mi viaje al infierno

Publicado: 20:07 09/08/2009 · Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , · Categorías:
RESIDENT EVIL VOLUMEN TRES
LA CIUDAD DE LOS MUERTOS
S.D. PERRY

La maldad sin oposición crece,
la maldad tolerada envenena todo el sistema.
Jawaharlal Nehru

Prólogo
Raccoon Times, 26 de agosto, 1998
EL ALCALDE ANUNCIA UN PLAN PARA MANTENER LA SEGURIDAD EN LA CIUDAD
RACCOON CITY — El alcalde Harris anunció en una rueda de prensa celebrada ayer por la tarde frente a las escaleras del ayuntamiento de la ciudad que el consejo municipal contratará diez nuevos agentes para que se unan a la policía de Raccoon City, como medida de respuesta ante la suspensión de las Escuadras de Rescate y Tácticas Especiales (los STARS), iniciada desde los brutales asesinatos que asolaron Raccoon City a comienzos del verano. Harris, respaldado en todo momento por el jefe de policía Brian Irons y los demás miembros del consejo municipal, aseguró a los ciudadanos que Raccoon City volverá a ser una ciudad tranquila y segura, una comunidad próspera en la que se podrá trabajar y vivir sin temor. También confirmó que las investigaciones sobre los once asesinatos «caníbales» y los tres ataques causados por animales salvajes no han terminado, ni mucho menos.
«El hecho de que nadie haya sido atacado a lo largo del último mes no significa que los policías de esta ciudad se vayan a relajar —declaró Harris—. Las buenas gentes de Raccoon City merecen tener confianza en su policía, y pueden estar seguros de que los miembros del departamento del jefe Irons están haciendo todo lo posible para mantener la seguridad de los ciudadanos. Como muchos de ustedes saben, lo más probable es que la suspensión de los STARS se confirme de forma permanente. La enorme incompetencia que demostraron durante las investigaciones preliminares de los asesinatos y su posterior desaparición de Raccoon City indican que no les importa en absoluto esta comunidad. Sin embargo, yo quiero asegurarles que nosotros sí nos preocupamos por ustedes, y que yo, el jefe Irons y los hombres y mujeres que ven aquí hoy quieren más que nada en este mundo que Raccoon City sea un lugar donde nuestros hijos puedan crecer sin miedo.»
Harris siguió a continuación con la explicación de un plan muy detallado que consta de tres puntos, para aumentar la confianza de los ciudadanos de Raccoon City e impedir que se cometan actos violentos. Además de reclutar entre diez y doce nuevos agentes de policía, el toque de queda continuará vigente al menos hasta finales de septiembre, y el jefe de policía Irons estará al mando de una fuerza de choque compuesta por numerosos agentes y detectives que seguirá en la búsqueda de los asesinos que mataron a once personas entre mayo y julio de este año...
Cityside, 4 de septiembre, 1998
UMBRELLA PLANEA RENOVAR SU COMPLEJO INDUSTRIAL
RACCOON CITY — La planta química propiedad de la compañía Umbrella que se encuentra al sur de la ciudad sufrirá una gran remodelación, que comenzará el próximo lunes. Ésta será la tercera renovación estructural de envergadura en lo que va de año por parte de la próspera compañía farmacéutica. Según declaró Amanda Whitney, portavoz de la empresa, dos de los laboratorios situados en el interior de la planta principal se proveerán de nuevos equipos, por un valor de varios millones de dólares, que se han diseñado para sintetizar vacunas, y el edificio será equipado con un sistema de seguridad de la más alta tecnología. Además, en todos los edificios de oficinas se renovarán las computadoras a lo largo de las próximas semanas. ¿Esto no aumentará los problemas de tráfico en la ciudad? Amanda Whitney afirmó que «sabemos que el edificio del departamento de policía de Raccoon City acaba de finalizar otra de sus renovaciones, por lo que los conductores están bastante cansados de los atascos en el centro, pero no hay ningún motivo para preocuparse: la mayor parte de la reconstrucción será externa, y las demás modificaciones se efectuarán después de las horas de trabajo».
Como nuestros lectores recordarán, en la zona exterior delantera del edificio de la policía aparecieron numerosas grietas tanto en el cemento como en los jardines, lo que obligó a repavimentar toda la zona y a desviar el tráfico durante seis días a lo lago de Oak Street.
Cuando le preguntaron por el motivo de tantas «transformaciones» en los últimos tiempos, la portavoz contestó que Umbrella había permanecido a la cabeza del mercado durante tanto tiempo debido a la utilización de la tecnología más reciente y avanzada, y que estarían ocupados durante un par de meses como máximo para seguir renovándose, pero que creía que el esfuerzo merecería la pena una vez hubiesen acabado...
Editorial del Raccoon Weekly, 17 de septiembre, 1998
¿SE PRESENTARÁ IRONS?
RACCOON CITY — El alcalde Harris posiblemente tendrá una primavera agitada. Las fuentes de información de este diario dentro del departamento de policía han revelado que el jefe de policía de Raccoon City, Brian Irons, que lleva en su cargo desde hace cuatro años y medio, está pensando en presentarse al máximo cargo del ayuntamiento en las próximas elecciones, enfrentándose al popular y hasta la fecha sin oponentes Devlin Harris, que ha permanecido en el cargo desde hace ya tres legislaturas. Aunque Irons no quiso confirmar su posible participación en las elecciones, el antiguo miembro de los STARS tampoco desmintió el rumor ante los medios de comunicación.
Gracias a su popularidad, mayor que nunca y en aumento desde que se puso fin a la serie de asesinatos que se produjeron este verano, y que aún están sin resolver, y al incremento de plantilla planeado para el departamento de policía de Raccoon City, es posible que el jefe Irons sea el único capaz de derrotar a Harris e impedirle que renueve su cargo en el ayuntamiento. Sin embargo, queda pendiente una cuestión: ¿serán capaces los votantes de olvidar los cargos imputados a Irons en el escándalo de los sobornos y la estafa ocurridos en el distrito de Cider? ¿No tendrán en cuenta sus costosos gustos en arte y decoración, que han convertido ciertas zonas del edificio del departamento de policía en un museo más que en una zona de trabajo? Si finalmente se decide por aspirar a la alcaldía, les aseguro que este periodista está más que dispuesto a echar un vistazo a sus cuentas bancarias.
Raccoon Times, 22 de septiembre, 1998
JOVEN ATACADA EN UN PARQUE DE LA CIUDAD
RACCOON CITY — La pasada noche, aproximadamente a las seis y media, la joven de catorce años Shanna Williamson fue atacada por un misterioso extraño en el parque de Birch Street, situado en el centro de la ciudad, mientras se dirigía de regreso a su casa después de entrenar. El individuo, que apareció repentinamente desde detrás de un seto en el extremo sur del parque derribó a la señorita Williamson antes de intentar agarrarla. La joven logró escapar con sólo unos cuantos rasguños y huyó corriendo hacia la cercana casa de Tom y Clara Atkins. La señora Atkins llamó a la policía, que inició un registro exhaustivo e infructuoso del parque, puesto que los agentes no encontraron el menor rastro del atacante. Según declaró la joven (en un comunicado difundido a primera hora de esta mañana por el departamento de policía), el hombre parecía ser un vagabundo. Sus ropas y su pelo estaban muy sucios, y describió el hedor que desprendía como «olor a fruta podrida». También declaró que parecía estar borracho, ya que se tambaleó y se cayó mientras la perseguía cuando ella huyó.
Debido a la serie de asesinatos caníbales que se produjeron entre mayo y julio del presente año (que sigue todavía sin resolver), el departamento de policía de Raccoon City se ha tomado muy en serio el ataque contra la señorita Williamson. El atacante muestra un enorme parecido con los miembros de una «banda» que fue vista por diversos testigos en Victory Park en junio pasado. El alcalde Harris ha convocado una conferencia de prensa para última hora de hoy, y el jefe de policía Irons ha declarado que gracias a la incorporación de los nuevos agentes de policía, cuya llegada está prevista para la próxima semana, los equipos regulares extenderán sus patrullas para incluir los bloques de viviendas del centro de la ciudad...

Capítulo 1
6 de septiembre, 1998
Los demás la estaban esperando fuera, junto a la camioneta de Barry, por lo que Jill procuró apresurarse. No le fue fácil: la casa había quedado completamente revuelta desde la última vez que ella había estado allí. El suelo de todas las habitaciones estaba cubierto por montones de libros y de papeles, y el lugar estaba demasiado oscuro para andar con rapidez por aquel mar de desechos. Le cabreaba que su pequeño hogar hubiese sido invadido de esa manera, aunque no le sorprendía en absoluto. Se figuró que al menos tenía la buena suerte de no ser una persona sentimental... y de que los intrusos no hubieran encontrado su pasaporte.
Agarró un puñado de calcetines y de ropa interior limpia en mitad de la oscuridad de su dormitorio y lo metió todo sin orden en su desgastada mochila, deseando poder encender las luces. Hacer la maleta en la oscuridad era mucho más difícil de lo que parecía, y lo sería de todos modos aunque no le hubieran registrado a fondo la casa. Sin embargo, sabía que no debía correr riesgos. Era poco probable que Umbrella todavía estuviese vigilando sus casas, pero si alguien lo estaba haciendo, una luz en cualquier habitación podría atraer disparos.
Al menos has salido al exterior. Se acabó el esconderse.
Y ésa era la única parte buena. Se dirigían a un país extranjero para asaltar las oficinas centrales del enemigo, y lo más probable es que los mataran en la operación, pero al menos no tendría que permanecer en Raccoon City por más tiempo. Y, por lo que había leído en los periódicos, quizás era lo mejor. Dos ataques en la última semana... Chris y Barry se mostraban escépticos con respecto al peligro que aquello pudiera representar, aun a sabiendas de los efectos del virus-T en la gente. Barry creía que era algún tipo de truco de publicidad, que Umbrella «rescataría» a Raccoon City antes de que nadie resultase realmente herido de gravedad. Chris se mostró de acuerdo con esa idea e insistió en que Umbrella no se atrevería a echar mierda en el jardín de su propia casa, es decir, en la ciudad, y menos si se tenía en cuenta que el desastre de la mansión Spencer había ocurrido hacía tan poco tiempo. Sin embargo, Jill no quería suponer nada: los tipos de Umbrella ya habían demostrado que no eran capaces de «contener» los resultados de su investigación. También habría que tener en cuenta lo ocurrido a Rebecca y David Trapp en los laboratorios de Maine...
No era el momento de ponerse a recordar aquello: tenían que tomar un avión. Jill dejó de apuntar al armario con la linterna y, cuando ya estaba a punto de salir para dirigirse a la sala, se acordó de que sólo llevaba un sujetador encima. Gruñó y se dio la vuelta de nuevo para comenzar a rebuscar en los cajones abiertos. Ya tenía ropa más que suficiente, escogida entre la que Brad había dejado atrás en su piso cuando había salido huyendo de Raccoon City. Ella y los chicos habían permanecido ocultos en la casa vacía durante varias semanas, desde que Umbrella había atacado la casa de Barry. Aunque la ropa de Brad no le servía a Chris, demasiado alto, ni a Barry, demasiado fuerte, ella había logrado aprovecharla. Sin embargo, la ropa interior femenina no era parte del vestuario del piloto de los STARS, y a Jill no le apetecía bajarse del avión e ir a comprar sujetadores en cuanto llegasen a Austria.
—Vanidad, tienes nombre de corsé  —murmuró en voz baja mientras manoteaba entre el montón de ropa.
Encontró uno de los esquivos sujetadores después de registrar dos veces los cajones, y lo metió completamente arrugado en la mochila mientras trotaba hacia la pequeña entrada de la casa de alquiler.
Era la segunda vez que había pasado por allí desde que habían decidido ocultarse, y tenía la sensación de que tardaría bastante tiempo en volver. Decidió que se llevaría una fotografía que tenía oculta en uno de los libros colocados en las estanterías.
Pasó con agilidad por encima de los confusos montones y bultos que había en el suelo. Tapó con una mano el extremo de la linterna y apuntó el estrecho haz de luz hacia la esquina donde debía estar la estantería y el libro que buscaba.
La estantería ya no estaba. El equipo de Umbrella lo había arrancado todo de la pared, pero no parecía que hubiesen registrado los propios libros. Sólo Dios sabía qué era lo que buscaban con exactitud. Probablemente intentaban encontrar alguna pista para descubrir el paradero de los renegados de STARS. Después del ataque contra la casa de Barry y de lo que había ocurrido durante la desastrosa misión en la Ensenada de Calibán, ella no se hacía ilusiones con respecto a las probabilidades que tenían de que Umbrella no prestara atención a sus actos.
Jill descubrió por fin el libro que estaba buscando, un ejemplar de tapa blanda de una novela bastante sensacionalista titulada La vida en la prisión. Su padre se habría partido de risa. Recogió el libro del suelo y hojeó entre sus páginas. Se detuvo cuando la luz iluminó el rostro sonriente y burlón de Dick Valentine. Le había enviado la fotografía en una de sus últimas cartas, y ella la había metido en el libro para no perderla. Esconder los objetos importantes para ella era un hábito que había adquirido desde muy pequeña, una costumbre que le había sido útil una vez más.
Dejó caer el libro y, mientras miraba la fotografía, se olvidó de la prisa que tenía. En sus labios se dibujó una leve sonrisa. Probablemente era el único hombre al qué incluso le sentaba bien el traje naranja de la prisión de máxima seguridad. Se preguntó por un momento que pensaría él de la situación en la que se encontraba metida. En cierto modo, él era responsable de ella. Bueno, al menos de que hubiera ingresado en los STARS. Después de que lo encerraran, había insistido para que dejara el negocio de los robos e incluso llegó a decir que se había equivocado al entrenarla como ladrona...
Así que cambié de trabajo, e incluso me puse a trabajar para la sociedad en lugar de enfrentarme a ella, y luego la gente de Raccoon City comenzó a morir. Los STARS descubrimos una conspiración para crear armas biológicas complejas con un virus que convierte a todo bicho viviente en un auténtico monstruo y, por supuesto, nadie nos cree, y los miembros de los STARS que Umbrella no puede comprar son desacreditados ante el mundo o son eliminados. Así que nos escondimos, intentamos sacar a la luz alguna prueba y acabamos con las manos vacías, mientras Umbrella continúa jodiendo a todo el personal con sus peligrosas investigaciones y más gente honrada muere por su culpa. Y ahora nos embarcamos en una misión suicida en Europa, con la intención de infiltrarnos en las oficinas centrales de una compañía multimillonaria y así impedir que destruyan todo el maldito planeta. Me pregunto qué es lo que pensarías. Bueno, suponiendo que te creyeras todo eso, ¿qué pensarías?
—Te sentirías orgulloso de mí, Dick —susurró, sin apenas darse cuenta de que estaba hablando en voz alta.
Tampoco estaba muy segura de que aquello fuera verdad. Su padre quería que trabajara en algo menos peligroso, y comparado con lo que ella y sus ex compañeros de los STARS iban a enfrentar, el robo con escalamiento era tan peligroso físicamente como la contabilidad.
Después de un largo instante, colocó con cuidado la fotografía en uno de los bolsillos de la mochila y miró alrededor, a los destrozados restos de su pequeña casa, sin dejar de pensar en su padre y en lo que diría sobre el extraño rumbo que había tomado su vida. Si todo salía bien, quizá podría contárselo en persona. Rebecca Chambers y los demás supervivientes de la misión en la Ensenada de Calibán todavía se mantenían ocultos. Con discreción, habían entrado en contacto con los demás miembros de confianza de la organización de los STARS en busca de apoyo e información, mientras esperaban que ella, Chris y Barry les contaran lo que sabían de las oficinas centrales de Umbrella. La sede oficial estaba en Austria, aunque sospechaban que las mentes que habían planeado todo el proyecto del virus-T se encontraban ocultas en algún otro lugar...
Lugar que no encontrarás si no mueves el trasero. Los chicos pensarán así que te has parado a echarte una siesta.
Jill se echó al hombro la mochila y dio un último vistazo a la habitación antes de retroceder hacia la puerta trasera, atravesando la cocina. En el aire se percibía un ligero olor a fruta podrida procedente de un cuenco de manzanas y peras que había encima de la nevera y que ya hacía tiempo se había desintegrado en un montón de moho y polvo. Aunque conocía su origen, el olor le provocó un escalofrío que le recorrió toda la espina dorsal. Apresuró el paso para acercarse a la puerta de salida mientras intentaba detener la oleada de recuerdos sobre lo que habían encontrado en la mansión Spencer...
Pudriéndose mientras seguían caminando, intentando agarrarme con sus húmedos y descarnados dedos, con los rostros derritiéndose convertidos en una masa de pus y carne podrida...
Ella apenas pudo contener un grito de sorpresa al oír la llamada en voz baja de Chris, que todavía estaba fuera. La puerta se abrió, y la silueta de Chris quedó recortada en la oscuridad por la luz de una lejana farola.
—Sí, estoy aquí —contestó al mismo tiempo que daba un paso adelante—. Siento haber tardado tanto. Los de Umbrella han pasado por aquí con una máquina excavadora.
A pesar de la escasa luz, pudo ver la media sonrisa en su juvenil rostro.
—Estábamos empezando a pensar que te habían pillado los zombis. —Aunque el tono de voz de Chris era risueño, ella advirtió cierto grado de preocupación en ella.
Jill sabía que su intención era reducir la tensión del momento, pero no pudo responder a la sonrisa. Había muerto demasiada gente por culpa de lo que Umbrella había dejado escapar a los bosques que rodeaban Raccoon City. Si el escape del virus se hubiera producido en el centro de la ciudad...
—No tiene gracia —fue lo único que dijo.
La sonrisa de Chris se esfumó.
—Lo sé. ¿Estás lista?
Jill asintió, aunque no se sentía realmente preparada para lo que se les avecinaba. Sin embargo, tampoco se había sentido preparada para lo que dejaban atrás. Su concepto de realidad había cambiado bruscamente en cuestión de semanas, y las pesadillas se habían convertido en lo habitual.
Grandes compañías malvadas, científicos locos, virus asesinos, sin olvidar los muertos vivientes...
—Sí —contestó por fin—. Estoy lista.
Salieron juntos. En el mismo instante en el que Jill cerró la puerta, tuvo una repentina y ominosa sensación: jamás volvería a poner sus pies en aquella casa, ninguno de ellos regresaría nunca a Raccoon City...
Pero no porque nos vaya a pasar algo. No, algo va a pasar, pero no será a nosotros.
Permaneció, ceñuda, con el pomo de la puerta en la mano, dudando por un momento mientras intentaba darle un sentido a esa extraña sensación. Si sobrevivían a la operación de reconocimiento, si lograban tener éxito en su lucha contra Umbrella, ¿por qué no iban a poder regresar a sus casas? No lo sabía, pero la sensación era tremendamente poderosa. Algo saldría mal, algo iba a ocurrir...
—Eh, Jill, ¿estás bien?
Jill levantó la mirada y vio en su cara el mismo gesto de preocupación que momentos antes. Habían llegado a conocerse bastante bien en las últimas semanas, aunque ella sospechaba que Chris deseaba conocerla aún más.
Ah, vaya. ¿No te gustaría a ti también?
La sensación de catástrofe se fue diluyendo, y otras sensaciones confusas la reemplazaron. Jill sacudió mentalmente su cabeza y asintió con un gesto de la barbilla, mientras dejaba de lado sus sentimientos. El vuelo a Nueva York no iba a esperarla para que se dedicara a revisar sus sentimientos o para que se preocupara por asuntos que no podía controlar, fueran imaginados o verdaderos.
Y, sin embargo, esa sensación...
—Salgamos de una vez de aquí —dijo por fin, y lo dijo de corazón.
Se adentraron en la noche y dejaron la oscura casa a sus espaldas, silenciosa y solitaria como una tumba.
Capítulo 2
3 de octubre, 1998
El crepúsculo ya se había asentado a lo largo de las montañas y había pintado el paisaje quebrado con tonos de penumbra púrpura. El cielo serpenteaba a través de la creciente oscuridad, rodeado por colinas sombrías que se alzaban hacia el cielo sin nubes, extendiéndose hacia las primeras insinuaciones del brillo de las estrellas.
León habría apreciado más la belleza del paisaje si no fuese porque iba a llegar tan tarde. No tendría problema para estar a tiempo en la comisaría cuando comenzara su turno, pero habría deseado pasar antes por su apartamento para soltar su equipaje, darse una ducha y comer algo. Tal como estaban las cosas, sería una suerte si tenía tiempo para pararse a comprar algo en un bar de carretera. En la última parada se había cambiado de ropa y se había puesto su uniforme, lo que le había ahorrado un par de minutos, pero aun así, realmente la había fastidiado bastante.
Muy bien, agente Kennedy, así se hace. El primer día de trabajo y tendrás que quitarte los restos de la hamburguesa de queso de entre los dientes mientras pasan lista y explican las patrullas. Todo un profesional.
Su turno empezaba a las nueve en punto, y ya eran más de las ocho. León apretó un poco más el pedal del acelerador, aunque su jeep acababa de pasar al lado de una señal que le indicaba que estaba a media hora de Raccoon City. Al menos, la carretera estaba bastante despejada. Con excepción de un par de coches, no había visto a nadie en lo que a él le habían parecido horas. Aquello era un cambio agradable comparado con el atasco de tráfico que había sufrido en las afueras de Nueva York y que le había costado la mayor parte de la tarde. Incluso había llamado la noche anterior para intentar dejarle un mensaje al sargento encargado del turno de noche para decirle que quizá llegaría tarde, pero debía haber algún fallo en la línea telefónica, porque lo único que había sonado era la señal de comunicando.
El poco mobiliario del que disponía ya lo había trasladado al pequeño apartamento tipo estudio en el distrito Trask, un barrio de trabajadores pero acogedor. Había un parque a poco más de dos manzanas de su casa, y la comisaría estaba a sólo cinco minutos en coche. Se acabaron los enormes atascos, se acabaron los tugurios superpoblados, se acabaron los actos de brutalidad sin sentido. Si lograba sobrevivir a la vergüenza de empezar su primer turno como agente de policía sin haber tenido tiempo de deshacer las maletas, deseaba vivir en una pequeña ciudad pacífica como Raccoon City.
Este lugar tendrá bien poco que ver con la Gran Manzana , muchas gracias... Bueno, excepto en estos últimos meses, con esos asesinatos...
A pesar de intentar evitarlo, sintió un ligero estremecimiento por la emoción. Por supuesto, lo que había ocurrido en Raccoon City había sido horrible, pero no habían atrapado a los asesinos, y lo cierto es que la investigación apenas había comenzado. Y si le caía bien a Irons, tan bien como les había caído a los directores de la academia de policía, quizá tendría la oportunidad de trabajar en el caso. Le habían llegado rumores de que el tal Irons era un poco capullo, pero León sabía que su entrenamiento había sido de primera clase y que incluso un capullo estaría un poco impresionado. Después de todo, se había graduado entre los diez primeros de su promoción, y no era un completo extraño en Raccoon City, ya que había pasado la mayoría de los veranos allí cuando era un chaval, mientras sus abuelos vivían. Por entonces, el edificio de la comisaría había sido una biblioteca, y a Umbrella todavía le quedaban muchos años para convertir el pueblo en una pequeña ciudad.
Sin embargo, en su mayor parte seguía siendo el lugar tranquilo que recordaba de sus años infantiles. En cuanto los asesinos caníbales estuvieran entre rejas, Raccoon City sería un lugar ideal de nuevo, una comunidad tranquila y limpia asentada entre las montañas como un recóndito paraíso.
Así que me instalo y, en una o dos semanas, Irons se da cuenta de lo bien redactados que están mis informes o lo buen tirador que soy en la galería de tiro. Me pide que eche un vistazo a los informes del caso, sólo para familiarizarme con los detalles antes de enviarme a realizar los trabajos cotidianos, y yo veo algo que nadie ha visto. Quizás una pauta o un motivo común para asesinar a algunas de las víctimas,.. Quizás un error en el informe de un testigo que nadie ha comprobado porque todos llevan demasiado tiempo metidos en el caso. Y fíjate que llega este poli novato y resuelve el caso, y no hace ni un mes que ha salido de la academia...
Algo se cruzó por delante del jeep.
—¡Jesús!
León apretó el freno y el todoterreno viró de un lado a otro mientras él salía de su ensimismamiento y se esforzaba por controlar el vehículo. Los frenos se bloquearon y el chirrido de las gomas de las ruedas sonó como un grito. El jeep dio la vuelta hasta quedar encarado hacia los oscuros árboles que se alineaban a lo largo de la carretera y finalmente se detuvo en el arcén tras una última sacudida de toda la carrocería.
León tenía el corazón en un puño y el estómago en la garganta. Abrió la ventana y sacó el cuello para poder ver al animal que había pasado a toda velocidad por la carretera. No le había llegado a dar, pero había estado muy cerca. Le pareció que se trataba de un perro, pero no lo había visto con claridad. Era de gran tamaño, quizás un pastor alemán o un dobermann algo crecido, pero había algo raro en aquel perro.
Sólo lo había visto una fracción de segundo, como un relámpago de ojos rojizos y un cuerpo esbelto y ágil parecido al de un lobo, pero había algo más, parecía estar...
¿Sudoroso? No, sólo fue una impresión, la luz me ha jugado una mala pasada en la vista. O estabas tan cagado de miedo que viste otra cosa. Estás bien y no le has dado, eso es lo importante.
—Jesús —dijo de nuevo, esta vez en voz más baja, y se sintió a la vez aliviado y bastante enfadado mientras la adrenalina comenzaba a disminuir en su sistema sanguíneo. Los que dejaban sueltos a sus perros eran auténticos idiotas. Proclamaban a los cuatro vientos que querían que sus mascotas fueran libres, pero luego se sorprendían cuando acababan aplastados bajo las ruedas de un coche.
El jeep se había detenido a pocos metros de una señal de tráfico en la que se leía: «Raccoon City 10». Distinguió las letras con la escasa luz del moribundo crepúsculo. León echó un vistazo a su reloj. Todavía le quedaba poco más de media hora para llegar a su comisaría. Le sobraba tiempo, pero, por alguna otra extraña razón, se quedó allí quieto y sentado, respirando profundamente con los ojos cerrados. La suave brisa cargada con el olor a pinos le refrescó la cara. El desierto tramo de carretera parecía tranquilo, pero de un modo antinatural, como si todo el paisaje estuviese conteniendo la respiración, a la espera. Cuando su corazón recobró su ritmo normal, se sorprendió al descubrir que seguía intranquilo, que incluso sentía un poco de ansiedad.
Los asesinatos de Raccoon City… ¿Verdad que algunas de las personas murieron por ataques de animales? ¿Unos perros salvajes o algo parecido? Quizás ése no era un perro de compañía, después de todo.
Un pensamiento inquietante..., que aumentó cuando de repente también sintió que el perro todavía se encontraba en las cercanías, que quizá lo estaba observando oculto entre las sombras de los árboles.
Bienvenido a Raccoon City, agente Kennedy. Vigile las cosas que quizá lo están vigilando...
—No seas capullo —se dijo a sí mismo con un murmullo, y se sintió un poco mejor cuando oyó el tono de adulto en plan «no digas tonterías» en su voz. A menudo se preguntaba si alguna vez se libraría de su imaginación desbordante.
Sueñas despierto como un chaval con la idea de atrapar a los tipos malos y luego te inventas a unos monstruos con forma de perros que acechan en los bosques... Oye, León, intenta comportarte según la edad que tienes, ¿de acuerdo? Por Dios, eres un poli, una persona adulta...
Encendió de nuevo el motor y volvió a la carretera, sin hacer caso de la extraña sensación de intranquilidad que había logrado apoderarse de él a pesar del tono autoritario de su mente consciente. Tenía un nuevo trabajo y un lindo apartamento en una bonita y floreciente ciudad. Era un tipo competente, inteligente y con cierto atractivo: mientras mantuviera a raya a sus glándulas creativas, todo iría bien.
—Y ya estoy de camino —se dijo a sí mismo, obligándose a sonreír de un modo que le sonó fuera de lugar pero que de repente le pareció necesario para tranquilizarse. Estaba de camino hacia Raccoon City, hacia una prometedora nueva vida. No había nada por que preocuparse, nada en absoluto...
Claire estaba exhausta, tanto física como emocionalmente, y el hecho de que el trasero le doliera desde hacía un par de horas no ayudaba mucho. Le parecía que el rugido del motor de su Harley Davidson se había asentado con firmeza en sus huesos, como contrapunto físico de las mariposas que sentía en el estómago y, por supuesto, lo peor de todo parecía proceder de su recalentado y dolorido trasero. Además, estaba oscureciendo y, como perfecta idiota que era, no llevaba sus ropas de cuero para montar en moto. Chris se cabrearía un montón.
Va a gritarme hasta que se le salten las venas del cuello, pero no me importa en absoluto. Por favor, Dios, que esté allí para gritarme por lo idiota que soy...
La Harley siguió zumbando a lo largo de la oscura carretera. El ruido de su motor regresaba como un eco después de rebotar en las laderas de las colinas, repletas de árboles. Dobló las curvas con mucho cuidado: se había percatado de que la carretera estaba prácticamente desierta, así que, si se caía, pasaría mucho tiempo antes de que alguien pasara para ayudarla.
Como si eso importara. Cáete de la moto sin el equipo de protección puesto y tendrán que apartar tus restos del asfalto con una espátula.
Era una estúpida. Sabía que había sido una estúpida por salir con tanta prisa como para no vestirse en condiciones... pero también sabía que a Chris le había pasado algo. Diablos, algo le había pasado a toda la ciudad. A lo largo de las dos últimas semanas, la creciente sospecha de que su hermano estaba metido en problemas se había convertido en una certidumbre. Y las llamadas que había efectuado a lo largo de la mañana le habían corroborado sus temores.
No hay nadie en casa. No hay nadie en ninguna casa. Es como si todo Raccoon City se hubiera mudado y no hubiera dejado una dirección de contacto.
Era realmente malo, aunque no le importaba lo que le pasara a Raccoon City. A ella lo único que le importaba era que Chris vivía allí, y que si le había ocurrido algo malo...
Ella no podía, no debía pensar de ese modo, no podía pensar en eso. Chris era lo único que le quedaba en la vida. Su padre había muerto durante la construcción de un edificio cuando los dos todavía eran unos críos, y cuando su madre había muerto en un accidente de coche tres años antes, Chris había hecho todo lo posible por adoptar la función de sus padres muertos. Aunque sólo tenía algunos años más que ella, la había ayudado a escoger una universidad y le había encontrado un psicólogo bastante bueno para que la ayudara a superar el trauma. Incluso le mandaba algo de dinero todos los meses aparte de lo que ella cobraba del dinero del seguro de vida de sus padres. Era lo que él llamaba «dinero para salir». Y además de todo eso, la llamaba cada dos semanas, sin fallar, como un reloj.
Ese mes, sin embargo, no la había llamado ni una sola vez, y ni siquiera había contestado a los mensajes que ella le ha había dejado. Había intentado convencerse de que era una tontería preocuparse. Quizás había encontrado por fin una chica, o había ocurrido algo con respecto a la suspensión de los STARS, fuese lo que fuese exactamente eso. Pero después de tres cartas sin contestación y de esperar durante días a que el teléfono sonase, había acabado llamando a la policía de Raccoon City aquella misma tarde, con la esperanza de que alguien supiera qué le había pasado. Lo único que había obtenido era la señal constante de comunicación.
Allí sentada en su dormitorio, mientras oía el latido mecánico sin vida del teléfono, había comenzado a preocuparse de verdad. Incluso una pequeña ciudad como Raccoon City tenía un sistema de contestador automático para todas las llamadas en espera. La parte racional de su mente le aconsejó que no se dejara dominar por el pánico, que una línea sobrecargada no era motivo para alarmarse... pero su parte más emocional ya estaba gritando que una leche, que allí ocurría algo raro, y malo, por añadidura. Tras hojear con manos temblorosas su agenda de teléfonos había llamado a unas cuantas personas a las que ella consideraba amigos de Chris, a sitios o a gente a los que él le había dicho que llamara si estaba metida en problemas y él no estaba en su casa: Barry Burton, el restaurante de Emmy, un policía al que nunca había conocido llamado David Ford... Incluso llamó al teléfono de Billy Rabbitson, aunque Chris le había dicho que había desaparecido hacía meses. Con excepción de un sobrecargado contestador automático en la casa de David Ford, sólo había obtenido señales de comunicación.
Para cuando colgó después de la última llamada, la preocupación se había convertido en algo muy parecido al terror. Sólo tardaría unas seis horas y media desde su universidad hasta Raccoon City. Su compañera de habitación le había pedido prestadas sus ropas de montar en moto para irse con su nuevo novio motero, pero Claire tenía un casco de repuesto, así que, con aquella sensación que todavía no llegaba a ser de pánico entremetiéndose en sus pensamientos, simplemente había agarrado el casco y se había marchado.
Estúpida, quizás. Impulsiva, desde luego. Y si Chris está sano y salvo, los dos podremos reírnos de mis paranoias hasta que reventemos de la risa. Pero hasta que descubra qué está pasando, no tendré un momento de paz.
Los últimos restos de la luz del día se escapaban por el horizonte del cielo sin nubes, aunque la débil luz de la luna casi llena y el faro de su Softail le proporcionaban luz suficiente para ver, más que suficiente para distinguir con claridad el cartel de «Raccoon City 10».
Claire volvió a centrar su atención en conducir su pesada moto mientras se decía a sí misma que Chris estaría bien, que si hubiese ocurrido algo extraño en Raccoon City, alguien habría dado la voz de alarma a aquellas alturas. Pronto sería noche cerrada, pero estaría en Raccoon City antes de que oscureciera demasiado como para montar en moto sin problemas.
Pronto descubriría si Raccoon City era un sitio seguro o no.

Capítulo 3
León llegó a las afueras de la ciudad con veinte minutos de sobra, pero decidió que la posible cena caliente tendría que esperar. Sabía por sus anteriores visitas a la comisaría de la ciudad que había un par de máquinas de aperitivos y chucherías, por lo que podría aguantar el tirón hasta que encontrara tiempo para comer en condiciones. La idea de una chocolatina pasada y unos cacahuetes rancios no pareció agradarle nada a su estómago, que llevaba un rato gruñendo, pero la culpa sólo la tenía él. La próxima vez que se marchara de viaje tendría en cuenta el tráfico de salida desde Nueva York.
Conducir de nuevo hasta la ciudad había hecho mucho por tranquilizar sus agitados nervios. Había pasado al lado de unas cuantas pequeñas granjas que se encontraban al este de la ciudad, con sus terrenos arados y sus almacenes de grano, y finalmente había pasado por el bar de carretera que separaba al Raccoon City campestre del Raccoon City urbano. La idea de que en poco tiempo patrullaría aquellas carreteras secundarias y las mantendría seguras, le proporcionó una sorprendente sensación de bienestar y un ligero orgullo. La primera brisa del otoño que entraba por la ventanilla bajada era agradablemente fresca, y la luz de la luna lo bañaba todo con un resplandor plateado. Después de todo, no llegaría tarde. En menos de una hora sería oficialmente uno de los defensores y protectores de Raccoon City.
Cuando León dobló la esquina que daba a la calle Bybee, en dirección a una de las calles que lo conduciría hasta la comisaría de policía, tuvo el primer indicio de que algo iba mal, muy mal. A lo largo de las primeras manzanas se quedó un poco sorprendido: cuando pasó por la quinta, empezó a quedarse pasmado. No era extraño, era más bien... imposible.
Bybee era la primera calle de verdad de la ciudad, y entraba desde el este, donde el número de edificios superaba ampliamente al de solares vacíos. Había numerosos bares, cafeterías y restaurantes de barrio, además de una sala de cine donde sólo parecían poner películas de terror y comedias picantes, así que era uno de los sitios más populares de Raccoon City para la juventud del lugar. Incluso había unas cuantas tabernas donde en invierno servían caldo casero y bebidas calientes con ron para los alumnos entusiastas del esquí. A las nueve y cuarto de una noche de sábado, la calle Bybee tendría que estar repleta de gente.
Sin embargo, León vio que la mayoría de las tiendas y los restaurantes de ladrillo situados a lo largo de la calle tenían las luces apagadas, y en las pocas que se veía alguna luz no parecía haber nadie en su interior. A los lados de la calle había un montón de coches aparcados, y aun así, no logró ver ni a una sola persona. Bybee, el lugar preferido de los quinceañeros y de los estudiantes de la universidad, estaba completamente desierto.
¿Dónde demonios se ha metido todo el mundo?
Su mente se esforzó por encontrar una respuesta mientras avanzaba con el coche por la desierta calle, en busca de una razón lógica y también, en cierto modo, para aliviar la creciente ansiedad que volvía a apoderarse de su cuerpo. Pensó que quizá todos estaban en alguna celebración multitudinaria, como una misa al aire libre o los festejos de la salsa de tomate. Aquello le dio otra idea: quizá Raccoon City tenía su propia versión de la Oktoberfest  y habían empezado a devorar salchichas a diestro y siniestro en otro lugar de la ciudad.
Sí, muy bien, pero ¿se ha ido todo el mundo a la vez? Tiene que ser una fiesta de mil pares de narices.
En ese preciso instante, León se dio cuenta de que tampoco había visto un solo coche circulando desde que se había pegado el susto a diez kilómetros de la ciudad. Ni uno solo. Y, junto con aquel inquietante pensamiento, se dio cuenta de algo más. Era algo menos llamativo, pero mucho más próximo.
Algo olía mal. De hecho, algo olía a mierda.
Demonios, huele como a mofeta muerta, Bueno, es que más bien huele a una mofeta que hubiese vomitado sobre sí misma antes de morir.
Había reducido la velocidad del jeep hasta circular casi al ritmo de un peatón. Había planeado doblar hacia la izquierda en la calle Powell, una manzana más adelante... pero aquel horrible olor y la total ausencia de vida lo estaban atemorizando bastante. Pensó que quizá lo mejor sería detener el coche y bajarse para comprobar si todo iba bien, para echar un vistazo y ver si descubría alguna indicación de...
—Oh, vaya...
León sonrió y sintió una inmensa oleada de alivio que hizo desaparecer su ansiedad y su estado de confusión. Había un par de personas de pie en la esquina, prácticamente delante de él. La luz de la farola no le permitía verlos con claridad, porque estaba justo detrás de ellos, pero León distinguió sus siluetas. Era una pareja, un hombre y una mujer. Ella iba vestida con una falda y él llevaba puestas unas botas de trabajo. Cuando se acercó, se dio cuenta, por el modo en que caminaban hacia la calle Powell, de que estaban borrachos como una cuba. Ambos iban trastabillando de un lado a otro de las sombras provocadas por los edificios, pero iban en su misma dirección, así que no pasaría nada si se paraba a preguntarles qué demonios estaba ocurriendo.
Deben de haber salido del bar de Kelly. Seguro que se han tomado una o dos cervezas de más, pero como no están conduciendo, eso a mí no me importa. Me voy a sentir realmente estúpido cuando me digan que esta noche es el concierto anual gratuito o la gran barbacoa de «come todo lo que puedas sin pagar».
Casi mareado por el alivio que sentía, León dobló la esquina y entrecerró los ojos mirando hacia las densas sombras para intentar descubrir dónde estaba la pareja. No los vio, pero divisó un callejón que se abría entre dos tiendas, una joyería y una de ultramarinos. Quizá sus dos amigos borrachos se habían metido allí para utilizarlo como lavabo o quizás estaban metidos en algo más turbio...
—¡Mierda!
Apretó a fondo el pedal de freno al mismo tiempo que media docena de siluetas oscuras saltaban del asfalto, iluminadas por los faros del jeep como si fueran hojas arrastradas por el viento. Sorprendido, tardó un segundo en darse cuenta de que eran pájaros. No oyó ningún graznido ni ninguna otra clase de grito, aunque estaba lo bastante cerca para oír el batir de sus alas. Eran cuervos, que disfrutaban de un festín, probablemente algún animal atropellado, aunque más bien parecía...
Oh, Dios mío.
Vio un cuerpo humano tendido en mitad de la carretera, a unos seis metros del jeep. Estaba boca abajo, pero parecía una mujer... y, a juzgar por las manchas rojas que cubrían su antaño blusa blanca, no era una estudiante que se había hinchado de cerveza y que se había tumbado para echarse una siesta en el lugar equivocado.
Un atropello con huida. Algún cabrón le pasó por encima y luego huyó. Jesús, qué destrozo...
León apagó el motor, y ya tenía medio cuerpo fuera del jeep cuando sus pensamientos se precipitaron uno detrás de otro. Dudó con un pie puesto ya sobre el asfalto, y con el hedor de la muerte y la podredumbre impregnando todo el aire nocturno. Su mente se había quedado congelada en una idea que no quería ni pararse a considerar, pero sabía que era lo que debía hacer. Aquello no era un ejercicio de entrenamiento: podía estar jugándose la vida.
¿Qué pasa si no es un atropello con huida? ¿Qué pasa si no hay nadie por aquí porque por los alrededores ronda alguna clase de psicópata con su arma automática dispuesto a practicar el tiro al blanco? Puede que todo el mundo esté metido en el interior de las casas, oculto. Quizá la policía de Raccoon City ya viene hacia aquí, y quizás el par de individuos que vi antes no estaban borrachos, sino heridos e intentaban buscar ayuda.
Se metió de nuevo en el coche y rebuscó debajo de su asiento para encontrar su regalo de graduación: una Desert Eagle 50AE Magnum, con un cañón personalizado de diez pulgadas, un arma de fabricación israelí. Su padre y su tío, ambos policías, se la habían regalado entre los dos. No era el arma reglamentaria de la policía de Raccoon City, sino una mucho más potente. Cuando León sacó un cargador de la guantera y lo metió de un golpe seco, sintiendo el peso del arma en sus manos ligeramente temblorosas, decidió que, en aquel momento, era el mejor regalo que jamás le habían hecho. Se metió otros dos cargadores en el cinturón por pura precaución: cada cargador sólo llevaba seis balas.
Mantuvo la Magnum apuntando hacia el suelo mientras salía del jeep y le echaba un rápido vistazo a los alrededores. No estaba familiarizado con Raccoon City por la noche, pero sabía que la ciudad no debería estar tan oscura como estaba en esos momentos. Muchas de las farolas a lo largo de la calle Powell no tenían bombillas o simplemente no estaban encendidas. Las sombras más allá del cuerpo empapado en sangre eran muy profundas: si no hubiese sido por los faros de su jeep, no habría podido ver nada en absoluto.
Empezó a caminar hacia el cuerpo, sintiéndose terriblemente expuesto cuando abandonó la relativa cobertura del jeep, pero a sabiendas de que quizás ella todavía estaba viva. Era poco probable, pero tenía que comprobarlo.
Dio unos cuantos pasos más y pudo ver que sin ninguna duda era una mujer joven. Su pelo de color rojo oscuro y lacio le tapaba la cara, pero las ropas delataban su edad: pantalones vaqueros ceñidos y unas sandalias de moda. Las heridas estaban casi ocultas por la camisa ensangrentada, pero parecía haber docenas de ellas. Los agujeros irregulares en la tela húmeda dejaban entrever carne desgarrada y brillante, y tejidos musculares en las heridas más profundas.
León tragó saliva con esfuerzo y se cambió el arma de mano para luego agacharse a su lado. La piel fría y pegajosa cedió con facilidad bajo la presión de sus dedos en la garganta. Intentó encontrar el pulso con la punta de dos dedos apretándolos contra la carótida. Pasaron unos cuantos segundos, unos segundos durante los cuales se sintió terriblemente joven mientras intentaba recordar el procedimiento que había que seguir para efectuar una recuperación cardiorrespiratoria y al mismo tiempo rezaba para que sus dedos encontraran un solo latido.
Cinco compresiones, dos respiraciones cortas, mantener los codos bien colocados... Vamos, por favor, no estés muerta...
No halló el pulso, y no quiso esperar ni un segundo más. Se metió la pistola en el cinturón y la agarró por los hombros para darle la vuelta y comprobar si al menos respiraba... pero en cuanto empezó a levantarla, vio algo que le hizo dejarla de nuevo en el suelo, mientras el estómago se le subía a la garganta.
La camisa de la víctima se había salido de los pantalones lo suficiente para dejar al descubierto la columna y parte de las costillas. Los trozos blanquecinos de hueso todavía tenían hebras de carne colgadas, y las estrechas y curvadas puntas de las costillas se hundían en trozos de tejido destrozado. Tenía todo el aspecto de haber sido derribada... y masticada. Los retazos de información que su mente había recogido hasta el momento y que le habían parecido poco importantes de repente adquirieron una enorme trascendencia, y en el mismo instante que todos los hechos encajaron, sintió los tentáculos del verdadero miedo apoderarse de los rincones de su mente.
Los cuervos no pueden haber hecho esto. Habrían tardado horas, ¿y quién demonios ha oído hablar de cuervos que se alimentan después de caer el sol? Y ese olor a podrido no procede de ella, ha muerto hace poco y...
Caníbales. Asesinatos.
No. De ninguna manera. Para que ocurriera algo así, para que una persona fuera asesinada y luego parcialmente... devorada en mitad de una calle sin que nadie lo impidiese... Y con tiempo suficiente para que lleguen los carroñeros...
Para que eso pasara, los asesinos tendrían que haber matado a la mayor parte de la población. ¿Parece probable? No. Bien. Entonces, ¿de dónde procede ese olor asqueroso? ¿Y dónde está todo el mundo?
León percibió a su espalda un gruñido bajo y suave. Unos pasos arrastrados y luego otro sonido. Un sonido húmedo.
Tardó menos de un segundo en ponerse en pie y darse la vuelta en redondo mientras su mano desenfundaba de forma instintiva su pistola. Eran la pareja de antes, los borrachos, que se tambaleaban hacia él, a la que se había unido un tercer individuo de aspecto fornido... con toda la camisa empapada de sangre. Sangre en su pechera. Y en sus manos. Y goteando desde su boca, una boca roja con aspecto gomoso en mitad de un rostro descompuesto, como si fuese una herida purulenta. El otro hombre, el que llevaba puestas las botas de trabajo y un mono de faena, tenía un aspecto muy parecido, y el escote de la blusa rosa de la mujer dejaba al descubierto un busto por el que aparecían manchas oscuras, muy parecidas al moho.
El trío continuó avanzando hacia él, tambaleándose, y pasaron al lado de su jeep mientras levantaban sus pálidas manos en su dirección y emitían unos gemidos hambrientos. Un líquido viscoso pero fluido salió de repente de una de las ventanas de la nariz del tipo fornido y le cayó sobre los labios que se movían débilmente. León se quedó inmóvil por el terrible conocimiento de saber que el tremendo hedor era olor a podrido y a carne putrefacta y que procedía de ellos...
Entonces vio a otra de aquellas criaturas que salía de una puerta al otro lado de la calle, una joven con una camiseta manchada y el pelo recogido que dejaba a la vista una cara carente de expresión y sin señal alguna de inteligencia.
Otro gruñido a su espalda. León miró por encima de su hombro y esta vez vio a un joven de pelo oscuro con los brazos podridos que salía de debajo de las sombras de una marquesina.
León levantó su arma y apuntó hacia el individuo más cercano, el tipo del mono de faena, aunque todos sus instintos le gritaban que saliera corriendo. Estaba aterrorizado, pero su lógica entrenada insistía en que debía existir una explicación para todo aquello que estaba viendo, y que lo que estaba viendo no eran muertos vivientes.
Control y procedimiento. Eres un policía...
—¡Muy bien! ¡Ya os habéis acercado bastante! ¡Todos quietos!
Su tono de voz era potente, autoritario, y llevaba puesto su uniforme, así que… Oh, Dios, ¿por qué no se detienen?
El hombre con el mono de faena gimió de nuevo, sin hacer caso de la pistola que le estaba apuntando al pecho, con los demás siguiéndolo de cerca a cada lado, a menos de tres metros de él.
—¡No se muevan! —repitió León, pero esta vez a voz en grito.
El pánico reflejado en su propia voz lo hizo retroceder un paso mientras miraba a izquierda y a derecha. Vio que más gente como aquélla empezaba a salir de todas las sombras de la calle.
Algo lo agarró por el tobillo.
—¡No! —gritó, dando la vuelta con el arma por delante...
Y entonces vio que el supuesto cadáver víctima del atropello estaba arañando su bota con unos dedos empapados en sangre al mismo tiempo que intentaba arrastrar su cuerpo destrozado hasta él. Su agónico lamento de hambre se unió al de los demás mientras intentaba morderle la bota, y unas gruesas gotas de saliva mezclada con sangre resbalaron por encima de su barbilla completamente arañada y le mancharon el cuero del calzado.
León disparó contra su torso superior. El tremendo estampido explosivo del proyectil hizo que ella lo soltara... y a aquella distancia tan corta, probablemente hizo pedazos su corazón. El cuerpo se desplomó de nuevo sobre el asfalto entre espasmos de muerte...
Cuando se dio de nuevo la vuelta y vio que los demás estaban a menos de dos metros, disparó otras dos veces. Los proyectiles hicieron florecer dos fuentes carmesíes en el pecho del más cercano, y de las heridas comenzó a salir un caño de sangre.
El hombre con el mono de faena apenas detuvo su marcha cuando los dos balazos le abrieron el pecho y sólo se tambaleó durante un segundo. Abrió otra vez su ensangrentada boca y de nuevo emitió un gemido lastimero de hambre, mientras mantenía las manos alzadas hacia él como si necesitara que lo dirigieran hacia la fuente de su alivio.
Debe de estar drogado. Esa potencia de fuego habría derribado a un búfalo…
León disparó otra vez mientras retrocedía. Y otra vez. Y otra vez. Y cuando el cargador estuvo vacío, lo dejó caer al suelo y metió otro. Disparó más proyectiles, pero aun así, ellos siguieron acercándose, impertérritos ante los disparos que arrancaban trozos de su podrida y apestosa carne. Sólo era un mal sueño, como en una mala película. Aquello no era real... pero León supo que, si no se convencía con rapidez, moriría enseguida. Devorado vivo por aquellos...
Vamos, Kennedy. Dilo. Por estos zombis.
Aquellas criaturas le impedían acercarse a su jeep, así que León continuó retrocediendo, sin dejar de disparar.

Capítulo 4
Menuda vida nocturna. Este lugar está muerto. Claire sólo había visto a un par de personas cuando finalmente entró en el casco urbano de Raccoon City, ni de cerca las que esperaba ver. De hecho, el lugar parecía estar desierto. El casco le tapaba buena parte de la visión periférica, pero, desde luego, no parecía haber mucho movimiento en la parte oriental de la ciudad. Tampoco parecía haber mucho tráfico. Le pareció muy raro, pero si tenía en cuenta los desastres que se había imaginado, tampoco era especialmente siniestro. Al menos, Raccoon City todavía existía, y vio a un nutrido grupo de gente con aspecto de haber salido de una fiesta cuando se acercaba al restaurante abierto las veinticuatro horas del día que había en la calle Powell. Caminaban por el centro de una calle lateral. Sin duda, eran chavales borrachos con ganas de bronca, si no recordaba mal su última visita a la ciudad. Molestos, pero, desde luego, no los cuatro Jinetes del Apocalipsis.
Nada de ruinas por bombardeos, nada de incendios colosales, nada de ataque aéreo. Bueno, por ahora, todo va bien.
Había pensado ir directamente a casa de Chris, pero luego se dio cuenta de que iba a pasar por delante del restaurante de Emmy. Claire se acordó de que Chris apenas sabía cocinar, así que vivía a base de cereales por la mañana, un bocadillo frío a mediodía y una cena en Emmy unos seis días por semana. Incluso aunque no estuviera allí, merecería la pena pararse para preguntar por él a una de las camareras, por si lo había visto hacía poco.
Claire se percató de la presencia de un par de ratas cuando detuvo la moto. Los roedores saltaron de encima de los cubos de basura de la acera y escaparon velozmente hacia un pequeño callejón lateral. Bajó la horquilla de la moto y desmontó, se quitó el casco y lo dejó encima del asiento tibio.
Se sacudió el cabello, recogido en una coleta, y arrugó la nariz con desagrado. Estaba claro que, por el olor que desprendía, la basura llevaba bastante tiempo allí tranquila sin que nadie la molestara. Fuese lo que fuese lo que habían tirado en ella, desprendía un olor que sin duda alguna podía considerarse tóxico.
Se sacudió las partes de sus piernas y brazos que estaban al aire antes de entrar, tanto para hacerlas entrar en calor como para quitarse un poco la mugre que se le había pegado por el camino. Unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta ceñida al cuerpo no eran las prendas más apropiadas para una noche de octubre, y aquello le volvió a recordar lo estúpida que había sido por montar de aquel modo. Chris le echaría un sermón de mil demonios... Pero no será aquí.
El cristal de la gran ventana frontal le permitía una buena visión del interior del hogareño e iluminado restaurante, y pudo distinguir con claridad desde los altos taburetes de color rojo del mostrador hasta las sillas acolchadas de las mesas alineadas en las paredes... y no había absolutamente nadie a la vista. Claire frunció el entrecejo, y su decepción inicial dio paso a un sentimiento de confusión. Había visitado a Chris muchas veces a lo largo de los últimos años, por lo que había estado en aquel lugar a casi todas las horas del día o de la noche. Ambos eran bastante noctámbulos, y en más de una ocasión habían decidido salir a las tres de la madrugada a tomarse una hamburguesa, lo que significaba que siempre acababan en el restaurante de Emmy. Y siempre había algún cliente en Emmy, charlando con una de las camareras vestidas con delantales de plástico rosa o inclinados sobre una taza de café mientras leían el periódico, sin importar la hora del día o de la noche que fuese.
Así que… ¿dónde están? Ni siquiera son las nueve de la noche todavía...
En el cartel de la puerta se leía «Abierto», y no descubriría por qué no había nadie si se quedaba allí, en mitad de la calle. Echó una última mirada a su moto, abrió la puerta y entró en el restaurante. Inspiró profundamente y llamó en voz alta, con la esperanza de que alguien le contestara.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Su voz pareció carecer de tono en cierto modo al resonar en el silencio del vacío restaurante. Con excepción del monótono zumbido de los ventiladores del techo, no se oía absolutamente ningún otro sonido. En el aire flotaba el familiar aroma a grasa rancia, pero había algo más. Era un olor muy penetrante, pero a la vez muy dulzón, como el de flores pudriéndose.
El restaurante tenía forma de L, y las mesas se extendían enfrente de ella y a su izquierda. Claire empezó a avanzar, caminando con lentitud. La zona de los camareros se encontraba al final de la barra, y más allá estaba la cocina. Si Emmy estaba realmente abierto, los miembros del personal estarían por allí, tan sorprendidos como ella de que no hubiera ni un solo cliente...
Pero eso no explicaría todo este desorden, ¿verdad?
No era exactamente un desorden. La falta de orden era lo bastante sutil como para que ella no se hubiera percatado desde fuera. Había unas cuantas cartas de menú tiradas por el suelo, un vaso de agua derramado en la barra y un par de piezas de cubertería esparcidas aquí y allá. Aquéllas eran las únicas señales de que algo iba mal, pero eran suficientes.
Al infierno lo de echar un vistazo a la cocina. Todo esto es demasiado raro. Algo está realmente jodido en esta ciudad. Quizá sólo les han robado, o quizás están preparando una fiesta sorpresa. ¿Qué más da? Ya es hora de que me marche a otro lugar.
En ese preciso instante oyó un ruido procedente del hueco al final de la barra, un lugar que no podía ver. Era un sonido débil de algo que se movía, un susurro de tela arrastrándose seguido de un gruñido abogado. Allí había alguien, agachado y oculto a la vista.
Claire habló de nuevo en voz alta mientras notaba cómo su corazón le aporreaba la caja torácica por la tensión que sentía.
—¿Hola?
No percibió nada durante un latido y, a continuación, otro gruñido, un gemido ahogado que le puso los pelos de la nuca de punta.
A pesar de sus temores, Claire se apresuró a acercarse al lugar, sintiéndose de repente muy infantil por su deseo previo de marcharse. Quizá se había producido un robo y los clientes estaban atados y amordazados. O peor incluso, tan malheridos que ni siquiera podían gritar pidiendo ayuda. Le gustase o no, ella estaba involucrada.
Llegó al final de la barra, giró a su izquierda... y se detuvo en seco, quedándose completamente inmóvil, sintiéndose como si le hubieran dado una bofetada. Lo que vio fue un hombre calvo vestido con el uniforme de un cocinero, al lado de un carrito lleno de bandejas, de espaldas a ella. Estaba agachado sobre el cuerpo de una camarera, pero había algo muy raro en ella, algo tan raro que la mente de Claire no pudo aceptarlo al principio. Su mirada recorrió el uniforme rosa, los zapatos de trabajo, incluso la tarjeta de plástico que todavía estaba enganchada a la pechera de su vestido, con el nombre: Julie o Julia...
La cabeza. Le falta la cabeza.
En cuanto Claire se dio cuenta de lo que faltaba, no fue capaz de borrarlo de su mente, por mucho que lo intentó. Donde debería haber estado la cabeza de la enfermera sólo había un charco de sangre secándose, una masa informe y pegajosa rodeada por restos de cráneo, mechones de pelo negro aplastado y trozos diversos de carne. El cocinero tenía las manos sobre la cara, y mientras Claire miraba horrorizada el cadáver sin cabeza, el individuo dejó escapar un gemido lastimero.
Claire abrió la boca, sin saber exactamente qué iba a salir de ella. Un grito, una pregunta sobre qué había ocurrido o un ofrecimiento de ayuda. No sabía qué decir, y cuando el hombre se dio la vuelta y bajó las manos, se quedó pasmada de que no saliera absolutamente nada de su boca.
El tipo se estaba comiendo a la camarera. Sus gruesos dedos estaban cubiertos por oscuros restos de carne. La extraña y enajenada cara que la miraba estaba completamente cubierta de sangre.
Un zombi.
Se había criado oyendo cuentos sobre criaturas monstruosas, tanto en las fogatas de los campamentos de verano como en las películas de terror, así que su mente lo aceptó en el mismo instante que lo vio y pensó: «No estoy loca». La criatura, completamente pálida, desprendía aquel hedor dulzón y enfermizo que ella había olido antes, con los ojos cubiertos por un velo semitransparente.
Zombis en Raccoon City. Eso sí que no lo esperaba.
Al mismo tiempo que su mente lógica aceptaba los hechos con tranquilidad, su cuerpo sintió un repentino espasmo de terror. Claire trastabilló al retroceder, y el pánico ascendió otro grado en sus tripas cuando el cocinero siguió girando mientras se levantaba. Era un tipo enorme, de casi dos metros de alto, y tan ancho como un armario...
¡Y está muerto! ¡Está muerto y se está comiendo a la camarera, así que no dejes que se te acerque más!
El cocinero dio un paso hacia ella, y sus manos ensangrentadas se cerraron en sendos puños. Claire retrocedió con mayor rapidez y casi se resbaló al pisar una de las cartas de menú. Un tenedor chirrió cuando lo pisó con una de sus botas.
¡Sal de aquí ahora mismo!
—Ya me marcho —logró balbucear—. De veras, no hace falta que me acompañe a la salida...
El cocinero se tambaleó hacia adelante, y sus ojos ciegos resplandecieron con un brillo hambriento e insensible. Claire dio otro paso atrás y extendió una mano hacia su espalda. No tocó nada, sólo aire...
Un instante después, tocó el frío metal del tirador de la puerta. Una descarga de adrenalina por la sensación de triunfo recorrió todo su cuerpo cuando se giró, agarró la puerta... y un momento después, gritó, una exclamación de horror y miedo. Había otras dos, no, tres de aquellas criaturas allí fuera, con su putrefacta carne pegada al cristal de la ventana frontal del restaurante. Uno de los seres sólo tenía un ojo: donde debía estar el otro, sólo había un agujero supurante. Otra de las criaturas carecía de labio superior, y su rostro mostraba una constante y desigual sonrisa macabra. Todos estaban golpeando el cristal con sus manos engarfiadas como garras, como animales feroces y torpes. Sus rostros grises estaban casi completamente cubiertos de sangre... y desde las sombras, al otro lado de la calle, otras oscuras siluetas salieron tambaleándose dirigiéndose hacia el restaurante.
No puedo salir, estoy atrapada... ¡Dios, la puerta trasera! Con el rabillo del ojo vio la reluciente luz verde de la señal de salida de emergencia que brillaba como un faro en la oscuridad. Claire se giró de nuevo y apenas miró al cocinero que estaba a poco más de un metro de ella: tenía toda su atención concentrada en su única esperanza de huida.
Echó a correr, y sus botas se convirtieron en un borrón de color al mismo tiempo que sus brazos se convertían en pistones para conseguir mayor velocidad. La puerta daba a un callejón trasero: iba darse de bruces contra ella a toda velocidad y, si estaba cerrada con llave, estaba jodida.
Claire se estrelló contra la puerta, que se abrió de par en par, y luego contra la pared de ladrillo de uno de los lados del callejón... y luego vio un arma que le apuntaba directamente a la cara. Era probablemente lo único que la habría detenido en su carrera en ese momento: alguien con una pistola.
Se detuvo inmediatamente y levantó los brazos de forma instintiva, como para detener un golpe.
—¡Un momento! ¡No dispare!
El tipo de la pistola no se movió, y el arma de aspecto letal continuó apuntando hacia su cabeza...
Va a matarme...
—¡Al suelo! —gritó el individuo, y Claire se dejó caer. Sus rodillas cedieron tanto por la orden que le habían dado como por los fríos dedos que de repente agarraron su hombro...
¡Bam! ¡Bam!
El hombre disparó, y Claire giró la cabeza para ver al cocinero muerto desplomarse hacia atrás justo a su espalda, con un enorme agujero en mitad de la frente. Unos lentos goterones de sangre comenzaron a salir de la herida, y sus ojos blanquecinos quedaron cubiertos por una capa de color rojo. El cuerpo acabó de caer y se estremeció. Una, dos veces... y por fin dejó de moverse.
Claire se volvió para mirar al hombre que le había salvado la vida, y se dio cuenta por primera vez del uniforme que llevaba puesto. Un policía. Era joven y alto... y tenía un aspecto casi tan aterrorizado como ella. Su labio superior estaba completamente cubierto de terror, y tenía los ojos, de color azul, abiertos de par en par. Sin embargo, al menos su voz sonó tranquila y llena de confianza cuando extendió la mano para ayudarla a levantarse.
—No podemos quedarnos aquí. Venga conmigo, estaremos mucho más seguros en la comisaría de policía.
Mientras decía aquello, Claire percibió un coro de gemidos y gruñidos que se acercaba procedente de la calle. Los hambrientos sollozos de aquellas criaturas sonaban cada vez más fuerte. Claire dejó que la levantara y le agarró la mano con firmeza. Se alegró un poco de que los dedos del hombre estuviesen tan temblorosos como los de ella.
Ambos echaron a correr, esquivando cubos y bidones de basura y saltando por encima de cajas esparcidas por doquier, perseguidos por los tenebrosos gemidos de los zombis que salían del callejón y empezaban a seguirlos.

Capítulo 5
León corrió al lado de la chica mientras intentaba de forma desesperada recordar el trazado general de la ciudad. El callejón debería dar a la calle Ash, no demasiado lejos de Oak Street, la calle donde estaba el edificio de la comisaría... situado a más de quince manzanas al oeste de donde se encontraban en ese momento. A menos que consiguieran algún medio de transporte, no lograrían llegar. Sólo le quedaba el cargador que ya tenía metido en la pistola, y sólo cuatro balas en su interior. Por los sonidos que surgían de las sombras del callejón, había docenas, quizá centenares de aquellos seres en su interior.
Cuando llegaron al final del callejón, León levantó la mano y frenó el ritmo de la carrera hasta convertirlo en un trote. Echó un vistazo a la calle mal iluminada. No pudo ver mucho, pero desde donde se hallaban hasta la siguiente farola, había unas once o doce criaturas a su derecha, tambaleándose y trastabillando mientras atravesaban la pestilente oscuridad. A la izquierda sólo había tres, no muy lejos de...
¡Aleluya!
—¡Allí!
León señaló con el dedo un coche patrulla de la policía que estaba aparcado justo al otro lado de la calle, sintiendo una oleada de alivio y esperanza. No vio agente alguno: ya era pedir demasiado... pero las dos puertas delanteras estaban abiertas, y las tres cosas que vagabundeaban en sus cercanías no llegarían a tiempo de impedir que entrasen. Aunque las llaves no estuviesen puestas, en su interior había una radio y los cristales eran a prueba de bala. Probablemente podrían resistir frente a los cadáveres ambulantes hasta que llegase la ayuda...
—Es la única oportunidad que tenemos. ¡Vamos!
Dudó el tiempo suficiente como para que la chica asintiera con un gesto de la cabeza, con su pelo recogido en una cola de caballo agitándose por el brusco movimiento. Un instante después, ambos volvieron a echar a correr hacia el coche de policía, y el asfalto se convirtió en un borrón bajo sus pies. León mantuvo su arma apuntada hacia las criaturas que estaban más cerca de ellos, a unos quince metros. Deseaba dispararles, impedirles que dieran un solo paso más hacia ellos, pero sabía que debía ahorrar munición, que no podía permitirse el lujo de desperdiciar la poca que le quedaba.
Dios mío, por favor, que las llaves estén puestas...
Llegaron hasta el coche al mismo tiempo y se separaron. La chica se desvió para entrar por la puerta del acompañante, y León se dio cuenta horrorizado de que probablemente ella pensaba que era su coche. Esperó a que cerrara la puerta de un portazo antes de entrar de un salto y colocarse detrás del volante. Una pequeña pero aterrorizada parte de su mente le gritaba que era su primer día de servicio mientras se apresuraba a cerrar la puerta de un tirón.
Su plegaria fue respondida: las llaves estaban puestas. León dejó caer la Magnum en su regazo y las agarró, sintiendo de nuevo aquella esperanza y alivio, como si hubiera otras opciones además de la de morir.
—Ponte el cinturón —le dijo, y sin apenas oír su respuesta afirmativa giró las llaves y las luces se encendieron.
La calle Ash y las criaturas quedaron bañadas por unos pálidos remolinos de luces rojas y azules. Los colores transformaron las sombras, cambiándoles la forma y el tamaño. Era una visión infernal, y apretó el pedal del acelerador a fondo para alejarse de allí con toda la rapidez que pudo.
El coche saltó de la acera con un chirrido de goma. León enderezó las ruedas primero a la derecha y luego a la izquierda, esquivando por poco a una mujer con la mitad del cuerpo cabelludo arrancado. Pudo oír, incluso a través de las ventanas cerradas, su gemido aullante de frustración mientras se alejaban a toda velocidad, al que se le unieron varios... muchos más.
Refuerzos. Pide refuerzos y apoyo.
León manoteó en busca de la radio sin quitar la vista de la calzada. Las criaturas estaban dispersas pero eran numerosas: monstruos tambaleantes de siluetas oscuras que salían trastabillando a la calle como si fuesen atraídos por el ruido del coche que pasaba a toda velocidad. Tuvo que esquivar a varios más mientras el coche patrulla salía de la calle Powell y continuaba a toda velocidad.
La chica le estaba hablando mientras miraba al desolado panorama y León apretaba el botón que abría las comunicaciones de la radio. Su sensación de desamparo aumentó: ni señal de estática, ni nada de nada.
—¿Qué demonios pasa aquí? Llego a Raccoon City y todo el lugar es una pura locura que...
—Estupendo. La radio no funciona —la interrumpió León, dejando caer el micrófono y centrando su atención en la conducción.
Toda la ciudad parecía un mundo alienígena, con las calles envueltas en extrañas sombras. Aquello tenía ciertas cualidades oníricas, pero el olor le impedía pensar que aquello era un sueño. El hedor a carne putrefacta había impregnado incluso el interior del coche patrulla, lo que hacía bastante difícil concentrarse en conducir. Al menos, no había tráfico ni tampoco gente. Bueno, no gente de verdad...
Excepto la chica y yo. Tengo que cumplir mi deber, tengo que protegerla de cualquier daño. Pobre chavala, no debe de tener más de diecinueve o veinte años y probablemente está aterrorizada. Tengo que mantenerme firme y alejarla de cualquier otro peligro, tengo que llegar la comisaría y...
—Eres un poli, ¿verdad?
El tono de voz cantarín pero en cierto modo sarcástico de la chica le sacó de sus aterrorizadas ensoñaciones. Le dirigió una mirada rápida y se dio cuenta de que, aunque estaba bastante pálida, no parecía estar temblando al borde de un ataque de nervios. Incluso detectó cierto destello de humor en sus ojos de color gris claro, y a León le dio la impresión de que ella no era del tipo de personas que tenían ataques nerviosos. Algo realmente bueno, si tenía en cuenta las circunstancias en las que se encontraban.
—Sí. Mi primer día de trabajo. Estupendo, ¿verdad? Me llamo León Kennedy.
—Claire —le contestó ella—. Claire Redfield. He venido a buscar a mi hermano, Chris, y...
Se fue callando poco a poco mientras observaba la calle. Dos de las criaturas se dirigían tambaleándose hacia un punto por donde tenía que pasar el coche. León pisó aún más el acelerador y logró pasar en medio de ellas. La reja de metal que separaba el compartimiento trasero del delantero estaba bajada, lo que le proporcionaba una clara visión por el espejo retrovisor. Los dos zombis continuaron andando como estúpidos detrás del coche.
Hambrientos. Lo mismo que en las películas.
Ninguno de los dos habló durante unos momentos, y la cuestión principal quedó en el aire sin que la mencionaran. Fuese lo que fuese lo que había pasado y que había convertido a Raccoon City en una película de terror, no importaba tanto saber cómo había ocurrido como saber cómo iban a sobrevivir. Sólo tardarían un par de minutos en llegar a la comisaría, suponiendo que las calles permanecieran relativamente despejadas. Existía un aparcamiento subterráneo. Intentaría entrar por allí en primer lugar, pero si sus puertas estaban cerradas, tendrían que cruzar un pequeño trecho a pie. Había un pequeño patio delante del edificio, una zona de aparcamiento...
Me quedan cuatro balas... y quizá toda la ciudad está llena de estas cosas. Necesitamos otra arma...
—Eh, abre la guantera —le dijo. Si estaba cerrada, seguro que una pequeña llave que había al lado de la llave de contacto del coche la abriría.
Claire apretó el botón y metió la mano en su interior. Al agacharse, dejó al descubierto la espalda de su chaleco rosa sin mangas. 'Tenía una ilustración pintada: un voluptuoso ángel femenino que sostenía una bomba. Debajo había un cartel que ponía: «Fabricado en el cielo». Todo el conjunto era el apropiado para ella.
—Hay un arma aquí dentro —anunció, extrayendo una pistola semiautomática.
La sujetó con cuidado y comprobó que estaba cargada antes de meter la mano otra vez para sacar un par de cargadores. Era de las antiguas armas de ordenanza del departamento de policía de Raccoon City, una Browning HP. Desde el comienzo de la serie de asesinatos, los policías de la ciudad habían sido equipados con las Hekler und Koch VP70, también con un calibre de nueve milímetros. La principal diferencia consistía en que la Browning sólo podía albergar trece proyectiles, mientras que la VIVO disponía de un cargador de dieciocho balas más una en la recámara. Por el modo en que la manipulaba, León dedujo que la chica sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Será mejor que te la quedes tú —le dijo. En la comisaría encontraría un arsenal más que decente. Suponiendo que todavía quedaran algunos policías allí, podría recoger su arma reglamentaria... ¿Y por qué supones nada en absoluto?
Cuando León estaba doblando la esquina entre la calle Ash y la Tercera, quizás a una velocidad un poco elevada, se dio cuenta de repente de que era posible que la comisaría estuviese repleta de cadáveres. Todo estaba ocurriendo con tanta rapidez que ni siquiera se le había ocurrido aquella posibilidad. Enderezó el coche y frenó un poco, para disponer de algo de tiempo para diseñar un plan alternativo con toda la tranquilidad y la frialdad posible. Quizá se estaba desarrollando una defensa organizada de la comisaría, pero no era fácil sentir esperanza con el hedor a podrido que impregnaba con tanta fuerza el aire.
Tenemos el depósito casi lleno. Es más que suficiente para cruzar las montañas, y podríamos estar en Latham en menos de una hora.
Podrían pasar al lado de la comisaría y si el lugar tenía un aspecto inseguro, salir pitando de la ciudad. A él le parecía un buen plan. Comenzó a girar la cabeza para decírselo a Claire para saber qué pensaba... cuando el asqueroso olor a matanza lo rodeó por completo y algo se lanzó contra él desde la parte trasera del coche.
Claire lanzó un grito, y el monstruo, que había estado oculto desde que ellos entraron en el automóvil, agarró con sus manos heladas el hombro de León, y su apestoso aliento le dio de lleno en el rostro. Le agarró también el brazo derecho y tiró de él para acercarlo a sus labios y dientes babeantes.
—¡No! —gritó León mientras el coche viraba brutalmente a la derecha y se dirigía de frente contra un edificio.
La criatura perdió el equilibrio y aflojó la presión sobre el brazo de León. Éste aprovechó para hacer girar el volante, pero fue demasiado tarde para esquivar por completo la pared. El metal chirrió y una brillante lluvia de chispas iluminó las manos y la macabra expresión del zombi que iba en el asiento trasero cuando el coche salió rebotado hacia el pavimento.
El zombi cambió de objetivo y se abalanzó sobre Claire. León no se lo pensó siquiera y aceleró a tope, girando luego a la derecha. La parte trasera del coche dio un bandazo y se estrelló contra una camioneta de reparto aparcada, lanzando otra lluvia de ardientes chispas. El cadáver babeante cayó tumbado sobre el asiento trasero, pero se levantó de nuevo y se lanzó otra vez contra la chica, intentando despedazarla con garras y dientes.
El coche patrulla avanzó a toda velocidad por la calle Tercera. León intentó mantener el control del vehículo al mismo tiempo que se esforzaba por agarrar su arma y darse la vuelta, con su Magnum empuñada por el cañón. Ni siquiera pensó en apartar el pie del pedal del acelerador, no pensó en nada más que en que el zombi estaba a punto de enterrar sus dientes en el hombro de la forcejeante Claire.
Bajó la pesada arma con fuerza contra su cara. La empuñadura arrancó parte de la piel, que se desprendió en una gran tajada. La sangre saltó de la herida cuando aplastó la nariz y el cartílago se separó del hueso con un crujido húmedo. La criatura lanzó un gorgoteo y se agarró la cabeza sangrante. León tuvo tiempo de saborear un sentimiento de triunfo durante un segundo... antes de que Claire gritara: «¡Cuidado!».
León levantó la vista para darse cuenta de que estaban a punto de estrellarse.
León golpeó al zombi con su arma, y Claire se encogió de forma instintiva ante el chorro de sangre que siguió a continuación. Su mirada horrorizada se fijó en que la calle por la que iban estaba a punto de acabar.
—¡Cuidado!
Vio de reojo sus nudillos blancos de apretar el volante, su mandíbula también apretada por la tensión... y el coche comenzó de repente a girar sobre sí mismo chirriando, y los edificios y las farolas pasaron tan rápidamente a su lado que lo único que pudo ver fue un borrón general, y entonces...
Se produjo una enorme explosión de sonido, cristales rotos y metal aplastado cuando el coche de policía se estampó contra algo sólido, arrojando a Claire contra el cinturón de seguridad, que la detuvo en seco. El impacto lanzó al zombi hacia adelante al mismo tiempo, y ella levantó los brazos de forma instintiva cuando el ser muerto atravesó el parabrisas...
... y luego, todo se detuvo. Sólo pudo oír el sonido del metal caliente crujiendo al comenzar a enfriarse y el palpitar de su propio corazón, atronando en sus oídos. Claire bajó lentamente los brazos y vio que León, que ya se había recuperado, contemplaba el destrozado cuerpo que estaba despatarrado encima de la parte delantera del automóvil, aunque por suerte, la cabeza de la criatura no estaba a la vista. No se movía en absoluto.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Claire se giró y miró a León. Tuvo que reprimir un repentino acceso de risa histérica. Raccoon City había sido tomada por una legión de muertos vivientes y acababan de tener un accidente grave de coche porque un muerto había intentado comérselos. Si tenían en cuenta todo aquello, «bien» no era la primera palabra que se le venía a la mente.
Sin embargo, cuando vio la expresión preocupada y sincera del rostro de León, la necesidad de echarse a reír se le pasó de forma inmediata. Él mismo parecía al borde de un ataque de nervios. Si daba rienda suelta a sus propios nervios, no sería de gran ayuda.
—Todavía sigo de una sola pieza —logró contestarle por fin, y el joven policía asintió, con aspecto de sentirse aliviado.
Claire inspiró profundamente, sintiéndose como si fuese la primera vez que respiraba en horas, y miró alrededor para ver dónde habían acabado. León había logrado efectuar un giro de 180 grados justo al final de la calle, donde terminaba en una pared. El coche patrulla estaba completamente encarado hacia el lugar por donde habían llegado. No había zombis en las inmediaciones, pero Claire tenía el presentimiento de que no disponía de demasiado tiempo para ponerse a cubierto. Por lo que había visto hasta aquel momento, la mayor parte de Raccoon City, si no toda la ciudad, se había visto afectada por... por lo que fuera que hubiese pasado. Empuñó con firmeza la pistola, intentando mantener bajo control sus desbocadas emociones.
—Tenemos que... —comenzó a decir León, pero se detuvo, abriendo los ojos de par en par mientras miraba más allá de ella, hacia la calle. Claire giró la cabeza... y por un segundo, sólo pudo pensar que alguien le había echado una maldición en algún momento en su viaje desde la universidad.
Estoy maldita. Alguien quiere que muera, por eso me pasa todo esto.
Un camión de transporte venía disparado por la avenida lateral que daba a la calle donde ellos estaban. Todavía se hallaba a unos cuantos bloques de distancia, pero lo bastante cerca para darse cuenta de que avanzaba sin control alguno.
El camión daba bandazos de un lado a otro, y aplastó una pequeña camioneta que estaba aparcada a un lado de la calle, y después se lanzó de frente contra un buzón que estaba al otro lado. Con un horror impotente Claire se dio cuenta de que era un camión cisterna y, por el modo en que la cisterna iba oscilando, era obvio que estaba cargado hasta los topes. En la fracción de segundo que tardó en procesar aquella información y en rezar para que no fuese gasolina o gas de calefacción, el camión había recorrido la mitad de la distancia que los separaba de ellos. Pudo llegar a ver las llamas pintadas en la cabina de color verde oscuro, pero ni siquiera entonces fue real, no hasta que León rompió su pasmado silencio.
—¡Ese loco nos va a atropellar! —dijo en un susurro, y en ese preciso instante, ambos comenzaron a manotear para soltar sus cinturones de seguridad, al mismo tiempo que Claire rezaba para que no se hubieran atascado...
El sonido de los cinturones al deslizarse después de abrirse fue completamente inaudible bajo el impresionante rugido del camión y el tremendo crujido de los coches al ser aplastados a derecha y a izquierda. Estaría encima de ellos en menos de tres segundos.
—¡Corre!
Un instante después, ella abrió de golpe la puerta del coche y salió al suave aire de la noche, que le refrescó la sudorosa piel mientras el rugido del motor del camión tapaba todo lo demás.
Dio cinco enormes zancadas y luego oyó tanto como sintió el estampido del impacto, con el asfalto temblando bajo sus pies al mismo tiempo que el enorme chirrido del metal retorciéndose atronaba a su espalda.
Otras dos zancadas y...
¡Baaaammmmm!
Fue empujada sin consideración ni modales por una inmensa onda de presión formada por el calor y el sonido. Logró aterrizar de pie mientras la explosión de la cisterna convertía la noche en día por un brillante momento. Cayó aparatosamente sobre su hombro y rodó sobre sí misma. La suciedad le raspó la piel recalentada y terminó cayendo detrás de un coche aparcado formando una bola jadeante.
Se produjo una breve y chasqueante lluvia de restos humeantes, y momentos después Claire se puso en pie. Se tambaleó hacia el centro de la calle para buscar entre las enormes antorchas de fuego alguna señal de León. El corazón se le encogió con lo que vio. El camión cisterna, el coche patrulla y lo que un minuto antes era una ferretería, todo, estaba envuelto en una enorme nube de fuego y llamas químicas, y la calle estaba completamente bloqueada por una masa de retorcidos restos ardiendo.
—Claire...
La voz le llegó ahogada pero audible a través de la muralla de llamas. Era León.
—¿León?
—¡Estoy bien —gritó él—. ¡Dirígete hacia la comisaría! ¡Nos vemos allí!
Durante un segundo, Claire dudó y se quedó mirando la pistola que todavía sostenía en su temblorosa mano. Tenía miedo, estaba atemorizada ante la idea de encontrarse sola en una ciudad que se había convertido en un cementerio viviente... pero tampoco es que tuviera mucho donde elegir. Desear que las circunstancias fuesen distintas era una pérdida de tiempo.
—¡De acuerdo!
Se giró e intentó orientarse a través del humo y de las luces desprendidas por las ondulantes llamas. La comisaría estaba cerca, a un par de manzanas de allí...
Y también lo estaban las criaturas que salieron de las sombras, desde detrás de los coches y desde el interior de los oscuros edificios. Con un propósito fijo e inmutable, se tambalearon hacia ella bajo la extraña luz producida por el accidente, emitiendo pequeños sonidos hambrientos mientras se acercaban: dos, tres, cuatro en total. Pudo ver su piel desgarrada y sus podridos miembros, y unos agujeros oscuros en el lugar donde deberían estar los ojos... y, aun así, continuaron avanzando hacia ella, como si la carne viva les atrajera de un modo instintivo.
Oyó disparos más allá de la muralla de fuego, dos tiros procedentes quizá de una manzana de distancia, y luego nada más, excepto los chasquidos de las llamas que lo devoraban todo y los gemidos lastimosos de los muertos que se acercaban a ella arrastrando los pies.
León está solo ahora, y ya se ha puesto en movimiento. ¡Muévete tú!
Claire inspiró profundamente. Divisó una abertura en el letal círculo de muertos que se le acercaba y echó a correr.

