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25) Werther - Del 24 de Noviembre al 6 de Diciembre (¡Basta!) Publicado @ 4:08 - 28/8/2006 Etiquetas:
Libro escrito en forma de recopilación de cartas de Werther a ... ---------------------------------------------------------------------------------
24 de Noviembre
No ignora Carlota lo que sufro. Su mirada ha penetrado hoy hasta lo más profundo de mi corazón. La encontré sola: yo no despegaba mis labios, y ella me miraba fijamente. Absorto ante aquella mirada sublime, llena de afectuoso interés y dula compasión, no veía en aquel momento su seductora belleza ni la aureola de inteligencia que ilumina su frente. ¿Por qué no me arrojé a sus pies o la estreché en mis brazos cubriéndola de besos? Se puso al piano: a sus armoniosos acordes unió su dulce y melodiosa voz. No he visto nunca más adorables sus labios; parecía que se entreabrían lánguidamente para aspirar los dulces sonidos del instrumento, y exhalarlos de nuevo, suavizados por su hálito. ¡Ah, si yo pudiera hacer que compartieses conmigo lo que entonces sentí! Incliné la cabeza, desfallecido, y me juré no atreverme jamás a imprimir un beso en aquella boca..., en aquella boca donde revoloteaban los celestiales serafines. Y, sin embargo, yo quiero... No; hay una barrera inaccesible que la separa de mi alma. ¡Destruir esta pureza! .... Y luego, el castigo siguiendo al pecado... ¡Un pecado!...
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26 de Noviembre
Suelo decirme a mí mismo: Tu destino no tiene igual: comparados contigo, los demás hombres son felices; porque jamás mortal alguno se vio atormentado como tú. "Entonces leo a cualquier poeta antiguo y me parece que es el libro mi propio corazón. ¡Qué! ¿Aún me queda tanto que sufrir? ¿Y antes que yo ha habido hombres tan desgraciados?"
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30 de Noviembre
Nunca, nunca podrá tranquilizarse mi espíritu. Por dondequiera que voy encuentro algo que me pone fuera de mí. Hoy mismo..., ¡Oh destino!, ¡oh pobre humanidad...! Me había ido a pasear a la orilla del río, a la hora de comer, porque no tenía ningún apetito. No había nadie. El oeste frío y húmedo soplaba de la montaña; algunas nubes grises rodeaban el valle. A larga distancia distinguí un hombre mal vestido que andaba encorvado entre las rocas, como si buscase algo. Me acerqué a él, y al ruido de mis pasos se volvió. Tenía una fisonomía interesante, con cierta expresión de tristeza que revelaba un corazón honrado. Sus negros cabellos le caían en bucles sobre la frente, y los de atrás descendían hasta la espalda, formando una apretada trenza. Como su traje indicaba que era un hombre del pueblo, creí que no se disgustaría porque me ocupase de él, y le pregunté qué hacía.
Dando un profundo suspiro, me contestó: "Busco flores y no las encuentro." "Lo creo—repuse sonriendo—; ahora no es tiempo de flores." "Hay muchas— añadió, acercándose a mí—. En mi jardín tengo rosas y dos especies de madreselvas... Una me la regaló mi padre; ésta crece con la rapidez que los hierbajos, y, sin embargo, hace dos días que busco una y no la encuentro. También aquí hay flores en todo tiempo: las hay amarillas, azules, rojas... y hay centenares que son unas florecillas muy lindas. Pues en vano las busco, no encuentro una siquiera."
