Zardlink´s World

Publicado: 10:42 20/06/2011 · Etiquetas: · Categorías: Series de Televisión





Publicado: 00:32 01/09/2009 · Etiquetas: · Categorías:



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Publicado: 15:55 25/03/2009 · Etiquetas: · Categorías: Videojuegos


Publicado: 02:05 24/03/2009 · Etiquetas: · Categorías: Anime/Manga : Videojuegos : Series de Televisión : Concupiscismo


En una taciturna visita por los adentros de internet me encontré una interesante entrevista a Alan Moore, donde sus palabras y su visión artistísca sobre el mundo del cómic, son totalmente aplicables a cualquier medio, sobretodo a los videojuegos, un medio en expansión que todavía se ve incapaz de encontrar su propio lenguaje, tomando prestadas las narrativas del cine como medio de expresión.
Y mientras el público siga aceptándolas sin ningún reparo, será difícil encontrar programadores que se tomen la industria en serio, impidiendo la evolución del medio...

Aparte de ello, también se deja ver unas sabias palabras de Alan Moore, por eso sin más la reproduzco entera...

¿No tiene la más mínima curiosidad por ver la película de Watchmen?

Todo el asunto está totalmente mal pensado. La única razón por la que hicimos Watchmen fue para probar nuevas formas de usar el cómic como medio. Estábamos inventando técnicas narrativas en el género, cosas que sirvieran para expandir lo que los cómics pudieran hacer. Queríamos buscar otras maneras de contar.

¿Independiente de las narrativas del cine?

Totalmente independiente. Respeto a gente como Will Eisner, que fue pionero en trasladar las técnicas de narración cinematográfica al cómic, pero así los cómics serían sólo películas que no se mueven. Creímos que era hora de buscar elementos que fueran únicos para los cómics. Cosas que sólo ellos pudieran hacer. Eso es lo que tenía en la cabeza cuando escribí Watchmen. Y bueno sí, cuenta una historia interesante, con personajes fantásticos. Pero, sobre todo, trata sobre el género del cómic de superhéroes y lo que estábamos haciéndole.

¿Eso fue lo que le dijo a Terry Gilliam cuando quiso hacer una adaptación de Watchmen?

Efectivamente. Cuando me encontré con Terry en los ochenta me preguntó cómo veía yo transformar Watchmen en película. Le dije que no lo veía, que nunca estuvo pensado para ser un filme. Y creo que Terry, un hombre sabio, lo vio también así. Un defecto de nuestra cultura es transformar cosas que funcionan perfectamente en un medio a otro donde no funcionan tan bien.

¿Está en contra de cualquier adaptación?

Como regla general, sí. Pero, hace unas noches Melinda (Gebbie) y yo vimos The Innocents (1961), la película, con Deborah Kerr, que es una adaptación de Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Es tan fiel a la historia y tan maravillosa, que te hace pensar que, a veces, puede funcionar. Hace tiempo, cuando la industria del cine era más reverencial con los trabajos que adaptaba, podía salir bien. Pero aún pienso que los mejores filmes son los que se han hecho sólo para cine.

¿Qué cine le gusta?

Mankiewicz es uno de mis guionistas favoritos. Escribió Eva al desnudo, que adoro. Otro es Nicholas Roeg. Sus filmes han tratando de ensanchar los márgenes del lenguaje cinematográfico. Me acuerdo de Insignificance, de Performance. Eso es lo que quiero: gente que esté tratando de expandir el medio en el que trabajan.

Una vez escribió un guión, Fashion Beast, ¿alguna vez se ha sentido tentado de llevarlo a cabo?

Nunca tuve interés en escribir un guión para cine, ni siquiera en aquel momento. En realidad, quise probarme como escritor. Además, lo hice porque me lo propuso Malcolm McLaren, y yo estaba muy interesado en conocerlo. El guión estaba inspirado en La Bella y la Bestia, de Cocteau. Fue un ejercicio divertido. Pero no sentí la tentación de escribir otro, y desde luego, no para Hollywood.

Está escribiendo un nuevo volumen de La liga de los hombres extraordinarios, ¿qué nos puede contar

Se llama Century. Saldrá en tres partes, cada una de 80 páginas. Cada historia es independiente, pero funcionan también como un todo. La liga está presente en tres momentos convulsos en un rango de 100 años. La primera parte pasa en 1910, tenemos a la liga investigando a un grupo ocultista, vinculado con la novela Moonchild, de Aleister Crowley; la segunda sucede en 1969 en medio del Swinging London. Y la tercera es la que estoy escribiendo ahora y ocurre en 2009. Arranca en un campo militar británico en Kamar, que es un país ficticio de Oriente Próximo. La liga se ha convertido en el vehículo en el que puedo hacer casi cualquier cosa. Kevin (ONeill) y yo estamos muy contentos.

