijo la Kischine mientras lanzaba tres diamantes al cuadro.
- ¿Quién huye? – contestó el artista, cuya voz resonaba en todo el estudio - No hay ningún problema en que me ataques ¡Aunque dudo que puedas alcanzarme!
Elisabeth apretó los dientes, debatiéndose entre perseguir a Brauner o atender a su esposo, ya malherido.
Sin embargo, no tuvo tiempo de dudar demasiado, el lienzo con el retrato del vampiro dejaba en algunos lugares donde se detenía durante un par de segundos un pequeño portal oscuro del que surgían pequeños murciélagos carnudos que los embestían a gran velocidad, no dando tiempo a la joven a derribarlos todos con sus cristales y su espada e incluso viéndose herida intentando proteger a François, que ya apenas podía moverse.
- Y-ya basta… Elise… - articuló éste con debilidad.
- ¡Fran! ¿¡Pero qué dices!?
- Derrotar a ese hombre es… prioritario – por un momento, su rostro mostró un gesto de dolor extremo – tú… déjame aquí… estaré bien…
La chica sintió varios murciélagos que se aproximaban por su espalda y los eliminó con un solo balanceo de su espada Estelar, después de dio la vuelta, mirando al artista con odio.
- BRAUNER ¡¡¡MALDITO COBARDE!!!
Su aura se encendió como mil llamas blanquecinas, crepitando furiosamente, invocó en su mano un solo diamante, y lo lanzó a una esquina con todas sus fuerzas.
La brillante piedra rebotó, comenzando a trazar por toda la habitación un recorrido de espiral cuadriculada, rozando en algunos casos el retrato de Brauner que, sin embargo, no llegó a sufrir ningún daño. Esperó a que el cristal llegara al centro exacto de la sala, y en ese momento cerró sus puños con tal fuerza que incluso las venas se marcaron en sus puños.
- ¡¡¡BLAZING BANG!!!
El diamante estalló en un brillante resplandor que parecía guardar la intensidad y fuerza de la luz del sol, se pudo escuchar el grito ahogado de Brauner y el retrato caer al suelo hecho pedazos, ardiendo.
A su espalda, Elisabeth sintió como su esposo se alzaba, extremadamente débil, apoyado sobre la lanza Alcarde, se dio la vuelta y lo vio, ambos se miraron a los ojos y sonrieron.
Viktor Brauner no podía haber sobrevivido a semejante explosión.
¿O si?
La sonrisa de la joven se disolvió al ver que la de su esposo desaparecía también y, manteniendo el equilibrio a pesar de su brazo petrificado, se ponía en guardia como buenamente podía.
Alarmada, se dio la vuelta.
Brauner estaba allí.
A su lado flotaba un pequeño lienzo, en su mano izquierda sujetaba una paleta de colores, y en la derecha una gruesa brocha.
Ante la mirada atónita de la pareja, mojó la brocha en el color rojo, y con ella tachó el retrato que se hallaba sobre el lienzo, un retrato que no era ni más ni menos que el de François Lecarde.
Elisabeth no comprendió por qué, hasta que fue demasiado tarde.
Como si fuera a cámara lenta, la Kischine vio a François colocar su lanza en vertical, a modo de defensa, una luz roja lo tragó por un milisegundo y, de repente, estalló en un vómito de sangre y cientos de pequeñas heridas.
La lanza Alcarde cayó al suelo, con su mano sana el joven rozó el hombro de su amada, pronunciando su nombre, antes de caer al suelo en medio de un gran charco carmesí.
La muchacha quedó atónita, sin mover un músculo, contemplando a su marido inerte en el suelo. Tardó en reaccionar, arrodillandose en completo silencio y abrazando la cabeza de su amor, con los ojos vidriosos y vacíos.
Lo movió, intentó que reaccionara, todo fue inútil.
Entonces las lágrimas afloraron, se abrazó a él con todas sus fuerzas, empapándose con su sangre, y lloró, lloró de dolor.
Mientras, más allá, Viktor Brauner los contemplaba, sonriendo, y preparaba otro lienzo, en el que bosquejaba tranquilamente el rostro de Elisabeth.
Fue entonces cuando sucedió lo que ninguno de los dos esperaba.
Débilmente, el pecho de François se movió en vaivén.
El llanto de Elise se cortó de inmediato, tocó las muñecas y la carótida de su marido, se inclinó sobre su pectoral izquierdo para escuchar su corazón.
Latía, tenía pulso, y respiraba.
Los ojos del francés se cerraron, la muchacha lo dejó en el suelo con cuidado y lo llamó, pero no despertaba, había quedado inconsciente pero vivo.
