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18) Werther - Del 22 de Septiembre al 24 de Diciembre Publicado @ 0:57 - 22/8/2006 Etiquetas:
Libro escrito en forma de cartas de Werther a un amigo. -----------------------------------------------------------------------
LIBRO II
22 de Septiembre de 1771
Llegamos ayer. El embajador está indispuesto y guardará cama algunos días, si, al menos, fuera un hombre de buen trato, todo marcharía bien. Lo veo, lo veo, la suerte me ha reservado rudas pruebas; pero, ¡ánimo! Un carácter ligero lo soporta todo. ¡Un carácter ligero! Risa me da al ver que esta frase se ha escapado de mi pluma. ¡Ah! si yo fuera algo más superficial, sería el hombre más feliz de la tierra. Pero, ¡quía! Otros, pobres de fuerza y de talento, se pavonean delante de mí con aire de suficiencia, y yo me aburro con mi superioridad y mis conocimientos. Tú, Señor, que me has dado estos bienes, ¿por qué no me negaste la mitad de ellos concediéndome, en cambio, la confianza y satisfacción de mí mismo?
¡Paciencia, paciencia!, esto cambiará. Sí, amigo mío, confieso que tienes razón: desde que paso todos los días mezclado con la multitud y veo lo que son los demás y cómo proceden estoy mucho más contento de ser como soy. Indudablemente, puesto que nos han hecho así y todo lo comparamos con nosotros mismos, y a nosotros mismos con todo, el bien o el mal está en el objeto que nos sirven para el paralelo, y, por tanto, nada me parece más pernicioso que la soledad.
Nuestra imaginación, propensa por su naturaleza a exaltarse, alimentada por las fantásticas imágenes de la poesía, se forja una serie de seres, entre los cuales ocupamos el último lugar, y todo nos parece más grande fuera de nosotros, y todas las personas, más perfectas que la nuestra.
Sin duda, esto es natural; a cada paso vemos que nos faltan muchas cosas, y precisamente lo que nos falta nos parece que otro lo posee; le atribuimos todo cuanto nosotros tenemos, y le encontramos, además, cierto atractivo ideal. Así, pues, este hombre es perfectamente feliz, tal como nosotros le soñamos.
Al contrario, cuando con toda nuestra debilidad y nuestros esfuerzos proseguimos nuestro trabajo sin distraernos, vemos con frecuencia que, caminando reposadamente y costeando, avanzamos más que otros a fuerza de vela y remo... Y, sin embargo, siempre está contento de sí mismo el que marcha al lado de los demás o logra adelantarse.
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26 de Septiembre de 1771
A decir verdad, comienzo a estar aquí bastante bien. Lo mejor de todo es que no me falte trabajo y que esta gente y estas fisonomías de todas clases, nuevas para mí, me entretienen de un modo agradable. He hecho conocimiento con el conde de C., a quien estimo más cada día. Persona de superior inteligencia, revela un alma formada por la amistad y la ternura. Se ha encariñado conmigo con motivo de un asunto cuyo arreglo me encargaron. Desde las primeras frases observó que nos entendíamos y que podía hablarme de diferente modo que a los demás. No encuentro palabras para alabar la franqueza con que me honra, ni hay nada en el mundo que produzca una alegría tan grande y tan verdadera como el hallazgo de un alma privilegiada que nos abre sus puertas.
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24 de Diciembre de 1771
El embajador me hace pasar muy malos ratos cosa que ya tenía yo prevista. Es el tonto más insoportable de la tierra; caminando paso a paso y siendo meticuloso como una solterona, nunca está satisfecho de sí mismo, ni hay medio de contentarle. Me gusta trabajar de prisa y no retocar lo que escribo: él es capaz de devolverme una minuta diciéndome: "Está bien, pero repasadla; siempre se encuentra alguna expresión mejor, alguna palabra más propia." Cuando esto pasa, me daría a todos los demonios. No ha de faltar una conjunción; es enemigo mortal de las inversiones gramaticales que a veces se me escapan; no comprende más periodo que el que escribe con la cadencia del ritmo tradicional. Es un suplicio tener que entenderse con semejante hombre.