Capítulo 6
Ada Wong introdujo el brillante disco de metal en la ranura de la estatua, dándole golpecitos hasta que encajó perfectamente en el mármol. En cuanto estuvo colocado en su lugar, percibió el leve ruido producido por los mecanismos ocultos y dio un paso atrás para ver qué pasaba. El eco de sus pasos resonó a través de la enorme sala de entrada de la comisaría de Raccoon City, un eco que llegó hasta sus oídos procedente incluso desde la parte superior del edificio de tres plantas.
¿Otra llave?¿Una de las medallas del subsótano?¿O quizá la mismísima muestra, oculta pero a la vista de todos...? Eso sí que sería una bonita sorpresa.
Si los deseos fueran monedas... La ninfa de piedra que llevaba un cántaro de agua se inclinó un poco hacia adelante, y de la vasija apoyada en su hombro cayó un pequeño trozo de metal sobre el borde de la fuente ya sin agua. La llave de picas.
Suspiró mientras la recogía. Ya tenía las llaves. De hecho, ya disponía de todo lo necesario para registrar la comisaría, y la mayoría de los objetos que necesitaba para entrar en los laboratorios. Si no fuese porque a alguno de los de Umbrella se les había ido la mano, el trabajo habría sido un auténtico paseo. Dinero fácil.
Pero en vez de encontrarme con tres días de vacaciones sans comforts  me encuentro con que soy la protagonista de la película «Mantén alejados a los muertos vivientes», y que además tengo que jugar a «Métele una Bala en el Cerebro» y a «Encuentra al Periodista» al mismo tiempo. Las muestras podrían estar en cualquier lugar, dependiendo de quién haya sobrevivido. Suponiendo que logre salir de aquí con la mercancía, voy a pedirme una bonificación de mil pares de diablos. Nadie debería tener que trabajar en estas condiciones.
Ada se metió la llave en una pequeña bolsa que llevaba colgada en la cadera y luego miró sin ver la balaustrada superior de la impresionante sala mientras comprobaba mentalmente todas las estancias por las que había pasado y las que había registrado de forma más concienzuda. Bertolucci no parecía estar en ningún lugar del ala este del edificio, ni en los pisos superiores ni en los inferiores. Había pasado lo que le habían parecido horas mirando los rostros de los muertos, rebuscando entre las hediondas pilas de cuerpos para encontrar su mandíbula cuadrada y su pelo recogido en una anacrónica cola de caballo. Por supuesto, era perfectamente posible que estuviese en movimiento para intentar huir, pero por los informes que tenía sobre él, el periodista era del tipo conejil, y se habría escondido ante la menor señal de peligro.
Y hablando de peligro...
Ada salió de su estado pensativo con una sacudida y se puso en marcha, dirigiéndose hacia la puerta que daba acceso a la parte inferior del ala este. La entrada estaba bastante despejada de portadores del virus, ya que no parecían entender el concepto de los pomos de las puertas... pero había otras amenazas aparte de los infectados. Sólo Dios sabía lo que los de Umbrella eran capaces de enviar para efectuar una «limpieza»... o lo que habría salido de los laboratorios cuando se produjo el escape. Menos temibles pero igualmente molestos eran los policías que todavía estaban vivos y buscaban a alguien a quien salvar. Había oído disparos aislados, unos más cercanos, otros más lejanos, aproximadamente cada hora desde que había llegado al lugar. Estaba claro que había unas cuantas personas que no estaban infectadas en el interior del enorme y antiguo edificio. Sin embargo, la idea de tener que intentar convencer a un aterrorizado machote con una pistola de que ella estaba realmente viva, que no era uno de los muertos vivientes y de que, además, no quería que la escoltase y la protegiese casi hacía atractivo el encuentro con los zombis.
Ada caminó sobre la punta de sus pies para evitar hacer ruido, atravesó la puerta que se encontraba en un extremo de la extensa sala y luego se apoyó sobre ella. Aunque todavía no había explorado el sótano y existían unos cuantos infectados en los despachos de los detectives, todas las puertas de la sala estaban cerradas. Si alguien o algo intentaba atacarla, podría verlo llegar y salir a tiempo del lugar.
¡Ah, la emocionante vida del agente libre! ¡Viaja por el mundo! ¡Gana dinero robando objetos importantes! ¡Enfréntate a los muertos vivientes cuando no te has duchado o has comido en condiciones desde hace tres días! ¡Impresiona a tus amigos!
Se recordó que debía insistir en el tema de la bonificación. Cuando había llegado a Raccoon City hacía menos de una semana, ella creía estar preparada: había estudiado todos los mapas, memorizado los informes y preparado su tapadera: una joven que estaba buscando a su novio, un científico de Umbrella. Esa parte era casi verdad. De hecho, había sido su breve relación sentimental con John Howe diez meses antes la que le había proporcionado el trabajo. La verdad es que más bien se había tratado de un revolcón de una noche, y uno no demasiado bueno, pero John se había creído que era otra cosa, y su relación con Umbrella, aunque era probablemente lo que lo había matado, se había convertido en un golpe de suerte para ella.
Así pues, había estado preparada, pero a las veinticuatro horas de alojarse en el hotel más agradable de Raccoon City, su suerte había cambiado: había oído los primeros gritos en el exterior mientras comía en el restaurante casi vacío del hotel Arklay Inn. Los primeros, pero en absoluto los últimos.
En cierto modo, aquel desastre era una ventaja para ella.
No habían quedado guardias para proteger el exterior de los laboratorios, ni había tenido que efectuar incontables y sigilosos recorridos de prueba. El tiempo que había pasado estudiando la situación y el virus-T la había tranquilizado en el sentido de que su período de vida en el aire era bastante limitado y de que se disipaba con rapidez en el aire, su principal medio de transporte. El único modo de contagiarse en aquel momento era entrar en contacto con alguien infectado, así que no había ningún problema, y en cuanto ella y otro par de decenas de personas habían logrado llegar a la comisaría de policía, había visto que Bertolucci estaba entre los supervivientes. Incluso con el factor de los no muertos dando vueltas por los alrededores, la situación inicialmente parecía estar a su favor.
Objetivos de la misión: interrogar al periodista, descubrir cuánto sabe y matarlo o dejarlo a un lado según sea el caso. Obtener una muestra del nuevo virus, la última maravilla del doctor Birkin. Sin problemas, ¿verdad?
Tres días antes, gracias a que sabía cómo estaban conectados los laboratorios de Umbrella con el sistema de alcantarillado de Raccoon City y con Bertolucci justo delante de sus narices, había pensado que el trabajo ya estaba hecho. Por supuesto, fue entonces cuando todo comenzó a salir mal.
La comisaría reformada, con todos los despachos cambiados de sitio después del fiasco de los STARS, con lo que la mitad de mi preparación se fue al garete. La gente que empezó a desaparecer. Las barricadas que no paraban de caer. El jefe de policía, Irons, lanzando órdenes como si fuera un dictador de pacotilla mientras seguía intentando impresionar al alcalde Harris y a su gimoteante hija, al mismo tiempo que los muertos se amontonaban...
Había vigilado a Bertolucci lo bastante de cerca para darse cuenta de que estaba más que dispuesto a salir corriendo y a esconderse, pero lo había perdido de vista justo en el momento que se escabulló para huir. Ni siquiera había tenido tiempo de entrar en contacto con él antes de que desapareciera en el laberinto que se había convertido la comisaría aprovechando la confusión causada por los primeros ataques.
Ada había decidido marcharse también y permanecer sola cuando tres cuartas partes de los civiles habían muerto después de que a alguien se le olvidara cerrar una de las puertas del garaje. No estaba dispuesta a morir para mantener su tapadera de turista aterrada que buscaba a su novio.
Y así comenzó la espera. Casi cincuenta horas de espera mientras toda la situación se calmaba, encerrada en la torre del reloj de la tercera planta, deslizándose en silencio hasta las plantas inferiores para buscar comida o para utilizar el lavabo durante los períodos de tiempo cada vez más largos entre las ráfagas de disparos. Entre los estampidos de las balas y los gritos y los aullidos...
Estupendo. Así que ahora has salido ¿y qué haces? Quedarte de pie como un pasmarote y ponerte a reflexionar. Sigue con la tarea: cuanto antes termines, antes podrás recoger tu paga y retirarte a una preciosa isla en algún lugar del Caribe.
Aun así, Ada no se movió por unos instantes, mientras tamborileaba con aire ausente el cañón de su Beretta contra una de sus largas piernas, cubiertas por medias de seda. Delante de ella había tres cuerpos tirados a lo largo del pasillo. No pudo dejar de mirar uno de los cadáveres, hecho un guiñapo debajo del alféizar de una ventana. Era una mujer con unos pantalones vaqueros recortados y una camiseta de deporte, con las piernas despatarradas de forma obscena y un brazo puesto por encima de su cabeza ensangrentada. Los otros dos cadáveres pertenecían a dos policías. No reconoció a ninguno de los dos, pero la muchacha había sido una de las personas con las que había hablado cuando había llegado a la comisaría. Su nombre era Stacy nosequé, una chica nerviosa pero de fuerte carácter que acababa de cumplir dieciocho años.
Stacy Kelso, eso era. Había ido a la ciudad para comprar helado y había acabado arrastrada por la multitud que huía. Pero, a pesar de la situación en la que se encontraba, estaba más preocupada por lo que les pudiese pasar a sus padres y a su hermanito pequeño, que todavía estaban en casa. Una chica con conciencia. Una buena chica.
¿Por qué estaba pensando en aquello? Stacy estaba muerta, con un agujero en su sien izquierda, y Ada no era amiga íntima suya. No es que tuviera que sentirse personalmente responsable de lo que le había pasado. Había ido allí por un trabajo, y no era culpa suya que la situación en Raccoon City hubiera saltado por los aires...
Quizá no es un sentimiento de culpabilidad —le susurró una parte de su mente—. Quizá sólo lamentas que no consiguiera sobrevivir. Después de todo, era una persona, y ahora está tan muerta como probablemente lo están ya su hermano pequeño y sus padres...
—Espabila —se dijo a sí misma en voz baja pero con un tono de irritación.
Desvió la mirada de la patética silueta de la muchacha y la concentró en un cenicero roto al otro extremo del pasillo. Sentirse mal por las cosas que ella no había podido controlar no era su estilo. No era de ese modo como había logrado llegar a ser una de las mejores del negocio, y si tenía en cuenta lo mucho que le iba a pagar el señor Trent por mantener sus servicios, aquél no era el mejor momento para comenzar a analizar su capacidad de empatía. La gente moría, así era el mundo, y si algo había aprendido a lo largo de su vida era que sufrir por aquella verdad no tenía ningún sentido.
Objetivos de la misión: hablar con Bertolucci y conseguir la muestra del virus-G. Eso era de lo único que tenía que preocuparse.
Ada todavía debía comprobar un mecanismo en un lugar situado a unos cuantos pasillos de donde se encontraba. Era en la sala de conferencias de prensa. Las notas de Trent sobre las últimas reformas realizadas por el arquitecto en el edificio de la comisaría eran bastante esquemáticas, pero ella sabía que estaban relacionadas principalmente con unas lámparas de gas esculpidas y una pintura al óleo. Quienquiera que hubiese encargado todo aquel trabajo tenía una rica vida secreta. Existían numerosos pasajes secretos en los pisos superiores, detrás de la pared de lo que antaño había sido una habitación de almacenamiento. Todavía no los había registrado, aunque un rápido vistazo a la habitación le indicó que había sido remodelada como despacho. A juzgar por el ambiente sobrecargado y por la neurótica decoración machista, sin duda debía tratarse de la oficina particular de Irons. Se había dado cuenta, incluso en el corto período de tiempo que había permanecido cerca de él, que no era el hombre más estable emocionalmente con quien se había encontrado. Se había percatado con rapidez y de un modo muy claro que estaba a sueldo de Umbrella, pero había algo de él que pedía a gritos un psiquiatra.
Ada comenzó a recorrer el pasillo, con sus sandalias de fiesta resonando con fuerza sobre las baldosas azules. Ya estaba temiendo tener que enfrentarse a otro rompecabezas mecánico que le haría perder tiempo. No es que creyera que sirviera de mucho, porque estaba convencida desde el principio de que el virus todavía estaba en el laboratorio, pero no podía dejar pasar una oportunidad de encontrarlo antes de tiempo. Los informes indicaban que había entre ocho y once pequeños viales con la sustancia requerida. Era una información que procedía de una grabación de vídeo que tenía dos semanas de antigüedad, y el laboratorio de Birkin no era precisamente impenetrable. El laboratorio subterráneo estaba comunicado con la comisaría mediante las alcantarillas, por lo que tenía que pensar en la posibilidad de que hubieran cambiado las muestras de sitio. Además, Bertolucci podía estar escondido en la biblioteca de investigación o en la oficina de los STARS, situada en el ala oeste, o incluso en el cuarto oscuro donde se revelaban las fotografías. Tenía que encontrarlo, vivo o muerto. Así también tendría la ocasión de recoger unos cuantos cargadores de nueve milímetros de los policías completamente muertos.
Siguió avanzando por el pasillo y atravesó una pequeña sala de espera, con una máquina de aperitivos que ya había sido despanzurrada y saqueada. Al igual que el resto de la comisaría, el aire del pasillo era frío y necesitaba urgentemente un ambientador. Había logrado acostumbrarse al hedor, pero el frío la estaba matando. Ada deseó por centésima vez desde que abandonó la mesa en el Arklay Inn haberse vestido de un modo más informal para la cena. El vestido ceñido y sin mangas y las sandalias eran estupendos para su tapadera, pero no resultaban nada prácticos para aquella misión.
Llegó al extremo del pasillo y abrió con cuidado la puerta que daba a la izquierda, con su arma medio alzada. Al igual que antes, el pasillo estaba vacío, pero era otra muestra de la elegancia pretenciosa del edificio: las paredes eran del color pardo de la arena polvorienta y el suelo estaba cubierto de azulejos con decoraciones simétricas. La comisaría debía de haber sido magnífica antaño, pero los años de servicio como edificio institucional le habían arrebatado su grandeza. El gastado aspecto general de mansión de película y el frío y desesperanzado ambiente creaban una atmósfera bastante siniestra, como si, en cualquier momento, una mano helada fuese a posarse sobre su hombro y un soplo de fétido aliento le erizase los pelos de la nuca...
Ada frunció el entrecejo de nuevo: después de aquel trabajo, iba a tomarse unas vacaciones muy, muy largas. De lo contrario, se buscaría otro tipo de trabajo. Su concentración, su capacidad para fijar su atención, ya no era lo que había sido. Y en su trabajo, equivocarse en el momento inadecuado podía significar la muerte, literalmente hablando.
Una gran bonificación. Trent apesta a dinero. Le voy a pedir una cifra de siete dígitos, como mínimo de seis, y el primero muy elevado.
Cuando intentó dejar a un lado sus pensamientos racionales para que su percepción más animal se pusiera al mando, descubrió que no podía desechar una imagen que se introdujo de forma constante en su mente: era el recuerdo de la joven Stacy Kelso, colocándose nerviosamente el pelo detrás de las orejas mientras le hablaba de su hermano pequeño, poco más que un bebé...
Ada logró librarse con una sacudida mental de aquel recuerdo inquietante después de lo que le pareció una eternidad y continuó andando por el siguiente pasillo mientras se prometía a sí misma que ya no tendría más fallos de concentración... y preguntándose por qué no lograba convencerse de ello.

Capítulo 7
Las botas de León hicieron crujir los fragmentos de cristal roto que alfombraban el suelo de la armería Kendo mientras abría los distintos cajones y el sudor manchado de ceniza le bajaba por el rostro. Si no encontraba municiones del calibre 50 para su arma en poco tiempo, estaba jodido. Las pocas armas que quedaban en el interior de la tienda saqueada eran inaccesibles, rodeadas como estaban de un cable de acero de un grosor más que respetable, y el escaparate frontal estaba completamente destrozado. Las criaturas no tardarían mucho en descubrirlo, sólo le quedaba una bala y todavía debía recorrer un par de manzanas antes de llegar a la comisaría.
Vamos, vamos. Alguien tiene que haber pedido munición del calibre 50 para una Magnum, tiene que haber alguien en Raccoon City que...
—¡Sí!
En el cuarto cajón, debajo de los rifles para cazar ciervos. Media docena de cargadores vacíos y otras tantas cajas de munición. León agarró una caja y se dio la vuelta, dejándola en el mostrador mientras dirigía una fugaz mirada a la parte delantera de la pequeña tienda.
No se veía a nadie todavía, si no incluía al tipo muerto que estaba en el suelo. Aún no se movía, pero León dedujo por la frescura de las heridas que todavía rezumaban en su considerable tripa y que manchaban su gruesa camiseta blanca, que no disponía de demasiado tiempo. No sabía cuánto tiempo tardaban los muertos recientes en volver a levantarse, pero no tenía la menor gana de descubrirlo en ese momento.
De todas maneras, tengo que darme prisa. Soy como un faro para esas criaturas, y es fácil entrar en este lugar.
León comenzó a llenar los cargadores mientras dividía sus miradas entre el mostrador, donde se movían sus temblorosas manos, y la parte delantera de la tienda.
Había tropezado por casualidad con la tienda de armas. La había olvidado por completo en su alocada huida de pesadilla de los restos del choque y del posterior incendio. Pero cuando vio que el camino más rápido hacia la comisaría se hallaba obstruido por los restos de la explosión, había decidido que el mejor desvío era a través de la tienda. Había sido una coincidencia que sin duda le había salvado la vida. Aunque había matado a dos o tres de los no muertos en el camino, su número casi lo había derrotado...
—Unnnhhhh...
Una silueta esquelética y tenebrosa surgió entre las sombras de la calle y se dirigió tambaleante hacia la tienda.
—Demonios —murmuró León, y sus dedos lograron descubrir el modo de ir con mayor rapidez. Ya había llenado un cargador. Llenaría otro y el resto se lo llevaría. Si no controlaba sus nervios en aquel momento, estaría muerto antes de llegar a la comisaría.
De repente, otra figura leprosa apareció delante de la destrozada puerta de cristal de la tienda. Estaba tan podrida que León pudo ver los gusanos retorciéndose por entre las fibras musculares.
Cuatro... cinco... ¡Listo!
Agarró la Magnum y sacó el cargador prácticamente vacío, que cayó al suelo. La criatura de los gusanos se estaba abriendo paso con el hombro a través de los trozos de cristal de la puerta que todavía seguían unidos al marco. Algo líquido gorgoteó suavemente en su garganta.
Una bolsa. Necesitaba una bolsa. La nerviosa mirada de León recorrió el espacio que había detrás del mostrador y se detuvo en una bolsa de deporte manchada de grasa que estaba apoyada en un taburete alto en la esquina trasera. De dos veloces zancadas la agarró y vació su contenido mientras regresaba hacia la pila de cargadores y de balas sueltas que había encima del mostrador. Las piezas de un equipo de limpieza de armas cayeron al suelo de linóleo, y León barrió los cargadores hacia la bolsa abierta con el brazo y con la mano, dejando caer las balas sueltas en las cajas que seguían en el cajón del armario.
El monstruo putrefacto continuó arrastrando los pies hacia él, tropezando con el cuerpo del hombre de la gran tripa, y León pudo oler su terrible hedor. Levantó rápidamente la Magnum y apuntó al rostro de aquel asqueroso ser.
En la cabeza, lo mismo que en las películas.
El cráneo reventó con un sonido líquido tras el tremendo estampido del arma, y unos gruesos chorros de fluido se esparcieron con un chasquido húmedo por las paredes y las cajas de muestras situadas a su espalda. León se dio la vuelta incluso antes de que el cuerpo se derrumbara y se agachó al lado del cajón del armario. Metió todas las pesadas cajas en la bolsa de nilón. Tenía el estómago encogido y temblaba de miedo ante la sola idea de que en aquel instante el callejón de la parte de atrás de la tienda estuviese llenándose con más seres como aquél e impidiéndole llegar hasta donde tenía que llegar.
Cinco cargadores por caja, cinco cajas, sal pitando de aquí ahora mismo...
Se puso en pie y se cargó la bolsa al hombro mientras se dirigía hacia la puerta trasera. Vio con el rabillo del ojo que la otra criatura había logrado por fin entrar en la tienda y, por el ruido de cristales rotos al ser pisados, dedujo que no había sido la única, y que unas cuantas más se encontraban detrás de ella.
Abrió la puerta de emergencia y asomó la cabeza, mirando a izquierda y derecha. Terminó de salir y la puerta se cerró a su espalda con un suave chasquido metálico. Sólo vio cubos de basura metálicos y contenedores para el material de reciclaje, todos rebosantes de restos medio podridos y llenos de moho.
Desde donde se encontraba observó que el callejón seguía hacia la izquierda y que luego doblaba de nuevo hacia la izquierda. Si su sentido de la orientación no le fallaba, aquel estrecho y atestado callejón lo llevaría directamente hacia la calle Oak y saldría a menos de una manzana de distancia de la comisaría.
Hasta el momento había tenido suerte. Lo único que le quedaba era desear que la racha de suerte continuase y que le permitiese llegar hasta el edificio de la comisaría de Raccoon City sano y salvo, y que, Dios mediante, encontrase un gran contingente de personas muy bien armadas que supiesen qué demonios estaba ocurriendo.
Y a Claire. Mantente a salvo, Claire Redfield, y si llegas antes que yo, no cierres la puerta con llave.
León se recolocó la pesada bolsa repleta de munición sobre su espalda y comenzó a recorrer el callejón mal iluminado, dispuesto a acribillar a cualquiera que se interpusiera en su camino.
Claire llegó a la comisaría sin apenas tener que disparar. Los zombis que inundaban las calles de Raccoon City en un goteo continuo eran incansables pero lentos, y la adrenalina que todavía inundaba su sistema sanguíneo le había facilitado la tarea de esquivarlos. Supuso que el ruido de la colisión los había hecho salir de sus escondites y que luego se habían limitado a seguir su rastro con la nariz o con lo que les quedaba de ellas: de los más o menos diez zombis que se habían acercado a ella lo suficiente para verlos con claridad, al menos la mitad estaba en un avanzado estado de descomposición, con la carne desprendiéndose de sus huesos.
Estaba tan concentrada en vigilar la calle y en pensar en todo lo que le había ocurrido hasta aquel momento que casi pasó de largo frente a la comisaría de policía. Había estado dos veces con anterioridad en el edificio de la comisaría, cuando había visitado a Chris, pero jamás había entrado por la parte de atrás, menos aún había llegado en mitad de una oscuridad fría y pestilente, perseguida por siniestros cadáveres andantes. Un coche patrulla estrellado y un par de zombis con uniformes de policía le indicaron por casualidad que había llegado donde quería, después de atravesar una pequeña zona de aparcamiento y una especie de cobertizo para herramientas que daba a un diminuto patio cubierto donde, en una ocasión, ella y Chris habían almorzado juntos, sentados en los peldaños que llevaban al helipuerto de la segunda planta del edificio. Y así de fácil, había llegado por fin a su objetivo.
Correr y esquivar a los dos cadáveres ambulantes de uniforme que recorrían sin rumbo fijo el patio en forma de «L» resultó muy fácil. Fue tal el alivio que sintió al ver que se encontraba en un lugar que reconocía, de sentir que estaba a punto de encontrarse a salvo, que no vio a la mujer hasta que casi fue demasiado tarde. La mujer, con un brazo colgando completamente inútil de su correspondiente hombro y una camiseta corta hecha jirones empapada de sangre, salió de las sombras al pie de las escaleras y rozó el brazo de Claire con unos dedos rugosos y fríos.
Claire dejó escapar un pequeño grito de sorpresa y retrocedió trastabillando ante el brazo extendido de la criatura... y a punto estuvo de caer en los brazos de otro individuo, también putrefacto, que había salido de detrás de las escaleras, tambaleándose pero en silencio.
Claire la esquivó echándose a un lado y apuntó su nueve milímetros contra el hombre. Retrocedió un paso... y sintió cómo su pantorrilla chocaba contra los peldaños de la escalera que llevaba al tejado. La mujer estaba a unos dos metros a su derecha; la camiseta recortada y destrozada dejaba al descubierto un pecho medio arrancado, mientras el brazo que todavía le funcionaba estaba extendido hacia Claire. El hombre estaba a un paso de tocarla, y ella ya no podía retroceder más.
Claire apretó el gatillo y se produjo un tremendo estampido. El arma saltó y casi se le cayó de la mano. La parte derecha del reseco rostro sin expresión del hombre desapareció, convertido en un estallido de chorros de líquido oscuro que salieron disparados de su destrozado cráneo.
Agarró con más fuerza la pistola y apuntó a la cara pálida y gimiente de la mujer. Se oyó otro estampido ensordecedor, y el creciente gemido se interrumpió de repente. La frente de color de cera se hundió hacia dentro, y por detrás de su cabeza asomó un chorro de astillas de hueso y sangre. La mujer cayó hacia atrás, estrellándose contra el pavimento como...
Como un cadáver, que es lo que ya era. No volverán a levantarse después de esto.
De repente, se dio cuenta de todo lo que acababa de ocurrir cuando había apretado el gatillo, como si su mente consciente llegara tarde a la cita y se encontrara con todo aquello. Por unos instantes fue incapaz de moverse. Se quedó mirando los dos cuerpos tirados y medio podridos de las dos personas contra las que acababa de disparar y sintió que estaba a punto de perder el control. Había crecido rodeada de pistolas y había acudido a galerías de tiro docenas de veces para practicar... pero con una pistola del calibre 22, y había disparado contra dianas de papel. Eran dianas que no sangraban, que no esparcían trozos de sustancia cerebral cuando acertaba, como los dos seres humanos que ella acababa de...
No —la interrumpió una voz tranquila en el interior de su propio cerebro—. No eran humanos, ya no lo eran. No te engañes ni pierdas más tiempo con un remordimiento inútil. Puede que León ya esté dentro y esté buscándote. Y si han llamado a los STARS, es posible que Chris también esté dentro.
Por si aquello no era una motivación suficiente, los dos policías zombis que ella había pasado de largo cuando entró por primera vez en el patio se dirigían hacia ella, arrastrando las botas sobre las losas del pavimento. Había llegado el momento de irse.
Subió al trote las escaleras, apenas capaz de percibir el eco metálico de sus pasos sobre los peldaños debido al zumbido que sentía en los oídos. Los estampidos de los proyectiles de nueve milímetros la habían ensordecido de forma temporal... lo que explicó por qué no oyó el helicóptero hasta que casi estuvo en el tejado.
Claire llegó a la plataforma que daba paso al tejado y se detuvo en seco. Una agitada ventolera azotó rítmicamente sus hombros desnudos cuando el gran vehículo oscuro se puso parcialmente a la vista mientras se mantenía en el aire, con la otra mitad permanecía perdida en las sombras. Estaba cerca de la antigua torre-depósito de agua que estaba al borde del helipuerto en la esquina sudeste, aunque no estaba segura de si acababa de despegar o se disponía a aterrizar.
No estaba segura, y no le importaba.
—¡Eh! —gritó con todas sus fuerzas mientras levantaba su mano en el aire—. ¡Eh! ¡Aquí! ¡Aquí!
Sus gritos se perdieron en los remolinos de polvo levantados por las aspas y que recorrieron el tejado, ahogados por el continuo rugido del motor y el zumbido de las palas del rotor. Claire agitó los dos brazos con frenesí mientras sentía que le había tocado algo parecido a la lotería.
¡Ha venido alguien! ¡Gracias, Dios mío, gracias!
Un intenso rayo de luz surgió procedente de un foco situado en mitad del fuselaje del aparato. Recorrió el tejado... pero en la dirección equivocada, alejándose de ella. Claire movió los brazos con mayor frenesí mientras inhalaba aire para gritar con mayor fuerza...
Entonces vio lo mismo que vio el foco en ese momento, mientras percibía el ininteligible grito por encima del batir de las aspas: un hombre, un policía, de pie en la esquina opuesta a las escaleras donde ella estaba, apoyado de espaldas contra un pequeño murete del tejado. Empuñaba lo que parecía ser una ametralladora, y también parecía estar muy, pero que muy vivo.
—Ven aquí...
El agente gritaba al helicóptero, con la voz teñida de pánico. Claire vio en aquel instante el motivo de su pánico, y sintió que su alivio y su esperanza se evaporaban: dos zombis se tambaleaban recorriendo la superficie del helipuerto y se dirigían hacia el objetivo perfectamente iluminado que representaba el policía que gritaba. Ella alzó su pistola por un momento, pero la bajó desesperada, temerosa de acertar al hombre acorralado.
El foco permaneció fijo, sin dejar de iluminar todo aquel horror con una brillante claridad. El policía no pareció darse cuenta de la proximidad de los zombis hasta que lo agarraron, con sus resecos brazos invadiendo el círculo de luz blanca.
—¡Retroceded! ¡No os acerquéis más! —gritó.
Esta vez, Claire pudo oírlo perfectamente gracias al puro terror que desprendía su voz, y también oyó su aullante grito de agonía cuando las dos siluetas podridas se abalanzaron sobre él.
El ruido de su arma automática recorrió el helipuerto, y Claire percibió incluso por encima del tronar del helicóptero el zumbido de las balas perdidas. Se dejó caer inmediatamente, y sus rodillas crujieron al estrellarse contra el metal del último peldaño mientras el tableteo de los disparos seguía sin parar...
Entonces se produjo un cambio en el ruido del motor del helicóptero, que se convirtió en un extraño zumbido que elevó su tono hasta terminar siendo un aullido mecánico. Claire levantó la vista y vio que el enorme aparato bajaba el morro mientras la cola se agitaba de un lado a otro de forma errática y salvaje.
¡Dios mío, les ha dado!
El foco del helicóptero comenzó a iluminar en todas direcciones a la vez, restallando brevemente en las tuberías metálicas, en el cemento del tejado y en la todavía forcejeante y moribunda figura del policía, que todavía estaba disparando mientras los zombis le arrancaban trozos de carne...
Y en ese preciso instante, el helicóptero se desplomó de lado y las palas de su rotor empezaron a morder el cemento de la superficie del helipuerto con un chirrido tremendo. Un momento después, antes de que Claire pudiera siquiera parpadear, el morro del aparato se estrelló contra la misma superficie y lanzó una lluvia de fragmentos de cristal y brillantes chispas.
La explosión se produjo cuando el enorme aparato se deslizó hasta chocar con la esquina sudeste... justo encima del policía muerto y de sus atacantes. El tableteo maníaco de la ametralladora fue finalmente interrumpido por el rugido de las llamas que saltaron después de la explosión inicial e iluminaron todo el tejado con un poderoso brillo rojizo. Al mismo tiempo, algo cedió en el tejado con un tremendo crujido y el morro del aparato lo atravesó y desapareció de la vista.
Claire se puso de pie sobre unas piernas que apenas sentía y se quedó mirando incrédula la hoguera en que se había convertido la mitad del helipuerto. Todo había pasado demasiado deprisa como para que ella sintiera que había pasado nada en absoluto, y las llamas y el humo que eran la prueba tangible de lo ocurrido sólo acrecentaban la sensación de irrealidad. El hedor dulzón a carne quemada le llegó con una oleada de aire recalentado, y en el repentino silencio percibió los gemidos de los zombis que todavía deambulaban por el patio.
Echó un vistazo hacia abajo, hacia el pie de las escaleras, y vio que los dos policías muertos permanecían allí, tropezando y cayendo una y otra vez contra el primer peldaño. Al menos, no podían subir las escaleras...
No pueden subir. Las escaleras.
Claire giró sus aterrorizados ojos hacia la puerta que llevaba al interior del edificio de la comisaría, situada a unos diez metros de las rugientes llamas que estaban devorando lentamente el fuselaje del helicóptero. Con excepción de las escaleras, aquella puerta era el único medio de llegar al tejado, y si los zombis no podían subir por las escaleras...
Es que estoy metida hasta el cuello en mierda. La comisaría no es segura.
Se quedó mirando pensativamente los restos ardientes mientras sopesaba sus distintas posibilidades. La nueve milímetros contenía muchas balas y todavía tenía otros dos cargadores: podía regresar a la calle, buscar un coche que tuviera las llaves puestas y marcharse en busca de ayuda.
Pero ¿qué pasa con León? Y ese policía todavía estaba vivo... ¿Qué pasa si hay más gente en el interior, planeando un modo de escapar?
Pensó que se las había apañado muy bien ella sola hasta el momento, pero también sabía que se sentiría mucho más segura si otra persona estuviese al mando. Una escuadra de policías antidisturbios estaría bien, aunque ella se conformaría con un policía veterano cargado hasta los dientes de armas. O con Chris. Claire no sabía si lo encontraría en la comisaría, pero estaba firmemente convencida de que todavía estaba vivo. Si había alguien preparado para sobrevivir a una crisis como aquélla, esa persona era su hermano.
Encontrara a alguien o no, no podía irse sin decírselo a León. Si no lo hacía así, si salía pitando de la ciudad y a él lo mataban por seguir buscándola...
Tomó una decisión. Se dirigió hacia la entrada, bordeando con cuidado las llamas y vigilando las sombras alerta ante cualquier posible movimiento. Cerró los ojos por un momento cuando por fin llegó a la puerta y, con una mano sudorosa, agarró el tirador.
—Puedo hacerlo —dijo en voz baja, y aunque el tono de voz y las palabras no sonaron todo lo confiadas que a ella le hubieran gustado, al menos su voz no tembló ni le falló. Abrió los ojos y luego la puerta: cuando nada se abalanzó hacia ella procedente de las sombras, se deslizó en silencio hacia el interior.

Capítulo 8
El jefe de policía Brian Irons estaba de pie en uno de sus pasillos privados, mientras intentaba recuperar el aliento, cuando sintió el estremecedor impacto que recorrió todo el edificio. También lo oyó, oyó algo: un sonido explosivo lejano, seguido de lo que debió ser un tremendo crujido, pesado y abrupto.
En el tejado —pensó de forma distraída—. Algo en el tejado...
No se preocupó por llevar aquel pensamiento a ninguna conclusión. Fuese lo que fuese lo que había pasado, no podía empeorar la situación.
Irons se separó de la dura pared de piedra sobre la que había estado apoyado con una cadera bien rolliza y a continuación levantó a Beverly con toda la delicadeza de la que fue capaz. Llegarían al ascensor en un momento, y desde allí sólo había un pequeño trecho hasta su despacho. Allí podría descansar, y después...
—Y después —murmuró—. Ésa es la cuestión, ¿verdad? ¿Y después, qué?
Beverly no le respondió. Sus rasgos perfectos permanecieron inmóviles y silenciosos, y sus ojos cerrados... pero le pareció que se acurrucaba aún más entre sus brazos, con su largo y esbelto cuerpo apretujado sobre su pecho. Era su imaginación, sin duda.
Beverly Harris, la hija del alcalde. La joven y preciosa Beverly, que había protagonizado muchos de sus sueños culpables con su belleza rubia. Irons la abrazó con mayor fuerza y continuó andando hacia el ascensor mientras intentaba no mostrar lo exhausto que estaba por si ella se despertaba en ese instante.
Para cuando hubo llegado al ascensor, tanto su espalda como sus brazos eran un puro dolor. Probablemente debería haberla dejado en su habitación de juegos privada, a la que a él le gustaba llamar el Santuario. Se trataba de un lugar tranquilo, y también uno de los lugares más seguros que había en toda la comisaría. Sin embargo, en el momento en que había decidido acercarse hasta su despacho para recoger su diario así como unos cuantos objetos personales, se había dado cuenta de que no podía soportar dejarla atrás. Le había parecido tan vulnerable, tan inocente... Le había prometido a Harris que la protegería, ¿qué pasaría si la atacaban durante su ausencia? ¿Qué pasaría si regresaba de su despacho y ella simplemente hubiera... desaparecido? Desaparecido, como todo lo demás...
Toda una década de trabajo. Intrigando, buscando los contactos adecuados, labrándome una posición con mucho cuidado... Todo eso desaparecía de un plumazo.
Irons la bajó hasta el frío suelo y entonces abrió la puerta mientras intentaba por todos los medios no pensar en todo lo que había perdido. En ese momento, Beverly era lo más importante.
—Voy a mantenerte a salvo —murmuró. ¿No se había levantado un poco una de las comisuras de sus labios? ¿Sabía ella que estaba salvo, que el tío Brian estaba cuidándola? Cuando todavía era una chiquilla, cuando él todavía solía ir a cenar a la casa de los Harris, ella lo llamaba así: el tío Brian.
Lo sabe. Por supuesto que lo sabe.
La llevó medio a rastras hasta el interior del ascensor y luego la dejó apoyada en una esquina, mirando con ternura su angelical rostro. De repente se sintió inundado por un amor casi paternal hacia ella, y no se sorprendió al notar que tenía los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de orgullo y afecto. Desde hacía varios días sufría aquellos súbitos accesos de emoción: rabia, terror, incluso alegría. Nunca había sido un hombre especialmente emotivo, sin embargo se había acostumbrado a aceptar aquellos intensos sentimientos, incluso a disfrutarlos, en cierto modo. Por lo menos, no eran confusos. También había habido momentos en los que se había visto inundado por una extraña e inquietante confusión, una ansiedad sin forma ni sentido que lo había dejado profundamente intranquilo... y tan desorientado como si fuera un niño pequeño y perdido.
Se acabó todo eso. Ya nada puede salir mal. Beverly está conmigo y, en cuanto recoja todas mis cosas, nos esconderemos a salvo en el Santuario y descansaremos un poco. Necesitará tiempo para recuperarse y… y… yo puedo, yo puedo resolver la situación. Sí, eso es: la situación necesita ser resuelta.
Parpadeó y a continuación se libró de las lágrimas, ya casi olvidadas, cuando el metálico ascensor comenzó a subir. Luego desenfundó su arma y finalmente sacó el cargador para contar cuántas balas le quedaban. Sus estancias privadas eran totalmente seguras, pero el despacho era otra cosa: quería estar preparado.
El ascensor se detuvo por fin y Irons abrió la puerta con una pierna antes de levantar a la chica, gruñendo por el esfuerzo. La cargó en brazos como hubiera llevado a una criatura dormida, con su fresco y suave cuerpo completamente relajado en sus manos, con la cabeza echada hacia atrás y balanceándose mientras él caminaba. La había levantado mal, y su vestido blanco se le había subido, dejando al descubierto la blanca y sedosa piel de sus piernas. Irons se obligó a apartar la vista y se concentró en el panel de mandos que abrían la pared que daba a su despacho. No importaba las inocentes fantasías que había tenido hasta el momento: ahora ella era su única y total responsabilidad. Él era su protector, su caballero andante...
Logró apretar con fuerza el botón que sobresalía con una de las rodillas y entonces la pared se deslizó lentamente hacia un lado, dejando a la vista su despacho, con una decoración tremendamente recargada... y también absolutamente vacío, afortunadamente. Los únicos ojos que lo miraron fueron los vidriosos globos de las cabezas de los animales que había matado y colgado como trofeos. La enorme mesa de castaño que había importado desde Italia se encontraba justo delante de él, y su resistencia estaba disminuyendo con tremenda rapidez. Beverly era una muchacha pequeña, pero él ya no estaba tan en forma como antaño. Se apresuró a dejarla encima de la mesa, empujando y tirando una jarra llena de bolígrafos con el codo.
—¡Ya está! —dijo con una profunda exhalación, y luego le sonrió.
Ella no le respondió a la sonrisa, sin embargo él sintió que se despertaría en poco tiempo, lo mismo que había ocurrido antes. Metió la mano debajo de la mesa y entonces pulsó uno de los botones que había debajo. La pared se cerró de nuevo a su espalda.
Se había preocupado cuando la había encontrado, profundamente dormida cerca del despacho del agente Scott, en la parte posterior. George Scott estaba muerto, completamente cubierto de heridas, y en el momento en que Irons había visto la enorme mancha roja que había en el regazo de Beverly, había temido que ella también estuviera muerta, pero cuando la tomó en brazos para llevársela hasta el Santuario, hasta un lugar seguro, ella le había susurrado al oído que no se sentía bien, que estaba herida, y también que quería que la llevaran a su casa...
¿De verdad? ¿De verdad lo había hecho? Irons frunció el entrecejo, arrancado de aquel recuerdo confuso por algo, algo que había sentido cuando la había dejado en su mesa de trabajo del Santuario y había alisado su manchado vestido blanco, algo que no podía precisar ni recordar con exactitud. No le había parecido importante en aquel momento, pero ahora, alejado de la oculta comodidad del Santuario, le estaba aguijoneando la memoria, Le recordaba que había sufrido uno de aquellos ratos de confusión cuando, cuando...
Había sentido la fría y gomosa viscosidad de los intestinos bajo sus dedos, bajo la tela del vestido...
Cuando la había tocado.
—¿Beverly? —llamó a la joven con un suave susurro mientras se sentaba detrás cuando sus piernas se quedaron sin fuerzas de repente.
Beverly se mantuvo en silencio, y una turbulenta marea de sentimientos asaltó a Irons como una gigantesca ola, pasando por encima de él y llenándole la mente con recuerdos, imágenes y verdades que él no quería admitir. El corte de las líneas de comunicación después de los primeros ataques. Umbrella y Birkin y los muertos andantes. La matanza en el garaje, cuando el aire se había impregnado del penetrante olor a sangre fresca, cuando el alcalde Harris había sido devorado vivo mientras gritaba hasta el último momento. El número cada vez menor de seres vivos a lo largo de la terrible primera noche, y la brutal y despiadada percepción de que la ciudad, su ciudad, ya no existía.
Después de aquello, le invadió de nuevo la confusión. La extraña e histérica alegría cuando se dio cuenta de que no sufriría ninguna consecuencia por los actos que había cometido. Irons recordó el juego en el que había participado a lo largo de la segunda noche, cuando algunas de las «mascotas» de Birkin habían logrado entrar en la comisaría y se habían apoderado de casi todos los policías que quedaban vivos. Había encontrado a Neil Carson oculto en la biblioteca, y había... había perseguido al sargento como si se tratase de un animal campestre.
¿Qué importaba? ¿Qué importa aquello ahora si mi vida en Raccoon City se ha acabado?
Todo lo que le quedaba, lo único a lo que podía agarrarse era el Santuario... y a esa parte de él que lo había creado, el glorioso y oscuro corazón que habitaba en su interior y que siempre había logrado mantener oculto. Esa parte de él ya era libre...
Irons miró el cadáver de Beverly Harris, extendido a lo largo de su mesa como si fuera un frágil y delicado sueño, y se sintió despedazado por el miedo y el horror que luchaban en su pecho. ¿La había matado él? No podía recordarlo.
El tío Brian. Hace diez años, yo era su tío Brian. ¿En qué me he convertido?
Era demasiado, no podía soportarlo. Sacó de su funda su VP70 cargada sin apartar la vista de su rostro sin vida y comenzó a frotar el cañón del arma con sus dedos insensibles, con suaves caricias que lo reconfortaron en cierto modo mientras giraba la boca del arma hacia él. Cuando el cañón de la pistola estuvo firmemente apretado contra su suave y blanda tripa, sintió que tenía al alcance de la mano una especie de paz. Apoyó dos de los dedos en el gatillo y, en ese preciso instante, Beverly le susurró de nuevo, con sus labios inmóviles y su dulce y musical voz procedente de ningún sitio y de todos los lugares al mismo tiempo.
No me abandones, tío Brian. Dijiste que me mantendrías a salvo, que me cuidarías. Piensa en todo lo que podrías hacer ahora que todo el mundo se ha ido y no hay nada que te impida hacer lo que quieras...
—Estás muerta —susurró Irons totalmente confundido, pero ella continuó hablando, con un tono de voz suave e insistente.
Nada que te impida realizarte por primera vez en toda, tu vida...
Torturado por las dudas, Irons apartó poco a poco, con mucha lentitud, la pistola de nueve milímetros de la boca de su estómago. Tras un instante de inmovilidad, se inclinó y apoyó su frente sobre el hombro de Beverly y cerró sus cansados ojos.
Ella tenía razón: no podía abandonarla. Él se lo había prometido, y había algo de cierto en lo que había dicho acerca de todas las cosas que podría realizar. Su mesa de trabajo en el Santuario era lo bastante grande para dar cabida a toda clase de animales...
Irons suspiró, sin estar seguro de qué era lo siguiente que debía hacer... y preguntándose por qué tenía que decidirlo con tanta prisa. Descansarían durante un rato, quizás incluso echarían una siesta juntos, y, cuando se despertaran, todo estaría mucho más claro.
Sí, eso era lo que harían. Descansarían y luego él podría resolver la situación y ocuparse de todo. Al fin y al cabo, era el jefe de policía.
Brian Irons sintió que volvía a controlar sus nervios. Se deslizó suavemente en un duermevela inquieto, sintiendo la fría piel de Beverly como un bálsamo sobre su febril frente.

Capítulo 9
Gracias a una furgoneta aparcada en el callejón situado detrás de la armería, la ruta directa de León hacia la comisaría se había convertido en unos cuantos desvíos a través de una cancha de baloncesto infestada de zombis, otro callejón y un autobús aparcado que apestaba por la gran cantidad de cadáveres que había en su interior. Era una pesadilla, resaltada por susurrantes aullidos, el hedor de la podredumbre y, en una ocasión, por una distante explosión que le hizo estremecer las piernas. Aunque se había visto obligado a disparar contra tres más de los muertos andantes y estaba hasta las cejas de adrenalina y de un sentimiento de horror, había logrado mantenerse de algún modo de una pieza gracias a la esperanza de que el edificio de la policía de Raccoon City sería un lugar seguro, de que allí se habría establecido algún tipo de gabinete de crisis, dirigido por la policía y con médicos, gente con autoridad dispuesta a tomar decisiones y a reunir el personal necesario. No era sólo una esperanza: era una necesidad. La posibilidad de que no quedara nadie vivo en Raccoon City con capacidad de mando era sencillamente impensable.
Cuando por fin salió a la calle que daba a la comisaría y vio los coches patrulla ardiendo, sintió que lo golpeaban en el estómago. Pero lo que realmente le arrebató toda esperanza fue la visión de agentes de policía gimoteantes y medio podridos, tambaleándose en mitad de las ondulantes llamas. Sólo había cincuenta o sesenta agentes de policía en la comisaría de Raccoon City, y al menos un tercio de ellos estaban atravesando los restos de los coches o se hallaban ensangrentados y tirados a menos de treinta metros de la entrada de la comisaría.
León se obligó a sí mismo a dejar a un lado su desesperación y a fijar su atención en la puerta que llevaba al patio delantero de la comisaría. No importaba si alguien había sobrevivido o no: tenía que aferrarse a su plan e intentar llamar por radio para conseguir ayuda... y también tenía que pensar en Claire. Si se concentraba en sus propios miedos sólo lograría hacer más difícil lo que debía llevar a cabo.
Corrió hacia la puerta, esquivando con agilidad a un agente de uniforme horriblemente quemado que tenía unos huesos ennegrecidos por únicos dedos. Cuando agarró el frío tirador metálico y lo empujó se dio cuenta de que cierta parte de su ser era cada vez más insensible a la tragedia, a la idea de que aquellos seres habían sido antaño ciudadanos de Raccoon City. Las criaturas que recorrían las calles no eran menos horribles por ello, pero el impacto emocional de todo aquello no podía soportarse durante mucho tiempo: había demasiados.
Gracias a Dios, no hay demasiadas por aquí.
León cerró la puerta con un fuerte empujón en cuanto pasó, y se apartó un sudoroso mechón de pelo de la frente al mismo tiempo que inspiraba profundamente una gran bocanada de aire casi fresco mientras registraba con la vista el patio. El pequeño y herboso parque a la derecha estaba lo bastante iluminado como para ver que por allí sólo deambulaban unas cuantas de aquellas criaturas que antes habían sido humanas, y que ninguna estaba lo bastante cerca de él como para ser una amenaza. También divisó las dos banderas que adornaban la fachada del edificio y que colgaban inertes en las inmóviles sobras. Aquella visión le hizo recuperar la esperanza que había perdido: al menos, pasase lo que pasase, por lo menos había logrado llegar a un lugar que conocía. Y ese sitio tenía que ser sin duda más seguro que las calles.
Pasó corriendo al lado de un trío de muertos que caminaba en círculos y los esquivó con facilidad. Eran dos hombres y una mujer, que habrían pasado con facilidad por seres humanos con vida si no hubiese sido por sus lamentos hambrientos y su paso trastabillante y sus movimientos descoordinados. Tenían que haber muerto hacía poco tiempo...
Sólo que no están muertos, porque la gente muerta no echa sangre por la boca cuando les disparas. Eso por no mencionar el hecho de dedicarse a ir dando vueltas intentando pegarle un mordisco a las demás personas...
Los muertos no andan... y los vivos tienden a caer en redondo al suelo después de recibir varios impactos de una bala de calibre 50 y no soportan tener carne podrida pegada a los huesos. Las preguntas que todavía no había tenido tiempo de hacerse a sí mismo inundaron su mente mientras recorría al trote la distancia que lo separaba de los peldaños que lo llevarían a la entrada principal de la comisaría, unas preguntas para las que no tenía respuesta... pero que pronto descubriría, sin duda alguna. Estaba seguro de ello.
La puerta no estaba cerrada por dentro, pero León no se sorprendió por ello. Con todo lo que había pasado desde el momento que había llegado a la ciudad, supuso que lo mejor era procurar no sorprenderse en absoluto y mantener sus esperanzas al nivel más bajo posible. La abrió y entró, con la Magnum por delante y con el dedo en el gatillo.
Vacío. No había signo alguno de vida en la enorme sala de entrada del edificio de la policía de Raccoon City... y tampoco indicio alguno del desastre que había sufrido la ciudad. León abandonó sus intentos de no sorprenderse mientras cerraba la puerta a sus espaldas y se adentraba en el interior.
—¿Hola? —dijo en voz baja, pero el eco le devolvió la palabra como un suave susurro.
Todo tenía el mismo aspecto que recordaba de la última vez que había estado allí: tres plantas de un estilo arquitectónico clásico cubiertas de roble y mármol; una estatua de piedra de una mujer llevando un cántaro de agua en la parte inferior de la gran sala; una rampa a cada lado que llevaban a la oficina del recepcionista; el símbolo de la policía de Raccoon City, que brillaba débilmente, como recién pulido, bajo la difusa luz de las lámparas de las paredes y que estaba en el suelo, justo delante de la estatua.
Ningún cuerpo, nada de sangre... Ni siquiera un casquillo de bala. Si aquí se ha producido un ataque, ¿dónde demonios están las pruebas?
León comenzó a subir por la rampa de la izquierda, sintiéndose intranquilo por el profundo silencio que reinaba en la enorme sala. Se detuvo al llegar al mostrador de recepción y asomó el cuerpo por encima de él: excepto por el hecho de que no había nadie atendiendo a los recién llegados, todo parecía estar en su sitio y no había nada fuera de lo normal. Vio un teléfono en la mesa de detrás del mostrador, y tomó el auricular, colocándoselo entre el hombro y la oreja mientras pulsaba los números con unos dedos que le parecieron fríos y distantes. Ni siquiera oyó el tono habitual: sólo los latidos de su propio corazón, martilleando con fuerza.
Dejó el auricular de nuevo en su sitio y se giró para no perder de vista la amplia sala mientras decidía hacia dónde dirigirse en primer lugar. Por mucho que deseara encontrar a Claire, antes también quería, y de forma desesperada, unirse a otros policías. Había recibido la copia de un memorándum de la policía de Raccoon City en el que se informaba de la reubicación de numerosos departamentos, pero la verdad es que aquello no tenía mucha importancia: si quedaban policías en el interior del edificio, no estarían precisamente preocupados por mantenerse cerca de las mesas de sus despachos.
Vio tres puertas que salían de la gran sala de entrada y que llevaban a diferentes partes de la comisaría, dos en la parte oeste y una en la parte este. De las dos que daban al oeste, una llevaba a través de una serie de salas y pasillos hacia la parte trasera del edificio, más allá de una hilera de oficinas de archivos y de una sala de reuniones; la segunda conducía a las oficinas de los agentes de uniforme y a los vestuarios, que a su vez estaban comunicados con un pasillo que llevaba a unas escaleras que daban a la segunda planta. La puerta que daba al este, bueno, de hecho, toda la parte este del edificio estaba dedicada a los despachos de los detectives: oficinas, cuartos de interrogatorios, una sala de prensa... También había un acceso a la planta sótano y otra escalera que llevaba al exterior del edificio.
Claire probablemente habrá entrado por el garaje... o por las escaleras de atrás que llevan al tejado...
O podía haber dado la vuelta y haber entrado por la misma puerta que él, eso suponiendo que hubiese logrado llegar hasta la comisaría. Podía estar en cualquier sitio. Y si tenía en cuenta que el edificio casi ocupaba el mismo espacio que una manzana de pisos, tenía mucho terreno que registrar.
Por fin decidió que tenía que empezar por algún lado, así que se dirigió hacia la zona de los policías de uniforme, donde estarían los agentes de a pie y su propio armario personal. Era una elección al azar, pero allí era donde más tiempo había pasado en sus anteriores visitas a la comisaría, entre las distintas entrevistas y las revisiones de los horarios de los turnos del trabajo. Además, era la parte del edificio más cercana, y el silencio de cementerio de la gran sala estaba comenzando a atemorizarlo.
La puerta no estaba cerrada con llave, y León la abrió con lentitud, conteniendo la respiración con la esperanza de que la habitación estuviese tan tranquila y despejada como la sala de entrada. Pero lo que vio fue la confirmación de sus primeros y peores temores: las criaturas habían pasado por allí... y se habían cebado con ganas.
La gran estancia estaba arrasada, con las mesas y las sillas hechas pedazos y sus restos esparcidos por todos los rincones. Las paredes estaban decoradas con largas chorreones de sangre seca, como grandes brochazos, y también había grandes manchas rojas y señales de arrastre con la misma sustancia en el suelo, que llevaban hasta...
—Oh, leches...
El policía estaba sentado con la espalda apoyada sobre los armarios personales situados a la izquierda, con las piernas abiertas y separadas de par en par y medio tapadas por una mesa derribada y rota. Al oír la voz de León, levantó débilmente una pistola, empuñada por una mano temblorosa, y apuntó con ella hacia donde se encontraba León... pero la bajó inmediatamente, como si el esfuerzo lo hubiera dejado exhausto. Su vientre estaba cubierto por completo con sangre fresca, y sus rasgos oscuros estaba retorcidos por el dolor.
León se acercó en dos zancadas, se agachó a su lado inmediatamente y le tocó con suavidad en el hombro. No podía ver la herida, pero por la cantidad de sangre que había estaba claro que era muy grave.
—¿Quién eres? —le preguntó el policía con un susurro.
El tono suave y casi somnoliento de su voz atemorizó a León tanto como la herida todavía sangrante y la mirada vidriosa de sus ojos: el hombre estaba perdiendo la vida con rapidez. Nunca habían sido formalmente presentados, pero León ya le había visto con anterioridad. Le habían hablado del joven policía negro como de un tipo muy inteligente que se estaba haciendo acreedor con mucha rapidez del ascenso a detective.
Marvin. Marvin Branagh...
—Soy Kennedy. ¿Qué ha pasado? —le preguntó sin bajar la mano del hombro de Branagh. La piel del agente desprendía un calor enfermizo a través de la camisa hecha jirones.
—Hace unos dos meses —dijo Branagh con un hilo de voz—... los asesinatos caníbales... los STARS descubrieron zombis en la mansión del bosque...
Tosió débilmente, y León pudo ver una pequeña burbuja de sangre formarse en una de las comisuras de sus labios. León pensó en decirle que se tranquilizara y que descansara, pero la mirada fija y perdida de Branagh lo hizo desistir: era evidente que el policía estaba decidido a contarle lo que había ocurrido, le costase lo que le costase.
—Chris y los demás descubrieron que Umbrella estaba detrás de todo el asunto... Arriesgaron sus vidas por nosotros y nadie les creyó... y luego ocurrió esto.
Chris... Chris Redfield. El hermano de Claire.
León no había relacionado aquellos hechos, aunque sabía algo de los problemas que habían tenido los STARS en la ciudad. Sólo conocía algunos retazos del asunto: la suspensión de empleo y sueldo de los miembros de la Escuadra de Rescate y Tácticas Especiales, después de que se los acusara de negligencia durante la investigación de los casos de asesinatos, había sido la razón de la contratación de más policías para la comisaría de Raccoon City, entre ellos, él. Incluso había leído los nombres de los famosos miembros de los STARS en uno de los periódicos locales, junto a unos historiales de su carrera realmente impresionantes...
Y Umbrella es la que en realidad dirige esta ciudad. Se ha producido algún tipo de escape químico, algo que intentaron ocultar echándole la culpa a los de STARS y librándose así de ellos...
Todo aquello pasó por su mente en una fracción de segundo, y en ese instante, Branagh tosió de nuevo, pero con menos fuerza aún que antes.
—Aguanta un momento —dijo; miró con rapidez alrededor en busca de algo con lo que detener la tremenda hemorragia, mientras se fustigaba en su fuero interno por no haberlo hecho antes.
En uno de los armarios que se hallaba cerca de Branagh, parcialmente abierto, vio una camiseta arrugada tirada en el fondo. León la recogió del suelo y la dobló de forma desigual, apretándola contra el estómago de Branagh. El policía colocó una de sus ensangrentadas manos sobre aquel vendaje improvisado, y cerró los ojos cuando comenzó a hablar de nuevo con voz entrecortada.
—No... te preocupes por mí. Hay... tienes que intentar rescatar a los supervivientes...
La resignación en la voz de Branagh era terriblemente evidente. León meneó la cabeza, incapaz de aceptar la realidad, deseoso de hacer algo para aliviar el dolor de Branagh, pero el policía herido se estaba muriendo y no había nadie a quien pedirle ayuda.
No es justo. Esto no es justo.
—Vete —pidió Branagh con un susurro y con los ojos todavía cerrados.
Branagh tenía razón: León no podía hacer otra cosa, pero no se movió, no pudo moverse durante unos momentos... hasta que Branagh alzó de nuevo su arma, apuntándolo con un repentino arranque de energía que le proporcionó a su voz un tono de mando.
—¡Vete de una vez! —le ordenó, y León se puso en pie, preguntándose si él sería tan altruista si se encontrara en la misma situación mientras intentaba a la vez convencerse de que Branagh lograría salir adelante.
—Volveré —dijo con firmeza, pero el brazo de Branagh ya había caído, y su barbilla estaba apoyada sobre su jadeante pecho.
—Rescata a los supervivientes.
León retrocedió hacia la puerta, tragando saliva mientras se esforzaba por aceptar un cambio de planes que podría causarle la muerte, pero que no podía rechazar. Hubiera tomado posesión de su cargo o no, era un policía. Si existían otros supervivientes, su deber moral y cívico era intentar encontrarlos y ayudarlos.
Había un almacén de armas en el sótano, cerca del garaje de aparcamiento. León abrió la puerta y pasó de nuevo a la sala de entrada, rezando para que los armarios del almacén estuviesen bien provistos... y que quedase alguien con vida para ayudarlo.

Capítulo 10
Claire salió del tejado en llamas y atravesó un sinuoso pasillo repleto de fragmentos de cristal, pasando al lado de un policía muy muerto, una ensangrentada confirmación sobre sus temores acerca de la seguridad en el interior de la comisaría. Pasó deprisa por encima del cadáver y continuó avanzando, con su tensión nerviosa aumentando en cada momento. Por las destrozadas ventanas alineadas a lo largo del pasillo entraba una brisa fresca, algo que le daba vida a la oscuridad. Vio unas cuantas plumas negras pegadas a las manchas de sangre que salpicaban el suelo, y su suave y ondulante movimiento la hizo saltar y apuntar su pistola hacia cualquier sombra a cada momento.
Pasó al lado de una puerta que probablemente llevaba al exterior y a unas escaleras, pero continuó avanzando, doblando hacia la derecha y hacia lo que ella creía que era el centro del edificio. El modo en que el helicóptero había enterrado el morro en el tejado le estaba aguijoneando la imaginación y le hacía pensar en toda la comisaría envuelta en llamas.
Por el aspecto de la situación, tal vez no sería una idea tan mala...
Cadáveres y huellas de manos manchadas de sangre por las paredes. Claire no estaba precisamente entusiasmada con la idea de vagabundear por el edificio de la comisaría. De todas maneras, morir por un incendio tampoco era una idea muy atractiva. Necesitaba ver cuan mala era la situación antes de comenzar a buscar a León.
El pasillo acababa en una puerta cuya superficie estaba fría al tacto. Cruzó mentalmente los dedos, la abrió... y retrocedió trastabillando ante la oleada de humo acre que la asaltó, con un cargado olor a metal y a madera quemada en el aire caliente. Se acuclilló ligeramente y entró, echando un vistazo al pasillo que se extendía a la derecha. El pasillo doblaba a la derecha otra vez a unos treinta metros aproximadamente, y aunque no pudo ver el fuego, la luz de las llamas se reflejaba con claridad en las paredes de paneles grises de la esquina. El chasquido de las llamas al restallar era aumentado por la estrechez del pasillo, y resonaba con la misma hambre devoradora y sin sentido de los zombis del patio.
Vaya, menuda mierda ¿Y ahora, qué?
Vio otra puerta situada en diagonal al punto donde estaba acuclillada, sólo a unos pasos. Claire inspiró profundamente y avanzó hacia allí, todavía agachada para permanecer por debajo de la gruesa capa de humo y con la esperanza de encontrar un extintor de incendios... y de que el extintor de incendios fuera suficiente para apagar el incendio que había provocado el helicóptero al estrellarse.
La puerta daba a una sala de espera vacía. Sólo había un par de sofás de vinilo verde y un mostrador redondo, con otra puerta enfrente de la puerta por la que había entrado. La pequeña estancia parecía estar intacta, tan tranquila e inofensiva como ella se había esperado, y, a diferencia de lo que le había ocurrido a lo largo de la noche, no se topó con ningún desastre al acecho entre las sombras causadas por los tubos fluorescentes del techo, ni tampoco con el hedor putrefacto a zombis que arrastraban los pies.
Ni tampoco hay un extintor de incendios...
Bueno, no al menos a simple vista. Cerró la puerta que daba al humeante pasillo y se dirigió hacia el mostrador, levantando la tapa de entrada con la punta de la pistola. Vio una vieja máquina de escribir en una mesa y, a su lado..., un teléfono. Claire se apresuró a levantar el auricular, luchando contra la desesperanza, pero no oyó absolutamente nada. Suspiró, lo dejó de nuevo en su sitio y se agachó para echar un vistazo debajo de la mesa. Una guía telefónica, unos cuantos montones de papeles... y justo allí, medio escondido detrás de un bolso de mujer, encontró la familiar silueta que había esperado descubrir, cubierta por una gruesa capa de polvo.
—Ahí estás —murmuró y se detuvo sólo un momento para meterse la pistola dentro del chaleco antes de levantar el pesado cilindro. Nunca antes había utilizado uno de aquellos aparatos, pero parecía bastante sencillo: una manivela de metal con una anilla metálica con una bocacha de caucho negro a un lado. Sólo medía poco más de medio metro, pero pesaba entre unos veinte y unos veinticinco kilos. Supuso que eso significaba que estaba lleno.
Claire volvió a la puerta con el extintor y comenzó a inspirar con bocanadas breves pero intensas, para llenarse los pulmones de aire puro. Sintió un ligero mareo, pero la hiperventilación le permitiría aguantar más tiempo sin respirar. No quería desmayarse debido a la inhalación de humo antes de apagar el incendio por completo.
Inspiró por última vez y abrió la puerta, recorriendo el pasillo, mucho más caliente en aquellos momentos, en una postura semiagachada. La columna de humo, ahora mucho más densa, y se había convertido en una niebla de más de un metro de grosor que bajaba desde el techo.
Mantente agachada, respira superficialmente y ten cuidado de dónde pisas...
Dobló la esquina y sintió una extraña mezcla de alivio y pena al ver los restos ardientes que se encontraban justo delante de ella. Inclinó la cabeza y aspiró un poco de aire a través de la tela de su chaleco mientras sentía que su piel comenzaba a sentir los efectos del calor. El fuego no era tan peligroso como ella se había imaginado: era más humo que otra cosa, y ni siquiera era tan alto como ella. Las llamas estaban lamiendo la pared con unos dedos amarillo-anaranjados que parecían tener problemas para mantenerse, detenidos como estaban por la gruesa madera de una puerta medio derribada. Fue el morro del helicóptero lo que le llamó la atención, la ennegrecida cáscara de la cabina... y el ennegrecido cadáver del piloto, todavía enganchado con el cinturón a su asiento, con la boca abierta en un silencioso grito. No había manera de saber si había sido un hombre o una mujer: los rasgos faciales se habían borrado por completo, derretidos como cera negra.
Claire tiró de la anilla que mantenía inmóvil la manivela y apuntó con la corta manguera de bocacha negra hacia el suelo, donde las llamas bailaban con colores azules y blancos. Apretó la manivela, y una estela de espuma blanca salió silbando, esparciendo los restos con una nube polvorienta. Incapaz de ver nada con claridad en mitad de aquella tormenta blanca, dirigió la corta manguera hacia todos lados, cubriendo todo el morro del helicóptero con el anulador del oxígeno. El fuego pareció apagarse menos de un minuto después, pero siguió apretando la manivela hasta que el extintor se quedó vacío.
Claire lo soltó cuando salió el último chorro de espuma e inspiró unas cuantas veces antes de inspeccionar los humeantes restos en busca de algún punto todavía en llamas. Ni una sola chispa, pero de la puerta de madera situada al lado de la cabina del helicóptero, cubierta por manchas blancas, todavía salían unas cuantas pequeñas columnas de humo. Se acercó un poco y pudo ver un brillo anaranjado bajo la superficie. La zona alrededor de la puerta ya estaba completamente achicharrada, pero Claire no quiso correr el menor riesgo: dio un paso atrás y propinó una fuerte patada a la puerta, apuntando a las ascuas encendidas.
Cuando su bota golpeó de lleno un punto caliente, la puerta se abrió de par en par con un sonoro crujido, y la madera quemada cedió arrojando una lluvia de chispas encendidas. Unas cuantas aterrizaron sobre su pantorrilla desnuda, pero ella sacó su arma antes de agacharse un poco para quitárselas con el dorso de la otra mano, más temerosa de lo que pudiera aparecer por la puerta que de unas cuantas pequeñas ampollas.
Vio un pequeño pasillo con el suelo cubierto por trozos irregulares de madera astillada y una ligera capa de humo, y una puerta al otro lado y a la izquierda. Claire se dirigió hacia ella, movida tanto por el deseo de respirar un poco de aire fresco como por las ganas de saber adonde llevaba. Había acabado con la amenaza más inmediata, la del incendio, así que tenía que empezar a buscar a León... y a pensar en lo que necesitaban para sobrevivir. Si pudiera echarle un vistazo en el camino mientras encontraba a León, quizás encontrara algo que los ayudara y que pudieran utilizar.
Un teléfono que funcione, las llaves de un coche... Leches, un par de ametralladoras o incluso un lanzallamas nos vendrían bien, pero me conformaré con lo que encuentre.
La sencilla puerta al otro extremo del pasillo no estaba cerrada con llave. Claire la abrió con un ligero empujón, preparada para disparar contra cualquier cosa que se moviera... y se detuvo en seco, bastante sorprendida por el extraño ambiente de la sobrecargada habitación. Era algo así como la parodia de un club exclusivo para hombres de los años cincuenta, un gran despacho cuya extravagante decoración rozaba lo ridículo. Las paredes estaban cubiertas por grandes y pesadas estanterías de caoba y las mesas alineadas debajo hacían juego, rodeando una especie de zona para sentarse compuesta por sillas tapizadas en cuero y una pequeña mesa de mármol, todo ello colocado sobre una alfombra oriental obviamente muy cara. Del techo colgaba una lámpara muy recargada, que lanzaba una luz densa y potente sobre la escena. Aquí y allá había delicados jarrones y cuadros con marcos de aspecto sólido, pero todos aquellos diseños clásicos se veían contrastados y empequeñecidos por las cabezas de animales y los pájaros en diferentes posturas que dominaban el ambiente de la estancia, todos colocados alrededor de una enorme mesa en el otro extremo... ¡Jesús!
Extendida sobre la mesa, como un personaje sacado de una novela de terror gótico, vio a una mujer joven y bella con un largo vestido blanco, que tenía las tripas hechas jirones sangrientos. El cadáver estaba colocado corno si fuera una pieza de decoración central, con los muertos ojos de cristal de las polvorientas cabezas de los animales fijos en ella. Vio un halcón y lo que le pareció un águila, con sus alas colocadas de un modo que imitaba el vuelo, además de un par de cabezas de ciervo con sus correspondientes maderas y la cabeza de un alce, con su característico morro. El efecto era tan inquietante y surrealista que Claire se quedó sin respiración por un momento...
Y cuando la silla de respaldo alto de detrás de la mesa se dio la vuelta de repente, apenas pudo contener un respingo y un grito de terror supersticioso, esperando ver una imagen de la Muerte con sus sonrientes dientes. Sólo era un hombre... pero era un hombre con una pistola, y la estaba apuntando con ella.
Ninguno de los dos se movió durante un segundo... y entonces el hombre bajó el arma y en su porcino rostro apareció una media sonrisa enfermiza.
—Lo siento muchísimo —dijo con un tono de voz tan falso y melifluo como el de un mal político—. Pensé que era otro de esos zombis.
Se pasó un grueso dedo por su erizado bigote mientras hablaba y, aunque Claire nunca lo había visto antes, supo inmediatamente de quién se trataba. Chris había despotricado de él muy a menudo.
Gordo, con bigote, y tan falso como un vendedor de reliquias de santos: es el jefe de policía, Irons.
No tenía buen aspecto: sus mejillas estaban completamente enrojecidas, y unas manchas blancas rodeaban sus ojos porcinos. La forma en que su mirada se posaba aquí y allá por toda la habitación era bastante inquietante. Parecía encontrase bajo los efectos de una tremenda paranoia. De hecho, parecía estar desequilibrado, como si no estuviese en contacto en absoluto con la realidad.
—¿Es usted el jefe de policía Irons? —le preguntó Claire. Intentó que el tono de su voz sonase lo más respetuoso posible mientras se acercaba a la mesa.
—Sí, soy yo —repuso con un tono suave y tranquilo—. ¿Y quién es usted?
Sin embargo, antes de que pudiera contestar, Irons continuó hablando, y lo que dijo a continuación, lo mismo que el tono petulante en el que lo dijo, confirmó las sospechas de Claire.
—No, no me lo diga. No tiene importancia. Acabará como todos los demás...
Dejó el resto de la frase en el aire y se quedó mirando a la joven muerta que estaba delante de él con alguna clase de emoción que Claire no pudo precisar. Sintió lástima por él, a pesar de todo lo que Chris le había contado acerca de él, sobre su personalidad corrupta y su absoluta falta de profesionalidad. Sólo Dios sabía los horrores que había presenciado o lo que había tenido que hacer para sobrevivir.
¿Es tan extraño que tenga tantos problemas para aceptar la realidad? León y yo hemos aparecido en esta película de terror en la última parte. Irons lleva aquí desde los anuncios previos, y probablemente ha visto morir a sus amigos más cercanos.
Bajó la vista hacia la joven tendida a lo largo de la mesa, y Irons habló de nuevo, con una voz que sonó al mismo tiempo triste y pomposa.
—Ésta es la hija del alcalde. Se suponía que yo tenía que protegerla, pero he fallado de forma patética...
Claire buscó algunas palabras de consuelo, deseando decirle que tenía suerte de estar vivo, que no había sido culpa de él... pero las palabras murieron en su garganta, junto a la piedad que sentía, cuando él continuó con su lamento.
—Mírela. Era una auténtica belleza, con una piel prácticamente perfecta. Pero todo eso se pudrirá dentro de poco... y, en una hora o menos, se convertirá en una de esas cosas. Lo mismo que los demás.
Claire no quiso sacar conclusiones precipitadas, pero el tono insatisfecho de su voz y la hambrienta mirada llenada de deseo en sus ojos le puso la carne de gallina. El modo en que miraba a la joven muerta...
Te lo estás imaginando todo. Es el jefe de policía, no un lunático perverso. Además, es la primera persona con la que te has encontrado que puede proporcionarte alguna información. No desaproveches la oportunidad...
—Debe de existir algún modo de impedirlo... —sugirió Claire con un tono de voz amable.
—Sí. Con una bala en la cabeza... o decapitándola.
Levantó por fin la vista del cuerpo, pero no miró a Claire. Se fijó en las criaturas disecadas y colocadas en el borde su mesa, y su voz adquirió un tono resignado pero hasta cierto punto alegre.
—Y pensar que la taxidermia era mi afición favorita. Eso se acabó...
Las alarmas internas de Claire saltaron en un frenético clamor. ¿La taxidermia? ¿Qué demonios tenía que ver aquello con el cuerpo humano muerto que había encima de la mesa?
Irons la miró finalmente, y a Claire no le gustó ni un pelo. Su mirada oscura y lacrimosa estaba fijada en su cara, pero él no parecía verla realmente. Ella pensó por primera vez que él no le había preguntado cómo había llegado hasta allí y que no había comentado nada en absoluto sobre el humo que se había ido filtrando hasta su oficina. Y el modo en que hablaba de la hija del alcalde... No había auténtica pena en su voz por la muerte, sólo autocompasión y una especie de retorcida admiración.
Tío, tío y tío... No es que esté fuera de contacto con esta realidad, es que está en otro puñetero planeta.
—Por favor —pidió Irons en voz baja—. Me gustaría estar a solas.
Se hundió en la silla, cerró los ojos y dejó la cabeza apoyada en el respaldo acolchado, como si estuviera exhausto. Y así, con aquella facilidad, ella había sido despedida del lugar. Aunque tenía un millón de preguntas por hacerle, muchas de las cuales él podría responder sin duda, creyó que quizá lo mejor sería salir pitando de allí, al menos, en ese momento...
Oyó un suave crujido a su espalda y a la izquierda, tan bajo que no estuvo segura de haberlo oído realmente. Claire se giró con el entrecejo fruncido y advirtió que había una segunda puerta en el despacho. No se había dado cuenta de su existencia hasta aquel momento, y el suave crujido había salido de allí.
¿Otro zombi? O quizás alguien que se está escondiendo...
Miró de nuevo a Irons y comprobó que ni siquiera se había movido. Aparentemente, no había oído nada, y ella había dejado de existir para él, al menos, por el momento. Había regresado a cualquiera que fuese su mundo privado antes de que ella entrara en la estancia.
Así que, ¿regreso por donde he venido o pruebo a ver qué hay detrás de la puerta número dos?
León. Necesitaba encontrar a León, y tenía la profunda impresión de que Irons estaba zumbado, sin importar si estaba realmente loco o no. No representaba una gran pérdida que no pudiera unirse a ellos. Pero si había más personas escondidas en el edificio, personas a las que ella y León podrían ayudar o que incluso podrían ayudarlos a ellos dos...
Sólo tardaría un momento en echar un vistazo. Miró por última vez a Irons, derrumbado sobre sí mismo al lado del cadáver de la hija del alcalde y rodeado por sus animales sin vida, y se dirigió hacia la puerta, con la esperanza de no estar cometiendo un error.

