Prelude of Twilight

Publicado: 13:13 08/11/2008 · Etiquetas: · Categorías: Otras obras
He aquí una nueva obra recién comenzada, nuevamente se trata de un fanfic basado en Saint Seiya, por lo que estoy más atado que con Twilight Rhapsodia, pero inspirado en una época anterior a Lost Canvas y con personajes creados y desarrollados por mí.

Al contrario que La Muerte del Toro Dorado, Crónicas de una era antigua tiene un trabajo de meses detrás, he de agradecer a mi hermana unas cuantas ideas, por lo que en definitiva el trabajo no es solo mío ^^

Bueno, espero que lo disfruteis

Prólogo

En el pasado, los dioses de las antiguas mitologías pasaban el tiempo luchando unos contra otros, estas batallas eran terriblemente violentas hasta el punto de llegar a hacer peligrar la integridad de la tierra en numerosas ocasiones, es por esto que se retiraron a sus lugares de reposo y comenzaron a preparar sus ejércitos.

Los más belicosos y competidores por el control de la tierra, Hades, Poseidón y Atenea, pusieron especial esmero en asegurar la defensa de sus batallones antes de afrontar nuevas guerras santas. Hades creó para sus tropas del inframundo las Surplices, oscuros y poderosos mantos que representaban las criaturas que poblaban las pesadillas de los humanos mientras que Poseidón otorgó a su ejercito las escamas, poderosas y resistentes armaduras entre las cuales las más poderosas correspondían a los siete generales, guerreros representantes de las mas feroces bestias mitológicas marinas.

Atenea, tras sufrir otra derrota en una batalla en la que sus guerreros nada pudieron hacer, diseñó 88 armaduras, conocidas como Cloth, inspiradas en las 88 constelaciones cuya fabricación dejó a cargo de los alquimistas del legendario continente de Mü.

Con esto, las sucesivas guerras santas quedaban prácticamente igualadas, hasta que llegó el momento en que los dioses dejaron de batallar, y Cloths, Surplices y Escamas quedaron sepultadas por el tiempo y el olvido.

Pero en el siglo X los ecos de batalla suenan de nuevo, guerreros con poderes sobrenaturales se alzan vistiendo de nuevo los atavíos sagrados y preparándose para una inminente batalla.

La tierra se abrirá, los cielos se desgarrarán.

Asistid con gusto al relato de estas antiguas crónicas que nadie jamás narró.

Bienvenidos a Saint Seiya: Crónicas de la era antigua

Capitulo 1: ¡La provocación del hombre de los hielos!

- Oscuridad… como cada mañana…

Un joven descendía las escaleras que emergían de un imponente palacio, estaban congeladas por el frío mientras que los alrededores se mostraban sepultados por la blanca nieve que cubría perennemente la región. El muchacho, de unos casi 20 años, tenía un cabello de color verdoso peinado hacia tras y con un mechón en la nuca recogido en una elegante coleta, iba ataviado con una brillante armadura color verde oscuro, de diseño sencillo, con algunos relieves de tono esmeraldado, en su cintura lucía un reluciente zafiro engarzado; de su espalda emergía una señorial capa de color escarlata y sujetaba en su mano un casco que simulaba la feroz cabeza de un tigre.

Tras el abatimiento inicial se forzó a sonreír, había crecido en aquellos parajes, en aquel palacio, y se había entrenado por todo el país, convirtiéndose en un guerrero lo suficientemente poderoso como para ser investido por los ropajes que ahora portaba, la armadura divina de Zeta.

Uno de los dos hijos de la poderosa familia Mizard, Albus.

Era uno de los pocos hombres que había obtenido su ropaje divino, uno de los siete que aparecían si, tal y como decía la leyenda, el peligro se cernía sobre la región de Asgard.

- ¿Ya de tan buena mañana haciendo la ronda, Albus?

Aquella voz lo sacó de su ensimismamiento, vio aparecer frente él, subiendo los gélidos escalones, a otro guerrero.

