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Saint Seiya: Crónicas de una era antigua [Capitulo 2] Publicado @ 12:04 - 23/11/2008 Etiquetas:
Capítulo 2: El visitante del gran Norte ¿¡Desafío desde el país de los hielos!?
Santuario de Atenea, Grecia. El sol caía con fuerza sobre las áridas tierras custodiadas por los guardianes de la tierra, un recinto abierto rodeado de ruinas que nadie salvo los guerreros equipados con las armaduras sagradas y los habitantes de la cercana aldea Rodrio, lugar frecuentado por los caballeros y habitado por quienes se decía estaban bendecidos por la diosa de la guerra y la sabiduría, osaba cruzar.
En el corazón del santuario se erigía una formación única, doce templos colocados como escalones sobre una colina, formando un camino elíptico casi perfecto que finalizaba en una estatua erigida en nombre de la diosa, cada uno de esos templos estaba custodiado según se decía por los más poderosos hombres a las órdenes de Atenea, doce guerreros de armadura dorada, intachable conducta y valor sin igual, representantes cada uno de una de las doce constelaciones de la elíptica, bañadas desde tiempos inmemoriales por la luz del mismísimo sol.
Uno de esos hombres era Altaïr, caballero de Aries, guardián del templo del Carnero Blanco; se trataba de un hombre de estatura media que vestía una armadura de formas suaves y redondeadas y cargada de hermosos bajorrelieves, con las pequeñas hombreras ocultas bajo unos enormes cuernos dorados; este joven de unos 20 años lucía largo y desordenado cabello rubio con cierta tonalidad verdosa, con unos ojos alargados de iris rojizo que potenciaban una imponente mirada cargada de determinación, su frente estaba adornada por dos puntos de color púrpura, cada uno un poco más arriba de donde nacían las cejas, de las cuales carecía; estos rasgos hacían cada vez más crecientes los rumores de que procedía del legendario continente de Mü, donde se decía que habían sido creadas las 88 armaduras por los alquimistas de los cuales, de hecho, parecían descender los portadores de tres armaduras, siendo una de ellas precisamente la del carnero dorado.
Altaïr, como buen guardián del santuario, no se permitía el descanso, y rara vez se sentaba en el interior de su templo o siquiera se apoyaba en una las columnas, pero el calor aquel día era abrasador, y su armadura brillaba tanto bajo la severa luz del sol que llegaba a deslumbrar, razón por la cual vigilaba el exterior desde la agradable sombra de la entrada, todo continuaba sin novedad alguna, hasta que algo lo hizo reaccionar.
Un extraño cosmos, no perteneciente a ninguno de los caballeros apostados en el perímetro, se había adentrado en el santuario, no se hubiera alarmado de no ser porque se trataba de un cosmos poderoso que, pensó, fácilmente podría superar a cualquiera de los guardias, caballeros de bronce e incluso de plata.
Sin embargo algo era extraño: no sentía ningún choque de fuerzas, ni un solo caballero se batía con aquel desconocido guerrero de aura ardiente ¿Por qué?
No se lo pensó dos veces, se enfundó el casco – un casco completo decorado con dos alas a los lados y un adorno de triple ramificación perlado con una brillante turquesa – y salió al exterior, quedando en su puesto de guardia.
- ¿Quién anda ahí? – preguntó al aire, con vez serena pero autoritaria – Te advierto que no podré garantizar tu seguridad si te acercas a este templo.
Mientras pronunciaba estas palabras, una figura aparecía por el camino que partía desde el coliseo, era un joven alto y atlético, de piel morena y cabello pulcramente recortado, vestía camisa verde y pantalón blanco con unas rudimentarias botas de nieve.
- ¡No me hables como si fuera un cobarde, caballero de Atenea! – contestó el recién llegado - ¡Soy Eirikr de Merak, procedente de las tierras heladas de Asgard!
Altaïr no ocultó su sorpresa ¿¡Asgard!? Esa región se hallaba en el Norte y estaba fuera de los dominios de Atenea, los Caballeros sabían muy poco sobre ella, salvo que estaba custodiada por otro dios, con sus propios guerreros guardianes.
- ¿Asgard? – preguntó, recuperando la serenidad - ¿Qué puede llevar a un habitante de aquellas tierras a realizar un viaje tan largo?
El cosmos de Eirikr crepitó furiosamente por un momento antes de volver a su estado normal.
- Uno de nuestros guerreros divinos ha sido atacado – explicó – el agresor desarrollaba un frío tan devastador que superaba al que nosotros podemos generar. Sé que en el ejército de Atenea hay un Caballero capaz de desatar semejante cosmos y es – señaló directamente al caballero de Aries - ¡uno de vosotros, los doce caballeros de Oro!
Altaïr guardó silencio por unos instantes, aparentemente analizando la situación; se cruzó de brazos y esperó una segunda reacción del visitante, tras darse cuenta de que éste esperaba una respuesta se decidió a hablar.
- En efecto – confirmó, hablando con un tono lo más diplomático posible – tenemos entre nosotros a un caballero de oro capaz de liberar un frío devastador pero… ¿Por qué pensaste en nosotros, los guardianes de Atenea?
El joven Merak pareció no saber reaccionar ante esa pregunta, que no esperaba.
- Y dime – continuó Aries, viendo la falta de respuesta del muchacho - ¿Qué harás con ese caballero si te damos la oportunidad de encontrarte con él?
Ante esto sí reaccionó, haciendo arder su cosmos con furia.
- ¡Le devolveré la humillación que hizo pasar a mi compañero, Albus de Zeta!
El cosmos dorado de Altaïr de Aries emergió.
- Eso suponiendo que te permita pasar, claro…
- ¿¡Cómo!?
- Al ser un extraño supongo que no conoces el reglamento del santuario – respondió el caballero de oro – así que seré breve: todo visitante con intenciones hostiles ha de superar diversos niveles de guardia, desde la entrada en la aldea de Rodrío hasta los aposentos del Sumo Sacerdote pasando, por supuesto, por los doce templos – descruzó los brazos – si no has tenido que luchar supongo que ha sido porque no has revelado tus intenciones hasta ahora, pero has hecho mal – su energía cósmica ardió con más fuerza – porque ahora tendrás que derrotar uno por uno a los caballeros de oro hasta encontrar a quien buscas, empezando por mí ¡Altaïr de Aries!
Era un desafío en toda regla, algo que Eirikr comprendió enseguida, y ni corto ni perezoso se lanzó escaleras arriba a por el guardián del templo.
- ¡PUES EMPECEMOS YA! – gritó sin detenerse un segundo - ¡HOT RED VOLCANO!
El guerrero de Asgard dio un salto para colocarse frente a su adversario y proyectó desde su puño una intensa llamarada directa al rostro de Altaïr; este, sin moverse, se limitó a pronunciar dos palabras.
- Crystal Wall…
Justo en el momento en que la lengua de fuego estaba a punto de alcanzar al caballero de Aries, rebotó en el aire y se proyectó contra su invocador, que tuvo que hacer una complicada maniobra aérea para esquivarla con un escaso margen.
- ¿¡Qué demonios era eso!?
Un reflejo dorado relució entre ambos por un momento.
- Como primer caballero de oro mi deber es evitar que nadie pase siquiera de los escalones del templo del Carnero Blanco – articuló el caballero – mi Muro de Cristal es la primera defensa que todo enemigo debe superar… una barrera que reflejará cualquier técnica, por poderosa que sea.
Eirikr se incorporó, sintiendo en ese momento una quemadura que había sufrido en el brazo izquierdo, tal vez por reaccionar demasiado tarde.
- ¿Qué refleja cualquier técnica dices? – preguntó, desafiante - ¡Eso habrá que verlo!
El cosmos del joven se expandió enormemente, al tiempo que un viento frío se apoderaba del lugar; Altair lo contemplaba impasible.
- ¡FREEZING UNIVERSE!