- ¡No puede ser! – exclamó Brauner en la lejanía - ¡Simple y llanamente no puede ser!
Aunque feliz, ella tampoco se lo explicaba, confusa miró por alguna razón el arma de François, y se encontró con que el lado colocado al exterior, el que usó para protegerse, estaba empapado con pintura roja.
- La lanza… Alcarde – murmuró.
- ¿Qué has dicho?
Elisabeth empezó a reír.
- ¡Se protegió con la lanza! ¡La lanza Alcarde le salvó la vida!
- ¡Eso no puede ser!
- Oh, sí – interrumpió una voz femenina que resonó por toda la habitación – sí que puede ser.
Los dos presentes alzaron la cabeza, la Kischine reconoció la voz al instante, no así el vampiro.
- ¿¡Quien anda ahí!? – preguntó - ¿¡Quien se atreve!?
- ¿¡ACASO NO RECONOCES LA VOZ DE QUIEN UNA VEZ FUE TU HIJA, BRAUNER!?
- Mi… ¿hija?
Como si fuera de cristal, la sala entera empezó a resquebrajarse, surgiendo de las grietas una tenue luz, mientras una forma empezaba a materializarse en el centro de la sala, entre ambos contendientes.
- ¿P-pero que…?
Elisabeth sonreía, sabía perfectamente de quien se trataba.
La luminosidad tomó la silueta de una mujer vestida con prendas anchas, de cabello largo y levemente ondulado, sujetando en su mano derecha un estoque.
Finalmente se disipó, mostrando a la que la joven esposa de François había reconocido casi al instante.
- Han pasado casi 62 años… “padre”
Brauner frunció el ceño al tiempo que sonreía levemente.
- He de presentarte mis disculpas, ha sido un error no reconocerte, Stella.
Se hizo el silencio, Elise se mantenía al lado de François y miraba a Stella con interés.
- ¡Elisabeth! – la llamó la Lecarde.
- Dígame, doña Stella.
- De aquí en adelante tomo yo vuestro lugar en el combate, protege a François, cuando termine nos ocuparemos de él.
La joven asintió, en ningún momento cruzaron miradas, de hecho la anciana ni siquiera se dio la vuelta, sólo encaraba a Brauner. Parecía relajada, pero incluso Elise podía sentir su terrible presencia agitándose, furiosa.
- Así que… aún me reconoces como padre – comentó el pintor dando unos pasos hacia la Lecarde – y dime… ¿Qué tal tu vida? ¿Cómo está Loretta?
- No te equivoques, Brauner, estaba siendo sarcástica – lo apuntó con el estoque - ¡Sentí tu aura y vine hasta aquí! ¡Vengaré a Eric Lecarde! – Por primera vez, se giró, contemplando el cuerpo inerte de François y a Elisabeth, consciente pero cubierta de sangrantes heridas – y por supuesto, pagarás por lo que le has hecho a mi nieto…
La sonrisa del vampiro creció.
- Venganza… ¿Acaso los Lecarde no sabéis pensar en otra cosa? Sois la prueba viviente de lo podrido que está este mundo.
- Tiene gracia que digas eso cuando tú pretendías vengar la muerte de tus hijas destruyendo a toda la humanidad.
Silencio de nuevo, pero esta vez tenso, como el que impera en un campo de batalla antes de la contienda, podía sentirse el choque de sus espíritus.
Entonces se escuchó un leve ruido, el frufrú de unos ropajes, y la imagen de Stella desapareció de inmediato, volviendo a materializarse frente al pintor, lanzándole un tajo que éste detuvo y rechazó in extremis con su brocha, que Viktor empapó en pigmento con el que intentó manchar sin éxito a Stella, ella estocó certeramente, pero antes de llegar a ensartarlo Brauner desapareció en un charco de sangre, volviendo a mostrarse detrás de ella y dándole una pincelada en la espalda, que le provocó una herida no muy profunda, en respuesta Stella volteó y cruzó el torso del vampiro con su estoque, rajando sus elegantes ropajes.
Tras este pequeño intercambio los adversarios se separaron, sin dejar de mirarse.
- Llevo 62 años entrenando para esto – espetó la anciana al artista – no dejaré pasar la oportunidad.
- ¿62 años? ¿Acaso sabías que algún día volvería a éste mundo?
- Como ya se ha comprobado – el estoque de Stella brilló con una luz verdosa - ¡Todo puede pasar!