Capítulo 11
Sherry llevaba mucho tiempo escondida en el edificio de la comisaría, por lo menos tres o cuatro días, y todavía no había visto a su madre. Ni siquiera una vez, ni siquiera cuando todavía quedaba un montón de gente con vida. Había encontrado a la señora Addison, una de las profesoras de la escuela, justo después de haber llegado allí, pero la señora Addison ya había muerto. Un zombi se la había comido. Poco después, Sherry había descubierto un túnel de ventilación que recorría la mayor parte del edificio, y había decidido que permanecer escondida era mucho más seguro que quedarse con los mayores, porque los mayores no paraban de morir, y porque había un monstruo en el edificio que era peor que los zombis o que los hombres vueltos del revés, y estaba bastante segura de que ese monstruo la estaba buscando a ella. Probablemente no era más que una tontería. Ella no creía que los monstruos escogieran a una persona para perseguirla... pero la verdad es que tampoco había creído en monstruos, hasta ese momento.
Así que Sherry se había quedado escondida en la habitación del caballero. Allí no había gente muerta, y el único modo de entrar, aparte del túnel de ventilación que salía de detrás de las armaduras, era por un largo pasillo guardado por un gran tigre. El tigre estaba disecado, pero daba miedo de todas maneras, y Sherry pensó que quizás el tigre ahuyentaría al monstruo. Una parte de ella sabía que aquello era una tontería, pero de todas formas la hacía sentir mejor.
Había pasado la mayor parte del tiempo durmiendo desde que los zombis habían tomado todo el edificio de la comisaría. Cuando estaba dormida, no tenía que pensar en lo que podía haberle ocurrido a sus padres o preocuparse por lo que le podría ocurrir a ella. En el túnel de ventilación había el calor suficiente para estar cómoda, y tenía mucha comida que había sacado de la máquina de chucherías de la gran sala, pero tenía miedo, y peor que sentir miedo era sentirse sola, así que había dormido todo lo que había podido.
Estaba dormida, calentita y encogida detrás de los caballeros cuando un tremendo ruido la había despertado, un rugido procedente del algún punto del exterior del edificio. Estaba segura de que era el monstruo. Sólo lo había visto de refilón una vez, y sólo su tremenda y horrible espalda, a través de una rejilla metálica, pero lo había oído gritar y aullar muchas veces desde entonces y por todos lados de la comisaría. Sabía que era terrible, terrible y violento y que estaba hambriento. A veces desaparecía durante horas, y ella tenía la esperanza de que se hubiera marchado por fin, pero siempre regresaba, y no importaba dónde se metiera ella: siempre parecía estar en algún lugar cercano.
El tremendo ruido que la había despertado de su intranquilo sueño fue muy parecido al que provocaría el monstruo si empezara a echar abajo las paredes. Se acurrucó aún más en su escondite, preparada para salir corriendo hacia el túnel de ventilación si el ruido se acercaba mucho más. No lo hizo; no se movió durante mucho rato, esperando con sus ojos firmemente cerrados mientras sostenía con fuerza su amuleto de la suerte, un precioso colgante de oro que su madre le había regalado precisamente la semana anterior, tan grande que le llenaba toda la mano. Al igual que en ocasiones anteriores, el amuleto había funcionado: el tremendo y horrible ruido no se había repetido. O quizás había sido el gran tigre el que había ahuyentado al monstruo y le había impedido encontrarla. De cualquier manera, al oír los suaves sonidos de unos pasos, se había sentido lo bastante segura para salir de su escondrijo y acercarse al pasillo para escuchar. Los zombis y los hombres del revés no podían utilizar las puertas y, si se hubiese tratado del monstruo, seguro que ya habría atravesado a golpes la puerta y habría entrado aullando en busca de sangre.
Tiene que ser una persona. Quizá se trate de mamá...
A mitad del pasillo, donde se abría una puerta a la derecha, oyó a gente hablar en aquella oficina y sintió una oleada de esperanza y de soledad al mismo tiempo. No podía oír con claridad lo que decían, pero era la primera vez que oía a alguien desde hacía dos días sin que esa persona estuviese gritando. Y si había gente hablando, quizás era porque por fin había llegado la ayuda a Raccoon City.
El ejército del gobierno, o los marines, o quizá todos ellos...
Emocionada, se apresuró a recorrer el pasillo. Se encontraba al lado del gran tigre rugiente, justo al lado de la puerta, cuando su emoción se desvaneció. Las voces habían dejado de hablar. Sherry se quedó muy quieta y, de repente, se sintió muy nerviosa. Si hubiera llegado gente para ayudar a los de Raccoon City, ¿no habría oído los aviones y los camiones? ¿No habría oído los disparos y las bombas y los hombres con altavoces diciendo que todo el mundo saliera fuera?
Quizá las voces no son de gente del ejército, después de todo. Quizá son voces de gente mala. Gente loca, como aquel hombre...
Poco después de que Sherry se escondiera, había visto algo horrible a través de la rejilla del conducto de ventilación que llevaba a la habitación de los armarios. Un hombre alto y pelirrojo estaba en mitad de la habitación, hablando solo y balanceándose hacia adelante y hacia atrás sentado en una silla. En el primer momento Sherry había pensado al principio preguntarle si sabía dónde estaban sus padres y pedirle ayuda para encontrarlos, pero algo en la forma que hablaba y se reía en voz baja mientras se balanceaba le hizo sentir miedo; se detuvo y lo observó en silencio durante un rato desde la segura oscuridad del túnel de ventilación. El hombre tenía un cuchillo muy grande en la mano y, después de mucho rato, sin dejar de reírse, de murmurar y de balancearse, se lo había clavado en el estómago. Sherry había sentido más miedo de aquel hombre que de los zombis, porque lo que había hecho no tenía sentido, ningún sentido.
No quería encontrarse con nadie más como aquel hombre. Y aunque la gente de la oficina no estuviese mal de la cabeza, quizá la sacarían de su lugar seguro e intentarían protegerla, lo que equivaldría a su muerte, porque estaba segura de que el monstruo no sentía miedo de los adultos.
Se sentía mal por darse la vuelta, pero no tenía otra elección. Sherry comenzó a darse la vuelta para regresar a la habitación de las armaduras...
¡Crac!
Permaneció inmóvil cuando el suelo de madera crujió bajo sus pies. El chasquido del listón de madera resonó con un ruido increíble, y ella contuvo la respiración, agarrando su pendiente y rezando para que la puerta no se abriera de golpe a sus espaldas y que algún loco saliera por ella y... y la atrapara.
No oyó ruido alguno, pero estuvo segura de que el agitado latir de su corazón la delataría, porque sonaba tremendamente fuerte. Después de diez largos segundos, comenzó a avanzar de nuevo lentamente por el pasillo, pisando con toda la suavidad que pudo y sintiendo que estaba saliendo de una cueva llena de serpientes durmiendo. Le pareció que el pasillo que llevaba de regreso a la sala de las armaduras medía un kilómetro de largo, y tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no echar a correr en cuanto llegó a la esquina, porque si algo había aprendido de las películas de la tele, era que huir corriendo del peligro siempre significaba tener una muerte horrible.
Llegó por fin a la entrada de la habitación de las armaduras y sintió que casi se desmayaba del alivio. Estaba a salvo de nuevo, y podría acurrucarse otra vez en la vieja manta que la señora Addison había encontrado en una de las oficinas y que le había dado...
La puerta de la otra oficina se abrió y luego se cerró, y Sherry oyó unos pasos un segundo después, unos pasos que iban en su busca.
Sherry entró de golpe en la estancia, sin pensar en nada más que en el arranque de pánico y terror que recorrió todo su cuerpo. Pasó zumbando al lado de tres caballeros, dejando a un lado su refugio porque sabía que tenía que huir, que tenía que alejarse de allí todo lo que pudiera. Sabía que existía una habitación oscura más allá de la vitrina que se alzaba en mitad de la habitación, y oscuridad era lo que ella necesitaba, una sombra en la que desaparecer...
Oyó los pasos que echaban a correr en algún punto a su espalda, resonando sobre el piso de madera mientras ella se metía en la habitación oscura y se apretujaba en el rincón más alejado. Sherry se acurrucó entre los polvorientos ladrillos de la chimenea y la silla tapizada que había a su lado e intentó hacerse lo más pequeña posible, abrazándose las rodillas y escondiendo la cabeza entre ellas.
Por favor, por favor, por favor. No entres, no me veas. No estoy aquí...
Los pasos habían llegado a la puerta de la habitación y ahora eran más lentos, como si dudaran, rodeando la gran vitrina de cristal que se alzaba en el centro de la estancia. Sherry pensó en su lugar de refugio, en la boca del túnel de ventilación por la que podría haberse marchado lejos y se esforzó por contener las tibias lágrimas de rabia y arrepentimiento. La habitación de la chimenea no ofrecía ninguna forma de escapar: estaba atrapada.
El sonido hueco y resonante de cada paso acercaba más y más al extraño a la habitación oscura en la que Sherry estaba escondida. Se apretujó aún más, prometiendo que haría cualquier cosa, cualquier cosa, si el extraño se marchaba...
Pam. Pam. Pam.
De repente, la habitación de llenó de una luz cegadora, y el suave chasquido del interruptor quedó ahogado por el aterrorizado grito de Sherry. Se levantó de golpe del rincón donde estaba metida y echó a correr, chillando y sin mirar, con la esperanza de pasar de largo al lado del extraño y llegar hasta el túnel de ventilación... cuando una cálida mano la agarró con fuerza por el brazo, impidiéndole dar un solo paso más. Gritó de nuevo, retorciéndose con toda la fuerza que pudo, pero el extraño era fuerte...
—¡Espera!
Era una mujer, y su voz sonó casi tan frenética como el acelerado palpitar del corazón de Sherry.
—¡Suéltame! —gimió Sherry, pero la mujer siguió agarrándola e incluso se acercó a ella un poco más.
—Tranquila, tranquila... No soy un zombi. Tranquilízate, todo va bien...
La voz de la mujer había adquirido un tono tranquilizador, y las palabras sonaron casi como una nana. La mano que la tenía agarrada era fuerte pero tibia. La dulce y suave voz musical repitió las tranquilizadoras palabras una y otra vez,
—Tranquila, está bien. No voy a hacerte daño. Ya estás a salvo...
Sherry levantó por fin la vista y miró a la mujer. Vio lo bonita que era, su mirada dulce y llena de preocupación y comprensión. En un segundo, Sherry dejó de forcejear y de intentar huir y sintió que unas tibias lágrimas comenzaban a bajarle por las mejillas, unas lágrimas que había estado conteniendo desde que había visto al hombre de pelo rojo suicidarse. Se abrazó de modo instintivo a la joven y bonita extraña, y la mujer respondió rodeando con sus brazos los temblorosos hombros de la niña.
Sherry lloró durante un par de minutos, permitiendo que la mujer acariciase su cabello y le siguiera susurrando palabras tranquilizadoras al oído. Por mucho que quisiera quedarse acurrucada en los brazos de la mujer y olvidar todos sus miedos, por mucho que le gustaría creer que estaba a salvo, sabía que no era cierto. Además, ya no era una niña: ya había cumplido doce años el mes anterior.
Sherry se separó de los brazos con un gran esfuerzo y se frotó los ojos para secarse las lágrimas. Levantó la vista hacia su bello rostro y se dio cuenta de que no era una mujer mayor, que quizá sólo tendría unos veinte años. Las ropas que llevaba eran realmente juveniles: unas botas, unos pantalones vaqueros de color rosa y de perneras recortadas y una camiseta chaleco sin mangas que hacía juego con los pantalones. Llevaba su brillante pelo castaño recogido en una cola de caballo y, cuando sonrió, le pareció una estrella de cine.
La mujer se puso en cuclillas a su lado, sin dejar de sonreír con dulzura.
—Hola. Me llamo Claire. ¿Cómo te llamas?
Sherry sintió timidez por un momento, avergonzada por haber huido a la carrera de una chica tan amable. Sus padres le decían a menudo que actuaba como un bebé emocional, que era «demasiado imaginativa» para su propio bien, y allí estaba la prueba: Claire no le iba a hacer daño, estaba segura de ello.
—Sherry Birkin —contestó, y luego sonrió con la esperanza de que Claire no estuviese enfadada con ella. No parecía enfadada, de hecho, parecía encantada con su respuesta.
—¿Sabes dónde están tus padres? —preguntó con el mismo tono de voz dulce.
—Trabajan en la planta química de Umbrella, a las afueras de la ciudad —contestó Sherry.
—En la planta química... Entonces, ¿qué estás haciendo aquí?
—Mi madre llamó por teléfono y me dijo que viniera a la comisaría. Dijo que iba a ser muy peligroso quedarse en casa.
Claire se limitó a asentir.
—Por lo que parece, tenía toda la razón. Pero este lugar también es peligroso...
Claire frunció ligeramente el entrecejo, pensativa, pero volvió a sonreír otra vez.
—Será mejor que vengas conmigo.
Sherry sintió que se le formaba un nudo en el estómago y negó con la cabeza, preguntándose cómo podría explicarle a Claire que no era buena idea, que en realidad, era una idea muy mala. En aquellos momentos, quería más que nada en el mundo no estar a solas, pero no era algo seguro para Claire.
Si me marcho con ella y el monstruo me encuentra...
Mataría a Claire. Y aunque Claire era delgada, Sherry estaba bastante segura de que no cabría en el túnel de ventilación.
—Ahí fuera hay algo —dijo por fin—. Lo he visto, es más grande que los zombis. Y viene por mí.
Claire meneó la cabeza y abrió la boca para decirle algo tranquilizador, probablemente para intentar hacerle cambiar de idea, pero de repente, un tremendo sonido repleto de furia inundó la habitación, resonando en tremendas oleadas por todo el edificio y procedente de un sitio indeterminado de su interior... pero de un sitio cercano.
—Raaaarrrrrghhh...
Sherry sintió que su sangre se convertía en hielo. Los ojos de Claire se abrieron de par en par y su piel se quedó pálida.
—¿Qué ha sido eso?
Sherry retrocedió trastabillando, sin aliento, y con su mente corriendo ya hacia su escondrijo seguro detrás de las tres armaduras.
—Eso es lo que intentaba decirte —dijo con un jadeo, y se dio la vuelta y echó a correr antes de que a Claire le diera tiempo a impedírselo.
—¡Sherry!
La pequeña no hizo caso de la súplica en el grito y pasó corriendo al lado de la vitrina para llegar a la seguridad de la entrada al túnel de ventilación. Saltó con agilidad a lo alto del pedestal del caballero y se dejó caer sobre las manos y las rodillas, agachando la cabeza y metiéndose a cuatro patas en el antiguo agujero de piedra que existía en la base de la pared.
Su única oportunidad, la única oportunidad de Claire, era que ella se mantuviera lo más alejada posible de su amiga más reciente. Quizás se encontrarían de nuevo cuando el monstruo ya se hubiera ido.
Sherry abrigó la esperanza de que no fuera ya demasiado tarde mientras reptaba por la estrecha y sinuosa oscuridad del túnel de ventilación.

Capítulo 12
Ada se quedó sentada sobre el borde de la atestada mesa del despacho del jefe de detectives mientras dejaba descansar sus doloridos pies y miraba sin ver la vacía caja fuerte que se encontraba en una esquina. Se le estaba agotando la paciencia. No sólo no lograba encontrar la muestra del virus-G por ningún lado, sino que además empezaba a pensar que Bertolucci había salido volando de allí. Había registrado la sala de descanso, la oficina de los STARS, la biblioteca... De hecho, estaba más que segura de que había registrado todos los lugares a los que el periodista habría tenido acceso con facilidad, y ya había vaciado dos cargadores completos para ello. No es que le fuera a faltar munición. Lo que la molestaba era la pérdida de tiempo que representaban las balas disparadas: veintiséis proyectiles y ningún resultado positivo, excepto que ahora había una docena más de cadáveres cargados de virus tumbados en el suelo. Y dos de los extraños híbridos de Umbrella...
Ada se estremeció al recordar la deforme y retorcida carne roja y los resonantes aullidos de las estrambóticas criaturas contra las que se había enfrentado en la sala de prensa. Nunca se había preocupado por la avaricia de las corporaciones para las que trabajaba, pero lo cierto es que Umbrella había llegado a realizar experimentos ciertamente inmorales. Trent le había advertido sobre los especímenes del proyecto Tirano, seres que, por suerte, todavía no habían aparecido, pero las criaturas humanoides de extensa lengua y largas garras eran toda una afrenta para su sensibilidad. Por no mencionar el hecho de que eran mucho más difíciles de matar que los humanos infectados. Si aquellos seres eran producto de la experimentación con el virus-T, tendría que mantener los dedos cruzados para que Birkin no hubiera puesto a prueba todavía su última creación. Según le había dicho Trent, la serie G todavía no había sido inyectada a ningún ser vivo, pero se suponía que era el doble de potente que la T...
Ada dejó que su mirada vagara por los alrededores y estudió con la vista la oficina práctica y funcional. No era el lugar más propicio o acogedor para tomarse un descanso, pero al menos estaba bastante libre de manchas de sangre y similares. Además, con la puerta cerrada apenas podía oler a los agentes muertos en la sala principal. Ya estaban bastante muertos cuando ella los había matado del todo, y se encontraban en aquella especie de estado húmedo y sin huesos que, al parecer, precedía al colapso total.
Tampoco es que importe mucho si yo puedo olerlos a ellos. A estas alturas, mi pelo y mis ropas han absorbido el maldito hedor. Y cuando las cosas empiezan a ir mal todo parece ocurrir de repente...
Deseó haberse preocupado por aprender algo más sobre el virus-T en el plano científico. Sabía para qué utilizaban el virus-T, pero no había creído necesario investigar sobre los efectos fisiológico-químicos. ¿Para qué preocuparse, cuando no tenía razón alguna para pensar que Umbrella soltaría toda una carga de aquella mierda en su propia ciudad? Estaba obteniendo un montón de información de primera mano sobre lo bien que funcionaba, pero le hubiera venido bien saber exactamente qué ocurría en la parte del cuerpo y de la mente que resultaban infectadas, qué era lo que convertía a una persona en un devorador de carne sin mente ni razón. En lugar de eso, sólo podía almacenar en su mente la información que iba obteniendo por el camino e intentar adivinar la verdad.
Por lo que había visto, antes de que pasara una hora la persona infectada por el virus se convertía en un zombi. A veces, antes de eso la víctima caía en una especie de coma febril, lo que presumiblemente quemaba ciertas partes de su cerebro y reforzaba la impresión de que se estaban levantando de entre los muertos cuando se alzaban en busca de carne fresca. Los síntomas del ataque del virus eran los mismos para todos, pero no la rapidez con que causaba estragos. Había visto al menos tres casos en los que la víctima se había convertido en una criatura sedienta de sangre a los pocos minutos de ser infectada, en la etapa que ella había empezado a llamar «tener cataratas». Una de las características comunes era que los ojos de todas las víctimas quedaban tapados por una capa de mucosa blanca parecida a la clara de huevo cuando se convertían definitivamente en zombis, y aunque el proceso de putrefacción comenzaba inmediatamente, algunos tardaban más que otros en descomponerse...
¿Y por qué demonios estás pensando en todo eso? Tu misión no incluye buscar una vacuna para esto, ¿verdad?
Suspiró y se agachó para frotarse los dedos de los pies. Aquello último era completamente cierto. De todas maneras, era algo en lo que merecía la pena pensar. Concentrarse en todo momento en permanecer viva era una tarea agotadora y absorbente. No tenía ocasión de considerar todas las circunstancias mientras se dedicaba a limpiar de zombis los pasillos. Estaba con los nervios de punta y necesitaba que su cerebro se despejara un poquito pensando en los aspectos más inquietantes y extraños de la misión.
Y existen algo así como un millar con los que distraerse... Trent, lo que Bertolucci puede o no puede saber... los STARS. ¿Qué demonios le ha ocurrido a todo ese equipo?
Por los artículos que Trent había incluido en el memorándum de información sobre su trabajo sabía que los STARS habían sido suspendidos de empleo y sueldo. Si tenía en cuenta lo que habían estado investigando, no hacía falta ser un genio para imaginarse que Umbrella se había encargado de quitarlos de en medio por descubrir parte, si no toda, su operación con armas biológicas. Probablemente, Umbrella ya se habría ocupado de eliminarlos por completo, eso si ellos no se habían escondido. Se preguntó si Trent había tenido algo que ver con la pequeña desgracia de los STARS, o si había intentado ponerse en contacto con ellos antes de lo ocurrido o después.
De lo que estaba segura era de que él no se lo diría. Trent era un auténtico enigma, sin duda alguna. Sólo había tenido un encuentro cara a cara con él, aunque se había puesto en contacto con ella varias veces antes de que Ada partiera hacia Raccoon City, sobre todo por teléfono. Lo curioso era que, aunque ella se jactaba de su capacidad para saber lo que pensaba y sentía la gente, no había tenido ni la más remota idea de qué era lo que realmente le interesaba a aquel tipo, para qué quería el virus-G o cuáles eran sus conexiones con Umbrella. Era obvio que tenía alguna clase de contacto con ellos, ya que sabía demasiado sobre el funcionamiento interno de la compañía, pero si ése era el caso, ¿por qué no tomaba su puñetera muestra propia y luego se marchaba? Reclutar a un agente exterior era la acción que llevaría a cabo alguien que no quisiese involucrarse, pero ¿involucrarse en qué? No era su deber preguntar por qué...
Un buen principio para seguir en la vida: a ella no le pagaban por adivinar qué pensaba Trent. La verdad es que dudaba mucho que fuera capaz de adivinarlo aunque le pagaran por hacerlo: jamás había encontrado a nadie que tuviera una capacidad de autocontrol semejante a la de Trent. Cada vez que habían hablado o se habían encontrado, ella había tenido la sensación de que se reía por dentro, como si supiera algún secreto muy divertido sólo conocido por él. Y, sin embargo, no le había parecido arrogante ni prepotente. Era un tipo tranquilo, y su genialidad era tan natural que ella se había sentido un poco intimidada. Puede que ella no supiera sus motivos con precisión, pero había visto aquel tipo de humor calmado: era el rostro del auténtico poder, de una persona con un plan y con los medios para llevarlo a cabo.
Así que, ¿ha estropeado sus planes, cualesquiera que sean, el escape del virus? ¿O estaba preparado para esta contingencia? Puede que no lo haya planeado, pero no creo que la expresión «pillar desprevenido» esté en el vocabulario de Trent...
Ada se reclinó hacia atrás y giró suavemente su cabeza y su cansado cuello antes de bajarse de la mesa y ponerse de nuevo sus incómodos zapatos. Ya había descansado lo suficiente. No podía dedicarle más que unos pocos minutos a sus dolores e incomodidades, y tampoco creía que fuera a averiguar mucho más hasta que se marchase de Raccoon City. Todavía tenía un par de zonas que registrar en busca de Bertolucci antes de dirigirse a las alcantarillas, y había visto que las barricadas de la primera planta no eran tan sólidas como a ella le hubiera gustado. No le apetecía nada ver su camino interrumpido por un nuevo grupo de seres infectados procedentes del exterior.
También existían los pasillos «secretos» del ala este y las celdas de detención más allá del garaje de aparcamiento. Si no lograba encontrarlo en ninguno de esos dos lugares, tendría que admitir que había abandonado la comisaría y centrar sus esfuerzos en recuperar la muestra.
Decidió probar suerte en el sótano en primer lugar. Le parecía poco probable que él hubiera descubierto los pasillos secretos. Por lo que había leído en los informes, ni siquiera era un periodista lo bastante bueno como para encontrar su propio culo. Y si estaba escondido en las celdas de detención o cerca de ellas, no tendría que seguir dando vueltas por la comisaría, a la espera de la inevitable invasión de zombis. La entrada al subsótano se encontraba justo abajo, así que si no surgían complicaciones, podría dirigirse directamente hacia el laboratorio.
Ada salió de la oficina y frunció la nariz por la vaharada a podrido que la asaltó, empujada por el lento rotar de las aspas de los ventiladores del techo. En aquella estancia repleta de mesas tenía que haber unos siete u ocho cuerpos, todos ellos policías, y al menos los tres contra los que ella había disparado estaban ya bastante podridos...
¿No había cinco infectados todavía caminando cuando pasé antes por aquí?
Ada se detuvo un instante en el exterior de la gran estancia y miró de nuevo el estrecho pasillo que comunicaba con la escalera trasera. ¿Habían sido cinco? Sabía que había acabado con un par en su primera visita. Los demás habían sido demasiado lentos como para incomodarla, y ella creía que había visto cinco. Y sin embargo, sólo había tenido que acabar con tres cuando había regresado para tomarse un descanso.
Había chico. Puede que no esté en el mejor momento de mis facultades físicas y mentales, pero todavía sé contar.
No solía dudar de su capacidad para registrar mentalmente aquellos detalles, y el hecho de que se hubiera dado cuenta hacía sólo un minuto era una demostración de lo cansada que estaba. Dos días antes, se hubiera dado cuenta inmediatamente. No tenía forma alguna de saber si los otros cuerpos habían sido acribillados a balazos o simplemente se habían desintegrado por sí solos sin que ella se expusiera al contacto físico: estaban demasiado descompuestos, pero lo mejor era considerar que todavía quedaban unos cuantos supervivientes por el edificio.
Pero no por mucho tiempo, ya sea de un modo u otro...
No importaba si los zombis lograban entrar o no: Umbrella no tardaría mucho en actuar, si no lo había hecho ya. Lo que había ocurrido en Raccoon City era la peor pesadilla de cualquier accionista, y lo que Ada tenía muy claro era que Umbrella no iba a dejar de lado el problema. Probablemente ya habrían planificado un enorme desastre que lo borrara todo y luego le proporcionarían su propia historia a la prensa. También estaba segura de que intentarían recuperar una muestra del virus-G, el último descubrimiento de Birkin, antes de provocar el desastre que tenían preparado, lo que significaba que ella debía tener mucho cuidado. Al parecer, Birkin había mantenido bastante en secreto todo su trabajo, y Trent le había informado de que Umbrella finalmente no tardaría en enviar un equipo para recuperar la muestra, y con Raccoon City convertida en zona de guerra, aquella posibilidad había aumentado sus probabilidades de cumplirse.
Con suerte un equipo formado por miembros humanos. Puedo enfrentarme a eso. Pero con un Tirano... No necesito esas dificultades.
Ada se alejó de la estancia, caminando hacia la puerta cerrada que la llevaría a la escalera hacia el sótano. «Tirano» era el nombre en clave de una serie de investigaciones de Umbrella para obtener un arma biológica orgánicamente compleja, unos experimentos que comprendían las aplicaciones más destructivas del virus-T. Según Trent, los científicos de White Umbrella, los que trabajaban en los laboratorios secretos, habían comenzado las pruebas para crear una especie de sabueso humanoide, diseñado para perseguir un determinado olor o sustancia para el que se lo hubiera programado, todo ello con unas capacidades inhumanas y con un tesón implacable. Un perdiguero Tirano, un ser casi indestructible compuesto por carne podrida y mecanismos implantados de forma quirúrgica, exactamente lo que enviarían para encontrar algo así, por poner un ejemplo, como una muestra del virus-G...
En cuanto encontrara la muestra que quería Trent, saldría pitando de allí y se marcharía con su dinero a alguna playa lejana para beber margaritas . Y no importaba lo que sintiera o dejara de sentir sobre ese asunto, ni cuántos inocentes habían muerto ni para qué quería Trent la muestra del virus-G. Ése era otro punto en la lista en el que no necesitaba pensar para realizar el trabajo.
Con sus defensas emocionales bien altas, Ada comenzó a bajar hacia el sótano para intentar encontrar al incómodo y problemático periodista.
León se ajustó las cinchas, de pie y delante del saqueado armario del sótano donde se guardaban las armas, mientras intentaba pensar dónde podía estar Claire en esos momentos.
Por lo poco que había podido ver hasta llegar al sótano, la comisaría no era tan peligrosa como había pensado. Hacía frío, apestaba, estaba fatalmente iluminada y había montones de cadáveres por los pasillos, pero no existía tanto peligro como en las calles. No era para dar saltos de alegría, pero se conformaba con lo poco que pudiera sacar de bueno de la situación.
Había matado a dos de sus colegas de uniforme y a una mujer con un uniforme de la patrulla de tráfico completamente hecho jirones en su camino hasta el sótano. A los dos policías les había disparado en la planta superior, y a la mujer fuera del depósito de cadáveres, a unos pocos metros de la pequeña habitación donde se guardaba el armamento de la policía de Raccoon City. Sólo tres zombis desde que había entrado en la comisaría, sin incluir los pocos que había logrado esquivar en las dependencias de los detectives, pero había pasado por encima de al menos una docena de cadáveres y había visto agujeros de balas en la mitad de ellos, justo a través de los ojos o directamente en mitad de la frente. Gracias al número de criaturas «liquidadas» con tanta limpieza y al número de armas que faltaban del armario, León tuvo la esperanza de que Branagh estuviese en lo cierto y de que hubiese supervivientes...
Marvin Branagh... que a estas alturas probablemente estará muerto. ¿Significa, eso que se convertirá en un zombi? Si Umbrella está realmente detrás de todo esto, entonces tiene que ser una especie de plaga o enfermedad. Son una compañía farmacéutica... Pero ¿cómo se contagia? ¿Es algo que se contagia por contacto directo, o sólo con respirar ya puedes...?
León dejó de pensar en eso. El sótano era un lugar fresco y húmedo, pero la sola idea de que podría infectarse con la enfermedad de los zombis lo hizo sudar. ¿Qué pasaba si toda Raccoon City todavía era zona de contagio y él había enfermado sólo con entrar en ella en el coche? Las atestadas estanterías del almacén parecieron echarse ligeramente sobre él, en un repentino ataque de ansiedad de proporciones épicas.
Sin embargo, antes de que el pánico tuviera siquiera tiempo de asentarse, una voz en su mente le recordó la realidad, y con ella llegó su aceptación, lo que le permitió dejar pasar de largo el miedo y el temor.
Si estás enfermo, estás enfermo. Puedes pegarte un tiro en la boca antes de llegar a ponerte realmente malo. Si no estás enfermo, tal vez sobrevives para contarles a tus nietos lo que está sucediendo. De todas maneras, probablemente ya no puedes hacer nada... excepto intentar comportarte como un buen policía.
León asintió suspirando. Ese plan era mejor que quedarse allí preocupándose de forma inútil, y ahora tenía el equipo necesario para llevarlo a cabo con mayores probabilidades. Alguien había abierto a balazos el cerrojo electrónico del depósito de armas, lo que le había ahorrado la necesidad de buscar la tarjeta de acceso o tener que abrirla a balazos él mismo. Era bastante obvio que la puerta exterior había sido forzada: los cerrojos y el tirador de la puerta estaban prácticamente destrozados. Había quedado desilusionado después del primer registro que había efectuado en el lugar, aunque lo más correcto sería decir descorazonado. No quedaba absolutamente ninguna pistola, y muy poca munición en los mellados cajones, pero al menos había encontrado una caja entera de cartuchos de escopeta y, después de una segunda y mucho más desesperada búsqueda, había descubierto una escopeta del calibre 12 oculta detrás de un montón de cajas. También vio un par de arneses de hombro para la Remington que acababa de encontrar, que todavía estaban colgados en la pared de enfrente, además de un cinturón de trabajo con una capacidad aún mayor que el que llevaba puesto. Incluso encontró una pequeña bolsa de cadera con capacidad suficiente para meter todos los cargadores de su Magnum.
Dio un apretón final al arnés y decidió que lo mejor era buscar en primer lugar en los lugares más obvios: cada uno de los pasillos que comunicaban con cada entrada. Regresaría en primer lugar a la sala de entrada, buscaría algo donde dejar un mensaje y...
¡Bam!¡Bam!¡Bam!
Unos disparos, y cercanos. El eco le indicó que se habían producido en el garaje que se encontraba justo al otro lado de donde él estaba. León desenfundó la pistola de un tirón y corrió hacia la puerta, donde perdió unos segundos preciosos forcejeando con el destrozado tirador.
El lugar estaba despejado, con excepción de la policía de tráfico muerta que se hallaba a la derecha, justo delante tenía la entrada al garaje, y León se apresuró a acercarse, recordándose a sí mismo que debía tener cuidado y avanzar con precaución para evitar que alguien armado con una pistola y completamente enloquecido por el temor le abriera un agujero de bala.
Poco a poco, echa un buen vistazo antes de seguir adelante, identifícate con claridad...
La puerta, en la pared de la derecha, estaba abierta de par en par, y cuando León asomó la cabeza por un momento, con el cuerpo protegido por la pared de hormigón, vio algo que lo sorprendió tanto que se olvidó por completo de que allí había alguien armado con una pistola. El perro. Es el mismo maldito perro.
Era imposible y, sin embargo, el animal tendido sin vida en el suelo en mitad del lugar repleto de coches tenía exactamente el mismo aspecto. Incluso con la breve visión que había tenido de él, el demonio con forma canina de aspecto pegajoso y con una piel húmeda, que había estado a punto de provocarle un accidente a diez kilómetros de la ciudad, podría ser de la misma camada que el que tenía delante. Bajo las chasqueantes luces de las bombillas fluorescentes que iluminaban el frío garaje lleno de manchas de aceite, León advirtió lo anormal que era ese perro.
No parecía haber nada en movimiento, y no se oía nada excepto el zumbido de las bombillas, así que León entró en el garaje, sin dejar de empuñar su Magnum, decidido a echarle un vistazo más detenido a la criatura... cuando vio un segundo perro al lado de un coche patrulla aparcado, tan muerto al parecer como el primero. Ambos estaban tendidos sobre pegajosos charcos de su propia sangre, con los miembros despellejados despatarrados.
Umbrella. Los ataques de los animales salvajes, la enfermedad... ¿Cuánto tiempo lleva toda esta mierda ocurriendo? ¿Y cómo lograron mantenerlo oculto después de todos aquellos asesinatos?
Lo que más lo confundía era el hecho de que Raccoon City no estuviese ya llena hasta los topes con el equipo de los servicios de apoyo. Puede que Umbrella hubiese sido capaz de mantener oculta su relación con los asesinatos «caníbales», pero ¿cómo habían podido impedir que los ciudadanos de Raccoon City llamasen para pedir ayuda al exterior de la ciudad?
Y ahora estos perros, como fotocopias el uno del otro... ¿quizás otra cosa que los de Umbrella han creado en sus laboratorios?
Frunciendo el entrecejo, dio otro paso hacia las criaturas parecidas a perros, sin gustarle ni un pelo las teorías de la conspiración que se estaban formando en su cabeza, pero sin ser capaz de desecharlas. Lo que le gustó aún menos fue el aspecto de las manchas de aceite que había en el suelo de cemento: tenían un color rojo oxidado, y había demasiadas como para poder contarlas. Se agachó para echar un vistazo desde más cerca, y estaba tan concentrado en no confirmar la terrible y creciente sospecha, que no oyó el disparo hasta que la bala pasó silbando a escasos centímetros de su cabeza.
¡Bam!
León se giró hacia la izquierda mientras levantaba la Magnum y gritaba, todo al mismo tiempo...
—¡No dispare!
Entonces vio que quien disparaba bajaba su arma. Era una mujer con un vestido rojo corto y unas medias negras que estaba de pie al lado de una furgoneta aparcada al lado de la pared más alejada. Comenzó a andar hacia él, contoneando sus bien formadas caderas, con la cabeza bien alta y los hombros echados hacia atrás, como si se encontrara en una fiesta de copas.
León sintió una momentánea oleada de ira al ver que mostraba tanta calma aun después de estar a punto de matarlo... pero, en cuanto ella estuvo un poco más cerca, descubrió que estaba más que dispuesto a perdonarla. Era preciosa, y mostraba una expresión de alegría genuina al verlo. Era una visión maravillosa después de ver tanta muerte.
—Lo siento mucho —se disculpó—. Cuando vi el uniforme, pensé que era otro de esos zombis.
De rasgos asiáticos, era bastante alta aunque de huesos delicados, y su pelo corto y espeso lanzaba unos atractivos destellos negros. Su voz profunda y melodiosa era casi un ronroneo, lo que provocaba un extraño contraste con el modo en que lo miraba. La ligera sonrisa en sus labios no parecía estar reflejada en sus ojos almendrados, que parecían estudiarlo a fondo.
—¿Quién es usted? —preguntó León.
—Ada Wong.
Aquel ronroneo de nuevo. Inclinó un poco la cabeza hacia un lado, sin dejar de sonreír en ningún momento.
—Me llamo León Kennedy —dijo por puro reflejo, sin saber qué decir o por dónde empezar—. Yo... ¿Qué está haciendo aquí abajo?
Ada señaló con un gesto de la barbilla la furgoneta que estaba a su espalda, un vehículo para el transporte de prisioneros de la policía de Raccoon City que estaba obstruyendo el paso a la zona de las celdas para detenidos.
—Vine a Raccoon City en busca de un hombre, un periodista llamado Bertolucci. Tengo razones para pensar que está en una de esas celdas de ahí atrás, y creo que puede ayudarme a encontrar a mi novio... —su sonrisa se desdibujó un poco mientras fijaba su mirada electrizante en los ojos de León—. También creo que sabe todo lo que ha pasado aquí. ¿Me ayudará a mover la furgoneta?
León estaba más que dispuesto a ayudarla si así podía conocer a ese periodista encerrado al otro lado de la pared, sobre todo porque podría contarles qué había ocurrido. No estaba seguro de cómo tomarse la historia de Ada, pero tampoco podía imaginarse ningún motivo por el que ella tuviera que mentir. La comisaría no era un lugar seguro, y estaba buscando supervivientes, exactamente lo mismo que él estaba haciendo.
—Sí, claro —le contestó, sintiéndose un poco desconcertado por su forma tan directa de hablarle, aunque fuera de un modo tan suave y tan dulce. Tenía la sensación de que ella había tomado el control de su encuentro, mediante alguna manipulación sutil pero deliberada que la había puesto al mando... y, por el modo tan desenfadado y despreocupado con el que se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la furgoneta, como si estuviese segura por completo de que él la seguiría, León se dio cuenta de que ella lo sabía de sobra.
No seas paranoico. También existen mujeres de carácter fuerte. Y cuanta más gente podamos encontrar, de más ayuda dispondré para encontrar a Claire.
Quizás había llegado el momento de dejar de hacer planes y de mantenerse a la expectativa. León enfundó su pistola y la siguió, con la esperanza de que el periodista estuviera donde Ada creía y de que todo comenzara a tener sentido de una vez.

Capítulo 13
Sherry Birkin se había marchado, desapareciendo a través del túnel de ventilación, y Claire no cabía de ninguna manera en aquel estrecho conducto, por lo que no pudo ir detrás de ella. Fuese lo que fuese lo que había lanzado aquel grito espeluznante que había aterrorizado tanto a Sherry, no había aparecido, pero la chiquilla ya no estaba, y quizá todavía se encontraba gateando frenéticamente en algún oscuro y polvoriento túnel. Al parecer, llevaba escondida cierto tiempo al lado del conducto del aire. Claire encontró envoltorios de chocolatinas y una manta vieja debajo de la abertura, en el patético escondite situado detrás de las tres armaduras que estaban de pie.
Claire se apresuró a regresar a la oficina de Irons en cuanto se dio cuenta de que Sherry no iba a regresar. Tenía la esperanza de que quizás él le pudiera indicar dónde terminaba en túnel de ventilación... pero Irons había desaparecido, junto con el cuerpo de la hija del alcalde.
Claire se quedó allí, de pie en mitad del despacho del jefe de policía, vigilada por los ojos de cristal de expresión vacía de las morbosas piezas de decoración, y por primera vez desde que llegó a la ciudad se sintió realmente insegura con respecto a lo que debía hacer a continuación. Había comenzado todo aquello para encontrar a Chris, una preocupación que se había transformado en esquivar zombis, seguir pegada a León y evitar todo posible contacto innecesario con el macabro jefe de policía Irons, por ese preciso orden. Pero en algún punto entre el momento en que encontró a aquella chiquilla y el instante en que había oído aquel estremecedor aullido, sus prioridades habían cambiado de forma repentina y completa. Una niña se había visto atrapada en aquella pesadilla, una criatura dulce y pequeña que creía que un monstruo la estaba persiguiendo.
Y que quizás existe de verdad. Si tu mente puede aceptar que existen zombis en Raccoon City, ¿por qué no un monstruo? Demonios, ¿por qué no ya vampiros o robots asesinos?
Quería encontrar a Sherry, pero no sabía por dónde empezar. También quería encontrar a su hermano mayor, pero tampoco tenía ni idea de dónde podía encontrarlo... y empezaba a preguntarse si él realmente tendría alguna idea de lo que había ocurrido en Raccoon City.
Él había evitado responder a sus preguntas sobre el motivo de la suspensión de los STARS la última vez que había hablado con él. Chris le había insistido en que no había nada por lo que preocuparse, que su equipo y él se habían enfrentado con ciertos problemas de índole política en la oficina y que habían salido malparados, pero que todo se iba a arreglar. Ella ya se había acostumbrado a sus manías protectoras, pero cuando lo recordó de nuevo, ¿no era más bien que había sido muy evasivo? Y los STARS habían estado investigando los asesinatos caníbales, así que tampoco era necesario ser un genio para relacionar aquello con toda la actividad devoradora de carne que se estaba desarrollando por aquellos alrededores...
Y eso significa... ¿qué? ¿Qué significa? ¿Que Chris y sus compañeros habían descubierto algún plan malvado y me lo estaba ocultando?
No tenía ni idea. Lo único que sabía era que no creía que él estuviera muerto, y que su plan de encontrar a Chris o a León había quedado en segundo plano frente a su necesidad de encontrar a Sherry. Por mala que fuera la situación, Claire disponía de unas cuantas defensas: tenía un arma, tenía cierta madurez emocional y, después de casi dos años de carreras de diez kilómetros diarias, estaba en una excelente forma física. Sin embargo, Sherry Birkin no podía tener más de once o doce años, a lo sumo, y parecía frágil, en todos los sentidos de la palabra, desde su pelo rubio lleno de polvo y suciedad hasta la desesperada ansiedad de sus grandes ojos azules. La chiquilla había despertado todos los instintos protectores de Claire y...
¡Thump!
Una vibración pesada y hueca recorrió todo el techo de la estancia e hizo temblar la gran lámpara del despacho de Irons. Claire miró instintivamente hacia arriba mientras empuñaba su pistola con más fuerza por puro reflejo. No se veía nada más que madera y escayola, y el sonido no se repitió.
Algo en el tejado... ¿pero qué demonios puede haber causado un ruido como ése? ¿Un elefante aterrizando en paracaídas?
Quizá se trataba del monstruo de Sherry. El feroz rugido que había oído en la sala de exposiciones de armaduras había llegado a través del conducto de ventilación o de la chimenea, así que había sido imposible determinar su punto de origen, pero perfectamente podía haber sido el tejado. Claire no estaba muy dispuesta ni muy deseosa de encontrarse cara a cara con el ser que había lanzado aquel aullido, pero Sherry estaba segura de que la criatura la estaba siguiendo...
¿Así que si encuentras al que aúlla, encuentras a Sherry? No es mi ideal de un plan perfecto, pero no tengo mucho donde escoger en este momento. Puede que sea el único modo de encontrarla...
O quizás era Irons el que estaba allí arriba. A pesar del mal sabor de boca que le había dejado su encuentro con él, lamentaba no haber intentado sacarle algo más de información. Loco o no, no le había parecido estúpido. Puede que no fuera tan mala idea encontrarse de nuevo con él, al menos para hacerle unas cuantas preguntas sobre el sistema de ventilación.
No sabría nada hasta que se pusiese en movimiento. Claire se dio la vuelta y salió por la puerta del despacho que daba al pasillo exterior, donde había apagado el incendio provocado por la colisión del helicóptero. El humo se había disipado en el pasillo de al lado, y aunque el aire todavía estaba caliente, ya no era el calor de un incendio en toda regla. Al menos, con aquello había tenido éxito...
Claire regresó al pasillo principal, esquivando con la mirada lo que quedaba del cadáver del piloto, cuando...
¡Crraaaacc!
Se detuvo en seco al oír un tremendo crujido provocado por una gran superficie de madera al astillarse, seguido por los pasos pesados de alguien que debía ser enorme y que estaba atravesando el pasillo que había más allá de la siguiente esquina. Todos los ruidos tenían un matiz deliberado y atronador.
El tío debe de pesar una tonelada, y... Oh, Dios, dime que no era el ruido de una puerta al ser arrancada de cuajo...
Claire miró rápidamente hacia atrás, hacia el pequeño pasillo que llevaba de vuelta al despacho de Irons, con todos sus instintos gritándole que echara a correr al mismo tiempo que su parte racional le recordaba que aquella ruta de escape no tenía salida, por lo que su cuerpo se quedó paralizado entre ambas reacciones contrapuestas...
Y justo en ese instante, apareció el hombre más grande que jamás hubiera visto, ante su atónita mirada, medio oculto por las escasas volutas de humo que quedaban en el pasillo. Estaba vestido con un largo abrigo de color verde oliva, como los del ejército, que resaltaba su enorme tamaño. Era tan alto como una de las estrellas de la liga de baloncesto... No, era más alto, pero su cuerpo era proporcionado, por lo que su tamaño era enorme. Pudo ver un gran cinturón de trabajo alrededor de su cintura, y aunque no distinguió arma alguna, sintió la violencia que emanaba de él en oleadas invisibles. Vio su cara de tez blancuzca y enfermiza, su cráneo sin cabello... y de repente, Claire estuvo segura de que aquello era realmente un monstruo, un asesino con puños cubiertos de guantes negros, puños tan grandes como una cabeza humana normal.
¡Dispara! ¡Dispárale!
Claire le apuntó, pero dudó por un segundo, temiendo cometer un terrible error... hasta que aquello dio un largo paso hacia ella con sus piernas como troncos y oyó el crujir de la madera astillándose bajo sus grandes botas como las del monstruo de Frankenstein, y vio sus ojos negros rodeados de rojo. Eran como pozos repletos de lava rodeados por un peñasco blanco desigual, sin expresión pero con capacidad de ver. Su mirada se encontró con la de ella... y alzó un tremendo puño: la amenaza era inconfundible.
Dispara-dispara-dispara...
Apretó el gatillo una, dos veces, y vio los impactos: un trozo de la solapa de su abrigo saltó en pedazos cuando la bala se hundió debajo de su garganta y un poco hacia un lado, y el segundo proyectil atravesó por completo un lado de la garganta...
El monstruo dio otro paso sin que apareciera el menor rastro de emoción en sus rasgos tallados en piedra, con el puño todavía en alto, en busca de un objetivo, con la intención de aplastarlo...
El agujero negro y humeante en su garganta no estaba sangrando. ¡Oh, mierda!
Claire sintió un acelerón en su cuerpo debido a la descarga de adrenalina provocada por el terror y apuntó la pistola hacia el corazón de la criatura. Apretó el gatillo una y otra vez mientras el gigante daba otro paso avanzando hacia la lluvia de proyectiles sin ni siquiera pestañear...
Claire perdió la cuenta de los disparos, incapaz de creer que siguiera avanzando hacia ella, que estuviera a menos de tres metros mientras los proyectiles se estrellaban contra su mastodóntico pecho...
La pistola se quedó sin balas, justo en el momento en que el monstruo dejó de dar sus enormes pasos y comenzó a bambolearse como un enorme tronco mecido por el viento. Claire sacó otro cargador de su chaleco sin apartar la vista del oscilante monstruo y manoteó intentando meterlo en la pistola mientras su cerebro procuraba darle un nombre a aquel aborto andante.
Terminator, el monstruo del doctor Frankenstein, el Doctor Malvado, el Señor X...
Fuese lo que fuese, las más de siete balas semiperforantes que habían atravesado su pecho habían cumplido su misión.
La tremenda criatura cayó poco a poco y en silencio hacia la derecha, desplomándose contra una pared ennegrecida por el humo. Se quedó allí, medio reclinada, sin caer tumbada, pero sin moverse más tampoco.
Ha caído en un ángulo raro, eso es todo, pero está muerto, sólo se ha quedado así por su propio peso...
Claire no se acercó y mantuvo su arma apuntada hacia el gigante inmóvil. ¿Había sido él quien había gritado de esa manera? No lo creía, a pesar de su aspecto inhumano y poderoso. No era el demonio furibundo y primitivo que debía haber lanzado aquel grito en su búsqueda de sangre. Este ser era más bien una máquina sin alma, una carne sin sangre que podía hacer caso omiso al dolor... o aceptarlo sin problemas.
—Ya está muerto, así que ya no importa—susurró Claire, tanto para tranquilizarse a sí misma como para cortar la interminable sucesión de pensamientos sin sentido.
Tenía que pensar, que averiguar qué era aquello... Eso no era alguna especie de zombi mutante, así que ¿qué demonios era? ¿Por qué no había caído antes? Casi había vaciado un cargador completo... ¿Habría alguien oído los disparos? ¿Quizá Sherry, o Irons, o incluso León? Quizás alguno de ellos o cualquiera que estuviese rondando todavía por la comisaría los habría oído y se acercaría para saber quién era. ¿Debería quedarse allí?
La criatura a la que ella ya había comenzado a llamar como el Señor X ya no respiraba, y su musculoso cuerpo estaba inmóvil, con los ojos cerrados y el rostro inerte como la máscara de la muerte. Claire se mordió el labio inferior mientras contemplaba a la increíble criatura medio apoyada en la pared e intentaba pensar en algo con claridad en mitad de sus aterradas sensaciones... cuando vio que sus ojos se abrían, sus brillantes ojos negros y rojos. Sin mostrar gesto alguno de esfuerzo o dolor, el Señor X se inclinó hacia atrás para recuperar el equilibrio y ponerse en pie, bloqueando todo el pasillo y levantando de nuevo sus gigantescas manos...
Con un tremendo movimiento, balanceó los brazos y sus puños atravesaron velozmente el aire, pasando a escasos centímetros de ella justo cuando trastabillaba dando un paso atrás. El impulso fue suficiente para que sus dos manos atravesasen la pared en la que había estado apoyada momentos antes. El impacto hizo que los dos puños se enterrasen y sus brazos quedasen atascados en la madera y la escayola hasta los codos.
Mi cuerpo, podría haber sido MI cuerpo...
Si huía hacia la oficina de Irons, quedaría atrapada. Sin pensarlo dos veces, Claire echó a correr hacia el Señor X, pasando como una exhalación a su lado, y su brazo llegó a rozar su abrigo, con su corazón perdiendo un latido cuando el tejido rozó su piel.
Siguió corriendo, dobló a la izquierda y atravesó lo que quedaba de pasillo cargado de humo, intentando recordar qué había detrás de la sala de espera, intentando no oír los inconfundibles ruidos de movimiento a su espalda cuando el Señor X sacó de un tirón sus brazos de la pared. Dios, ¿qué es ESO?
Claire llegó a la sala de espera y cerró la puerta tras de sí de golpe mientras seguía corriendo y decidió que ya lo pensaría más tarde. Corrió, sin dejar de pensar en otra cosa que no fuera cómo lograr correr con mayor rapidez aún.
Ben Bertolucci estaba oculto en la última celda de la habitación más alejada del garaje, metido en un pequeño camastro de metal y roncando con fuerza. Ada mantuvo la expresión de su cara cuidadosamente neutral y dejó que León lo despertara. No quería parecer ansiosa por hablar con él, y si algo había aprendido en sus relaciones con los hombres era que siempre resultaba más fácil manejarlos si creían que estaban al mando. Ada miró a León con una paciencia que en realidad no sentía y esperó.
Habían registrado una perrera vacía y un sinuoso pasillo de cemento antes de encontrarlo, y aunque el aire estancado apestaba a sangre y a podredumbre, no habían tropezado con ningún cuerpo, lo que era extraño, si se tenía en cuenta la matanza que, ella sabía, se había producido en el garaje. Pensó en preguntarle a León si él sabía lo que había pasado, pero luego decidió que cuanto menos hablara, mejor. No tenía sentido que él se acostumbrara a que ella estuviera cerca. Había visto un portillo de acceso a las zonas inferiores en una de las perreras, con una reja oxidada y en un rincón oscuro, y se había sentido más tranquila después de ver una palanqueta en un armario abierto cercano. Cuando por fin había visto a Bertolucci roncando delante de ellos, pensó que por fin la situación empezaba a estar bajo control.
—Déjame adivinar —dijo León en voz bien alta, mientras extendía la mano para golpear los barrotes de metal con la culata de su pistola—. Tú debes de ser Bertolucci, ¿verdad? Levántate, ahora.
Bertolucci gruñó y se levantó lentamente para quedarse sentado por último mientras se frotaba la barba sin afeitar de varios días. Ada resistió la tentación de sonreír al verlo con aquel aspecto tan horrible, con las ropas completamente arrugadas y su lacia coleta despeinada, mirándolos a ella y a León con el entrecejo fruncido y el aspecto de estar algo confuso.
Pero todavía lleva puesta su corbata. El pobre idiota probablemente piensa que le da más apariencia de periodista.
—¿Qué queréis? Estoy intentando dormir.
Parecía malhumorado, y Ada tuvo que contener de nuevo una sonrisa. Se lo merecía por ser tan difícil de encontrar.
León la miró, también con aspecto de estar un poco confundido.
—¿Es éste el tipo que buscas?
Ella asintió, y de repente se dio cuenta de que León probablemente creía que Bertolucci era un preso. La conversación disiparía rápidamente aquella idea, pero ella no quería que León supiera más de lo necesario, de modo que tendría que escoger con cuidado sus palabras.
—Ben —dijo mientras imprimía sus palabras con un ligero tono de desesperación—. Les dijiste a los agentes que sabías lo que estaba ocurriendo en la ciudad, ¿verdad? ¿Qué les dijiste?
Bertolucci se puso en pie y se quedó mirándola, frunciendo los labios.
—¿Y quién demonios eres tú?
Ada hizo caso omiso del comentario y subió un grado su tono de desesperación, pero sólo un poco. No quería pasarse en su actuación como hembra indefensa: aquello no pegaba nada con el hecho de que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo.
—Estoy intentando encontrar a... a un amigo mío, John Howe. Trabajaba en una oficina de Umbrella con sede en Chicago, pero desapareció hace unos cuantos meses, y me han dicho que estaba aquí, en esta ciudad...
Dejó la frase en el aire, observando con detenimiento la expresión de Bertolucci. Estaba claro que sabía algo, pero ella no creía que lo fuera a soltar con tanta facilidad.
—No sé nada de nada —repuso con un tono de voz gruñón y áspero—. Y aunque lo supiera, ¿por qué iba a decírtelo?
Muy original. Si el poli no estuviese aquí estorbando, probablemente le dispararía aquí mismo y ahora.
La verdad es que ella sabía que en realidad no lo haría. No le gustaba matar por matar o por pura diversión, y pensaba que probablemente obtendría toda la información que necesitaba con alguno de sus métodos más persuasivos: si sus considerables encantos femeninos no funcionaban, siempre le quedaba el recurso del tiro en la rodilla. Por desgracia, no podía hacer nada con el agente León por allí cerca. No había planeado su encuentro, pero, por el momento, no le quedaba más remedio que permanecer a su lado.
Era bastante obvio que al agente de policía no le había gustado ni un pelo la respuesta de Bertolucci.
—Bueno, yo voto por que lo dejemos aquí dentro —dijo con voz molesta, dirigiéndose a Ada pero sin dejar de mirar a Bertolucci con un gesto de irritación más que evidente.
Bertolucci sonrió a medias mientras metía una mano en uno de sus bolsillos y sacaba un manojo de llaves plateadas: las llaves de las celdas en su correspondiente llavero circular. Ada no se sorprendió, pero León pareció aún más cabreado.
—Por mi bien —dijo Bertolucci con aire satisfecho—. De todas maneras, no pienso abandonar esta celda. Es el lugar más seguro de todo el edificio. Por ahí rondan otros seres que no son zombis, podéis creerme.
Por el modo en que lo dijo, Ada pensó que probablemente tendría que matarlo de todas maneras. Las instrucciones de Trent habían sido muy claras: si Bertolucci sabía algo sobre el trabajo de Birkin con el virus-G, debía eliminarlo. No conocía el motivo exacto, ni siquiera estaba segura de sospecharlo, pero ésa era su misión. Si lograra quedarse unos cuantos momentos a solas con él, podría asegurarse de cuánto sabía realmente.
La cuestión era, ¿cómo lograrlo? No quería tener que dispararle a León. Por regla general, no mataba a gente inocente y, además, le gustaban los policías. No es que fueran necesariamente el tipo de personas más inteligentes con las que se había encontrado, pero cualquiera que aceptara un trabajo en el que era necesario poner la propia vida en juego merecía su respeto. Y, para colmo, tenía buen gusto por lo que se refería al armamento: la Desert Eagle era una elección excelente, una de las mejores de su lista...
Así que, ¿por qué lo racionalizas todo? Si lo despisto y luego regreso no significa que me esté volviendo blanda...
¡Raaaarghaaahggg!
Un aullido inhumano y repleto de violenta ferocidad resonó en el tenso silencio. Ada se giró inmediatamente con la Beretta en alto, apuntando hacia la puerta que llevaba a la salida a través de la zona de celdas vacías. Fuese lo que fuese, era algo que estaba en el sótano...
—¿Qué ha sido eso? —preguntó León a su espalda con un susurro.
Ada deseó conocer la respuesta. El eco todavía resonante del aquel feroz aullido no se parecía a nada que hubiese oído antes en toda su vida... y nada para lo que ella estuviera preparada para oír, aun sabiendo como sabía en qué consistían los experimentos de Umbrella.
—Como ya he dicho antes, no pienso abandonar esta celda —repitió Bertolucci, con voz ligeramente temblorosa—. ¡Ahora, largaos antes de que atraigáis a lo que sea eso hasta mí!
Cobarde rastrero...
—Mira, es posible que yo sea el único policía que queda con vida en este edificio —le dijo León.
Algo en la mezcla de miedo y fuerza en el tono de su voz hizo que Ada mirara hacia atrás, hacia él. La mirada del agente estaba fija en Bertolucci, y sus ojos azules mostraban una expresión dura y aguda.
—Así que si quieres seguir con vida, tendrás que venir con nosotros.
—Olvídalo —respondió Bertolucci con brusquedad—. Me quedaré aquí hasta que lleguen los refuerzos... y, si sois listos, haréis exactamente lo mismo.
León meneó lentamente la cabeza.
—Pueden pasar días antes que llegue nadie, así que nuestra mejor oportunidad de sobrevivir es encontrar un modo de salir de Raccoon City. Y ya has oído ese aullido. ¿De verdad quieres recibir una visita de esa criatura?
Estaba impresionada: alguna de las criaturas más monstruosas creadas por Umbrella estaba cerca de ellos en ese instante, y León estaba intentando salvar el despreciable pellejo del periodista.
—Me arriesgaré —dijo Bertolucci—. Buena suerte en lo de salir. Vais a necesitarla...
El desastrado periodista se acercó hasta los barrotes y paseó su mirada del uno al otro mientras se pasaba la palma de la mano por el grasiento cabello.
—Escuchad —dijo con voz más amable—. Existe una perrera en la parte trasera del edificio que tiene un portillo de acceso. Podéis llegar hasta las alcantarillas desde allí. Probablemente es el modo más rápido de salir de la ciudad.
Ada suspiró en su interior. Estupendo: se acabó su ruta secreta de acceso a los laboratorios de Umbrella. Si dejaba atrás a León y lo despistaba, sólo tardaría cinco minutos en encontrarla de nuevo.
Siempre puedes matarlo, si no queda más remedio. También puedes despistarlo en el interior de las alcantarillas y regresar luego por Bertolucci mientras él te despeja el camino.
A diferencia de Bertolucci, no quería ver ni de lejos a la criatura que había lanzado aquel aullido espantoso, y ahora que sabía que el periodista no se iba a mover de allí, el siguiente paso lógico era despistar al policía.
Hay que ver las cosas que llego a hacer para evitar inútiles derramamientos de sangre...
—Muy bien, voy a comprobarlo —dijo, y, sin esperar la respuesta de León, se dio la vuelta y echó a correr hacia la puerta.
—¡Ada! ¡Ada! ¡Espera!
Ella hizo caso omiso de sus gritos y pasó corriendo al lado de los calabozos hasta llegar al frío garaje, aliviada al ver que el pasillo todavía estaba despejado, y también sintiéndose un poco nerviosa por su repentina resistencia a simplificar la situación. El asunto sería mucho más fácil si se limitaba a eliminarlos a ambos. Era una decisión que habría tomado sin dudarlo ni un segundo si las circunstancias hubieran sido diferentes, pero estaba harta de ver tanta muerte, harta y cansada y asqueada con Umbrella por lo que habían llegado a realizar. No iba a matar al policía a menos que no le quedara más remedio.
¿Y qué ocurriría si llegaba a tener que hacerlo? ¿Y si se daba el caso de que tuviera que elegir entre la vida de un inocente y el éxito de su trabajo?
El solo hecho de estar haciéndose aquella pregunta le indicaba más sobre su estado mental de lo que estaba dispuesta a admitir. Llegó a la puerta de la perrera e inspiró profundamente, expulsando todo rastro de duda de su mente. Entró en las alcantarillas para esperar a León Kennedy.

Capítulo 14
Era tan bella... Incluso muerta, Beverly Harris estaba radiante, pero Irons no podía arriesgarse a que se despertara mientras él no estaba mirando. Dobló con mucho cuidado su cuerpo y lo metió en el armario de piedra que había debajo del lavadero. Lo cerró con el pestillo mientras se prometía a sí mismo que volvería más tarde a por ella en cuanto tuviera tiempo. Ella sería el animal más exquisito que jamás hubiera transformado, eternamente perfecta en cuanto la hubiera preparado de la manera adecuada. Era un sueño hecho realidad. Si tengo tiempo. Si me queda tiempo.
Sabía que estaba compadeciéndose de sí mismo de nuevo, pero no había nadie más con quien desahogarse, nadie que se diera cuenta de la enorme magnitud de todo lo que había sufrido. Se sentía fatal, triste y furioso y solo, pero también sentía que por fin la situación se había aclarado de forma definitiva. Él se había dado cuenta, por fin se había dado cuenta de por qué lo perseguían, y aquel conocimiento le había permitido concentrarse. Por deprimente que fuera la verdad, al menos ya no estaba perdido.
Umbrella. Una conspiración de Umbrella para destruirme, en eso ha consistido todo esto...
Irons se sentó en la desgastada y manchada mesa del Santuario, su lugar privado y especial, y se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que la joven viniera a por él. Aquella que tenía aquel cuerpo tan atlético, aquella que se había negado a darle su nombre. En cierto modo, ella era la responsable de la claridad mental que acababa de encontrar. Se trataba de una ironía que no podía evitar apreciar: había sido su repentina aparición la que le había proporcionado una visión de la verdad.
Ella lo encontraría, por supuesto. Era una espía de Umbrella, y era bastante obvio que Umbrella llevaba mucho tiempo vigilándolo. Probablemente tenían listas de todo lo que poseía, tomos enteros de informes de resultados psicológicos, incluso copias de sus cuentas bancarias. Todo tenía sentido ahora que había dispuesto de un poco de tiempo para pensar. Él era el hombre más poderoso de todo Raccoon City, y Umbrella había planeado su caída hasta el más mínimo detalle, había programado cada golpe bajo para causarle la mayor agonía posible.
Irons se quedó mirando sus tesoros, sus herramientas y sus trofeos dispuestos en las estanterías que tenía frente a él, pero no sintió el orgullo habitual que le inspiraban. Todos aquellos huesos pulidos eran simplemente algo que mirar mientras su mente funcionaba, absorbido como estaba por la traición de Umbrella.
Unos cuantos años antes, cuando había comenzado a aceptar dinero para cerrar los ojos ante los delitos de la compañía, todo había sido diferente. En aquel entonces, todo lo había basado en la política, en encontrar su hueco en la estructura del poder que realmente controlaba Raccoon City. Y todo había funcionado a la perfección durante mucho tiempo: su carrera había progresado, había logrado el respeto de los demás funcionarios y de los ciudadanos por igual, y sus inversiones habían dado fruto en la mayoría de los casos. La vida había sido completamente maravillosa.
Y entonces apareció Birkin. William Birkin, la neurótica de su mujer y la bastarda de su hija.
Después del escape del virus en la mansión Spencer, casi se había convencido de que los STARS y el maldito capitán Wesker habían sido los causantes de todos los problemas, pero ahora veía con mayor claridad que había sido la llegada de Birkin y de su familia, hacía ya casi un año, lo que había dado comienzo a su racha de mala suerte, la destrucción de la mansión Spencer sólo había precipitado la situación. Era muy probable que Umbrella lo hubiera estado vigilando desde el día que conoció a Birkin. Al principio, sólo lo habían vigilado: observándolo, instalando micrófonos y cámaras. Los espías habrían llegado más tarde...
Los Birkin habían llegado a Raccoon City para que William hallara una síntesis superior del virus-T, basándose en las investigaciones que se habían llevado a cabo en los laboratorios de la mansión Spencer. William era a veces muy peculiar y muy desagradable, pero desde el principio le cayó bien a Irons. William había sido el chico prodigio de Umbrella, pero, al igual que Irons, no era del tipo de persona que se vanagloriaba de su posición. William era un hombre humilde, interesado sólo en llevar a su máxima capacidad todo su potencial intelectual. Ambos habían estado demasiado ocupados para desarrollar una amistad profunda, pero habían sentido un respeto mutuo. A menudo, Irons se había percatado de que William lo admiraba...
Y mi mayor error fue permitirlo. Permitir que mi bondad hacia él enturbiara mis instintos, y aquello impidió que me diera cuenta de que me estaban vigilando a todas horas y desde el principio.
La pérdida de los laboratorios de la mansión Spencer había sacudido con bastante fuerza la jerarquía de Umbrella, y sólo unos cuantos días después de la explosión, Annette Birkin se había puesto en contacto con él para entregarle un mensaje de su marido... y para pedirle un favor. Birkin estaba preocupado por la posibilidad de que Umbrella le exigiera que entregara la nueva síntesis, el virus-G, antes de que estuviera realmente lista. Al parecer, estaba bastante insatisfecho con las aplicaciones sufridas por su trabajo anterior. Tenía algo que ver con la prohibición de Umbrella de que perfeccionara el proceso de replicación, pero no lo recordaba con exactitud. Umbrella deseaba recuperarse del desastre económico que había supuesto la pérdida de la mansión Spencer, y los Birkin temían que sus ejecutivos pusieran en peligro la integridad del virus, que todavía no había sido puesto a prueba. Birkin le había pedido ayuda a través de Annette y le había ofrecido un pequeño incentivo económico para que todo fuera justo. Por cien mil de los grandes, lo único que tenía que hacer era ayudarlo a mantener oculto el virus-G. En resumen, vigilar la posible presencia de espías de Umbrella y no perder de vista a los miembros supervivientes de los STARS para impedir que efectuaran más «descubrimientos» sobre sus investigaciones.
Eso era todo. Cien mil dólares por hacer algo que ya estaba realizando: vigilar mi ciudad y no perder de vista a ese pequeño grupo de problemáticos rebeldes. Fácil, dinero fácil, y tendría más si todo salía como estaba planeado. Pero se trataba de una trampa, una trampa de Umbrella...
Irons se había metido de cabeza en ella, y fue en ese preciso momento cuando Umbrella comenzó a conspirar contra él, utilizando toda la información que ya había reunido para sellar su destino. De otro modo, ¿cómo era posible que todo empezase a ir tan mal con tanta rapidez? Los STARS habían desaparecido, después lo había hecho Birkin, y antes de que tuviera tiempo siquiera de estudiar y evaluar la situación, los ataques caníbales comenzaron de nuevo. Apenas le había dado tiempo de aislar Raccoon City antes de que todo se fuera al carajo.
Y todo porque quise ayudar a un amigo, y nada menos que para mayor beneficio de la compañía. Trágico.
Irons se puso en pie y comenzó a andar lentamente en círculos alrededor de la mesa de corte, recorriendo con el dedo los tajos y las cuchilladas marcadas en la madera. Detrás de cada una de aquellas señales había una historia, el recuerdo de un logro. Sin embargo, tampoco esta vez pudo encontrar consuelo en ello. El tranquilo y fresco ambiente del Santuario siempre lo relajaba. Era donde practicaba sus aficiones, donde realmente era capaz de ser él mismo... pero aquello se había acabado. Todo se había acabado. Umbrella había logrado arrebatárselo, lo mismo que le había arrebatado la ciudad. ¿Tan descabellado era pensar que habían soltado su propio virus para derribarlo, para lograr quitarle el poder, y que luego habían enviado a la chica de pelo castaño y de escasas ropas para burlarse de él? Si no, ¿por qué era tan atractiva? Ellos conocían sus debilidades, y estaban dispuestos a sacar partido de ellas, en un intento por impedir que le quedara el mínimo retazo de dignidad...
Y dentro de poco vendrá por mí. Quizá seguirá jugando a ser inocente e ingenua, tal vez todavía intente seducirme con su aspecto de indefensión. Una asesina de Umbrella, una espía y una profesional, eso es lo que es. Probablemente se estaba riendo de mí tras esa linda cara...
Quizás el escape había sido de verdad un accidente. William Birkin había mostrado un aspecto un poco paranoico y exhausto la última vez que se habían visto, y además los accidentes ocurren incluso en la mejor de las condiciones, y no digamos en aquéllas. Pero los demás eran hechos demostrados, y no cabía otra posibilidad para explicar la completa ruina en que se había convertido su vida. Aquella chica iba por él, la había enviado Umbrella y la había enviado para asesinarlo. Y no se conformaría con eso. Oh, no, encontraría a Beverly y... y la profanaría de algún modo, sólo para asegurarse de que no quedaba nada de lo que para él representaba algo en la vida.
Irons miró alrededor, la pequeña estancia que había sido completamente suya, deteniendo la mirada en sus instrumentos, que estaban pulidos por el uso, así como mobiliario, impregnados por los familiares aromas del desinfectante y del formol que también emanaban de las rugosas paredes de piedra.
Mi Santuario. Mío.
Recogió la pistola que estaba sobre su mesa de cortes especiales, la VP70 que todavía era suya, y sintió que una sonrisa amarga curvaba sus labios. Su vida se había acabado, se había dado cuenta de ello. Todo aquel asunto había comenzado con Birkin, y acabaría allí, por su propia mano, pero todavía no. Todavía no.
La chica vendría a buscarlo; él la mataría antes de despedirse definitivamente de Beverly, antes de admitir su derrota pegándose un tiro. Pero antes, él se encargaría personalmente de que la asesina entendiera todo lo que él había llegado a sufrir. Ella pagaría en sus propias carnes cada una de las torturas por las que él había tenido que pasar, y la factura infligiría en sus músculos y en sus huesos todo el dolor que él fuera capaz de causar.
Iba a morir, pero no moriría solo, y no sin oír a la chica gritar de agonía, creando así una voz para la muerte de sus sueños: una voz tan clara y auténtica que su eco llegaría incluso a los negros corazones de los ejecutivos que lo habían traicionado.
La oficina de los STARS estaba vacía y desordenada, además de fría y de cubierta de polvo, pero Claire se resistía a marcharse. Después de su atropellada y aterrorizada huida a través de los pasillos repletos de cadáveres de la segunda planta, encontrar el lugar donde su hermano había pasado sus horas de trabajo durante tantos días la había dejado débil por la sensación de alivio. El Señor X no la había seguido, y aunque estaba ansiosa por encontrar a León y por ayudar a Sherry, descubrió que estaba retrasándose a propósito, que tenía miedo a salir de nuevo a los fríos pasillos sin vida... y que dudaba en abandonar el único lugar donde sentía la presencia de Chris.
¿Dónde estás, hermano mayor? ¿Qué voy a hacer? Zombis y fuego, muerte, tu estrambótico jefe Irons y esa pequeña niña perdida. .. y justo cuando pensaba que esta enloquecida situación no podía empeorar, tengo que enfrentarme a El Ser Que No Quería Morir, la locura de todas las locuras. ¿Cómo voy a superar todo esto?
Se sentó en la mesa de Chris y se quedó mirando la pequeña tira de fotografías en blanco y negro que había encontrado en uno de los cajones de la mesa. Las cuatro instantáneas eran de ellos dos gesticulando y poniendo caras en un fotomatón, un recuerdo de la semana que habían pasado juntos en Nueva York las últimas Navidades. El hallazgo de esas fotografías casi la había hecho llorar, y todo el miedo y la confusión que había contenido surgieron por fin al ver su sonrisa encantadora. Sin embargo, cuanto más miraba su cara o bien la imagen de ellos dos riendo y pasándolo bien, mejor se sentía. No contenta, ni siquiera bien, y no menos temerosa de lo que se avecinaba, simplemente mejor. Más tranquila. Más fuerte. Ella lo quería a rabiar, y sabía que dondequiera que él se encontrase, también estaría pensando en ella. Y si los dos habían sido capaces de sobrevivir a la terrible pérdida de sus padres, de reconstruir sus vidas y de compartir unas locas Navidades a pesar de no tener un hogar propiamente dicho al que ir, podrían enfrentarse a cualquier situación. Ella podría.
Podría y lo haría. Encontraré a Sherry y a León y, si Dios quiere, encontraré a mi hermano, y todos juntos vamos a salir de Raccoon City.
La verdad es que tampoco le quedaba otra opción, pero necesitaba pasar por todo el proceso de la aceptación de su escasez de opciones para poder actuar. Había oído decir que el valor no era la ausencia de miedo, sino la aceptación de ese miedo y de hacer lo que fuese necesario en ese momento. En cuanto estuvo sentada y se quedó pensando en Chris, creyó estar preparada para hacerlo.
Claire inspiró profundamente, se metió las fotografías en el chaleco y se alejó de un pequeño salto de la mesa. No sabía hacia dónde se dirigía el gran Señor X, pero no parecía del tipo de personas que se quedan a la espera. Volvería a la oficina del jefe Irons y comprobaría si Sherry había regresado, o Irons, ya puestos. Si el Señor X todavía estaba por allí, siempre podría echar otra vez a correr.
Además, debería haber registrado su despacho en busca de alguna información sobre los STARS, porque aquí no hay nada que me indique qué ha pasado con ellos...
Echó un último vistazo alrededor allí en medio, de pie, deseando que la oficina de los STARS le hubiera proporcionado algo más de información. Lo único que había encontrado era un libro detrás de la mesa de Chris. Según indicaba la tarjeta de biblioteca que estaba en una de sus solapas, pertenecía a Jill Valentine. Claire no la había conocido personalmente, pero Chris le había hablado de ella en un par de ocasiones y había mencionado que era muy buena tiradora con la pistola...
También es mala suerte que no haya dejado ninguna en el cajón de su mesa.
Estaba claro que los miembros del equipo habían retirado todo el material de importancia después de que los suspendieran, aunque todavía quedaba un número sorprendentemente elevado de objetos personales, desde fotografías enmarcadas hasta tazas de café con el nombre de cada uno. Había descubierto cuál era la mesa de Barry casi en el mismo momento en que entró gracias a la maqueta de pistola de modelismo semiacabada que había en ella. Barry Burton era uno de los mejores amigos de Chris, un tipo enorme como un oso y con una enorme afición a las armas. Claire tuvo la esperanza de que dondequiera que se encontrara Chris, Barry se hallaría cerca de él protegiéndole la espalda... a ser posible, con un lanzacohetes.
Y hablando de eso...
Sobre todo, lo que necesitaba encontrar era otra arma o incluso más munición para la que tenía en ese momento. Solamente le quedaba un cargador con trece balas, un cargador completo, y cuando se le acabaran, estaría lista de papeles. Quizá debería detenerse a registrar algunos de los cadáveres en su camino de regreso al ala este. Incluso a lo largo de su alocada huida se había fijado en que algunos de los cuerpos pertenecían a policías, y también que su pistola era la de ordenanza en algunos de ellos. A Claire no le gustaba ni un pelo la idea de tocar alguno de aquellos cuerpos muertos, pero quedarse sin munición era mucho peor, sin duda, sobre todo si tenía en cuenta que el Señor X todavía estaría dando vueltas por la zona.
Claire se dirigió a la puerta y la abrió, intentando organizar sus pensamientos al mismo tiempo que se asomaba al sombrío pasillo. Dejar atrás la oficina de su hermano puso a prueba su resolución y su fuerza de voluntad. Tuvo que reprimir un estremecimiento cuando recordó la imagen del Señor X mientras cerraba la puerta a su espalda, sintiéndose de repente vulnerable de nuevo. Giró a la derecha y comenzó a regresar hacia la biblioteca. Decidió que no pensaría en el gigante a menos que fuese estrictamente necesario, y que no volvería a hacer pasar por su mente el recuerdo de aquellos ojos inhumanos y sin expresión o el modo en que había alzado su terrible puño, como si estuviese dispuesto a destruir todo lo que encontrase en su camino...
Así que, deja de pensar en ello. En su lugar, piensa en Sherry, piensa en cómo conseguir de una puñetera vez algo más de munición o en cómo manejar a Irons la próxima vez que lo veas. Bueno, eso si lo encuentras. Piensa en cómo mantenerte viva.
El oscuro pasillo de madera giraba de nuevo a la derecha delante de ella, y Claire intentó prepararse para la tarea que la esperaba. Si la memoria no le fallaba, había un policía muerto justo al doblar la esquina...
Como si no pudiera adivinarlo por el olor... Tendría que registrarlo. No presentaba un aspecto demasiado asqueroso. Bueno, al menos a ella no se lo había parecido...
Dobló la esquina y se quedó inmóvil, mirando incrédula. El estómago se le encogió y le indicó que estaba en peligro antes incluso de que sus sentidos se lo advirtieran: el cuerpo sobre el que había saltado en su huida hacia las oficinas de los STARS ya sólo era un montón de carne destrozada, con unos cuantos huesos que sobresalían aquí y allá entre los ensangrentados restos y los jirones de su uniforme. Le había desaparecido la cabeza, aunque no estaba segura de si se la habían arrancado o la habían machacado hasta convertirla en una pulpa irreconocible. Parecía que alguien había pasado con un hacha o con un martillo pilón por allí y se había dedicado a mutilar el cuerpo hasta dejarlo irreconocible durante los breves minutos que habían transcurrido desde que ella había pasado por allí y lo había convertido en poco más que una mancha con relieve sobre el suelo.
Pero cómo, cuándo. No he oído nada de nada...
Algo se movió. Una sombra leve y veloz pasó por encima de los restos aplastados, a unos diez metros de donde se encontraba ella, y al mismo tiempo, Claire oyó un extraño sonido rasposo, como una respiración...
Miró hacia arriba sin estar segura todavía de lo que veía u oía: aquella respiración jadeante y el clac de las garras chocando contra la madera, las propias garras, gruesas y curvadas, las garras de una criatura que no podía existir. Era grande, del tamaño de una persona adulta, pero aquél era el único parecido, y era un ser tan imposible, que su mente sólo fue capaz de admitirlo por partes mientras se esforzaba por unirlas para verlo por entero: la carne sonrosada e hinchada de la criatura desnuda y de largos miembros que colgaba del techo; el tejido blanco y grisáceo de su cerebro parcialmente al aire; los agujeros rodeados de cicatrices donde deberían haber estado los ojos...
No estoy viendo esto...
La criatura echó hacia atrás su redondeada cabeza, y su amplia mandíbula se abrió. Un grueso hilo de baba oscura salió de ella y cayó salpicando sobre lo que quedaba del policía. Aquello comenzó a extender su lengua, una lengua rosada del mismo grosor de una anguila, con la superficie rugosa y brillante por la humedad. Siguió saliendo y saliendo, y dejó de ser una lengua, para transformarse en una serpiente que se desenroscaba y que danzaba de un lado a otro. Era tan larga que incluso atravesó la carne podrida del cadáver.
Todavía incapaz de moverse, Claire se quedó mirando con una horrorizada expresión de incredulidad cómo aquella lengua increíble se enroscaba de nuevo con rapidez, esparciendo gotas de sangre por el aire. Todo aquel movimiento solamente había durado un segundo, pero el tiempo parecía haberse detenido. El corazón desbocado de Claire latía a tanta velocidad que todo lo demás ocurría a cámara lenta... incluso la caída de la criatura al suelo de madera, girando en mitad del aire para aterrizar en una postura agachada sobre el cuerpo mutilado del policía.
La criatura abrió de nuevo la boca y aulló...
Y Claire pudo moverse por fin cuando el extraño y agudo grito surgió de la garganta de aquel otro monstruo. Por fin pudo apuntar y disparar. El rugido del arma de nueve milímetros apagó el aullido que resonaba por el estrecho pasillo...
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
Y la criatura salió disparada hacia atrás, todavía chillando con aquel grito agudo, y sus garras se agitaron en el aire. Los movimientos espasmódicos de sus patas arrancaron grandes trozos ensangrentados del cuerpo destripado, y Claire vio un pedazo de cuero cabelludo desgarrado con la oreja todavía intacta estrellarse con un sonido húmedo contra la pared y quedarse allí pegado un momento antes de deslizarse lentamente hacia el suelo...
La criatura logró poner sus patas bajo su cuerpo de algún modo y se lanzó hacia adelante con un salto. Avanzó corriendo hacia ella como una araña sobre sus patas a toda velocidad, agarrándose al suelo de madera con sus terribles garras mientras continuaba chillando.
Claire disparó de nuevo sin darse cuenta de que ella también estaba chillando. Otros tres proyectiles se estrellaron contra el ser que se lanzaba contra ella medio agazapado sobre sus patas, y atravesaron la materia gris que sobresalía de su cráneo abierto.
Iba a morir. Se le echaría encima en menos de un segundo y la destrozaría. Sus garras ya estaban a escasos centímetros de sus piernas...
Y entonces, tan repentinamente como había comenzado, el ataque cesó. Todos los miembros de su fibroso cuerpo se estremecieron y se desplomaron mientras un líquido grisáceo brotaba de los agujeros en su cabeza, al mismo tiempo que sus garras rascaban la madera del suelo formando un tatuaje frenético. La criatura lanzó un gemido susurrante final y murió. Esta vez no había posibilidad de error: le había agujereado el cerebro y no se levantaría de nuevo.
Se quedó mirando al monstruo mientras su pasmada mente intentaba relacionarlo con algún animal que conociera, o incluso con algún ser mitológico, pero dejó de intentarlo al cabo de unos momentos al darse cuenta de que era imposible. Aquello no era una criatura natural, y ahora que estaba tan cerca, también pudo olerla: era un olor menos penetrante que el de los zombis. Era un hedor más agrio, con un ligero tono aceitoso, más químico que animal...
Ya podría oler a galletas de chocolate, me importa una mierda. Raccoon City está repleta de monstruos, así que ya va siendo hora de que dejes de quedarte pasmada cada vez que veas uno de ellos.
El tono autoritario de su conciencia no era demasiado convincente. Por mucho que quisiera sentirse decidida y valiente, que quisiese hacer pasar sus piernas una por una por encima de aquella criatura monstruosa y seguir con su plan, se quedó allí de pie unos instantes, considerando muy seriamente la idea de regresar a las oficinas de los STARS, meterse dentro, cerrar la puerta con llave y esconderse. Esconderse hasta que llegase la ayuda. Allí podría estar a salvo...
Vamos, decídete. Haz algo. Una cosa u otra, pero deja de dudar y de lloriquear, porque ya no se trata sólo de ti. ¿También estará Sherry a salvo todo el rato? ¿Quieres sobrevivir a costa de su vida?
El momento de duda pasó. Claire pasó con cuidado por encima de la criatura procurando no rozar ni siquiera su roja carne al descubierto y se agachó al lado de los restos del policía. Con el cañón de su arma echó a un lado un desgarrado y ensangrentado trozo de uniforme. Tragó saliva varias veces, con el estómago en la garganta, mientras registraba la carne podrida y los huesos rotos esforzándose en no pensar quién había sido el policía o cómo había muerto.
Nada. Sólo le quedaban siete balas... pero se negó a dejarse llevar por el pánico y, en lugar de eso, dejó que su desilusión alimentara su determinación de continuar. Si podía registrar un cuerpo destrozado como aquél, podía registrar cualquier otro.
Claire se puso en pie mientras echaba un último vistazo al deforme ser que había matado y luego se dirigió con rapidez hacia el extremo del pasillo. Había tomado una decisión: se acabó el esconderse y el huir llena de miedo. Como mínimo, podría llevarse unos cuantos monstruos por delante, lo que elevaría las posibilidades de Sherry de sobrevivir.
Era mejor morir intentándolo que no intentarlo en absoluto. No dudaría más.