Uniendo ambas manos, Eirick apuntó a su enemigo y proyectó desde ellas una violenta ventisca helada que el caballero de Aries esperó con tranquilidad.
- Es inútil… - advirtió.
Impotente, el muchacho comprobó que así era, el chorro de aire helado rebotó, obligándolo a invocar de nuevo su Hot Red Volcano para contrarrestarlo antes de volver a mirar furioso al caballero dorado.
- Te lo repetiré una vez más – articuló éste desde su posición – este muro es virtualmente indestructible, no importa la técnica que utilices, puedes golpear con toda la potencia y violencia que quieras; no lo lograrás.
Eirikr cerró los puños y apretó los dientes, temblaba de furia.
- De todas formas – continuó – te lo preguntaré una vez más ¿Por qué pensaste en el santuario a la hora de identificar al atacante?
Nuevamente, silencio.
- No sé gran cosa de Asgard – reconoció – pero sí hay algo que es sabido por todo caballero de Atenea y es el pacto de unión y no agresión que existe entre el santuario y la familia sacerdotal de Odín ¡lo que implica que una acción como la que tú estás realizando podría llevarnos a una guerra!
- ¿¡Bromeas!? – replicó el joven Merak – ¡habéis sido – señaló al caballero – vosotros los que nos habéis atacado primero! ¡Entregadme al agresor y quedaremos en paz!
Altaïr frunció el ceño, comenzaba a exasperarse.
- Preséntame pruebas de que el agresor proviene del santuario y, tras hablar con el sumo sacerdote, se te será entregado…
Eirikr embistió de nuevo, subiendo a la carrera los escalones.
- ¡Esto es más rápido!
- Por última vez, Eirikr de Merak ¡Te repito que hagas lo que hagas no podrás destruir este muro!
El muchacho dibujó una sonrisa en su boca.
- ¡No creas que he jugado todas mis cartas, Aries!
Como hizo en su primer ataque, saltó, pero esta vez se preparó a lanzar directamente su puño contra el Crystal Wall.
- ¡Te voy a mostrar la furia del caballo sagrado de Odin! ¡SLEIPNIR’S FURIOUS GALLOP!
Nuevamente Altaïr no se inmutó mientras la intensa tormenta de golpes caía sobre el muro, pero no reprimió su sorpresa cuando el muro comenzó a resquebrajarse allí donde caía el puño de Eirikr.
- ¿¡Esta es toda la resistencia que puedes ofrecer!? – exclamó éste - ¡Si es así mi victoria está asegurada!
- ¡Te advierto que romper este muro significará una guerra entre el Santuario y Asgard!
Pero Merak no atendía a razones, por lo que el caballero de Aries no tuvo mas remedio que concentrar su cosmos, alzando el brazo, alrededor del cual empezaron a brillar unos pequeños luceros.
- ¡Último aviso, Eirikr!
Sin resultado; finalmente el Muro de Cristal cayó y Altaïr impulsó hacia delante su brazo, proyectando hacia su adversario una suerte de lluvia de estrellas al mismo tiempo que él recibía los últimos golpes del Sleipnir’s Furious Gallop, saliendo su casco disparado y cayendo ambos contendientes al suelo, él sobre las baldosas del templo del Carnero Blanco y Eirikr escaleras abajo hasta el pie de éstas.
El caballero de Aries tardó en unos segundos en levantarse, descendiendo las escaleras para llegar hasta su enemigo caído.
- Insensato… - murmuró mientras, con calma, se acercaba a él.
- ¿Qué… era eso? – preguntó el chico, levantándose con dificultad.
- Stardust Revolution – se limitó a contestar – una lluvia de estrellas capaz de pulverizar a quien la reciba… nadie que la encaje puede levantarse de nuevo…
- Es… potente… - admitió el joven tras caer de culo cuando ya había logrado levantarse.
- No te engañes – lo corrigió Aries – lo que has recibido ha sido la técnica a solo una décima parte de su verdadero potencial, mi única intención era expulsarte del templo sin provocarte heridas fatales, hubiera sido injusto lanzarlo con todo mi poder contra un adversario desprotegido… en estos momentos no quedaría nada de ti.
Tendió la mano al guerrero de Asgard, que la aceptó receloso, y lo ayudó a levantarse.
- Debo reconocer – aceptó el caballero – que tus técnicas son impresionantes, te he subestimado.
- Y lo sigues haciendo, Aries – le espetó el joven - ¡HOT RED VOLCANO!
Altaïr no reaccionó a tiempo ante el ataque sorpresa, siendo engullido por la tremenda llamarada y catapultado hacia los escalones del templo, contra los que se estrelló.
- ¡Maldito! ¿¡Me atacas a traición!? – exclamó mientras se levantaba.
- ¡Nunca dije que esto hubiera acabado! – respondió Eirikr – ¡Me abriré paso por cada uno de los templos hasta dar con el caballero de oro de Acuario!
Viendo la obstinación del muchacho, Altaïr no tuvo más remedio que resignarse, incendiando su cosmos para pasar a la ofensiva.
- Está visto que no me dejas alternativa – gruñó - ¡No quería llegar a esto pero no me dejas más remedio! ¡No pasarás del templo del Carnero blanco!
Las pequeñas estrellas empezaron a arremolinarse alrededor del caballero de oro, mientras Merak alzaba los brazos, dejando tras ellos una estela llameante.
Ambos echaron los brazos hacia delante, apuntándose mutuamente, proyectando sus técnicas.
- ¡STARDUST REVOLUTION!
- ¡GREAT ARDENT PRESSURE!
Sin embargo algo sucedió, de repente un aura congelante se apoderó del templo, y una explosión de cosmos gélido disipó las pequeñas estrellas fugaces proyectadas por Aries y congeló la lengua de fuego invocada por Eirikr.
Altair reconoció enseguida aquel cosmos, dándose la vuelta para encarar a su poseedor.
- ¡Acuario! ¿¡Qué haces fuera de tu puesto!?
El joven Merak, pasada la sorpresa por la anulación de las dos técnicas, corrió a colocarse junto a Altair para ver al recién llegado.
- ¿¡Acuario!?
En efecto era el caballero de Acuario, vestía una armadura de formas armónicas y suaves, evocadoras del agua, los brazaletes asemejaban dos jarras y la diadema lucía dos grandes “orejas” y un zafiro.
Eirikr incendió su cosmos enseguida, crepitando con ardor guerrero, y corrió escaleras arriba a por su objetivo, no llegó siquiera a la mitad del tramo cuando fue rechazado por una gélida tormenta de nieve, pero antes de eso alcanzó a ver el rostro de su adversario, fino y con una sonrisa confiada en el rostro, de ojos azules almendrados y cabello largo color azul noche.
Un rostro que no había visto años ha.
- ¡No puede ser! – exclamó exageradamente sorprendido tras recuperarse del ataque - ¿¡Tú eres el caballero de Acuario, Simone!?
- Así es… – respondió este con voz fría – ha pasado mucho tiempo, Eirikr.
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Saint Seiya: Crónicas de una era antigua [Capitulo 1] Publicado @ 13:13 - 8/11/2008 Etiquetas:
He aquí una nueva obra recién comenzada, nuevamente se trata de un fanfic basado en Saint Seiya, por lo que estoy más atado que con Twilight Rhapsodia, pero inspirado en una época anterior a Lost Canvas y con personajes creados y desarrollados por mí.
Al contrario que La Muerte del Toro Dorado, Crónicas de una era antigua tiene un trabajo de meses detrás, he de agradecer a mi hermana unas cuantas ideas, por lo que en definitiva el trabajo no es solo mío ^^
Bueno, espero que lo disfruteis ;)
Prólogo
En el pasado, los dioses de las antiguas mitologías pasaban el tiempo luchando unos contra otros, estas batallas eran terriblemente violentas hasta el punto de llegar a hacer peligrar la integridad de la tierra en numerosas ocasiones, es por esto que se retiraron a sus lugares de reposo y comenzaron a preparar sus ejércitos.