Yo notaba en sus palabras y en su aire un no sé qué zahareño y feroz, y mañosamente le pregunté para qué quería las flores. Una sonrisa extraña y convulsiva contrajo su semblante. "Si me prometéis no hacerme traición—dijo, poniéndose un dedo sobre la boca—, os diré que he ofrecido un ramo a mi novia." "Bien, muy bien", repliqué. "¡Oh!, ella tiene muchas cosas buenas...; es rica." "Y, aun así, hace caso de vuestro ramo." "Tiene diamantes... y una corona..." "Pues ¿quién es? ¿Cómo se llama?" Sin responder a esta pregunta, añadió: "Si el gobierno quisiera pagarme, yo sería otro hombre. Sí; hubo un tiempo en que yo estaba bien; pero hoy.... todo ha concluido. Ya no soy nada..." Sus ojos, preñados de lágrimas, se fijaron en el cielo con viva expresión. "¿Eras feliz entonces?", le pregunté. "¡Ah ojalá lo fuera ahora lo mismo! Sí; contento, alegre, dichoso, vivía en un verdadero paraíso." "¡Enrique!", exclamó en aquel instante una anciana que se aproximaba a nosotros, ¿dónde te metes? Ando buscándote por todas partes. Vamos, ven a comer." "¿Es hijo vuestro?", le pregunté adelantándome hacia ella. "Sí, señor, es mi pobre hijo. Dios me ha dado una cruz bastante pesada." "¿Hace mucho tiempo que está así?" "A Dios gracias, hace ya seis meses que ha recobrado la tranquilidad. Pero antes durante un año, ha estado furioso y fue preciso encerrarle en una casa de salud. Ahora no hace mal a nadie; pero siempre está soñando con reyes y emperadores . ¡Era tan bueno y tan cariñoso! Me ayudaba a vivir con el producto de su trabajo, porque tenía una letra preciosa... De repente dio en estar caviloso; cayó enfermo con una fiebre devoradora, y ahora... ya veis el estado en que se encuentra. Si el señor quiere que le cuente..." Interrumpí este flujo de palabras para preguntarle a qué época se refería su hijo, cuando decía que había sido muy dichoso. "¡Ah, señor! El pobre alude al tiempo en que estaba completamente loco: al que pasó en el hospital, cuando no tenía conciencia de sí mismo. No cesa de recordar aquellos días..."
Estas palabras me hirieron como un rayo. Puse una moneda de plata en las manos de la anciana y me alejé casi corriendo.
Entonces eras feliz—pensaba yo, caminando rápidamente hacia el pueblo. ¡Entonces vivías alegre en un verdadero paraíso! Pero, señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo puede ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido? ¡Pobre insensato! Envidio tu locura, envidio el laberinto mental en que te pierdes. Tú sales lleno de esperanza a coger flores para tu reina en medio del invierno, y te desesperas porque no las encuentras, y no comprendes la causa de que no las encuentres... Pero yo..., yo salgo sin esperanza, sin objeto, y vuelvo a entrar en mi casa como salgo. Tú sueñas en lo que serías si el gobierno te pagase ¡feliz criatura que sólo en un obstáculo material hallas tu desgracia, que no sabes que en el extravío de tu cerebro, en el desorden de tu espíritu estriba tu daño, del que todos los reyes de la tierra no podrían librarte! ¿Puede morir desesperado el que se ríe de los enfermos que, en su opinión, agravan sus enfermedades y aceleran su fin yendo lejos a buscar la salud en aguas minerales maravillosas? ¿Puede morir desesperado el que insulta a la pobre criatura, cuya alma oprimida hace voto de visitar el santo sepulcro, para librarse de sus remordimientos y calmar sus escrúpulos y cuitas? Cada paso que dé sobre la tierra dura e inculta por ásperos senderos que desgarran los pies, es una gota de bálsamo echado sobre la herida de su alma, y después de la jornada de cada día, se acuesta con el corazón aliviado de una parte del fondo que le agobiaba. ¿Y os atrevéis a llamar esto necia preocupación, vosotros, charlatanes felices?... ¡Preocupación!... Dios mío, tú ves mis lágrimas. ¿Cómo al crear el hombre tan pequeño, le das hermanos que hasta le despojan en sus amarguras, robándole la confianza que ha puesto en ti, en ti, que nos amas infinitamente? Porque la fe en la virtud de una planta medicinal, o en el agua que destila la vid después de podada, ¿qué es si no es fe en ti, que al lado del mal has puesto el remedio y el consuelo que tanto necesitamos?