Los escritores de cómics son hoy más influyentes de lo que eran en la época en que empezó. ¿Cómo se relaciona con la fama?

Cuando empecé a trabajar en cómics era la profesión más oscura del mundo. No había algo así como un escritor de cómics famoso

Ni existía el concepto de novela gráfica.

¡Desde luego que no! En seguida me di cuenta de que no se me daba tan bien dibujar, así que me decidí a escribir. Y lo único que quería era escribir las mejores historias que pudiera. Cuando ya había escrito un buen número de historietas de ciencia ficción, quise abrirme a series más extensas. Nunca hice caso a la atención que mi trabajo estuviera generando. Lo que me interesaba era que los editores me dieran cancha libre. Cuando me empecé a dar cuenta de que hacia la mitad de los ochenta el negocio de los cómics, y yo mismo, estaba en el camino de convertirse en un fenómeno pop, me aparté. Nunca quise ser famoso. Nunca he considerado que el concepto de celebridad fuera valioso. Por eso nunca abandoné Northampton. Aquí la gente está acostumbrada a verme.

La novela en la que está trabajando está centrada en Northampton, ¿qué puede contarnos?

Jerusalem es el libro más ambicioso que me he propuesto nunca. Y creo que es uno de los más ambiciosos que se hayan hecho. Estoy intentando volcar la totalidad de mi universo en esta historia, que es muy larga: unas 750.000 palabras. Es la historia del área donde nací y crecí, en Northampton, una zona obrera y pobre, pero cuya historia se remonta al siglo IX. Parte de la historia de este país y, desde luego, la de esta ciudad, pasa por la zona insignificante donde crecí

¿Por qué una novela?

Tomé la decisión de escribirla cuando me decidí a parar mis relaciones con la industria del cómic. En 2006, más o menos. Me quité un enorme peso de los hombros. Este fue el tiempo en que me declaré a Melinda, y en que decidí que iba a iniciar una nueva etapa en mi carrera de escritor, con una segunda novela. No estaba seguro de qué iba a ser. Pensé, incluso, en escribir algo para niños

¿Por qué no lo hizo?

Porque la literatura infantil se estaba convirtiendo en aquel momento en una moda.

¿No le gustan las tendencias?

Soy justo lo contrario a un seguidor de la moda. Además, cumplí 50 años y mi percepción cambió

¿En qué sentido?

Algo que ver con las matemáticas de la vida. Cuando tienes 50 años, estás más allá de la mitad de tu vida: te queda menos de lo que tienes a tus espaldas. Empiezas a pensar en cosas como la mortalidad. Decidí pensar seriamente sobre estos temas y ver a qué conclusiones llegaba. Empecé a rondar la idea a la que ya había llegado Nietzsche.

Explíquese, explíquese.

Básicamente, el espacio/tiempo es una masa sólida de cuatro dimensiones, algo que Einstein y Stephen Hawkings sugieren, donde cada momento está suspendido en ese sólido, sin cambiar, sin moverse y para siempre. Eso incluye todos los momentos que forman nuestras vidas. Bajo esa idea, estamos viviendo nuestras vidas para siempre.

Y ¿qué es la muerte?

Es una ilusión. El paso del tiempo, tal y como lo entiendo, es una ilusión de movimiento y de cambio, como en el cine. Nuestras vidas son narraciones que siempre están ahí.

¿Relaciona esto a través de su interés por la magia y el ocultismo?

La magia es inclusiva. Originalmente fue una ciencia del todo. Creo que el nacimiento de la conciencia, del arte, del lenguaje fueron simultáneas al de la magia. Necesitamos tratar de entender el mundo con todas sus mitologías, su arte, sus economías, sus políticas. Y, más importante, debemos entender dónde estamos. Al entender Northampton, entiendo el resto del mundo. Para entender el universo, intenta entender la calle dónde vives. Sí, supongo que eso son aportes mágicos que estoy incorporando a Jerusalem.

¿Cuándo fue su primer contacto con la magia?

Cuando cumplí 40 años decidí hacer algo dramático. Reuní a mis amigos y en vez de tener la típica y aburrida crisis de la mediana edad, decidí asustarlos diciéndoles que me iba a convertir en mago. En ese momento no tenía idea de lo que podía implicar aquello.

Y ahora, ¿qué puede decir sobre aquella decisión? ¿Le ha cambiado artísticamente?