Era más alto que él, su cabello ondulado color paja caía sobre sus hombros, coronando un rostro fino y alargado, cuya expresión serena se acentuaba por sus profundos ojos azules, vestía una armadura del color de la noche, de formas agresivas, con uno de los antebrazos decorado por picas que aparentaban ser escamas levantadas y una de las plateadas hombreras decorada con la imponente cabeza de un dragón; al igual que Zeta, este hombre portaba en la mano su casco, representando una cabeza de dragón idéntica a la de su hombro.

- ¡Sigfried! – el joven Mizard sonrió – No pareces el más apropiado para decirme eso cuando tú estás regresando de ella.

El recién llegado se llamaba en efecto Sigfried de Dhube, descendiente del legendario guerrero que derrotó al dragón bicéfalo fafnir, los varones de esta familia habían vestido siempre la armadura divina de Alpha.

- Somos pocos – respondió Alpha – y la región es muy vasta, mantenerla vigilada nos costará algún que otro sacrificio hasta que estemos los siete.

Albus torció el gesto.

- ¿Pero por qué ahora? El reino está tranquilo, las noticias que nos llegan de las regiones vecinas indican que no hay ningún peligro ¡Incluso Poseidón se mantiene dormido en su templo!

- No lo sé – reconoció Sigfried tras unos instantes de silencio – pero tampoco han sido entregados los siete ropajes de golpe, debe significar algo…

Mizard asintió.

- Como sea – continuó el guerrero de Alpha – hemos de seguir como hasta ahora.

- Comprendo.

Se despidieron de un modo casi marcial y cada uno continuó su camino, Albus no había osado replicar a Sigfried, de hecho nadie osaba llevar la contraria ni mucho menos desafiar al inmortal guerrero divino de Alpha, pero la lealtad de este a la familia del sacerdocio de Odín y al propio dios hacía que el respeto que todos sentían por el fuera grande.

Al pie del castillo se hallaba un bosque nevado dividido por un accidentado camino que llevaba a una de las pocas aldeas del lugar, nadie se atrevía a atravesarlo por los lobos salvajes que en él reinaban, sólo los guerreros divinos y la familia sacerdotal podían doblegarlos con su cosmos. Aquel bosque gustaba mucho a Albus, y siempre dibujaba inconscientemente una leve sonrisa cuando paseaba por él, saliendo aliviado al comprobar que, como cada día, todo estaba en órden.

El pueblo fue el siguiente lugar a visitar, una discreta aldea compuesta por una desordenada aglomeración de cabañas; era demasiado temprano, de modo que aún no había comenzado nadie sus faenas, hacía demasiado frío para salir a la intemperie.

Nuevamente todo tranquilo, se preguntaba si aquella sería otra anodina ronda cuando algo alteró la paz del lugar.

Repentinamente la gélida brisa se agitó, convirtiéndose en un potente vendaval acompañado de ingentes cantidades de nieve cristalizada.

“¿Una tormenta de nieve? ¿Ahora?” pensó mientras se colocaba el casco con dificultad y se cubría el rostro “¡El tiempo estaba bien hasta hace un instante!”

Se colocó en una posición contraria al viento, pero algo le hizo echarse a un lado con rapidez, esquivando por muy poco algo que sintió pasar a su lado.

- ¿¡Quien anda ahí!? – exclamó mientras miraba en todas direcciones, alarmado - ¿¡Quién se atreve!?

Nadie contestó, entre la tempestad sólo se podía ver a una extraña sombra moviéndose con rapidez mientras la temperatura descendía anormalmente rápido.

No pasó mucho hasta que la perdió de vista y, poco después, sintió un golpe en la espalda que lo hizo caer.

No había sido un golpe corriente, de eso estaba seguro, ya que aparte de tumbarlo había sentido un frío helador que lo desconcertó pero, al mismo tiempo, lo envalentonó.