Los más belicosos y competidores por el control de la tierra, Hades, Poseidón y Atenea, pusieron especial esmero en asegurar la defensa de sus batallones antes de afrontar nuevas guerras santas. Hades creó para sus tropas del inframundo las Surplices, oscuros y poderosos mantos que representaban las criaturas que poblaban las pesadillas de los humanos mientras que Poseidón otorgó a su ejercito las escamas, poderosas y resistentes armaduras entre las cuales las más poderosas correspondían a los siete generales, guerreros representantes de las mas feroces bestias mitológicas marinas.
Atenea, tras sufrir otra derrota en una batalla en la que sus guerreros nada pudieron hacer, diseñó 88 armaduras, conocidas como Cloth, inspiradas en las 88 constelaciones cuya fabricación dejó a cargo de los alquimistas del legendario continente de Mü.
Con esto, las sucesivas guerras santas quedaban prácticamente igualadas, hasta que llegó el momento en que los dioses dejaron de batallar, y Cloths, Surplices y Escamas quedaron sepultadas por el tiempo y el olvido.
Pero en el siglo X los ecos de batalla suenan de nuevo, guerreros con poderes sobrenaturales se alzan vistiendo de nuevo los atavíos sagrados y preparándose para una inminente batalla.
La tierra se abrirá, los cielos se desgarrarán.
Asistid con gusto al relato de estas antiguas crónicas que nadie jamás narró.
Bienvenidos a Saint Seiya: Crónicas de la era antigua
Capitulo 1: ¡La provocación del hombre de los hielos!
- Oscuridad… como cada mañana…
Un joven descendía las escaleras que emergían de un imponente palacio, estaban congeladas por el frío mientras que los alrededores se mostraban sepultados por la blanca nieve que cubría perennemente la región. El muchacho, de unos casi 20 años, tenía un cabello de color verdoso peinado hacia tras y con un mechón en la nuca recogido en una elegante coleta, iba ataviado con una brillante armadura color verde oscuro, de diseño sencillo, con algunos relieves de tono esmeraldado, en su cintura lucía un reluciente zafiro engarzado; de su espalda emergía una señorial capa de color escarlata y sujetaba en su mano un casco que simulaba la feroz cabeza de un tigre.
Tras el abatimiento inicial se forzó a sonreír, había crecido en aquellos parajes, en aquel palacio, y se había entrenado por todo el país, convirtiéndose en un guerrero lo suficientemente poderoso como para ser investido por los ropajes que ahora portaba, la armadura divina de Zeta.
Uno de los dos hijos de la poderosa familia Mizard, Albus.
Era uno de los pocos hombres que había obtenido su ropaje divino, uno de los siete que aparecían si, tal y como decía la leyenda, el peligro se cernía sobre la región de Asgard.
- ¿Ya de tan buena mañana haciendo la ronda, Albus?
Aquella voz lo sacó de su ensimismamiento, vio aparecer frente él, subiendo los gélidos escalones, a otro guerrero.
Era más alto que él, su cabello ondulado color paja caía sobre sus hombros, coronando un rostro fino y alargado, cuya expresión serena se acentuaba por sus profundos ojos azules, vestía una armadura del color de la noche, de formas agresivas, con uno de los antebrazos decorado por picas que aparentaban ser escamas levantadas y una de las plateadas hombreras decorada con la imponente cabeza de un dragón; al igual que Zeta, este hombre portaba en la mano su casco, representando una cabeza de dragón idéntica a la de su hombro.
- ¡Sigfried! – el joven Mizard sonrió – No pareces el más apropiado para decirme eso cuando tú estás regresando de ella.
El recién llegado se llamaba en efecto Sigfried de Dhube, descendiente del legendario guerrero que derrotó al dragón bicéfalo fafnir, los varones de esta familia habían vestido siempre la armadura divina de Alpha.
- Somos pocos – respondió Alpha – y la región es muy vasta, mantenerla vigilada nos costará algún que otro sacrificio hasta que estemos los siete.
Albus torció el gesto.
- ¿Pero por qué ahora? El reino está tranquilo, las noticias que nos llegan de las regiones vecinas indican que no hay ningún peligro ¡Incluso Poseidón se mantiene dormido en su templo!
- No lo sé – reconoció Sigfried tras unos instantes de silencio – pero tampoco han sido entregados los siete ropajes de golpe, debe significar algo…
Mizard asintió.
- Como sea – continuó el guerrero de Alpha – hemos de seguir como hasta ahora.
- Comprendo.
Se despidieron de un modo casi marcial y cada uno continuó su camino, Albus no había osado replicar a Sigfried, de hecho nadie osaba llevar la contraria ni mucho menos desafiar al inmortal guerrero divino de Alpha, pero la lealtad de este a la familia del sacerdocio de Odín y al propio dios hacía que el respeto que todos sentían por el fuera grande.
Al pie del castillo se hallaba un bosque nevado dividido por un accidentado camino que llevaba a una de las pocas aldeas del lugar, nadie se atrevía a atravesarlo por los lobos salvajes que en él reinaban, sólo los guerreros divinos y la familia sacerdotal podían doblegarlos con su cosmos. Aquel bosque gustaba mucho a Albus, y siempre dibujaba inconscientemente una leve sonrisa cuando paseaba por él, saliendo aliviado al comprobar que, como cada día, todo estaba en órden.
El pueblo fue el siguiente lugar a visitar, una discreta aldea compuesta por una desordenada aglomeración de cabañas; era demasiado temprano, de modo que aún no había comenzado nadie sus faenas, hacía demasiado frío para salir a la intemperie.
Nuevamente todo tranquilo, se preguntaba si aquella sería otra anodina ronda cuando algo alteró la paz del lugar.
Repentinamente la gélida brisa se agitó, convirtiéndose en un potente vendaval acompañado de ingentes cantidades de nieve cristalizada.
“¿Una tormenta de nieve? ¿Ahora?” pensó mientras se colocaba el casco con dificultad y se cubría el rostro “¡El tiempo estaba bien hasta hace un instante!”
Se colocó en una posición contraria al viento, pero algo le hizo echarse a un lado con rapidez, esquivando por muy poco algo que sintió pasar a su lado.
- ¿¡Quien anda ahí!? – exclamó mientras miraba en todas direcciones, alarmado - ¿¡Quién se atreve!?
Nadie contestó, entre la tempestad sólo se podía ver a una extraña sombra moviéndose con rapidez mientras la temperatura descendía anormalmente rápido.
No pasó mucho hasta que la perdió de vista y, poco después, sintió un golpe en la espalda que lo hizo caer.
No había sido un golpe corriente, de eso estaba seguro, ya que aparte de tumbarlo había sentido un frío helador que lo desconcertó pero, al mismo tiempo, lo envalentonó.
- ¿Cosmos gélido? ¡Estúpido! – increpó al aire mientras se alzaba de nuevo - ¡Soy un Guerrero Divino! ¡Me he criado en las heladas estepas de Asgard! ¡Un impacto así no significa nada para mí!
Al incorporarse, vio a la sombra frente a el, mientras que un cosmos inmenso se concentraba en ese punto.
- ¡Vamos, descarga ese aire frío contra mí! – lo desafió mientras se abalanzaba contra el guerrero desconocido - ¡VIKING TIGER CLAW!
Albus y su adversario embistieron el uno contra el otro, atacando el guerrero de Zeta con sus enormes uñas plateadas invocadas a través de su cosmos, capaces de desgarrar y congelar; al cruzarse los dos adversarios no sintió nada, de modo que sonrió confiado y se dispuso a darse la vuelta para continuar la batalla, llevándose una desagradable sorpresa al intentar moverse.
- ¿Pero qué…? ¡No puede ser!