Capítulo 15
León encontró a Ada en la perrera, intentando levantar el oxidado portillo de acceso del que les había hablado el periodista. Había sacado una palanqueta de algún lado y tenía metida su punta bajo el borde de la pesada tapa de metal. Sus bíceps perfectamente definidos brillaban ligeramente debido a la capa de sudor mientras se esforzaba por empujar la barra hacia abajo. Había logrado levantar la tapa un par de centímetros, pero la dejó caer de nuevo cuando él entró, y el poderoso chasquido metálico resonó en la fría y vacía estancia.
Antes de que León pudiera decir nada, ella dejó a un lado la palanqueta en el suelo de cemento y lo miró medio sonriente, frotándose las manos cubiertas de óxido y polvo.
—Me alegro de que estés aquí. No creo que tenga la fuerza suficiente para levantarlo yo sola...
No había estado seguro antes, pero la actitud de fragilidad e indefensión que ella adoptaba no le pegaba. Estaba procurando engañarlo o, al menos, lo intentaba con sutileza. Sólo conocía a Ada desde hacía veinte minutos, pero dudaba mucho que jamás se hubiese sentido indefensa en una situación semejante.
—A mí me parece que te las apañas bastante bien —repuso León mientras enfundaba su arma, pero no se acercó al portillo para ayudarla. Se limitó a cruzarse de brazos con el entrecejo ligeramente fruncido. No estaba furioso: sólo sentía un poco de curiosidad—. Además, ¿qué prisa tienes? Pensé que querías hablar con el periodista. Sobre John, tu amigo de Umbrella...
Su actitud de dama en apuros desapareció en un instante y sus rasgos adquirieron una expresión dura y fría, pero no desagradable. Le dio la impresión de que le estaba permitiendo ver su verdadera personalidad, la mujer de personalidad fuerte y de carácter seguro que había conocido en primer lugar. León se dio cuenta de que la había sorprendido al no apresurarse a ayudarla, y aquello le agradó. Ya tenía bastantes cosas de las que preocuparse para encima tener que procurar evitar ser manipulado por una misteriosa desconocida. Ella había tenido mucho cuidado en no responder a sus preguntas, pero había llegado el momento de que la señorita Wong le explicase unas cuantas cosas.
Ada se puso en pie y lo miró directamente a los ojos.
—Ya lo has oído: no va a decirnos nada. Y con este lugar poniéndose cada vez más peligroso, la verdad es que no quiero quedarme por aquí mientras espero a desarrollar una buena conciencia... —Bajó la vista, y el tono de su voz se suavizó—. Y, además, ni siquiera sé si John está en Raccoon City. Lo que sí sé es que no está aquí, y quiero salir de la comisaría antes de que los zombis la invadan por completo.
Tenía sentido, pero por alguna razón que no podía precisar, sentía que ella le estaba ocultando algo. Se esforzó durante unos cuantos segundos en pensar un modo educado de decirle que se lo contara todo... y después pensó que más le valía enviar al infierno sus dudas: en aquellas circunstancias, tendría que dejar a un lado las convenciones sociales.
—¿Qué es lo que está pasando, Ada? ¿Sabes algo que no me estás contando?
Ella levantó la vista y lo miró fijamente a los ojos, y León tuvo de nuevo la impresión de que había vuelto a sorprenderla... pero su mirada fría y tranquila seguía tan indescifrable como siempre.
—Sólo quiero salir de aquí —dijo, y la sinceridad de su respuesta estaba fuera de toda duda. Aunque no se creyese nada de lo demás que había dicho, al menos eso último era verdad por completo.
Ojalá fuese tan fácil como decirlo, pero está Claire, e incluso Ben, nuestro conocido desagradable, y Dios sabe cuántos más...
León meneó la cabeza en un gesto negativo.
—No puedo irme. Ya lo he dicho antes: es posible que sea el único policía que queda en todo el edificio, y si todavía hay gente con vida por aquí, mi deber es intentar al menos ayudarla. Y creo que lo mejor sería que te quedases conmigo.
Ada lo miró con otra de sus sonrisas a medias.
—Aprecio de veras tu preocupación por mi seguridad, León, pero puedo cuidar de mí misma.
Él no lo ponía en duda, pero tampoco quería ver puesta a prueba su habilidad para sobrevivir. Bueno, puede que quizás él tampoco fuera un veterano encallecido, pero había sido entrenado para enfrentarse a situaciones de crisis. Al fin y al cabo, era parte de su trabajo.
Además, admítelo: has perdido a Claire, no pudiste ayudar a Branagh, y a Ben Bertolucci le importa un bledo tu supuesta capacidad para protegerlo. Lo que no quieres es fallarle a Ada para colmo. Y, además, no quieres estar solo.
Ada pareció darse cuenta de lo que estaba pensando, y antes de que León pudiera contestarle con un argumento convincente, se acercó hasta él y le puso una mano en el brazo. El brillo de humor desapareció de sus ojos.
—Sé que quieres cumplir con tu trabajo aquí, pero tú mismo lo has dicho: tenemos que encontrar un modo de salir de Raccoon City para intentar buscar ayuda exterior, y las alcantarillas probablemente son el mejor modo de lograrlo.
El suave contacto lo sorprendió... y le provocó una descarga eléctrica en el estómago, una inesperada oleada de calor que lo dejó confundido y desorientado. Logró ocultar su reacción, pero a duras penas.
Ada frunció el entrecejo y continuó hablando.
—Qué te parece esta idea: ayúdame a levantar la tapa del portillo de acceso y echemos un vistazo por ahí abajo. Si el lugar tiene un aspecto peligroso, me vuelvo contigo, pero si no tiene mala pinta... bueno, podemos hablar de nuestro siguiente movimiento.
Quiso protestar, pero la verdad era que no podía obligarla a hacer nada en contra de su voluntad, y también quería demostrarle que no era un tipo machista y sobreprotector, sino que era comprensivo y estaba dispuesta a llegar a un acuerdo con ella...
León, ¿te suena el nombre de «John»? Esto no es una cita, por amor de Dios, así que deja de pensar con las hormonas.
Se sintió incómodo por pensar aquello con la mano de Ada todavía posada sobre su brazo, así que dio un paso atrás y asintió brevemente. Se agacharon juntos al lado del portillo de acceso, y León agarró la palanqueta. La incrustó en la hendidura, bajo la tapa. Apoyó su peso al mismo tiempo que tiraba hacia atrás, y Ada tiró con él. La pesada tapa se levantó con un chirriante sonido de metal contra metal, y León la echó a un lado, dejando el hueco al descubierto... y ambos retrocedieron ante el asqueroso olor que salió a borbotones del negro agujero, un hedor asqueroso, mezcla de sangre, orina y vómitos.
—Aaargghh, ¿a qué demonios huele? —dijo León entre toses.
Ada se sentó en cuclillas con una mano puesta sobre la boca.
—Son los cuerpos de los que murieron en el garaje. Deben de haberlos tirado a todos aquí abajo...
Antes de que León pudiera preguntarle de qué estaba hablando, un grito de puro terror resonó por todo el sótano, atravesando incluso la puerta cerrada. El grito continuó sin cesar, repitiéndose una y otra vez. Era la voz de un hombre, sin duda, pero el grito de terror se convirtió de repente en un lastimero aullido de dolor.
El periodista.
León cruzó su mirada con la de Ada, y vio que ella también había llegado a la misma conclusión a través de su sorpresa. Un instante después, ambos estaban de pie y corriendo mientras desenfundaban sus armas y cruzaron la puerta justo antes de que los gritos cesaran de sonar.
Lo he dejado solo. No debería haberlo dejado solo...
Atravesaron a la carrera el pasillo de los calabozos, y el sentimiento de culpabilidad hizo que León corriera a mayor velocidad de la que se creía posible. Algo o alguien había logrado llegar hasta Bertolucci... y había pasado justo a sus espaldas para hacerlo.
Sherry estaba de pie en mitad del despacho de Irons, frotando con los dedos de una mano su colgante de la suerte mientras deseaba que Claire regresara. Había recorrido a gatas una docena de polvorientos túneles para huir del monstruo y para alejarlo de Claire. Estaba bastante segura de que lo había logrado: no había vuelto a oírlo y, finalmente, había regresado, para descubrir que se había marchado. Mejor: si el monstruo la hubiera encontrado, estaría allí muerta y hecha pedazos.
Pero no está aquí. Aquí no hay nadie...
Sherry se sentó sobre una mesita baja que había en mitad de la estancia, preguntándose qué debía hacer. Se había acostumbrado a estar sola, pero su encuentro con Claire había cambiado aquello. Sherry quería verla de nuevo, quería estar con más gente, quería estar otra vez con sus padres con tanta intensidad que casi le dolía. Incluso quedarse con el señor Irons estaría bien, aunque a Sherry no le gustaba nada de nada. Sólo lo había visto en un par de ocasiones, pero era raro. Era presuntuoso y falso y, además, su oficina le daba miedo. Aun así, estaría dispuesta a aguantar a su lado si eso significaba que ya no estaría sola más tiempo...
Pasos. En el pasillo que daba a la oficina donde ella estaba.
Sherry se puso en pie y echó a correr hacia la puerta abierta que llevaba de vuelta a la sala de las armaduras, con la esperanza de que fuera Claire, pero preparada para echar a correr de nuevo si no lo era. Se puso a cubierto detrás de la jamba de la puerta y contuvo la respiración, mirando el tigre disecado del pasillo y rezando en silencio.
La otra puerta se abrió y se cerró. Oyó unos pasos apagados sobre la gruesa alfombra y tensó su cuerpo, preparada para echar a correr otra vez, al mismo tiempo que intentaba reunir el valor suficiente para asomar la cabeza y echar un breve vistazo...
—¿Sherry?
¡Era Claire!
—¡Estoy aquí!
Regresó corriendo al despacho de Irons y allí vio a Claire, con el rostro iluminado por una radiante sonrisa. Sherry se lanzó en sus brazos abiertos de par en par, tan feliz de verla que casi se echó a llorar.
—Te he estado buscando —le dijo Claire mientras la abrazaba con fuerza—. No vuelvas a irte corriendo de esa manera, ¿de acuerdo?
Claire se arrodilló delante de ella, sin dejar de sonreír, pero Sherry pudo ver en sus ojos grises una sombra de preocupación detrás de aquella sonrisa.
—Lo siento —respondió Sherry—. Tuve que hacerlo o el monstruo habría venido por nosotras.
—¿Qué aspecto tiene? —inquirió Claire un instante después de que su sonrisa desapareciera—. ¿Es algo así como rojo y con unas garras enormes?
Sherry tragó saliva con dificultad.
—¡Los hombres del revés! Has visto uno, ¿verdad?
Aunque le pareció increíble en aquella situación, Claire sonrió mientras meneaba la cabeza.
—Sí, eso fue exactamente lo que vi, un hombre vuelto del revés... Buena descripción.
Se calló y miró a Sherry completamente seria de nuevo y frunciendo el entrecejo.
—¿Hombres? ¿Hay más de uno?
—Sí —asintió Sherry—, pero no se parecen en nada al monstruo. Sólo lo he visto una vez, por detrás, pero es un hombre, un hombre muy alto...
—¿Calvo? ¿Con un abrigo largo? —Claire pareció estar muy interesada.
—No, tenía pelo, pelo castaño. Y uno de sus brazos era muy raro, mucho más largo que el otro.
Claire lanzó un suspiro.
—Estupendo. Parece ser que Raccoon City tiene un monstruo distinto para cada persona. Bueno... —Extendió una mano, tomó una de las manos de Sherry y la apretó—. Ésa es razón más que suficiente para que te quedes a mi lado. Te has portado realmente bien, has cuidado muy bien de ti misma y has sido muy valiente, pero hasta que encontremos a tus padres, creo que ahora soy yo quien debe cuidar de ti. Y si viene el monstruo, yo... yo le patearé el culo, ¿de acuerdo?
Sherry se rió, sorprendida por lo que Claire había dicho. Le gustaba que no le hablara como a una niña pequeñita. Asintió con la cabeza, y Claire le apretó la mano de nuevo.
—Bien. Bueno, así que tenemos zombis, hombres vueltos del revés y un monstruo. Ah, y un tipo grande y calvo... Sherry, ¿sabes qué es lo que ha pasado en Raccoon City? ¿Cómo empezó todo esto? Dime lo que sepas, cualquier cosa que sepas... Seguro que será importante.
Sherry frunció el entrecejo y se puso a pensar.
—Bueno, hubo una serie de asesinatos en mayo, o en junio... murieron como diez personas, y luego ya no murió nadie más, pero atacaron otra vez a alguien la semana pasada.
Claire asintió para darle ánimos.
—Muy bien. ¿Hubo alguien más que sufriera ataques o...? ¿Qué hizo la policía?
Sherry negó con la cabeza, deseando poder ayudarla más de lo que lo estaba haciendo.
—No lo sé. Justo antes de que atacaran a esa chica, mi madre llamó muy enfadada desde el trabajo y me dijo que no podía salir de casa. La señora Willis, nuestra vecina de al lado, vino a mi casa y me hizo la cena, y ella fue la que me dijo lo de la chica. Mamá volvió a llamar al día siguiente, y esta vez me dijo que se habían quedado encerrados en la fábrica y que no podrían ir a casa durante un tiempo. Luego, justo hace tres días, me llamó de nuevo y me dijo que viniera aquí, a la comisaría. Me fui a ver a la señora Willis para saber si iba a venir conmigo, pero su casa estaba a oscuras y vacía. Supongo que para entonces todo estaba ya bastante mal.
Claire la estaba mirando muy fijamente.
—¿Estuviste sola todo este tiempo? ¿Incluso antes de venir a la comisaría?
—Bueno, sí —Sherry asintió—, pero me quedo sola muchas veces. Mi padre y mi madre son científicos. Su trabajo es muy importante, y a veces no pueden dejar lo que están haciendo. Y mi madre dice que yo soy muy autosuficiente cuando quiero.
—¿Sabes qué clase de trabajo hacen exactamente tus padres? ¿En Umbrella?
Claire todavía la miraba muy fijamente.
—Inventan remedios para las enfermedades —contestó Sherry con orgullo—. Y fabrican medicamentos, como los sueros que utilizan los hospitales...
Dejó de hablar poco a poco cuando se dio cuenta de que Claire parecía distraída de repente, con la mirada perdida en el infinito. Ya había visto aquella clase de mirada muchas veces antes, en el rostro de su padre y de su madre: significaba que ya no la estaban escuchando. Sin embargo, Claire volvió a concentrarse en ella en cuanto dejó de hablar y levantó la mano para darle un par de palmaditas en la mejilla y, por alguna estúpida razón, aquello hizo que Sherry quisiera llorar de nuevo.
Porque me está escuchando. Porque quiere protegerme.
—Tu madre tiene razón —le dijo Claire con dulzura—. Eres muy autosuficiente, y que hayas sobrevivido sana y salva hasta ahora significa que también eres muy fuerte. Y eso es bueno, porque las dos vamos a tener que ser fuertes para poder salir de aquí.
—¿Qué quieres decir? ¿Salir de la comisaría? —preguntó Sherry con los ojos abiertos de par en par—. ¡Pero hay zombis por todos lados, y no sé dónde están mis padres! ¿Qué pasa si necesitan ayuda o me están buscando?
—Cariño, estoy segura de que tus padres están a salvo —respondió Claire con rapidez—. Probablemente todavía están en la fabrica, ocultos y a salvo, lo mismo que tú, esperando que llegue alguien de fuera de la ciudad, para, para arreglarlo todo...
—Quieres decir para matarlo todo —la interrumpió Sherry—. Ya no soy una niña, ¿sabes? Tengo doce años.
Claire volvió a sonreír.
—Lo siento. Sí, a matarlo todo. Pero hasta que lleguen los chicos buenos, estamos solas. Y lo mejor que podemos hacer, lo más inteligente, es quitarnos de en medio... alejarnos lo más posible. Tienes razón, las calles no son seguras, pero quizá consigamos un coche...
Esta vez fue Claire la que dejó de hablar poco a poco. Se puso en pie y se dirigió hacia la gran mesa que había en el extremo de la estancia, mirando alrededor mientras caminaba.
—Quizás el jefe Irons dejó las llaves de su coche por aquí, o quizás otra arma, cualquier otra cosa que pueda sernos útil...
Claire vio algo en el suelo, detrás de la mesa. Se agachó y Sherry se apresuró a acercarse a ella, tanto por permanecer cerca como para ver qué era lo que había encontrado. Ya estaba completamente segura de que no quería estar lejos de ella, pasase lo que pasase.
—Aquí hay sangre —dijo Claire en voz baja, tan baja que Sherry pensó que no había querido decirlo pero que le había salido solo.
—¿Y?
Claire levantó la vista y miró la pared sin decoración, ceñuda, y luego bajó los ojos de nuevo para mirar al gran goterón de sangre que se estaba secando en el suelo.
—Para empezar, todavía está húmeda. ¿Y ves el modo en que parece que la han interrumpido? Debería de haber más en esta pared...
Golpeó ligeramente la madera oscura que rodeaba la pared, y luego la propia pared. Percibió una diferencia evidente: mientras en el borde había sonado un golpe seco, en la pared notó un sonido hueco.
—¿Hay una habitación ahí detrás? —quiso saber Sherry.
—No lo sé con seguridad, pero por el sonido parece ser que sí. Y eso explica dónde se fue con... con viento fresco a otro lado. El jefe Irons.
Miró a Sherry mientras comenzaba recorrer con los dedos los paneles de madera que rodeaban la pared, empujándolos uno por uno.
—Sherry, mira alrededor de la mesa a ver si encuentras un botón o una palanquita. Sospecho que el mecanismo de apertura tiene que estar escondido en algún lado por aquí cerca, quizás en uno de los cajones...
Sherry también comenzó a buscar el mecanismo, empezando por la parte de atrás de la mesa... y se cayó al suelo al resbalar sobre un puñado de lápices que no había visto. Se agarró al borde de la mesa para intentar recuperar el equilibrio, pero lo único que logró fue caer sólo de rodillas, aunque con bastante fuerza.
—¡Ay!
Claire llegó a su lado en un momento y le puso un brazo alrededor de los hombros.
—¿Estás bien?
—Sí, sólo me he... ¡Eh, mira!
Sherry se olvidó de sus doloridas rodillas y señaló con la mano un interruptor que había debajo del primer cajón de la mesa, colocado sobre una pequeña placa de metal. Parecía un interruptor de la luz, pero ella sabía que tenía que ser el botón del mecanismo de apertura de la puerta.
—¡Lo encontré!
Claire extendió la mano y pulsó el interruptor... y una sección de la pared de un par de metros de ancho a sus espaldas se deslizó suavemente hacia arriba, desapareciendo en el techo y dejando al descubierto una habitación escasamente iluminada con las paredes de ladrillos de gran tamaño. Una brisa fresca y limpia entró en el despacho: era un pasadizo secreto, como los de las películas.
Se pusieron en pie juntas y se acercaron a la abertura. Claire mantuvo a Sherry a su espalda con un brazo mientras ella echaba un vistazo en primer lugar. La pequeña habitación estaba completamente vacía. Sólo había tres paredes de ladrillo y un suelo de madera manchado, y medía aproximadamente la mitad del despacho. La cuarta pared albergaba una puerta de ascensor de estilo antiguo.
—¿Vamos a subir? —preguntó Sherry.
Estaba intrigada, pero también bastante nerviosa.
Claire había desenfundado su arma. Se agachó junto a Sherry y le sonrió, pero la niña vio que no era una sonrisa de alegría, y supo lo que Claire iba a decir antes de que abriera la boca.
—Cariño, creo que lo más seguro para las dos sería que yo bajara y echara un vistazo antes mientras tú me esperas aquí...
—¡Pero me dijiste que deberíamos estar juntas! ¡Dijiste que encontraríamos un coche y que nos iríamos! ¿Qué pasa si el monstruo regresa y tú no estás aquí? ¿O si te matan?
Claire la abrazó con fuerza, pero Sherry se sintió frustrada por su inútil ira. Ahora ella le diría que no se preocupase, que el monstruo no vendría, que no ocurriría nada malo... y se iría de todas maneras.
Estúpidas mentiras de los mayores...
Claire se separó de ella y le apartó suavemente el cabello que le había caído en la cara.
—No te culpo por tener miedo. Yo también tengo miedo. Es una situación realmente mala, y la verdad es que no sé qué va a pasar, pero quiero hacer lo correcto, y eso significa que no voy a meterte en una situación en la que puedes resultar herida si puedo evitarlo.
Sherry se tragó las lágrimas que tenía en los bordes de los ojos y lo intentó de nuevo.
—Pero yo quiero ir contigo... ¿Qué pasa si no regresas?
—Voy a regresar —contestó Claire con firmeza—. Te lo prometo. Y si... y si no regreso, quiero que te escondas otra vez, como hiciste antes. Verás cómo alguien llega, y pronto, con ayuda, y te encuentra.
Al menos, estaba siendo sincera. A Sherry no le gustaba, no le gustaba ni un pelo, pero al menos no intentaba mentirle... y por la expresión de su cara, se dio cuenta de que nada de lo que dijera la haría cambiar de opinión. Podía comportarse como una niña pequeña, o podía aceptarlo.
—Ten cuidado —le dijo con un susurro, y Claire la abrazó de nuevo, se puso en pie y se dirigió hacia el ascensor.
Pulsó un botón que había al lado de la puerta y se oyó un zumbido bajo y lejano. Al cabo de unos segundos, el ascensor apareció a la vista y se detuvo con una suave sacudida. Claire tiró de la puerta hacia un lado para abrirla y entró en su interior, dándose la vuelta para mirar una última vez a Sherry.
—Quédate ahí, cariño —le indicó—. Regresaré en unos minutos.
Sherry se obligó a sí misma a asentir con la cabeza, y Claire dejó que la puerta se cerrara. Pulsó algo en el interior del ascensor y éste comenzó a bajar. Su rostro sonriente se perdió de vista y dejó a Sherry completamente a solas en aquel lugar frío y oscuro.
Se sentó en el polvoriento suelo, abrazó sus rodillas para acercárselas al cuerpo, y luego comenzó a balancearse con lentitud hacia adelante y hacia atrás. Claire era valiente y muy lista, y regresaría pronto. Tenía que regresar pronto...
—Quiero que venga mi mamá—susurró Sherry, pero no había nadie allí para oírla. Estaba sola otra vez, lo que menos quería en el mundo en aquel preciso momento.
Pero soy fuerte. Soy fuerte y puedo esperar.
Apoyó la barbilla en una rodilla, rodeó con una mano la gargantilla que le había regalado su madre para traerle buena suerte y comenzó a esperar que Claire regresara en cualquier momento.

Capítulo 16
Annette Birkin estaba sentada en la sala de monitores del laboratorio. También estaba completamente exhausta, pero aun así no dejaba de mirar la pared de pantallas colocadas sobre la consola de vigilancia. Llevaba allí lo que a ella ya le parecían años, a la espera de que apareciera William, pero empezaba a pensar que nunca lo haría. Esperaría un poco más, pero si no lo veía pronto, tendría que efectuar otra búsqueda.
Maldita tecnología...
Era un sistema completamente nuevo, y llevaba en funcionamiento menos de un mes: veinticinco pantallas con un canal de control que le permitía observar todos y cada uno de los rincones de la instalación. Un magnífico avance en el campo de la seguridad... si no fuera porque sólo once de las pantallas funcionaban y estaban encendidas, y más de la mitad de ellas sólo mostraban estática, con una interminable danza de partículas blancas y negras. Y todo lo que veía en las cinco que mostraban una imagen nítida y definida, lo único que había que ver, eran cuerpos muertos en distintas fases de putrefacción y algún que otro Re3, dándose un banquete o durmiendo...
—Lamedores. Los llamaste lamedores por sus enormes lenguas...
Ella había creído que ya había pasado lo peor de su dolor, pero el solitario sonido de su voz en la fría y cavernosa cámara, y el hecho de darse cuenta de que no habría respuesta, que nunca recibiría de nuevo una respuesta de aquella voz familiar, hicieron que sintiera una nueva oleada de pena. William se había marchado, se había ido definitivamente, y ella estaba completamente sola.
Annette bajó la cabeza hasta la consola de mando y cerró sus cansados ojos. Al menos, no le quedaban más lágrimas. Había derramado un océano de ellas desde el día en que Umbrella había ido a reclamar el virus-G, pero ya estaba demasiado cansada como para seguir llorando. Ahora sólo le quedaba el dolor, mezclado con ataques de furia violenta y desesperada por lo que Umbrella les había hecho a los dos.
Sólo otro mes, como mucho dos, y se lo habríamos entregado. Se lo habríamos entregado sin oponer resistencia, y a William lo habrían nombrado miembro del consejo ejecutivo, y todos habríamos estado contentos. Todo el mundo habría estado satisfecho...
Oyó un suave pitido procedente de una de las pantallas. Annette levantó la vista, con miedo y esperanza a la vez... pero sólo se trataba de un lamedor, una planta más arriba, en la sala de cirugía, Se había dejado caer desde su guarida en el techo para darse otro pequeño festín con lo que quedaba del cuerpo de uno de los técnicos, aullando estúpidamente para sí mismo mientras arrancaba trozos de las tripas del cadáver. El muerto se parecía a Don Weller, uno de los encargados de la planta química, pero no podía estar segura: su cuerpo mutilado tenía un aspecto tan desfigurado como el mismo Re3 que lo estaba devorando.
Se quedó mirando en la pequeña pantalla cómo el lamedor se alimentaba, pero sin verlo realmente. Su mente divagaba repasando lo que le quedaba por hacer. Ya había borrado toda la información que había en las computadoras y había cerrado los códigos de las cuentas atrás. El laboratorio estaba preparado, y su ruta de escape estaba asegurada. Sin embargo, no podía acabar con todo hasta que lo viera de nuevo, hasta que hubiera visto que había regresado a las instalaciones de Umbrella. Destruir el laboratorio no serviría de nada si él no se encontraba dentro del radio de acción de los explosivos. Ellos lo encontrarían y extraerían el virus de su sangre...
Umbrella no lo tendrá. Moriré antes que permitir que lo obtengan, por Dios que lo haré.
Su único consuelo a lo largo de todo ese penoso y horrible asunto era que Umbrella no había podido poner sus codiciosas manos en la última síntesis de William. No lo habían hecho y no lo harían jamás. Todo lo que había participado en la creación del virus-G quedaría enterrado bajo cientos de toneladas ardientes de piedra y madera, junto con William y todos los monstruos que habían creado para la compañía. Se escondería durante una temporada, pasaría un tiempo recuperándose y pensando en sus distintas opciones... y luego vendería el virus-G a la competencia. Umbrella era la mayor compañía, pero no era el único grupo comercial que trabajaba en la investigación de armas biológicas... y, cuando acabara con ellos, ya no serían la mayor compañía. No era una gran venganza, pero era lo único que le quedaba.
—Con excepción de Sherry —susurró Annette, y el recuerdo de su pequeña hija le provocó un espasmo de dolor en el corazón, un dolor diferente, pero un dolor de todas maneras.
Annette había deseado pasar más tiempo con ella desde el mismo día que nació, había planeado concentrarse en Sherry más que en el magnífico trabajo de William. Y, sin embargo, los años habían pasado con rapidez, los ascensos de William habían sido imparables y el trabajo había crecido hasta convertirse en algo irresistiblemente interesante y valioso. Aunque tanto ella como William se habían prometido a sí mismos y mutuamente que desarrollarían una vida más familiar, siempre lo habían ido dejando para otro momento.
Y ahora ya es demasiado tarde. Ya nunca seremos una familia, ya nunca seremos padres juntos. Todo ese tiempo desperdiciado, esclavizados para una compañía que al final nos ha traicionado...
Ya era demasiado tarde. No tenía sentido lamentarse por lo que podía haber sido su vida. Lo único que podía hacer era asegurarse de que Umbrella no sacara nada más de la familia Birkin. William se había ido, pero todavía le quedaba Sherry.
Aquella parte de William seguiría viviendo, y Annette estaba decidida a convertirse en la madre que debería haber sido a lo largo de todos aquellos años. Estaba claro que tendría que esperar y mantenerse alejada mientras la situación se tranquilizaba antes de volver para llevarse a Sherry. Deberían pasar al menos unos cuantos meses, pero la chiquilla estaría a salvo: los policías la enviarían a vivir con la hermana de William. Ambos lo habían establecido así en su testamento...
A menos que Irons continúe con vida. Ese cabrón gordo y codicioso podría encontrar el modo de joderlo todo si tiene la mínima oportunidad.
Tenía la esperanza de que hubiera muerto ya. Aunque no fuese directamente responsable del conocimiento por parte de Umbrella de la existencia del virus-G, Brian Irons era un hombre arrogante y repulsivo con la misma capacidad moral que una babosa. Después de permanecer leal a la compañía a lo largo de años, ellos lo habían comprado por sólo cien mil dólares. Incluso William se había quedado sorprendido, y eso que él tenía una opinión aún peor que ella del jefe de policía...
Vio por la pantalla que el Re3 había acabado su comida. Lo único que quedaba del muerto era un cascarón vacío, con unas costillas arqueadas y ensangrentadas y un cráneo sin rostro. Los indudables colores vívidos de la escena se perdían debido las diversas tonalidades de gris de la pantalla. El lamedor se salió del ángulo de visión de la cámara, dejando a su paso un viscoso rastro de fluidos. Gracias al virus-T, todas las criaturas pertenecientes a la serie de reptiles eran unos asesinos muy eficientes, aunque era evidente que los Re3 tenían fallos de diseño. El más obvio era el cerebro protuberante, pero también poseían un metabolismo terrible y ridículamente elevado. Mantenerlos alimentados había sido una molestia continua.
Eso ya no es un problema. Tienen un montón de carroña de la que disfrutar, y van a tener aún más suerte: dentro de poco tendrán una comida caliente de verdad.
Annette se sentía completamente agotada, y no quería regresar a las instalaciones, pero no podía permanecer allí con la esperanza de que William pasara por delante de una de las cámaras que todavía funcionaban. Lo había oído caminar por el nivel tres, hacía ya unos dos días, pero no lo había visto en al menos el doble de ese tiempo. No podía seguir esperando. La gente de Umbrella probablemente ya estaban intentando entrar. Aunque había borrado por completo el sistema principal, existían otros modos de atravesar las puertas...
Y es posible que William haya encontrado una manera de salir. No puedo seguir negándolo, por mucho que quiera lo contrario.
Había una fábrica abandonada al oeste del laboratorio, una antigua compañía de transporte que había sido adquirida por Umbrella para asegurarse de que los niveles inferiores se mantenían en secreto. Así había sido como Umbrella había logrado construir todo aquel complejo sin levantar sospechas. Habían escondido todo el equipo y el material en los almacenes de la fábrica y luego habían utilizado la carretilla mecánica de transporte de material pesado para llevarlos de un lado a otro. La última vez que ella había comprobado las entradas a la fábrica, estaban completamente selladas, pero aun así, existía la posibilidad de que William hubiera logrado entrar en el lugar y, si había podido acceder a la fábrica, también habría podido entrar en el sistema de alcantarillado.
Annette se a obligó a sí misma a levantarse e hizo caso omiso del dolor y de las agujetas en sus piernas y espalda mientras empuñaba la pistola. No sabía mucho sobre armas, aunque se había figurado con rapidez cómo funcionaba después de...
Después de que vinieran por el virus-G. Los hombres con las máscaras antigás, disparando y corriendo, y William muriendo en mitad de un charco de sangre. No vi la jeringuilla hasta que fue demasiado tarde...
Inspiró profundamente una gran bocanada de aire y se estremeció, intentando dejar a un lado el terrible recuerdo, intentando olvidar el incidente que le había arrebatado a William y que había convertido a Raccoon City en la ciudad de los muertos. Ya no importaba. La tarea que tenía por delante no era agradable y tenía que concentrarse. Estaban los Re3, los humanos infectados en la primera y la segunda etapas, los experimentos botánicos, la serie de arácnidos... Podía toparse con cualquiera de los seres infectados con el virus-T, por no mencionar cualquier cosa que Umbrella hubiese decidido enviar.
Y con William. Mi esposo, mi amado... el primer humano infectado con el virus-G, y que ya no es humano en absoluto.
Había estado equivocada al pensar que ya no le quedaban más lágrimas en su interior. Annette se quedó de pie en mitad de la enorme sala esterilizada, cinco pisos por debajo de la superficie de la ciudad, y se echó a llorar con desesperación, con unos sollozos desgarradores que ni siquiera sirvieron para mitigar un poco el dolor provocado por su soledad.
Haría que Umbrella lamentara todo aquello. En cuanto estuviera segura de que William estaba fuera del alcance de sus científicos, destruiría sus preciosas instalaciones, se llevaría consigo el virus-G y echaría a correr. Iba a asegurarse de que se enteraran y de que entendieran que la habían jodido a base de bien... y que Dios ayudase a cualquiera que se entrometiera en su camino.

Capítulo 17
Ada entró en el bloque de los calabozos sólo un paso por detrás de León, justo a tiempo para ver al periodista salir a trompicones de su celda y caer al suelo.
—¡Ayúdalo! —le gritó León, y pasó corriendo al lado de Bertolucci para echarle un vistazo a la celda.
Ada se detuvo delante del jadeante reportero y, sin hacer caso a la orden, se quedó a la espera para ver si lo que lo había atacado salía de un salto por la puerta de la celda...
Estaba protegido por los barrotes. ¡Cómo demonios ha ocurrido esto?
Esperó apuntando a un lado de León mientras éste se colocaba delante de la celda, con el corazón palpitando a toda velocidad... y vio la sorpresa reflejada en su rostro, el asombro en su cara. El modo en que miró a uno y otro lado del calabozo le indicó que estaba vacía y que no había nada en su interior, a menos que el atacante fuese invisible...
De ninguna manera. Ni siquiera empieces a pensar en algo así, no dejes que esa idea se apodere de tu mente.
Ada se arrodilló al lado del periodista y se dio cuenta inmediatamente de que se encontraba en muy mal estado. De hecho, se estaba muriendo. Se había desplomado en una posición medio sentada, con la cabeza apoyada en los barrotes de la celda adyacente a la suya. Todavía respiraba, pero no tardaría mucho en dejar de hacerlo. Ada había visto aquella clase de mirada anteriormente, con los ojos fijos en un punto más allá de donde se encontraban, además del temblor y de la palidez... pero lo que no había visto era lo que lo había provocado, y eso era lo que más miedo le daba. No se veía ninguna herida, así que supuso que debía tratarse de un ataque al corazón, quizás un infarto... Pero, ¿y el grito?
—¿Ben? Ben, ¿qué ha ocurrido?
Ben clavó su mirada perdida en el rostro de Ada, y ésta advirtió que las comisuras de la boca estaban un poco rasgadas y sangraban. Abrió la boca para hablar, pero lo único que logró articular fue un gruñido ahogado e ininteligible.
León se agachó al lado de ambos, tan confundido como ella. Hizo un gesto negativo con la cabeza hacia Ada, como una respuesta no hablada a una pregunta que no había hecho: no existía pista alguna de lo que había ocurrido.
Ada bajó la vista hacia Bertolucci y lo intentó de nuevo.
—¿Qué ha pasado, Ben? ¿Puedes decirnos qué ha pasado exactamente?
Las temblorosas manos del reportero subieron hasta colocarse encima de su pecho. Logró susurrar una única palabra con un esfuerzo visible.
—Ventana...
Ada no se sintió más tranquila al oír eso. La «ventana» del calabozo medía poco más de treinta centímetros y, desde luego, menos de medio metro, y estaba a una altura de unos dos metros y medio del suelo del calabozo. En realidad, no era más que un pequeño agujero de ventilación que se abría al garaje. Nada podía haber pasado por allí... al menos, nada de lo que ella hubiera leído u oído hablar, y eso significaba que existían peligros para los que no estaba preparada.
Bertolucci todavía estaba intentando hablar. Tanto Ada como León se inclinaron para poder oírlo mejor, esforzándose por entender sus doloridos susurros.
—Pecho. Me arde... duele...
Ada se relajó un poco. Estaba claro: había visto u oído algo fuera de la celda, algo que le había provocado un infarto masivo. Podía comprender eso. Una putada para el periodista, pero aquello le ahorraría el trabajo de tener que matarlo...
Bertolucci extendió una mano de repente y la agarró por el antebrazo, mirándola con tal intensidad que la sorprendió. Su apretón tenía poca fuerza, pero pudo ver la desesperación en sus ojos húmedos, una desesperación y una pena frustrada que le inspiraron un poco de culpabilidad por lo que acababa de pensar.
—Nunca he contado... lo que sé sobre Irons —dijo con un fuerte suspiro. Era obvio que estaba agarrándose a la vida con las dos manos para poder explicarlo todo—. Ha estado trabajando... para Umbrella... durante todo este tiempo. Los zombis... son fruto de... las investigaciones de Umbrella... y él encubrió los asesinatos... pero yo no pude... demostrarlo... iba a ser... mi exclusiva.
Bertolucci cerró sus párpados hinchados, y su respiración se hizo aún más débil mientras sus dedos se separaban sin fuerza ya de su brazo, y ella sintió una oleada de compasión sin poder evitarlo. El pobre idiota: su gran secreto era que Umbrella estaba realizando investigaciones sobre armas biológicas y que Irons lo estaba encubriendo. Habría sido todo un bombazo periodístico, pero, al parecer, ni siquiera había podido conseguir pruebas sobre ello.
No sabe ni una mierda sobre el virus-G, nunca lo ha sabido... y va a morir de todas maneras. Eso sí que es una putada.
—Jesús —dijo León en voz baja—. El jefe Irons...
Ada se había olvidado de lo fuera de onda que estaba el joven policía. Era obvio que se trataba de un novato, tanto en el trabajo como en Raccoon City, pero un par de veces le había parecido tan perceptivo que la había sorprendido. Lo que también estaba claro era que el chaval no era un simple caso de testosterona, sino que tenía en buen funcionamiento la parte de la azotea.
Ya vale. No es mucho más joven que tú. El periodista está a punto de estirar la pata y tienes que ponerte en camino, no preocuparte por el agente Don Simpático...
Bertolucci se estremeció espasmódicamente de improviso, y sus manos agarraron su pecho mientras gemía, con un sonido agudo y lastimero de agonía. Arqueó la espalda y sus dedos se curvaron como garras... y el gemido adquirió un tono líquido cuando la sangre comenzó a salir de su boca como un grotesco surtidor. Los miembros de Bertolucci comenzaron a agitarse mientras se ahogaba y se estremecía al mismo tiempo, con todo el cuerpo convulsionándose a la vez que sus toses esparcían gotas rojas por el aire...
Entonces Ada vio que florecía una gran mancha roja en su pecho, que se extendió por toda su arrugada camisa bajo sus frenéticas manos, y en ese mismo instante también oyó el húmedo chasquido de los huesos al partirse. Se levantó de un salto hacia atrás mientras León sostenía las manos del reportero, sin saber qué era lo que ocurría con exactitud, pero absolutamente convencida de que aquello no era un simple ataque al corazón.
¡Dios Santo! ¿Qué es eso?
Bertolucci se quedó inmóvil de repente; sus ojos se le dieron vuelta y se quedaron en blanco, sin ver ya nada más. La sangre siguió saliendo por sus labios agrietados y Ada siguió oyendo aquel ruido, el horrible ruido de la carne al ser desgarrada, y un instante después vio que algo se movía bajo la húmeda tela de la camisa.
—¡Retrocede! —le gritó Ada a León mientras apuntaba con su Beretta al pecho del periodista muerto.
En la fracción de segundo que tardó en apuntar, una cosa surgió del ensangrentado pecho de Bertolucci. Una cosa del tamaño del puño de un hombre, algo completamente cubierto de pedazos de carne que abrió una boca que no era más que pequeño agujero, pero repleto de agudos dientes cubiertos de rojo, algo que lanzó un agudo aullido. La criatura se contoneó para salir del agujero que ella misma se había abierto, salpicando todo el frío cemento de alrededor con trozos de carne y restos húmedos de tejido.
Salió del cuerpo del periodista con un chorro de sangre y, con un último empujón, cayó al suelo... y salió disparada hacia la puerta abierta que daba a la salida, impulsándose con su cola serpenteante y unas patas que Ada no llegó a ver, dejando un rastro ensangrentado a su paso.
Salió por la puerta antes de que Ada se acordara de que estaba empuñando una pistola. Por primera vez desde que había llegado a Raccoon City, por primera vez en toda su vida, se había sentido tan sorprendida que no había pensado en reaccionar.
Una criatura parasitaria que se alojaba en el pecho y luego lo desgarraba para salir, como sacada de una película de ciencia-ficción...
—Eso era... ¿Has visto...? —logró articular León.
—Lo he visto —dijo Ada en voz baja, interrumpiéndolo.
Se giró, bajó la vista y miró la cara de Bertolucci, inmovilizada para siempre en una angustiosa contorsión de dolor, y luego al agujero del pecho del que todavía rezumaba sangre, justo debajo del esternón.
Su boca, agrietada por las comisuras...
Algo le había implantado la criatura. No sabía qué era y no quería saberlo. Lo que quería era terminar cuanto antes su trabajo y luego alejarse todo lo posible de Raccoon City. De hecho, pensó que jamás había querido algo tanto como aquello último. Cuando se había dado cuenta por primera vez de que se había producido un escape del virus-T, había esperado tener que enfrentarse a unos cuantos organismos bastante desagradables, pero la idea de que uno de aquellos seres fuera introducido o se metiera a la fuerza por su garganta, anidara en su cuerpo como un feto aberrante antes de abrirse paso a mordiscos por tu pecho... si no era lo más horrible que podía imaginarse, desde luego no estaba muy lejos.
Miró a León y dejó a un lado todo intento de parecer razonable. Iba a salir de allí para dirigirse al laboratorio, y era una cuestión que, por supuesto, no estaba dispuesta a discutir.
—Me marcho de aquí —anunció, y se dio la vuelta sin ni siquiera esperar una respuesta por su parte.
Comenzó a caminar en dirección a la puerta, evitando con mucho cuidado pisar el reluciente y sangriento rastro que había dejado el pequeño monstruo.
—¡Espera! Mira, creo que... ¿Ada? Eh...
Ella entró en el pasillo con el arma preparada, pero la criatura no estaba a la vista. El rastro de sangre se desdibujaba y desaparecía por fin en la mitad del pasillo, pero ella dio cuenta de que habían dejado la puerta de la perrera abierta...
Y también han dejado la tapa del portillo de acceso levantada. Estupendo.
León llegó a su altura antes de que hubiera avanzado unos cuantos pasos. Se puso delante de ella, impidiéndole seguir, y Ada pensó por un momento que iba a intentar detenerla por la fuerza.
No lo hagas. No quiero hacerte daño, pero te lo haré si no me queda más remedio.
—Ada, por favor, no te vayas —dijo León, con tono de súplica, no de mando—. Yo... Cuando llegué a Raccoon City, me encontré con una chica, y creo que está en algún lugar de la comisaría. Si me ayudas a encontrarla, podremos salir los tres de aquí. Tendremos muchas más posibilidades...
—Lo siento, León, pero éste es un maldito país libre. Haz lo que debas hacer, y buena suerte, pero yo no pienso quedarme. Ya he tenido más que suficiente. Si... cuando salga de aquí, te enviaré ayuda.
Ada lo empujó ligeramente para pasar por su lado, con la esperanza de no tener que utilizar de verdad la violencia, deseando poder decirle que no intentara detenerla, decirle lo peligroso que sería para él siquiera intentarlo... cuando León volvió a sorprenderla.
—Entonces, te acompañaré —concluyó. La miró directamente a los ojos, con una mirada decidida y firme—. No voy a permitir que te vayas sola. No quiero que nadie más... No quiero que sufras daño.
Ada se quedó mirándolo, sin saber qué decirle. Ahora que Bertolucci estaba muerto, no quería tener que dejar colgado y a solas a León en las alcantarillas. No sería demasiado difícil: sabía que el sistema de alcantarillado era muy extenso. Sin embargo, era tan puñeteramente amable, estaba tan decidido a ser servicial, que ella estaba empezando a... no querer que le pasara nada malo. Todo habría sido mucho más fácil si simplemente se hubiera tratado de un capullo con una actitud machista...
Vale, pues haz pedazos tu tapadera. Dile que eres una agente privada que estás intentando robar el virus-G y que no quieres ni necesitas compañía. Cuéntale el alivio que sentiste cuando el periodista estaba a punto de palmarla, o que no tienes ninguna clase de problema con eso de matar, siempre que sea por una buena causa: que te paguen. A ver si es tan amable y servicial después de eso.
No era una opción. Tampoco lo era intentar convencerlo de que no la acompañara, porque no tendría sentido. Y la verdad es que había una parte de ella, una parte que ella no quería admitir, que quería evitar a toda costa quedarse de nuevo a solas. Ver aquella criatura que se había abierto paso a mordiscos a través del pecho de Bertolucci la había dejado con la sensación de que no era tan invulnerable como a ella le gustaba pensar que era.
Bueno, pues entonces deja que venga contigo al laboratorio y, en cuanto encuentres un lugar seguro, lo dejas allí. Si no hay daño, no hay mal.
León seguía mirándola fijamente, como si estuviese estudiándola, a la espera de su aprobación.
—Vamonos —aceptó Ada por fin, y la sonrisa que él le dedicó, aunque fuera encantadora, la hizo sentir todavía más incómoda.
Comenzaron a caminar hacia la perrera sin cruzar ninguna otra palabra. Ada seguía preguntándose en su interior qué demonios estaba haciendo... y si sería capaz de hacer lo que fuera necesario para cumplir con su trabajo.
Claire estaba de pie delante de una puerta de estilo medieval, situada al final de un pasillo muy parecido a los de los calabozos de aquella época, donde se había detenido el ascensor. El aire en el interior de toda la comisaría era bastante fresco, pero la humedad helada que desprendían las paredes de piedra de aquel pasillo hacía que el ambiente del resto del edificio pareciera de verano. Era como si hubiera descendido a las profundidades de un castillo antiguo, sacado directamente con una maldición de la Edad Media.
Aspiró profundamente mientras decidía cómo iba a entrar. Estaba segura de que al jefe Irons no le gustaría ni un pelo tener una visita sorpresa, pero la idea de llamar a la puerta le parecía ridícula, por no decir peligrosa. Descubrió unas antorchas ardiendo en unos candelabros de la pared a ambos lados de la maciza puerta de madera. La puerta estaba reforzada con tiras de metal oxidado. Si había albergado alguna duda de que Irons estaba como una chota de loco, la visión de aquel pasillo de ambiente frío y ominoso, unido a las antorchas chisporroteantes, le habían despejado cualquier indecisión al respecto.
Un túnel secreto, una estancia oculta con su correspondiente iluminación misteriosa... ¿Qué persona todavía en sus cabales se metería en un lugar como éste? No fue el desastre lo que provocó su locura: Irons estaba chiflado mucho antes de que ocurriera el accidente de Umbrella.
También ahora estaba segura de otra cosa, aunque no tenía pruebas para demostrarlo; cuando Sherry le había dicho en qué trabajaban sus padres para ganarse la vida y lo que había sucedido justo antes de que ella se fuera a la comisaría, algo encajó en el interior de su cerebro. Umbrella realizaba investigaciones sobre enfermedades, y lo que estaba claro era que los habitantes de Raccoon City sufrían un grave caso de algo. Sin duda, se había producido alguna clase de accidente, una especie de escape que había dejado suelta una extraña plaga de zombis...
Deja de divagar.
Claire se mordió el labio inferior, sin saber qué hacer. No tenía la menor duda de que Irons estaba en algún lugar de las cercanías, y de que no deseaba encontrarse de nuevo con él. Quizá debería regresar, reunirse con Sherry e intentar encontrar otro modo o camino de salir de allí. Que aquella zona fuese un lugar secreto no quería decir que necesariamente incluyera una ruta de escape.
Sigues divagando, y Sherry sigue allí arriba y sola. Además, todavía empuñas una pistola, ¿te acuerdas?
Una pistola con muy poca munición. Si esa era la guarida secreta de Irons, seguramente guardaba armas en su interior... o quizá sólo era otro pasillo, uno que se hundía aún más en las profundidades de la comisaría. De todas maneras, seguir pensando de aquel modo no le estaba proporcionando una mierda de información con la que decidir.
Claire apoyó la mano en el pomo de la puerta, inspiró profundamente de nuevo, y empujó para abrirla. La pesada puerta giró lentamente sobre sus goznes bien engrasados. Dio un paso atrás y levantó su arma...
Jesús.
Una estancia vacía, tan húmeda y poco acogedora como el pasillo... pero con una decoración y un mobiliario que le puso la piel de gallina y los pelos de punta. Una única bombilla desnuda colgaba del techo e iluminaba el lugar más tétrico que ella jamás había visto. En mitad del recinto había una mesa, manchada y desgastada, con una pequeña sierra y otras cuantas herramientas y utensilios esparcidos por su superficie. También vio un mellado cubo de metal y una fregona, apoyados en una pared manchada de agua, al lado de un fregadero portátil con manchas secas de algo rojo en su interior. Las estanterías de las paredes estaban repletas de botellas polvorientas y de lo que parecían ser huesos humanos, pulidos y de color pálido, dispuestos como si fueran macabros trofeos. Y el olor. Un olor químico, un hedor ácido y penetrante, que apenas lograba tapar otro olor más siniestro. Un olor a locura.
Incluso el mero hecho de mirar la hacía sentir enferma. «Chiflado» era un término que desde luego se quedaba corto para definir el estado mental del jefe de policía, pero no había nadie más por allí, y eso significaba que podría haber otro pasadizo secreto en el lugar. Además, como mínimo debía entrar para encontrar alguna otra arma.
Claire entró en la estancia después de tragar saliva, aliviada de no haber llevado a Sherry con ella. Ver aquella cámara de torturas le habría producido pesadillas, no era cuestión de exponer a la chiquilla a…
—Quieta, o te disparo ahí mismo.
Claire se quedó de piedra. Cada músculo de su cuerpo se congeló mientras Irons empezaba a reírse detrás suyo, desde detrás de la puerta donde no se le había ocurrido mirar.
Oh Dios mío, oh, Dios, oh, Sherry lo siento mucho.
La risita ahogada de Irons creció hasta convertirse en la carcajada jovial y eufórica de un hombre loco, y Claire comprendió que iba a morir.

Capítulo 18
Tratando de no respirar muy profundamente, León llegó al fondo de la escalera de metal y se giro rápidamente, apuntando su Magnum en la gruesa penumbra. El agua turbia chapoteaba bajo sus botas, y cuando sus ojos se acostumbraron a la escasa luz, vio la fuente del terrible olor.
Partes de ella, en cualquier caso...
El túnel del subsuelo que se alargaba enfrente de él estaba cubierto de trozos de cadáveres, cuerpos humanos que habían sido despedazados. Extremidades, cabezas y torsos estaban esparcidos aleatoriamente por todo el pasaje de piedra, bañados por los pocos centímetros de oscura agua que cubría el suelo.
—¿León? ¿Hay algo? —La voz de Ada resonó desde el círculo de luz encima de la escalera, provocando ecos a su alrededor. León no respondió, tenía su conmocionada mirada fija en la terrible escena, mientras su mente trataba de reunir las partes trituradas para calcular un número.
¿Cuántos? ¿Cuántas personas?
Demasiados para contarlos. Vio una cabeza sin cara, con el largo pelo envolviéndola en una nube.
El tronco decapitado de una mujer gruesa, con un pecho sobresaliendo del agua y meciéndose a su compás. Un brazo todavía dentro de los restos hechos jirones de la manga de una camisa de policía. Una pierna desnuda, que aún llevaba un calcinador de gimnasia puesto. Una mano agarrotada, con los dedos blancos y relucientes.
¿Una docena? ¿Veinte?
—¿León?
El tono de la voz de Ada se había agudizado un poco.
—Está... Está bien —contestó mientras se esforzaba para que su voz no sonara entrecortada—. No se mueve nada.
—Voy a bajar —dijo ella.
Se alejó un poco de la escalerilla para dejarle sitio y recordó algo que ella había dicho antes sobre unos cuerpos arrojados allí...
Ada saltó desde el último peldaño de metal y lanzó unas cuantas salpicaduras por el túnel. Los ojos de León ya se habían adaptado lo suficiente a la escasa luz para advertir el gesto de asco en sus delicados rasgos. Asco, y algo parecido a la tristeza.
—Se produjo un ataque en el garaje —dijo Ada en voz baja—. Catorce o quince personas murieron...
Su voz se desvaneció poco a poco y dio un paso para pasar a su lado y echar un vistazo desde más cerca a los restos mutilados. Cuando habló de nuevo, su voz reflejó un tono de preocupación.
—No llegué a presenciar el ataque, pero no creo que los despedazaran de ese modo...
Levantó la vista y registró el techo del túnel con la mirada, empuñando con mayor fuerza su pistola. León siguió la dirección de su mirada, pero sólo vio piedras cubiertas de moho. Ada meneó la cabeza y bajó de nuevo la vista hacia la escena cargada de restos humanos.
—Los... zombis no hicieron esto. Algo destrozó los cadáveres de esta gente cuando ya estaban muertos.
León sintió un escalofrío por la espina dorsal. Eso era precisamente lo último que quería oír en medio de esa oscuridad húmeda y apestosa, rodeado por cadáveres descuartizados.
—Así que no estamos seguros aquí abajo. Deberíamos subir de nuevo y...
Ada comenzó a avanzar, esquivando los restos humanos. El ruido de sus pasos cuidadosos y del pequeño oleaje que provocaban parecía resonar por todo el túnel, que se encontraría en absoluto silencio si no fuese por ellos.
Maldita sea. ¿No hace caso a nadie, o sólo le pasa conmigo?
León la siguió, vigilando dónde ponía los pies, y extendió su mano libre para tocarle el hombro.
—Al menos, deja que yo vaya delante, ¿de acuerdo?
—Bueno —admitió ella con un tono casi exasperado, aunque no del todo— Tú diriges.
Se colocó delante de ella y avanzaron de nuevo. León intentó dividir su atención entre la oscuridad que tenía por delante y los empapados trozos de carne y hueso que tenía a sus pies. Un poco más delante, el túnel giraba hacia la derecha, y en la aceitosa superficie del agua se veía un ligero reflejo luminoso. Los restos humanos disminuyeron poco a poco.
León se detuvo sólo un momento para descolgarse la escopeta Remington del hombro y comprobar que hubiera un cartucho en la recámara. Fuese lo que fuese lo que hubiera descuartizado a los cadáveres, no parecía estar cerca, pero quería estar preparado por si decidía regresar.
Ada esperó sin decir palabra, aunque él podía sentir su impaciencia. Se preguntó, y no por primera vez, si le ocultaba algo más. León tenía miedo, y también tenía frío y estaba cansado. Temía que algo le hubiera ocurrido a Claire, que quizá todavía estaba dando vueltas por la comisaría... pero ni siquiera sabía si Claire todavía estaba viva. No se había sentido nada tranquilo con la idea de que Ada se metiera en una mala situación estando sola.
Ada, en cambio... Parecía tranquila y con los nervios bajo control, como un soldado veterano, y lo único que expresaba era un irritado deseo de continuar adelante con todo el asunto... y, si apreciaba de algún modo su presencia a su lado, se estaba esforzando mucho por no demostrarlo. No es que él necesitara o quisiera su gratitud...
Pero ¿no es cierto que la mayoría de la gente se sentiría contenta y aliviada de tener a su lado a un policía? ¿Aunque fuera uno novato?
Puede que no, y no era el lugar ni el momento adecuado para empezar a realizar preguntas. León dejó de pensar en aquello y comenzó a andar de nuevo, pasando con cuidado por encima de un trozo de carne masticado que no pudo identificar con exactitud.
—Para —le susurró Ada de repente—. Escucha.
León tensó su cuerpo, con la Remington en una mano y la Magnum en la otra. Inclinó la cabeza hacia un lado para intentar escuchar mejor, pero sólo oyó el lejano y constante gotear del agua... y un suave pataleo. Un sonido rápido pero aleatorio, como martillos envueltos en tela que golpearan una superficie cubierta de tela. Fuese lo que fuese, se estaba acercando a ellos, procedente de la esquina del túnel que se veía un poco más adelante.
¿Por qué no oímos el chapoteo? ¿Por qué no se oyen las pisadas en el agua si...?
León retrocedió un paso y levantó sus dos armas ligeramente al recordar el modo en que Ada había mirado antes al techo... y fue cuando la vio, la vio y sintió que su corazón se detenía en mitad de un latido. Era una araña del tamaño de un perro grande, que se deslizaba por encima de las húmedas piedras de la parte superior de la pared interior, con las puntas de sus peludas y huesudas patas resonando...
No es posible...
En ese preciso instante oyó unas tremendas detonaciones casi al lado de su oreja derecha. Bam, bam, bam. El resplandor procedente de la boca del cañón de la pistola iluminó brevemente el túnel cuando él disparó a su vez, y el eco de los estallidos resonaron a lo largo de todo el túnel mientras la gigantesca araña caía de la pared y se estrellaba contra el agua con un chapoteo.
Se irguió de nuevo y continuó avanzando hacia ellos, herida, arrastrando dos de sus múltiples patas a través del agua sucia mientras de su grotesco cuerpo redondeado escapaban unos oscuros fluidos. Saltó por encima de una cabeza humana, y el cráneo rodó hacia un lado cuando lo rozó con su abdomen hinchado. León distinguió sus brillantes ojos negros, cada uno del tamaño de una pelota de ping-pong... y apretó el gatillo de la escopeta, sin siquiera sentir el tremendo retroceso del disparo, con su atención totalmente centrada en aquella araña inconcebible. La descarga le acertó de pleno, y destrozó su cara imposible en mil pedazos. La araña se dio la vuelta de espaldas y se deslizó hacia atrás, con sus gruesas patas estremeciéndose mientras se curvaban sobre su peludo cuerpo.
León cargó de nuevo su escopeta con los oídos zumbando y con el corazón en la boca. Su mente le decía que era imposible que hubiera salido disparada hacia atrás una araña de aquel tamaño, que tenía que haberse desplomado bajo su propio peso, que había algo erróneo en todo aquello...
Ada pasó a su lado dándole un empujón mientras le gritaba.
—¡Vamonos! ¡Puede que vengan más!
León echó a correr detrás de ella, obligado por el atrevido comportamiento de Ada a dejar a un lado su asombro. Atravesó a la carrera la oscuridad, pasando por encima de los restos humanos y de la araña muerta, una araña que no debería haber existido jamás en la ciudad de Raccoon City que él había conocido.
—Suelta tu arma —le ordenó Irons, y ella lo hizo, dudando sólo un momento.
La Browning cayó al suelo con un chasquido metálico, y Irons tuvo que reprimir el deseo de echarse a reír otra vez. Apenas era capaz de creer la forma tan estúpida en la que ella se había comportado. Estaba claro que la asesina de Umbrella se había confiado en exceso, entrando en su Santuario como si el lugar le perteneciera, y su actitud engreída le iba a costar la vida.
—Date la vuelta, muy lentamente, y mantén las manos donde yo pueda verlas —le dijo, sin dejar de sonreír.
¡Ah, que victoria tan fácilmente gloriosa! Era la última vez que Umbrella lo subestimaba de aquel modo.
La chica obedeció de nuevo, girando lentamente con las manos levantadas y abiertas, para mostrar que estaban vacías. La expresión de su cara era impagable: sus bellos rasgos estaban congelados en una máscara de miedo y asombro. No se había esperado algo como aquello. Sin duda, había creído que sería una tarea fácil eliminar a Brian Irons. Después de todo, no era más que un hombre desmoralizado, una sombra de su antigua personalidad, con su ciudad y su forma de vida arrebatadas por completo...
—Te has equivocado, ¿verdad? —dijo mientras sentía que se le acababa el buen humor y surgía de nuevo la rabia.
Mantuvo su VP70 apuntada hacia su rostro ridículamente joven. Era insultante: habían enviado a una chiquilla para realizar el trabajo sucio. Aunque fuera una tan bonita como aquélla...
—Tranquilícese, jefe Irons—dijo la muchacha.
Incluso furioso como estaba, él se sintió complacido al oír la tensión en su seductora voz, las huellas del miedo bajo su inútil súplica. Iba a disfrutar de aquello, mucho más incluso de lo que se había imaginado...
Pero antes, quiero unas cuantas respuestas.
—¿Quién te envía? ¿Es Coleman, de la sede central? ¿O las órdenes las recibes de mucho más arriba...? ¿De la junta directiva, quizá? No tiene sentido que intentes mentirme, ya no importa.
La chica se quedó mirándolo, con los ojos abiertos de par en par simulando que estaba confusa.
—Yo... Yo no sé de qué me está hablando. Por favor, debe tratarse de una equivocación...
—Oh, claro que ha habido una equivocación —respondió Irons con desprecio—. Tú la has cometido. ¿Cuánto tiempo lleva Umbrella vigilándome? ¿Cuáles eran tus órdenes exactas? ¿Se suponía que tenías que matarme directamente o Umbrella quería que yo sufriera un poco antes de eso?
La muchacha no respondió inmediatamente. Era obvio que estaba intentando decidir qué podía contarle. Era muy buena, y la expresión de su rostro sólo dejaba ver un miedo atroz, pero él se dio cuenta de lo que realmente pensaba.
La he pillado. Se ha dado cuenta de que no pienso dejarla con vida, así que va a intentar ocultarme la verdad incluso en un momento como éste. Joven, pero bien entrenada.
—Vine a Raccoon City en busca de mi hermano —repuso con lentitud con sus ojos grises fijos en la boca del arma de Irons—. Era miembro de los STARS, y yo sólo quería...
—¿Los STARS? ¿Eso es lo mejor que puedes inventarte?
Irons se rió con amargura mientras meneaba la cabeza. Los STARS de Raccoon City se habían marchado mucho antes de que todo se fuera a la mierda, y de lo último que se había enterado era de que Umbrella ya había «reconvertido» a la organización para sus propios propósitos y que estaba trabajando para eliminar a todos aquellos que no se vendieran al mejor postor. Como tapadera para su misión, no servía de mucho.
Pero hay algo que...
Entrecerró los ojos y estudió con mayor detenimiento su cara pálida y nerviosa.
—¿Y quién dices que es tu hermano?
—Chris Redfield. Usted lo conoce... Yo soy Claire, su hermana, y no tengo ni idea de lo que ha hecho Umbrella ni nadie me ha enviado para matarlo.
Habló con rapidez, tartamudeando en su intento por decírselo todo.
La verdad es que se parecía a Redfield, pensó, por lo menos en los ojos... aunque el motivo por el que ella pensaba que aquello la iba a ayudar era un misterio para Irons. Chris Redfield siempre había sido un jovenzuelo pomposo e irrespetuoso que lo había desafiado abiertamente en muchas ocasiones. De hecho, cuando lo pensó de nuevo...
—Redfield estaba trabajando para Umbrella, ¿verdad?
Mientras se lo preguntaba en voz alta, Irons se dio cuenta de que estaba en lo cierto, y su furia se incrementó como una marea roja, como un calor infernal que recorrió sus venas y le hizo sentirse enfermo.
Incluso mis empleados, desde el principio, todos unas traicioneras marionetas de Umbrella.
—La mansión Spencer, las acusaciones contra Umbrella.., todo fue un montaje. Le ordenaron que causara problemas para distraerme, y así ellos podrían robar el nuevo virus de Birkin...
Irons dio un paso hacia Claire, casi incapaz de evitar apretar el gatillo a pesar de lo que había planeado para ella. La muchacha dio un paso atrás mientras ponía las manos por delante con las palmas vueltas hacia él, como si quisiera protegerse de su furia justiciera.
—Así es como se enteraron los miembros de los STARS de cuándo debían marcharse de la ciudad —dijo con un gruñido—. ¡Les avisaron de que se fueran de la ciudad antes de que se produjera el escape del virus-T!
Él dio otro paso hacia ella, pero Claire se había detenido, con los ojos aún más abiertos de par en par.
—¿Quiere decir que Chris no está en Raccoon City?
Su leve susurro de esperanza sólo logró aumentar la ira que le recorría el cuerpo, y el sentimiento fue tan poderoso que superó la rabia, y centró sus intenciones en algo mucho más brutal y preciso. No era suficiente que hubiese sido traicionado por Umbrella y por los STARS, no era suficiente que hubiese sido manipulado, atormentado, perseguido...
No. No, además esta chiquita tiene que mentirme, una espía y una asesina procedente de una familia de traidores. Toda una vida dedicada al servicio, toda una vida de experiencia y sacrifico personal, y ésta es mi recompensa.
—Una bofetada en la cara —dijo en voz baja, con un tono de voz tan frío como el salvajismo que lo invadía, convirtiéndolo en el cazador—. Me tratas como si fuera idiota. Ni siquiera me muestras el respeto de mentirme en condiciones.
Extendió el brazo que sostenía su pistola y caminó hacia ella. Cada paso era deliberado y premeditado, y esta vez, él se dio cuenta de que su miedo era real por el modo en que retrocedía, por la manera en que sus labios temblaban y su pecho respiraba entrecortadamente de una forma casi deliciosa. Estaba aterrorizada e intentaba buscar con la vista un arma o un modo de salir de allí mientras lo observaba, todo al mismo tiempo. No logró ninguna de las tres cosas mientras él seguía avanzando.
—Yo tengo el poder —le dijo—. Éste es mi Santuario, éste es mi dominio. Tú eres la intrusa. Tú eres la mentirosa, tú eres la malvada... y voy a despellejarte viva. Voy a lograr que grites, zorra, voy a hacer que desees no haber nacido nunca. Te pagasen lo que te pagasen, no habrá sido lo suficiente.
Ella retrocedió hasta una de las estanterías, tropezando con la pata de la mesa de trabajo, y casi se cayó sobre la puerta de una salida que estaba en la esquina. Irons la siguió mientras sentía aquella emocionante y bella sensación de poder recorrerle el cuerpo, mientras se notaba cada vez más excitado por su indefensión.
—¡Por favor! ¡Yo no soy quien usted se cree que soy! ¡Usted no quiere hacer esto en realidad!
Sus patéticos razonamientos lo hicieron detenerse y soltar una carcajada. Deseaba aumentar su terror, deseaba que sintiera que su control de la situación era absoluto. Estaba situada entre una estantería llena de trofeos y la trampilla del hueco oculto. Irons permaneció a una distancia prudencial, disfrutando de la mirada que se veía en los relucientes ojos de la muchacha: el pánico que sentía un animal atrapado, un animal indefenso, un animal de carne tibia y blanda, de fácil manejo...
Irons se lamió los labios, y su mirada hambrienta recorrió la esbelta silueta de su presa. Otro trofeo, otro cuerpo que transformar... y ya iba siendo hora de que pusiera manos a la obra, de que...
¡Raaaargggh!
¿Qué demonios...?
La trampilla que cubría la entrada al subsótano salió disparada por los aires, partiéndose con un crujido terrible, y una de las grandes astillas se clavó en la cadera de Irons. Trastabilló, incapaz de comprender lo que había ocurrido... Él tenía el control, y sin embargo, algo había salido mal, terriblemente mal...
Algo le agarró el tobillo. Algo que lo apretó con tanta fuerza que oyó cómo crujían los huesos. Sintió un dolor agudísimo que le subía por la pierna... y cruzó su mirada con la de la chica, cuyos ojos mostraban ahora un nuevo terror, y en aquel breve instante de contacto, quiso decirle tanto... Quiso decirle que no era una mala persona, que era un buen hombre, que era un hombre que nunca mereció que le pasasen todas las cosas que le habían pasado...
Pero aquello que lo tenía agarrado pegó un tremendo tirón. Irons cayó al suelo, soltó su arma, y fue arrastrado hacia los gritos, hacia el dolor y hacia la bestia que lo esperaba allí debajo.

