Vengan pequeños y grandes y no olvidarán jamás,
el fabuloso programa que les voy a presentar...Así, como no podía ser de otra forma, empezaban su periplo barcelonés los dos más grandes cantautores, los dos más grandes cantantes, autores y poetas que ha dado la piel de toro en los últimos años (qué años ni que leches, ¡décadas!). Joaquín Sabina y Joan Manel Serrat, el cual jugaba con ventaja... no en vano, el del Poble Sec cantaba en casa.

Vaya dos...
El público del Sant Jordi, entregado desde un buen principio vibró con las mejores canciones de Sabina y Serrat interpretadas a una voz, a dos voces, a cuatro manos y a muchas musas. La noche del jueves ellas, las musas, no pasaron del nano, ni se quedaron a la orilla de la chimenea (magistral versión de Serrat, oiga). Esa noche ellas, las musas, estuvieron en las decenas de miles de personas entregadas en cuerpo y alma a la delicia de espectáculo que nos brindaban estos ancianos, seniles y añejos. Pero oiga, con calma, que el Mestre podría ser tu padre, Joaquinito.
pos que dis que sí, pos que dis que no...
Interpretando todas y cada una de las piezas con las que tuvieron a bien agasajarnos, vive Dios que me dejé la garganta y lo que no está escrito coreándolas desde mi butaca del fondo norte.
Que que mi acompañante, mi chiquitina, dada ella a soportarme en mil y una vicisitudes y situaciones, acabó harta sorprendida de no haber cesado de escucharme durante todo el concierto en ninguna de las capellas que nos marcamos buena parte de la "Grada Jove" (maldita la gracia de los que me situaron junto a los séniors de mis abuelos, que en Paz descansen).
¿Desde cuando te conoces tú toda la discografía de Serrat y Sabina, si puede saberse?
Desde que entré en el Sant Jordi, supongo...
Y es que la mágica noche que vivimos el jueves 5 de Octubre del 2007 acompañaba a ello. Ayudaba a recuperar muchas de las melodías y entrañables letras que teníamos dormidas en el alma, con las que crecimos y aprendimos a amar la música mucho más allá de un breve y efímero entretenimiento.
Y es que una vez acabada la noche, y acabada la voz, enfilamos la Avinguda Tarragona para, de vez en cuando, cruzar una Calle Melancolía, y archivar en la pupila un semáforo en rojo, una mochila, un Peugeot, y recordar con la frente marchita les paraules d'amor, senzilles i tendres... que le dedicamos por un breve suspiro a Penélope y Lucía.
Al fin y al cabo, no hago otra que pensar en...