Lo único que me consuela es la amistad con el conde de C. Hace algunos días me manifestó con la mayor franqueza que le fastidian soberanamente la lentitud y nimiedad característica de mi embajador. "Esta gente es una polilla para sí misma y para los demás—me decía—; pero hay que sufrirla, como sufre cualquier viajero el estorbo de una montaña. Si ésta no existiera, el camino, indudablemente, sería más fácil y más corto; pero la montaña existe y hay que pasarla."
El viejo conoce bien la preferencia que sobre él me da el conde; esto le quema, y aprovecha las ocasiones que se presentan para hablar mal de él en presencia mía. Como es natural, yo le contradigo, y ya tenemos altercado. Ayer, por ejemplo, me cogió por su cuenta, y me sacó por completo de mis casillas. "El conde—decía—conoce bastante bien las cosas del mundo, tiene facilidad para el trabajo y escribe bien; pero, como la mayor parte de Los hombres de ingenio, carece de conocimientos profundos." Después hizo una mueca que podría traducirse por "¿Te alcanza a ti este dardo?", pero no me produjo ningún efecto. Desprecio a quien piensa y se conduce de este modo, y le respondí con bastante viveza, que el conde merece el mayor respeto, tanto por su carácter como por su instrucción. "No conozco a nadie—añadí—que haya logrado desarrollar mejor talento y aplicarlo a multitud de objetos, conservando, sin embargo, toda la actividad necesaria para la vida común" Hablar así a este imbécil era hablarle en griego, y me despedí de él para evitar que me revolviese más la bilis diciendo majaderías. Y toda la culpa es de los que me habéis amarrado a este yugo, contándome maravillas de la actividad. ¡Actividad! Remaría voluntariamente diez años más en la galera donde ahora estoy sujeto, si el que no tiene otra ocupación que la de plantar patatas y el que va a vender sus granos a la ciudad no hiciera más que yo. ¿Y la miseria brillante que veo, el fastidio que reina entre esta gente tosca, esta manía de clases en la cual estriba el que acechen y espíen la ocasión de elevarse unos sobre otros, fútiles y menguadas pasiones que se presentan al desnudo? Aquí, por ejemplo, hay una mujer que no habla a nadie de otra cosa que de su nobleza y de sus fincas; de modo que los forasteros dirán para sus adentros: "Esta es una sandía a quien un poco de nobleza y cuatro terrones le han vuelto el juicio." Pero no es esto lo peor: la susodicha es simplemente hija de un escribano de estas cercanías. No puedo comprender a la especie humana, cuyas pretensiones orgullosas suelen estar destituidas de todo fundamento. Es verdad, mi querido Guillermo, que cada día me convenzo más de lo estúpido que es querer juzgar a los demás. ¡Tengo tanto que hacer conmigo mismo y con mi corazón, que es tan turbulento! ¡Ah! Dejaría de buen grado seguir a todos su camino, si ellos quisieran también dejarme andar por el mío.
Lo que más me irrita son las miserables distinciones sociales. Sé, cómo cualquiera, cuán necesaria es la diferencia de clases y conozco sus ventajas, de las que yo mismo me aprovecho; pero no quisiera que viniesen a estorbarme el paso, precisamente cuando podría gozar aún alguna pequeña alegría, alguna apariencia de felicidad. He hecho conocimientos últimamente en el paseo con la señorita B., criatura amable, que, en medio del mundo infatuado en que vive, conserva bastante naturalidad. Nuestra conversación nos fue grata a los dos, y cuando nos separamos le pedí permiso para visitarla. Me lo concedió con tanta franqueza, que apenas pude aguardar la hora conveniente para ir a verla. No es de aquí, y vive con una tía suya. La fisonomía de la vieja me desagradó; yo me mostraba deferente con ella, le dirigía casi siempre la palabra, y en menos de media hora adiviné lo que la sobrina me ha confesado después; esto es, que su querida tía carece, a su edad, de todo: de fortuna y de talento. No tiene más recursos que una larga lista de abuelos, en la que se atrinchera como detrás de un muro, ni más diversiones que la de mirar con altanería a la plebe que pasa por debajo de su balcón. Debe de haber sido hermosa en su juventud y ha pasado su vida en bagatelas: ha sido por sus caprichos el tormento de algunos jóvenes infelices, y después, en su edad madura, aceptó humildemente el yugo de un oficial ya anciano que, por un mediano pasar, sufrió con ella la edad de bronce y murió; pero ahora ella se ve sola en la edad de hierro, y nadie la miraría si su sobrina fuese menos amable.
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