En aquel momento le dije a mis amigos: si veis que me vuelvo loco, y la única manera de juzgarlo es ver si la calidad de mi trabajo empeora, avisadme. Y ha sucedido todo lo contrario: la magia me ha dado más claridad y me ha vuelto más productivo y más consciente de mi proceso creativo. Me ha dado la confianza para meterme en algo tan complicado como Jerusalem.

Pero el interés ya estaba ahí, por ejemplo en From Hell o Prometea.

Ya tenía un interés instintivo por la filosofía del ocultismo. Como escritor he tomado lo oculto como referencia e inspiración para mis cómics desde hace años, pero nunca me lo había tomado tan en serio. Me echaba para atrás la gente que suele vincularse con la magia: parecen estar llenando un vacío emocional. Para mí, la magia es la poesía y todas las artes. La escritura y la poesía son las principales formas de magia, porque es un fenómeno lingüístico. Aleister Crowley fue el que dijo que es una enfermedad del lenguaje. La palabra inglesa spell significa conjurar o hacer un hechizo y también deletrear o escribir. Mantengo que el arte es magia y que escribir es un acto mágico.

¿Es ficción y realidad la misma cosa?

Creo que nunca vemos directamente la realidad. Lo que hacemos es escribir nuestras vidas. Estamos componiendo las percepciones que recibimos, estamos tomándolas e hilándolas en una historia. Así que editamos esa historia (la nuestra) todo el tiempo. La realidad es una experiencia tremendamente ficcional. No creo que tengamos opción de elegir si vivimos o no en una ficción, la opción es en la ficción de quién queremos vivir

Lo ha desarrollado en V de Vendettae_SSRq o en Watchmen, donde hay una ficción impuesta por el sistema.

Hay gobiernos por todo el mundo que tratan de convencernos de vivir en sus ficciones. El gran acto mágico es decidir si vas a vivir en tu propia ficción, si vas a encargarte de escribirte una mejor historia.

Y ¿usted tiene miedo a algo?

Cuando mi madre murió de cáncer, me impresionó su falta de alboroto. Me inspiró. El miedo y el terror te hacen menos capaz de hacer cualquier cosa. No puedo pensar en nada que me aterrorice, aunque el diseño de vestuario de la película de Watchmen esté bastante cerca.

www.publico.es/culturas/200501/hechicero



Publicado: 13:51 29/01/2009 · Etiquetas: · Categorías: Concupiscismo


"He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado."

Jorge Luis Borges. El remordimiento

Como hablar de muerte, como hablar de olvido, si los días se me escapan como un eterno puñado de agua. Como hablar de felicidad, si olvido completamente lo que es en ocasiones.

Como hablar de nada, si no soy más que un completo ignorante. Ya ni siquiera las lágrimas hablan por mí, porque ni siquieran saben que decir. No descubrieron el idioma que me fagocita eternamente.

He cometido un pecado, el mayor dice Borges. Y yo ni siquiera sé si es cierto,  no puedo poner por testigo que he pecado, ya que ni siquiera mis dogmas son conocidos por mí.

¿Qué es este desamparo que me acompaña?  ¿Qué es esta desdicha que me rodea? Que equivocados estaban aquellos que decían que la ignorancia era felicidad. Yo soy ignorante, uno de los mayores de la tierra, y soy incapaz de sentirlo...


Publicado: 15:06 07/12/2008 · Etiquetas: · Categorías: Concupiscismo


[…]

- Ya, sí, pero bueno… yo creo que el ser humano ha hecho muchas cosas buenas.

- ¿A costa de qué? ¿Cuántos bosques deforestados? ¿Cuántos campos esquilmados? ¿Cuántos cadáveres tras de sí? ¿¡Cuánta vida es necesaria para saciar el apetito de los hombres!?

- Y qué me dices de la gente que ayuda a los demás, porque yo pienso que en el fondo lo hacen altruistamente. O, ¿acaso me dirás que no están llenos de bondad?

- ¡No y mil veces no! No es la bondad lo que mueve sus acciones, sino el egoísmo. Sólo buscan el reconocimiento y el afecto que les proporciona ayudar a los demás, tan pronto como sus acciones carecieran de beneficio propio abandonarían a aquellas gentes a su suerte convencidos de que es lo mejor.

- Pero hombre, no todos serán así, no puedes venir ahora y decirme que todos han sido hechos por el mismo molde. Alguno habrá, digo yo, de corazón puro.

- Ahí te equivocas, pues, lo que le es natural al hombre no es otra cosa que preservarse en su individualidad.

- ¿Y qué pasa con los demás?

- ¿Los demás? Yo no veo a nadie. El hombre, desde sus orígenes, siempre ha estado solo.