Su cuerpo, o al menos sus piernas y el lado derecho de su torso estaban encerrados en hielo, trató de desembarazarse de él pero le resultó imposible, mientras sentía el cosmos de su enemigo concentrarse cada vez más a su espalda.
Hizo un segundo intento desesperado por liberarse, pero fue inútil, se dio por muerto cuando de repente una gigantesca columna de fuego apareció tras él, absorbiendo la fuerza del viento y deteniendo la tormenta; Albus reconoció enseguida ese poder, sólo conocía a un guerrero en toda Asgard capaz de ejecutar semejante técnica calorífica.
- ¡Eirikr! – exclamó casi con alivio.
Inmediatamente el cosmos a su espalda se disipó, y escuchó una voz y pasos apresurados.
- ¡Vuelve aquí, cobarde!
En efecto, en aquella voz juvenil reconoció a Eirikr de Merak, un joven que entrenaba para convertirse en uno de los más poderosos Guerreros Divinos, pero que sin embargo aún no había obtenido su armadura.
- ¡Albus! ¿Estás bien?
Los pasos se dirigían esta vez hacia él y no se detuvieron hasta que pudo verlo por fin, algo que le hizo sonreír aliviado.
Eirikr de Merak era un muchacho bastante más joven que Albus o Sigfried, de hecho apenas contaba con diecisiete años, pero tenía una buena estatura y era atlético, vestía una sencilla y desgastada camisa de campesino color verde esmeralda y unos pantalones blancos con unas rudimentarias botas de nieve que eran el único elemento de su indumentaria diseñado para proteger del frío, de hecho el muchacho iba en manga corta, algo anormal en aquella nórdica región; tampoco era común su piel, tan morena que parecía tostada al sol, completamente contrastada con sus ojos color azul celeste y su cabello rubio lacio, cortado recto por detrás y con dos grandes mechones que bajaban desde las patillas hasta quedar reposando sobre sus hombros.
- ¿¡Qué demonios ha sucedido!? – preguntó alarmado mientras, con su cálido cosmos, derretía el hielo que aprisionaba al Mizard.
- Ojalá lo supiera – respondió Albus, medio avergonzado – lo único que he alcanzado a comprender es que han intentado atacarnos.
- ¡Qué hielo mas duro! – protestó Eirikr mientras aumentaba la intensidad de su cosmos para derretirlo – Nunca he visto algo así en Asgard.
- ¿Sentiste su energía congelante? Jamás creí que alguien lograra una mas fría de la que somos capaces de desarrollar aquí.
- Si… - Merak se detuvo unos instantes, pensativo – y sin embargo sí que hay alguien capaz de alcanzar este nivel…
- ¿En qué demonios estás pensando, Eirikr?
- He de hablar con el sacerdote, Albus – comentó con voz decidida – tengo un viaje que realizar…
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[Indice] La Muerte del Toro Dorado Publicado @ 13:17 - 2/12/2007 Etiquetas:
Episodio 1Episodio 2Episodio 3Episodio 4 y finalBueno, pues con éste ya he indexado los dos fanfics publicados en mi blog y con ello aliviado bastante la bandeja de destacados. Yo me lo he currado, ahora os toca a vosotros, please --> ;) <--
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[Saint Seiya Minifanfic] La Muerte del Toro Dorado Ep 4 <<FINAL>> Publicado @ 12:44 - 28/10/2007 Etiquetas:
- No nos dejas alternativa, definitivamente - concluyó Camus.
- ¡Vamos! ¡Los tres a por él! - Animó Shura alzando su mano a la altura del pecho.
- No - les interrumpió Saga enseguida - seremos siervos de Hades, pero seguimos teniendo nuestro honor de caballeros, mi duelo con Aldebarán no ha terminado, manteneos al margen y cruzad el templo apenas tengáis la oportunidad.
El caballero de Tauro se adelantó unos pasos, y con su cosmos formó una sólida barrera a sus espaldas, bloqueando la puerta.
- Entonces - se dirigió a la mole dorada - ¿Estás listo para embarcarte en tu viaje hacia el Hades, Aldebarán?
- Tal vez seas tú el que obtenga ese viaje, Saga - respondió el caballero de oro - sólo que ésta vez no volverás.
La intensidad del cosmos de los dos contendientes estaba al máximo, para sorpresa de los tres espectros, Tauro descruzó los brazos.
Pensaba luchar en serio, hasta el final.
Géminis reaccionó enseguida, apuntó con su mano a su adversario y proyectó un chorro de energía cosmica que Aldebarán contuvo y desvió con su mano antes de contraatacar de la misma forma.
Saga esquivó el contraataque de su adversario y se acercó a él lo suficiente como para iniciar una escaramuza cuerpo a cuerpo, esquivó dos puñetazos del caballero de Tauro y le propinó un gancho, a lo que éste respondió con un potente cabezazo que desequilibró al espectro, convirtiéndolo en un blanco fácil para las múltiples palmetadas con las que Aldebarán lo golpeó.
El espectro no tardó mucho en recuperarse, saltó y pateó la cabeza de su enorme adversario con una patada en vuelta para, al caer, atizarle un puñetazo en el abdomen ante el que apenas se inmutó, recibiendo como respuesta un potente Great Horn de lleno.
Saga se estabilizó tras volar unos metros y cayó de pie, mirando a su adversario.
- Era verdad lo que dicen de él - murmuró para sí mismo - es un muro infranqueable.
- ¿Te has dado cuenta ya? - preguntó Aldebarán desde su posición - jamás podréis traspasar la puerta que está a mis espaldas mientras siga con vida, y puedo asegurarte - alzó los brazos en la pose de las astas del toro - ¡Que no tengo la mínima intención de morir!
Avivó la llama de su cosmos una vez más, tras el se podía distinguir el aura de su constelación, un búfalo dorado que amenazaba con aplastar a los tres espectros.
Sin embargo, Saga no se intimidó, y elevó su cosmos hasta el punto máximo, intentando ahogar el de Aldebarán.
- Antes has dicho que nos permitirías el paso aunque te desintegrásemos en millones de partículas ¿no es así? - preguntó el espectro de Géminis - bien... ¡pues me aseguraré de calcinar hasta el último átomo de tu cuerpo!
Saga unió sus manos en un brusco gesto y las separó, entre ellas flotaba un pequeña bola luminosa.
- ¡Aldebarán! - llamó al caballero de oro - ¡Esta es la última oportunidad que te doy para abrirnos el camino hacia templo de Géminis, de lo contrario... te convertirás en polvo cósmico entre las llamas de una explosión galáctica!
El caballero de Tauro apretó los dientes, conocía bien la mortal técnica de Saga, había sentido su fragor al final de la batalla del santuario, cuando la usaba contra los caballeros de Bronce.
Sabía que sus posibilidades eran mínimas, de modo que se relajó, aún sin detener el ardor de su energía cosmica, lo que desconcertó a los espectros.
Lentamente se llevó la mano al cuello, al interior de la coraza, y de ella sacó la flor que le regaló aquella muchacha.
Shura y Camus se pusieron en guardia durante un segundo, pero en seguida se unieron a la sorpresa de su compañero Saga.
- U... ¿una flor? - preguntó Camus, estupefacto.
Aldebarán estaba ahí, de pie, sonriendo con dulzura y contemplandola, disfrutando de cada segundo, ignorando la presencia de sus adversarios.
Regalándose a sí mismo un último momento de serenidad, una última ensoñación.
- Así que - pensó Saga - es eso lo que te da fuerzas, Aldebarán... esa es tu razón para vivir...
Pero de repente volvió a la realidad, alzó la mano y guardó la violeta en el guantelete de su armadura, debajo del nudillo de su dedo corazón, y miró de nuevo a su adversario.
- ¿Te has despedido ya? - preguntó Saga.
Aldebarán sonrió.
- Tal vez - respondió - no sabré si era o no una despedida hasta que uno de los dos abandone este mundo.
El espectro de Géminis concentró su cosmos entre sus manos, la luminiscencia crecía, y en su interior parecía encontrarse un diminuto universo.