- ¿Cosmos gélido? ¡Estúpido! – increpó al aire mientras se alzaba de nuevo - ¡Soy un Guerrero Divino! ¡Me he criado en las heladas estepas de Asgard! ¡Un impacto así no significa nada para mí!

Al incorporarse, vio a la sombra frente a el, mientras que un cosmos inmenso se concentraba en ese punto.

- ¡Vamos, descarga ese aire frío contra mí! – lo desafió mientras se abalanzaba contra el guerrero desconocido - ¡VIKING TIGER CLAW!

Albus y su adversario embistieron el uno contra el otro, atacando el guerrero de Zeta con sus enormes uñas plateadas invocadas a través de su cosmos, capaces de desgarrar y congelar; al cruzarse los dos adversarios no sintió nada, de modo que sonrió confiado y se dispuso a darse la vuelta para continuar la batalla, llevándose una desagradable sorpresa al intentar moverse.

- ¿Pero qué…? ¡No puede ser!

Su cuerpo, o al menos sus piernas y el lado derecho de su torso estaban encerrados en hielo, trató de desembarazarse de él pero le resultó imposible, mientras sentía el cosmos de su enemigo concentrarse cada vez más a su espalda.

Hizo un segundo intento desesperado por liberarse, pero fue inútil, se dio por muerto cuando de repente una gigantesca columna de fuego apareció tras él, absorbiendo la fuerza del viento y deteniendo la tormenta; Albus reconoció enseguida ese poder, sólo conocía a un guerrero en toda Asgard capaz de ejecutar semejante técnica calorífica.

- ¡Eirikr! – exclamó casi con alivio.

Inmediatamente el cosmos a su espalda se disipó, y escuchó una voz y pasos apresurados.

- ¡Vuelve aquí, cobarde!

En efecto, en aquella voz juvenil reconoció a Eirikr de Merak, un joven que entrenaba para convertirse en uno de los más poderosos Guerreros Divinos, pero que sin embargo aún no había obtenido su armadura.

- ¡Albus! ¿Estás bien?

Los pasos se dirigían esta vez hacia él y no se detuvieron hasta que pudo verlo por fin, algo que le hizo sonreír aliviado.

Eirikr de Merak era un muchacho bastante más joven que Albus o Sigfried, de hecho apenas contaba con diecisiete años, pero tenía una buena estatura y era atlético, vestía una sencilla y desgastada camisa de campesino color verde esmeralda y unos pantalones blancos con unas rudimentarias botas de nieve que eran el único elemento de su indumentaria diseñado para proteger del frío, de hecho el muchacho iba en manga corta, algo anormal en aquella nórdica región; tampoco era común su piel, tan morena que parecía tostada al sol, completamente contrastada con sus ojos color azul celeste y su cabello rubio lacio, cortado recto por detrás y con dos grandes mechones que bajaban desde las patillas hasta quedar reposando sobre sus hombros.

- ¿¡Qué demonios ha sucedido!? – preguntó alarmado mientras, con su cálido cosmos, derretía el hielo que aprisionaba al Mizard.

- Ojalá lo supiera – respondió Albus, medio avergonzado – lo único que he alcanzado a comprender es que han intentado atacarnos.

- ¡Qué hielo mas duro! – protestó Eirikr mientras aumentaba la intensidad de su cosmos para derretirlo – Nunca he visto algo así en Asgard.

- ¿Sentiste su energía congelante? Jamás creí que alguien lograra una mas fría de la que somos capaces de desarrollar aquí.

- Si… - Merak se detuvo unos instantes, pensativo – y sin embargo sí que hay alguien capaz de alcanzar este nivel…

- ¿En qué demonios estás pensando, Eirikr?

- He de hablar con el sacerdote, Albus – comentó con voz decidida – tengo un viaje que realizar…
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Comentarios: (del primero al último)
14:37 08/11/2008
No está mal, Osaka, aunque tampoco hay mucho de lo que hablar.

Te molan los hielines, eh?, empezando fuerte :P

Lo seguiré ^^
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