Capítulo 19
Un momento antes, Irons estaba de pie delante de ella, mirándola a los ojos con una increíble expresión de odio... y un momento después, había desaparecido. Fue arrastrado por el suelo hasta el agujero por un brazo al que apenas logró ver, del que sólo distinguió unos músculos goteantes y unas garras de unos treinta centímetros. Desapareció de su vista en un instante, llevándose consigo a Irons hacia la oscuridad inferior.
Oyó otro tremendo rugido de la criatura, un aullido poderoso y salvaje que fue inmediatamente superado por el grito aterrorizado y lastimero de Irons. Claire se quedó petrificada por los penetrantes sonidos, incapaz de moverse, mientras los sentimientos de asombro, alivio y miedo recorrían simultáneamente su cuerpo, oyendo los horribles gritos que surgían del agujero abierto y azotaban sus oídos en el frío y tenebroso subterráneo que Irons había creado...
Hasta que los gritos fueron interrumpidos por un gorgoteo, un segundo o dos después... cuando comenzaron los húmedos y rasposos sonidos de carne al ser arrancada y devorada.
Claire se movió. Recogió del suelo la pistola que Irons había dejado caer y corrió alrededor de la mesa situada en mitad de la estancia, deseosa de no ser agarrada y arrastrada del mismo modo que lo había sido él.
Lo ha matado. Lo ha matado, y él iba a matarme...
La fuerza de lo que acababa de ocurrir, de lo que habría ocurrido, golpeó su conciencia de repente, provocando que sus piernas se convirtieran en gelatina. Claire se obligó a sí misma a alejarse un poco más de la trampilla y a desplomarse contra una pared que rezumaba humedad, aspirando grandes bocanadas del aire estancado y cargado de aromas químicos.
Había planeado matarla, pero no matarla de golpe. Ella había visto que su mirada cargada de locura había recorrido su cuerpo de arriba abajo, había sentido el ansia en su enloquecida risa...
Percibió un gruñido bajo procedente de la esquina, un sonido bestial, el gruñido de un león que se ha hartado de carne. Claire levantó su arma, sorprendida de ser todavía capaz de sentir horror... cuando algo surgió del agujero, algo que agitaba los brazos. Claire disparó, pero el tiro salió completamente desviado. Una botella de cristal de una de las estanterías explotó al mismo tiempo que aquello aterrizaba en el suelo...
Y entonces vio que era Irons, aunque sólo la mitad de él. Algo lo había cortado por la mitad, el ser que había tirado de él lo había partido en dos. Todo lo que hasta hacía escasos segundos estaba por debajo de su gruesa cintura había desaparecido, y unos jirones de piel y de músculo colgaban sobre el charco de sangre que se estaba formando y que sustituía a sus piernas.
Claire retrocedió hacia la puerta, con su arma todavía apuntada hacia la abertura, y oyó a la criatura, al monstruo, aullar de nuevo. El eco del rugido se fue desvaneciendo hacia una lejanía que ella no podía imaginar. Un segundo más tarde, dejó de oírlo: se había marchado.
El monstruo de Sherry. Ese era el monstruo de Sherry.
Se acercó lentamente hacia el destrozado cuerpo del jefe Irons, hacia la vacía oscuridad del agujero... sólo que no todo era oscuridad. Pudo ver que hasta allí llegaba un poco de luz procedente de algún lugar inferior, la suficiente para darse cuenta de que había otro piso por debajo, lo que parecía la rejilla metálica de una pasarela industrial... y una escalera que llevaba hasta ella.
Un subsótano... ¿Una salida?
Se alejó de la abertura, con sus pensamientos desorganizados y persiguiéndose, intentando absorber toda la información que le había proporcionado Irons. Chris ya no estaba en Raccoon City, los demás miembros de los STARS también se habían marchado. Aquello representaba un alivio maravilloso, pero también terrible, porque significaba que él no estaría por los alrededores para ayudarla. Se había producido un escape de los laboratorios de Umbrella, lo que al menos explicaba los zombis, pero ¿qué era lo que había dicho sobre Birkin...? No, sobre el virus de Birkin, que además... era el padre de Sherry.
Y quizá los zombis son el resultado de algún tipo de accidente de laboratorio, pero ¿cómo se explicaban las demás criaturas, como el Señor X y los hombres vueltos del revés?
El modo en que Birkin había maldecido a Umbrella sugería que, aunque el accidente había sido algo inesperado, la compañía farmacéutica no era una víctima inocente. ¿Cómo lo había llamado?
—El virus-T —dijo en voz baja, y se estremeció—. Habló del nuevo virus de Birkin, y del virus-T...
La enfermedad de los zombis tenía un nombre, y no se pone un nombre a algo a menos que se conozca bien, lo que significaba que...
Lo que significaba que no tenía ni idea de lo que quería decir todo aquello. Lo único que sabía era que ella y Sherry tenían que huir de Raccoon City, y que aquel subsótano podía ser una vía de escape. No era un callejón sin salida, eso seguro, porque el monstruo que había matado se había marchado a algún lugar...
¿Y de verdad quieres seguirlo?¿Con Sherry, además? Podría regresar... y si es cierto que la está buscando...
No era una idea muy agradable. Sin embargo, tampoco lo era salir a la calle, y la comisaría ya estaba repleta de Dios sabía qué otras criaturas. Claire comprobó cuánta munición le quedaba al arma que Irons había utilizado para amenazarla. Contó diecisiete balas. No eran suficientes para repeler a todas las criaturas de la comisaría... pero sí, quizá, para mantener a raya a un monstruo...
Era una posibilidad, pero ella estaba dispuesta a correr el riesgo. Claire inspiró profundamente y luego dejó escapar el aire con lentitud, intentando calmarse. Tenía que mantener sus nervios bajo control, si no por ella, al menos por Sherry.
Se dio la vuelta y bajó la vista para contemplar los restos destrozados del jefe de policía. Había sido un modo terrible de morir, pero no logró sentirse triste. Irons había estado dispuesto a violarla y a torturarla, se había reído cuando ella le había suplicado por su vida, y ahora era él quien estaba muerto. No se alegraba por ello, pero tampoco iba a derramar una lágrima por lo ocurrido. Su único sentimiento al respecto era que debía tapar lo que quedaba de él antes de ir en busca de Sherry y bajar de nuevo. La chica ya había visto suficiente violencia para toda una vida.
Tú y yo, las dos, chiquilla —pensó Claire con cansancio, y comenzó a mirar a su alrededor en busca de alguna tela suficientemente grande para cubrir el cadáver del jefe Irons.
León la alcanzó en el frío pasillo de estilo industrial que llevaba a la entrada de las alcantarillas, a unos cuantos pasos del subsótano inundado. Ada había echado a correr para adelantarse a él y poder colocar las llaves que les permitirían acceder a las alcantarillas. No quería tener que explicarle cómo las había conseguido. Apenas le había dado tiempo a arrojarlas a un cuarto de calderas antes de que las botas del policía resonaran en los peldaños metálicos a su espalda.
Al menos, no tengo que fingir que tengo que recuperar el aliento…
Ada se dio cuenta por su expresión que tenía que suavizar la situación, así que comenzó a hablar en el mismo instante que él entró en el sombrío pasillo.
—Siento haber echado a correr —se disculpó mientras le sonreía con nerviosismo—. Es que odio las arañas.
León frunció el entrecejo y la miró fijamente. Al ver la mirada de sus ojos azules, Ada se dio cuenta de que tendría que hacerlo mucho mejor, que tendría que esforzarse mucho más. Dio un paso hacia él para acercarse un poco, no lo bastante como para invadir su espacio personal, pero sí lo suficiente para que él sintiera el calor de su cuerpo. Mantuvo el contacto visual e inclinó un poco la cabeza hacia atrás para resaltar la diferencia de altura entre ellos dos. Era un pequeño detalle, pero en su experiencia profesional, los hombres por lo general respondían de forma adecuada a los pequeños detalles.
—Supongo que tengo mucha prisa por salir de aquí —dijo en voz baja, y dejó de sonreír—. Espero no haberte preocupado.
Él bajó la mirada, pero no antes de que ella advirtiera un destello de interés. Estaba confundido y algo aturdido, pero, desde luego, estaba interesado en ella, por lo que se sorprendió mucho más cuándo León dio un paso atrás para alejarse.
—Bueno, pues sí, has hecho que me preocupe. No vuelvas a hacerlo, ¿entendido? Puede que no sea un gran policía, pero al menos lo estoy intentando... y sólo Dios sabe con qué nos podemos topar aquí abajo. —La miró de nuevo a los ojos, y siguió hablando en voz baja—: Vine contigo sólo porque quiero ayudarte, quiero hacer mi trabajo, y no puedo hacerlo si sigues lanzándote a la carga de ese modo. Además —dijo con una leve sonrisa—, si sales corriendo, ¿quién va a ayudarme a mí?
Esta vez le tocó a Ada mirar hacia otro lado. León estaba siendo completamente sincero con ella y admitía sin reparos el miedo que estaba sintiendo. Además, la respuesta que había dado a su insinuación no demasiado sutil había sido dar un paso atrás y decirle que quería ser un buen policía.
Está interesado en mí, pero no se va a dejar arrastrar por sus hormonas. Y, para colmo, es lo bastante hombre para admitir delante de mí que su habilidad como policía no es la mejor del mundo.
Ella se vio obligada a responder a su sonrisa, pero le costó trabajo.
—Haré todo lo que pueda—respondió.
León asintió y se dio la vuelta para registrar con la vista el pasillo, dejando a un lado la conversación, para alivio de Ada. No estaba segura de lo que pensaba de él, pero se estaba dando cuenta, y se sentía incómoda por ello, de que su respeto por él aumentaba a cada momento. Aquello no era nada bueno, si se tenían en cuenta las circunstancias que rodeaban todo el asunto.
No había mucho que ver en el húmedo y escasamente iluminado pasillo: dos puertas y un callejón sin salida. El cuarto de calderas, donde ella había tirado las llaves (aunque más bien eran clavijas como las de los aparatos de música), estaba delante de ellos, y la entrada a las alcantarillas, en una esquina posterior. Según el cartel que había en la pared, la otra puerta daba paso a un pequeño cuarto de almacenamiento.
Ada siguió a León cuando éste se dirigió hacia la puerta más cercana, la del cuarto de almacenamiento, pero se mantuvo a su espalda mientras él la abría con el cañón de su Magnum y entraba con cuidado. Unas cajas, una mesa, un camastro... Nada importante, pero al menos no se habían encontrado con más bichos amenazadores. Después de un rápido registro, él salió de nuevo al pasillo y se dirigieron hacia el cuarto de calderas.
—Bueno, ¿y cómo has aprendido a disparar de ese modo? —preguntó León cuando se detuvieron delante de la puerta. Su tono de voz era indiferente, pero ella creyó detectar algo más que una simple curiosidad—. Lo digo porque eres muy buena. ¿Estuviste en el ejército o algo así?
Buen intento, señor agente.
Ada sonrió, y se dispuso a interpretar de nuevo su ya practicada personalidad de tapadera.
—Pistolas de pintura, aunque no lo creas. Ya sabes, esas que disparan bolas rellenas de pintura. Asistí a una partida con mi tío cuando era una jovencita, y no me atrajo demasiado, pero hace unos años, un amigo de la galería de arte donde trabajo como compradora, en Nueva York, me llevó, bueno, casi me arrastró a uno de esos fines de semana de supervivencia para descansar, y fue toda una experiencia. Me lo pasé genial. Ya sabes: escalamos montañas, hicimos senderismo, de todo eso, y además, otra vez pistolas de pintura. Es divertidísimo, así que vamos una vez cada dos meses, más o menos, aunque nunca pensé que tendría que utilizarlo en la vida real.
Ella se dio cuenta de que él la creía, de que quería creerla. Probablemente era la respuesta a muchas de las preguntas que se había estado haciendo sobre ella, unas preguntas que no se había atrevido a plantear.
—Bueno, pues eres mucho mejor tiradora que algunos de mis compañeros de academia. De verdad. Entonces, ¿estás dispuesta a seguir adelante?
Ada se limitó a asentir. León abrió la puerta que daba al cuarto de calderas. Paseó la mirada por la antigua y oxidada maquinaria que había en aquel amplio espacio antes de indicarle a ella que podía entrar. Ada se esforzó por no bajar la mirada, para que fuese León quien encontrase el pequeño envoltorio que ella había tirado allí minutos antes.
Ella no había mirado a fondo el lugar cuando tiró las llaves. El cuarto, que tenía forma de H mayúscula puesta de lado, disponía de unas barandillas oxidadas y estaba dominada por dos enormes calderas viejas, una a cada lado. Unos cuantos tubos fluorescentes lanzaban pequeños chasquidos por encima de ellos, y la luz de los pocos que todavía funcionaban provocaba una serie de extrañas sombras al tropezar con las tuberías por las paredes repletas de manchas de humedad. La puerta que llevaba al sistema de alcantarillado estaba en la esquina izquierda más alejada. Divisó un portón de hierro de aspecto pesado y, a su lado, un pequeño panel.
—Eh... —León se agachó y recogió del suelo el puñado de clavijas que ella había tirado allí y que, sabía, abrirían el portón—. Parece que a alguien se le ha caído algo...
Antes de que Ada pudiera comenzar a fingir y a preguntarle qué había encontrado, oyó un ruido. Era un sonido suave, como el de algo que se arrastrara, procedente de la zona de la esquina derecha trasera, que estaba tapada por una de las calderas.
León también lo oyó. Se puso en pie con rapidez, dejando caer el puñado de clavijas al mismo tiempo que alzaba la escopeta. Ada también apuntó con su Beretta hacia el punto de donde provenía el ruido, y de repente recordó que la puerta estaba entornada cuando ella llegó procedente del subsótano.
Oh, mierda. El implante.
Sabía lo que era incluso antes de que apareciera ante su vista arrastrándose... y, aun así, se quedó pasmada. La pequeña criatura había crecido, y había crecido muy deprisa, hasta alcanzar un tamaño veinte veces superior al inicial, logrado en otros tantos minutos... y todavía seguía creciendo, al parecer, a un ritmo exponencial. En los pocos segundos que tardó la criatura en llegar hasta el centro de la estancia, pasó de tener el tamaño de un pequeño perro hasta la altura y el grosor de un niño de diez años.
La forma también había cambiado, estaba cambiando, todavía. Ya no era aquella pequeña bestezuela alienígena que se había abierto camino a mordiscos para salir del pecho de Bertolucci. Le había desaparecido la cola, y la criatura que avanzaba centímetro a centímetro sobre el oxidado suelo de metal había desarrollado unas extremidades, unos brazos que se extendían desde su gomosa carne. Vio unas garras que empezaban a sobresalir de su oscura y cambiante piel, acompañadas de un sonido chasqueante como el del cartílago al partirse. De repente, comenzaron a crecerle piernas, al principio blandas como el agua, pero a medida que tomaban forma, los músculos y los tendones adquirieron fuerza, y la criatura comenzó a caminar de un modo más ágil, casi felino.
La escopeta de León y la pistola de Ada dispararon al mismo tiempo, y una serie de fuertes estampidos se intercalaron con el sonido más agudo de los proyectiles de nueve milímetros. La criatura continuó cambiando, alargando su figura e intentando ponerse en pie mientras adoptaba una figura humanoide. Su respuesta a los estruendosos disparos que atravesaban con sonido húmedo su pellejo fue abrir la boca y vomitar un chorro de proyectiles de bilis verde y podrida...
Unos proyectiles que cayeron al suelo y comenzaron a moverse. El chorro que había surgido de sus fauces estaba vivo, y la docena de criaturas similares a cangrejos que habían estado semiocultas en el chorro parecían saber con exactitud dónde se encontraba la amenaza a su fétido y mutante progenitor. Las escurridizas y reptantes criaturas se lanzaron como un silencioso enjambre en dirección a León y Ada mientras el monstruoso implante daba un enorme paso hacia adelante, con unos tendones saltones de su cuello increíblemente largo y grueso.
León tenía una mayor potencia de fuego...
—¡Yo me ocupo de ellos! —gritó Ada mientras apuntaba y disparaba contra el más cercano de los verdes y diminutos cangrejos. Eran veloces, pero ella fue más rápida: apuntó y disparó, apuntó y disparó, apuntó y disparó, y los pequeños monstruos fueron estallando uno tras otro en fuentes de fluidos oscuros y espesos, y muriendo tan silenciosamente como se acercaban.
León disparó una y otra vez con la escopeta, pero Ada no podía mirar en su dirección para comprobar cómo le iba con la bestia madre. Quedaban cinco de las pequeñas criaturas, y sólo le quedaban tres balas...
Y en ese momento oyó que la escopeta golpeaba el suelo, y el estampido de un tono más grave pero menos potente de los proyectiles de la Magnum de León resonó a través de toda la estancia metálica mientras ella eliminaba a otras dos criaturas antes de que el percutor golpeara con un chasquido seco sin que le respondiera el sonido de un disparo.
Ada soltó la Beretta sin pararse a pensar y se tiró al suelo. Agarró la escopeta por el cañón, rodó hacia León y se quedó agachada a su lado, fuera de su línea de tiro. Blandió el arma con fuerza y dos de los seres mutantes quedaron reducidos a pulpa por la pesada culata... pero el tercero, el último, saltó hacia adelante de forma completamente inesperada... y aterrizó en su muslo, agarrándose con sus patas con puntas como garras. Ada soltó la escopeta gritando mientras el animal se deslizaba velozmente por su pierna, y su peso húmedo y tibio casi la hizo enfermar de asco.
—¡Fuera, fuera, FUERA!
Cayó hacia atrás, manoteando frenéticamente contra la criatura que ya le había logrado llegar al hombro y se dirigía hacia su cara, hacia su boca...
Y en ese preciso instante, León la agarró del otro hombro y la levantó con rudeza con una mano mientras con la otra agarraba a la criatura. Ada se tambaleó sobre él y lo cogió de la cintura para no caerse. El bicho se enganchó con fuerza al tejido de su traje de noche, pero León lo tenía agarrado con mayor fuerza. Lo arrancó de allí y, mientras lo arrojaba al otro lado de la habitación, gritó:
—¡Mi Magnum!
El arma estaba metida en el cinturón de León. Ada la sacó de un tirón y vio que la criatura aterrizaba cerca del monstruoso ser que la había lanzado contra ellos, y que yacía destrozada por los disparos de León...
Y disparó contra ella, logrando acertarle de lleno a pesar de no estar en una postura adecuada para disparar y a pesar del pánico que sentía por haber estado a punto de ser implantada con uno de aquellos seres. El pesado proyectil rebotó con un sonido metálico, levantando una lluvia de chispas y restos oxidados, y reventó a la criatura, convirtiéndola en una fea mancha en la pared. Destrozada.
Nada se movió a continuación, y los dos se limitaron a quedarse allí de pie durante unos instantes, apoyados el uno contra el otro como si fueran los supervivientes de un accidente repentino y catastrófico, lo que en cierto modo era verdad. Todo aquel tiroteo había durado menos de un minuto, y habían salido de él sanos y salvos... pero Ada no se engañaba sobre lo cerca que había estado de morir, ni sobre lo que acababan de lograr matar.
El virus-G.
Estaba completamente segura de ello. El virus-T no hubiera podido lograr crear una criatura tan complicada, no sin al menos un equipo de cirujanos. Además, ella la había visto crecer. ¿Cuan grande, cuan poderosa habría llegado a ser aquella criatura si no la hubieran encontrado cuando lo hicieron? Tal vez la bestia era alguna clase de experimento preliminar con el virus-G, pero ¿y si se trataba de un escape? ¿Qué pasaría si existían más criaturas como aquélla?
Las alcantarillas, la fábrica, los niveles subterráneos... Lugares oscuros y resguardados, lugares secretos, donde puede estar creciendo cualquier cosa...
Fuese cual fuese la situación, el camino hacia el laboratorio ya no le parecía un paseo y, de repente, Ada se alegró de que León hubiese decidido acompañarla. Ya que insistía tanto en ir el primero, si algo los atacaba, ella tendría muchas más probabilidades de sobrevivir...
—¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?
León, que todavía la tenía agarrada de un brazo, la miraba con unos ojos llenos de preocupación sincera. Ada se dio cuenta de que podía olerlo muy bien. Desprendía olor a jabón, a limpio, y lo empujó para alejarlo. Extendió la mano con la que empuñaba la Magnum para devolverle su arma y luego se estiró el vestido. Se dedicó a observarlo con cuidado como si buscara alguna rotura, para no tener que mirarlo.
—Gracias, pero no tienes por qué preocuparte. Estoy bien.
Le salió en un tono más desagradable del que ella pretendía, pero se sentía confundida y nerviosa, y no sólo por el feroz ataque seguido del intento de implante. Lo miró, y no estuvo segura de cómo sentirse al ver que su respuesta había pillado a León con la guardia bajada. Parpadeó con lentitud, y en su mirada se posó algo parecido a cierta frialdad, lo que indicaba una fuerza de carácter de la que Ada no lo había creído capaz.
—Dijiste pistolas de pintura, ¿verdad? —contestó él con tono neutro. Sin decir una sola palabra más, se dio la vuelta para recoger del suelo el envoltorio que ella había tirado allí minutos antes.
Ada se quedó mirándolo, diciéndose a sí misma que era ridículo preocuparse por lo que pensase de ella. Estaban a punto de embarcarse en un viaje durante el cual quizá tendría que abandonarlo o ver cómo sacrificaba su vida para que ella pudiera salvar la suya propia...
O quizá tenga que matarlo yo misma. No olvidemos eso, amigos y amigas, así que, ¿a quién coño le importa si él piensa que soy una perra desagradecida?
Enderezó el cuerpo. Debería estarle agradecida por recordárselo.
Ada se agachó para recoger la escopeta, sintiendo que debía tener más claras cuáles eran sus prioridades... y un vacío en el interior de su alma al que no había prestado atención desde hacía mucho, mucho tiempo.

Capítulo 20
El señor Irons había sido un hombre muy malo. Un hombre enfermo. Sherry supuso que lo había sabido en cierto modo todo el tiempo, pero el hecho de ver su cámara secreta de tortura, como el taller de algún científico loco, lo confirmó. El lugar era asqueroso, repleto de huesos, de botellas y con un olor incluso peor que el de los zombis. Quizá por todos esos motivos, ver aquel bulto en el suelo, la silueta de un cuerpo incompleto bajo una tela empapada de sangre, no la inquietó ni la mitad de lo que Claire se esperaba. Sherry se quedó mirando el bulto, preguntándose qué había sucedido exactamente.
—Vamos, cariño. Tenemos que continuar —instó Claire.
El tono de alegría forzada en su voz le indicó a Sherry que el cuerpo del señor Irons había sufrido grandes destrozos. Lo único que Claire le había contado era que el señor Irons la había atacado y que luego algo había atacado al señor Irons, y que existía la posibilidad de llegar a un lugar seguro si bajaban por aquel sitio. Sherry se había sentido tan aliviada al ver a Claire sana y salva que ni se había molestado en hacerle preguntas.
No es un bulto lo bastante grande para que quepa una persona entera ahí debajo... ¿Se lo habrán comido en parte? ¿O lo habrán descuartizado?
—¿Sherry? Vamonos, ¿de acuerdo?
Claire apoyó una mano en su hombro y tiró con suavidad de ella para alejarla de lo que quedaba del jefe de policía. Sherry dejó que la llevara hacia un agujero negro que se abría en una de las esquinas y decidió que dejaría las preguntas que tenía en la cabeza para más adelante. Pensó en decirle a Claire que no le importaba que Irons estuviera muerto, pero no quería parecer maleducada o irrespetuosa. Además, Claire sólo quería protegerla, y a Sherry no le importaba en absoluto que lo hiciera.
Claire bajó por la escalera en primer lugar, y después de un instante, la llamó para decirle que el lugar era seguro y que podía bajar. Sherry apoyó los pies con cuidado en los oxidados peldaños de metal, sintiéndose realmente feliz por primera vez desde hacía muchos días. Al menos, estaban haciendo algo. Estaban saliendo de la comisaría y dirigiéndose hacia una ruta de escape. Pasara lo que pasase, se sentía muy bien.
Claire la ayudó a bajar los dos últimos peldaños levantándola y dejándola luego en el suelo. Sherry se dio la vuelta, miró alrededor y abrió los ojos de par en par.
—Vaya —fue lo único que dijo, y la palabra se alejó en un susurro a través de las sombras, de donde regresó como un eco después de rebotar en la superficie de las extrañas paredes.
—Sí —dijo Claire—. Vamos.
Claire comenzó a caminar, y sus botas provocaron ecos metálicos mientras Sherry la seguía de cerca, sin dejar de mirar alrededor con asombro. Era idéntico al escondite de uno de los tipos malos que aparecían en alguna de las películas de espías que había visto, una especie de pasillo industrial en el interior de una montaña o algo así. Estaban en una pasarela metálica rodeada de barandillas, y una sucia luz verde se filtraba a través de la rejilla del suelo procedente de algún lugar que no podían ver. Aunque la pared de la derecha era de ladrillo, la de la izquierda era de roca natural, como la de una cueva. Divisó unas enormes columnas de piedra que se alejaban hacia la oscuridad hasta desaparecer, manchadas también por la misma luz verdosa y fantasmal.
Sherry frunció la nariz por el mal olor. Por muy interesante que fuera el sitio, apestaba a podrido. Tampoco le gustaba el modo en que los ruidos recorrían aquel espacio frío, haciendo que todo pareciera hueco.
—¿Tú qué crees que es este lugar? —preguntó en voz baja.
Claire meneó la cabeza.
—No estoy segura. Por el olor y su localización, yo diría que estamos en la planta de tratamiento de aguas residuales.
Sherry asintió, contenta de saberlo. Y se sintió aún más contenta cuando vio la salida un poco más adelante, justo delante de ellas. El pasillo no era muy largo: giraba a la izquierda hasta llegar a otra escalera al final, una que subía. Cuando llegaron a ella, Claire se detuvo, con aspecto dubitativo. Miró hacia arriba, hacia la abertura, y luego hacia la cueva oscura y vacía.
—Yo debería subir en primer lugar... ¿Qué te parece si subes detrás de mí, pero te quedas en la escalera mientras yo compruebo que no hay peligro?
Sherry asintió, aliviada. Había temido por un segundo que Claire le dijera que se quedara allí abajo y que la esperara, como había hecho antes.
Ni hablar. Este sitio es oscuro, apesta y me da miedo. Si hubiera un monstruo, seguro que estaría por aquí...
Claire subió con facilidad por los peldaños, y Sherry la siguió hasta que salió por el agujero. Luego se quedó agarrada con fuerza a los fríos barrotes de metal. Sólo tuvo que esperar unos cuantos segundos antes de que los brazos de Claire aparecieran para ayudarla a salir.
Estaban de nuevo en terreno firme, en un corto sendero de cemento que parecía luminoso y limpio comparado con la pasarela de la cueva. Sherry supuso que todavía estaban en la planta de residuos, aunque el olor no era tan desagradable, pero a la izquierda del sendero vieron un río inmóvil de aguas residuales, de unos treinta centímetros de profundidad y de un metro y medio o poco más de ancho. El agua fangosa podía correr en cualquiera de los dos sentidos, hacia un túnel bajo y redondo o hacia una gran puerta de metal, cerrada en ese momento. Por encima de ellos vieron una gran galería, pero Sherry no vio ninguna escalera.
Lo que significa que... Puaj, qué asco.
—¿Tenemos que hacerlo? —preguntó a Claire. Claire lanzó un profundo suspiro.
—Me temo que sí. Pero míralo por el lado bueno: ningún monstruo en sus cabales nos seguiría a través de esta porquería.
Sherry sonrió. No había sido un comentario demasiado divertido, pero apreciaba lo que Claire estaba intentando hacer. Era lo mismo que le había impulsado a tapar el cuerpo de Irons o a decirle que sus padres probablemente estarían a salvo en algún lugar.
Está intentando protegerme de lo realmente mal que está la situación.
A Sherry le gustaba aquello, tanto que ya estaba temiendo el momento en que Claire tuviera que marcharse de forma definitiva. Al final, terminaría haciéndolo: tenía una vida en alguna otra ciudad, con sus propios amigos y familiares, y en cuanto salieran de Raccoon City, volvería a su lugar de origen y Sherry se quedaría sola de nuevo. Incluso si sus padres estaban sanos y salvos, estaría sola otra vez... y aunque ella deseaba muchísimo que estuvieran bien, no deseaba tener que separarse de Claire.
Sólo tenía doce años, pero ya sabía desde hacía un par de ellos que su familia era diferente a la mayoría de las demás. Los demás compañeros de la escuela tenían padres que pasaban tiempo con ellos, daban fiestas de cumpleaños y salían de viaje, además de que tenían hermanos y hermanas, e incluso mascotas. Ella nunca había tenido nada que se pareciera a todo aquello. Sabía que su padre y su madre la querían, que la amaban, pero a veces sentía que, sin importar lo buena, lo tranquila o lo autosuficiente que fuese, ella les estorbaba.
—¿Estás preparada?
La voz suave y tranquila de Claire la hizo regresar de nuevo a la situación y le recordó que tenía que estar más alerta. Sherry se limitó a asentir y Claire se metió en el agua oscura y sucia, para luego darse la vuelta y ayudarla a bajar.
El agua estaba fría y grasienta, y le llegaba hasta las rodillas. Era algo asqueroso, pero no completamente repugnante. Claire le indicó con una seña de su pistola la puerta de metal situada a la izquierda, con aspecto de estar tan asqueada como ella.
—Parece que vamos a tener que...
Un fuerte ruido en la galería la interrumpió, y ambas levantaron la vista. Sherry se acercó instintivamente a Claire cuando el ruido se produjo de nuevo. Parecían pasos, pero eran demasiado lentos, hacían demasiado ruido para que fuera algo normal... y Sherry vio a un hombre con un largo abrigo. Sintió que se le secaba la boca por el miedo. Era una persona gigantesca, de más de dos metros de altura, y su cráneo desnudo brillaba con el mismo color blanquecino y enfermizo que la tripa de un pescado muerto. No podía verlo con claridad debido al ángulo en que se encontraba, pero lo que vio fue más que suficiente. Pudo sentir que era algo malo, que había algo muy malo y extraño en él. Aquella sensación irradiaba de él como si fuese una enfermedad.
—¿Claire? —dijo con voz aguda y temblorosa que se convirtió en un gemido cuando aquel ser comenzó a andar de nuevo y a girarse hacia ellas, de forma lenta, muy lenta. Sherry no quería ver su cara, no quería verle la cara a un hombre que era capaz de atemorizarla tanto con el simple hecho de caminar...
—¡Corre!
Claire la agarró por una mano y las dos comenzaron a correr, chapoteando a través del agua espesa en dirección a la puerta. Sherry se concentró en no caerse y al mismo tiempo en rezar para que la puerta se abriera...
Que no esté cerrada, por favor, ¡que no esté cerrada!
También se concentró en no mirar hacia atrás. No quería ver lo que el gigante, el hombre malvado, estaba haciendo. La puerta estaba cerca, pero le pareció que tardaban una eternidad, y que cada segundo se alargaba mientras luchaban contra la resistencia que ofrecía el agua fría y aceitosa.
Trastabillaron hasta llegar a la compuerta y Claire encontró el botón en mitad de un ataque de pánico que hizo que Sherry tuviera aún más miedo. La puerta se abrió por la mitad, y una parte se deslizó hacia arriba mientras la otra se hundía bajo las olas que ellas habían creado.
Sherry no miró atrás, pero Claire sí lo hizo. Fuera lo que fuera lo que vio, la hizo saltar al otro lado de la puerta tirando de Sherry tras de sí hacia el largo y oscuro túnel que se abría más allá de la puerta. Claire comenzó a buscar el botón y lo apretó manoteando en cuanto pasaron el umbral. La puerta se cerró, dejándolas en la oscuridad goteante.
—No te muevas y quédate en silencio —susurró Claire.
Gracias a una difusa claridad procedente de algún lugar por encima de ellas, Sherry pudo ver que Claire mantenía la pistola que empuñaba por delante de ella, apuntando hacia la densa oscuridad del resto del túnel por si aparecía alguna nueva amenaza. Sherry le obedeció, con el corazón palpitante mientras se preguntaba quién, qué era aquel hombre. Era obvio que se trataba del hombre sobre el que Claire le había preguntado antes, pero aun así, ¿qué era? La gente no crecía tanto, y Claire también se había sentido aterrada...
Clinc.
Un ruido metálico y apagado en la pared que estaba a su espalda... y Sherry sintió de repente que al agua comenzaba a correr alrededor de sus pies, una súbita corriente que empezó a tirar de sus tobillos, que le hizo perder el equilibrio... y la hizo tropezar y caer de cara en la fría y asquerosa agua cuando la corriente se hizo aún más fuerte, y tiró de ella hacia atrás. Sherry extendió la mano en un intento por agarrarse a algo, a cualquier cosa, mientras sentía cómo el resbaladizo suelo de piedra corría bajo sus dedos y las rugientes aguas la alejaban y la separaban de Claire.
No puedo respirar...
Sherry pataleó con frenesí, retorciendo su cuerpo, con los ojos picándole por la sucia agua... y logró inspirar una bocanada de aire cuando su cabeza salió por fin a la superficie. En ese momento, se dio cuenta de que estaba en un túnel, un conducto negro como la noche que apenas medía un poco más que los conductos de ventilación de la comisaría. El veloz flujo de agua la arrastraba y Sherry logró seguir respirando el asqueroso aire a bocanadas cada vez que podía a pesar de la velocidad. Se obligó a sí misma a no luchar contra el tremendo poder del líquido turbulento y siseante. El túnel tenía que acabar en algún lugar y, fuese donde fuese, ella tenía que estar preparada para comenzar a correr si era necesario.
Por favor, Claire, por favor. No me abandones...
Estaba perdida, ciega y sorda y se deslizaba a través de la oscuridad cada vez más y más lejos de la única persona que podía protegerla de las criaturas de pesadilla que se habían apoderado de Raccoon City.
Annette ya no tenía dudas sobre si su marido había salido o no de los niveles del laboratorio. Lo había hecho. No sólo la mitad de las entradas al lugar estaban abiertas, sino que, además, las vallas que rodeaban la fábrica habían sido destrozadas. Para colmo, los túneles de alcantarillado, esos túneles que deberían haber estado prácticamente vacíos, en realidad estaban repletos de humanos infectados que sin duda debían proceder del exterior. A pesar de lo avanzado de su deterioro celular, había tenido que abatir a disparos a cinco de ellos para abrirse paso desde el tranvía eléctrico hasta el centro de operaciones del sistema de alcantarillado.
Después de lo que le pareció una eternidad de vadear a través de las aguas oscuras a medio depurar del laberíntico sistema, llegó hasta la plataforma que buscaba. Subió hasta el túnel de cemento mirando con temor la puerta cerrada que estaba a unos cuantos metros de ella. Cerrada y sin daños aparentes: era una buena señal, pero ¿y si había pasado por allí antes de perder todo rastro de inteligencia humana, antes de que se hubiera convertido en un animal violento y sin capacidad de razonar? Es posible que incluso en aquel momento retuviera algo parecido a la memoria. La verdad es que no tenía ni idea de si aquello era posible. Ninguno de los dos había probado el virus-G en los humanos todavía...
¿Y si ha pasado por aquí? ¿Y si ha logrado llegar a la comisaría?
No podía, no consideraría siquiera esa posibilidad. Si tenía en cuenta todo lo que sabía sobre los progresivos cambios quimiofisiológicos, lo que él sería capaz de hacer si el virus actuaba como se suponía que debía actuar, la idea de que llegara a ponerse en contacto con la población no infectada... bueno, era impensable.
La comisaría está a salvo —pensó con firmeza—. Irons será un estúpido incompetente, pero los policías bajo su mando no lo son. Dondequiera que esté William, no puede haber pasado sus barreras.
No podía permitirse el lujo de pensar otra cosa: Sherry estaba allí, si había hecho lo que se suponía que debía hacer y le había obedecido. Además de ser carne de su carne y sangre de su sangre (lo que ya era razón más que suficiente para preocuparse por ella, se recordó a sí misma), Sherry tenía un papel muy importante en sus planes de futuro.
Annette se apoyó contra una fría y húmeda pared. Sabía que se le acababa el tiempo, pero fue incapaz de seguir dando ni un paso más sin descansar por un momento. Había confiado tanto en su instinto territorial inscrito en los genes para mantenerlo cerca del laboratorio, había estado tan segura de que lo encontraría, de que su aroma a persona viva lo atraería... pero estaba casi al final de la zona de contención, y todo lo que había encontrado era una docena de sitios por donde podía haber escapado.
Y los de Umbrella llegarán de nuevo dentro de poco tiempo. Tengo que regresar y activar el sistema de auto destrucción antes de que puedan detenerme.
William merecía descansar en paz... pero, además, el hecho de destruir a la criatura que antaño había sido su marido erradicaría cualquiera de sus dudas sobre el éxito de su objetivo. ¿Qué ocurriría si hacía volar por los aires el laboratorio y después descubría que Umbrella lo había capturado? Todos sus esfuerzos, todo su trabajo, todo para nada...
Annette cerró los ojos, deseando que existiera un modo más fácil de tomar la decisión que debía tomar. La verdad era que la muerte de William no era un hecho tan crucial como librarse por completo del laboratorio, y además existían muchas posibilidades de que no lo encontraran, de que ni siquiera fueran capaces de darse cuenta de su transformación...
Y tampoco es que tenga muchas más opciones. No está aquí y no tengo ni idea de dónde está.
Se alejó de la pared con un ligero empujón de las caderas y comenzó a caminar lentamente hacia la puerta. Comprobaría los últimos túneles que quedaban, echaría una ojeada a la sala de conferencias para saber si había sufrido muchos daños y después regresaría. Regresaría y acabaría con lo que Umbrella había comenzado.
Annette empujó la puerta para abrirla...
Oyó el sonido de pasos que resonaban en el pasillo, procedentes de algún punto situado un poco más adelante. El pasillo tenía forma de «T», y los sonidos eran confusos, mezclándose entre sí, por lo que era imposible saber exactamente de dónde procedían. Sin embargo, de lo que estaba segura era de que se trataba de los pasos seguros y decididos de un humano que no había sido infectado. Quizás eran más de uno, lo que sólo podía significar una cosa.
Umbrella. Por fin han vuelto.
Una rabia feroz recorrió todo su cuerpo e hizo que sus manos comenzaran a temblar mientras sus labios se tensaban, dejando al descubierto sus dientes apretados. Tenían que ser ellos, tenía que tratarse de uno de sus espías asesinos. Aparte de Irons y de unos cuantos funcionarios del ayuntamiento, sólo la gente de Umbrella sabía que aquellos túneles todavía estaban en uso... y que llevaban a los laboratorios subterráneos. La posibilidad de que se tratara de algún inocente superviviente de la catástrofe ni siquiera se le pasó por la cabeza, como tampoco se le ocurrió la idea de huir. Levantó su pistola y esperó a que el cabrón asesino e inmisericorde apareciera.
Una silueta apareció ante la vista, una mujer vestida de rojo, y Annette disparó...
Bam.
Pero estaba temblando, aullando en su interior, y el disparo salió desviado por arriba. Rebotó en la pared de cemento con un zumbido agudo. La mujer también llevaba un arma, una pistola que alzó y con la que empezó a apuntar...
Y Annette disparó de nuevo, pero de repente apareció otra figura, una silueta borrosa que cruzó el aire y se puso delante de la mujer, derribándola con la fuerza del impulso de su salto, todo a la vez...
Annette oyó un grito de dolor, un grito de hombre, y sintió una oleada de rugiente triunfo.
Le di. Le he dado a él.
Pero tal vez había más, y no le había acertado a la mujer... y ellos eran asesinos entrenados.
Annette se dio la vuelta y echó a correr. Su sucia bata de laboratorio ondeó y sus zapatos húmedos repiquetearon contra el suelo. Tenía que regresar a toda prisa al laboratorio.
Se le había acabado el tiempo.

Capítulo 21
León se detuvo un momento para ajustarse el correaje del hombro, así que Ada siguió caminando hasta adelantarlo, reflexionando sobre lo sorprendentemente despejados que habían estado los primeros túneles. Si no le fallaba la memoria, el pasillo por el que caminaban llevaba directamente a la sala de operaciones del tratamiento de aguas residuales. Pasada la sala se encontraba el tranvía eléctrico que llevaba a la fábrica y después el ascensor que subía a la superficie. Sin duda, la situación se tornaría más peligrosa a medida que se acercaran a los laboratorios, pero el avance había estado libre de problemas hasta aquel momento, así que se sentía optimista.
León se había quedado incómodamente tranquilo después de que se habían abierto paso hasta las alcantarillas, y sólo había hablado cuando había sido estrictamente necesario: ten cuidado donde pisas, espera un momento, hacia dónde crees que deberíamos ir... Ada no creía que ni siquiera se hubiera dado cuenta de las barreras defensivas que había levantado, pero ella ya era capaz de darse cuenta de lo que pensaba. El agente Kennedy era un tipo valiente, poseía más cerebro que la media, era un tirador excelente... pero no sabía una mierda acerca de las mujeres. Cuando ella le había reventado el intento de tranquilizarla, se había quedado confundido y dolido, y ahora él no sabía cómo comportarse con normalidad con ella, así que había preferido retirarse antes que arriesgarse a que le rechazara otra vez.
Es lo mejor, de verdad. No tiene sentido que lo maneje cuando no es necesario, y me ahorra el esfuerzo de alabar su ego...
Llegó a una intersección del vacío pasillo pensando cuál sería el mejor lugar para separarse de su escolta... cuando vio a la mujer, justo en el momento que ésta le disparaba.
¡Bam!
Ada sintió unos cuantos trozos de cemento caer sobre sus hombros desnudos mientras alzaba su Beretta, y toda una serie fugaz de emociones pasaron por su mente en el instante que tardó en reaccionar. Comprendió que no le daría tiempo a responder al fuego de la mujer y que el siguiente disparo la mataría, y sintió una emoción mezcla de rabia y frustración contra sí misma por ser tan estúpida... y, por último, reconoció a la mujer.
Birkin...
Oyó el estampido del segundo disparo, y algo la golpeó... apartándola a un lado y haciéndola caer al frío suelo mientras León gritaba por el dolor y la sorpresa. Su gran cuerpo tibio cayó sobre ella.
Ada inspiró profundamente mientras comprendía lo que había ocurrido, al mismo tiempo que León rodaba para echarse a un lado y quitarse de encima de ella. Se incorporó hasta sentarse y vio que se agarraba el brazo. Oyó unos pasos apresurados a la vez que la respiración dolorida y entrecortada de León.
Oh, Dios mío. Me cago en la leche...
León había recibido un balazo para salvarla.
Ada se incorporó a trompicones y se inclinó sobre él.
—¡León!
Él levantó la vista hacia ella, con la mandíbula apretada por el dolor. La sangre manaba a través de los dedos de la mano que tenía apretada sobre la herida, en el hombro izquierdo.
—Estoy... bien —logró decir con un jadeo.
Aunque su cara estaba pálida por completo y tenía los ojos enturbiados por el dolor, pensó que él tenía razón. Sin duda, le dolía muchísimo, pero no lo mataría, no debería morir por una herida así.
Me habría matado a mí. León me ha salvado la vida.
Y justo después de aquella idea...
Annette Birkin. Todavía sigue viva.
—Esa mujer... —dijo Ada con un barboteo, con el cuerpo azotado por un sentimiento de culpabilidad mientras se daba la vuelta—. Tengo que hablar con ella.
Ada salió corriendo, dobló la esquina y recorrió a toda velocidad el pasillo, viendo que la puerta seguía abierta. León sobreviviría, estaría bien, y si lograba atrapar a Annette Birkin, toda aquella maldita pesadilla se acabaría. Había memorizado todas las fotografías de los informes: era la esposa de William Birkin y, si no llevaba encima una muestra del virus-G, Ada estaba tan segura como que algún día habría de morir que sabía dónde podría encontrar una.
Atravesó a la carrera la puerta y se detuvo justo antes de caer en otro túnel lleno de agua. Se detuvo el tiempo suficiente como para oír con detenimiento y observar la superficie del agua. No se oían sonidos de chapoteo y todavía quedaban unas cuantas olas lamiendo el borde izquierdo... donde había una escalera atornillada a la pared, que llevaba hasta un hueco de ventilador...
Que lleva a la sala de control.
Ada se lanzó al agua y llegó hasta la escalerilla. Vio un pasillo a mitad del túnel, pero llevaba a un callejón sin salida. Sin duda, Annette había preferido escapar.
Trepó con rapidez por los escalones de metal, negándose a pensar en León (¡porque está bien!), mientras asomaba la cabeza al llegar al hueco del ventilador y comprobaba que el lugar estaba despejado. Doña Doctora todavía estaría corriendo, pero Ada no estaba dispuesta a encontrase de bruces con otra bala.
Entró en el conducto, lo atravesó, echó un rápido vistazo más allá de las inmóviles y enormes palas del ventilador que había en el otro extremo y lo atravesó para bajar por otra escalerilla. La gigantesca estancia de dos pisos que albergaba la maquinaria para el tratamiento de las aguas residuales estaba completamente vacía, con un aspecto tan frío y tan industrial como ella se había esperado. En mitad del lugar se alzaba un puente hidráulico que abarcaba a los dos extremos del lugar y que estaba elevado hasta el nivel donde ella se encontraba, lo que significaba que Annette debía de haber salido por medio de la escalera occidental, la única otra vía de salida. Ada comenzó a pasar las páginas de los mapas que tenía en la mente mientras comenzaba a cruzar el puente. Recordó que bajaba hasta uno de los vertederos del centro de reciclaje...
—¡Suéltala, zorra!
Un grito a su espalda. Ada se detuvo, mientras sentía un pinchazo de dolor en su interior: el pinchazo de una bofetada a su ego. Era la segunda vez que la cagaba, y además en otros tantos minutos, pero no estaba dispuesta a obedecer a la histérica orden de Annette. La puntería de su oponente era una mierda, y Ada tensó el cuerpo, preparada para dejarse caer, darse la vuelta y disparar...
¡Bam! ¡Piiinnnng!
El disparo impactó en el suelo al lado del pie derecho de Ada y rebotó contra el metal oxidado del puente. Annette la tenía bien pillada.
Ada dejó caer la Beretta y levantó ambas manos con lentitud mientras se giraba para mirar cara a cara a la científica.
Jesús, merezco morir por esto...
Annette Birkin comenzó a caminar hacia ella, con una Browning de nueve milímetros empuñada por su mano vacilante. Ada frunció la cara con un mohín de susto al ver la temblorosa pistola, pero también vio que tenía una posible oportunidad al darse cuenta de que Annette se acercaba aún más a ella y que por fin se detenía a menos de tres metros de ella.
Demasiado cerca. Está demasiado cerca y además al borde de un colapso nervioso, ¿verdad?
—¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?
Ada tragó saliva con dificultad y fingió un ligero tartamudeo al hablar.
—Ada, Ada Wong. Por favor, no me dispare, por favor. No he hecho nada malo...
Annette frunció el entrecejo y dio un paso atrás.
—Ada... Wong. Yo conozco ese nombre. Ada... es el nombre de la novia de John...
Ada abrió la boca de par en par.
—¡Si, John Howe! Un momento... ¿De qué lo conoce? ¿Sabe dónde está?
La despeinada científica la miró fijamente.
—Sé quién eres y quién era él porque trabajaba para mi marido, William. A él le conocerás, por supuesto. Es William Birkin, el creador del virus-T.
Annette pareció pavonearse con una mezcla de orgullo y desesperación mientras hablaba, lo que dio una esperanza a Ada: era una debilidad que podría utilizar. Ada había leído los informes sobre William Birkin: su continua y veloz escalada a lo largo de la jerarquía de Umbrella, sus descubrimientos sobre virología y en las secuencias genéticas... y su ambición científica, que lo había convertido en un auténtico psicópata. Parecía que su mujer estaba en la misma onda, lo que significaba que Annette Birkin no tendría problema alguno en apretar el gatillo para matarla.
Hazte la tonta y no le des ningún motivo para que dude de ti.
—¿Virus-T? ¿Qué es...? —Ada parpadeó, y luego abrió mucho los ojos—. ¿William Birkin? ¿Se refiere al famoso doctor Birkin, el bioquímico?
Ella vio un fugaz sentimiento de orgullo recorrer el rostro de Annette, pero desapareció inmediatamente, y sólo quedó un sentimiento de desesperación. Desesperación y un atisbo de locura amargada en el fondo de sus ojos enrojecidos.
—John Howe está muerto —dijo con frialdad—. Murió hace tres meses en la mansión Spencer. Mi más sentido pésame, pero, de todas maneras, estás a punto de reunirte con él, ¿verdad? ¡No vas a llevarte el virus-G, no vas a quitármelo, no vas a quedártelo!
Ada comenzó a hacer temblar todo su cuerpo.
—¿Virus-G? ¡Por favor, no sé de qué me está hablando!
—Lo sabes —respondió Annette con un gruñido—. Umbrella te ha enviado para que lo robes. ¡No lograrás engañarme! William ha muerto para mí, Umbrella me lo arrebató. ¡Ellos lo obligaron a utilizarlo! Ellos lo obligaron...
Su voz se convirtió en un susurro y su mirada quedó perdida de repente. Ada tensó su cuerpo... pero Annette regresó inmediatamente. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero la pistola seguía apuntando directamente a la cara de Ada.
—Vinieron hace una semana —susurró—. Vinieron para llevárselo, y le pegaron un tiro a William cuando se negó a entregarles las muestras. Se apoderaron de su maleta, se llevaron todas las pruebas finales de las dos series... excepto la que él había logrado guardar: el virus-G...
De repente, la voz susurrante de Annette se convirtió en un grito, pero en un grito patético y a la vez suplicante en cierto modo.
—¡Se estaba muriendo! ¿No lo entiende? ¡No tenía otra elección!
Ada lo entendió. Lo entendió todo por completo.
—Se lo inyectó a sí mismo, ¿verdad?
La científica asintió, y su pelo rubio y lacio cayó sobre sus ojos.
—Revitaliza las funciones celulares. —Su voz se convirtió en un susurro—. Lo... lo transformó. No vi... lo que le hizo, pero sí vi los cuerpos de los hombres que enviaron para matarlo... y oí sus gritos.
Ada dio un paso adelante para acercarse, levantando la mano como si fuera a consolarla, con todo su rostro transformado en una máscara de comprensión... pero Annette la amenazó con su arma. A pesar incluso de todo el dolor que sentía, no iba a permitir que Ada se le acercase más. Pero casi estoy lo bastante cerca...
—Lo siento tanto —dijo Ada bajando sus brazos—. Así que ese tal virus-G se escapó y ha infectado y transformado a todo Raccoon City...
Annette sacudió la cabeza con un gesto negativo.
—No. Cuando los asesinos de Umbrella... fueron detenidos, el maletín con las muestras se abrió y se rompieron. El virus-T se escapó. Los trabajadores del laboratorio que fueron afectados por el virus transportado por el aire fueron retenidos, pero nadie pensó en las ratas. Las ratas del alcantarillado... —Dejó de hablar un momento, con los labios temblorosos—. A menos que William, mi querido William, haya comenzado a reproducirse implantando embriones, replicándose... No debería haber llegado todavía el momento, pero yo...
Se calló de nuevo y entrecerró los ojos. La locura la invadió otra vez, de un modo tan visible como si una ola la hubiera empapado de arriba abajo. En sus pálidas mejillas aparecieron unas fuertes manchas de rubor y sus ojos comenzaron a brillar por la paranoia. Prepárate...
—No lo tendrás —gritó Annette lanzando un pequeño chorro de saliva que salió de entre sus agrietados labios—. Dio su vida para impedir que lo consiguieseis. Eres una espía de ellos y no lo tendrás...
Ada se agachó y, acto seguido, lanzó todo su cuerpo hacia ella, con los brazos por delante para ponerlos por debajo de los de Annette y así alejar el cañón de la pistola. El arma se disparó y envió un proyectil hacia arriba, donde rebotó contra el techo metálico mientras las dos luchaban para apoderarse por completo de la Browning. Annette era más débil físicamente, pero tenía la desesperación que le proporcionaban el odio y la pérdida que sentía, además de la locura, que le proporcionaba una fuerza bruta tremenda. Pero no piensa...
Ada soltó de repente el arma y Annette trastabilló, desequilibrada y sorprendida por la ausencia de fuerza en aquel lado. Cayó con fuerza sobre la barandilla del puente, y Ada se lanzó contra ella, dándole un codazo en el estómago, justo por debajo de su centro de gravedad...
Y Annette se dio media vuelta en una extraña contorsión, con la boca abierta por la sorpresa y agitando los brazos para recuperar el equilibrio... y finalmente cayó por encima de la barandilla, en silencio y sin soltar ni un solo grito o sonido hasta que su cuerpo impactó contra el suelo, a unos quince metros de distancia, con un golpe sordo.
—Mierda —dijo Ada con un susurro.
Dio un paso y se asomó por la barandilla. Allí estaba, boca abajo e inmóvil, con la pistola todavía empuñada en una pequeña mano blanca.
Esto es estupendo. Me meto de lleno en una emboscada, no una sino dos veces, por todos los demonios, y luego voy y mato a la loca que es la única que sabe dónde pueden estar las muestras...
Un ligero gemido surgió del cuerpo de Annette Birkin... y un instante después, empezó a moverse, arqueando la espalda en un intento por darse la vuelta.
Mierda. Mierda. Mierda.
Ada se dio la vuelta y comenzó a correr por el puente, recogiendo del suelo su Beretta sin detenerse, mientras se apresuraba a acercarse a lo que parecía ser un panel de control situado al lado de la escalera que llevaba al conducto del ventilador. Tenía que bajar el puente, tenía que llegar hasta la doctora Birkin antes de que se alejara arrastrando...
Pero el panel era para poner en marcha el ventilador. Oyó otro gemido, un gemido que sonó un poco más fuerte que el anterior y que resonó por toda la estancia. Ada sabía que no le quedaba mucho tiempo.
El vertedero. Puedo pasar a través del vertedero y regresar por uno de los túneles secundarios...
Comenzó a correr de nuevo, incluso mientras todavía lo estaba pensando, en dirección a la escalerilla occidental, con la esperanza de que la penosa científica estuviese suficientemente herida para no poder moverse en un minuto o dos. Vio una pequeña balaustrada al final del puente y que daba al vertedero, y la escalerilla de metal que colgaba de una abertura en el extremo derecha. Ada bajó todo lo deprisa que pudo, dejándose caer los últimos metros y aterrizando sobre la superficie de metal.
El área del vertedero era una gran zona cuadrada con sus paredes repletas de desechos industriales amontonados contra ellas: cajas rotas, tuberías oxidadas, paneles repletos de cables y cartones que se pudrían poco a poco. Se bajó de la plataforma de cemento y se metió en el casi un metro de profundidad de limo negro y espeso que le llegaba hasta los muslos. No le importó: lo único que quería era llegar hasta la doctora Birkin y acabar de una vez con su estancia en Raccoon City...
Pero algo se movió. Bajo el líquido opaco y apestoso algo realmente grande se movió. Parecía una espina dorsal de reptil repleta de espinas deslizarse a través de la asquerosa sustancia, y Ada vio y oyó caer al agua un montón de cajas al mismo tiempo, a pesar de que estaban a más de tres metros del lugar.
No puede ser.
Fuese lo que fuese, era lo bastante grande como para que cambiase de idea y se replantease la prisa que tenía por llegar hasta donde se encontraba Annette Birkin. Ada retrocedió hasta la plataforma y se subió de un salto, sin dejar de mirar por un instante la silueta sin forma que avanzaba sumergida por el fétido y espeso estanque... y que emergió en un tremendo y repentino geiser oscuro, directo hacia ella. Ada levantó la Beretta y comenzó a disparar.
Vio una pequeña plataforma elevadora, como un montacargas, en una esquina de la vacía sala de conferencias, un simple cuadrado de metal que en este caso parecía bajar. Claire se apresuró a acercarse a ella, y el líquido fétido que empapaba sus ropas salpicó el suelo. Se sentía perdida, pero ansiosa de seguir en movimiento para encontrar a Sherry.
Por favor, sigue viva, cariño, sigue viva...
Había encontrado el agujero de drenaje, pero no a Sherry. Gritó durante un rato e intentó meterse en el pequeño hueco, pero tuvo que abandonar sus esfuerzos. Sherry había desaparecido; quizás estaba ahogada, quizá no... pero a menos que la corriente de agua cambiara de repente de dirección, no volvería.
Claire encontró el panel de mando del ascensor unipersonal y apretó un botón. Un motor oculto empezó a zumbar y la plataforma comenzó a bajar a través del suelo. Probablemente la llevaría a otro lugar vacío, a alguna otra estancia desconocida y desolada o, aun peor, directamente al camino de otra de aquellas criaturas antinaturales.
Cerró sus manos empapadas por la frustración que sentía mientras el ascensor bajaba con lentitud. Deseó que bajara con mayor rapidez, que hubiera alguna manera de acelerar su búsqueda. Tenía la sensación de que estaba corriendo a ciegas y que tomaba el primer camino que se le ponía por delante. Había salido del túnel donde había perdido a Sherry y había encontrado un pasillo apenas iluminado que llevaba directamente a la espartana sala de conferencias, con un aspecto casi esterilizado. El lugar parecía una enorme casa de la risa —sans  risa— y Claire se sentía muy mal por haber llevado a Sherry hasta allí. Si la niña estaba muerta, sería por su culpa...
Dejó de pensar en aquellas ideas estériles que no servían para nada y se concentró. El sentimiento de culpa era un asesino en aquel tipo de situaciones, y ella no podía permitírselo. El ascensor estaba llegando a un pasillo, y Claire se agachó, apuntando con la pesada pistola por delante de ella mientras el nuevo corredor aparecía ante su vista.
Al final del pasillo de cemento vio otro ascensor, y otro pasillo lo cortaba por la mitad, a unos doce metros de donde ella estaba. También vio un cuerpo apoyado contra la pared al lado del cruce de pasillos. Parecía un policía...
Sintió una mezcla de angustia y disgusto, y en ese momento, sus ojos se abrieron como platos cuando vio los relajados rasgos de su cara, el color de su pelo, la complexión... No puede ser... ¿León?
Claire saltó antes de que la plataforma llegara al suelo y comenzó a correr hacia el cuerpo semi tumbado. Era León, y no se movía en absoluto: estaba inconsciente... o quizá muerto... pero no, respiraba, y cuando ella se agachó a su lado, abrió los ojos. Tenía la mano derecha apretada contra su hombro izquierdo y sus dedos estaban empapados de sangre.
—¿Claire?
Sus ojos azules mostraban una mirada despejada, cansada pero consciente.
—¡León! ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—Me han disparado. Debo de haberme desmayado durante un minuto...
Separó con cuidado su mano derecha y dejó al descubierto un pequeño agujero justo por encima de su sobaco izquierdo. Un poco de sangre salía rezumando, así que debía dolerle un montón, pero al menos no salía a borbotones.
León entrecerró los ojos por el dolor y puso parte de la tela de la camisa sobre la herida antes de volver a apretar con la mano.
—Duele de narices, pero creo que sobreviviré. Ada, ¿dónde está Ada?
La última frase la dijo en un tono casi frenético mientras se esforzaba por ponerse en pie apoyándose en la pared. Volvió a caer exhalando un ligero gruñido. Era obvio que no estaba en condiciones de moverse.
—Quédate quieto y descansa durante unos minutos —dijo Claire—. ¿Quién es Ada?
—La conocí en la comisaría —le contestó—. No pude encontrarte, y nos enteramos de que se puede salir de Raccoon City por las alcantarillas. La ciudad no es un lugar seguro. Al parecer, se ha producido un escape en los laboratorios de Umbrella, y Ada quería que nos marchásemos inmediatamente. Alguien nos disparó, y me dio a mí. Ada fue detrás de ella por ese pasillo. Dijo que era una mujer...
Sacudió la cabeza como si quisiera despejarla, y luego levantó la vista hacia Claire, con el entrecejo fruncido.
—Tengo que encontrarla. No sé cuánto tiempo llevo desmayado, pero no deben de ser más de un par de minutos. No puede haber ido muy lejos...
Empezó a incorporarse de nuevo, pero Claire lo detuvo y lo empujó con suavidad hacia atrás.
—Yo iré. Yo... yo estaba con una niña que encontré en la comisaría, y la he perdido en algún lugar de las alcantarillas. Quizá pueda encontrarlas a las dos.
León dudó por un momento, y luego asintió, resignándose a sufrir los efectos de su herida.
—¿Qué tal andas de munición?
—Eh, siete en ésta —dijo mientras palmeaba el arma que había sacado de la guantera del coche patrulla y que tenía metida en su cinturón. Le pareció que habían pasado un millón de años desde que habían conducido en el automóvil en aquella carrera salvaje—. Y tengo otras diecisiete en esta otra.
Levantó el arma que había pertenecido a Irons, y León asintió de nuevo.
—Muy bien, eso está muy bien. Podré seguirte en unos cuantos minutos. Ten cuidado, ¿de acuerdo? Y buena suerte.
Claire se puso en pie, deseando disponer de más tiempo. Quería contarle todo sobre Chris, sobre Irons, sobre el enorme Señor X y sobre el virus-T. Quería saber todo lo que él sabía sobre Umbrella y sobre la ruta de escape por las alcantarillas...
Pero puede que esa tal Ada se esté enfrentando ahora mismo a un francotirador, y Sherry puede estar en cualquier sitio. En cualquier sitio.
León ya había cerrado los ojos. Claire se dio la vuelta y comenzó a bajar por el pasillo, preguntándose si alguno de ellos tendría una remota posibilidad de salir con vida de aquella locura.

Capítulo 22
A Annette le dolía todo el cuerpo. Se irguió un poco con lentitud hasta lograr sentarse, sintiéndose enferma por los cientos de dolores y pinchazos que le recorrían el cuerpo y que reclamaban su atención. Su cuello y su estómago eran una sinfonía de dolor, se había torcido la muñeca derecha y sentía cómo las rodillas se le iban hinchando a cada segundo que pasaba. Sin embargo, el dolor que era una pura agonía se localizaba en el costado derecho. Estaba segura de que se había roto una o dos costillas o, al menos, se las había astillado.
Horrible mujer...
Annette se reclinó un poco hacia atrás, apoyando su dolorido cuello en su mano sana, pero lo único que vio arriba fue metal y sombra. Al parecer, Ada Wong, la zorra de Umbrella, había salido corriendo. Había pretendido engañarla diciendo que no sabía de qué iba todo aquello, pero a ella no le tomaba el pelo. Annette Birkin no es ninguna estúpida, pensó. Probablemente la espía ya estaba de camino hacia el laboratorio o quizá corría para llegar hasta ella, ansiosa por rematar su trabajo.
Umbrella, Umbrella es la culpable de todo esto...
Annette logró ponerse en pie con un tremendo esfuerzo, utilizando la rabia para sobreponerse al dolor. Tenía que salir de allí, tenía que llegar al laboratorio antes de que lo hicieran... ¡pero le dolía tanto! La sensación de tener un cuchillo clavado en el estómago era atroz, como si le estuviera aserrando las entrañas, y el laboratorio parecía estar a un millón de kilómetros...
No puedo permitir que le roben su trabajo...
Se tambaleó hacia la puerta de la cavernosa estancia, con un brazo comprimiéndose el pecho, donde también notaba una sensación ardiente... y se detuvo. Inclinó la cabeza hacia un lado para oír mejor.
Disparos. Su eco llegó a través del aire frío, procedente del vertedero adyacente... y un segundo después, un siseo poderoso, más disparos, un tremendo chapoteo...
Annette sonrió, aunque su sonrisa no tenía nada de alegre. Después de todo, ella podría llegar antes al laboratorio. El puente. Baja el puente para que no pueda escapar. Cansada y dolorida, Annette caminó tambaleándose hasta los controles hidráulicos y activó el descenso del puente. El poderoso zumbido de los motores del puente ahogó los sonidos de cualquiera que fuese el enfrentamiento que se estuviese produciendo. La enorme plataforma bajó dando vueltas sobre sí misma y se acopló en su lugar con un gran chasquido metálico.
Annette se alejó de la pared con un empujón y se dejó caer sobre la consola que había al lado de la puerta. Encontró los botones que ponían en marcha el gran ventilador y los apretó, todo ello sin dejar de sonreír. El zumbido agudo de la puesta en marcha fue sustituido en poco tiempo por un rugido bronco. Ada estaba metida en problemas en el vertedero, y Annette no iba a permitir que saliera trepando por la escalera. Con el puente bajado y el conducto de ventilación bloqueado, la señorita Wong tendría que abrirse paso a tiros.
Espero que te hayas encontrado con una manada de lamedores, zorra. Espero que te hagan pedazos ahí dentro...
Annette se dio la vuelta para alejarse de la consola y se cayó. El dolor y el mareo eran demasiado fuertes ya. Sus amoratadas e hinchadas rodillas golpearon el suelo y enviaron una nueva oleada de pinchazos de dolor a lo largo de sus piernas.
Entonces la puerta que tenía justo delante se abrió. Annette levantó la pistola, pero fue incapaz de apuntar, y utilizó las pocas fuerzas que le quedaban en no gritar por el sufrimiento y la frustración.
Lo siento, William, me duele tanto. Lo siento, pero no puedo...
Una mujer joven se puso en cuclillas delante de ella, con un gesto de preocupación en su rostro. Iba vestida con unos pantalones vaqueros recortados y un chaleco, y estaba empapada con agua de las alcantarillas... y también llevaba en la mano una estilizada pistola de aspecto imponente, aunque no la estaba apuntando con ella. En realidad, no parecía estar apuntando a ningún lugar.
Otra espía.
—¿Eres Ada? —preguntó la chica en tono dubitativo mientras estiraba una mano para tocarla.
Aquello fue más de lo que Annette Birkin fue capaz de soportar: ser tocada por un peón conspirador e inmisericorde de la compañía Umbrella.
—Aléjate de mí —le contestó con un gruñido al mismo tiempo que apartaba con una débil palmada la mano de la joven—. No soy tu contacto, y no lo llevo encima. Ya puedes matarme, porque no lo encontrarás.
La chica retrocedió, con una expresión confundida en su rostro sucio.
—¿Encontrar qué? ¿Quién es usted?
Otra vez las preguntas, pero la rabia desapareció, dejándola agotada. Estaba cansada de soportar engaños. El dolor era demasiado grande y ya no tenía fuerzas para pelear.
—Annette Birkin —repuso con voz débil—. Como si no lo supieras...
Ahora me matará. Se acabó, todo se acabó.
Annette no pudo evitarlo. Las lágrimas empezaron a bajar por sus mejillas, unas lágrimas tan inútiles como sus planes. Le había fallado a William, había fallado como esposa y como madre, e incluso había fallado como científica. Al menos, todo acabaría pronto, al menos existiría un final para toda aquella angustia...
—¿Es usted la madre de Sherry?
Las palabras de la joven la dejaron sorprendida, pero la sacaron de su estado exhausto como si le hubieran dado una bofetada en la cara.
—¿Qué? ¿Quién...? ¿Qué es lo que sabes de Sherry?
—Está perdida por las alcantarillas —contestó la chica con voz rápida y cargada de preocupación mientras se metía la pistola en el cinturón—. Por favor, tiene que ayudarme a encontrarla. Se la tragó uno de los conductos de drenaje y no sé dónde buscarla...
—Pero le dije que se marchara a la comisaría... —se lamentó Annette. Había olvidado todo su dolor físico, y su corazón latía en oleadas de incredulidad horrorizada—. ¿Por qué está aquí? ¡Este sitio es peligroso! ¡Puede morir! Y el virus-G... Umbrella la encontrará y se la llevarán. ¿Por qué está aquí?
La joven extendió el brazo de nuevo y la ayudó a levantarse. Annette no se opuso esa vez: estaba demasiado débil y horrorizada para resistirse. Si Sherry estaba en las alcantarillas, si Umbrella la encontraba...
La chica se quedó mirándola fijamente, y parecía sentirse al mismo tiempo preocupada y culpable, pero también esperanzada, todo al mismo tiempo.
—La comisaría fue asaltada... ¿Adónde llevan las alcantarillas? Por favor, Annette, ¡tienes que decírmelo!
La verdad apareció en mitad de su cansancio y miedo como un amargo rayo de luz.
Las alcantarillas llevan hasta el estanque de filtración... que casualmente está al lado del tranvía de la fábrica. El modo más rápido de llegar a los laboratorios. Todo aquello no era más que un truco. La chica estaba utilizando el nombre de Sherry para llegar hasta las instalaciones de Umbrella y para conseguir información sobre el virus-G. Sherry todavía estaba en la comisaría, sana y salva, y todo no era más que un montaje para engañarla…
Pero la gente de Umbrella sabe cómo llegar al laboratorio, ¿por qué me lo iba a preguntar si ya lo sabe? ¡No tiene sentido!
Annette levantó otra vez su pistola, y su dolorida muñeca no dejó de temblar. Se alejó de la muchacha. Se sentía demasiado confundida, había demasiadas preguntas sin respuesta... y como no estaba segura de nada, no pudo apretar el gatillo.
—No te muevas. No me sigas —dijo, haciendo caso omiso del dolor mientras extendía la mano hacia atrás para abrir la puerta—. Te pegaré un tiro si intentas seguirme.
—Annette... no lo entiendo... sólo quiero ayudar...
—¡Cállate! ¡Cállate y déjame sola! ¿Es que no puedes dejarme tranquila?
Atravesó la puerta sin dejar de retroceder y luego la cerró en las narices de la sorprendida y atemorizada muchacha. Apretó su brazo sobre sus costillas, astilladas o rotas, en cuanto la puerta estuvo cerrada.
Sherry...
Era una mentira, todo aquello tenía que ser una mentira... pero no cambiaba nada, de todas maneras. Todavía podía lograrlo, tenía que lograr llegar hasta las instalaciones para acabar con lo que había empezado.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar tambaleándose, cojeando y jadeando. Entró en la fría oscuridad del pasillo de comunicación y dejó que cada doloroso paso fuera un recordatorio de lo que Umbrella le había hecho.
Una caverna fría y silenciosa, con las paredes recubiertas de hielo, y estoy perdido. Estoy perdido y agotado y llevo corriendo atemorizado desde hace mucho tiempo, así que me he sentado para descansar. Aquí se está tan tranquilo, tan fresco... pero me duele el brazo. Estoy sentado apoyado contra una pared, una pared en la que han empezado a crecer espinas, y una de ellas se me está clavando en la carne, y me está atravesando. Duele mucho, y tengo que levantarme, tengo que encontrar a una persona, tengo que...
Levantarme.
León abrió los ojos y se dio cuenta inmediatamente de que había vuelto a perder el conocimiento. Darse cuenta de ello lo hizo dar un respingo, y el miedo repentino lo despertó por completo.
Ada, Claire... Jesús, ¿cuánto tiempo llevo así?
Apartó con suavidad la mano del hombro y notó la costra todavía húmeda y pegajosa de la sangre entre sus dedos. Le dolía, pero no con tanta intensidad como minutos antes. Al menos, había dejado de salir sangre, como mínimo en la entrada de la herida: los jirones de la camisa habían taponado el agujero, formando un sello junto a la sangre coagulada.
Se inclinó un poco hacia adelante y extendió el brazo para tocar el lugar por donde había salido la bala. Sintió otra amalgama de tejido y de sangre solidificándose bajo el palpitar de la herida. No tenía forma alguna de estar seguro, pero casi estaba convencido de que la bala había atravesado limpiamente su cuerpo, perforando la carne pero sin llegar a tocarle el hueso, lo que significaba que había tenido mucha, mucha suerte.
Aunque me hubiera volado el brazo... Ada todavía está por ahí, y dejé que Claire fuera en su busca. Tengo que buscarlas a las dos.
Pensó que había sido el impacto de la herida, más que la pérdida de sangre o el dolor, lo que le había provocado el desmayo. No podía permitirse pasar más tiempo recuperándose. Apretó los dientes y se apoyó sobre su brazo sano. Sintió sus músculos agarrotados por el frío húmedo que desprendía el cemento sobre el que había estado apoyado.
Su hombro izquierdo rozó un momento la pared, y León jadeó cuando el dolor se intensificó por un momento, punzante y tibio, hasta que retrocedió poco a poco después de unos segundos para convertirse en un latido sordo. Esperó mientras el dolor remitía, respirando trabajosamente y recordándose a sí mismo que podía haber sido mucho peor.
Cuando por fin se puso completamente en pie, decidió que podía seguir adelante. No se sentía mareado ni aturdido, y aunque vio manchas de sangre en la pared y en el suelo, no era tanta como había creído que vería. León se giró procurando no mover demasiado el hombro de la herida y comenzó a recorrer el pasillo que llevaba hasta una puerta cerrada, situada en uno de sus extremos. Avanzó todo lo deprisa que pudo y se atrevió.
Vio otro túnel repleto de agua cuando cruzó la puerta, un túnel que se prolongaba en ambas direcciones. Había una escalera a la izquierda, pero ni siquiera pensó en cómo podría subirla sin abrir de nuevo su herida. Además, en el extremo de la escalera oyó las palas de un enorme ventilador que estaba en marcha. Se dirigió hacia la derecha, metiéndose en el agua oscura y provocando pequeñas olas, con la esperanza de ver alguna pista que le indicara hacia dónde se habían dirigido Ada y Claire.
Perseguir a quien nos ha disparado... ¿Cómo ha podido hacer eso? ¿Cómo ha podido dejarme allí así?
Se había jurado a sí mismo después de su enfrentamiento con el ser que les había vomitado aquellos bichejos que no daría nada por supuesto sobre la señorita Ada Wong. A ratos era encantadora y tonteaba con él, y al momento siguiente se dedicaba a rechazarlo. Además, si de verdad había aprendido a disparar con pistolas de pintura, él era un ejecutivo de banca. Sin embargo, a pesar de su comportamiento capaz de confundirlo y de su más que probable duplicidad, le gustaba. Era inteligente y tenía mucha confianza en sí misma, además de que era muy guapa. Él suponía que debajo de aquella fachada contradictoria se encontraba una buena persona...
Pero te abandonó para perseguir a quien os había disparado, te dejó tirado en el suelo con una bala en el hombro. Si, vaya, es estupenda. Deberías casarte con ella.
Llegó a una bifurcación del túnel y decidió dejar de intentar imaginarse los motivos de las acciones de Ada, y se dijo que debía preguntárselo a ella cuando la encontrara... si la encontraba. La puerta de la derecha estaba cerrada con llave, así que se giró a la izquierda, atisbando con inseguridad en las sombras cada vez más oscuras mientras avanzaba. No debería haber permitido que Claire saliera en busca de Ada sin él. Debería haberse levantado y haberla acompañado...
Se detuvo cuando creyó percibir algo. Disparos, en la lejanía, en algún punto por delante de donde él se encontraba, con el eco distorsionado por el laberíntico diseño de los túneles que formaban el sistema de alcantarillas.
León apretó su muñeca contra la herida sin soltar la Magnum y empezó a correr. El dolor se intensificó de nuevo inmediatamente y le provocó náuseas. No pudo avanzar más rápido que a un pequeño trote, y el agua retrasaba su marcha tanto como el agudo dolor... pero cuando el eco de los últimos disparos se desvaneció, encontró fuerzas para avanzar a mayor velocidad.
Divisó un pequeño ramal lateral a la izquierda un poco más adelante, del que salía un leve rayo de luz amarillenta que iluminaba la espesa agua negra. Incluso antes de llegar allí, se dio cuenta de que debería tomar una decisión, porque un poco más adelante de aquel punto vio una especie de plataforma, con una puerta de aspecto resistente en mitad de los ladrillos que cortaban aquella parte del túnel. Del techo caía más agua en unos delgados chorros continuados. Una elección obvia, aunque quizás..,
León se detuvo en el largo y estrecho haz de luz procedente del ramal de la izquierda. Al fondo vio otra puerta, pero no tenía tiempo para explorar y decidirse, y los disparos podían haber salido de cualquiera de las dos... ¡Bam! ¡Bam!
A la izquierda. León se lanzó hacia el nuevo túnel y el dolor se agudizó aún más, al mismo tiempo que sentía una cálida humedad en la muñeca cuando la herida se abrió y comenzó a rezumar sangre. Hizo caso omiso del dolor, apresurándose en llegar hasta la puerta y abrirla, para oír con claridad más disparos mientras recorría el resto del pasillo en el que había entrado.
El corredor era mucho más amplio que los túneles del sistema de alcantarillado, aunque igual de oscuro y frío. Probablemente era un túnel de transporte para material pesado industrial. Giró a la izquierda y luego a la izquierda otra vez. En la segunda esquina pudo ver, mientras corría, un montón de cajas apiladas y una estantería de metal llena de contenedores metálicos, justo al lado de una puerta de carga y descarga.
Acetileno  o quizás oxígeno... Dios, ¿qué clase de criatura necesita tantas balas para morir?
Oyó otra andanada de disparos, luego un chapoteo en el agua... y un ruido diferente, un siseo gutural y profundo que le heló la sangre de las venas. Era un sonido extrañamente familiar, pero demasiado fuerte para que fuera posible.
Un millón de serpientes a la vez, quizás un millar de gatos gigantes o, incluso, algún tipo de dinosaurio primitivo y terrible...
Echó a correr, abandonando por fin la pretensión de mantener cerrada la herida. Necesitaba los dos brazos para impulsarse si quería avanzar con mayor rapidez. El final del túnel ya estaba cercano. Vio un panel de luces titilantes y una abertura a la izquierda, otra puerta de carga enorme... y se detuvo justo a tiempo antes de cruzarse en la línea de fuego cuando sonó otra rápida sucesión de disparos a la vez que una tremenda rociada de líquido inundaba el pasillo, haciendo bajar grandes cortinas de agua de las paredes.
—¡Alto! ¡Voy a pasar! —gritó.
Entonces oyó la voz de Ada. Sintió una enorme oleada de alivio a pesar del horror que, sabía, se encontraba a un paso de ellos.
—¡León!
¡Está viva!
Se plantó delante de la puerta abierta con la Magnum en alto y la herida abierta y sangrando... y vio a Ada al otro lado de un lago de mugre, cajas y maderos rotos que flotaban sobre el turbio y turbulento líquido.
Estaba de pie sobre una pequeña plataforma de cemento que sobresalía, detrás de una escalera, con su Beretta apuntando hacia las agitadas aguas estancadas en el lugar.
—Ada, ¿qué...?
¡Blaaaaffff!
Un gigantesco surtidor salió disparado del pequeño lago y lo arrojó de espaldas hacia el pasillo de nuevo. Ocurrió tan deprisa que no llegó a verlo hasta que se encontró por los aires, y su mente absorbió la imagen justo cuando aterrizaba en el suelo. Cayó sobre su hombro herido y lanzó un grito, provocado tanto por el fuerte dolor como por lo que había visto.
Un cocodrilo...
León se puso en pie y comenzó a alejarse tambaleándose antes de saber ni siquiera si podría levantarse. El gigantesco lagarto, un cocodrilo de diez metros como mínimo, apareció en el pasillo a su espalda lanzando un tremendo rugido. Las superficies temblaron cuando el enorme reptil salió de la guarida que lo albergaba, y su cuerpo arrojó litros de agua además de la que resbalaba por sus fauces abiertas repletas de dientes.
Una boca tan grande como yo; no, más grande...
León empezó a correr, sin sentir ya dolor alguno, con el corazón latiéndole a toda velocidad debido al pánico puramente animal que sentía. Iba a devorarlo, iba a masticarlo hasta convertirlo en un millar de trozos sanguinolentos y aullantes...
Y la bestia rugió de nuevo, un aullido bronco que le hizo temblar los huesos, que le provocó la necesidad de expulsar sudor por todos y cada uno de los temblorosos poros de su cuerpo.
León miró hacia atrás y se dio cuenta de que era mucho, mucho más veloz que el monstruoso lagarto. Todavía estaba subiendo por la puerta de carga, con unas piernas redondas como troncos: su grueso cuerpo era demasiado grande para permitirle desplazarse con rapidez.
León cambió de arma en mitad de su terror, y su herida aulló de dolor cuando metió un cartucho en la recámara de la escopeta con el sistema de carga manual. Caminó de espaldas con cierto bamboleo y, cuando llegó a una esquina, se situó detrás de ella y descargó los cinco cartuchos con toda la rapidez que pudo cargarlos en la recámara. Los pesados proyectiles atravesaron el grotesco morro de la horrible parodia de cocodrilo.
El monstruo rugió, agitando la cabeza de un lado a otro, y la sangre surgió a raudales de su sonriente cara, pero, aun así, siguió avanzando, arrastrando tras de sí su cola blindada desde el estanque de agua fétida.
No es suficiente. No es suficiente potencia de fuego.
León se dio la vuelta y echó a correr de nuevo, horrorizado ante el hecho de tener que retirarse, temeroso de lo que podría pasarle a Ada si dejaba el cocodrilo atrás, pero sabiendo que harían falta cincuenta descargas como aquélla para detenerlo. Eso, o una explosión nuclear...
¿Por qué demonios me entretengo en pensar? Lo que tengo que hacer es salir de aquí y después pensar en algo. Aguanta, Ada.
Los atronadores pasos del gigante resonaron en sus oídos mientras pasaba de largo al lado de las cajas, de los cilindros de metal...
Y entonces dejó de correr. Todos sus instintos le gritaban que siguiera corriendo apelando a su cordura, pero había tenido una idea, y mientras el terrible lagarto seguía avanzando, León se dio la vuelta y regresó.
Que esto funcione. Funciona en las películas, por favor, Dios, escúchame...
La hilera de cinco cilindros relucientes estaba metida en un profundo hueco de la pared y asegurada en su sitio con un cable de acero. Vio un botón al lado para soltar el cable, y León lo apretó de un manotazo con la palma. Un extremo del pesado cable cayó al suelo, mientras el otro se mantenía en su lugar.
Dejó caer la escopeta al suelo y agarró el cilindro que tenía más cerca. Sus músculos se tensaron por el esfuerzo, y la sangre comenzó a empapar la manga izquierda de su camisa. Sintió los débiles regueros de sangre que corrían por su pecho, mezclados con las gotas de sudor, pero no cejó en sus esfuerzos, apoyándose en los talones para tirar con mayor fuerza del contenedor de gas comprimido...
¡Ya está!
León saltó hacia atrás cuando el alargado envase plateado cayó al suelo, donde rodó unos cuantos centímetros. Levantó la mirada y vio que el cocodrilo había avanzado casi veinte metros y se hallaba lo bastante cerca para ver con claridad las puntas de sus colmillos blancuzcos de más de diez centímetros cuando lanzó otro atronador rugido, lo bastante cerca para oler su aliento fétido y asqueroso, que le llegó en una vaharada de aire un segundo después, lo bastante cerca...
León apoyó una bota en el cilindro y lo empujó con toda la fuerza que le quedaba. El artefacto comenzó a rodar lentamente hacia el lagarto que se acercaba. Por algún increíble golpe de suerte, el suelo del pasillo estaba un poco inclinado hacia el monstruo. Los más de cien kilos del cilindro aceleraron un poco su avance mientras se dirigían hacia el monstruo describiendo una ligera semicircunferencia.
Sacó su Magnum del cinturón mientras retrocedía de nuevo. Apuntó con su arma el resplandeciente contenedor y se obligó a sí mismo a no disparar. El cocodrilo siguió avanzando, y su cola azotó las paredes con tal fuerza, que provocó unos pequeños desprendimientos de polvo de cemento que cayeron desde el techo y las paredes con cada coletazo. León estaba completamente asombrado, en un estado de terror tan primario que lo único que pudo hacer para no darse la vuelta y salir corriendo fue seguir allí mirando asombrado. Vamos, cabrón...
El cocodrilo y el cilindro se hallaban a poco menos de treinta metros de donde él se encontraba... y León apretó el gatillo. El primer disparo rebotó en el suelo justo delante del contenedor, y también justo en el momento que las enormes fauces se abrieron. La bestia bajó la cabeza para agarrar el obstáculo y echarlo a un lado.
... Tranquilo...
León disparó de nuevo y... ¡BAAAAMMM!
Fue lanzado de espaldas y al suelo cuando el cilindro explotó. La cabeza del monstruo desapareció literalmente bajo la deflagración de metales retorcidos y gases encendidos y estalló como un globo pinchado. Casi simultáneamente, León fue alcanzado por una oleada de restos humeantes, con trozos de dientes y huesos y pedazos de carne destrozada y rasgada que cayeron sobre él como una manta húmeda.
León se sentó boqueando y con los oídos zumbando, mientras el brazo seguía sangrando sin parar, y miró cómo el cadáver sin cabeza se quedaba finalmente inmóvil sobre el suelo, con las piernas desplomándose bajo el peso sin mente del monstruo reptilesco. Volvió a apretar su mano cubierta de sangre contra la herida. Se sentía exhausto, enfermo, dolorido... y tremendamente satisfecho, más de lo que se había sentido desde hacía bastante tiempo.
—Te pillé, capullo de mierda —dijo en un murmullo, y sonrió.
Así fue como se lo encontró Ada cuando llegó corriendo unos momentos después: mirando los resultados de su proeza con una mirada turbia y mareada, ensangrentado y sangrando... y con una sonrisa de niño feliz.