Tauro, por su parte, volvió a adoptar la posición del asta del toro.
- Está loco - comentó Shura - ¿no pretenderá contrarrestar la técnica de Saga con su Great horn?
- Todos sabemos que el Galaxian Explosion es una de las técnicas más poderosas de la orden - corroboró Camus - lo que Aldebarán intenta es una locura.
- ¡Necios! - replicó éste - ¿Y quien os ha dicho que piense usar mi Great Horn? ¡Tengo más de un as en la manga!
- ¿¡Cómo!? - exclamaron los dos a la vez.
- Pues si vas a usarlo será mejor que te des prisa - advirtió Saga, que ya se preparaba para liberar la energía que ahora contenía en su mano derecha - ¡¡¡GALAXIAN EXPLOSION!!!
Aldebarán flexionó los brazos y, en una millonésima de segundo, concentró el ellos todo su cosmos.
- ¡¡¡OUGON STAMPEDE!!!
Las dos técnicas chocaron con gran violencia, la estructura del templo del toro dorado tembló, las columnas se resquebrajaron, las baldosas del suelo se levantaban para acto seguido, hacerse añicos al entrar en contacto con cualquiera de las dos técnicas.
El Santuario temblaba.
Aioria salió a la puerta del templo del León y contempló horrorizado el choque de fuerzas que se producía en la casa de Tauro, aquellos dos cosmos que chocaban violentamente parecían a punto de destruir, como mínimo, los templos colindantes.
- ¡Aioria!
La voz de Milo resonaba llamándolo desde el templo del Escorpión, él tampoco podía creer lo que estaba sucediendo.
- ¡El templo del Toro Dorado parece a punto a derrumbarse! - comentó al caballero de Escorpio desde la lejanía - ¡Hay que hacer algo, tenemos que bajar a ayudar a Aldebarán!
Milo de Escorpio asintió con la cabeza y se encaminó al descenso de los templos con un "¡Voy!"
- Esperad...
Los dos se detuvieron, la voz de Shaka de Virgo retumbaba en sus cabezas.
- ¡Shaka! - exclamó Aioria
- ¿Qué quieres, caballero de Virgo? - preguntó Milo cordialmente.
- Recordad las órdenes - indicó a sus dos compañeros - el viejo maestro nos ha indicado que no nos movamos de nuestras posiciones, y así debe ser.
- ¿¡Te has vuelto loco!? - exclamó iracundo Aioria - ¡Tú también estás sintiendo lo que sucede en el templo de Tauro! ¡Tenemos que bajar y ayudar a Aldebarán!
- Tiene razón - lo apoyó Milo - Shaka, sabes que no podemos quedarnos con los brazos cruzados.
El caballero de Virgo guardó silencio, parecía dudar.
- Siento más energías cósmicas extrañas en el santuario aparte de las de los tres hombres que se baten con Aldebarán, ya han sobrepasado su templo, debemos guardar nuestra posición - ordenó tajante.
Milo cerró los ojos y, resignado, volvió a la entrada del templo del Escorpión.
Mientras, por su parte, Aioria contemplaba impotente como, en el choque de energías, uno de los contendientes empezaba a ceder.
En el templo del Toro Dorado la lucha entre Saga y Aldebarán empezaba a decidirse, el ex-caballero de Géminis poseía una energía cósmica manifiéstamente mayor que la de Tauro, y su Galaxian Explosion comenzaba a ganar terreno al Ougon Stampede de Aldebarán.
Saga empezaba arrepentirse, quería parar, pero ya era demasiado tarde.
El desequilibrio de fuerzas era excesivo, la terrible explosión casi había alcanzado ya al caballero de oro, pero aún así, éste no se rendía, y continuaba vaciándose de energía intentando contrarrestarla.
Un pensamiento vino a su mente mientras, finalmente, el Galaxian Explosion de Saga lo envolvía.
- Al menos... me hubiera gustado conocer su nombre - dijo tímidamente con una sonrisa.
Entonces el fulgor inundó el templo de Tauro, la explosión sacudió definitivamente el santuario, los doce templos temblaron.
Atenea se levantó alarmada de su camastro a los pies de la estatua erigida en su honor desde tiempos inmemoriales.
Cuando la luz se disipó, todo lo que quedaba del interior del templo del Toro Dorado eran ruinas, y una espesa nube de polvo lo cubría todo.
- No queda... ni rastro de él - observó Shura.
- Ha recibido el impacto de su técnica y la de Saga, ni siquiera una armadura de oro podría resistir eso - dedujo Camus.
Saga no dijo nada, sencillamente se adelantó, encaminándose hacia la salida del templo.
Entonces los espectros de Capricornio y Acuario vieron algo que les heló la sangre.
- ¡SAGA, ATRÁS! - gritaron a la vez.
Según el polvo se asentaba y caía sobre el desnudo suelo, revelaba a Aldebarán, imponente, con los brazos alzados, aún en posición de ataque.
- Sigue... sigue vivo... - murmuró Shura casi sin voz.
- Maldita sea ¡Acabemos con ésto de una vez! - exclamó Camus mientras alzaba sus brazos en la pose del Aurora Execution.
- ¡Espera! - le ordenó Saga con voz quebrada - No merece la pena...
- ¿Cómo? - respondió Acuario bajando los brazos.
- Aldebarán de Tauro... ha muerto - sentenció el espectro de Géminis con lágrimas en los ojos.
Para corroborarlo, Shura y Camus se acercaron a la posición de su compañero.
En efecto, ningún signo vital se desprendía de aquel enorme cuerpo, los latidos de su corazón se habían detenido, su respiración, silenciada, su cosmos, apagado.
Y aún así seguía en pie, haciendo honor a su palabra, defendiendo su templo aún después de muerto.
Las lágrimas afloraron también en los ojos de Shura de Capricornio y Camus de Acuario, conmovidos por la voluntad de acero del finado caballero.
- Ha cumplido su promesa - comentó Camus.
- Ha llegado más allá del final... protegiendo su templo aún después de la muerte - Shura tenía los puños apretados y hablaba entre dientes, intentando contener el llanto, su pesar era muy grande - es realmente digno de admiración.
Los dos espectros se quitaron la diadema y la colocaron sobre sus corazones a modo de homenaje, mientras contemplaban solemnes el cuerpo aún erguido de Aldebarán.
Mientras, en el templo de Aries, el viejo Dohko ocultaba sus lágrimas bajo la sobra de su sombrero de paja y Mu miraba horrorizado al destrozado templo, intentando detectar en vano algún rastro del cosmos de su amigo.
- Aldebarán... lo siento - murmuró Shion conteniendo las lágrimas.
Más arriba, Aioria descargaba su rabia contra las columnas del templo del león, llorando abiertamente.
Milo se disponía a ascender las casas restantes, a comunicar la trágica noticia a Atenea.
Shaka abandonaba su meditación y lloraba en silencio, preguntándose si no habría sido mejor desobedecer por una vez las órdenes del viejo maestro.
Y a los pies del santuario, en la aldea de Rodrío, una muchacha lloraba desconsolada, contemplando impotente como se apagaba la más brillante estrella de la constelación de Tauro, Aldebarán.
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[Saint Seiya Minifanfic] La Muerte del Toro Dorado Ep 3 Publicado @ 14:47 - 25/10/2007 Etiquetas:
- Así que emplearse a fondo ¿eh?
- ¿No piensas dejarnos otra alternativa, Aldebarán?
Camus y Shura se colocaron el uno al lado del otro, sus cosmos ardían con violencia, el frío glacial que emanaba el aura del espectro de Acuario empezó a inundar el templo.
Tauro, por su parte, sonrió al contemplar la reacción de sus ex-camaradas, e hizo arder su energía cósmica a su vez.
- Si al fin lo habeis compredido - les espetó - ¡Venid!
