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¿Sueña Internet con leyes electrónicas?

Resultados para etiqueta "FE"

Hombre de poca FE
Publicado @ 14:50 - 5/11/2007
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Uno de los mayores problemas en relación al llamado consumidor electrónico (el que adquiere bienes/servicios a través de tiendas virtuales) es el de proporcionarle un documento acreditativo de la compra y que ese documento resulte eficaz desde el punto de vista de la prueba. Y es que si bien la digitalización de la información tiene importantes ventajas, acarrea un considerable problema al ser la manipulación de un documento electrónico más fácil, barata y, casi, indetectable que nunca. Pero, ¿de verdad es tan fácil modificar un documento electrónico? Por desgracia sí.

Por ejemplo, un PDF cerrado puede abrirse, y como una sandía, a poco que se busque en la Red. ¿Y un correo encriptado? No resulta mucho más difícil porque en la gran mayoría de los casos la encriptación utilizada no es muy alta, por tanto, nada que un poco de empeño y tiempo libre no puedan solucionar.

Entonces, ¿qué soluciones aplicamos? Las dos que con más fuerza brillan son la firma electrónica y los terceros de confianza.

Muy resumidamente, la firma electrónica es un mecanismo que permite la autenticación de documentos electrónicos. Es decir, que yo soy el que ha enviado ese correo, y nadie más que yo. Mientras tanto, la figura de los terceros de confianza la crea la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información para ofrecer mayores garantías al contratar un bien/servicio a través de Internet. Por ejemplo, certificar los términos (productos adquiridos, precio, nº de unidades, hora a la que se realizó la operación, etc.) de un contrato.

Si queremos llevarnos todo el paquete, es decir, certificar los términos contractuales e identificar a las partes, son necesarios ambos mecanismos. A pesar de ello, y a día de hoy, me parece más interesante el mecanismo de los terceros de confianza.  ¿Por qué? Porque aunque los terceros de confianza no garantizan todos los datos deseables, sí es un mecanismo que permitiría asegurar un buen número de supuestos de forma sencilla y  sin necesidad de una implantación masiva de la firma electrónica. Por ejemplo, a la hora de cumplir un contrato el comerciante dice que el precio era 10 en lugar de 5. El consumidor se niega a pagar 10 porque el precio era 5. De existir un tercero de confianza, se acude al mismo y se verifica que el precio era 5. Por tanto, el comerciante cumple (probablemente tarde, pero cumple) y, con un poco de suerte, sin necesidad de recurrir a juicio o, como mucho, pasando por una Junta Arbitral de Consumo (ya hablaremos algún día de éstas).

El problema es que los terceros de confianza no son obligatorios y no tienen demasiada prensa, a diferencia de la firma electrónica, de la que todo el mundo habla pero que casi nadie tiene. Además, es probable que resultara menos engorroso para el consumidor electrónico “someterse” a esta figura que obtener, hoy por hoy, una firma electrónica. Por no decir que los comerciantes también podrían salir beneficiados.

Por tanto, a día de hoy, prefiero a los terceros de confianza para resolver el problema del documento acreditativo, a sabiendas de que la firma electrónica es necesaria para poder identificar a las partes con absoluta certeza. Es decir, para algunos contratos resultaría imprescindible. De modo que, ¿qué tal si mientras nos preparamos para el 10 – la firma electrónica – vamos a por el 7 o el 8 – terceros de confianza -? Al fin y al cabo, conseguir un 10 siempre es más difícil que obtener un 7.

Pues eso, demasiada FE (o Firma Electrónica) -¿qué pensabais?-, cuando hay otra muy interesante opción.

Saludos.

Nadie prueba la profundidad del río con ambos pies.

(Proverbio)

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Una segunda vida
Publicado @ 14:37 - 18/10/2007
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¿Qué sabemos del dinero electrónico? Pues que consiste en tarjetas de crédito o en el dinero utilizado en transacciones online al comprar en una tienda virtual, pensarán muchos. Pues no, es algo más complejo y casi propio de las películas de ciencia ficción (aunque una de sus modalidades está bastante implantada en nuestra vida diaria).

Sin embargo, antes de entrar en materia hay que saber qué es el dinero. Pues bien, el dinero no es más representar de forma abstracta un valor (independientemente de la valía inherente del papel o metal) respaldado por una autoridad y generalmente admitido para la realización de intercambios. Es decir, un billete de diez euros vale 10 euros, aunque el soporte papel en el que se encuentra cueste céntimos, y puede intercambiarse por otros valores, productos o servicios porque una autoridad, el Banco Central Europeo, lo autoriza y admite.

Pues con el dinero electrónico (en adelante DE) se pretende que ocurra lo mismo, pero en lugar de utilizar un soporte papel, que se utilicen bits. Muy, muy resumidamente diremos que hay dos tipos de DE: 1) los bits que se almacenan en tarjetas inteligentes (por ejemplo, tarjetas monedero o las prepago de las compañías telefónicas); 2) los bits que se almacenan en la memoria de un ordenador; en este caso no existe soporte material alguno, el dinero sólo existe como “mensaje electrónico” que puede viajar por la Red como si en el mundo de Ghost in the Shell viviéramos. El que quiera un ejemplo de este dinero aquí lo tiene.

Las tarjetas inteligentes están relativamente implantadas (todo aquél que utilice un móvil con tarjetas prepago está usando DE). Otra cosa ya es el segundo tipo, que está muy lejos de ser algo usual. Por que sí, existir existe, pero también lo hacen los coches eléctricos y eso no significa que el petróleo esté precisamente en vías de extinción (como auguraban los “expertos” hace años). De acuerdo, ¿pero puede haber algo más “increíble” que este segundo tipo de DE? Pues sí, y curiosamente surge de un “juego”, Second Life.

Second Life consiste según sus creadores en: “Un mundo en tres dimensiones enteramente construido por sus residentes, que también son sus propietarios. Desde su apertura en 2003 ha crecido de forma explosiva y a día de hoy lo habitan millones de personas”. En esta segunda vida uno puede adquirir el semblante y el carácter que desee. Y tan real es esta nueva vida que hasta tiene una moneda oficial llamada dólares Linden.

Alguien que utilice DE lo que hará es cambiar dinero real por dinero en forma de bits. Luego esos “bits” los utilizará para adquirir los servicios o productos que considere oportunos. Pero en Second Life ocurre lo contrario, uno pueda ganar en su mundo dólares Linden, en principio tan útiles como las monedas de oro que uno pueda recoger jugando a Diablo, ¡y luego cambiarlos por dólares completamente reales! De hecho existe una herramienta llamada Lindex (sólo puede accederse a ella si uno está registrado) en la que se realiza la conversión de dólares Linden a dólares reales. Decir que el cambio dependerá de la oferta y la demanda, pero según sus creadores éstos son valores bastante estables.

Y el tema va totalmente en serio porque ya hay gente que ha abierto negocios en Second Life para ganar los dólares Linden que luego cambia por dólares reales. Y aunque uno no pueda todavía hacerse rico con este sistema, parece que con algo de empeño y suerte puede sacarse para algo más que una cena.

Evidentemente este tipo de dinero privado, hablaremos de este concepto próximamente, abre un nuevo mundo de posibilidades y problemas, pero eso ya es otra historia.

Saludos.

El dinero no es nada, pero mucho dinero, eso ya es otra cosa.

George Bernard Shaw (Escritor irlandés)

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