Capítulo 23
Ada cortó en tiras la camiseta blanca que León llevaba puesta debajo de su camisa de uniforme para vendarle el brazo y el hombro con los trozos y, de paso, confeccionó una especie de cabestrillo para que lo utilizara en cuanto se pusiera de nuevo la camisa. Parecía haber perdido suficiente sangre como para estar un poco mareado, casi indefenso. Ada aprovechó su ligero estado de confusión para explicarle, mientras lo atendía, los motivos que la habían impulsado a marcharse de repente. Ella también se sentía un poco confundida, pero por la mezcla de sentimientos que luchaban en su interior...
—Su cara me resultaba conocida. Creí que John me la había presentado, y casi la alcancé, pero supongo que me dejó pasar de largo en alguno de los pasillos. Me perdí en los túneles mientras intentaba encontrar el camino de regreso...
No había nada de verdad en lo que decía, pero León no parecía darse cuenta de ello, como tampoco parecía darse cuenta de la suavidad y el cuidado con que lo estaba tocando, ni del ligero temblor en su voz mientras le pedía disculpas por tercera vez por dejarlo solo.
Me ha salvado la vida. Otra vez. Y lo único que le doy a cambio son más mentiras, un engaño calculado por toda respuesta a su capacidad de sacrificio.
Algo había cambiado en Ada desde que él había recibido la bala en vez de ella, sólo para salvarla. El problema era que no sabía cómo revertir el cambio y, lo que era aún peor, no sabía si quería revertirlo. Era algo parecido al nacimiento de un nuevo sentimiento, una emoción que no podía precisar y a la que no podía poner nombre, pero que parecía llenarla por completo. Era inquietante, incómoda... pero en cierto modo, no era desagradable. La inteligente solución a la que había llegado para eliminar el problema del cocodrilo casi invencible, la criatura a la que apenas había logrado mantener a raya a pesar de todos sus esfuerzos, había fortalecido aquel sentimiento sin nombre. El agujero de su hombro sólo era una herida leve, pero por los regueros de sangre fresca que le bajaban por el brazo y por el pecho, supo que le había dolido horrores, que le había drenado la vida mientras se esforzaba por salvarle el trasero a ella.
Líbrate de él ahora mismo —le susurró su mente—. Abandónalo, no dejes que esto afecte el trabajo. El trabajo, Ada, la misión. Tu vida.
Sabía que eso era lo que tenía que hacer, que era lo único que podía hacer... pero, en cuanto acabó de vendarlo lo mejor que pudo y le contó su patética mentira sobre lo último que había ocurrido, se olvidó de forma conveniente de escucharse a sí misma. Ada lo ayudó a ponerse en pie y lo alejó del lugar repleto de restos donde el reptil monstruoso había encontrado su fin, mientras seguía balbuceando alguna tontería sobre que había encontrado lo que parecía una salida cuando se había perdido.
Annette Birkin había desaparecido. En cuanto León había atraído al cocodrilo hasta sacarlo del estanque, ella se había apresurado a subir las escaleras para comprobarlo. Efectivamente: la doctora había mantenido el sentido común suficiente como para poner en marcha el ventilador y bajar el puente, lo que había cortado de forma muy eficaz cualquier vía de escape para Ada. Era muy probable que la mujer fuera una psicótica, pero no era estúpida. Y aunque se hubiera equivocado en el nombre del patrón de Ada, había acertado de pleno en el propósito de su misión. Para llevar a cabo la misión, Ada tendría que llegar cuanto antes al laboratorio, antes de que Annette pudiera hacer nada... definitivo. Pero León, el silencioso y tambaleante León, la haría tardar el doble.
¡Suéltalo! Libérate de ese peso, ¡no eres una maldita enfermera, por el amor de Dios! Esa no eres tú, Ada...
—Tengo sed —dijo León con un susurro, y su cálido aliento le acarició el cuello.
Ella levantó la mirada hasta su rostro cubierto de restos ensangrentados y descubrió que esa vez le resultaba más fácil hacer caso omiso de la voz en su interior. Estaba claro que tendría que dejarlo. Al final tendrían que separarse...
Pero todavía no.
—Entonces, me temo que tendré que encontrar algo de agua —y lo condujo con suavidad en la dirección que ella necesitaba tomar.
Sherry se puso en pie en medio de la oscuridad, con un sabor asqueroso y amargo en la boca. Una corriente de una sustancia fría y repugnante tiraba de sus ropas. Entonces oyó un sonido rugiente que la envolvió, un ruido como si el cielo estuviera cayéndose. Durante un segundo, no pudo recordar qué había ocurrido ni dónde estaba... y cuando se dio cuenta de que no podía moverse, le entró pánico. El sonido rugiente fue aminorando poco a poco hasta desaparecer, pero ella siguió atascada en mitad de un río repugnante, aprisionada contra algo duro y húmedo, y estaba sola.
Abrió la boca para gritar... y de repente se acordó del monstruo aullante, del monstruo y después del gigantesco hombre calvo, y por último, de Claire. Acordarse de Claire impidió que se pusiera a gritar. En cierto modo, su recuerdo era como una caricia que le calmaba la sensación de terror y le permitía pensar con claridad.
Me absorbió un agujero, y ahora estoy... estoy en otro sitio, y empezar a gritar no me va a servir de nada.
Era un pensamiento valiente, era un pensamiento fuerte, y pensar en ello la hizo sentirse mejor. Se alejó de la superficie dura que tenía a la espalda y avanzó a través del agua. Descubrió que no estaba inmovilizada en absoluto. Había estado pegada a una serie de barrotes o de aberturas en la roca, y la fuerza de la corriente la había mantenido apretada contra ese lugar, lo que probablemente le había salvado la vida al evitar que muriera ahogada. El repugnante líquido de densidad lechosa seguía fluyendo lentamente alrededor de ella, burbujeando como un arroyo normal, pero no con tanta fuerza como antes. El mal sabor de boca significaba que debía de haber bebido unos cuantos tragos involuntarios...
Recordar aquello le hizo recobrar toda la memoria. Había estado flotando hasta que un remolino de la corriente le había dado la vuelta y la había sumergido, y ella se había tragado parte de aquel líquido de sabor horrible y con regusto químico y había perdido el conocimiento, se había desmayado, o eso creía.
Al menos, el ruido ya no se oía, fuese lo que fuese. Sonaba como un tren en movimiento, o como un gigantesco camión que tronaba en la lejanía. Y en ese momento, ya más despierta, se dio cuenta de que podía ver. No mucho, la verdad, pero lo suficiente para saber que estaba en una gran estancia repleta de agua y que había un pequeño rayo de luz procedente de algún punto de la parte superior.
Tiene que haber una salida. Alguien construyó este lugar, así que necesitaban una salida para llegar fuera...
Sherry nadó un poco más y, al patalear, notó que las puntas de sus zapatos rozaban algo duro. Algo duro y liso. Se sintió estúpida por no haber pensado en ello antes. Tomó una gran bocanada de aire, encogió las piernas... y se puso en pie. El agua le llegaba hasta los hombros, pero podía permanecer en posición erguida.
Los últimos restos del pánico que había sentido se desvanecieron mientras se mantenía en pie en mitad del lugar, girando lentamente sobre sí misma mientras sus ojos acababan de acostumbrarse a la escasa luz... y se percataban de la existencia de la silueta de una escalera en la pared más alejada. Todavía estaba atemorizada, de eso no le cabía la menor duda, pero el descubrimiento de aquellos peldaños de metal significaba que había descubierto una salida, y eso la tranquilizó un poco. Sherry levantó los pies del sumergido suelo y comenzó a chapotear en dirección a la escalera, sintiéndose orgullosa de cómo se estaba comportando.
Nada de gritos ni de lloriqueos. Como dijo Claire. Fuerte. Llegó a la escalera y puso las rodillas sobre el último peldaño, situado a unos cuantos centímetros por encima de la superficie del agua. Luego subió los pies y comenzó a ascender, poniendo cara de asco por el tacto grasiento y resbaladizo de los peldaños de metal. La escalera parecía no tener fin y, cuando se atrevió a bajar la vista para ver cuánto había subido, sólo pudo ver una pequeña mancha de agua que brillaba donde la escasa luz llegaba de forma directa. También pudo ver el origen de la luz: una estrecha abertura en el techo, no mucho mas arriba de donde ella se encontraba.
Casi he llegado arriba. Además, si me caigo, no me pasará nada, así que no tengo nada de que preocuparme.
Sherry tragó saliva, deseosa de que aquel pensamiento fuera absolutamente cierto, y miró hacia arriba de nuevo.
Unos cuantos peldaños más... y de repente, cuando fue a agarrarse del siguiente, su mano tropezó con un techo de metal. La superficie era irregular, pero ella sintió una oleada de orgullo por haberlo conseguido. Empujó con una mano... y la puerta de metal no se abrió. Ni siquiera se movió.
—Mierda —dijo con un susurro, pero la palabra no le sonó enfadada, como ella había esperado. Sonó más bien pequeña y solitaria, casi como una súplica.
Sherry encajó un codo en el último peldaño al que estaba agarrada, tocó su colgante para que le diera buena suerte y lo intentó de nuevo, empujando de veras. Esta vez lo hizo con todas sus fuerzas, y creyó notar que cedía un poco, un poco... pero ni de cerca lo suficiente para poder salir. Bajó la mano y volvió a soltar un taco, pero esta vez en silencio. Estaba atrapada.
No se movió durante varios minutos. No quería bajar de nuevo al agua, pero tampoco quería creer que realmente estaba atrapada. Sin embargo, también empezaba a notar el cansancio en sus brazos, y tampoco quería tener que saltar.
Por fin, comenzó a bajar, a un paso mucho más lento con el que había subido. Cada peldaño que bajaba era una admisión de la derrota.
Cuando había recorrido tal vez la tercera parte de la escalera, oyó unos pasos por encima de su cabeza. Al principio, sólo se trató de un ligero golpeteo, más una pequeña vibración que otra cosa, pero pronto se dio cuenta de que eran pasos y de que cada vez sonaban más cercanos... Aún más cercanos, hasta que se aproximaron al extremo superior del pozo donde se encontraba.
Por un momento Sherry pensó en no hacer caso de los pasos, pero luego se apresuró a subir de nuevo por los peldaños tras decidir que merecía la pena correr el riesgo. Cabía la posibilidad de que no se tratara de Claire ni de alguien dispuesto a ayudarla, pero lo más seguro era de que se tratara de su única oportunidad de escapar.
Comenzó a gritar antes de llegar al final de la escalera.
—¡Hola! ¡Socorro! ¿Alguien puede oírme? ¡Hola! ¡Hola!
Los pasos parecieron detenerse, y en cuanto llegó de nuevo al techo, comenzó a golpear el portillo de metal con el puño.
—¡Hola! ¡Hola! ¡Hola!
Se dispuso a dar otro golpe con su dolorido puño... pero sólo golpeó el aire, y una luz cegadora le obligó a cerrar los ojos.
—¡Sherry! ¡Oh, Dios mío! ¡Cariño, me alegro tanto de verte!
Claire. Era Claire, y aunque Sherry no podía verla, se sintió abrumada por una inmensa sensación de alegría al oír su voz. Unas manos fuertes y cálidas la ayudaron a salir y luego unos brazos cálidos y húmedos la abrazaron con fuerza. Sherry parpadeó y entrecerró los ojos para distinguir un poco mejor los detalles de la enorme estancia a través del velo blanco de luz.
—¿Cómo supiste que era yo? —preguntó Claire, sin dejar de abrazarla.
—No lo sabía, pero no podía salir por mí misma, y oí pasos...
Sherry miró alrededor, al gran espacio donde Claire la había sacado, y se sintió pasmada y asombrada por el simple hecho de que Claire la hubiera oído. El lugar era enorme, y lo atravesaban de lado a lado largas pasarelas metálicas que lo cruzaban en diagonal... y se dio cuenta de que la sección de suelo donde se encontraba el portillo por el que había salido estaba en la esquina más alejada de la zona más oscura de la sala, y que el portillo en sí apenas tenía medio metro de ancho.
Jolín. Si no hubiera golpeado el portillo o si ella hubiera estado caminando más deprisa...
—Me alegro de que seas tú —dijo Sherry con firmeza, y Claire sonrió, con el mismo aspecto de sorpresa y alegría que tenía Sherry.
Claire se arrodilló delante de ella, y su sonrisa se desvaneció un poco.
—Sherry... He visto a tu madre. Está viva y está bien...
—¿Dónde? ¿Dónde la has visto? —la interrumpió Sherry, excitada por la noticia... pero sintiendo al mismo tiempo una tensión nerviosa indefinida que le dificultaba la respiración.
Miró los ojos llenos de preocupación y se dio cuenta que estaba pensando de nuevo en mentirle, que estaba buscando la mejor manera de decirle algo que iba a resultar desagradable. Unas cuantas horas antes, Sherry quizá se lo hubiera permitido...
Pero eso se acabó. Tenemos que ser fuertes y valientes...
—Dime la verdad, Claire. La verdad.
Claire suspiró y meneó la cabeza.
—No sé hacia dónde se marchó. Tenía... tenía miedo de mí, Sherry. Creo que me confundió con otra persona, alguien loco o malo. Huyó de mí, pero estoy segura de que vino por aquí, y estaba intentando encontrarla cuando te oí gritar.
Sherry asintió con lentitud mientras se esforzaba por asimilar la idea de que su madre se había estado comportando de una manera rara, lo bastante rara como para que Claire intentara dorarle la píldora.
—¿Y crees que vino por aquí? —preguntó Sherry por fin.
—No estoy completamente segura. También me encontré con el policía al que conocí al llegar aquí, León, antes de tropezar con tu madre. Lo conocí en cuanto llegué a la ciudad. Se encontraba en uno de esos túneles por los que te estuve buscando cuando desapareciste. Estaba herido y no podía acompañarme para seguir buscándote, así que cuando tu madre se marchó corriendo, regresé a buscarlo, pero ya no estaba...
—¿Estaba muerto?
Claire negó con la cabeza.
—No, no. No estaba, simplemente se había marchado, así que deshice mis pasos y, por lo que sé, éste es el único camino por el que ha podido venir tu madre. Pero ya te he dicho que no estoy segura...
Se quedó dudando, con el entrecejo fruncido, mientras miraba de forma pensativa a Sherry.
—¿Tu madre te habló alguna vez de algo llamado el virus-G?
—¿El virus-G? No, creo que no.
—¿Te dio algo para que lo guardaras, como un pequeño frasquito de cristal o algo parecido?
Esta vez, fue Sherry la que frunció el entrecejo.
—No, nada. ¿Por qué?
Claire se puso en pie y apoyó una mano sobre su hombro al mismo tiempo que se encogía de hombros.
—No es demasiado importante.
Sherry entrecerró los ojos y Claire volvió a sonreírle.
—De verdad. Vamos, veamos si podemos adivinar hacia dónde se fue tu madre. Apuesto a que te está buscando.
Sherry dejó que Claire tomara la delantera, preguntándose por qué estaba tan segura de repente, con una certeza casi absoluta, de que Claire no creía lo que estaba diciendo... y preguntándose también por qué ella misma no se atrevía a preguntarle más sobre el asunto.
El ascensor de la fábrica, lo mismo que el tranvía eléctrico, estaban exactamente en el mismo sitio donde Annette los había dejado. El margen de tiempo que le quedaba se había reducido sin duda, pero todavía estaba por delante de los espías, de Ada Wong y de su pequeña amiga desarrapada...
Mentiras, me han contado mentiras, lo mismo que hacen siempre, como si el hecho de que haya perdido a William, de que sienta tanto dolor no fuera suficiente para ellos, no fuera suficiente para hacerles sentir vergüenza de sí mismos...
Sacó con mano temblorosa la llave de control del bolsillo de su destrozada bata de laboratorio y apoyó el cuerpo en el panel de control dejándose caer pesadamente sobre él. Metió con dificultad la llave y la hizo girar. Sus temblorosos dedos tocaron el botón de activación, y una hilera de luces apareció en la consola, con un brillo demasiado intenso incluso en la oscuridad sólo iluminada por la luna. Una fresca brisa de otoño recorrió su dolorido cuerpo, un viento amistoso y secreto que olía a fuego y a enfermedad...
Como en Halloween, como las hogueras en la oscuridad cuando sacan a los muertos, y lanzan sus podridos y pestilentes cuerpos al fuego, quemando sus cadáveres repletos de enfermedad...
En el aire nocturno resonaron cuatro bocinazos. Era el aviso de que el enorme ascensor estaba preparado para bajar. Annette subió trastabillando los escalones grises y amarillos, incapaz de recordar qué había estado pensando con anterioridad. Había llegado el momento de irse y estaba tan, tan cansada. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había dormido por última vez? Tampoco podía recordarlo.
Me he dado un golpe en la cabeza, ¿verdad? O quizá sólo estoy somnolienta...
Ya se había sentido agotada en otras ocasiones, pero el dolor incesante de sus heridas la había transportado a un sitio delirante que ella nunca había imaginado que podría existir. Sus pensamientos se perseguían unos a otros en espiral, con unas repentinas oleadas de sentimientos que ella no podía resolver, al menos no hasta el punto de sentirse satisfecha. Sabía lo que tenía que hacer: encender el sistema de autodestrucción, abrir la puerta subterránea para escapar, esconderse en las sombras y esperar hasta que estuviera curada. Sin embargo, todo el resto se había convertido en algo extraño, en un deslavazado grupo de pensamientos inconexos agrupados de forma libre y desordenada, como si hubiera tomado algún tipo de droga que hubiera sobrecargado sus sentidos y que sólo le permitiera pensar en una cosa cada vez y al mismo tiempo.
Ya casi se había acabado. Aquello era algo a lo que podía agarrarse, uno de los únicos pensamientos fijos y constantes en su confusa mente. Era una frase segura y casi mágica en cierto modo, una frase que todavía podía ver, sin importar lo ciega que pudiera quedar. Mientras se dirigía hacia la fábrica, había tosido y tosido una y otra vez, y después había vomitado por el dolor que sentía. Sólo había echado un ligero y ácido chorro de bilis que le había provocado la aparición de unos puntos negros en la vista, y la negrura permaneció en sus ojos durante tanto tiempo que pensó que se quedaría totalmente ciega...
Ya casi se ha acabado.
Se agarró a aquella idea como si fuese su amor perdido, encontró el tirador del compartimiento metálico y se metió en su interior. Pulsó los controles en mitad de un sueño confuso. El movimiento y el sonido provocado por el movimiento la rodearon mientras se tendía en el banco metálico y cerraba los ojos. Unos cuantos momentos de descanso y todo habría acabado...
Annette se dejó llevar por la oscuridad, y el ronroneo de los motores la sumergió de forma casi instantánea en un sueño profundo. Estaba bajando, y sus músculos se relajaban, mientras todos sus dolores dejaban de ejercer influencia sobre ella, y durante un espacio interminable de tiempo, encontró el silencio...
Hasta que un aullido, un grito feroz y terrible penetró como un cuchillo en su oscuridad. Era un rugido que mostraba tal furia y dolor que le habló directamente a su corazón. Ella se levantó de un salto, jadeante y temerosa... y en ese preciso instante se dio cuenta de qué era lo que la había sacado de repente de su descanso sin sueño. Sus pensamientos se reorganizaron, dándole una nueva idea a la que agarrarse.
Se trataba de William. William, que había regresado a su hogar, que la había seguido. Umbrella ya no tendría nada de nada, porque el ser en el que se había transformado su esposo había regresado a la zona de explosión.
El aullido apareció de nuevo, y esta vez, su eco resonó en uno de los numerosos recovecos secretos del laboratorio mientras el ascensor seguía bajando y bajando.
Annette volvió a cerrar los ojos, y el nuevo pensamiento se unió a su antiguo amor perdido, y la unión de ambos le proporcionó la felicidad por fin.
William ha regresado a casa. Ya casi se ha acabado.
El tercer pensamiento siguió a los dos primeros de una forma natural, y se unió a ellos mientras ella se deslizaba de nuevo hacia el silencio, aun a sabiendas de que tendría que levantarse en poco tiempo para empezar su viaje final. Cuando el ascensor se detuviera por fin, se levantaría y estaría preparada.
Umbrella sufrirá por todo lo que han hecho, y todo el mundo acaba por morir.
Sonrió y se quedó dormida, soñando con William.

Capítulo 24
León comenzó a sentirse mejor allí sentado, en la sala de control donde Ada lo había dejado. Había encontrado un botiquín en una de las estanterías cubiertas de polvo, junto a una botella de agua, y le había vendado el hombro. Se había marchado hacía sólo diez minutos, pero la aspirina estaba empezando a surtir efecto y el agua había hecho maravillas.
Estaba sentado delante de una consola repleta de interruptores e intentaba recordar lo que había ocurrido después de la explosión en las alcantarillas. Lo último que realmente recordaba con claridad era la imagen del cuerpo de cocodrilo descabezado desplomándose en el suelo, y luego la sensación de verse asaltado por el mareo y por la debilidad. Ada lo había vendado y lo había llevado hasta allí a través de los pasillos...
Y de lo que parecía un túnel de metro. Estuvimos allí durante un minuto o dos...
Y finalmente habían llegado a aquella habitación, donde ella le había dicho que esperara descansando mientras se marchaba fuera para comprobar algo. León había protestado, recordándole que aquél no era un lugar seguro, pero en ese instante todavía estaba demasiado mareado para hacer otra cosa que sentarse donde ella lo había dejado. Jamás se había sentido tan indefenso o tan dependiente de otra persona. Sin embargo, ya se sentía mucho mejor después de beberse el litro y medio de agua de la botella. Al parecer, la pérdida de sangre provocaba deshidratación...
Así que me dio el agua y luego se marchó para comprobar... ¿qué? ¿Y cómo supo el modo de llegar hasta aquí?
Apenas había tenido fuerzas para andar, y mucho menos para empezar a hacer preguntas, pero incluso en su agotado delirio, se había dado cuenta de la seguridad con que caminaba, de cómo había escogido el camino sin dudar y con una precisión infalible. ¿Cómo podía saberlo? Era una marchante de arte en Nueva York, así que, ¿cómo podía conocer absolutamente nada sobre el sistema de alcantarillado de Raccoon City?
Además, ¿dónde está? ¿Por qué no ha regresado ya? Ella lo había ayudado, de hecho, probablemente le había salvado la vida, pero él no podía seguir creyendo que era lo que decía ser. Quería saber exactamente qué estaba haciendo allí, y quería saberlo ya. No sólo porque ella le había estado ocultando algo: Claire estaba en algún lugar de aquellas alcantarillas, y si Ada conocía el camino de salida de la ciudad, León debía al menos intentar descubrirlo.
León se puso en pie con lentitud, agarrándose al respaldo de la silla, e inspiró profundamente. Todavía estaba débil, pero ya no se sentía mareado, y su brazo tampoco le dolía tanto. Quizá se trataba de la aspirina. Desenfundó la Magnum y se dirigió hacia la puerta de la pequeña estancia polvorienta, prometiéndose a sí mismo que no aceptaría más mentiras ni más sonrisas conciliadoras.
Abrió la puerta y salió a un almacén con un extremo al aire libre y que era lo bastante grande como para guardar un avión. Estaba vacío, y era un lugar decrépito y repleto de sombras, pero la fresca brisa nocturna que lo recorría lo convertía en un sitio casi agradable...
En ese preciso momento, vio a Ada que entraba en una plataforma elevada, justo por fuera del hangar, y desaparecía detrás de lo que parecía el compartimiento de un tren. Era un ascensor de transporte industrial y, por el aspecto de los raíles que recorrían el almacén, era una sección de la fábrica abandonada que no había sido realmente abandonada por completo.
—¡Ada!
León corrió hacia el ascensor mientras mantenía apretado su brazo herido contra su costado. Sintió un feroz enfado cuando oyó el zumbido de los motores del transporte, el eco de su fuerte sonido metálico, reverberar en el aire nocturno: Ada se marchaba, no iba a «comprobar» nada...
Pero no se marchará hasta que me diga el motivo.
León salió corriendo al espacio abierto bajo la luna, oyendo cómo la puerta del transporte se cerraba de golpe justo cuando pasaba al lado de una consola de control y subía hasta la plataforma metálica que temblaba. Casi tropezó y se cayó en los peldaños de colores brillantes, y el ascensor comenzó a descender antes de que hubiera recuperado el equilibrio. Unos paneles de metal corrugado de casi un metro de alto se alzaron alrededor del tren de transporte, rodeando la gran plataforma mientras se hundía con suavidad en la tierra.
León agarró el tirador de la puerta mientras la oscuridad envolvía al transporte que retemblaba, y el cielo se convertía en una mancha estrellada más y más pequeña por encima de su cabeza. La fría y pálida luz de la luna fue reemplazada rápidamente por la luz naranja de las lámparas de mercurio del transporte.
Entró dando tropezones, y vio la expresión de susto y asombro en la cara de Ada mientras se levantaba del banco que estaba atornillado a uno de los lados del ascensor, con la Beretta medio alzada en su dirección. La bajó de nuevo, y él vio un destello de culpabilidad en sus ojos, que desapareció en el tiempo que él tardó en levantar la mano y cerrar la puerta.
Ninguno de los dos pronunció una palabra durante unos momentos, y se quedaron mirándose el uno al otro mientras el ascensor continuaba con su suave descenso. León casi pudo ver el esfuerzo de Ada para inventarse una explicación. Decidió que estaba demasiado cansado para estar de humor para tragarse otra mentira.
—¿Adónde vamos? —preguntó, y esta vez no intentó ocultar la cólera que sentía en su voz.
Ada suspiró y se sentó de nuevo. León vio cómo se le hundían los hombros.
—Creo que es la salida de este lugar —respondió en voz baja. Levantó la vista y sus ojos castaños buscaron los suyos—. Lo siento. No debería haber intentado marcharme sin ti, pero tenía miedo...
León percibió un auténtico arrepentimiento en su voz, lo vio en sus ojos, y sintió que su ira cedía un poco.
—¿Miedo de qué?
—De que no lo lograras. De que yo no lo lograra al intentar mantenernos a los dos a salvo.
—Ada, ¿de qué estás hablando?
León se dirigió al banco y se sentó a su lado. Ella bajó la vista hasta sus manos y siguió hablando en voz baja.
—Mientras te estaba buscando, allá en las alcantarillas, descubrí un mapa en una pared —explicó—. Mostraba lo que parecía ser una especie de fabrica o de laboratorio subterráneo y, si el mapa era correcto, existe un túnel que lleva desde allí hasta las afueras de la ciudad. —Ella lo miró a los ojos, y parecía realmente alterada—. León, no creí que estuvieras en condiciones de realizar un recorrido como ése, tal como estás. Y también tenía miedo de que si te llevaba conmigo, de que si llegábamos a un callejón sin salida o una de esas criaturas nos atacaba...
León asintió con lentitud. Ella había intentado protegerse... y protegerlo a él.
—Lo siento —volvió a decir—. Debería habértelo dicho. No debería haberte dejado allí de ese modo. Después de todo lo que has hecho por mí, yo... yo al menos debía haberte dicho la verdad.
La pena y la culpa que sus ojos mostraban no podían simularse. León extendió su mano para tomar la de ella, dispuesto a decirle que lo entendía y que no debía culparse por ello...
Entonces oyó un fuerte golpe en el exterior. Todo el transporte se estremeció, muy ligeramente, pero lo suficiente para que a los dos se les tensara el cuerpo.
—Probablemente se trata de un pequeño salto en los raíles... —sugirió León, y Ada asintió, mirándolo con una intensidad que lo hizo sentir agradablemente incómodo. También sintió que un repentino calor empezaba a recorrerle el cuerpo...
¡Baaam!
Y Ada salió despedida del banco, arrojada al suelo por algo curvado que había atravesado la pared del transporte y que había desgarrado la superficie de metal del costado del habitáculo como si en realidad sólo fuera papel. Era un puño, un puño con garras de hueso, cada una de más de treinta centímetros de largo, garras de la que goteaba...
—¡Ada!
La gigantesca mano se retiró, y sus garras ensangrentadas abrieron nuevos agujeros en la pared metálica mientras León se dejaba caer al suelo al lado de Ada y agarraba su cuerpo inerte, arrastrándola al centro del transporte. Un terrible aullido recorrió la oscuridad en movimiento del exterior. León estuvo seguro de que se trataba del mismo aullido que habían oído antes en la comisaría, sólo que esta vez era mucho más violento, mucho más cercano, e incluso mucho más inhumano que antes.
León mantuvo agarrada a Ada con su brazo sano, sintiendo el cálido goteo de la sangre empaparle su costado derecho, sintiendo su peso muerto sobre su pecho jadeante.
—¡Ada, despierta! ¡Ada!
Ninguna respuesta. La dejó otra vez en el suelo con suavidad y luego apartó la tela empapada de su vestido, justo un poco por encima de su cadera. La sangre salía de dos agujeros profundos, aunque no había forma alguna de saber su gravedad real, y León arrancó un trozo de tela del reborde de su corto vestido y apretó el tejido doblado sobre sí mismo contra las heridas...
El monstruo aulló de nuevo, y la rabia que desprendía su garganta no era nada comparada con la que León sentía en aquel momento mientras miraba los ojos cerrados y la cara inmóvil de Ada. Extendió el vestido sobre el vendaje improvisado para mantenerlo apretado lo mejor que pudo y se puso en pie mientras se descolgaba la Remington del hombro.
Ada lo había cuidado, lo había protegido cuando él no había podido protegerse a sí mismo. León empezó a cargar la escopeta con gesto ceñudo, sin sentir ninguna clase de dolor mientras se preparaba para devolverle el favor.
Fue Sherry la que adivinó por dónde podía haberse marchado su madre mientras ella y Claire registraban lo que parecía ser el final de la línea de habitaciones. Habían llegado a otra estancia abierta y sombría, pero sólo había una puerta en ella. No parecía existir otro modo de salir de aquel lugar cavernoso, a menos que la madre de Sherry hubiese saltado del piso elevado sobre el que se encontraban y hubiese atravesado caminando la completa oscuridad que las rodeaba.
Se quedaron al borde de la oscuridad, intentando divisar algo a través de la negrura más absoluta, pero sin resultado. La habitación parecía ser un muelle de carga y descarga. Una plataforma con raíles corría a lo largo de la pared trasera a partir de la puerta y luego acababa de repente, dando paso a lo que parecía ser un abismo sin fondo. O Annette había bajado y había comenzado a recorrer alguna clase de sendero secreto o Claire se había equivocado sobre la dirección que la madre de Sherry había tomado cuando huyó de ella.
¿Y ahora qué hacemos? ¿Regresamos o intentamos seguirla? No quería hacer ninguna de las dos cosas, aunque lo de retirarse le sonaba muchísimo mejor que lo de meterse en un agujero negro que no sabía adonde llevaba. Además, lo más seguro era que León estuviese todavía en algún lugar de por allí detrás...
—A lo mejor es un tren. Se parece a una estación de tren —dijo Sherry, y en cuanto pronunció la palabra «tren», Claire se dio mentalmente una fuerte patada en el culo.
Una plataforma que en realidad es un andén, unas vías, un centenar de lo que parecen ser «tuberías» en el techo...
Claire sonrió a Sherry mientras meneaba la cabeza por su propia estupidez. Estaba claro que estaba perdiendo facultades.
—Sí, creo que es eso —asintió—. Pero has sido tú la que lo has adivinado, no yo. Debo de tener el cerebro en huelga...
La pequeña consola de ordenador que estaba a un lado del andén, y que ella había considerado poco importante, era probablemente el panel de mando. Claire se dirigió hacia ella. Sherry la siguió mientras manoseaba de forma inconsciente su colgante de oro y le describía los sonidos que había oído mientras se hallaba en el fondo del pozo de drenaje.
—Y se alejaba, lo mismo que un tren. Me hizo pasar mucho miedo, porque el ruido era muy fuerte.
Allí estaba, justo debajo de la pequeña pantalla del monitor que se encontraba encima de la consola: un código de regreso y un grupo de diez teclas. Claire introdujo el código y pulsó la tecla de «intro»: la cámara se inundó con el sonido del zumbido de la maquinaria que se ponía en funcionamiento. El sonido de un tren.
—Eres una chiquita muy inteligente, ¿sabes? —le dijo Claire, y el rostro de Sherry se iluminó, con toda su cara arrugada por la gran sonrisa que apareció en ella.
Claire le rodeó los hombros con un brazo y regresaron hacia el extremo del andén para esperar la llegada del tren.
Las luces del tranvía aparecieron después de unos cuantos segundos. Los dos pequeños círculos de luz se fueron haciendo más y más grandes mientras los observaban llegar. Después de todos los apuros que habían pasado, Claire decidió que sería todo lo optimista que pudiera sobre aquel acontecimiento. En primer lugar, para alejar cualquier idea sobre cualquier próximo hecho horrible que pudiera ocurrir. El tren las sacaría de la ciudad, sin duda, y estaría repleto de comida y de agua. Tendría duchas y ropas limpias y tibias...
Naaa, olvida eso. Una bañera llena de agua caliente, un par de esos albornoces peludos y unas zapatillas calentitas.
Eso estaría bien, pensó, pero se conformaría con cualquier otra cosa que no incluyera monstruos o gente con trastornos mentales. Miró a Sherry y se dio cuenta de que todavía estaba manoseando el colgante.
—¿Qué es lo que tienes ahí? —preguntó, deseosa de que Sherry sonriera de nuevo—. ¿Tienes una foto de tu novio o algo así?
—¿Aquí dentro? Oh, no, no es un medallón para fotos —contestó Sherry, y Claire se alegró de ver en sus mejillas asomó un ligero tono de rubor—. Mi madre me lo regaló. Es un amuleto de buena suerte... y no tengo novio. Los chicos de mi edad son unos críos todavía.
La sonrisa de Claire se hizo aún más amplia.
—Acostúmbrate, cariño. Por lo que yo he visto, algunos de ellos jamás terminan de crecer.
El tren ya estaba lo bastante cerca para ver su silueta. Se trataba de un único coche de unos cinco o seis metros de largo que avanzaba con suavidad bajo su guía superior.
—¿Adónde crees que lleva? —preguntó Sherry, y antes de que Claire respondiera, la puerta del andén saltó por los aires.
La escotilla estalló hacia dentro, arrancada de cuajo de los goznes con un chillido de metal y un tremendo estampido contra el suelo...
Claire agarró a Sherry y la acercó a su cuerpo, mientras el enorme Señor X entraba, doblando su cuerpo de lado y hacia abajo para pasar a través de la estrecha abertura que representaba para él la puerta. Su mirada sin alma se fijó inmediatamente en ellas.
—¡Ponte detrás de mí! —gritó Claire a Sherry mientras sacaba la pistola de Irons.
Se arriesgó a mirar hacia atrás, al tren que se aproximaba. Diez segundos, lo único que necesitaban eran diez segundos...
Pero el Señor X dio un gigantesco paso hacia ellas, y Claire supo inmediatamente que no los tenía. Su terrible cara sin expresión y sus manos ya alzadas estaban todavía a seis metros de ella, pero eso sólo significaba cuatro de sus inmensas zancadas...
—¡Sube al tren en cuanto llegue! —dijo Claire con otro grito, y apretó el gatillo.
Cuatro, cinco, seis disparos contra su pecho. El séptimo proyectil arrancó un trozo de su blanquecina mejilla, pero el Señor X ni siquiera parpadeó. Tampoco sangró, y tampoco se detuvo. Dio otra gran zancada, y el negro y humeante agujero de su cara fue otra muestra clara de su falta de condición humana. Claire bajó el ángulo de disparo de la pistola y siguió apretando el gatillo.
Piernas, rodillas...
¡Bam! ¡Bam! ¡Bam!
Se detuvo por un momento cuando los proyectiles lo acribillaron. Al menos una de las balas había sido un impacto directo contra su rodilla izquierda, pero sus ojos no dejaron de mirarla, fijos en ella como si se tratase de un proyectil dirigido contra un objetivo...
—¡Aquí! ¡Vamonos!
Sherry le estaba tirando del chaleco, gritando, y Claire comenzó a retroceder, apretando de nuevo el gatillo. Otros dos proyectiles alcanzaron al monstruo en las tripas...
Y, de repente, se encontró en el interior del tren: Sherry había hallado los mandos de apertura de la puerta. La cerró, con un sonido veloz y siseante, y el Señor X quedó encuadrado en la pequeña ventana, sin avanzar más, pero sin llegar a caer. Sin morir.
—¡Sígueme! —le gritó al divisar el tablero de luces intermitentes, que estaba a su derecha. Sabía que la puerta no resistiría ni un segundo si la gigantesca y terrible criatura comenzaba a caminar de nuevo y se lanzaba contra ella.
Corrió hacia el tablero de mandos con Sherry a su lado y, mientras apretaba con mano temblorosa el botón rojo que indicaba «avance», dio gracias a Dios porque el ingeniero que había diseñado el aparato lo había planeado para ser lo más simple posible...
Y el tren se puso en marcha, alejándose con suavidad del andén, alejándose de aquella criatura inhumana e indestructible mientras se internaba en la oscuridad.
Annette estaba sentada en la zona de descanso del personal, en la cuarta planta. Esperaba que el sistema principal respondiera al encendido general mientras discutía consigo misma si iniciar o no la secuencia P-épsilon. En cuanto el sistema de autodestrucción se pusiera en marcha, todas las puertas de los pasillos quedarían desbloqueadas y todas las que estuviesen conectadas electrónicamente quedarían abiertas. Las criaturas que habían permanecido atrapadas a lo largo de los últimos días quedarían libres para salir, y la mayoría estarían muy hambrientas...
Hambrientas e infectadas, supurando virus en su estado más puro a través de su carne putrefacta...
No quería tener ningún encuentro... desagradable al marcharse, pero en cuanto las primeras líneas del código aparecieron en la pantalla, decidió no poner en marcha la secuencia. El gas P-épsilon era sólo un experimento, algo en lo que habían trabajado un par de investigadores de microbiología para dejar tranquilo y satisfecho al personal de control de daños de Umbrella. Si lograba funcionar, dejaría fuera de combate a los Re3 y a todos los humanos infectados por la oleada de virus transportados por el aire, la primera, lo que le garantizaría un trayecto más seguro hasta el túnel del transporte de escape. Sin embargo, los espías estaban cada vez más cerca, y Annette no quería facilitarles el trabajo. Había oído que alguien hacía regresar el ascensor después de que ella saliera trastabillando camino al laboratorio de síntesis. En realidad, aquello era genial: llegarían a tiempo para el gran final, y quería que tuvieran que luchar por sus vidas mientras ella se alejaba a toda velocidad hacia la seguridad, se alejaba de la inmensa explosión que arrasaría las instalaciones de miles de millones de dólares...
Todo arderá, arderá y yo me veré libre de esta pesadilla. Final de la partida, y yo habré ganado. Umbrella perderá, de una vez por todas. Esos cabrones traicioneros y rastreros, asesinos...
Se sintió bien, despierta, completamente consciente y sin apenas sentir dolor. Había decidido dirigirse hacia la terminal de ordenador más cercana en cuanto regresara, para poner en marcha el sistema de autodestrucción incluso antes de recoger la muestra, pero apenas había sido capaz de ver lo que tenía delante cuando salió a tropezones del ascensor. Había tenido miedo de olvidarse de algo o, aún peor, de caerse y no poder levantarse de nuevo. Un pequeño paseo hasta el armario de los medicamentos del laboratorio de síntesis había acabado con todo aquello y lo había arreglado. El terrible dolor ya no era más que un recuerdo lejano, y había desaparecido, lo mismo que los extraños procesos mentales que habían dificultado tanto su concentración. Cuando su pequeña combinación de fármacos perdiera su efectividad, pagaría los efectos, pero durante las siguientes dos horas, al menos, estaba muy bien, mejor que como nueva.
Epinefrina, endorfina, anfetamina. ¡Vaya, vaya!
Annette sabía que estaba drogada y que no debía sobrestimar sus capacidades, pero ¿por qué no iba a sentirse contenta? Sonrió a la pequeña pantalla de ordenador que tenía delante y comenzó a teclear los códigos. Sus dedos volaron sobre el teclado, y sintió que los dientes se le iban a partir por la energía que le había proporcionado la adrenalina sintética que su acelerada corriente sanguínea transportaba por sus arterias. Había logrado regresar al laboratorio, William había regresado también, y la muestra, la única muestra viable de virus-G de todo el laboratorio estaba metida en el bolsillo de su bata de investigadora. La había escondido en una de las cápsulas de fusión antes de marcharse en busca de William, y la había recogido de camino a la estancia de descanso del personal...
76E, 43 L, 17A. Tiempo para ponerse a salvo... 20. Aviso vocal/corte de energía, 10. Autorización personal: 0001 Birkin...
Y eso era todo. Annette no pudo dejar de sonreír. No quiso dejar de hacerlo mientras acariciaba con suavidad la tecla de «intro». La sensación de triunfo fue como una espiral tibia y líquida de alegría que recorrió su magullado cuerpo. Un simple apretón, y nada en la Tierra podría detenerlo. Diez minutos después de pulsar la tecla, las cintas grabadas con los avisos comenzarían a ponerse en funcionamiento, y el ascensor de transporte quedaría inmovilizado, aislando las instalaciones del mundo exterior. Las cintas comenzarían la cuenta atrás: cinco minutos para alcanzar en tren la distancia mínima de seguridad, y otros cinco minutos después y...
Buuummm. Veinte minutos antes de la explosión. Tiempo más que suficiente para llegar hasta el túnel y encender el tren, sin importar lo que ande suelto por ahí. Tiempo más que suficiente para alejarme del reloj que avanzará sin detenerse, bajo las calles de la ciudad, a través de las aisladas laderas de las colinas en las ajueras de Raccoon City. Tiempo más que suficiente para llegar al final de la vía, salir a la extensión de terreno privado, dar la vuelta... y ver cómo Umbrella lo pierde todo.
Cuando la cuenta del reloj llegase a cero, las cargas de autodestrucción de explosivo plástico instaladas en el reactor central de la planta de energía del laboratorio estallarían. Incluso si sólo estallaba una de las doce cargas instaladas, esa única explosión sería suficiente para activar todas las cargas secundarias colocadas a lo largo de las paredes. El sistema de autodestrucción de Umbrella había sido diseñado para destruirlo absolutamente todo. El laboratorio se convertiría en un infierno en llamas que haría saltar por los aires la ciudad muerta, lo que sería visible a kilómetros de distancia... y ella estaría allí para verlo, para saber que había hecho todo lo posible para hacer justicia. Esto va por ti, William...
El pensamiento fue agridulce. Durante cierto tiempo, no habían... disfrutado de su relación como marido y mujer. William era tan inteligente, estaba tan entregado al trabajo, que los placeres de las síntesis y de los desarrollos habían sustituido los hábitos y los deberes diarios de un matrimonio. Ella había llegado a reconocer su genio, a disfrutar de la tarea de apoyarlo sin la incomodidad de las peleas en una relación... Sin embargo, en aquel momento, con el dedo apoyado para acabar con todo para siempre, descubrió de repente que deseaba con todas sus fuerzas que hubiera ocurrido algo mucho más profundo entre ellos a lo largo de los últimos años, algo más aparte de su tremenda adoración por sus increíbles dones, del aprecio de William por su ayuda...
Este es nuestro último beso, amor mío. Esta es mi contribución final a tu trabajo, mi último acto de amor por lo que compartimos.
Sí, exactamente ése era su sentimiento. Annette apretó la tecla con el corazón alegre y vio el código brillar en la pantalla con luz verde.
—Les entrego respetuosamente mi dimisión —dijo en voz baja, y comenzó a reírse.

Capítulo 25
La oscuridad pasó zumbando al lado de la plataforma en movimiento, una oscuridad metálica bañada en una tenebrosa luz naranja. Fuera lo que fuese lo que había abierto el agujero en la pared del transporte, había desaparecido. León había rodeado dos veces el aparato y no había visto absolutamente nada. Tampoco había oído nada, con excepción del suave zumbido de los motores en marcha.
De repente, la criatura aulló por fin y León alzó el cañón de la escopeta, pero lo que vio lo dejó paralizado por completo. En el segundo que tardó en verlo realmente, su furia vengativa se había disuelto como polvo en el viento, y fue reemplazada por un asombro que le heló toda la sangre de las venas. Me cago en...
La criatura todavía estaba aullando, con la cabeza echada hacia atrás, con un grito gutural y gorgoteante que parecía una voz surgida del infierno de la oscuridad que la envolvía. Sin duda, antaño había sido un hombre: todavía podía ver en sus enormes brazos y piernas los restos de las ropas que había llevado puestas... pero todo lo que tenía de humano había desaparecido y cambiado, y todavía estaba cambiando al mismo tiempo que aullaba su rabia a la fría oscuridad, mientras León sólo podía quedarse mirando.
Su cuerpo estaba hinchado y repleto de extraños músculos. Tenía el pecho desnudo y dilatado por completo por su aullido interminable. Su brazo derecho era unos veinte centímetros más largo que el izquierdo, y las ensangrentadas garras de hueso sobresalían de una mano palpitante. Lo más curioso era el tumor bulboso y en movimiento que tenía en su bíceps derecho, y que más bien parecía un ojo del tamaño de plato. Giraba con movimientos húmedos de un lado a otro, como si estuviese buscando algo...
Y el aullido también cambió. Su tono se hizo más profundo, más rugiente. El rostro estaba cayendo hacia adelante... y fundiéndose con el pecho. Como si se tratase de cera caliente, como si fuera un efecto especial sacado de una película, la cabeza de la criatura se hundió en el torso y desapareció bajo la inflamada y aparentemente voraz piel...
Y, al mismo tiempo, otro rostro comenzó a aparecer y a formarse, alzándose desde detrás de su cuello con un horrible sonido crujiente, parecido al de los huesos al astillarse y romperse. La piel se partió de repente y las aberturas de unos ojos parpadearon, a la vez que otra parte de la cara se agrietaba y aparecía un agujero rojizo rodeado de huesos que comenzaba a cumplir las funciones de boca y tomaba el relevo del aullido con una nueva voz...
León apretó el gatillo en respuesta, como una negativa a la impura existencia de aquel monstruo.
¡Bam!
Las postas del disparo le alcanzaron de lleno en el pecho, y un espeso chorro de sangre de color púrpura saltó de la herida, cortando inmediatamente el aullido de la criatura... pero fue lo único que logró. La nueva cabeza del monstruo se giró hacia León, se inclinó hacia un lado... y la criatura bajó de un salto a la plataforma, aterrizando en una postura semiagachada sobre unas piernas que tenían el diámetro del pecho de León. Le bastó un paso que casi pareció un salto para ponerse lo bastante cerca de León como para que éste pudiera oler el extraño hedor químico que emanaba de su reluciente piel... y para que pudiera ver que la herida del pecho había dejado de sangrar, y que la piel ya estaba cubriendo los pequeños agujeros.
La criatura alzó sus tremendas garras y León retrocedió trastabillando. Cargó con un chasquido de la corredera del cañón otro proyectil en la recámara y disparó justo cuando la garra comenzó a bajar... ¡Sshhhiiink!
Una lluvia de chispas salió despedida de la barandilla metálica al mismo tiempo que las postas perforaban el estómago del monstruo, provocando otro chorro de sangre púrpura procedente de su cuerpo. El tremendo impacto del poderoso cartucho disparado a quemarropa apenas detuvo al enorme monstruo. Dio otro paso, y León volvió retroceder mientras cargaba otro cartucho... y tropezó con los peldaños que llevaban hasta el cubículo de transporte, tropezó y se cayó de culo. El disparo pasó por encima de la cabeza del monstruo. Otro paso, y estaría encima de él... Muerto. Estoy...
Pero no dio aquel paso. En lugar de eso, se giró hacia la barandilla e inclinó su extraña cabeza al mismo tiempo que las aletas de su rudimentaria nariz se agitaban...
Y en silencio, de un modo casi grácil, saltó por encima del borde la plataforma, hacia la oscuridad que subía.
León se quedó inmóvil durante unos instantes. No pudo moverse: estaba demasiado ocupado intentando comprender que, al final, el monstruo no lo había matado. Había olido o sentido algo, y había detenido su ataque, que sin duda habría sido letal e imparable... y simplemente había saltado por encima de la barandilla del transporte en marcha. No estoy muerto. Se ha ido y no estoy muerto. El porqué no lo sabía, y no tenía tiempo para intentar adivinarlo. Ya era suficiente aceptar el hecho de que estaba vivo. Poco después, quizás unos escasos segundos después, sus liados sentidos y su confusa mente le advirtieron de que el transporte estaba disminuyendo de velocidad, que el hueco por el que bajaban tenía más luz, y que la oscuridad ya no era tan negra, sino más bien grisácea.
León se puso en pie con dificultad y se acercó para ver el estado de Ada.
Sherry había oído el monstruo a lo lejos, en lo profundo del gigantesco agujero, e incluso sintió más miedo del que había sentido cuando el gigante (el Señor X lo había llamado Claire) había aparecido en la estación de tren. Claire le había dicho que probablemente no se trataba del monstruo, sino más bien de algún problema de la maquinaria, pero Sherry no quedó convencida. El sonido procedía de tan lejos que podría haber sido cualquier otra cosa...
Pero, ¿y si no lo es? ¿Y si Claire se equivoca?
Se quedaron de pie fuera de un almacén en mitad de la helada oscuridad, de pie sobre el gran agujero del suelo, mientras esperaban que los ruidos mecánicos se detuvieran. La luna casi llena resplandecía cerca del horizonte, y Sherry se dio cuenta, por el color azul oscuro del cielo en aquella zona, de que la noche ya estaba muy avanzada y el amanecer estaba cerca. Sin embargo, no estaba cansada. Sentía miedo y nerviosismo, e incluso a pesar de que Claire la agarrara de la mano, no quería bajar a través del negro agujero donde podía encontrarse el horrible monstruo.
Después de lo que les pareció una eternidad, el zumbido de la maquinaria se detuvo. Claire se alejó del agujero —el hueco del transporte, lo había llamado—, y se dio la vuelta hacia el almacén.
—Vamos a ver si podemos llamar al... ¿Sherry?
Sherry no se había movido para seguirla. Se había quedado inmóvil mirando el agujero, agarrando su amuleto y deseando ser tan valiente como Claire... pero no lo era. Sabía que no lo era, y sabía que no quería bajar a la oscuridad.
No puedo, no puedo bajar ahí. No soy como Claire, y no me importa nada que mamá haya bajado por ahí. No me importa nada de nada...
Sherry sintió una calidez que le recorría la espalda y levantó la vista sorprendida. Era Claire, que se había quitado su chaleco y se lo estaba colocando por encima de los hombros.
—Quiero que te quedes con esto —dijo Claire, y Sherry sintió una repentina oleada de alegría y confusión.
—Pero... ¿por qué? Es tuyo, y vas a pasar frío...
Claire no le hizo caso durante un minuto, mientras la ayudaba a ponérselo correctamente. Era demasiado grande para ella, y estaba bastante cubierto de suciedad, pero era la prenda más linda que jamás había tenido puesta. Es para mí. Quiere que yo me quede con él. Claire se arrodilló delante de ella. Ahora sólo llevaba puesta su camiseta negra y sus pantalones cortos, y se quedó mirando con mucha seriedad a Sherry mientras tiraba de las solapas del chaleco y se lo cerraba mejor sobre el pecho.
—Quiero que te lo quedes porque sé que tienes miedo —dijo con firmeza—, y porque hace mucho tiempo que tengo este chaleco, y con él me siento capaz de patearle el culo a cualquiera, como si nada pudiera detenerme. Mi hermano tiene una chaqueta de cuero con el mismo dibujo, y él sí que patea los culos de los malos... pero porque me robó la idea.
Sonrió de repente. Era una sonrisa cansada pero cálida, y aquello le hizo olvidar a Sherry cualquier recuerdo de su madre, aunque sólo fuera por un minuto.
—Así que ahora es tuyo, y cada vez que tú te lo pongas, quiero que recuerdes que eres la mejor chica de doce años con la que jamás me haya cruzado.
Sherry le devolvió la sonrisa, abrazando con fuerza el chaleco de color rosa gastado para apretarlo contra su cuerpo.
—Y además es un soborno, ¿verdad?
Claire asintió sin dudarlo ni un segundo.
—Aja. Y además es un soborno, así que, ¿qué me dices?
Sherry suspiró y extendió su mano para tomar la de Claire, y regresaron al almacén para buscar los mandos del ascensor.
Ada se despertó cuando León la depositó con suavidad en el chirriante camastro. Se despertó sintiendo un dolor punzante en la cabeza y un dolor agudo en su costado. Su primer pensamiento fue creer que le habían disparado, pero en cuanto abrió los ojos y la imagen del preocupado y pálido rostro de León se hizo más nítida, lo recordó todo.
Iba a besarme. Bueno, eso creo. Y después...
—¿Qué ha pasado?
León bajó su mano y le apartó un mechón de pelo de su frente, con una leve sonrisa.
—Ha pasado un monstruo. Creo que ha sido el mismo que mató a Bertolucci. Atravesó con su mano la pared del ascensor y te hirió. Te golpeaste en la cabeza después de que... te atravesara con su garra.
¡El virus!
Ada se esforzó por incorporarse para mirarse la herida, pero el fuerte dolor de cabeza la obligó a tumbarse de nuevo. Estiró la mano y se tocó con cuidado el lugar donde sentía el palpitante dolor. Entrecerró los ojos cuando pasó los dedos por encima del chichón pegajoso.
—Eh, eh, tranquila. Quédate quieta —le advirtió León—. La herida no es demasiado grave, pero te diste un golpe muy fuerte...
Ada cerró los ojos mientras intentaba recuperar el control. Si se había infectado, ya no podía hacer nada para evitarlo... y aquello sería realmente una ironía. Si había sido Birkin quien la había herido y todavía estaba lleno de gérmenes, ella terminaría recogiendo el virus-G de un modo muy personal.
Respira profundamente, mantén la calma. Ya no estás en el transporte. Eso, ¿qué te dice?
—¿Dónde estamos? —preguntó mientras volvía a abrir los ojos.
León meneó la cabeza con un gesto negativo.
—No estoy seguro. El sitio es como tú dijiste. Estamos en una especie de fábrica o de laboratorio subterráneo. El transporte está justo ahí fuera. Te he traído a la habitación más cercana.
Ada giró su doliente cabeza lo suficiente para ver las pequeñas ventanas, justo encima de una mesa repleta de papeles, que daban a la gran nave donde había llegado el transporte.
Debemos de estar en la cuarta planta, donde se detiene el ascensor...
El laboratorio principal de síntesis estaba en la quinta planta.
León la estaba mirando con tal sinceridad, con unos ojos azules tan decorosamente enternecidos, que Ada pensó seriamente por unos cuantos segundos en abortar la misión. Todavía podían bajar juntos hasta el túnel de escape, montar en el tren y salir de la ciudad. Podrían huir, marcharse lejos, muy lejos...
Y después, ¿qué? ¿Llamarás a Trent y le dirás que vas a devolverle el dinero? Claro. Luego quizá puedas conocer a los padres de León, comprarte un anillo y después una linda casa de color blanco con una pequeña valla de madera también de color blanco, quién sabe, tener un par de críos... Podrías aprender a hacer punto y a lo mejor masajearle los pies cuando regrese a casa después de un duro día de trabajo encerrando a borrachos y despejando atascos de tráfico. Y vivieron felices...
Ada cerró los ojos de nuevo, incapaz de mirarlo a los suyos mientras hablaba.
—León, me duele mucho la cabeza, y el túnel que vi, el del mapa... No sé dónde está exactamente...
—Yo lo encontraré —afirmó él en voz baja—. Lo encontraré, y después vendré a buscarte. No te preocupes por nada, ¿de acuerdo?
—Ten cuidado —le respondió ella con un susurro, y un instante después sintió sus labios rozar muy levemente su frente. Oyó que se ponía en pie y caminaba hacia la puerta.
—Tú sólo tienes que quedarte ahí. Volveré pronto —dijo, y la puerta se abrió y se cerró. Estaba sola.
No le pasará nada. Se perderá intentando encontrar el túnel, regresará y verá que me he ido y tomará el ascensor para regresar de nuevo a la superficie... Yo podré encontrar la muestra y escapar y todo habrá terminado.
Ada esperó un minuto y luego se incorporó con lentitud. El rostro se le torció con una mueca cuando sintió el doloroso palpitar en el interior de su cabeza. Estaba claro que había sido un golpe bastante fuerte, pero no uno capaz de incapacitarla. 'Todavía podía manejarse sola.
Oyó un ruido en el exterior. Se puso en pie y caminó hacia una de las ventanas. Sabía cuál era el origen del ruido antes incluso de mirar a través del cristal, y sintió que el ánimo se le hundía un poquito: el transporte subía de nuevo, probablemente llamado por un equipo de Umbrella que ya se encontraba en la fábrica...
Lo que significa que no dispongo de mucho tiempo. Y si lo encuentran...
No, a León no le pasaría nada de nada. Era un luchador y tenía el sentido común suficiente para alejarse a marchas forzadas de cualquier peligro. Además, era fuerte y honesto... así que no necesitaba en su vida a nadie como ella cerca de él. Había sido una estupidez pensar en ello, aunque sólo hubiera sido por un momento. Había llegado el momento de acabar con el asunto, de llevar a cabo la misión para la que había ido a Raccoon City, de recordar quién era ella en realidad: una agente independiente, una mujer que no tenía reparos ni escrúpulos algunos sobre robar o matar para lograr llevar a cabo una misión con éxito. Era una ladrona fría y eficiente que se enorgullecía de no haber fallado ni siquiera en uno de los trabajos que había llevado a cabo a lo largo de toda su carrera. Ada Wong siempre se marchaba con la mercancía que había ido a buscar, y haría falta algo más que unas cuantas horas con un policía de ojos azules para lograr que lo olvidara.
Ada sacó las tarjetas de acceso y la llave maestra de su pequeño bolso y abrió la puerta, diciéndose a sí misma que estaba haciendo lo correcto... e intentando mantener la esperanza de que esta vez lograría convencerse a sí misma.

Capítulo 26
Annette se había tropezado con un serio problema. El trayecto hasta el compartimiento de carga no había sido complicado. Sólo se había encontrado con un infectado, uno de los primeros enfermos, y le había abierto un agujero en su cabeza reseca y blanquecina con el primer disparo. Había pasado bajo un Re3 dormido, pero éste no se había movido en absoluto en su cómodo lecho del techo, y, al parecer, las demás criaturas que acechaban desde las sombras de las instalaciones no se habían dado cuenta todavía de que eran libres. Si no era así, significaba que se habían desmenuzado convirtiéndose en polvo antes de lo que ella había pensado. En cualquiera de los dos casos, ella se habría marchado del lugar antes de tener que preocuparse por una u otra posibilidad.
Había logrado llegar al compartimiento de carga en menos de tres minutos y había pulsado el código clave con una enorme sensación de logro y de triunfo. El subidón provocado por la mezcla de drogas empezaba a desaparecer, pero todavía se sentía bien... hasta que la escotilla del compartimiento se negó a abrirse. Annette introdujo de nuevo el código, bastante sencillo, pero esta vez con más cuidado... y no ocurrió nada. Era una de las pocas puertas de las instalaciones que no se abría automáticamente cuando se ponía en marcha el sistema de autodestrucción, pero aquello no debería haber supuesto un problema, ya que existía un disco de verificación en una ranura situada bajo los controles de apertura. El disco siempre estaba allí a pesar de la insistencia del personal directivo de seguridad de Umbrella en que sólo debían tenerlo en sus manos los jefes de departamento de cada una de las secciones...
Y, por supuesto, en cuanto había metido la mano en la ranura, se había encontrado con que el disco no estaba allí, donde se suponía que debía estar. Alguien se lo había llevado.
Annette se quedó de pie delante de la compuerta cerrada, en la vacía estancia, y comenzó a sentir los primeros tentáculos de miedo recorrer su mente. Era un ataque de histeria que no podía permitirse.
El laboratorio va a saltar por los aires, y ya he desperdiciado casi cinco minutos, así que, ¿dónde demonios está el maldito disco?
—Tranquila, tranquila. No pasa nada, estás bien...
Un suave eco, un susurro razonado en mitad de la reluciente sala. Sólo tenía que subir en el ascensor hasta la siguiente planta. Al fin y al cabo, tenía la tarjeta maestra de apertura, tenía un arma y tenía tiempo. Tampoco demasiado, pensó después, pero suficiente.
Respiró profundamente y regresó al pasillo que llevaba hasta las escaleras, recordándose a sí misma que todo iba bien y que aquel contratiempo no tenía importancia, que Umbrella iba a pagar de todos modos, lograra o no, salir de allí. No quería morir, no iba a morir, pero los relucientes pasillos de paredes cubiertas de sangre y los laboratorios, antaño completamente esterilizados, iban a arder de todas maneras, así que no había necesidad de dejarse llevar por el pánico...
Justo cuando giró a la derecha y avanzó con rapidez por el pasillo que la llevaría hasta su objetivo, con sus pasos resonando con un sonido hueco en el silencio, un panel del techo cayó precisamente delante de ella... y un Re3, un lamedor, aterrizó en el suelo y aulló exigiendo su sangre. ¡No!
Annette apretó el gatillo, pero el disparo sólo abrió un agujero en el hombro de la criatura en el preciso momento que se lanzaba de un salto sobre ella, extendiendo una garra deforme para destriparla. Sintió un fuerte dolor en el antebrazo y disparó de nuevo, asombrada e incrédula...
El segundo proyectil le acertó de lleno en la garganta. El monstruo aulló de nuevo mientras la sangre salía con un chorro borboteante de su destrozada garganta. Su aullido se convirtió en un feroz grito rugiente cuando se abalanzó de nuevo sobre ella.
El tercer disparo destrozó la gelatinosa sustancia gris que constituía su cerebro, y la criatura cayó al suelo inmediatamente, quedando hecha un montón de carne que se estremecía de forma espasmódica a escasos centímetros de sus piernas, igualmente temblorosas.
Annette comenzó a jadear al darse cuenta de lo cerca que había estado de morir. Bajó la mirada hacia su sangrante brazo, a los profundos cortes que habían atravesado la tela de la bata de laboratorio...
Y algo se rompió de forma definitiva. Algo en su mente, los pensamientos de su mente corrían a toda velocidad, lo mismo que su corazón palpitante: la sangre y el lamedor, el lamedor de William, muerto en el suelo delante de ella. Todo lo anterior giró y giró, danzando mientras formaba un círculo en el interior de su cabeza y se concentraba hasta formar una única idea, un pensamiento increíblemente simple. Un pensamiento que le daba sentido a todo lo que había ocurrido.
No es suyo.
Estaba tan claro, tan claro como el agua. No podía huir del dolor, porque el dolor la encontraría en cualquier lugar hacia el que corriera. Tenía la prueba allí mismo, goteando por su brazo. William lo había comprendido, pero se había perdido a sí mismo antes de poder explicárselo a ella, antes de decirle lo que ella realmente tenía que hacer: tenía que enfrentarse a sus atacantes y asegurarse de que se enterasen, que se enterasen que el virus-G no era suyo, porque no les pertenecía. Pero ¿lo entenderán? ¿Podrán entenderlo? Quizá sí, quizá no. Sin embargo, se sentía tan apabullada por aquella verdad de una sencillez tan profunda que supo que al menos tenía que intentarlo. Era el trabajo de la vida de William. Era su legado, y ahora le pertenecía a ella. Ya lo había intuido antes, pero ahora lo sabía. Era un rayo de luz en su mente que convertía a todos los demás problemas en asuntos triviales.
No es suyo. Es mío.
Tendría que encontrarlos a todos, decírselo, y en cuanto hubieran aceptado la verdad de lo que les diría, tendrían que dejarla tranquila. Después, si todavía le quedaba tiempo, se marcharía.
Pero antes, tendría que pincharse otra vez. Sonrió, con los ojos abiertos de par en par y con la mirada un poco perdida. Annette pasó por encima del lamedor y se dirigió hacia las escaleras.
León creyó oír disparos.
Estaba en una especie de estancia quirúrgica, la primera habitación al final del primer pasillo que había tomado después de dejar atrás a Ada. Levantó la vista del montón de papeles arrugados que había estado revisando y se quedó a la escucha. Sin embargo, los chasquidos no se repitieron, así que continuó con su búsqueda. Pasó con rapidez las páginas, desesperado por encontrar algo más aparte de las interminables listas de números y letras bajo el anagrama de Umbrella.
Vamos, vamos. Tiene que haber algo útil entre toda esta información...
Quería salir de allí, quería agarrar a Ada y salir cagando leches de allí. El cuerpo despanzurrado tirado sobre una esquina era razón más que suficiente, pero había algo más aparte de aquello. El mismo aire de la habitación, del pasillo que daba a la habitación y, estaba seguro, el de todas las estancias de la instalación, era insano. Olía a muerte, pero lo que era aún peor era la atmósfera, el ambiente creado por algo mucho más siniestro, mucho más inmoral. Mucho más... malvado.
Aquí realizaron experimentos, llevaron a cabo pruebas y Dios sabe qué más cosas... y crearon una plaga de zombis y crearon el monstruoso demonio zombi que atacó a Ada. Han matado a toda una ciudad. Fuese lo que fuese lo que pretendían hacer, era algo malvado sin lugar a dudas.
Maldad a gran escala. El transporte los había llevado hasta una instalación secreta de Umbrella, bastante grande. Sabía por los números que aparecían en las paredes que se encontraba en la cuarta planta, significase lo que significase aquello. La pasarela, una de las tres entre las que había podido elegir, por la que había llegado hasta el pasillo y hasta la habitación de operaciones donde se encontraba, pasaba por encima de un espacio abierto de unos veinticinco o treinta metros, cuyo fondo no era visible, completamente perdido en la oscuridad. No sabía a la profundidad que habían bajado Ada y él, aunque la verdad es que tampoco le importaba. Lo único que quería era encontrar un mapa como el que ella había descubierto en las alcantarillas, un diagrama claro y sencillo con una flecha que indicara «salida»... Y no está aquí.
León echó a un lado los papeles, lleno de frustración... y vio un disco de ordenador en la mesa de acero, que había estado oculto por el montón de papeles sobre los resultados de experimentos químicos. Lo recogió con el entrecejo fruncido por la intriga y leyó la etiqueta: «Para la verificación del almacén de carga». Estaba escrito con grandes letras mayúsculas, pero con cierto descuido.
León lanzó un suspiro y se lo guardó en un bolsillo. Se frotó los cansados ojos con la mano derecha. El brazo izquierdo le había quedado casi inútil después de trasladar a Ada desde el ascensor. No quería ponerse a buscar un ordenador para saber lo que había en el disco, no quería ir de habitación en habitación para encontrar la salida, descubriendo una y otra vez nuevas atrocidades llevadas a cabo por Umbrella antes de que todo se fuera al garete. Estaba cansado y dolorido, además de preocupado por Ada... y, mientras se dirigía hacia la puerta de salida, decidió que debía volver para ver cómo estaba y hablar con ella. Quería tranquilizarla, decirle que encontraría la salida, pero que el puñetero lugar era enorme. Si al menos ella recordara la dirección general donde se encontraba la salida, o quizás incluso el número de la planta o piso.
León abrió la puerta, entró en el pasillo... y entonces vio, justo delante de él, una mujer con una pistola en la mano, una nueve milímetros con la que le apuntaba directamente al pecho. La desconocida estaba sangrando. Unos débiles regueros de sangre bajaban lentamente por su sucia bata de laboratorio... y por la expresión de su cara, por la extraña mirada que vio en sus ojos vidriosos, se dio cuenta inmediatamente que estaba drogada hasta las cejas con alguna sustancia, y que realizar cualquier movimiento brusco sería una idea realmente mala.
Jesús, ¿qué es esto?
—Tú asesinaste a mi marido —le dijo—. Tú y tu compañera, y también la joven. Todos vosotros, todos queríais bailar en su tumba, ¡pero yo tengo algo que deciros!
Tenía un subidón tremendo. Podía notarlo en el temblor agudo de su voz y en el modo que a veces su piel se tensaba y temblaba en su cara. León mantuvo las manos a lo largo de sus costados y habló con voz baja y tranquila.
—Señora, soy agente de policía, y estoy aquí para ayudarla, ¿de acuerdo? No quiero hacerle daño, sólo...
La mujer metió su ensangrentada mano en uno de los bolsillos de su bata y sacó algo que sostuvo en alto. Se trataba de un tubo de cristal lleno de un extraño fluido púrpura. Sonrió con salvajismo y lo sostuvo aún más alto, por encima de su cabeza, pero sin dejar de apuntarle al pecho.
—¡Aquí está! Esto es lo que queréis, ¿verdad? Escúchame. ¿Me escuchas atentamente? ¡No es vuestro! ¿Entiendes lo que te digo? ¡No es vuestro! Fue William quien lo creó y yo lo ayudé, ¡así que no os pertenece!
León asintió con lentitud, y luego habló con tranquilidad.
—Tiene razón, no me pertenece. Es suyo, completamente su...
La mujer ni siquiera lo oía.
—Creéis que podéis llegar y tomarlo, pero yo os detendré. Impediré que os lo llevéis. Todavía queda mucho tiempo, tiempo de sobra para matarte, para matar a Ada, ¡y a cualquier otra persona que intente llevárselo!
Ada...
—¿Qué sabe acerca de Ada? —dijo León con voz agitada al mismo tiempo que daba medio paso hacia la enloquecida mujer. Ya no se sentía tan tranquilo—. ¿Le ha hecho daño? ¿Dígamelo?
La mujer se echó a reír, con unas carcajadas completamente carentes de humor y repletas de locura.
—¡Fueron los de Umbrella los que la enviaron aquí, idiota! ¡La propia Ada Wong en persona, la señorita «Los amo y los abandono». Sedujo a John para apoderarse del virus-G, ¡pero tampoco le pertenece a ella! No lo es, no es vuestro, es mí...
Una enorme conmoción sacudió el suelo, arrojando a León contra la pared y luego contra el suelo. La rugiente vibración estremeció hasta las paredes... y ¡bam!, del techo comenzaron a caer tuberías y trozos de yeso. Una gruesa viga abatió a la mujer con un chasquido sordo. León se protegió la cabeza con el brazo derecho cuando varios trozos de cemento y de escayola comenzaron a caer encima de él y alrededor...
Un instante después, todo acabó. León se incorporó y se quedó mirando a la mujer completamente pasmado, sin comprender qué había ocurrido. La desconocida no se movía en absoluto. La viga de metal que la había golpeado todavía estaba colgada del techo, y tenía uno de los brazos atrapado debajo del alargado trozo de metal...
De repente, una voz clara y carente de sentimiento resonó procedente de unos altavoces ocultos en algún lugar de las paredes. Era una voz femenina y tranquila, que resaltaba incluso por encima del clamor de las sirenas de alarma.
«La secuencia de autodestrucción ha sido activada. Esta secuencia de autodestrucción no puede ser abortada. Todo el personal debe evacuar las instalaciones inmediatamente. La secuencia de autodestrucción ha sido activada. Esta programa no puede ser abortado. Todo el personal debe evacuar las instalaciones inmediatamente...»
León trastabilló hasta que consiguió ponerse en pie y se acercó con rapidez a la mujer caída en el suelo. Se agachó, le quitó el cilindro de cristal de su mano abierta y se lo metió en uno de los compartimientos de su cinturón. No sabía quién era, pero sabía que estaba lo bastante loca como para tener metida cualquier cosa en aquel tubo de ensayo.
Ada...
Tenía que regresar junto a Ada y salir de allí. Las alarmas intermitentes y aullantes resonaban por todo el lugar, persiguiéndolo a lo largo de todo el camino desde la puerta hasta la pasarela metálica, junto con el mensaje con voz femenina indiferente que repetía incesantemente el anuncio de su destrucción.
La voz grabada no daba ninguna indicación de cuánto tiempo les quedaba, pero León estaba completamente seguro de que no quería estar por los alrededores cuando el reloj llegara al final de la cuenta atrás.