Ambos espectros cargaron con fiereza a Aldebarán, que mantenía firme su posición, cuando se encontraban a media distancia Shura lanzó un ataque con su Excalibur, que Tauro esquivó con un ligero movimiento de cabeza, viéndose sorprendido por el Diamond Dust de Camus, que le alcanzó de lleno, siendo lanzado hacia atrás por el impacto, pero sin separar los pies del suelo en ningún momento ni abandonar la pose del iai.
- ¿Es todo? - preguntó con sorna - ¡¡¡GREAT HORN!!!
Camus logró esquivar el ataque, pero Shura quedó aparentemente atrapado en él, lo que hizo que Aldebarán, confiado, bajara la guardia, momento que el español aprovechó para contraatacar.
El caballero de Tauro no pudo evitar sorprenderse cuando su adversario, aprovechando el propio impulso del Great Horn, se colocó a su espalda, encajando sus pies en la axilas del gigante.
- Ya va siendo hora de que recibas el impacto de tu Great Horn - dijo Shura mientras alzaba al caballero de oro con sus piernas - ¡JUMPING STONE!
Aldebarán voló victima del impulso de su propia técnica hasta el techo, contra el que se estrelló para volver a caer en el suelo, dolorido, sobre el surco que momentos antes habían dejado sus pies, simbolizando su tremenda resistencia.
- Esta vez no volverás a esconder la cabeza como una tortuga - Shura alzó el brazo, su mano empezó a brillar mientras la energía cosmica concentrada en ella tomaba la forma de una espada - ¡Muere y déjanos pasar!
Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de finalizar su ataque, al mismo tiempo que bajaba su brazo Aldebarán se levantaba y lo agarraba por la cabeza con su poderosa mano.
- ¡Shura! - gritó Camus mientras se lanzaba a liberar a su compañero.
Aldebarán a su vez embistió al espectro de Acuario, extendiendo al mismo tiempo su mano, con la cabeza de Shura agarrada, a las columnas, y estrellándolo una a una contra ellas, cuando estuvo a la altura de Camus recibió de lleno el Diamond Dust que éste le propinó a bocajarro y, apresándolo de la misma manera que al espectro de Capricornio, aplastó a ambos guerreros contra el suelo.
- Maldita sea... - Camus se levantó apenas la presa del caballero de Tauro cedió - ¡¡¡KOLODNIY SMERCH!!!
El gélido tornado lanzó de nuevo a Aldebarán por los aires, que cayó sobre sus pies sin algo más que un poco de escarcha cubriendo su armadura.
Pero, innegablemente, estaba sorprendido, no por la potencia de la técnica del espectro, si no porque Camus, habitualmente frío y taimado, parecía furioso al ver que la victoria se le escapaba de las manos.
¿Por qué estaba tan desesperado por acabar con la vida de Atenea? ¿Qué pasaba por la cabeza de sus antiguos compañeros?
Demasiadas preguntas y muy poco tiempo, la vida de Atenea peligraba y debía detener a cualquier enemigo que intentara traspasar su templo.
Movió su cuerpo para dar un paso al frente, dispuesto a mandarlos de nuevo a las puertas del infierno, cuando se dio cuenta de sus piernas estaban ancladas al suelo.
- No... ¡No puede ser! - exclamó contrariado mientras Camus alzaba sus brazos, unidos en forma de jarra.
- Como dije antes, Aldebarán - habló - pienso encargarme de que vigiles este templo para toda la eternidad - bajó los brazos, de los que salió un inmenso chorro de frío glacial - AURORA EXECUTION
La mortal descarga de poder alcanzó al caballero de Tauro que, sin poder esquivarla, se cubrió inutilmente con los brazos, la explosión resultante del impacto congeló todo el templo y, cuando el vapor se disipó, reveló a la mole dorada tumbada en el suelo, cubierto de nieve y escarcha, boca abajo.
Saga murmuró el nombre del caballero de Tauro, mientras miraba su cuerpo inerte con un deje de tristeza.
Camus cerró los ojos entonces y alzó el brazo izquierdo, del que salieron cuatro haces de luz, parecidos a una aurora boreal, que rodearon Aldebarán mientras, en torno a él, crecía un bloque de hielo en el que, poco a poco, iba quedando encerrado.
- FREEZIN' COFFIN
El ataud se levantó, quedando de pie sobre el lugar del que el guardián dorado no había consentido moverse, Camus pensó que sería un digno homenaje a su lealtad a su misión.
- Ya podemos continuar - indicó a Saga y a Shura, que empezaron a caminar, quedando el espectro de Géminis a la cabeza de los tres.
Ya casi habían cruzado el templo cuando Shura aguzó el oído, habiéndole parecido oir un ruido indefinido, lo ignoró pensando que sería su imaginación, cuando el inconfundible estruendo del hielo resquebrajándose violentamente hizo darse la vuelta al trío.
- El ataud... se rompe - murmuró Saga sorprendido.
- ¡No puede ser! - exclamó Shura, con los ojos abiertos como platos.
Camus no dijo nada, sencillamente no tenía palabras.
Donde hace apenas unos segundos se erguía el ataud de hielo en el que Aldebarán había sido confinado, supuestamente muerto, ahora había una gran nube de polvo helado que, según se asentaba, revelaba el cuerpo de Aldebarán, de pie y de nuevo con los brazos cruzados, dispuesto a seguir combatiendo.
- ¿¡Es que no piensas rendirte nunca!? - preguntó Shura mientras se adelantaba, preparando su brazo para combatir.
- ¡Espera, Shura! - le espetó Saga - Yo combatiré.
- Vaya - Aldebarán sonrió - ya era hora.
- Supongo que mantienes tu palabra de no dejarnos pasar mientras sigas en éste mundo - dijo el espectro de Géminis mientras avanzaba hacia su ex-compañero - está bien, puesto que al parecer no hay forma de acabar contigo, te quitaré de enmedio definitivamente enviándote a un lugar muy lejano...
El caballero de Tauro afianzó su posición, tensando todos los músculos de su cuerpo.
- ¡ANOTHER DIMENSION! - gritó Saga alzando los brazos en cruz.
Aldebarán se sintió de repente absorbido por un enorme agujero dimensional que se abría a sus espaldas, inmediatamente se arrodillo y ancló sus poderosos brazos al suelo con el afán de mantenerse en tierra.
- Olvídalo - le sugirió Saga enseguida - cuanto más tiempo resistas más fuerte será la atracción, y tarde o temprano ese trozo de tierra al que te aferras terminará por ceder... si es que antes no se agotan tus fuerzas, claro.
El caballero de oro no contestó, concentrado como estaba en sujetarse, notaba al mismo tiempo como el poder de succión del portal dimensional aumentaba de forma alarmante.
Sopesó la situación, tal vez estuviera condenado a vagar eternamente por algún universo paralelo, sin rumbo alguno.
No importaba, Aioria los detendría, él había cumplido su misión de caballero, había defendido su posición hasta el final.
Pensó en Atenea, que descansaba en su templo, y se despidió mentalmente de ella, inmediatamente después, el rostro sonriente y lozano de aquella jovencita inundó su mente.
Y sintió la flor que le obsequió sobre su pecho, donde la había guardado antes de comenzar la batalla.
Entonces decidió jugársela, tenía una sola oportunidad para anular el Another Dimension del espectro de Géminis.
Con determinación, se soltó y, extendiendo los brazos al frente, preparó su ataque, todo debía ser a la velocidad de la luz.
- ¡¡¡GREAT HORN!!!
La repentina maniobra sorprendió a Saga, que no pudo hacer otra cosa si no recibir de lleno el impacto, cayendo al suelo.
Tal y cómo Aldebarán había previsto, el agujero se cerró en el momento en que Saga perdió la concentración.
Pero el caballero de Tauro ya no se encontraba en el templo.
Saga se levantó del suelo con la mano sobre el plexo solar, donde había recibido la técnica de Aldebarán, en ese punto su Surplice se había resquebrajado.