Desde la distancia, Stella comenzó a realizar tajos con los que enviaba ondas energéticas a su enemigo, este no necesitaba si no realizar trazos en el aire con los que las detenía usando la pintura como si fuera un escudo, tras unos segundos en los que no se producía ningún cambio la Lecarde realizó el movimiento con el que días atrás derrotó a Simon, enviando una enorme cantidad de energía a Brauner, éste la detuvo como pudo y por poco no esquivó otra estocada de la cazadora, que hundió su arma en el costado del pintor para, inmediatamente después, extraerla tajando hacia el exterior, abriendo una importante herida al vampiro, que gritó de dolor.
Desde su sitio, Elisabeth la miraba impresionada, nunca hubiera imaginado que aquella anciana, a la que siempre había respetado pero a la vez consideraba un vestigio de tiempos pasados que seguramente fueran mejores, desprendiera tanta fuerza y pudiera luchar con tanta violencia, de hecho el combate estaba siendo tan duro que las grietas en las paredes, suelo y techo eran cada vez mayores.
La virulencia del combate estaba a punto de acabar con aquel lugar, y Brauner pareció notarlo, ya que intentó quitarse de encima a Stella proyectándole gotas de sangre que ella evitó con habilidad, intentando herirlo de nuevo – esta vez sin éxito – y siendo definitivamente rechazada por un brochazo que le abrió una gran herida en la parte superior del tórax.
- Lo siento, Stella – se disculpó él - pero he de acabar mi gran obra – dijo señalando al cuadro de París - y necesito otro estudio, ya que has iniciado la destrucción de éste.
- Maldita sea ¿¡Vas a huir!? – Exclamó ella, volviendo al combate.
- Por desgracia no me dejas más remedio, tengo una misión que cumplir – la gran pintura se desvaneció, mientras que Viktor Brauner se encerraba de nuevo en su retrato – pero estoy seguro de que volveremos a vernos de un modo u otro… “hija”
Dicho esto, el retrato de Brauner también desapareció, sin que la anciana Lecarde pudiera perseguirlo.
Entonces el estudio comenzó a temblar, las paredes caían dejando visible un espacio vacío, Stella golpeó el suelo con rabia y después miró a Elise, que llevaba a hombros a François y esperaba alguna orden o indicación.
- ¡Esto va a desaparecer! – gritó la anciana mientras recogía la lanza Alcarde del suelo - ¡tenemos que salir de aquí YA!
Tocó el hombro de Elisabeth, y de repente ésta se vio empujada fuera del cuadro del mismo en que había entrado, encontrándose enseguida en el suelo de aquel oscuro callejón y alzando la vista a justo a tiempo para ver cómo el lienzo de aquel cuadro se quemaba y el marco se oscurecía.
- Q-que ha…
- Lo bueno de haber estado cautiva de ese hijo de perra – oyó decir a Stella mientras se levantaba – es que aprendí a hacer algunas cosas incluso mejor que él…
Aquellas palabras la hicieron espabilarse un poco, vio que la Lecarde estaba junto a François, aparentemente curando sus heridas, de repente miles de preguntas pasaron por su cabeza, la primera y más urgente fue la única que se atrevió a hacer.
- Doña Stella…
- ¿Si, Elise?
- Oiga ¿qué es eso de que ha sido hija de ese vampiro?
La anciana suspiró.
- Es una larga historia, hija – levantó la vista y la miró a los ojos – pero, si te sirve de algo, Loretta y yo somos hijas legítimas de Eric Lecarde, lo vimos morir a manos de Brauner hace 62 años… - bajó los ojos de nuevo hacia el cuerpo de François – por un momento temí que fuera a suceder lo mismo con mi nieto…
La Kischine se arrodilló frente a ella, contempló cómo hacía desaparecer la petrificación del brazo de François y curaba las heridas más superficiales, se detuvo cuando el joven empezó a respirar con más normalidad.
- Esto es lo máximo que puedo hacer – reconoció con pesar – deberíamos llevárselo a Loretta, ella lo curará en condiciones.
Se lo puso a hombros y echó a andar, seguida de Elisabeth, a la salida del callejón ésta se detuvo y miró hacia arriba, a la luna llena, se detuvo cuando vio una silueta oscura sobre ella, algo así como un espectro con una capa raída.
- Elisabeth… - la llamó Stella - ¡Elisabeth!
La joven reaccionó, sobresaltándose.
- ¿¡Qué miras!? ¡Tenemos que darnos prisa! ¡Sólo he podido prestarle los primeros auxilios!
- No, no… no era nada – respondió ella, confusa – perdóneme, habrá sido mi imaginación.
La anciana la miró, severa pero comprensiva, Elise también estaba malherida y agotada.
- Bueno, no importa – aceptó – vamos.
La joven asintió y la siguió hundiéndose en las oscuras callejuelas para emprender el camino de regreso a casa.
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