- No hubiéramos avanzado nada pensando como tú.

- Los que hablan como tú no son más que hipócritas. Claro está que todo el mundo piensa como yo, y ningún miedo tengo en admitirlo: yo soy el primero en mi lista; el primero en ser salvado. ¿Dices tú que ahora sacrificarías tu vida por expiar los pecados de la humanidad? No es el amor a los otros lo que mueve el mundo, sino el amor a uno mismo. Es el miedo de los unos a los otros lo que nos ha hecho avanzar. Todo nuestro mundo se asienta en la prohibición, y dime tú y los que sois de tu condición, ¿cómo habría entonces de ser el quinto mandamiento, no matarás, sino por la certeza de que provenimos de una estirpe de asesinos?

- ¿Me estás acusando de asesino?

- No, acuso a la humanidad entera. La acuso del peor de los crímenes: negar su propia naturaleza. La acuso de haber erigido la sociedad sobre las ruinas de su propia naturaleza, la acuso de negar la vida constantemente, de someternos a este delirio insano que bien parece ser un amargo vodevil.

- Eres libre de marcharte, como los ermitaños, a las montañas, lejos del mundanal ruido.

- ¿Libre? ¿De qué libertad me hablas? Si fuera libre lo sería también para cambiar este mundo, y no me quedaría ahí sentado esgrimiendo una sonrisa complaciente a todo el que pasa. Saldría a las calles a gritar, a vomitar toda esta rabia que me corroe las entrañas. Pero, no lo hago, no lo hago porque sé que pronto vendrían a llevarme a un manicomio. Así es como son tratados los de mi condición, no como reaccionarios, no como hombres críticos capaces de cuestionarse el papel que el ser humano desempeña en el mundo.

- ¿A qué te refieres? No te entiendo. ¿Qué quieres decir con los de tu condición? ¿Es que acaso tú no eres un ser humano, como el resto?

- Lo soy, como tu bien dices, como el resto. Si me disparas muero, como el resto. Pero, hay algo que nos diferencia a mí y ti, y ese algo son las ganas de vivir en un mundo que no se rija por las leyes de los hombres de traje y corbata. Mientras tú depositas todas tus esperanzas en la estéril tarea de sustituirles, yo pretendo que el mundo gire en torno a mí: que no sean las leyes que aquellos hombres convienen en despachos, sino las mías, las que gobiernen nuestras vidas. Lo hago por mi bien, igual que ellos, la diferencia es que yo no tengo miedo de admitirlo. La diferencia es que yo soy consciente de la horma con que he sido moldeado.

- Dime, pues, en qué cambiarían las cosas.

- Todo cambiaría. La verdad todo lo cambia.

- Y, ¿es que acaso tú conoces la verdad? ¿Cómo es eso?

- Conozco la verdad: que no hay verdad. La conozco, porque yo predico la misantropía, porque yo llevo la duda hasta su última consecuencia: el ser humano, la raíz de todos los males.

- Pero, ¿qué es la misantropía?

- Je, eso muy sencillo de responder: algo que provocaron personas como tú.

comosercomomago.blogspot.com


Publicado: 14:22 31/10/2008 · Etiquetas: · Categorías: Videojuegos


Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.

No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.

La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.

—¡Deben ser vestidos magníficos! —pensó el Emperador—. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela—. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.

Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber si avanzan con la tela»—, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores —pensó el Emperador—. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! —pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas—. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.

Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! —pensó—. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».

—¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? —preguntó uno de los tejedores.

—¡Oh, precioso, maravilloso! —respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes—. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

—Nos da una buena alegría —respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.

Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

—¿Verdad que es una tela bonita? —preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto —pensó el hombre—, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.

—¡Es digno de admiración! —dijo al Emperador.

Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.

—¿Verdad que es admirable? —preguntaron los dos honrados dignatarios—. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos —y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.

«¡Cómo! —pensó el Emperador—. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».

—¡Oh, sí, es muy bonita! —dijo—. Me gusta, la apruebo. —Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.

Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: —¡oh, qué bonito!—, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. —¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!— corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.

El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: —¡Por fin, el vestido está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

—Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. —Aquí tienen el manto… Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.

—¡Sí! —asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.

—¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva —dijeron los dos bribones— para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?

Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.

—¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! —exclamaban todos—. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!

—El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle —anunció el maestro de Ceremonias.

—Muy bien, estoy a punto —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? —y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.

Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:

—¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!

Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.

—¡Pero si no lleva nada! —exclamó de pronto un niño.

—¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! —dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.

—¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!

—¡Pero si no lleva nada! —gritó, al fin, el pueblo entero.

Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.


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