Definitivamente el camino estaba abierto, se dio la vuelta con calma, hacia la salida, sin olvidar que aún le obstaculizaban el paso otros tres caballeros de oro.
Antiguos compañeros de batalla... le repugnaba enfrentarse a ellos, pero tenía una misión que cumplir.
Más allá se le esperaban Shura y Camus, esbozó una media sonrisa al verlos y empezó a avanzar hacia ellos, momento en el que se dio cuenta de que una tercera figura se erguía en la puerta.
Se detuvo, y una única palabra salió de su boca.
- ¡Aldebarán! - exclamó sorprendido.
Los espectros de Capricornio y Acuario se dieron la vuelta y lo vieron, retrocediendo inmediatamente a la posición de Saga.
En efecto, justo en el umbral Aldebarán de Tauro se alzaba aún imponente, con los brazos cruzados y la melena café al viento.
- ¿¡No había desaparecido en otra dimensión!? - preguntó Shura estupefacto.
- Por lo visto el agujero se cerró antes de absorberlo - dedujo Camus - y se colocó en la puerta a la velocidad de la luz aprovechando que nos habíamos distraído.
El caballero de Tauro sonrió como confirmación, aunque su mirada seguía siendo severa, cruzándose directamente con la de Géminis.
- Definitivamente te hemos subestimado, Aldebarán - dijo Saga al caballero de Tauro adelantando un pie - te felicito, pocos escapan de mi Another Dimension.
- Déjate de cumplidos, Saga - espetó el caballero de oro al espectro - dije que os cerraría el paso y cumpliré mi palabra ¡aunque volatilices mi cuerpo en millones de partículas!
El cosmos del enorme caballero de Tauro brillaba con en su máxima intensidad, el suelo se levantaba a sus pies, y la estructura del templo temblaba.
El toro dorado se preparaba para su próximo ataque.
- Aldebarán - se dijo Saga mientras también hacía arder su cosmos hasta su máxima expresión - ¿Por qué luchas con tanto ahínco? ¿Por qué insistes en sobrevivir? ¿Es sólo por Atenea?
Mientras, en una casa de Rodrio, la aldea a los pies del santuario, una joven rezaba a oscuras, observando cómo sobre el templo que custodiaba aquel enorme caballero de oro al que amaba en secreto una estrella fugaz cruzaba la constelación de Tauro.
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[Saint Seiya Minifanfic] La Muerte del Toro Dorado Ep 2 Publicado @ 20:04 - 21/10/2007 Etiquetas:
El caballero de oro miró a los recién llegados con desconfianza, si bien sentía hacia ellos cierta familiaridad, por conocerlos desde hacía tantos años.
Eran caballeros, al igual que él.
Sin embargo, no pudo evitar sorprenderse cuando vio las armaduras que vestían, agresivas y oscuras, llenas de ángulos agudos, grotescamente deformadas.
Pero, cortadas por el patrón de las armaduras de los sirvientes de la diosa Atenea, las constelaciones de Géminis, Capricornio y Acuario eran fácilmente reconocibles.
- Así que no me equivocaba - comentó Aldebarán - en efecto erais vosotros quienes combatíais contra Mu en el templo de Aries.
El caballero de géminis, Saga, el único que no protegía su cabeza, dio un paso al frente.
- En efecto, éramos nosotros, y nos batiremos también contigo si no nos abres el paso.
Tauro apretó los dientes, si ellos habían logrado pasar sólo podía significar que su adversario había perecido en el combate.
- No te preocupes por Mu - le dijo Camus desde su posición, como si hubiera podido leerle la mente - su cosmos y sus movimientos están bloqueados, pero sigue vivo.
- No tenemos ningún interés en matar a nuestros antiguos compañeros - explicó Shura - Atenea es nuestro único objetivo.
- ¿Atenea? - preguntó Aldebarán - ¿Qué quereis vosotros de Atenea?
Saga cerró los ojos en un gesto de extrema seriedad.
- Su cabeza, cómo no.
- Ya veo... - El caballero de oro se metió la flor en el cuello de su coraza y apretó ambos puños, encendiendo su cosmos de un modo amenazante - tal y cómo me imaginaba venís como enemigos ¡Pues ya sabéis lo que toca!
Sus tres ex-camaradas, ahora espectros, hicieron arder su cosmos a su vez.
- Vuestro cosmos, al igual que vuestras armaduras, está deformado y pervertido... ¡No sois dignos de vuestras constelaciones! ¡OS ESPERO!
- Esto es un problema - comentó Camus - no esperaba que tuviéramos que vérnoslas con el caballero de Tauro.
- ¿Problema? - preguntó Shura - ¡Vas a ver lo rápido que me deshago de él...!
El espectro de capricornio se lanzó directo a su enorme adversario, concentrando su cosmos en su brazo derecho.
- ¡...CON MI EXCALIBUR!
- ¡No, Shura, Espera!
Saga guardó silencio, expectante del resultado del choque; mientras, Aldebarán cruzaba los brazos, esperando a su adversario.
El espectro de capricornio no necesito más que un movimiento de su mano para cercenar la cabeza del caballero de oro, que salió volando junto con el casco, aterrizando detrás suya.
El español se dio la vuelta, triunfante.
- ¡Venga, ya podemos seguir!
Camus respiró aliviado, mientras que en el rostro del espectro de Géminis se dibujaba una enigmática sonrisa.
En ese momento, un tremendo golpe impactó en la espalda de Shura, que cayó al suelo, dando una voltereta para volver a posicionarse de pie.
- ¡Pero qué diablos...!
Una estridente risa salió del interior de la armadura de Tauro, mientras que del cuello de ésta surgía la cabeza desprotegida de Aldebarán, riéndose a carcajadas.
- ¡Dice muy poco de tí que cayeras en la misma trampa que un general marino, Shura! - exclamó entre risas el gigante - ¡Apunta mejor la próxima vez!
- C... ¿¡Cómo!? ¿¡Ocultó su cabeza antes del impacto!? - preguntó Camus, cuyo alivio había desaparecido por completo.
- Así es - contestó Saga - ya de por sí la armadura de Tauro está diseñada para proteger especialmente la cabeza de su portador, pero Aldebarán ha llegado incluso más allá.
- Vais a tener que hacerlo mucho mejor si queréis apartarme de aquí - les desafió la mole dorada - ¡No pasareis por el templo del Toro Dorado!
Camus se adelantó, él tomaría la iniciativa ésta vez...
- No será necesario que te muevas de ahí... me encargaré personalmente de que guardes la casa de Tauro por toda la eternidad.
El espectro de Acuario echó a correr hacia Aldebarán mientras concentraba energía fría en su mano y, a medio camino, la lanzó al suelo, creando un paso congelado hasta las piernas de éste, que arqueó una ceja, sorprendido por tan extraña táctica.
Entonces Camus saltó, colocándose a la altura de la altura de la cabeza de Tauro, éste extendió una mano para agarrarlo del cuello sin conseguirlo, ya que su adversario cayó justo antes, resbalando sobre el hielo hasta llegar a la altura de sus piernas, que agarró con fuerza.
- ¡REI TO KEN! - exclamó mientras, a gran velocidad, sucesivas capas de hielo se formaban sobre las perneras de la armadura de Tauro, anclándolo al suelo.
Sin embargo algo iba mal, Aldebarán no oponía resistencia alguna; extrañado, Camus miró hacia arriba para descubrir que su adversario se volvía semitransparente hasta desaparecer, quedando en sus manos las aureas grebas de su armadura.
- ¿Qué significa ésto...? - se preguntó.
Más atrás, Shura buscaba con la mirada al caballero de oro por todo el templo, Saga simplemente se limitó a mirar hacia arriba, siguiendo su mirada el espectro de Capricornio.
Entonces se dieron cuenta.
- ¡CAMUS! ¡SOBRE TÍ!