Capítulo 27
El fresco y oscuro viaje a través del pozo del ascensor terminó con un chirrido de frenos hidráulicos... y, a continuación, sólo se oyó el silencio cuando los motores se apagaron y las dejaron atrapadas en algún punto del aparentemente interminable túnel.
—¿Claire? ¿Qué...?
Claire levantó un dedo y se lo llevó a los labios, indicándole a Sherry que se quedara callada... y percibió un sonido muy parecido a una sirena de alarma, un bramido agudo y repetitivo, aunque sonaba muy lejano. También le pareció oír una voz, pero sólo pudo distinguir un murmullo como el de una voz de tono femenino.
—Vamos, cariño. Me parece que el viaje se ha terminado. Vamos a ver dónde hemos acabado. Y quédate cerca de mí.
Salieron del cubículo del transporte y pasaron a la plataforma. Los sonidos distantes ya no eran tan distantes... y también distinguieron algo de luz, procedente de algún punto por detrás del ascensor. Claire tomó a Sherry de la mano mientras salían a toda prisa. No quería alarmar a la niña, pero estaba bastante segura de que lo que oía sí era una alarma. Sin duda, lo que también se oía era una voz grabada por encima de los bocinazos rítmicos, y Claire quería saber lo que estaba diciendo.
El ascensor se había detenido a poco más de un metro de una especie de túnel de servicio. La luz que había visto procedía de una bombilla que colgaba del techo del pequeño túnel. No había ninguna puerta, pero sí espacio suficiente para permitir que una persona pasase por allí al final del estrecho y corto túnel. Era casi seguro que se trataba un espacio pensado para que un obrero trabajase en caso de avería. Tendría que ser suficiente...
Si no, tendremos que trepar hasta la superficie, y probablemente sólo será un kilómetro o una cosa así hacia arriba...
No les quedaba más remedio. Claire aupó a Sherry y luego subió detrás de ella, pasando delante y arrastrándose por el negro agujero. Los bocinazos de la alarma aumentaron más y más de volumen a medida que se acercaban al espacio adaptado para el trabajo de los obreros, y el murmullo se convirtió en la voz de una mujer. Se esforzó por oír mejor las palabras para entenderlas, con la esperanza de oír algo así como «avería en el ascensor» o la palabra «temporalmente», pero siguió sin oír nada con claridad. No les quedaba más remedio que dejar atrás el ascensor y mantener la esperanza de que lo abandonaban por algo mejor.
Claire giró un poco su cuerpo y lanzó un suspiro.
—Chica, me parece que nos va a tocar arrastrarnos un poco. Yo iré en primer lugar, y tú...
¡Blam!
Sherry gritó cuando algo aterrizó con un ruido tremendo sobre el techo del ascensor de transporte que habían dejado atrás, atravesándolo con un enorme chirrido de metal partido y doblado. Claire tiró de Sherry para acercarla más a ella, con el corazón encogido y la respiración detenida... y una mano, a la que siguió otra, apareció a través del agujero en el techo. Después, dos gruesos brazos, oscurecidos por las sombras... y, por último, el cráneo blanco, enorme y reluciente del Señor X, como una luna llena en una noche sin estrellas.
Claire se giró de nuevo y empujó a Sherry hacia la oscuridad del estrecho espacio diseñado para el personal de reparación, con el corazón palpitándole a toda velocidad y el cuerpo cubierto repentinamente de sudor.
—¡Vete! ¡Vete! ¡Voy detrás de ti!
Sherry desapareció en la oscuridad, desapareciendo de la vista como un ratón asustado, y Claire no miró hacia atrás. Estaba demasiado aterrorizada para volver la vista mientras seguía a Sherry hasta el negro agujero. Estaba segura de que su incansable perseguidor estaba trepando por encima del destrozado ascensor para continuar con su decidida y extraña persecución.
Ada había oído parte de la enloquecida conversación de León con Annette desde las sombras del centro de la pasarela, donde los tres senderos metálicos se encontraban. Se había obligado a sí misma a no acudir en ayuda de León, prometiéndose a sí misma que si oía disparos, volvería a reconsiderarlo..., pero en ese preciso instante, toda la instalación se había estremecido con fuerza, y la suave voz grabada había comenzado su repetitiva letanía. ¡Mierda!
Ada se puso en pie, furiosa con la científica, y una parte de su ser lo sintió por León. Sabía lo que aquello significaba: Annette había puesto en marcha el sistema de autodestrucción. Eso significaba que probablemente les quedaban menos de diez minutos para salir pitando del lugar... Y León no conoce el camino de salida.
No importaba, no importaba. Eso no era importante. Ella iba a recoger la muestra, que sin duda Annette llevaba consigo, y necesitaba hacerlo inmediatamente. León no era su problema, nunca había sido su problema, y no podía abandonar la misión en ese momento, no después del infierno por el que había pasado para conseguir el preciado virus de Trent.
Ada se alejó un paso del panel principal que conectaba las tres pasarelas... y en ese preciso instante oyó unas pisadas que iban en su dirección. Eran unos pasos demasiado pesados como para tratarse de Annette. Se ocultó de nuevo entre las sombras, en la pasarela que llevaba al oeste detrás de la estructura metálica.
Un segundo después, León pasó corriendo por el lugar, probablemente de regreso al lugar donde esperaba encontrarla a ella esperándolo. Ada inspiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud mientras se esforzaba por sacarse a León de la cabeza. Después salió corriendo en dirección al lugar donde había oído a Annette.
Ada se había marchado.
«... ha sido activado. Esta secuencia de autodestrucción...»
—¡Cállate, cállate. —dijo León con un fuerte susurro.
Se quedó allí de pie, en mitad de la habitación, sintiéndose perdido e inútil, con un nudo en el estómago y las manos crispadas en un puño.
Le habría entrado pánico al oír la sirena y la alarma y habría salido corriendo. Probablemente estaba perdida en el interior de las enormes instalaciones, perdida y confundida. Quizá lo estaba buscando mientras aquella voz infernal y tranquila repetía su mensaje, mientras las sirenas sonaban una y otra vez.
¡El ascensor de transporte!
León se dio la vuelta y atravesó corriendo la puerta... y vio que había desaparecido. Sólo había un gran agujero negro de un par de metros de profundidad donde había estado unos minutos antes. Había estado demasiado concentrado en llegar hasta donde estaba Ada como para darse cuenta de que el ascensor ya no estaba allí...
¡Tenemos que encontrar el túnel! ¡Tenemos que encontrarlo! ¡Sin el ascensor estamos atrapados!
León se dio la vuelta mientras lanzaba un silencioso aullido de frustración y comenzó a correr hacia las pasarelas, rezando para encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.
El espacio para reparaciones se acababa de repente, justo delante de un hueco vertical de unos dos metros de altura que daba a un túnel. A Sherry le zumbaban los oídos y tenía la boca seca como un zapato. Sherry se agarró a los bordes del agujero cuadrado, cerró los ojos y saltó al interior.
Se balanceó sobre el pasillo y se dejó caer en cuanto estuvo en posición vertical. Aterrizó mal y se cayó cuando se le dobló la pierna derecha. Le dolió, pero apenas lo sintió. Empezó a arrastrarse sobre las rodillas y sobre las manos para quitarse de en medio. Se quedó mirando al agujero... y por allí apareció la cabeza de Claire. Sus ojos preocupados inspeccionaron rápidamente a Sherry para comprobar si estaba bien y, a continuación, si el pasillo estaba despejado y era seguro... aparte de que había una mujer hablando por los altavoces, de que las sirenas estaban provocando un jaleo infernal y de que el Señor X les estaba pisando los talones.
Claire extendió al brazo todo lo que pudo, con la pistola en la mano.
—Sherry, necesito que agarres esto. No puedo darme la vuelta.
Sherry se puso en pie, estiró el brazo y agarró la pistola por el cañón. Se sorprendió al descubrir lo mucho que pesaba el arma cuando Claire la soltó.
—No apuntes a nada con eso —le susurró Claire, y se deslizó fuera del agujero, doblando su cuerpo y aterrizando sobre su hombro, con la cabeza inclinada hacia dentro. Dio una pequeña voltereta y sus pies golpearon la pared de cemento.
Claire se puso en pie antes incluso de que Sherry tuviera tiempo de preguntarle si estaba bien. Tomó la pistola de su mano y apuntó hacia la puerta que estaba al otro extremo del pasillo.
—¡Corre! —gritó, y ella misma también empezó a correr, empujando a Sherry por la espalda con una mano mientras se dirigían hacia la puerta, y la voz de los altavoces les decía que salieran del lugar, que la secuencia de autodestrucción había sido activada...
Detrás de ellas oyeron un sonido de metal retorciéndose que superó al de las sirenas, y Sherry corrió con mayor rapidez aún, completamente aterrorizada.

Capítulo 28
Annette Birkin salió a gatas de debajo del aplastante peso del frío metal, sin dejar de empuñar la pistola, pero sin el frasco de virus-G. Cuando abrió la boca para gritar su furia, para maldecir a Dios por la injusticia de su terrible suplicio, un chorro de sangre salió de entre sus labios, como un torrente medio coagulado. Mío, mío, mío... Logró levantarse sin saber ni cómo.
Ada se dijo a sí misma que, de todas maneras, no se merecía la buena opinión de León Kennedy. Nunca se la había merecido.
Perdóname...
Cruzó corriendo la pasarela procedente de la zona de descarga, desesperado por el miedo que sentía por ella, y Ada salió de las sombras y lo apuntó con la Beretta a la espalda.
—¡León!
Él se giró inmediatamente, y Ada sintió que la garganta se le quedaba atenazada cuando vio la expresión de alivio que le recorrió la cara... y se esforzó por no sentir nada más cuando la sonrisa de alegría de León se convirtió en un gesto de amargura, que borró por completo la sonrisa.
¡Dios, perdóname!
—Te he estado esperando —dijo, sin sentir el menor orgullo por lo tranquila y calmada que sonó su voz. Lo fría y profesional que le pareció.
Las alarmas siguieron sonando, y la voz mecánica sonó casi con la misma frialdad que la suya, indicándoles que la secuencia de autodestrucción no podía detenerse. No tenía tiempo de dejar que León se hiciese a la idea de que era un monstruo tan carente de alma como uno de los zombis que se habían encontrado o la criatura en que se había convertido Birkin.
—El virus-G —le dijo—. Dámelo.
León no movió ni un músculo.
—Me dijo la verdad —sin un atisbo de ira, sólo con un dolor que era más de lo que Ada quería oír—. Trabajas para Umbrella.
—No —Ada negó con la cabeza—, pero tampoco es asunto tuyo para quién trabajo. Yo, yo...
Ada sintió, por primera vez en muchos años, desde que era una chiquilla, el picor de las lágrimas en sus ojos, y de repente, lo odió por ello, por hacer que se odiase a sí misma.
—¡Lo he intentado! —gritó con un lamento. Toda su compostura fue barrida por el feroz torrente de rabia que recorrió su cuerpo—. ¡Intenté perderte de vista en la fábrica! ¡Y además, tenías que quitárselo, ¿verdad? ¡No podías dejárselo encima!
Ella vio la compasión reflejada en su rostro y sintió que su furia se desvanecía, reemplazada sin tregua por una oleada de pena, pena por lo que había perdido, por lo que había perdido con él, por la parte de su ser que había perdido hacía tanto, tanto tiempo atrás.
Quiso hablarle de Trent, de sus misiones en Europa y en Japón, de cómo se había convertido en lo que era. Quiso hablarle sobre todo y cada uno de los hechos de su miserable vida repleta de éxitos que la habían llevado hasta aquel lugar, hasta empuñar un arma contra el hombre que le había salvado la vida, un hombre con el que hubiera podido compartir algo, en otro momento y otro lugar. El reloj seguía su marcha atrás.
—Entrégamelo —le dijo—. No me obligues a matarte.
León se quedó mirándola a los ojos, y simplemente dijo:
—No.
Pasó un segundo, y después otro.
Ada bajó su pistola.
León se preparó para recibir el disparo, la bala procedente del arma de Ada que le quitaría la vida...
Y ella bajó con lentitud su Beretta, al mismo tiempo que sus hombros se hundían y una lágrima comenzaba a bajar por su piel de porcelana.
León dejó escapar el aire que había estado conteniendo, sintiendo demasiadas cosas a la vez: una mezcla de tristeza y pena por su traición, junto a la compasión por un alma torturada, reflejada en sus preciosos ojos negros...
Y oyó un disparo procedente de las sombras que ella tenía a su espalda. Los ojos de Ada se abrieron de par en par, y su boca se quedó abierta por la sorpresa mientras caía hacia adelante. La pistola repiqueteó al chocar contra el suelo, y su cuerpo tropezó con la barandilla y pasó por encima.
—¡Ada, no!
Echó a correr y se agachó, y al mismo tiempo que ella lograba agarrarse a la barandilla, él la sostuvo de la muñeca. Su cuerpo quedó colgando de un lado a otro sobre la vacía oscuridad sin fondo, mientras la sangre salía a borbotones de su destrozado hombro.
—¡Ada, aguanta!
—Mío —susurró Annette.
Alzó la pistola de nuevo, preparándose para disparar contra el otro y para recuperar lo que era suyo por derecho, para hacerles pagar a todos... y la pistola comenzó a pesar demasiado. Se caía, y ella se caía con su arma. Cayeron juntas hacia el oscuro metal, y la oscuridad empezó a girar en el interior de su mente. Por fin se llevaba el dolor.
William...
Fue su último pensamiento antes de quedarse dormida.
La puerta daba paso a una habitación repleta de máquinas aullantes. Los chirridos y zumbidos de los siseantes y traqueteantes gigantes ahogaban el gemido de las sirenas de alarma. Claire corrió, tirando y empujando a Sherry junto a ella mientras buscaba desesperadamente una salida. Sabía que el monstruo estaba cerca.
¿Qué es lo que quiere? ¿Por qué nos persigue? Allí...
Una plataforma en la esquina, a unos dos metros del suelo, con un puñado de cajas echadas a un lado justo debajo de ella.
—¡Por aquí! —gritó Claire.
Echaron a correr, pasando al lado de las temblorosas consolas de metal. Claire sintió un tremendo calor que salía desprendido de las máquinas cuando aupó a Sherry para que subiera y luego la siguió. ¡Crrrraaccc!
Se dio la vuelta y vio que la enorme criatura estaba rajando la puerta de metal. Entró con grandes zancadas en la sofocante habitación y comenzó a buscar...
Vieron una doble compuerta de metal en el otro extremo de la plataforma. Se abalanzaron en aquella dirección mientras Claire no pensaba en otra cosa que no fuera seguir huyendo o en el modo de destruir a aquel monstruo que había sobrevivido a todo lo que...
La compuerta estaba abierta y entraron en otra plataforma. El calor en aquella sombría estancia era tremendamente intenso, terrible... y además el lugar era un callejón sin salida. Claire se dio cuenta de ello antes de dar media docena de pasos en aquella enorme estancia. Se encontraban en la plataforma de observación de una fundición, y el infernal calor procedía de los enormes depósitos al rojo vivo que estaban debajo de ellas.
Tenía doce balas, divididas entre dos pistolas. Claire se acercó a trompicones al borde de la plataforma, con Sherry a su lado. La luz anaranjada del metal fundido las iluminó con su brillo afiebrado. Aquel calor era suficiente como para achicharrar cualquier cosa...
¿Cómo? ¿Cómo lo hago saltar?
—¡Sherry, vete allí!
Apuntó con el dedo el punto más alejado de la plataforma. Sherry negó con la cabeza mientras su rostro temblaba por el miedo.
—¡Hazlo! ¡Ahora mismo! —gritó Claire, y Sherry lanzó a su vez un grito, aunque de terror, mientras echaba a correr, con su gargantilla rebotando contra las solapas del chaleco de tela vaquera...
No es un colgante...
Sherry volvió a gritar. Claire se dio la vuelta y vio al Señor X que se aproximaba a ellas.
Caminó por la estancia con el mismo andar erguido y rígido que Claire había visto cuando lo encontró por primera vez. La extraña luz anaranjada le daba un tono aún más de pesadilla. Claire se mantuvo firme donde se encontraba. Se metió la pistola de Irons en los pantalones mientras el plan a medio formar que tenía en su atemorizada cabeza comenzaba a adquirir detalles. Probablemente no saldría bien, pero tenía que intentarlo de todas maneras...
Se abalanza sobre mí, salto por encima de la barandilla, lo agarro y lo arrastro conmigo...
El Señor X centró su mirada sin emoción en ella mientras daba otro de sus enormes pasos. Los negros agujeros de sus ojos y el que tenía en la garganta eran sólo unos pozos de sombras en su terrible piel pálida, coloreada como una calabaza bajo la luz de aquel lugar... y se giró hacia Sherry. Se abalanzó hacia ella mientras alzaba sus terribles puños.
—¡Eh! ¡Eh! ¡Estoy aquí! —gritó Claire, pero la criatura no la oyó, no la vio. Todo su monstruoso ser estaba concentrado en la pequeña y acobardada chiquilla gimoteante que estaba acurrucada en un rincón de la pared más alejada mientras agarraba su colgante...
Justo en ese momento, Claire supo lo que quería. Las frases pronunciadas por Sherry y por Annette se unieron en un relámpago de comprensión, que le proporcionó la respuesta.
El virus-G. Destrozarla. Amuleto de buena suerte...
No era un colgante...
—¡Sherry! ¡Quiere tu colgante! ¡Tíramelo!
Si estaba equivocada, ambas estaban muertas. El Señor X se acercó aún más a la niña, lo que le impidió a Claire verla...
La gargantilla, el colgante que contenía en su interior al virus-G y que Annette le había entregado a su hija, junto con el peligro de llevarlo puesto, llegó volando procedente de la caliente oscuridad, y cayó a los pies de Claire, justo delante de ella.
El Señor X dio inmediatamente la vuelta, siguiendo con su mirada inexpresiva el vuelo del colgante, y dejó a un lado a Sherry en el mismo instante que la gargantilla abandonaba la mano de la niña. Había estado en lo cierto.
¡Buena chica!
Claire lo recogió del suelo y lo balanceó delante del monstruo, sintiendo una oleada de increíble rabia y de alegría maliciosa cuando el hinchado gigante comenzó a dirigirse hacia ella con su paso decidido y con los puños en alto de nuevo. Sus ojos sin expresión estaban fijos en la brillante gargantilla.
—¿Quieres esto? —dijo Claire con tono de burla, provocándolo. Las palabras rezumaron su furia por las balas malgastadas, por el miedo que ella y Sherry habían sufrido—. ¿Sí? ¡Pues entonces, ven a buscarlo, miserable monstruosidad sin sesos!
La criatura estaba ya a menos de dos metros de ella cuando Claire se giró y lanzó el regalo de Sherry a la gran superficie burbujeante y abrasadora. La gargantilla desapareció inmediatamente en el hierro fundido... y la criatura sobrenatural que las había aterrorizado a lo largo de toda aquella interminable noche caminó directamente hacia la barandilla. Las barras metálicas se partieron bajo su paso implacable... mientras el monstruo se desplomaba en silencio hacia el gigantesco caldero. Una gran ola de metal fundido y siseante golpeó por un momento los lados del contenedor y unas erupciones espontáneas de llamas saltaron de su cuerpo mientras desaparecía bajo la superficie del burbujeante líquido.
Sintió triunfo, un triunfo dulce y maravilloso... y un instante después, la fría voz mecánica de los altavoces cambió de repente, arrebatándole la alegría que le proporcionaba ver al Señor X darse un baño de lava.
El mensaje que oyó por encima del barullo de las sirenas le heló la sangre.
«Quedan cinco minutos para alcanzar la distancia mínima de seguridad. Todo el personal que quede debe abandonar inmediatamente las instalaciones. Por favor, diríjanse a la plataforma inferior. Repito, por favor, diríjanse a la plataforma inferior. Repito, por favor, diríjanse...»
Sherry ya estaba a su lado, y Claire la agarró de la mano y comenzó a correr.
Sentía un dolor insoportable, y Ada cerró los ojos, preguntándose si bastaría para matarla.
—¡Aguanta, Ada! ¡Tú sólo aguanta, yo te subiré!
A través de los latidos de la sangre y del clamor de las sirenas, Ada oyó el aviso del comienzo de la cuenta atrás del sistema de autodestrucción. Cinco minutos.
Intenta salvarme. Vamos a morir los dos.
El agarrón de León era fuerte, y la determinación en su atemorizada y suplicante voz era casi tan fuerte como la voluntad de ella. Casi, pero no lo bastante.
Ada levantó la cara para mirarlo, y vio que, a pesar de todo lo ocurrido, él quería salvarla, quería que sobreviviera. Quería ayudarla a subir y llevarla a un lugar seguro lejos de allí.
Esta vez no. No por mí...
Su vida se había basado en el egoísmo, en ella misma y nadie más, en la avaricia. Había visto morir a mucha buena gente, y en algún momento de su vida, había perdido su capacidad de sentir preocupación por los demás. Se había dicho a sí misma que aquel esfuerzo era una pérdida de tiempo y un signo de debilidad.
Y estaba equivocada. Fui egoísta y estuve equivocada todo este tiempo, y ahora ya es demasiado tarde.
No, no era demasiado tarde. Fuese lo que fuese lo que la esperase abajo, ya había tomado una decisión.
—León... baja, dirígete hacia el oeste y encuentra el almacén de carga... más allá de la fila de... las sillas de plástico. Necesitarás el... disco. Está en mi... bolsito.
—¡Ada! ¡Ya lo tengo! ¡El disco del almacén de carga y descarga! ¡Ya lo encontré! ¡No hables, sólo aguanta! ¡Déjame que te ayude!
Intentó agarrarse mejor a la barandilla.
Hablar le suponía un esfuerzo horrible, pero tenía que acabar, tenía que advertirle antes de que el tiempo se le acabase.
—El código es 345. Monta en el ascensor y baja. El túnel... subterráneo lleva al exterior. Tienes que ir... a toda velocidad. Ten cuidado con Birkin, el infectado por el virus-G... Y

Publicado: 19:34 09/08/2009 · Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , · Categorías:
RESIDENT EVIL VOLUMEN CUATRO
INFRAMUNDO
S.D. PERRY

Hay miles cortando las ramas del árbol del mal
por cada uno que está asestando golpes a la raíz.
HENRY DAVID THOREAU

Prólogo
Associated Press, 6 de octubre, 1998
MUEREN MILES DE PERSONAS EN EL TERRIBLE INCENDIO DE UN PUEBLO DE LAS MONTAÑAS. SE SOSPECHA DE UN BROTE INFECCIOSO
NUEVA YORK, NY — La aislada comunidad montañosa de Raccoon City, Pensilvania, ha sido declarada oficialmente zona catastrófica por el estado y por los funcionarios del gobierno federal mientras los esforzados bomberos siguen luchando contra las llamas, cada vez menores, y la cifra de muertos sigue creciendo. Ahora mismo se calcula que más de siete mil personas murieron por las explosiones y los incendios que azotaron Raccoon City desde las primeras horas del domingo 4 de octubre. Este hecho es considerado como el peor desastre en Estados Unidos en términos de pérdidas de vidas humanas desde el comienzo de la era industrial. Los destrozados familiares y amigos de los ciudadanos de Raccoon City, llegados al mismo tiempo que las organizaciones nacionales de ayuda y la prensa internacional, se agolpan alrededor del bloqueo que rodea a las ruinas todavía en llamas de la ciudad, a la espera de alguna noticia procedente de la cercana población de Latham.
El director de la Agencia Nacional de Control de Desastres (ANCD), Terrence Chavez, que actúa como coordinador de los esfuerzos combinados de las distintas unidades de bomberos y de emergencia, efectuó una declaración oficial a la prensa la noche pasada en la que dijo que, salvo complicaciones imprevisibles, se espera que los incendios quedarán extinguidos por completo a mitad de semana, pero que pueden pasar bastantes meses antes de que se pueda averiguar con certeza cuál ha sido el origen del fuego, tanto si fue intencionado como si no. Según Chavez, «la magnitud de los daños, tan sólo en términos de superficie afectada, va a motivar que encontrar las respuestas sea una tarea ardua, pero esas respuestas están ahí. Llegaremos hasta el fondo de la cuestión sin importar lo que haga falta».
A fecha de hoy, a las seis de la mañana, la cifra de supervivientes es de setenta y ocho, y sus nombres y el estado en que se encuentran se ha mantenido en secreto. Han sido trasladados a una instalación federal desconocida para permanecer en observación y/o recibir tratamiento. Los primeros informes de los equipos de emergencia indican al parecer la existencia de una enfermedad desconocida que puede haber sido la causante del increíble número de víctimas, ya que los ciudadanos infectados no pudieron escapar debido a la gravedad de la dolencia. Además, existen rumores que indican que la enfermedad puede haber provocado una psicosis de tipo violento en algunos de los pacientes infectados. Los funcionarios de las agencias de control de enfermedades, tanto públicas como privadas, han pedido que se extiendan los límites de la cuarentena, y aunque no se ha hecho ninguna declaración oficial en ese sentido, se han «filtrado» numerosas descripciones de las anormalidades físicas y biológicas de las víctimas. Según una de las fuentes, un trabajador de un equipo de asesoramiento federal dijo que «algunas de esas personas no habían muerto simplemente quemadas o asfixiadas por la inhalación de gases. Vi a gente que había muerto por disparos o por apuñalamiento, además de por otras formas de violencia. Vi a individuos que era evidente que habían estado enfermos, muertos o moribundos antes de que les alcanzasen las llamas. El incendio ha sido terrible, devastador, pero no es el único desastre que se ha producido aquí, me apuesto lo que sea».
Raccoon City fue noticia a principios de este año debido a una serie de extraños asesinatos que conmocionaron a la población. Se trataba de crímenes sin móvil aparente, de una tremenda violencia, y bastantes de ellos incluían actos de canibalismo. Ya se están produciendo por parte de la prensa local cercana a Raccoon City, intentos de relacionar los once asesinatos sin resolver del pasado verano con los rumores de actos violentos en masa que se produjeron antes de que estallara el enorme incendio.
El señor Chavez se negó a confirmar o desmentir esos rumores, y se limitó a declarar que las investigaciones relativas a esa tragedia serán exhaustivas…
Nationwide Today, Primera Edición, 10 de octubre de 1998
SIGUE AUMENTANDO LA CIFRA DE MUERTOS EN RACCOON CITY TRAS LOS ESFUERZOS COMBINADOS DE LOS EQUIPOS DE BÚSQUEDA Y RESCATE
NUEVA YORK, NY — El recuento oficial de muertos casi llega a 4.500, aunque las ennegrecidas ruinas de Raccoon City siguen siendo registradas en búsqueda de más víctimas de los hechos apocalípticos que tuvieron lugar la mañana del pasado domingo. Mientras la nación comienza su periodo de luto, más de seiscientos hombres y mujeres trabajan para desvelar las razones que provocaron la destrucción de la antaño pacífica comunidad. Las organizaciones de ayuda local, los científicos, los soldados, los agentes federales y los equipos de investigación de las distintas compañías se han unido en una muestra de afán y resolución, aunando sus recursos y aceptando las responsabilidades que se les han asignado para poder esclarecer la verdad.
Al director de la ANCD, Terrence Chavez, que es el máximo responsable de la operación conjunta, se le han unido investigadores de máximo nivel de los centros de control de enfermedades de todo el mundo, agentes de seguridad nacional de distintas organizaciones federales y un equipo privado de microbiólogos procedente de Umbrella Corporation, financiado por la misma compañía farmacéutica, y que está investigando la posibilidad de que exista una conexión entre su laboratorio químico situado en las afueras de la ciudad y la extraña infección conocida ya como el «síndrome de Raccoon».
Los estudios iniciales sobre la enfermedad han sido imprecisos y no han llegado a ninguna conclusión, según palabras del jefe del equipo de Umbrella, el doctor Ellis Benjamin, pero también dice textualmente que «sin embargo, estamos convencidos de que los ciudadanos de Raccoon City resultaron infectados por algo, ya fuese de modo accidental o intencionado. Lo único que sabemos con certeza en este momento es que no parece transmitirse por vía aérea, y que el resultado final es una rápida desintegración celular y la muerte. Todavía desconocemos el hecho de si se trata de una infección bacteriana o vírica, o cuáles son los síntomas, pero no descansaremos hasta que hayamos agotado todos nuestros recursos. Sean cuales sean los resultados de la investigación, nos hemos comprometido a llegar hasta el final. Es lo menos que podemos hacer, si tenemos en cuenta lo mucho que nuestra compañía le debe a la gente de Raccoon City». La planta química y las instalaciones administrativas de Umbrella Corporation proporcionaban casi un millar de puestos de trabajo a la localidad.
Los ciento cuarenta y dos supervivientes siguen bajo estricta cuarentena para ser interrogados y sometidos a una estricta observación en un lugar desconocido. Aunque sus nombres siguen siendo un secreto, el FBI ha publicado una lista en la que se indican las diferentes condiciones médicas en las que se encuentran. Diecisiete supervivientes han sufrido tan sólo algunas heridas leves y se encuentran en situación estable, setenta y nueve todavía se encuentran en estado crítico tras tener que sufrir operaciones quirúrgicas, y cuarenta y seis, aunque no han resultado heridos, han sufrido alguna clase de colapso mental o de crisis nerviosa. No se ha confirmado si están o no infectados con el síndrome, pero la declaración incluye una referencia a los relatos de los supervivientes que confirman la existencia de esa infección.
El general Martin Goldman, supervisor a cargo de todas las operaciones militares en la ciudad devastada, mantiene la esperanza de que todas las personas que todavía se encuentran desaparecidas serán encontradas en los próximos siete días. «Ya tenemos a cuatrocientas personas distribuidas en equipos que están trabajando veinticuatro horas al día todos los días en busca de supervivientes y realizando comprobaciones de identidad. Y me acaban de decir que llegarán otras doscientas el lunes por la mañana…»
Fort Worth Bugler, 18 de octubre de 1998
LA TRAGEDIA DE RACCOON CITY PUDO SER UNA CONSPIRACIÓN PERPETRADA POR EMPLEADOS DE LA CIUDAD
FORT WORTH, TEXAS — Los equipos de limpieza que trabajan en Raccoon City, Pensilvania, han encontrado nuevas pruebas que indican que el «síndrome de Raccoon», la enfermedad causante de la mayor parte de las 7.200 muertes, cifra oficial hasta el momento, que han tenido lugar en esa ciudad, puede haber sido extendido entre la desprevenida población por el jefe de policía de Raccoon City, Brian Irons, y varios miembros de la escuadra de tácticas especiales y rescates (los STARS) de la localidad.
El portavoz del FBI, Patrick Weeks, el director de la ANCD, Terrence Chavez, y el doctor Robert Heiner (convocado por el jefe del equipo de Umbrella Corporation, el también doctor Ellis Benjamin) revelaron en una conferencia de prensa que tuvo lugar ayer por la tarde que existen importantes pruebas circunstanciales de que el desastre de Raccoon City fue consecuencia de un ataque terrorista que salió tremendamente mal. Los incendios posteriores que casi han arrasado la pequeña ciudad pueden haber sido un intento por parte de Irons y de sus cómplices de tapar los catastróficos efectos secundarios de la propagación de la enfermedad. Según Weeks, se han encontrado numerosos documentos entre las ruinas del edificio central de la policía de Raccoon City que implican a Irons como el jefe de toda la trama de una conspiración cuyo objetivo era asaltar y tomar por la fuerza la planta química de Umbrella Corporation situada en las afueras de la ciudad. Al parecer, Irons estaba furioso porque el equipo dirigente de la alcaldía había suspendido las actividades de los STARS a finales de julio por los tremendos errores que cometieron al efectuar la investigación de los múltiples asesinatos, los crímenes caníbales, ya bien documentados, y que costaron la vida a once personas el verano pasado. Los STARS de Raccoon City fueron retirados después de que se produjera un accidente de helicóptero en la última semana de julio, en el que murieron seis miembros del equipo. Los cinco miembros supervivientes fueron suspendidos de empleo y sueldo después de que las pruebas encontradas sugirieran la ingestión de drogas y/o alcohol como posible causa del accidente. Aunque Irons apoyó en público la suspensión de la escuadra de élite, los documentos hallados indican que Irons planeaba amenazar al alcalde Devlin Harris y a otros miembros del consejo de la ciudad con soltar varios productos químicos volátiles y extremadamente peligrosos a menos que cumplieran ciertas demandas económicas. Weeks continuó diciendo que Irons tenía un historial de inestabilidad emocional, y que los documentos, la correspondencia entre Irons y uno de sus cómplices, revelaban un plan diseñado por Irons para extorsionar y pedir un rescate al equipo de la alcaldía, y después huir del país. El cómplice sólo aparece como «C.R.», pero también aparecen numerosas referencias a «J.V», a «B.B.» y a «R.C.». Todas ellas son las iniciales de cuatro de los cinco miembros de STARS suspendidos.
Terrence Chavez declaró: «Si suponemos que estos documentos son verdaderos, Irons y los suyos habían planeado atacar la planta de Umbrella a finales de septiembre, lo que correspondería exactamente con la fecha establecida por el doctor Heiner como la de mayor propagación del "síndrome de Raccoon". Ahora mismo estamos trabajando con la hipótesis de que se produjo el asalto, y que ocurrió un accidente inesperado con unos resultados catastróficos. Todavía no sabemos si el señor Irons o alguno de los miembros del equipo de STARS sigue con vida, pero se les busca para interrogarlos. Hemos establecido una orden de búsqueda y captura a nivel nacional, y todos nuestros aeropuertos internacionales, las aduanas y las patrullas fronterizas han sido alertadas. Le pedimos a cualquiera que tenga información sobre este caso que la haga pública».
El doctor Heiner es un microbiólogo famoso además de miembro asociado de la División de Materiales Biopeligrosos, y declaró que la composición y la combinación exacta de productos químicos vertidos en Raccoon City quizá no se sepa nunca: «Es obvio que Irons y los suyos no tenían ni idea de lo que estaban manejando. El problema es que Umbrella está continuamente investigando y desarrollando nuevas variantes de síntesis de enzimas, cultivos bacterianos y represores virales, por lo que el componente letal fue, prácticamente sin duda, un añadido accidental. Las posibles combinaciones de materiales se elevan a millones, por lo que las probabilidades de reproducir con éxito la mezcla causante del "síndrome de Raccoon" son infinitesimales».
El director nacional de los STARS no ha efectuado ninguna declaración, pero Lida Willis, la portavoz a nivel regional de la organización, ha dicho que están «asombrados y entristecidos» por el desastre, y que van a dedicar a todos sus agentes disponibles a la búsqueda de los miembros desaparecidos del equipo de STARS, además de cualquier contacto del que pudieran disponer todavía en su círculo de trabajo.
Lo que resulta irónico es que los documentos fuesen encontrados por uno de los equipos de búsqueda de Umbrella Corporation…

Capítulo 1
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó David, y John Andrews apretó a fondo el pedal del acelerador, haciendo girar la pequeña furgoneta en una esquina mientras el tableteo de los disparos resonaba a través de la fría noche de Maine.
John había detectado los dos coches, sedanes de color negro y sin ninguna clase de insignia, tan sólo un momento antes, lo que apenas les había dado tiempo a armarse. Fuesen quienes fuesen los que estaban pegados a sus traseros, Umbrella, los STARS de la localidad, o los policías del lugar, no importaba, todos eran Umbrella…
—¡John, despístalos! —le dijo David, y de algún modo logró que su voz sonara tranquila y relajada incluso mientras las balas acribillaban la parte trasera del vehículo. Era su acento.
Siempre suena igual, ¿y dónde demonios está Falworth?
John se sentía disperso, y los pensamientos cruzaban raudos por su mente en confusa mezcolanza. Era un hacha en las misiones previamente planeadas, pero los ataques por sorpresa le ponían los nervios de punta…
… directos a Falworth y de cabeza a la pista de despegue… ¡Dios!, diez minutos más y ya nos habríamos marchado…
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que John había entrado en combate, y jamás lo había hecho en mitad de una persecución en coche. Era muy bueno en eso, pero llevaba una furgoneta…
¡Bang, bang, bang!
Alguien estaba respondiendo a los disparos desde la parte posterior del vehículo, haciendo fuego a través de una de las ventanillas traseras. Las detonaciones del arma de nueve milímetros en un espacio tan reducido eran tan atronadoras como la voz de un dios iracundo y le machacaron los oídos a John, haciéndole todavía más difícil concentrarse.
Diez puñeteros minutos más.
Estaban a diez minutos de la pista de despegue donde les estaba esperando un vuelo charter. Era una broma pesada… Después de pasar semanas ocultos, a la espera, sin correr ninguna clase de riesgo, van y les pillan justo cuando iban a salir del puñetero país.
John se agarró con fuerza al volante cuando entraron a toda velocidad en la calle Sexta. La furgoneta era demasiado pesada para superar en maniobras a los sedanes. Incluso sin el peso de las cinco personas y la cantidad de artillería que llevaban en el interior, el voluminoso y cuadrado vehículo no era precisamente un coche de carreras. David la había comprado precisamente por eso, porque no era nada llamativa, porque se trataba de un automóvil en el que nadie se fijaría, y ahora lo estaban pagando. Si lograban despistar a sus perseguidores, sería un milagro. Su única posibilidad era encontrar algo de tráfico, y hacer un poco de juego de esquiva. Era algo peligroso, pero también lo era salirse de la carretera y que te acribillaran a balazos.
—¡Cargador! —pidió a gritos León, y John echó un vistazo por el espejo retrovisor.
Vio que el joven policía estaba en cuclillas junto a una de las ventanillas traseras, al lado de David. Habían quitado los asientos posteriores para el viaje hasta el aeropuerto para así disponer de más espacio para las armas, pero eso también implicaba de no disponer de cinturones de seguridad. Si doblaban una esquina a demasiada velocidad, los cuerpos saldrían volando…
¡Bang! ¡Bang!
Otros dos disparos de los capullos del primer sedán, probablemente de un arma del calibre 38. John apretó un poco más el acelerador de la retemblante furgoneta al mismo tiempo que León respondía a los disparos con su Browning de nueve milímetros. León Kennedy era el mejor tirador del grupo. David le había ordenado probablemente que apuntara a las ruedas…
Bueno, el mejor tirador después de mí, ¿y cómo diablos voy a perderlos de vista en Exeter, Maine, a las once de la noche de un día de diario? No hay casi coches…
Una de las mujeres le lanzó un cargador a León. John no pudo ver cuál de ellas porque tuvo que girar el volante a la derecha para dirigirse hacia el centro de la ciudad. La furgoneta, con un chirrido de caucho sobre el asfalto, se estremeció al doblar la esquina de Falworth, en dirección al este. El aeropuerto estaba hacia el oeste, pero a John no le pareció que ninguno de los ocupantes de la furgoneta estuviese demasiado preocupado por llegar a tiempo para tomar el avión.
Lo primero es lo primero, y tenemos que librarnos de los gorilas que Umbrella ha contratado. Dudo mucho que haya sitio para todos en el avión…
John vio unos destellos de color rojo y azul reflejados en el espejo retrovisor: al menos uno de los coches había colocado una luz en el techo del vehículo. Quizás eran policías de verdad, lo que sería mala suerte. La labor de control de Umbrella había sido exhaustiva: gracias a ellos, probablemente todos los policías del país creían que su pequeño equipo era responsable, al menos en parte, de lo que había ocurrido en Raccoon City. Los STARS también estaban en sus manos. Algunos de los cargos de mayor rango se habían vendido, pero lo más probable era que los agentes a pie de calle no tuvieran ni idea de que la organización se había convertido en una marioneta en manos de la compañía farmacéutica…
Lo que hace que sea todavía más difícil responder a los disparos.
Nadie del improvisado equipo quería que algún inocente resultara herido. Ser engañado por Umbrella no era un crimen, y si los ocupantes de los coches eran policías…
—No llevan antenas, no nos han dado ningún aviso, ¡no son policías! —gritó León, y John tuvo tiempo de sentir un par de segundos de alivio antes de ver unas barricadas que se extendían ante ellos y la señal de desvío al siguiente bloque. Vio el blanco rostro de un hombre con un chaleco naranja, sosteniendo una indicación de «Aminorar la velocidad», y soltándolo a toda prisa para ponerse a cubierto…
… hubiese sido divertido sino fuese porque iban a más de ochenta y les quedaban aproximadamente tres segundos antes de estrellarse.
—¡Agarraos! —gritó John, y Claire apoyó las piernas contra la pared contraria de la furgoneta, vio como David sostenía a Rebecca, a León aferrándose a una manilla…
… y la furgoneta chirriando, saltando y corcoveando como un caballo salvaje, inclinándose hacia un lado…
… y Claire realmente sintió el espacio vacío bajo el lado derecho de la furgoneta cuando su cuerpo se vio comprimido hacia la izquierda y su nuca golpeó dolorosamente contra el neumático de repuesto.
--Oh, mierda.
David gritó algo pero Claire no pudo oírle por encima del chirrido de los frenos, no le entendió hasta que David se echó hacia el lateral derecho y Rebecca se arrastró junto a él…
… ¡bam!, la furgoneta se enderezó con un terrorífico bote y John pareció recuperar el control, pero todavía se oía el punzante chillido de unos frenos provenientes de…
¡CRASH!
La explosión de metal y cristales tras ellos estuvo tan cerca que el corazón de Claire perdió un latido. Se volvió, mirando por la ventanilla con los demás y vio que uno de los coches se había estrellado contra la barricada, una barricada contra la que ellos mismos se habrían estrellado un segundo o dos antes. Ella sólo captó el breve vistazo de una capota retorcida, ventanillas rotas y una nube de humo antes de que el segundo sedán le bloquease la vista, rechinando al pasar la esquina y continuando con la persecución.
—Perdón por eso —les gritó John, sin aparentar arrepentimiento en absoluto sino un estado de júbilo provocado sin duda por el subidón de adrenalina.
En las pocas semanas transcurridas desde que León y ella se habían unido a los ex STARS fugitivos, había descubierto que John hacía bromas con prácticamente cualquier cosa. Era a la vez su más atractivo y su más irritante rasgo.
--¿Todos bien? –preguntó David, y Claire asintió. Rebecca hizo lo mismo.
--Me he llevado un porrazo pero estoy bien --dijo León, frotándose el brazo con una expresión de dolor—. Pero no pienso…
¡BAM!
Lo que fuese que León no pensara fue interrumpido por la poderosa detonación que sacudió la trasera de la furgoneta.
En un intento de detenerles, el pasajero del sedán les había disparado, unas pocas pulgadas más alto y los proyectiles habrían entrado por la ventanilla.
—John, cambio de planes —gritó David mientras la furgoneta viraba bruscamente, su voz fría y autoritaria elevándose por encima del ruido del motor—. Estamos a tiro…
Antes de que pudiese acabar la frase, John tiró de pronto a la izquierda. Rebecca cayó hacia atrás, a punto de aplastar a Claire. La furgoneta ahora enfilaba una tranquila calle residencial.
--Agarraos a vuestros traseros —gritó John por encima del hombro.
El frío aire nocturno azotó la furgoneta, casas oscuras pasaron velozmente a su lado cuando John aumentó la velocidad. León y David ya estaban recargando sus armas, acuclillados detrás de la puerta de metal. Claire intercambió una mirada con Rebecca, que parecía tan intranquila por la situación como ella misma. Rebecca Chambers también era una antigua integrante del grupo de los STARS de Raccoon City, y había entrado en acción junto al hermano de Claire, Chris, además de participar en una reciente operación contra Umbrella llevada a cabo por David y John. Pero la joven había sido entrenada como médico, con estudios profundos sobre bioquímica. La puntería no era uno de sus puntos fuertes, incluso Claire tiraba mejor, y eso que ella era la única entre los ocupantes de la furgoneta que no había recibido entrenamiento de verdad…
A menos que consideres sobrevivir a Raccoon City como algo parecido.
Claire se estremeció involuntariamente mientras John tomaba una curva cerrada a la derecha y esquivaba un camión aparcado, con el sedán ganándole terreno por momentos. Raccoon City: los arañazos y los moretones en el cuerpo de Claire aún no habían desaparecido del todo, y sabía que a León el hombro todavía le dolía… ¡BOUM!
Otra descarga de escopeta a sus espaldas, pero esa vez el disparo salió muy desviado. Esta vez…
—Cambio de planes —dijo David de nuevo, con su tranquilizador acento británico, como si fuera la voz de la razón y de la lógica en mitad del caos. No era de extrañar que hubiese ascendido hasta ser capitán de los STARS.
—Que todo el mundo se prepare para un choque. John, en cuanto dobles la siguiente curva, frena en seco. Golpear y huir, ¿vale?
David levantó las rodillas y apoyó los pies con fuerza contra el costado de la furgoneta.
—Ya que nos quieren tanto, pues que nos pillen.
Claire se deslizó por el suelo, afirmó sus pies contra el respaldo del asiento del pasajero, con las rodillas dobladas y la cabeza agachada. Rebecca se acercó a David, y León se aproximó a Claire hasta dejar la cabeza a la altura de la suya. Intercambiaron una mirada y León sonrió levemente.
—Esto no es nada —le dijo en voz baja.
A pesar del miedo que sentía, Claire le devolvió la sonrisa. Después de sobrevivir a la locura y al caos de Raccoon City, esquivando a los enloquecidos humanos y haciendo frente a las criaturas de Umbrella, por no mencionar el hecho de haber escapado muy por los pelos de la muerte cuando las instalaciones secretas de Umbrella estallaron y volaron por los aires; comparado con todo aquello, un simple choque entre coches no era más que una merienda campestre.
Sí, vale, tú sigue diciéndote eso, le susurró su mente, y después no pensó en nada más, porque la furgoneta dobló una esquina, John pisó a fondo el pedal del freno y se quedaron a escasos segundos de ser impactados por una tonelada y media de metal y cristal a toda velocidad.
David inhaló y exhaló profundamente, relajando todo lo que pudo sus músculos, con el sonido de fondo del chirrido de los frenos acercándose a toda velocidad por detrás… y ¡pam!, un estremecimiento brutal, una sensación de vibración increíble, un segundo que pareció prolongarse a lo largo de una eternidad silenciosa e interminable…, y el ruido que se produjo inmediatamente después… la rotura de cristales y el sonido del aplastamiento de una lata amplificado un millón de veces. David se vio arrojado hacia delante y hacia atrás, oyó a Rebecca dejar escapar un gemido ahogado… y todo se acabó. John ya estaba acelerando a fondo para cuando David se puso de rodillas y alzó su Beretta. Echó un vistazo por la ventanilla y pudo ver que el sedán se había quedado inmóvil, cruzado en mitad de la calle a oscuras, con el radiador frontal y los faros totalmente machacados. Las difusas siluetas caídas detrás del parabrisas agrietado estaban tan inmóviles como el propio coche.
Tampoco es que nosotros hayamos salido mucho mejor librados…
La barata furgoneta de color verde que había comprado específicamente para el trayecto hasta el aeropuerto ya no tenía parachoques ni luces traseras, ni tampoco placa de matrícula… ni, por lo que él supiera, modo alguno de poder abrir las puertas traseras. Ambas partes no eran más que una masa metálica hundida, deformada y completamente inútil.
No es que fuera una gran pérdida. A David Trapp no le gustaban las furgonetas, y tampoco es que tuviera pensado llevársela hasta Europa. Lo importante era que todavía estaban vivos, y que, al menos de momento, habían logrado esquivar el infinitamente largo brazo de Umbrella.
David se dio la vuelta para observar a los demás mientras el vehículo se alejaba del coche destrozado. Alargó la mano de un modo reflejo para ayudar a Rebecca a ponerse en pie. Al igual que John, le había tomado bastante cariño a la joven, desde la malhadada misión al laboratorio de Umbrella situado en la costa. El resto del equipo no había logrado sobrevivir…
Dejó a un lado aquellos pensamientos antes de que se aferrasen a su mente, y le indicó a John que diese la vuelta para ir en dirección a su destino original, pero que permaneciese alejado de las calles principales. Había sido mala suerte que les detectasen justo cuando se iban… pero tampoco es que fuese sorprendente. Umbrella había mantenido vigilada la ciudad de Exeter desde hacía ya dos meses, justo después de que regresaran de la ensenada de Calibán. Tan sólo había sido cuestión de tiempo.
—Buen truco, David —le dijo León—. Procuraré recordarlo la próxima vez que me persigan los sicarios de Umbrella.
David asintió, inquieto. Le gustaban León y Claire, pero no sabía qué pensar acerca del hecho de que otras dos personas buscaran su liderazgo. Podía entenderlo de John y de Rebecca, ya que antes habían formado parte de los STARS, pero León no era más que un policía novato de Raccoon City y Claire una estudiante universitaria que tan sólo daba la casualidad de que era la hermana pequeña de Chris Redfield.
Cuando tomó la decisión de apartarse de los STARS tras descubrir que estaban controlados por Umbrella, no se esperaba que continuaría al mando de un grupo, no había querido nada de eso…
Pero no era cuestión mía tomar esa decisión, ¿verdad?
No había pedido su fidelidad, ni tampoco se había ofrecido para ser el que debía tomar las decisiones… pero no importaba, así habían salido las cosas. En la guerra no se suele tener el lujo de poder elegir.
David paseó la vista a su alrededor, a los demás, antes de volver a mirar por la ventanilla trasera para ver cómo pasaban de largo las casas y los edificios en la oscura noche. Todo el mundo parecía un poco relajado tras el subidón de la adrenalina. Rebecca estaba sacando los cargadores y recolocando las armas; León y Claire estaban sentados muy juntos enfrente de ella, sin hablar. Solían estar muy cerca el uno del otro, y tan unidos como la primera vez que les vieron, cuando David, John y Rebecca los recogieron justo en las afueras de Raccoon City hacía menos de un mes, sucios, heridos y aturdidos después de su encuentro con Umbrella. David no creía que hubiera nada romántico en ello, al menos, no de momento. Era más bien que compartían las mismas pesadillas. El hecho de estar a punto de morir juntos puede ser una experiencia muy unificadora.
Por lo que David sabía, Claire y León era los únicos supervivientes del desastre de Raccoon City que conocían la existencia del virus-T de Umbrella y su vertido accidental. La niña que había estado con ellos tenía una leve idea de lo que había ocurrido, aunque Claire había tenido mucho cuidado de proteger y ocultarle a la niña la verdad. Sherry Birkin no necesitaba saber que sus padres habían sido los máximos responsables de la creación de una de las armas biológicas más poderosas de Umbrella. Era mejor que recordase a su padre y a su madre como personas normales…
—¿David? ¿Te pasa algo?
Sacudió la cabeza para regresar de sus vagabundeos mentales y le hizo un gesto de asentimiento a Claire.
—Lo siento. Sí, estoy bien. Lo cierto es que estaba pensando en Sherry. ¿Cómo está?
Claire sonrió, y David se quedó sorprendido de nuevo al ver cómo se animaba cada vez que alguien mencionaba a Sherry.
—Está bien, y se está adaptando. Kate no se parece en nada a su hermana, lo que desde luego es una ventaja. Y a Sherry le cae bien.
David asintió de nuevo. La tía de Sherry le había parecido una persona agradable, pero además de eso, sería capaz de proteger a Sherry si Umbrella decidía ponerse a buscar a la niña. Kate Boyd era una abogada criminalista competente y preparada, una de las mejores de toda California. A Umbrella le convendría mantenerse alejada de la única descendiente de los Birkin.
Mala suerte que eso no se pueda aplicar a nuestro caso. Eso haría que todo fuese mucho más fácil…
Rebecca ya había acabado de reorganizar su arsenal, bastante impresionante por cierto. Se acercó para sentarse a su lado y se apartó un mechón de cabellos de la frente. Sus ojos parecían mucho más viejos que el resto de los rasgos de su cara. Apenas tenía diecinueve años, pero ya había pasado por dos incidentes armados con Umbrella. Era, en la práctica, la persona más experimentada de todos ellos respecto a los manejos de la compañía farmacéutica.
Rebecca se quedó callada unos instantes, mirando por la ventanilla cómo pasaban las calles. Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja, pero al mismo tiempo observándole con atención.
—¿Crees que todavía están vivos?
Ni siquiera intentó pintarle un cuadro de color de rosa. A pesar de lo joven que era, la muchacha era capaz de discernir las verdaderas intenciones de la gente.
—No lo sé —le dijo, procurando que los demás no le oyeran. Claire deseaba ansiosamente reunirse con su hermano—. Lo dudo. Ya sabríamos algo de ellos. Me temo que eso significa que tienen miedo de que los localicen o…
Rebecca lanzó un suspiro. No estaba sorprendida por ello, pero tampoco satisfecha.
—Sí. Incluso si no pudieran entrar en contacto con nosotros… Texas todavía tiene instalada la antena decodificadora, ¿verdad?
David asintió. Texas, Oregón, Montana… todas aquellas bases disponían de canales abiertos, con miembros honestos de los STARS en los que podían confiar, y no habían recibido ningún mensaje desde hacía ya más de un mes. El último lo había enviado Jill. David se lo sabía de memoria. De hecho, había estado presente en sus sueños todos los días desde hacía semanas.
SANOS Y SALVOS EN AUSTRIA. BARRY Y CHRIS TIENEN UNA PISTA SOBRE LA OFICINA CENTRAL DE UMBRELLA. PARECE BUENA. PREPARAOS.
Preparados para reunirse con ellos, para llamar a las pocas tropas leales que él y John habían logrado convocar. Preparados para asaltar la verdadera oficina central de Umbrella, el poder oculto detrás de todas las demás instalaciones. Preparados para atacar al mal en su fuente y origen. Jill, Barry y Chris se habían marchado a Europa para descubrir dónde se estaban escondiendo los verdaderos jefes de las operaciones secretas de Umbrella, empezando por la sede central en Austria… y habían desaparecido.
—Ánimo, chicos, ya estamos —dijo John desde la parte delantera. David apartó los ojos del rostro serio de Rebecca y miró por la ventanilla para ver que ya habían llegado al aeropuerto.
Fuera lo que fuera lo que les hubiera pasado a sus amigos, ellos lo descubrirían muy pronto.

Capítulo 2
Rebecca se acomodó en el pequeño asiento del pequeño avión, se puso el cinturón de segundad y miró por la ventanilla, deseando que David hubiera alquilado un avión a reacción. Un avión sólido, grande, un reactor de los «no puede pasar nada malo porque soy gigantesco». Podía ver desde donde ella estaba sentada las hélices en una de las alas del aparato. Las hélices, como en el juguete de un niño.
Apuesto a que este trasto se hundirá como una piedra en cuanto caiga desde el cielo a unos cuantos cientos de kilómetros por hora y se estampe contra el océano…
—Para que lo sepas, éste es el tipo de avión en el que siempre se matan las estrellas de rock y gente así. Justo cuando despegan y se elevan en el aire, llega una ráfaga de viento y los estrella contra el suelo.
Rebecca levantó los ojos y vio la sonriente cara de John. Se había asomado por encima de los asientos situados delante de ella, con sus enormes brazos apoyados en los respaldos. Probablemente necesitaría dos asientos para él solo. No es que John fuera muy grande, es que tenía la complexión de un levantador de pesas: ciento diez kilos de músculos concentrados en un cuerpo de un metro ochenta de altura.
—Tendremos suerte si conseguimos despegar cargando ese culo tan gordo que has criado —le replicó Rebecca, y se vio recompensada por un atisbo de preocupación en los ojos negros de John.
Se había roto un par de costillas y había sufrido una perforación en el pulmón en su última misión, menos de tres meses atrás, y todavía no estaba en condiciones de ponerse a trabajar en el banco de pesas. Rebecca sabía que a pesar de su actitud burda y machista, John era muy vanidoso y se preocupaba de su aspecto físico, y realmente odiaba no haber podido entrenar.
La sonrisa de John se hizo todavía más amplia, y la piel de color marrón oscuro de su cara se agrietó con unas pequeñas arrugas.
—Sí, probablemente tienes razón. Subiremos unos cuantos cientos de metros y luego, ¡pam!, se acabó la historia.
Nunca debió decirle que era la segunda vez que iba a volar. La primera ocasión fue cuando acompañó a David a Exeter para participar en la misión de la ensenada de Calibán. Ése era exactamente el tipo de cosas de las que John sacaba continuamente partido para soltar chistes y burlarse…
El avión comenzó a estremecerse cuando los motores empezaron gemir hasta que produjeron un rugido profundo que hizo que Rebecca apretara los dientes. No estaba dispuesta a permitir que John se diera cuenta de lo nerviosa que estaba. Volvió a mirar por la ventanilla y vio a León y a Claire acercándose a los peldaños metálicos de la escalerilla. Al parecer, todas las armas ya estaban cargadas.
—¿Dónde está David? —preguntó Rebecca, y John se encogió de hombros.
—Creo que hablando con el piloto. Sólo tenemos uno, ¿sabes?, un amigo de un amigo de un tipo de Arkansas. Supongo que no existen demasiados pilotos que estén dispuestos a meter gente a escondidas en Europa…
John se inclinó para acercarse a ella y bajó la voz hasta convertirla en un susurro fingido al tiempo que la sonrisa desaparecía de su rostro.
—He oído decir que bebe. Lo conseguimos por un precio tan bajo porque estrelló su avión con todo un equipo de fútbol contra la ladera de una montaña…
Rebecca soltó una carcajada y meneó la cabeza.
—Tú ganas. Estoy aterrorizada, ¿te vale?
—Me vale. Eso es lo único que quería —dijo con voz grave, y se giró para sentarse de nuevo mientras Claire y León entraban en el reducido espacio de pasajeros.
Se colocaron en el centro del avión, acomodándose en los asientos situados al otro lado del pasillo de la misma fila donde estaba Rebecca. David había comentado que la zona ubicada justo encima de las alas era la más estable, aunque tampoco es que hubiera mucho donde escoger, el aparato tan sólo disponía de veinte asientos.
—¿Has volado antes? —le preguntó Claire inclinándose sobre el pasillo que las separaba, y con aspecto de estar un poco nerviosa también.
Rebecca se encogió de hombros.
—Una vez. ¿Y tú?
—Un par de veces, pero siempre en aviones de línea grandes, Boeing 747… o 727, no me acuerdo. Ni siquiera sé qué clase de avión es éste.
—Es un DHC 8 Turbo —dijo León—. Eso creo. David lo ha comentado en algún momento…
—Es un ataúd, eso es lo que es —les dijo la profunda voz de John flotando por encima de los asientos—. Una piedra con alas.
—John, cariño… Cállate la boca —le dijo Claire con un tono de voz amistoso.
John soltó una carcajada, obviamente encantado de haber encontrado alguien nuevo con quien jugar.
David apareció tras las cortinas de la parte delantera, procedente de la cabina del piloto, y John se calló. Todos le prestaron atención inmediatamente.
—Al parecer, ya estamos preparados para despegar —dijo David—. Nuestro piloto, el capitán Evans, me ha asegurado que todos los sistemas son completamente operacionales, y que despegaremos dentro de un momento. Me ha pedido que nos quedemos sentados hasta que nos indique lo contrario. Aahh… el lavabo está al otro lado de la cabina, y hay una nevera pequeña al otro extremo del avión con bocadillos y bebidas…
Su voz fue apagándose poco a poco, y se quedó con aspecto de querer decir algo más, pero de no saber qué era exactamente. Era una apariencia que Rebecca había visto a menudo en las semanas anteriores, una especie de incertidumbre intranquila. Suponía que desde el día que Raccoon City había volado en mil pedazos hecha una mierda, todos habían tenido esa mirada en un momento u otro…
Porque no deberían haberlo podido hacer. Eso debería haber sido su fin, y no lo ha sido, y ahora todos estamos más cabreados y atemorizados de lo que ninguno quiere admitir.
Cuando las noticias sobre el desastre comenzaron a aparecer en los periódicos, todos habían estado completamente seguros de que, esa vez, Umbrella no podría ocultar las pruebas. El accidente en la mansión Spencer había sido relativamente pequeño, fácil de explicar después de que el fuego arrasara toda la mansión y los edificios adyacentes. La instalación situada en la ensenada de Calibán se hallaba en un terreno privado y estaba demasiado aislada como para que nadie sospechara nada… De nuevo, Umbrella había recogido todas las pruebas y se había mantenido callada.
Pero había llegado Raccoon City. Miles de personas muertas… y Umbrella se había salido de rositas después de colocar pruebas falsas y conseguir que sus científicos mintieran por la compañía. Debería haber sido imposible. Aquello los había dejado descorazonados. ¿Qué posibilidades tenían un puñado de fugitivos contra una compañía de miles de millones de dólares que podía matar a todos los habitantes de una ciudad y encima salirse con la suya?
David decidió por fin no decir nada en absoluto. Hizo un breve gesto de asentimiento y se acercó para sentarse con ellos, pero antes se detuvo un momento al lado de Rebecca.
—¿Necesitas compañía?
Ella se dio cuenta de que estaba intentando darle ánimos… y también de que estaba muy cansado. David se había mantenido despierto casi toda la noche, comprobando hasta el más mínimo detalle los preparativos del viaje.
—No, estoy bien —le respondió con una sonrisa—. Además, si quiero cháchara siempre tengo a John a mano.
—Ya sabes que sí, cariño —le dijo John en voz alta, y David asintió de nuevo mientras le daba un ligero apretón en el hombro antes de marcharse hacia los asientos posteriores.
David necesita un poco de descanso. Todos lo necesitamos, y es un vuelo bastante largo… así que, ¿por qué tengo la sensación de que no vamos a poder tenerlo?
Por los nervios, sólo era eso.
El ruido del motor se hizo más fuerte, más agudo, y el avión comenzó a avanzar después de dar un brusco tirón. Rebecca se agarró a los reposabrazos y cerró los ojos, pensando que si tenía agallas para enfrentarse a Umbrella, desde luego podía soportar un viaje en avión.
E incluso aunque no pudiera, ya era demasiado tarde para cambiar de idea: ya estaban en camino, y no había marcha atrás.
Llevaban en el aire tan sólo veinte minutos y Claire ya estaba medio dormida apoyada en el hombro de León. Él también estaba cansado, pero sabía que no podría dormirse con tanta facilidad. Para empezar, tenía hambre… por no mencionar el hecho de que no estaba seguro de estar actuando del modo más correcto.
El mejor momento para ponerte a pensar eso, ahora que estás metido hasta el cuello —le dijo su subconsciente con voz sarcástica—. Quizá podrías pedirles que te dejaran bajar en Londres, o algo así. Podrías esperarles en un pub hasta que acaben… o mueran.
León se ordenó callar a sí mismo, y dejó escapar un pequeño suspiro. Estaba comprometido. Lo que Umbrella había estado haciendo no sólo era un delito criminal, era algo malvado… o al menos, lo más cercano a la maldad a que podían llegar todos aquellos avariciosos capullos de la compañía. Habían asesinado a miles de personas, habían creado armas biológicas capaces de asesinar a miles de millones, habían destruido la vida que él había planeado, y habían sido los responsables de la muerte de Ada Wong, una mujer por la que había sentido respeto y bastante aprecio. Se habían ayudado mutuamente en algunos de los momentos más difíciles de aquella terrible noche en Raccoon City. Sin ella no hubiera logrado salir con vida de allí.
Creía en lo que David y su gente estaban haciendo, y no es que tuviera miedo, no era nada de eso en absoluto…
León lanzó otro suspiro. Había pensado mucho en todo aquello desde que Claire, Sherry y él habían salido de la ciudad en llamas, y la única conclusión verdadera a la que había llegado era tan estúpida que no quería creérsela. Enfrentarse a Umbrella era hacer lo correcto… pero es que él no se sentía cualificado para estar allí.
Sí, eso es bastante estúpido.
Quizás era algo estúpido, pero le estaba haciendo contenerse, le hacía sentirse inseguro, y tenía que examinarlo en profundidad.
David Trapp había pasado casi toda su carrera profesional en los STARS, y había visto caer a la organización de su vida en manos de Umbrella; había perdido a dos amigos en una misión de infiltración en una instalación de pruebas de armas biológicas, al igual que John Andrews. Rebecca Chambers acababa de comenzar su vida profesional en los STARS cuando todo el asunto saltó por los aires, pero era una especie de niña científico prodigio que sentía un gran interés por los trabajos desarrollados por Umbrella, y el hecho de que hubiera pasado por más penalidades que ninguno de ellos hacía que fuese comprensible su dedicación continua. Claire quería encontrar a su hermano, que era la única familia que le quedaba: sus padres habían muerto, y eso los había acercado todavía más. No había llegado a coincidir con Chris, Jill y Barry, pero estaba seguro de que tenían motivos propios más que suficientes. Sabía que la mujer y los hijos de Barry habían sufrido amenazas, Rebecca se lo había dicho…
¿Y qué pasaba con León Kennedy? Se había encontrado de repente metido en aquella lucha sin tener ni una sola pista, Era tan sólo un policía recién salido de la academia de camino a su primer día en el trabajo, que resultó ser el departamento de policía de Raccoon City. También era cierto que debía tener en cuenta a Ada… pero la había conocido durante menos de medio día, y ella había muerto justo después de admitir que era una especie de agente secreto a la que habían enviado para que robara uno de los virus de Umbrella.
Así que perdí mi trabajo, y una posible relación con una mujer a la que apenas conocía y en la que no podía confiar. Está claro que alguien debe detener a Umbrella, pero… ¿tengo derecho a estar aquí?
Se había hecho policía porque quería ayudar a la gente, pero siempre había supuesto que eso sólo se refería a mantener la paz en la ciudad, a empapelar a los conductores borrachos, a detener las broncas en los bares, a pillar a los rateros. Jamás, ni en sus sueños más desbocados, se hubiera imaginado que acabaría atrapado en mitad de una conspiración a nivel internacional, en una estrategia de infiltración del tipo de espías y misterios contra una compañía gigantesca que creaba monstruos para la guerra. Era un crimen a una escala mucho mayor de la que él se sentía preparado a enfrentarse… ¿Y ésa es la verdadera razón, agente Kennedy? Y en ese preciso instante, Claire murmuró algo en su sueño inquieto y metió su cabeza en el hueco de su brazo antes de quedarse quieta y en silencio de nuevo… lo que provocó que León se percatara de un modo incómodo de otro aspecto de su relación y compromiso con los STARS: Claire. Claire era… era una mujer increíble. Habían hablado mucho a lo largo de los días posteriores a su huida de Raccoon City, sobre lo que les había pasado, las experiencias que habían sufrido, tanto juntos como por separado. En aquellos momentos le había parecido un simple intercambio de información, una manera de rellenar los detalles que faltaban en el relato. Ella le había contado su encuentro con el jefe Irons y la criatura a la que ella llamaba el señor X, y él le contó todo sobre Ada y el terrible ente que antes había sido William Birkin.
Entre los dos habían logrado hilar un relato continuado, con información de importancia para el grupo de fugitivos.
Al pensar en ello de forma retrospectiva, se dio cuenta de que aquellas largas conversaciones fragmentadas habían sido esenciales por otra razón completamente distinta: habían sido la manera de extraer el veneno de lo que les había ocurrido, como si hubiesen conversado sobre una pesadilla. Pensó que si hubiera tenido que quedarse con todo aquello en su interior, se hubiera vuelto loco.
En cualquier caso, los sentimientos que tenía hacia ella eran algo confusos: cariño, entendimiento, dependencia, respeto, y otros a los que no podía ponerles nombre. Y eso le daba miedo, porque jamás antes había tenido unos sentimientos tan fuertes hacia una persona… Y porque no estaba muy seguro de cuánto de aquello era verdadero y cuánto era producto de una especie de estrés postraumático.
Enfréntate a ello, deja de engañarte con toda esta mierda. Lo que de verdad temes es que sólo estés aquí por ella, y no te gusta lo que eso puede suponer respecto a tu persona.
León asintió en su fuero interno, y se dio cuenta de que era verdad, que ése era el verdadero motivo que causaba su incertidumbre. Siempre había pensado que querer estaba bien, pero ¿necesitar? No le gustaba ni un pelo la idea de verse arrastrado por alguna clase de compulsión neurótica que le obligaba a estar cerca de Claire Redfield.
¿Y qué pasa si no es una necesidad? Quizá tan sólo se trata de querer, y todavía no lo sabes…
Se fustigó a sí mismo por sus patéticos intentos de autoanalizarse, y decidió que quizá lo mejor sería dejar de preocuparse tanto por todo aquello. Fuese cual fuese la razón por la que se había comprometido con aquella empresa, lo cierto es que estaba comprometido. Podía patear culos tan bien como el mejor de ellos, y Umbrella merecía que le patearan el culo, y a base de bien. En aquellos instantes, lo que más necesitaba era mear, y luego iba a comer algo antes de intentar con todas sus fuerzas dormir algo.
León se apartó suavemente de debajo de la cálida cabeza de Claire, haciendo lo posible por no despertarla. Se deslizó al pasillo, observando a los demás. Rebecca observaba por su ventanilla, John ojeaba una revista de culturismo y David dormitaba. Todos eran buena gente, y pensar eso hizo que se sintiese un poco mejor acerca de las cosas.
Eran buenos chicos. Demonios, yo soy un buen tío, luchando por la verdad, la justicia y contra unos cuantos zombies producidos por un virus…
El baño estaba al frente. León se encaminó hacia él, sujetándose a cada asiento al pasar, pensando que el sonido de los motores del avión tenía un efecto calmante, como una cascada… cuando la cortina que separaba la cabina del resto se descorrió y un hombre alto y sonriente llevando un abrigo que a primera vista parecía muy costoso, dio un paso al frente. No era el piloto, y se suponía que no había nadie más en el avión. León sintió que se le secaba la boca con un terror casi supersticioso, a pesar de que el delgado y sonriente hombre no parecía estar armado.
—¡Hey! --gritó León, dando un paso hacia atrás--. ¡Hey, tenemos compañía!
El hombre sonrió, sus ojos brillaban.
—León Kennedy, supongo —dijo con suavidad, y León supo inmediatamente que quien fuese, este hombre significaba problemas con P mayúscula.