¡Oh padre que no conozco! ¡Padre que otras veces has llenado toda mi alma, y que ahora te apartas de mí, llámame pronto a tu lado! No guardes silencio más tiempo, porque tu silencio no detendrá a mi alma impaciente. Y si entre los hombres no podría enojarse un padre porque su hijo volviese a su lado antes de la hora marcada, y se arrojase en sus brazos exclamando: "Héme aquí de regreso, padre mío; no os incomodéis porque haya interrumpido el viaje que me habéis mandado terminar; el mundo es igual por todas partes; tras el dolor y el trabajo, la recompensa y el placer... ¿Qué me importa? Yo no estaré bien más que donde vos estéis; en vuestra presencia es donde yo quiero gozar y padecer... Tú, padre celestial y misericordioso, ¿podrías rechazarme?
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1 de Diciembre
¡Oh Guillermo! Ese hombre de que te he hablado, ese desdichado feliz, tenía un empleo en casa del padre de Carlota, y una desgraciada pasión que concibió por ella..., ¡por ella!, pasión que ocultó largo tiempo y que al fin descubrió, le hizo perder su destino. Éste ha sido el origen de su locura. Estas pocas palabras, llenas de sequedad, pueden hacerte comprender lo que esta historia me habrá trastornado, cuando Alberto me la refirió con tanta frialdad como acaso vas tú a leerla.
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4 de Diciembre
Te suplico que tengas piedad de mí, porque es un hecho que no podré soportar más tiempo mi situación.
Hoy estaba sentado cerca de ella, que tocaba diferentes melodías en su clavicémbalo, con una expresión.... ¡con una expresión!... ¿Cómo podría pintártela? La más pequeña de sus hermanas jugaba con sus muñecas sobre mis rodillas. De pronto se me saltaron las lágrimas y bajé la cabeza; vi entonces en su dedo el anillo de boda, y mi llanto corrió con más abundancia. En aquel mismo instante comenzaba a tocar aquella antigua melodía que tanto me impresionaba, y mi corazón sintió una especie de consuelo, recordando el tiempo en que aquella música había herido agradablemente mis oídos; tiempo de felicidad en que las penas eran pocas, horas de esperanza que pronto huyeron. Me levanté y empecé a pasearme por la habitación sin orden ni concierto. Me ahogaba.
"¡Basta—exclamé—, basta, por Dios!" Carlota se detuvo y clavó en mí una mirada investigadora.
"Werther—dijo, muy malo debéis estar, cuando vuestra música favorita os desagrada de ese modo. Retiraos, y haced por recobrar la calma."
Me separé de ella y... ¡Dios mío!, tú que ves mis sufrimientos, debes ponerles fin.
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6 de Diciembre
Su imagen me persigue: duerma o vele, ella sola llena toda mi alma. Cuando cierro los párpados, en el cerebro donde se encuentra la potencia de la vista, dispongo claramente sus ojos negros. Es imposible que te explique esto. Me duermo, y los veo también: siempre están allí, siempre fascinadores como el abismo. Todo mi ser, todo, está absorbido por ellos. ¿Qué es pues, el hombre, ese semidios tan ensalzado? ¿No le faltan las fuerzas cuando más las necesita? Y cuando bate sus alas en el cielo de los placeres, lo mismo que cuando se sumerge en la desesperación, ¿no se ve siempre detenido y condenado a convencerse de que es débil y pequeño, él, que esperaba perderse en lo infinito?"
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1 comentarios :: Enlace permanente :: Enviar Categorías: Un Libro - Werther
Comentarios:
Qué escalofrío sentí al leer el día 1 de Dic.! O.O
Está poco menos que condenado el pobre... : /
aDu Por Yisatsu (visitar blog)
@ 4:12 - 28/8/2006
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