Camus, que intentaba liberarse de la presa formada por las perneras y el hielo, miró por encima de su cabeza, sólo para comprobar, atemorizado, que Aldebarán caía sobre él, con su gigantesca mano dispuesta para aplastarlo y las piernas descubiertas. El espectro de Acuario tuvo el tiempo justo para liberarse a la desesperada del hielo y saltar hacia atrás, momento justo en el que el caballero de oro caía al suelo, golpeándolo con una fuerza increíble, levantando la piedra y destrozando las colmunas cercanas.
- ¡No puede ser! - exclamó Camus, jadeando, fuera de peligro junto a sus dos compañeros - ¡Nunca he usado mi Rei To Ken con nadie! ¡No podía conocerlo!
- No necesito haberlo visto antes para escapar de una técnica como esa - comentó como si tal cosa mientras se volvía a colocar las perneras.
Los espectros de Acuario y Capricornio miraban impresionados al caballero de Tauro, mientras Saga permanecía impasible.
- ¡Maldición! ¡Así no pasaremos nunca! - exclamó Shura con frustración.
- Es más que simple músculo... - comentó Camus - nunca lo hubiera imaginado...
Tras volver a equiparse las grebas, aunque ahora sin casco, con su melena color café al aire, Aldebarán recuperó su posición de brazos cruzados, expandiendo su cosmos para cubrir completamente la salida con él.
- ¿Lo habéis comprendido ya? ¡Si no os empleáis a fondo jamás podréis cruzar el umbral de mi templo!
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[Saint Seiya Minifanfic] La Muerte del Toro Dorado Publicado @ 21:26 - 19/10/2007 Etiquetas:
Como un pequeño alto en el camino, os traigo otra de mis obras.
Un fanfic tributo a Aldebarán de Tauro, la forma en la que debió Morir en la saga de Hades, siempre quise que tuviera un final más... digno.
Empecé a escribirlo con la magnífica exhibición de fuerza del anterior Aldebarán, Rasgado de Tauro (Lost Canvas), contra Kagaho de Bennu, y me llevó un buen tiempo terminarlo debido a un importante parón a causa de la sequedad de ideas.
Terminado desde hace tiempo, hoy os lo traigo.
Consta de 4 Capítulos cortos, que colgaré antes de continuar con Twilight Rhapsodia.
Capítulo 1
Aquella flor significaba mucho para él, Aldebarán la miraba embelesado, sonriente, era hermosa, tanto como la joven muchacha que se la había entregado.
Podría no haber pasado de ser una anécdota más, y es que los caballeros del santuario, especialmente los Caballeros de Oro, máximos protectores de la zona sagrada y de la aldea colindante, Rodrío, solían recibir las más variadas muestras de cariño y admiración de los aldeanos, desde guisos preparados hasta los más bellos ornamentos.
Sin embargo, esa flor, única y sencilla, era especial, ya que provenía de una muchacha que solía seguirlo a escondidas en sus habituales patrullas, en las que a veces le acompañaban Mu y Aioria, los caballeros de Aries y Leo - Shakka de virgo era reacio a abandonar su puesto en el templo de la vírgen a menos que fuera estrictamente necesario - que por fin se atrevió a darle una velada confesión de, al menos, su admiración.
El sentimiento era recíproco, ya que aquella belleza lozana e inocente hacía palpitar su corazón dentro de aquel curtido y gigantesco cuerpo cubierto por la indestructible armadura de oro de Tauro.
Sonrió, sonrió y apoyó su espalda en la columna, ignorando por un momento el fragor de la batalla que sabía que se libraba escaleras abajo, en el templo del Carnero blanco, propiedad de su gran amigo Mu de Aries.
- Bah, el sabrá manejarlo - se dijo a sí mismo - pocos han visto sus técnicas y los que lo han hecho no han vivido para contarlo.
Cerró los ojos, relajado, y dejó expandirse sus otros seis sentidos, hasta que algo llamó su atención.
Un aroma, no, un olor nauseabundo inundaba el enorme templo, rápidamente se levantó, con la flor aún en la mano, y rodeó el pilar, que daba al pasillo principal, donde encontró a alguien que no debía estar ahí.
Un hombre más bien de escasa estatura, con una sonrisa demente y una armadura de brillo apagado y formas grotescas, como de una criatura del averno.
- Hola, caballero de Tauro... ¿Listo para morir? - preguntó el recién llegado con una desagradable voz nasal
- ¡Tu...! ¿Quien eres?
- ¡Eso no importa porque tu hora ha llegado! ¡DEEP FREGANCE!
La desagradable figura se rió con mezquindad mientras dirigía aquella peste contra el brillante caballero dorado, esperando verlo caer, pero éste no se movió un centímetro, más bien al contrario, sin variar su posición se rió abiertamente.
- ¿¡Qué...!? - exclamó atónito el atacante - ¿¡Por qué no te afecta mi Deep Fregance!?
- ¡Iluso! ¿crees que un ataque tan débil puede socavar mi cosmos y llegar hasta mí?
- ¿¡COMO!?
Aldebarán sonrió ampliamente, mientras adoptaba una postura relajada.
- Mírame bien...
El cuerpo y la armadura del caballero estaban cubiertos por una fina, casi imperceptible capa de luz dorada, sin duda su propio cosmos, que parecía protegerle de la letal pestilencia.
- Se te huele de lejos - continuó el gigante - ¡Apestas! Así no vas a pillar nunca por sorpresa a nadie.
- ¡Eso no importa - respondió su adversario - porque te voy a matar aquí mismo! ¡Yo, Niobe de Deep, acabaré con tu vida!
El ser embistió al caballero de oro, que se cruzó de brazos con una confiada sonrisa, y le atacó con sus uñas largas, púrpuras y afiladas, pero fue rechazado incluso antes de llegar a tocarle.
- Niobe de Deep, decías ¿no? - preguntó Aldebarán - debes ser un espectro... un ser tan horrible como tú no tiene cabida entre los muros de un templo dedicado a honrar a la diosa Atenea ¡Vas a perecer aquí y ahora!
- ¡imbécil! - le increpó el espectro - ¿¡Cómo pretendes derrotarme sin descruzar siquiera los brazos!?
- ¿Crees que lo necesito acaso? - contestó indiferente el caballero de Tauro - sería todo un halago para ti decirte que tu poder llega apenas al de un aspirante a caballero de bronce.
- ¿¡Si!? ¡Demuéstramelo si te atreves caballero de hojalata! - exclamó furioso Niobe mientras expelía e nuevo su técnica - ¡¡¡DEEP FREGANCE!!!
- ¡Patético! - Juzgó Aldebarán sin perder la sonrisa - ¡GREAT HORN!
Visto y no visto, el haz de luz no sólo disipó la Deep Fregance de su adversario si no que también le dio de lleno, haciendo reventar su cuerpo en cinco partes, que quedaron diseminadas por el pasillo principal del templo, y volatilizando su armadura, de la que no quedaba más que polvo.
El caballero de Tauro se quedó observando el cadáver quedando de espaldas a la puerta cuando los pasos apresurados de tres personas, ataviadas con armaduras a juzgar por el sonido metálico de éstos, llamó su atención y le hizo levantarse.
- No hace falta que oculteis vuestros cosmos - dijo a las tres figuras que aparecieron repentinamente por la puerta del templo - me es fácil reconocer a mis tres viejos camaradas.
Se hizo el silencio, que fue roto por una grave y autoritaria voz.
- Tal y como esperaba de tí, Aldebarán.
- ¿Nos dejarás pasar? - dijo otra con un toque frío y al mismo tiempo educado.
- ¿O tendremos que abrirnos paso por la fuerza? - preguntó la última, con un deje impertinente.
El caballero de oro se dio la vuelta lentamente, avivando su cosmos, y con los brazos cruzados.
- Si quereis pasar como enemigos, ya sabeis cual es el único camino disponible... ¡Por encima de mi cadáver!
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