Capítulo 3
John ya se había puesto en pie antes de que León terminara su aviso, saltando al pasillo y plantándose delante de León con una única zancada.
—Qué demonios… —gruñó John, sus hombros tensos, listo para partir al tipo en dos si tan sólo se le ocurría parpadear de forma incorrecta.
El extraño levantó unas manos pálidas y de dedos largos, dando la impresión de que apenas podía contener su regocijo, lo cual hizo que John desconfiase aún más. Podría convertir al tipo fácilmente en una hamburguesa, ¿por qué demonios parecía tan feliz?
—Y tú eres John Andrews  —dijo el hombre, su tono era bajo y tranquilo, tan complacido como su expresión—. Anteriormente un experto en comunicaciones y reconocimiento de campo para los STARS de Exeter. Es un placer conocerte… dime, ¿cómo van tus costillas? ¿Todavía duelen?
Mierda. ¿Quién es este tipo? John se había fracturado dos costillas y astillado una tercera en una misión encubierta, y no conocía a este hombre… ¿cómo demonios le conocía a él?
—Mi nombre es Trent —dijo el extraño con sencillez, señalando con la cabeza tanto a León como a John—. Presumo que vuestro Sr. Trapp puede confirmar mi identidad…
John echó un rápido vistazo a su espalda, y vio que David y las chicas estaban justo a su espalda. David asintió a su vez, con un gesto tenso.
Trent. Mierda. El misterioso señor Trent.
El mismo señor Trent que le había entregado una serie de mapas y pistas a Jill Valentine justo antes de que los STARS de Raccoon City descubrieran el escape inicial del virus T de Umbrella en la mansión Spencer. El mismo Trent que le había entregado un paquete similar a David una lluviosa noche de agosto, y que contenía información sobre las instalaciones de Umbrella en la ensenada de Calibán, donde Steven y Karen habían sido asesinados.
El mismo Trent que había estado jugando con los STARS y con la vida de su gente, desde el principio.
Trent todavía estaba sonriendo, todavía mantenía sus manos en alto. John se fijó en un anillo con una piedra negra tallada que mostraba en un delgado dedo, el único adorno que el señor Trent parecía llevar. Tenía un aspecto pesado y caro.
—¿Y qué cojones quieres? —volvió a gruñir John.
No le gustaban las sorpresas ni los secretos, y tampoco le gustaba el hecho de que Trent no pareciera estar impresionado en absoluto por su gran tamaño. La mayoría de la gente retrocedía cuando se plantaba delante de ellos. Trent parecía simplemente estar divirtiéndose…
—Señor Andrews, por favor…
John no se movió, y se quedó mirando a los ojos oscuros y de mirada inteligente de Trent. Éste le devolvió la mirada, impasible, y John pudo ver en aquellos ojos una tranquila confianza en sí mismo, con una mirada que casi era, pero que no terminaba de serlo, condescendiente. John, a pesar de ser tan grande y tan bocazas, no era un tipo violento, pero aquella mirada alegre y confiada le hizo pensar que al señor Trent no le vendría mal una buena paliza. No dada por él, no necesariamente, pero alguien debería dársela.
¿Cuánta gente ha muerto tan sólo porque ha decidido remover un poco el asunto?
—Está bien, John —dijo David en voz baja—. Estoy seguro de que si el señor Trent hubiese pretendido hacernos daño no estaría ahí de pie presentándose a vosotros.
David tenía razón, le gustase o no a John. Suspiró en su fuero interno y se hizo a un lado, pero pensó que aquello no le gustaba nada. Por lo poco que sabía de aquel tipo, no le gustaba nada en absoluto.
Voy a estar vigilándote, «amigo»…
Trent se limitó a asentir como si no hubiera ocurrido nada y pasó de largo por delante de John, sonriéndoles a todos. Les indicó con un gesto que se sentaran a un lado del pasillo. Se quitó la gabardina y la dejó sobre un asiento, moviéndose con lentitud y cautela, evidentemente a sabiendas de que cualquier movimiento brusco podría ser perjudicial para su salud. Bajo la gabardina llevaba puesto un traje negro, corbata negra y zapatos a juego. John no sabía mucho sobre ropa, pero los zapatos eran de la marca Asante. Estaba claro que Trent tenía buen gusto, y un montón de dinero si podía permitirse el lujo de gastarse dos mil dólares en unos zapatos.
—Esto llevará un rato —les dijo—. Por favor, pónganse cómodos.
Se reclinó en uno de los asientos que había enfrente de ellos, moviéndose con una cierta elegancia que hizo que John se sintiera todavía más intranquilo. Se movía como alguien que hubiera recibido entrenamiento en artes marciales…
Los otros se sentaron también o se apoyaron en los asientos, cada uno de ellos observando con atención al invitado sorpresa, cada uno con el mismo aspecto de sentirse incómodo por la aparición repentina que tenía John. Trent los observó atentamente a cada uno de ellos por turno.
—El señor Andrews, el señor Kennedy, el señor Trapp y yo ya nos conocemos…
Trent miró alternativamente a Claire y a Rebecca, y su mirada chispeante se posó finalmente en Claire.
—Claire Redfield, ¿verdad?
Parecía algo dubitativo, lo que tampoco era de extrañar. Rebecca y Claire podían haber pasado por hermanas. Ambas eran morenas, de la misma estatura, y con tan sólo unos pocos meses de diferencia de edad.
—Sí —dijo Claire—. ¿El piloto sabe que está a bordo?
John frunció el ceño, irritado consigo mismo por no haberlo preguntado él en primer lugar. Era una pregunta bastante importante, y no se le había ocurrido a él. Si el piloto había dejado a Trent que subiera a bordo…
Trent asintió y se pasó una mano por su encrespado cabello negro.
—Sí, sí que lo sabe. De hecho, el capitán Evans es un conocido mío, así que cuando me percaté de que se marchaban de… viaje, lo arreglé todo para que estuviera en el sitio adecuado en el momento adecuado. En realidad, es mucho más fácil de lo que parece.
—¿Por qué? —le preguntó David, y John percibió un tono en su voz que sólo le había oído en situaciones de combate. El capitán estaba a punto de enfadarse mucho—. ¿Por qué hizo todo eso, señor Trent?
Trent pareció hacer caso omiso de su pregunta.
—Me doy perfecta cuenta de que están preocupados por sus amigos en Europa, pero déjenme que les asegure que están sanos y salvos. De veras. No existe motivo alguno para que estén preocupados…
—¿Por qué? —La voz de David sonó fría y amenazante.
Trent se lo quedó mirando y luego suspiró.
—Porque no quiero que vayan a Europa, y hacer que el capitán Evans fuera el piloto era uno de los modos de lograrlo. No pueden. De hecho, vamos a virar en cualquier momento.
Claire se lo quedó mirando a su vez, sintiendo un nudo en el estómago, sintiendo que ese nudo se transformaba en una furiosa rabia.
Dios, no voy a ver a Chris…
John se separó del asiento en el que había estado apoyado y agarró a Trent por el brazo antes de que Claire tuviera tiempo de abrir la boca, antes de que nadie tuviera tiempo de responder a aquella declaración de intenciones.
—Dígale a su «conocido» que mantenga el rumbo que debe tomar hasta nuestro destino —le dijo John iracundo mientras se mantenía de pie y amenazante sobre Trent.
Por el modo en que las manos de su amigo estaban temblando, Claire pensó que era bastante probable que le rompiera el brazo a Trent…, y se dio cuenta de que no pensaba que fuera tan mala idea.
Trent mostró una expresión de leve incomodidad, pero nada más.
—Siento mucho interrumpir sus planes —les dijo—, pero si escuchan lo que tengo que decirles, creo que estarán de acuerdo conmigo en que es lo mejor… es decir, si lo que quieren es detener los planes de Umbrella.
¿Lo mejor? Chris, tenemos que ayudar a Chris y a los otros, de modo que, ¿qué clase de mierda es todo esto?
Esperó que los demás se pusieran en movimiento, que se lanzaran sobre el señor Trent, lo maniataran a un asiento y lo obligaran a explicarse con mayor claridad, pero todos se quedaron callados, mirándose los unos a los otros y a Trent con algo de asombro, rabia… e interés. Un interés precavido, pero interés al fin y al cabo. John aflojó un poco su presa y miró a David para saber qué hacer.
—Será mejor que tenga una buena razón, señor Trent —le dijo David con un tono de voz seco—. Ya sé que nos ha… ayudado en otras ocasiones, pero este tipo de interferencia no es la clase de ayuda que queremos o necesitamos.
Le hizo un gesto con la cabeza a John. Éste soltó del todo a Trent a regañadientes, y retrocedió. Pero no mucho, como pudo fijarse Claire.
Si Trent se había sentido preocupado en algún momento, no se veía ninguna señal de ello. Asintió en dirección a David y comenzó a hablar en voz baja con su tono musical.
—Estoy seguro de que todos saben ya que Umbrella Corporation posee instalaciones a todo lo largo y ancho del mundo, fábricas y plantas de producción que emplean a miles de trabajadores y que generan unas ganancias de miles de millones de dólares al año. La mayoría de ellas son compañías asociadas, farmacéuticas o químicas, de carácter legítimo y que no tienen nada que ver con lo que estamos hablando, a excepción de que son muy rentables. El dinero que los intereses legales de Umbrella producen les permiten financiar sus operaciones menos públicas, operaciones con las que usted y los suyos han tenido la desgracia de tropezar.
»La organización de estas operaciones recae en una división de la empresa llamada White Umbrella, y la mayor parte de su actividad está relacionada con la creación de armas biológicas. Existen muy pocas personas que conozcan todos los entresijos del funcionamiento de White Umbrella, pero los que los conocen son gente muy, muy poderosa. Gente poderosa y decidida a crear todo tipo de situaciones desagradables: Armas químicas, enfermedades letales… Los virus de la clase T y G que tantos problemas nos han dado últimamente.
A eso se le llama quedarse corto, pensó Claire algo asqueada, pero intrigada a pesar de todo. Saber por fin algo sobre el ente al que se estaban enfrentando…
—¿Por qué? —le preguntó León—. La guerra química no es tan rentable, cualquiera que tenga una centrifugadora y unos cuantos productos de jardinería puede crear una arma química.
Rebecca asintió para mostrar que estaba de acuerdo.
—Y el tipo de investigaciones que están realizando, la aplicación de viriones de fusión rápida a la redistribución genética tiene un coste extremadamente elevado, y es tan peligroso como trabajar con residuos nucleares. Peor.
Trent meneó la cabeza.
—Lo están haciendo porque pueden hacerlo. Porque quieren hacerlo. —Sonrió ligeramente—. Porque cuando eres más rico y más poderoso que ninguna otra persona en el planeta, acabas aburriéndote.
—¿Quién se aburre? —le preguntó David.
Trent se lo quedó mirando por un momento, y luego continuó hablando, haciendo caso omiso a la pregunta de David de un modo evidente.
—El campo de trabajo actual de White Umbrella son los soldados bioorgánicos, si queréis llamarlos así. Especímenes individuales, la mayoría de ellos alterados genéticamente, y todos ellos con una inyección con alguna clase de variante de los virus creados para convertirlos en seres más violentos y fuertes, además de insensibles al dolor. El modo en que esos virus amplifican sus efectos en los humanos, la reacción de tipo «zombi», no es más que un efecto secundario inesperado. Los virus que Umbrella crea no están pensados para ser utilizados en humanos, al menos de momento.
Claire estaba interesada en lo que les estaba contando, pero también se estaba impacientando.
—Vale, ¿cuándo llegamos a la parte en la que nos cuentas por qué estás aquí, y por qué no debemos ir a Europa? —le espetó de forma descortés, sin intentar ocultar su rabia e impaciencia.
Trent la miró, y sus ojos oscuros mostraron de repente un sentimiento de comprensión, y ella se dio cuenta de que él sabía el motivo por el que estaba tan furiosa, que conocía todas las razones que tenía para desear ir a Europa. Lo notó por el modo en que la miraba, y sus ojos le dijeron que lo comprendía…, y ella se sintió muy incómoda de repente.
Lo sabe todo, ¿verdad? Todo sobre nosotros…
—No todas las instalaciones de White Umbrella son iguales —continuó diciendo—. Algunas sólo manejan datos e información, otras llevan a cabo las transformaciones químicas necesarias, en algunas crían a los especímenes, o los unen mediante la cirugía, y muy pocos de esos especímenes son puestos a prueba. Y eso nos lleva al motivo por el que estoy aquí, y por qué me gustaría que pospusieran su viaje.
»Existe una instalación de Umbrella que está a punto de entrar en funcionamiento en Utah, justo al norte de los desiertos de sal. Ahora mismo sólo está trabajando un pequeño equipo de técnicos y de… manipuladores de especímenes, y está previsto que se halle a pleno rendimiento dentro de tres semanas. El individuo encargado de supervisar los preparativos finales es uno de los personajes clave dentro de White Umbrella, un hombre llamado Reston. Se supone que ese trabajo debería haberlo llevado a cabo otra persona, un despreciable tipo llamado Lewis, pero el señor Lewis ha sufrido un desgraciado accidente, no demasiado imprevisto, y ahora Reston se encuentra al mando de todo. Y como es uno de los nombres más importantes dentro de White Umbrella, tiene en sus manos un pequeño libro negro. Sólo existen tres ejemplares de ese libro, y los otros dos son casi imposibles de conseguir…
—¿Y qué hay en ese libro? —le interrumpió John—. Ve al grano.
Trent le sonrió como si John se lo hubiera preguntado con la mayor educación posible.
—Cada uno de los libros es una especie de llave maestra. Cada uno tiene un directorio completo de códigos que se utilizan para programar la organización de todas las instalaciones de White Umbrella. Con ese libro, cualquier persona podría entrar impunemente en cualquier laboratorio o instalación de investigación y acceder a cualquier clase de archivo, desde los datos personales de los empleados hasta los balances financieros. Por supuesto, cambiarán todos los códigos en cuanto se den cuenta de que el libro ha sido robado, pero, a menos que quieran perder todo lo que tiene almacenado, les llevará meses.
Nadie dijo nada durante unos momentos, y el único sonido fue el persistente zumbido de los motores del avión. Claire los miró uno por uno a todos, vio sus expresiones pensativas, vio que estaban pensando seriamente en la propuesta implícita en las palabras de Trent…, y se dio cuenta de que, al fin y al cabo, iba a ser bastante improbable que fueran a Europa después de todo.
—Pero ¿qué pasa con Jill, con Barry y con Chris? Ha dicho que estaban bien, pero, ¿cómo lo sabe? —le preguntó Claire, y David pudo notar la desesperación apenas oculta en su tono de voz.
—Me llevaría bastante tiempo explicarles cómo conseguí esa información —le respondió Trent con voz suave—. Y aunque estoy seguro de que no quieren oír esto, me temo que tendrán que confiar en mí. Su hermano y los demás no se encuentran en un peligro inminente, y no les necesitan de momento, pero la oportunidad de conseguir el libro de Reston, de entrar en ese laboratorio, se perderá en menos de una semana. No existe ningún destacamento de seguridad ahora mismo, la mitad de los sistemas ni siquiera están en funcionamiento, y mientras se mantengan lejos del programa de pruebas, no tendrán que enfrentarse a ninguna criatura.
David no sabía qué pensar. Sonaba bien, sonaba exactamente como la oportunidad que habían estado esperando…, pero también había ocurrido lo mismo con la ensenada de Calibán. Lo mismo que tantas otras cosas.
Y por lo que respecta a confiar en el señor Trent…
—¿Cuál es su interés en todo esto? —le preguntó David—. ¿Por qué quiere perjudicar a Umbrella?
Trent se encogió de hombros.
—Digamos que es una afición que tengo.
—Lo digo en serio —le respondió David.
—Yo también.
Trent sonrió, y en sus ojos siguió brillando un cierto humor chispeante. David tan sólo le había visto una vez con anterioridad, y no habían intercambiado más allá de unas pocas palabras, pero Trent parecía estar extrañamente contento de tenerlos allí. Fuese lo que fuese lo que le impulsaba, estaba claro que le estaba proporcionando mucha alegría.
—¿Por qué tiene que ser tan críptico? —le espetó Rebecca. David asintió, y vio que los demás hacían lo mismo—. El material que le entregó a Jill, y a David… todos esos acertijos y adivinanzas. ¿Por qué no nos cuenta lo que necesitamos saber?
—Porque deben averiguarlo —le contestó Trent—. O más bien, porque debe parecer que lo averiguan ustedes solitos. Y como ya he dicho, muy poca gente sabe lo que White Umbrella está haciendo. Si parece que saben demasiado, puede que me descubran al final.
—Entonces, ¿por qué debemos arriesgarnos ahora? —le preguntó David—. En cuanto a eso, ¿para qué nos necesita? Es obvio que tiene conexiones con White Umbrella. ¿Por qué no lo hace público, o les sabotea desde dentro?
Trent sonrió de nuevo.
—Corro el riesgo porque ha llegado el momento de arriesgarse. Y respecto a lo demás… lo único que puedo decir es que tengo mis razones.
Habla y habla, y todavía no sabemos qué puñetas está haciendo, o por qué… ¿Cómo demonios lo logra?
—¿Por qué no nos cuenta unas cuantas de esas razones, señor Trent?
Nada de todo aquello le estaba haciendo ninguna gracia a John. David se dio cuenta de que su compañero miraba enfurecido al polizón, con todo el aspecto de que haría falta hablar bastante con él para que no empezara a darle puñetazos al señor Trent.
Trent no respondió. En vez de eso, se puso en pie, recogió su gabardina, y se giró para mirar a David.
—Me doy perfecta cuenta de que querrán discutir sobre todo eso antes de tomar una decisión —le dijo—. Tendrán que perdonarme, pero aprovecharé para visitar a nuestro capitán. Si deciden no ir en busca del libro de Reston, me quitaré de en medio. Antes les dije que no tenían alternativa, pero supongo que fue una entrada en plan dramático. Siempre existe una alternativa.
Tras decir aquello, Trent se dio la vuelta, se dirigió hacia la parte delantera del avión y desapareció tras la cortinilla sin mirar hacia atrás.

Capítulo 4
John rompió el silencio apenas dos segundos después de que Trent desapareciera en la cabina del piloto.
—A la mierda con todo esto —dijo con aspecto de estar más cabreado de lo que jamás Rebecca lo había visto—. No sé vosotros, pero a mí no me gusta ni un pelo que jueguen conmigo de esta manera. No estoy aquí para ser el chico de los recados del señor Trent, y no me fío de él. Yo digo que le obliguemos a contarnos todo lo que sepa sobre Umbrella, que nos diga lo que sabe sobre nuestro equipo en Europa, y que si nos da otra de esas respuestas que no dicen nada, le pateemos su evasivo culo hasta echarlo por la puerta.
Rebecca sabía que John estaba tremendamente enfadado, pero no se pudo contener.
—Sí, John, pero dinos, ¿cómo te sientes de verdad?
Él la miró… y sonrió, y de algún modo, aquello rompió la tensión que todos sentían. Era como si de repente hubieran recordado respirar a la vez. La inesperada visita de su misterioso benefactor había hecho difícil durante unos momentos recordar nada más.
—Ya tenemos el voto de John —dijo David—. ¿Claire? Sé que estás preocupada por Chris…
Claire asintió con lentitud.
—Sí, y quiero volver a verle lo antes posible…
—Pero —replicó David iniciando el resto de la frase.
—Pero… creo que dice la verdad. Sobre lo de que están bien, me refiero.
León asintió a su vez.
—Yo también lo creo. John tiene razón en lo de que es escurridizo, pero no creo que nos haya estado mintiendo sobre nada de lo que ha dicho. No nos ha dicho mucho, pero no me dio la impresión de que nos estuviera intentando dar gato por liebre con lo que nos ha contado.
David se giró para mirar a Rebecca.
—¿Rebecca?
Ella suspiró y meneó la cabeza.
—Lo siento, John, pero estoy de acuerdo con ellos. Creo que tiene algo de credibilidad. Nos ha ayudado con anterioridad, a su manera rara y extraña, y el hecho de que apareciera aquí, y desarmado, significa algo…
—Significa que es un capullo idiota —murmuró John, y Rebecca le propinó un leve puñetazo en el brazo, y de repente se dio cuenta, de modo instintivo, de por qué se resistía tanto a  aceptar la palabra de Trent.
John no ha intimidado a Trent.
Estaba segura. Conocía a John lo bastante bien como para saber que la indiferencia de Trent le tenía que haber sacado de sus casillas por completo.
Rebecca escogió las palabras con cuidado, mantuvo un tono de voz jovial y le sonrió.
—Creo que lo que te saca de quicio es que no se haya asustado de lo grande y feo que eres, John. La mayoría de la gente se mea en los pantalones cuando te pones así por encima de ellos.
Era lo más adecuado que se podía haber dicho. John frunció el ceño pensativo, y luego se encogió de hombros.
—Sí, bueno, a lo mejor. De todas maneras, sigo sin fiarme de él.
—No creo que ninguno de nosotros deba hacerlo —dijo David—. Se está guardando muchas cosas en la manga para ser alguien que quiere ayudarnos. La cuestión es, ¿vamos en búsqueda de ese tal Reston, o continuamos con nuestro plan original?
Nadie habló por un momento, y Rebecca se percató de que nadie quería decirlo, reconocer que si Trent estaba diciendo la verdad, no había motivo alguno para ir a Europa. Ella tampoco quería decirlo: sentía que en cierto modo era una traición a Jill, a Barry y a Chris, algo así como decir «Hemos encontrado algo mejor que hacer que acudir en vuestra ayuda».
Pero si no nos necesitan…
Rebecca decidió que ella bien podía ser la primera en hablar.
—Si ese lugar es tan fácil de atacar como él dice, ¿cuándo encontraremos otra oportunidad como ésta?
Claire se estaba mordisqueando el labio, y no parecía estar muy contenta. Parecía estar dividida.
—Si encontramos ese libro de códigos, tendremos algo útil que llevar a Europa. Algo que realmente podría resultar ventajoso.
—Si encontramos el libro —dijo John, pero Rebecca se dio cuenta de que la idea ya estaba calando en él.
—Podría ser un punto de inflexión —dijo David en voz baja—. Cambiaría las posibilidades que tenemos en contra de un millón a uno a quizás unos cuantos miles contra uno.
—Tengo que admitir que sería estupendo poder filtrar a la prensa los archivos privados de Umbrella —dijo John—. Descargar de sus ordenadores todos sus secretos de mierda y pasárselos a todos los periódicos del país.
Todos asintieron, y aunque llevaría un poco más de tiempo hacerse a la idea, Rebecca sabía que la decisión ya estaba tomada.
Al parecer, iban a ir a Utah.
Si alguno de ellos esperaba que Trent saltara de alegría por la noticia, se quedó profundamente decepcionado. Cuando David lo llamó para que regresara y le dijo que estaban dispuestos a ir a la nueva instalación de pruebas, Trent se limitó a asentir, con la misma sonrisa enigmática en su cara curtida.
—Éstas son las coordenadas de la instalación —les dijo mientras sacaba una hoja de papel de su chaqueta—. También encontrarán una lista con bastantes códigos numéricos, uno de ellos es el de entrada, aunque quizá sea difícil encontrar el teclado que da acceso. Lo siento, pero no pude descubrir nada más para poder ser más concreto.
León se quedó mirando cómo David tomaba el papel de manos de Trent y éste regresaba a la cabina del piloto para hablar con el capitán, y se preguntó por qué no podía dejar de pensar en Ada. Desde qué había escuchado el pequeño discurso de Trent sobre White Umbrella, los recuerdos sobre la habilidad y la belleza de Ada Wong, los ecos de su profunda y atractiva voz, habían estado asaltando la mente de León. No fue algo consciente, al menos no al principio. Era que algo de aquel hombre le recordaba a ella. Quizá se trataba de su enorme autoconfianza, o ese asomo de sonrisa astuta…
Y al final, antes de que aquella enloquecida mujer le disparara, la acusé de ser una espía de Umbrella, y ella me dijo que no lo era, que no era asunto mío para quién trabajaba…
Aunque Claire y él habían llegado a aquella lucha bastante tarde, habían sido informados en profundidad sobre lo que los demás sabían de Umbrella, y el servicio que les había proporcionado Trent en el pasado. La única constante, aparte de ser muy esquivo a la hora de suministrar información personal, era que parecía conocer toda clase de detalles que nadie más sabía.
No pasará nada si se lo pregunto.
Cuando Trent regresó al compartimento de pasajeros, León se le acercó.
—Señor Trent —le dijo con mucho tacto y cuidado, sin dejar de observarle—. En Raccoon City conocí a una mujer llamada Ada Wong…
Trent se lo quedó mirando, sin dejar translucir ninguna emoción.
—¿Y?
—Me preguntaba si usted sabía algo sobre ella, o para quién trabajaba. Estaba buscando una muestra del virus G…
Trent alzó las cejas.
—¿De veras? ¿Y la consiguió encontrar?
León se fijó bien en sus ojos oscuros y penetrantes, preguntándose por qué tenía la sensación de que Trent ya conocía la respuesta. No podía saberla, por supuesto, porque Ada había muerto justo antes de que el laboratorio explotara en mil pedazos.
—Sí, lo logró —le dijo León—. Sin embargo, al final, ella… se sacrificó en cierto modo, en vez de tener que elegir entre matar a alguien y perder la muestra.
—¿Y ese alguien era usted? —le preguntó Trent en voz baja.
León se dio cuenta de que los demás los estaban mirando, y no se sorprendió demasiado al descubrir que tampoco le importaba mucho. Un mes antes, una conversación sobre temas tan personales le hubiera hecho sentirse avergonzado.
—Sí —dijo en un tono de voz casi desafiante—. Era yo.
Trent asintió lentamente, sonriendo un poco.
—Entonces me parece que no necesita saber nada más sobre ella, sobre su carácter o los motivos que la impulsaban a hacerlo.
León no estaba muy seguro de si estaba esquivando la respuesta o le estaba diciendo sinceramente lo que pensaba, pero de cualquier manera, la pura lógica de aquella contestación le hizo sentirse mejor. Era como si él mismo hubiese sabido la respuesta a sus dudas desde el principio. Fuese cual fuese la clase de psicología que Trent estaba utilizando, era todo un maestro en ella.
Es educado, culto y atemorizador como el mismísimo diablo a su modo tranquilo… A Ada le hubiera gustado.
—A pesar de lo mucho que disfruto de mis charlas con ustedes, debo tratar sin demora ciertos asuntos pendientes que tengo con el capitán —les estaba diciendo Trent—. Llegaremos a Salt Lake City en unas cinco o seis horas.
Dicho aquello, los saludó con una inclinación de cabeza y desapareció tras la cortina de nuevo.
—¿Qué pasa? ¿Es demasiado bueno como para sentarse con la tropa? —preguntó John, sin haber superado obviamente su disgusto inicial hacia el individuo.
León paseó la vista entre los demás, y vio unos cuantos rostros con expresiones de preocupación e intranquilidad, vio a Claire con cara de querer poder cambiar de opinión.
León se acercó hasta donde ella estaba apoyada en un asiento, con los brazos cruzados con fuerza, y le puso una mano en el hombro.
—¿Acaso estás pensando en Chris? —le preguntó con voz amable.
Para su sorpresa, ella negó con la cabeza y le dirigió una sonrisa nerviosa.
—No. Lo cierto es que estaba pensando en la mansión Spencer, y en el ataque a la ensenada de Calibán, y en lo que ocurrió en Raccoon City. Estaba pensando en que no importa lo que diga Trent sobre lo fácil que va a ser, nada es tan simple con Umbrella. La situación logra complicarse siempre que ellos están involucrados. Una pensaría en que ya deberíamos estar acostumbrados a todo eso…
Su voz se fue apagando lentamente, y luego sacudió la cabeza como si estuviese intentando aclararse las ideas. Le sonrió de nuevo, pero de un modo más alegre.
—Mira cómo hablo. Voy a pillar un bocadillo. ¿Quieres algo?
—No, gracias —le respondió con gesto ausente, pensando todavía en lo que ella había dicho mientras Claire se alejaba. Se preguntó de repente si su viajecito hasta Utah no sería el último error que alguno de ellos cometería.
Steve López, el bueno de Steve, con su cara tan falta de expresión y tan blanca como una hoja de papel, de pie en mitad del extraño y enorme laboratorio, de pie y apuntándole con su arma semiautomática y diciéndoles que soltaran las armas…
Y la rabia, el dolor y la furia que asaltaron a John con la fuerza de un huracán cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, de que Karen estaba muerta, de que Steve había sido convertido en uno de aquellos soldados zombis cabrones…
Y John gritó, ¡qué le has hecho! No pensó, en vez de eso giró sobre sí mismo y disparó al ser sin voluntad que tenía a su espalda, el proyectil le atravesó limpiamente la sien izquierda y el aire frío comenzó a apestar como la misma muerte mientras la criatura caía…
¡Y el dolor! Un dolor que le atravesó cuando Steve, su amigo y camarada Stevie, le disparó por la espalda. John sintió la sangre en la boca, sintió cómo daba la vuelta, sintió más dolor del que jamás creyó poder sentir. Steve le había disparado, el doctor loco había utilizado su virus con él y Steve ya no era Steve, y el mundo giraba, y gritaba…
—John, John, despierta, tienes una pesadilla. Eh, tiarrón…
John se enderezó en el asiento, con los ojos abiertos de par en par y con el corazón a punto de saltarle del pecho, desorientado y atemorizado. La mano fría que notaba en su brazo era la de Rebecca, su contacto era suave y reconfortante, y se dio cuenta de que estaba despierto, de que había estado soñando y de que ya estaba despierto.
—Mierda —murmuró, y se dejó caer sobre el respaldo del asiento cerrando los ojos. Todavía estaban en el avión, y el suave ronroneo de los motores y el siseo del aire acondicionado lo tranquilizaron del todo.
—¿Estás bien? —le preguntó Rebecca, y John se limitó a asentir, respirando profundamente unas cuantas veces antes de abrir los ojos de nuevo.
—¿He llegado a… gritar, o algo así?
Rebecca le sonrió, y lo miró atentamente.
—No. Lo que pasa es que volvía del lavabo y te he visto retorcerte como el rabo de una lagartija. No me pareció que estuvieras divirtiéndote precisamente… Espero no haber interrumpido nada bueno.
Dijo lo último casi como una pregunta. John se obligó a sí mismo a sonreír y evitó por completo hablar del tema. Prefirió mirar por la ventanilla a la veloz oscuridad.
—Me parece que comerme esos tres bocadillos de atún antes de irme a dormir no ha sido una buena idea. ¿Ya estamos llegando?
Rebecca hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Acabamos de comenzar el descenso. David dice que quedan unos quince o veinte minutos.
Ella todavía lo estaba mirando fijamente, con la misma impresión de calidez y preocupación, y John se dio cuenta de que estaba actuando como un idiota. Mantener toda aquella mierda encerrada y sin sacar era un pasaporte seguro para perder la chaveta.
—Estaba en el laboratorio —le dijo, y Rebecca volvió a asentir. Era lo único que le tenía que decir. Ella también había estado allí.
—Yo tuve una así hace un par de días, justo después de que decidiéramos marcharnos de Exeter —dijo Rebecca en voz baja—. Una pesadilla realmente desagradable. Era una especie de mezcla entre el laboratorio de la mansión Spencer y el de la ensenada.
A John le tocó el turno de asentir, y pensó en lo increíble que era aquella chica. Se había enfrentado a toda una casa llena de monstruos en su primera misión con los STARS, y aun así había decidido aceptar participar en la misión que les llevó a la ensenada cuando David se lo pidió.
—Rebecca, eres cojonuda. Si yo tuviera un par de años menos, creo que quizá llegaría a ser amor —le dijo, y se quedó encantado al ver que ella se ruborizaba y sonreía.
Ella era, casi con toda seguridad, el doble de lista que él, pero también era una adolescente, y si él no recordaba mal sus días de juventud, a las chavalas no les disgustaba oír lo mucho que molaban.
—Cállate —le dijo, pero su tono de voz le indicó que había logrado avergonzarla por completo, pero que a ella no le importaba en absoluto.
Se produjo un momento de silencio cómodo y tranquilo entre los dos, con los últimos restos de la pesadilla evaporándose mientras la presión de la cabina de pasajeros iba cambiando a medida que el avión descendía. Llegarían a Utah en pocos minutos. David ya había sugerido que debían dirigirse a un hotel para comenzar a trazar planes, y que entrarían al día siguiente por la noche.
Entramos, pillamos el libro y salimos cagando leches. Fácil… excepto que me parece que ése es el mismo plan que teníamos para la instalación de la ensenada.
John decidió que en cuanto aterrizaran tendría otra pequeña charla con el señor Trent. Ya estaba de acuerdo con la misión, con lo de coger el libro y de paso torpedear un poco las actividades de Umbrella, pero seguía sin estar contento con la información tan selectiva que les había proporcionado Trent. Sí, vale, el tipo les estaba ayudando, pero ¿por qué portarse de un modo tan raro para hacerlo? ¿Y por qué no les había contado lo que estaban haciendo sus compañeros en Europa, o quién estaba al mando de White Umbrella, o cómo había logrado colocar a su propio piloto en el vuelo privado que habían contratado?
Porque le encanta manejar a la gente. Es un loco de la autoridad.
No le parecía la respuesta más acertada, pero a John no se le ocurría ninguna otra razón para que el señor Trent se comportara como una especie de agente secreto en plan espía. Quizá si le retorcía un poco el brazo hablaría con mayor claridad…
—John, sé que no te cae bien, pero ¿crees que lleva razón con eso de que va a ser una misión facilona? Quiero decir que, bueno, ¿qué pasará si Reston se resiste? O qué pasará si… ¿Qué pasará si ocurre alguna cosa?
Estaba intentando sonar como una profesional, con un tono de voz tranquilo y relajado, pero la mirada preocupada que se asomaba a sus ojos castaños la delataba.
Alguna cosa. Algo como un estallido vírico, algo como un científico enloquecido, algo como unos monstruos biológicos sueltos y sin control. Algo como lo que siempre ocurre en Umbrella…
—Si lo que yo haga sirve para algo, lo único que saldrá mal es que Reston se cagará encima y el olor será asqueroso —dijo, y se vio recompensado de nuevo con una sonrisa de la chica.
—Eres un idiota —le respondió ella, y John se encogió de hombros pensando en lo fácil que era lograr que la chavala sonriera, y preguntándose a la vez si era buena idea darle mayores esperanzas.
Momentos más tarde, el avión aterrizó suavemente, y el piloto utilizó por primera vez el sistema de comunicación interno. Les dijo que permanecieran sentados y con los cinturones abrochados hasta que el avión se detuviera por completo, y luego cortó la comunicación, sin soltarles el rollo habitual sobre que esperaba que hubieran disfrutado del vuelo o cuál era la temperatura media del exterior. John se sintió agradecido, al menos por aquello. El pequeño aparato recorrió la pista de aterrizaje hasta detenerse con suavidad, y el equipo se puso en pie desperezándose y poniéndose los abrigos.
En cuando oyó abrirse la puerta exterior, John pasó de largo al lado de Rebecca y se dirigió hacia la cabina del piloto, decidido a no dejar marcharse a Trent antes de que hubieran charlado un rato. Atravesó la cortina, y un soplo frío de viento les llegó a los demás ocupantes del compartimento de pasajeros, situado a espaldas de la cabina del piloto, pero vio que había llegado demasiado tarde. El piloto, Evans, estaba solo en la puerta que daba a la cabina.
Trent había logrado de algún modo escaparse en los escasos segundos que John había tardado en cruzar el pequeño avión. Las escalerillas metálicas que bajaban desde la puerta del aparato estaban vacías, y aunque John bajó los peldaños de dos en dos, llegando al suelo en menos de un segundo, no pudo ver nada más que la vacía extensión de la pista de aterrizaje, y desde luego, a nadie más excepto al trabajador del aeropuerto que había ayudado a bajar las escalerillas. Cuando le preguntó por Trent, el individuo insistió en que la primera persona que había bajado del avión había sido el propio John.
—Hijo de puta —dijo con rabia, pero ya no importaba, porque estaban en Utah. Con Trent o sin él, habían llegado, y como ya era medianoche, disponían de menos de un día para prepararse.

Capítulo 5
Jay Reston estaba encantado. De hecho, estaba más contento de lo que lo había estado desde hacía mucho tiempo, y si hubiera sabido lo bueno que era estar de nuevo en el trabajo de campo, lo habría hecho muchos años antes.
Manejar a los empleados, los de la clase que se ensucian las manos. Ordenar que se hagan cosas y ver cómo se desarrollan los resultados, ser parte de ese proceso. Ser algo más que una simple sombra, más que una oscuridad siniestra y sin nombre a la que temer…
Pensar en todo aquello le hacía sentirse fuerte y lleno de vitalidad de nuevo. Tenía poco más de cincuenta años, y todavía no se consideraba ni siquiera de edad madura, pero trabajar de nuevo en la línea del frente le había hecho darse cuenta de lo que se había perdido a lo largo de los años.
Reston estaba sentado en la sala de control, el corazón palpitante de Planeta, con las manos detrás de la cabeza y su atención fijada en la pared llena de pantallas que tenía frente a él. En una de las pantallas, un individuo vestido con un mono de trabajo estaba trabajando en una serie de árboles de la fase Uno, añadiendo otra capa de verde a las falsas plantas de hoja perenne. El hombre se llamaba Tom Nosequé, del departamento de construcción, pero su nombre no era importante. Lo que realmente importaba era que Tom estaba pintando los árboles porque Reston le había dicho que lo hiciera, cara a cara, en la reunión matinal.
En otra pantalla, Kelly McMalus estaba recalibrando el control de temperatura del desierto, también cumpliendo las órdenes de Reston. McMalus era el manipulador jefe de los escorps, al menos hasta que llegara el personal definitivo. Todo los trabajadores iniciales de Planeta eran de carácter temporal. Era una de las nuevas medidas de White Umbrella para evitar el sabotaje. En cuanto todo estuviera preparado y en funcionamiento, los nueve técnicos y la media docena de investigadores «preliminares», que en realidad no eran más que manipuladores de especímenes sobrevalorados, aunque él jamás se lo diría a la cara, serían trasladados.
Planeta. La instalación se llamaba en realidad «B.O.W. Entorno de Prueba A», pero Reston creía que llamarlo Planeta era mucho más adecuado. No estaba seguro de quién había sido el que lo había dicho, tan sólo que había surgido en una de las reuniones de trabajo matinales, y que había cuajado. Referirse a las instalaciones de prueba en sus informes periódicos al equipo base como Planeta le hacía sentirse más parte de todo el proceso.
«Las conexiones de los vídeos han sido puestas en marcha hoy mismo, aunque al parecer existe alguna clase de problema con los micrófonos, así que el audio no está funcionando todavía. Haré que lo solucionen lo antes posible. Ha llegado el último de los Ma3K, y ninguno de los especímenes ha sufrido ningún daño. En general, todo marcha bien. Creemos que Planeta estará listo bastantes días antes de lo previsto…»
Reston sonrió al recordar la última conversación que tuvo con Sidney. Había notado un leve tono de celos en la voz de Sidney, ¿una nota de envidia? Ya era parte de ese «nosotros», un nosotros que llamaba al Entorno de Prueba A con un sobrenombre. Después de treinta años de delegar responsabilidades, tener que supervisar los últimos toques y detalles de sus instalaciones más innovadoras y costosas hasta la fecha, era una bendición inesperada. Y pensar que se había sentido irritado cuando le comunicaron que el automóvil de Lewis se había despeñado por un precipicio. El accidente había sido probablemente el mejor trabajo que aquel individuo había hecho para Umbrella, ya que significaba que él estaría cargo del nacimiento de Planeta.
Otro técnico apareció caminando por una de las pantallas, con una caja de herramientas y un rollo de cuerda. Cole, Henry Cole, el electricista que había estado trabajando en los sistemas de vídeo y de intercomunicación. Se encontraba en el pasillo principal que comunicaba los laboratorios de investigación y la zona de pruebas, y que también llevaba hasta el ascensor. Reston se había dado cuenta el día anterior de que bastantes cámaras de la superficie no funcionaban bien. Ninguna de las cámaras de Planeta había sido conectada todavía al sistema de audio, pero, de vez en cuando, las cámaras de las instalaciones de superficie se quedaban con la pantalla en blanco y llena de estática durante varios minutos, y le había pedido a Cole que revisara aquello…
Pero después de que acabara de arreglar el sistema de intercomunicadores, no antes. ¿Cómo voy a estar en contacto con esta gente si no dispongo de un sistema de intercomunicadores en funcionamiento?
Incluso el sentimiento de irritación que sentía hacia el técnico era una emoción exultante. En vez de pulsar un botón y decirle a algún encargado siempre obediente que lo arreglara, tendría que supervisarlo todo él en persona.
Reston se alejó de la consola y se desperezó mientras se ponía en pie, echando un último vistazo a la hilera de monitores para recordar si había algo más de lo que debiera ocuparse.
Intercomunicadores, cámaras de vídeo… será necesario reforzar el puente de Tres, pero no es una prioridad. Deberíamos hacer algo respecto a los colores de la ciudad, son demasiado monótonos…
Atravesó la sala de control de diseño estilizado, pasando al lado de una línea de sillones de cuero, tan nuevos que su fuerte olor todavía se mantenía en el fresco ambiente de aire acondicionado. Los sillones estaban encarados hacia una pared llena de pantallas de gran resolución. En menos de un mes, allí se sentarían los investigadores, los científicos y los administradores más importantes, el verdadero corazón de White Umbrella, además de los dos patrocinadores más poderosos del proyecto. Incluso Sidney y Jackson estarían allí para ver la serie inicial de experimentos del programa de prueba.
Y Trent —pensó Reston esperanzado—. Estoy seguro de que no rechazará una invitación para asistir a los primeros experimentos…
Reston se colocó sobre la plancha de presión colocada delante de la puerta cuya gruesa hoja de metal se deslizó hacia arriba con tan sólo un susurro, y salió al ancho pasillo que recorría a lo largo todo Planeta. La sala de control no estaba demasiado lejos del montacargas industrial, de hecho, casi estaba enfrente, pero el electricista ya había comenzado a subir a la superficie. Esa misma semana se pondrían en funcionamiento otros cuatro ascensores que llegaban hasta uno de los otros edificios de la superficie, pero de momento sólo había aquel montacargas industrial. Tendría que esperar hasta que Cole saliera.
Pulsó el botón y tiró de las mangas de su chaqueta, pensando en cómo planearía el recorrido de visita. Hacía mucho tiempo que Jay Reston no se dedicaba a soñar despierto, pero en el poco tiempo que llevaba en Planeta, imaginarse el día en que les daría la bienvenida a los demás y los guiaría por las instalaciones que él había dirigido y que había transformado en una máquina puesta a punto se había convertido en su pasatiempo favorito. Del escaso número de personas que estaban al frente de White Umbrella, que tomaban las grandes decisiones, él era el más joven entre los aceptados en el círculo interior, y aunque Jackson a menudo le aseguraba que su opinión era tan valorada como la de cualquier otro, había notado en más de una ocasión que era el último en ser consultado. En ser tenido en cuenta.
No después de esto. No después de que vean que con menos de una docena de ayudantes atentos a mi más mínima orden, he logrado poner a punto y en marcha a Planeta sin ninguna clase de problemas y antes de lo previsto. Me gustaría ver si Sidney es capaz de hacerlo la mitad de bien…
Llegarían de noche, por supuesto, y probablemente en varios grupos. Colocaría a los manipuladores de especímenes en la entrada para recibirlos y darles la bienvenida antes de llevarlos a los ascensores (los nuevos, no la sucia monstruosidad en la que estaba a punto de subir). De camino a las profundidades, les hablaría a los visitantes de los eficientes y elegantes habitáculos donde vivir, del sistema de filtrado de aire autónomo, de la sala de cirugía…, de todo lo que convertía a Planeta en la instalación más innovadora. Los llevaría desde los ascensores hasta la sala de control y les explicaría los distintos entornos y ambientes, y las nuevas series de especímenes, ocho de cada una. Luego saldrían y los llevaría hasta la zona norte, hacia el comienzo del área de pruebas.
Las atravesaremos todas, las cuatro fases, hasta llegar al laboratorio químico y la sala de autopsias. Por supuesto, tendremos que detenernos a contemplar a Fósil, y luego pasaremos por la zona habitable, donde habrá café y algo de bollería esperándonos, o quizás unos cuantos emparedados, y después regresaremos a la sala de controla observar las primeras pruebas. Sólo espécimen contra espécimen, por supuesto, la experimentación con humanos sería todo un engorro…
Un suave pitido le hizo volver a la realidad y le indicó que el montacargas había regresado. La puerta se abrió, la rejilla se deslizó hacia un lado y Reston entró en el gran compartimento. La plataforma de acero reforzado resonó con un chasquido metálico bajo sus pies. Una leve polvareda se alzó desde la superficie metálica y se posó sobre la piel brillante de sus zapatos.
Reston suspiró, y pulsó los botones que le llevarían a la superficie, pensando en todo lo que había tenido que soportar desde que llegó a Planeta tan sólo diez días antes. El trabajo avanzaba, pero jamás pensó en todas las incomodidades que se tenían que sufrir para que una de aquellas instalaciones se pusiera en marcha. Las comidas recalentadas pero apenas tibias, la constante necesidad de prestar atención a todos y cada uno de los ínfimos detalles, y la suciedad: por todos lados, finas capas de polvo de construcción que se pegaban a sus ropas y a su cabello, que obstruían los filtros… Incluso en la sala de control había tenido que tomar medidas de precaución adicionales para que no se metiera en la unidad central. Había tenido que trabajar con tres programadores distintos para que todo el sistema informático se pusiera en funcionamiento, pero ésa era otra de las precauciones adoptadas por Umbrella para evitar que nadie supiera demasiado sobre el lugar. Si el sistema fallaba y se desconectaba…
Reston lanzó otro suspiro palmeando suavemente un cuadrado pequeño y liso que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta mientras el montacargas iniciaba con un zumbido el ascenso. Tenía los códigos. Si el sistema fallaba, sólo tenía que llamar a unos nuevos programadores. Un inconveniente, pero desde luego, no un desastre. Raccoon City, eso sí que fue un desastre, y una de las razones más poderosas para que quisiera que todo funcionara a la perfección en Planeta.
Lo necesitamos. Después del verano que hemos sufrido, el escape del virus y todos esos metomentodos de los STARS, además de perder a Birkin… Necesito que esto vaya bien.
Aunque la decisión había sido unánime, había sido la gente de Reston la que había ido a Raccoon City para quitarle el virus G a Birkin. Un acto que había dado corno resultado la pérdida de su científico en jefe y más de mil millones de dólares en equipo, en trabajadores y en instalaciones. Por supuesto, estaba claro que no había sido culpa suya, nadie le había atribuido aquel fallo, pero había sido un mal verano para todos, y que el Entorno de Prueba A estuviese preparado y en funcionamiento tranquilizaría la situación de un modo considerable.
Pensó en lo que les había dicho Trent, justo antes de que Reston se marchase camino a Planeta: mientras no perdiesen la cabeza, no tendrían que preocuparse por nada. Un aviso tranquilizador muy corriente, pero que dicho por Trent sonaba como una verdad absoluta. Era curioso. Habían contratado a Trent para que resolviera los problemas, y en menos de seis meses se había convertido en uno de los miembros más respetados de su grupo. Nada parecía inquietarle, el tipo era puro hielo. Habían tenido suerte de encontrarlo, sobre todo si se tenía en cuenta su reciente serie de desgracias.
El montacargas se detuvo, y Reston enderezó los hombros preparándose para redirigir las labores del señor Cole. La sola idea de hacerlo poner de pie de un salto le hizo sonreír de nuevo, y echó a un lado todas sus preocupaciones.
Un currante más, pensó con alegría, y salió del montacargas para encargarse de todo.

Capítulo 6
En el cielo nocturno, una media luna desparramaba una pálida luz azulada por la vasta y abierta llanura, haciéndola parecer incluso más frío de lo que era.
Y hace un frío de mil demonios, pensó Claire, temblando a pesar de la calefacción del vehículo de alquiler. Era otra furgoneta, e incluso con tres de ellos moviéndose en la parte trasera, comprobando y recargando las armas, no parecían generar ni de cerca el calor suficiente para mantener fuera el helado aire que se colaba a través de la delgada chapa de metal.
—¿Tienes los 380? —le preguntó John a León, quien se estiraba sobre la caja de la munición para cargar las cartucheras de sus caderas. David conducía, Rebecca comprobaba la posición en un GPS. Si las coordenadas de Trent eran correctas, ya estaban cerca.
Claire miró hacia fuera, al paisaje que corría junto al polvoriento camino, a lo que parecían interminables millas de nada bajo el ancho cielo, y se estremeció de nuevo. Era un lugar árido y abandonado, la carretera por la que iban apenas era más que un camino de polvo dirigiéndose a ninguna parte; el asentamiento perfecto para Umbrella.
El plan era sencillo. Dejar la furgoneta a media milla más o menos de las coordenadas de Trent, cargar con todas las armas que tenían, y deslizarse en el complejo tan silenciosamente como pudiesen.
«… encontramos el tablero de acceso que mencionó Trent, introducimos los códigos y entramos —había dicho David—, cuando esté bien entrada la noche. Con un poco de suerte, la mayoría de los trabajadores estarán dormidos; sólo será cuestión de encontrar sus habitaciones y reunirles. Les encerraremos y realizaremos una búsqueda de este libro del Sr. Reston. John, tú y Claire vigilaréis a nuestros prisioneros, mientras el resto buscamos. Probablemente estará en la sala de operaciones o en las habitaciones privadas de Reston. Si no lo encontramos en, digamos, veinte minutos, tendremos que preguntarle directamente al Sr. Reston… un último recurso para evitar implicar a Trent. Con el libro en las manos, nos iremos por donde venimos. ¿Preguntas?»
Su sesión de planificación en el hotel lo había hecho parecer bastante fácil y con la escasa información de que disponían, las preguntas habían sido pocas. Aunque ahora, conduciendo a través de un interminable y helado yermo, intentando mentalizarse para una confrontación… ahora no parecían tan simple. Era una perspectiva aterradora, entrar en un lugar donde ninguno de ellos había estado antes e intentar encontrar un objeto no mayor que una novela. Además era Umbrella, además tenemos que intimidar a un montón de técnicos y posiblemente acabar torturando a uno de los tipos importantes.
Al menos entrarían bien armados, parecía que habían aprendido la lección en lo que concernía a tratar con Umbrella: que llevar una potencia de fuego de cojones era una idea estupenda. Además de las pistolas de nueve milímetros y todos los cargadores que pudieran llevar encima, también estaban equipados con dos rifles automáticos M-16 AI, uno para John y otro para David, junto a media docena de granadas de fragmentación. Sólo por si acaso, les había dicho David.
En caso de que todo el plan se desmorone. En caso de que tengamos que hacer saltar por los aires y en pedazos alguna clase de criatura increíble y monstruosa, o un centenar de ellas…
—¿Tienes frío? —le preguntó León.
Claire apartó la vista de la ventanilla y le miró. León había acabado de preparar las bolsas de todo el equipo y le estaba entregando la suya. La tomó y asintió para responder a su pregunta.
—¿Tú no tienes?
León negó con la cabeza, sonriente.
—Ropa interior térmica. Me habría venido bien en Raccoon City…
Claire sonrió.
—¿Te hubiera venido bien a ti? Te recuerdo que yo iba correteando con unos pantalones cortos. Tú al menos tenías tu uniforme.
—Que acabó cubierto de tripas de lagarto antes de que hubiera recorrido la mitad de las alcantarillas —le respondió, y a ella le alegró ver que era capaz de bromear sobre aquello.
Se está recuperando. Los dos lo estamos haciendo.
—Niños, niños —les dijo John con voz severa—. Si no paráis ahora mismo, haré que el coche dé la vuelta…
—Frena un poco —dijo Rebecca desde el asiento del acompañante, y su voz hizo que todos se callaran. David levantó un poco el pie del acelerador, y la furgoneta redujo la velocidad hasta apenas avanzar.
—Me parece… creo que está a un kilómetro aproximadamente, hacia el sureste de nuestra posición —dijo Rebecca.
Claire respiró profundamente, vio cómo John empuñaba uno de los rifles automáticos y a León apretar los labios en cuanto David detuvo la furgoneta. Había llegado el momento. John abrió la portezuela lateral, y el aire entró, helado, seco, espantosamente frío.
—Espero que tengan encendida la máquina de hacer café —dijo John en voz baja, y saltó a la oscuridad.
Se dio la vuelta para recoger su pequeña mochila de cadera. Rebecca metió unos cuantos suministros médicos más en la suya, y cuando ella y David salieron, León le puso una mano en el hombro a Claire.
—¿Te ves con fuerzas? —le preguntó en voz baja, y Claire sonrió en su interior pensando que era un hombre muy dulce: ella se había estado preguntando si debía decirle eso mismo.
Se habían hecho bastante íntimos desde que se conocieron en Raccoon City, y aunque no podía estar completamente segura, creía haber detectado ciertas señales que le indicaban que a él no le importaría que esa intimidad se hiciera más profunda. No estaba segura de si eso sería una buena idea…
Pero desde luego, ahora no es el momento para decidir algo sobre eso. Cuanto antes consigamos ese libro de códigos, antes podremos marcharnos a Europa. A ver a Chris.
—Estoy tan fuerte como nunca —le respondió. León asintió y ambos salieron a la helada noche para reunirse con los demás.
David situó a John a retaguardia del grupo, y se colocó él en cabeza, obligándose a expulsar todos sus pensamientos negativos mientras se acercaban al lugar donde Trent había dicho que estaría la instalación de Umbrella. No iba a ser fácil: se disponían a entrar a saco con menos de un día de preparación, sin mapas del lugar, sin idea del aspecto que tenía Reston o contra qué clase de medidas de seguridad se enfrentaban…
La lista es interminable, ¿verdad?, y aun así voy a hacerles entrar. Porque si lo logramos, podré retirarme. Umbrella estará acabada, y nadie tendrá que venir a pedirme ayuda, nunca jamás.
Era una idea que le atraía mucho: una jubilación tranquila. En cuanto los monstruos a cargo de White Umbrella fueran entregados a la justicia, combatiente fugitivo o no, ya no tendría otra responsabilidad mayor que mantenerse alimentado y bañado. Quizá criaría plantas de invernadero…
—Creo que… debemos girar unos pocos grados a la izquierda —le dijo Rebecca a su espalda, lo que le sobresaltó y le hizo concentrarse de nuevo en sus alrededores.
Ella apenas había susurrado, pero la noche estaba tan tranquila y tan silenciosa, con el aire tan inmóvil, que cada paso que daban, cada exhalación, parecían asaltar sus oídos.
David les condujo a través de la oscuridad, deseando que pudieran utilizar las linternas. Ya debían estar muy cerca. Sin embargo, a pesar de ir completamente vestidos de negro, estaba preocupado por la posibilidad de que los descubrieran incluso antes de entrar… fuese lo que fuese lo que significase eso. Trent no les había dado ninguna indicación del aspecto que tenían las instalaciones del lugar. De cualquier modo, con la luz de aquella media luna no las verían hasta que prácticamente estuvieran encima…
Ahí.
Una sombra más oscura, justo por delante de ellos. David alzó una mano, lo que hizo que los demás también se aproximaran con mayor lentitud cuando vieron el techo ondulado que reflejaba la luz de la luna. Después pudieron ver la valla, y por último, un puñado de edificios, todos ellos a oscuras y en silencio.
David comenzó a acercarse en cuclillas, indicando a los demás que hicieran lo mismo y apretando el rifle automático contra su pecho. En silencio, se aproximaron lo bastante como para distinguir con claridad el solitario grupo de estructuras de un solo piso detrás de una valla baja.
Cinco, seis edificios, sin luces, sin movimiento visible… Sin duda una fachada para engañar…
—Bajo tierra —le susurró Rebecca, y David asintió.
Era lo más probable. Ya habían discutido varias posibilidades, y les parecía que era la más factible. Incluso con aquella escasa claridad pudo discernir que los edificios eran viejos, y que estaban oxidados y polvorientos. Había una estructura un poco más pequeña delante, y cinco edificios largos y bajos en fila detrás de ella, y todos tenían techos de metal ondulado. Desde luego, el conjunto era lo bastante grande como para albergar un terreno de prueba. Los edificios más grandes tenían el tamaño de un hangar para aviones, pero dado el lugar donde se encontraban, en mitad del desierto, y el aspecto de viejo y desgastado, supuso que las verdaderas instalaciones estaban bajo tierra.
Aquello era bueno y malo. Bueno porque eso significaba que no sería demasiado difícil entrar en el lugar sin demasiadas complicaciones. Malo porque sólo Dios sabía qué clase de sistema de vigilancia habrían montado. Tendrían que infiltrarse con rapidez.
David se giró, sin dejar de permanecer en cuclillas y le habló a su equipo.
—Tendremos que entrar a la carrera —les dijo en voz baja—, y permanecer lo más agachados posible. Treparemos por la valla y nos dirigiremos a la estructura que está más cerca de la entrada principal, en el mismo orden: yo iré en punta y John en retaguardia. Tenemos que encontrar la verdadera entrada lo antes posible. Cuidado con las cámaras, y quiero a todo el mundo con las armas en la mano en cuanto entremos en ese lugar.
Todos asintieron, con los rostros serios y expresión decidida. David se dio la vuelta y comenzó a acercarse a la valla, con la cabeza agachada y los músculos tensos y alerta. Veinte metros para llegar, con el frío aire haciéndole daño en los pulmones y secando el leve sudor de su piel. Cinco metros, y pudo leer los letreros de PROHIBIDO ENTRAR colocados en la valla, y cuando finalmente llegaron a la puerta, David vio el letrero que indicaba que se trataba de una propiedad privada, la ESTACIÓN DE VIGILANCIA E INVESTIGACIÓN DE LA ATMÓSFERA N.° 7. Levantó la vista hacia las siluetas redondeadas de lo que sólo podían ser unos discos de antenas de comunicación por satélite en dos de los edificios, además de las numerosas hileras de antenas normales que surgían de otro de ellos.
David tocó la valla con la punta del cañón de su M-16 primero, y luego con la mano. No ocurrió nada, y tampoco distinguió alambre de espino, ni cables de sensores o de alarma a la vista.
Es obvio que ninguna clase de estación de control del tiempo tendría dispositivos semejantes. Umbrella es tan precisa en sus fachadas como en todo lo demás.
Se colgó el rifle del hombro, se agarró al grueso alambre y comenzó a subir. La valla apenas medía dos metros, y estuvo en su borde superior en cinco segundos. Pasó por encima y se dejó caer al polvoriento suelo del interior del lugar.
Rebecca fue la siguiente, y trepó con facilidad y rapidez, una sombra ágil en la oscuridad. David alargó la mano para ayudarla a bajar, pero ella saltó con destreza al suelo sin apenas hacer ruido. Desenfundó inmediatamente su arma, una H&K VP70, y se dio la vuelta para cubrir la oscuridad mientras David se giraba de nuevo hacia la valla.
León casi se cayó cuado estaba pasando por encima del borde de la valla, pero David lo ayudó agarrándolo de la mano. En cuanto bajó, hizo una inclinación de cabeza para darle las gracias y se giró para ayudar a Claire.
De momento, todo va bien…
David estudió la oscuridad que les rodeaba mientras John trepaba. El corazón le latía con fuerza, y tenía todos los sentidos en alerta. No se oía ningún otro ruido aparte del chasqueo de la valla, ni se notaba ningún movimiento en la oscuridad.
Miró hacia atrás cuando John cayó pesadamente al lado de la valla, y luego indicó con un gesto de la cabeza el edificio más pequeño, el que estaba delante. Si él hubiera tenido que pensar en un sitio para ocultar la entrada, la hubiera escondido en un lugar donde nadie miraría: un cuarto para las escobas en la parte trasera del último edificio, a través de una trampilla en el suelo. Sin embargo, los de Umbrella eran gente demasiado engreída, demasiado presuntuosa como para preocuparse por unas precauciones tan simples.
Estará en el primer edificio, porque creen que la han ocultado tan bien que nadie podría encontrarla. Porque si hay algo con lo que podemos contar, es con que los de Umbrella piensan que son demasiado listos como para que los pillen…
O eso esperaba. Sin dejar de permanecer en cuclillas, David avanzó hacia el edificio en cuestión, rezando para que si había cámaras en funcionamiento en aquella zona, no hubiera nadie mirando las pantallas.
Ya era tarde, pero Reston no estaba cansado. Seguía sentado en la sala de control, bebiendo coñac en una taza y pensando vagamente en las tareas del día siguiente.
Por supuesto, ya había elaborado su informe: Cole todavía no había logrado arreglar el sistema de intercomunicadores, aunque al parecer, todas las cámaras funcionaban a la perfección. El manipulador de los Ca6, Les Duvall, quería que uno de los mecánicos revisara una cerradura que se atascaba en la jaula que los dejaba libres. Y todavía quedaba el asunto de la ciudad. Los Ma3K no podrían lucirse precisamente si los únicos colores de los edificios eran el marrón y el ladrillo…
Tengo que hacer que los de construcción se metan en Cuatro mañana. Y tengo que supervisar cómo les va a los Avi en sus perchas…
Una luz roja comenzó a parpadear en uno de los paneles que tenía delante, acompañada por un suave pitido mecánico. Era la sexta o la séptima vez que ocurría en la última semana. Tendría que hacer que Cole arreglara aquello también. Los vientos que recorrían la llanura podían llegar a soplar con mucha fuerza. En un día malo, incluso llegaban a hacer estremecer las puertas de los edificios de la superficie con la fuerza suficiente como para que saltaran los sensores.
Aun así, menos mal que todavía estaba aquí…
En cuanto Planeta estuviera a pleno rendimiento, siempre habría alguien sentado delante de las cámaras para repasar los sensores, pero en aquellos momentos, el único que tenía acceso a la zona de control era él. Si hubiera estado metido ya en la cama, el suave pero insistente pitido de la alarma sonando en su habitación le hubiera obligado a levantarse.
Reston alargó la mano hacia el interruptor y miró a la hilera de pantallas, más por costumbre que porque esperara ver nada…
… y se quedó helado, con la mirada fija en una pantalla que le mostraba la estancia de entrada, a casi unos trescientos metros por encima de donde él se encontraba, con una panorámica desde la esquina sureste del techo. Cuatro, no, cinco personas que encendían sus linternas, y todas vestidas de negro. Los estrechos haces de luz recorrieron los paneles de control cubiertos de polvo, las paredes repletas de equipo metereológico… e iluminaron las armas que empuñaban.
Oh, no.
Reston se sintió durante un segundo atemorizado y desesperado antes de recordar quién era. Jay Reston no se había convertido en uno de los hombres más poderosos del país, incluso puede que del mundo, por dejarse vencer por el pánico.
Alargó la mano bajo la consola en busca del teléfono colocado en un hueco al lado de la mesa y que le pondría en contacto con las oficinas privadas de White Umbrella. En cuanto lo levantó, tuvo línea.
—Soy Reston —dijo, y pudo sentir el acerado tono de su voz, pudo oírlo y sentirlo—. Tenemos un problema. Quiero que me pongan con Trent, quiero que Jackson me llame… y quiero que me envíen un equipo ahora mismo, vamos, que lo quiero aquí hace veinte minutos.
Se quedó mirando a la pantalla mientras hablaba, a los intrusos, y apretó los dientes, y su miedo inicial se convirtió en rabia. Sin duda eran los STARS fugitivos…
No importaba. Incluso si encontraban la entrada, no tenían los códigos, y, quienesquiera que fuesen, pagarían muy caro haberle causado aunque sólo fuera un segundo de inquietud.
Reston dejó el auricular en su sitio, cruzó los brazos y observó a los desconocidos moverse en silencio por la pantalla, preguntándose si tenían idea de que en media hora estarían muertos.

Capítulo 7
El edificio era frío y oscuro, se podía escuchar un suave zumbido de maquinaria que rompía el silencio, y que se escuchaba incluso por encima de los tremendos latidos de su corazón. El lugar no era muy grande, quizá de unos diez metros por sesenta, pero formaba una única estancia, lo bastante amplia como para hacerla sentirse intranquila, vulnerable. Unas pequeñas luces se encendían y se apagaban al azar a su alrededor, como si fueran docenas de ojos que les vigilaran desde la oscuridad.
Tío, odio esto.
Rebecca pasó el haz de luz de su linterna por la pared oeste del edificio en busca de algo que se saliera de lo habitual e intentando no sentirse a punto de vomitar al mismo tiempo. En las películas, los detectives privados y los policías que entran a hurtadillas en la casa de alguien siempre caminan con tranquilidad, en busca de pruebas, como si el sitio fuera suyo. En la vida real, meterse en un sitio en donde estaba claro que no debías estar era terrorífico. Sabía que eran los buenos, que estaban haciendo lo correcto, pero aun así sentía las palmas de las manos llenas de sudor y el corazón le martilleaba más que le palpitaba, y deseó desesperadamente tener un lavabo al que poder ir. Le parecía que su vejiga se había reducido al tamaño de una avellana.
Y eso tendrá que esperar, a menos que quiera entrar chorreando en mitad de territorio enemigo…
No era algo que Rebecca deseara.
Se inclinó para tener una mejor visión de la máquina que tenía enfrente, un aparato del tamaño de una nevera cubierto de botones, la etiqueta del frente decía «Estación OGO», a saber lo que era. Hasta donde podría contar, la habitación estaba repleta de enormes y macizas máquinas llenas de interruptores. Si el resto de los edificios estaban equipados de forma similar, encontrar el panel oculto de acceso iba a llevarles toda la noche.
Cada uno se ocupaba de una pared, y John investigaba las mesas situadas en el centro del cuarto. Probablemente había una cámara de vigilancia en alguna parte del edificio, lo cual hacía la urgencia todavía más grande… aunque todos esperaban que el personal mínimo significaría que nadie estaría observando. Si tenían mucha suerte, el sistema de seguridad ni siquiera estaría operativo aún.
No, eso sería un milagro. Bastante suerte tendremos si conseguimos entrar y salir de esto vivos e ilesos, con o sin ese libro…
Desde que habían dejado la furgoneta, las alarmas internas de Rebecca habían estado sonando hasta convertirla en un manojo de nervios. Durante el poco tiempo que llevaba en los STARS, había aprendido que confiar en sus instintos era importante, quizá incluso más importante que tener un arma; el instinto le decía a las personas cuando esquivar las balas, a esconderse cuando el enemigo estaba cerca, a saber cuando esperar y cuando actuar. El problema era, ¿cómo saber si era el instinto o sólo estás acojonada? Ella no lo sabía. Lo que sabía era que no se sentía bien en su incursión nocturna. Tenía frío y estaba nerviosa, su estómago le dolía, y no podía sacarse de encima la sensación de que algo malo iba a ocurrir.
Por otro lado, debería tener miedo… todos deberían estarlo. Lo que estaban haciendo era peligroso. Algo malo podría ocurrir realmente, reconocerlo no era paranoia, era ser realista.
—Hola. ¿Qué es eso?
Justo a la derecha de la máquina OGO había algo que parecía un calentador de agua, un aparato alto y redondeado con una ventanilla delante. Tras el pequeño cuadrado de cristal había una bobina de papel cuadriculado, cubierta con unas hileras negras, nada que hubiese reconocido, lo que había captado su atención era el polvo en el cristal. Era el mismo polvo que parecía haber por toda la habitación… pero había algo más. Había un borrón a través de la suciedad, una línea húmeda que podría haber sido causada por el dedo de alguien.
¿Un borrón en el polvo?
Si alguien hubiese pasado la mano sobre el polvoriento cristal, habría dejado algo más. Rebecca lo tocó frunciendo el ceño… y sintió la irregular superficie del polvo, las diminutas crestas y espirales como papel de lija bajo sus dedos. Lo habían espolvoreado o pulverizado encima… así pues, falso.
—Creo que tengo algo —susurró, y tocó el cristal donde se encontraba el borrón. La ventana se abrió, balanceándose y mostró un brillante cuadro metálico tras ella, un equipamiento de diez teclas en un panel limpio de polvo. El papel cuadriculado también era falso, tan solo parte del cristal.
—Bingo —musitó John tras ella, y Rebecca dio un paso atrás sintiendo un arrebato de emoción mientras los demás se les unían, sintiendo la tensión que provenía de ellos. Sus respiraciones combinaciones formaron una nubecilla en la helada habitación, recordándola lo aterida que estaba.
Demasiado frío… deberíamos volver a la furgoneta, volver al hotel para darnos un baño caliente. Ella podía captar la desesperación en su voz interior. No era el frío, era el lugar.
—Brillante —dijo David con suavidad y dio un paso al frente, sosteniendo su linterna en alto. Había memorizado los códigos de Trent, once en total, cada uno de ocho dígitos.
—Va ser el último, ya veréis —le susurró John. Rebecca habría lanzado una carcajada si no hubiera sido porque sentía tanto miedo.
John se quedó callado cuando le vio empezar a teclear el primero de los números. Rebecca pensó que si ninguno de ellos funcionaba, tampoco se sentiría demasiado decepcionada.
Jackson había llamado y había informado a Reston con su voz tranquila y educada que dos equipos de cuatro hombres cada uno se hallaban en camino tras partir en helicóptero de Salt Lake City.
—Resulta que nuestra oficina allí disponía de algunas tropas —le dijo—. Tenemos que agradecérselo a Trent. Nos sugirió que comenzásemos a redistribuir algunos de nuestros equipos de seguridad antes del gran estreno, por así decirlo.
A Reston le había encantado oír aquello, pero no estaba demasiado contento con que ellos estuvieran allí, tres hombres y dos mujeres armados dando vueltas alrededor de la entrada a Planeta en mitad de la noche…
—No pueden entrar, Jay —le interrumpió con suavidad para tranquilizarle—. No tienen acceso.
Reston se había tragado la cáustica respuesta que se le había ocurrido, y en vez de eso le dio las gracias. Jackson Cortlandt era probablemente el hijo de puta más arrogante y displicente que Reston jamás había conocido, pero también era extremadamente competente… y extremadamente feroz si necesitaba serlo. El último hombre que se había cruzado en su camino y le había cabreado acabó regresando a su familia en diferentes envíos postales. Decirle «¡Y una mierda!» al miembro más antiguo era como saltar desde el tejado de un edificio muy alto.
Jackson le había dejado bastante claro que aunque agradecía que le hubiera llamado, lo mejor sería que Jay manejara ese tipo de asuntos por su cuenta en el futuro, y que si se molestara en mantenerse al día sobre los cambios internos, se habría enterado de la existencia de los equipos en Salt Lake City. No se había tratado de una bofetada explícita, pero Reston captó el mensaje de todas maneras. Colgó el teléfono sintiéndose tremendamente humillado. Ver cómo los cinco intrusos se dedicaban a dar vueltas por el edificio de la entrada no hizo más que aumentar todavía más la tensión que sentía.
No tienen el código, no tienen acceso aun en el caso de que encuentren el teclado.
Veinte minutos. Lo único que tenía que hacer era esperar veinte minutos, media hora en el exterior. Reston respiró profundamente, y dejó escapar el aire con lentitud…
… y se olvidó de inhalar de nuevo cuando vio que uno de ellos, una chica, apretaba la ventanilla que daba acceso al teclado. Lo habían encontrado, y seguía sin saber quiénes eran o cómo conocían la existencia de Planeta…, pero por el modo en que uno de ellos se acercó al teclado y comenzó a pulsar botones, le pareció que veinte minutos sería demasiado tiempo para esperar la ayuda.
Está intentando adivinarlo, está marcando números al azar, no es posible que…
Reston se quedó mirando cómo el individuo alto y de cabello oscuro continuaba marcando números y recordó lo que Trent les había dicho en la última reunión: que era posible que en White Umbrella hubiera un infiltrado.
Alguien filtra información, alguien de muy arriba. Alguien que conoce los códigos de entrada.
Alargó la mano para levantar el auricular de nuevo, pero se detuvo. La sutil advertencia de Jackson le provocó un ligero sudor frío. Tenía que manejar la situación él en persona, era él quien tenía que impedir que entraran, pero todo el mundo estaba dormido y no disponía de servicio de intercomunicadores, tenía una pistola en su habitación, pero si tenían el código, no le quedaba tiempo para…
¡Control manual de anulación!
Reston se apartó de las pantallas y se dirigió a la puerta, dándose de bofetadas mentalmente mientras salía de la sala de control. Había un control manual de anulación en un panel oculto al lado del montacargas, y podía mantenerlo abajo aunque tuvieran el código de acceso…
Los equipos de seguridad llegarán y pillarán a nuestro pequeño grupo de invasores, y yo habré logrado manejar la situación.
Sonrió, con un gesto carente por completo de humor, y comenzó a correr.
León miró con ansiedad a David mientras tecleaba otra serie de cifras, esperando que su presencia no hubiese sido detectada todavía. No había visto ninguna cámara, pero eso no significaba que no hubiese una. Si Umbrella podía construir unos inmensos laboratorios subterráneos y crear monstruos, podían esconder una cámara de vídeo.
David pulsó una última tecla… y oyeron y sintieron un movimiento y un sonido al mismo tiempo: el suave siseo de unos engranajes hidráulicos y el distante zumbar de una maquinaria. Una gigantesca parte del muro situado a la derecha del teclado se elevó. Los cinco levantaron sus armas al unísono… y las bajaron de nuevo cuando vieron la gruesa puerta de rejilla y el hueco negro y vacío de un ascensor.
—Maldita sea —dijo John, con un tono de temor en su voz, y a León no le quedó más remedio que estar de acuerdo.
El panel tenía tres metros de ancho, y estaba repleto de máquinas adosadas a él, y sin embargo, había desaparecido en dos segundos por la abertura del techo. Fuese cual fuese el mecanismo que lo hacía funcionar, tenía que ser tremendamente poderoso.
—¿Qué es eso? —dijo Rebecca, y León lo oyó un segundo más tarde: un zumbido lejano.
Al parecer, el código de entrada también servía para llamar al ascensor. Podían oír cómo iba subiendo, el resonante eco de un aparato bien engrasado en el helado hueco del ascensor. Subía con rapidez, pero todavía estaba muy abajo. León se preguntó, y no por primera vez, cómo demonios había logrado Umbrella construir algo semejante. El laboratorio de Raccoon City también había sido inmenso, con Dios sabía cuántas plantas llenas de instalaciones, y todas a gran profundidad bajo la ciudad.
Deben tener más dinero que Midas. Y un pedazo de arquitecto.
—Puede que hayamos activado alguna clase de alarma —dijo David en voz baja—. Puede que no esté vacío.
León asintió, lo mismo que los demás. Todos se quedaron en silencio y en tensión mientras esperaban, con John apuntando su rifle automático hacia la puerta de rejilla.
Reston encontró el panel liso y sin ranuras, y lo abrió sin ningún problema…, pero había una cerradura sobre el interruptor, un pequeño pasador enganchado a la parte superior, lo que impedía que se pulsara hasta el fondo. No fue hasta que vio la cerradura que se acordó de ello: era otra de las precauciones tomadas por Umbrella, una que le pareció increíblemente estúpida en aquel momento.
Las llaves, todos los trabajadores tienen un manojo, a mí me dieron uno cuando llegué…
Reston se pasó las manos por el pelo, azuzando a su cerebro, sintiéndose desesperado y exasperado.
¿Dónde he puesto las puñeteras llaves de seguridad?
Cuando oyó que el montacargas subía a la superficie segundos después, fue lo único que pudo hacer para no ponerse a gritar. Tenían el código. Tenían armas, eran cinco y tenían el código.
El montacargas tarda dos minutos en llegar arriba, todavía tengo tiempo y las llaves están en…
En blanco. Su mente estaba en blanco, y los segundos pasaban con rapidez. Ya había pulsado el botón de llamada, pero el montacargas no bajaría si alguien abría la puerta de la superficie. Por lo que él sabía, los asesinos o los saboteadores o lo que puñetas fuesen ya habrían abierto la puerta y estarían mirando cómo subía el montacargas, esperando…
O quizás están lanzando unos cuantos kilos de explosivo plástico por el hueco… o… ¡control! ¡Están en la sala de control!
Reston se dio la vuelta y echó a correr por el ancho pasillo, a los tres metros giró hacia la derecha para entrar en el pequeño ramal que llevaba a la sala de control. En su primer día en Planeta, uno de los encargados de construcción le había enseñado dónde estaban todas las cerraduras internas: generador de apoyo, la enfermería con las medicinas y las drogas… y el control manual de anulación. Se había aburrido bastante a lo largo del recorrido, y después había tirado las llaves en un cajón de la sala de control, a sabiendas de que no las necesitaría.
Cruzó la puerta a toda prisa, y decidió que más tarde se fustigaría por olvidarse de las llaves. Se preguntaba cómo era posible que la situación se hubiera salido de madre en un tiempo tan corto. Hacía tan sólo diez minutos estaba disfrutando de un poco de coñac y relajándose…
Y dentro de diez minutos, puede que estés muerto.
Reston corrió más deprisa.
El ascensor era muy grande, de al menos tres metros de ancho por cuatro de largo. John entrecerró los ojos cuando comenzó a aparecer delante de ellos: la fuerte luz de la bombilla sin pantalla que colgaba del techo era casi cegadora después de todo el tiempo que llevaban en la oscuridad.
Al menos está vacío. Ahora, todo lo que tenemos que hacer es procurar no caer en una emboscada y que nos maten cuando apretemos el botón de bajada.
El ascensor se detuvo con suavidad. El pestillo que mantenía cerrada la puerta de rejilla se abrió y ésta se deslizó hasta desaparecer en la pared. Miró a David, quien le indicó con un gesto de la cabeza que entrara.
—Primera planta: zapatos, ropa de caballero, capullos de Umbrella —dijo, y no le importó demasiado que los demás no se rieran. Cada uno de ellos tenía su método preferido para enfrentarse a la tensión. Además, su sentido del humor estaba mucho más desarrollado.
Muy por encima de ellos, pensó mientras echaba un vistazo a las paredes del ascensor en busca de algo raro. Bueno, quizá no por encima de ellos; más bien se trataba de que no apreciaban su fino ingenio. Lo importante es que él lograba mantenerse alegre y entretenido, lo que impedía que se quedara helado, incapaz de moverse, o que se convirtiera en un simple tronco inmóvil.
El ascensor parecía estar en orden, lleno de polvo pero sólido. John entró con paso cuidadoso en su interior, con León justo detrás…, y en ese preciso momento, John oyó un ruido, a la vez que una señal roja comenzó a parpadear en el panel de control del ascensor.
—Quedaos quietos —dijo con un siseo, levantando la mano. No quería que nadie más entrase hasta que hubiese comprobado qué quería decir aquella luz roja…
La puerta de rejilla se cerró a su espalda y el pestillo se aseguró con un chasquido. Se giró y vio que León ya estaba dentro, vio a Rebecca y a Claire lanzarse en dirección a la puerta desde el otro lado y a David corriendo hacia el teclado.
Se oyó un chasquido y León, que era el que estaba más cerca, avisó con un grito a Rebecca y a Claire…
—¡Atrás!
El panel de la pared estaba bajando, estaba cortando el aire, y las chicas retrocedieron trastabillando. John pudo ver una última imagen de sus rostros pálidos y desencajados en la penumbra… La puerta quedó cerrada, y aunque él no había tocado absolutamente nada, el ascensor comenzó a bajar. John se puso en cuclillas al lado del panel de control, apretando diversos botones, y comprendió el motivo del encendido de la luz roja.
—Es un control manual de anulación —dijo, y se puso en pie, mirando al joven policía, sin saber qué decir. Su sencillo plan acababa de joderse por completo.
—Mierda —dijo León, y John se limitó a asentir, pensando que lo había resumido a la perfección.

Capítulo 8
—Mierda —dijo Claire con un susurro, sintiéndose inútil y atemorizada, deseando poder golpear el panel de la pared hasta que liberara a los dos hombres.
Una trampa, era una trampa, una emboscada…
—Escuchad… está bajando —dijo Rebecca, y Claire también lo oyó.
Se giró y vio a David tecleando con una mano, con la linterna en la otra, y una expresión preocupada en la cara.
—David… —empezó a decir Claire, pero se calló cuando David le dirigió una breve pero intencionada mirada, una mirada que le decía que se esperara. No había dejado de pulsar botones, y volvió a concentrarse por completo en el panel de control.
Claire se giró hacia Rebecca, y vio que su compañera se estaba mordisqueando el labio de puro nerviosismo mientras miraba a David.
—Debe de estar probando otra vez con todos los códigos —le susurró a Claire, y ésta asintió, sintiendo náuseas por la preocupación; deseando ponerse a hablar de cómo entrar en acción, pero consciente de que David necesitaba concentrarse. Se atrevió a inclinarse un poco y a responderle en susurros a Rebecca. Si se quedaba quieta en la fría oscuridad, perdería el control y se volvería loca.
—¿Crees que ha sido cosa de Trent?
Rebecca frunció el ceño y luego negó con la cabeza.
—No. Me parece que hemos activado alguna clase de alarma silenciosa o algo así. Vi una luz que se encendía dentro del ascensor justo antes de que se cerrara la puerta.
Rebecca sonaba tan atemorizada como ella misma, y Claire pensó en lo amigos que ella y John parecían haberse convertido. Quizá tan amigos como ella y León. Claire alargó de forma instintiva su mano en busca de la de Rebecca, y ésta la apretó con fuerza mientras las dos se quedaban observando a David.
Vamos, vamos, uno de esos códigos tiene que abrirla, tiene que traerlos de vuelta…
Pasaron unos cuantos segundos llenos de ansiedad, y David dejó de pulsar botones. Levantó el haz de la linterna hacia el techo, y el reflejo del mismo fue suficiente para que se vieran las caras los unos a los otros.
—Al parecer los códigos no funcionan si alguien está utilizando el ascensor —les dijo. Su voz sonaba tranquila y relajada, pero Claire pudo ver que tenía la mandíbula apretada, y los músculos de sus mejillas temblaban—. Lo intentaré otra vez dentro de un momento, pero como parece que alguien más tiene el control principal del ascensor, debemos pensar en otras opciones. Rebecca, comienza a buscar una cámara, comprueba las esquinas y el techo. Si vamos a estar aquí un rato, necesitamos un poco de «intimidad». Claire, a ver si puedes encontrar alguna herramienta que podamos utilizar para abrirnos paso a través de la pared: un cortafríos, un destornillador, lo que sea. Si los códigos siguen sin funcionar, intentaremos forzar la entrada. ¿Alguna pregunta?
—No —contestó Rebecca, y Claire negó con la cabeza.
—Bien. Respirad profundamente y manos a la obra.
David volvió a concentrarse en el teclado y Rebecca se dirigió hacia una esquina, registrando el techo con su linterna. Claire inspiró profundamente y se puso a mirar la polvorienta superficie de la mesa. Tenía varios cajones a ambos lados. Abrió el primero de ellos, y mientras echaba a un lado todos los papeles y los pequeños objetos que había en su interior, pensó que David se comportaba de un modo magnífico cuando se encontraba bajo una gran presión.
Un cortafríos, un destornillador, lo que sea… Tened cuidado, por favor, tened cuidado, y procurad que no os maten…
Claire se obligó a respirar profundamente otra vez, y luego abrió el siguiente cajón, prosiguiendo con su búsqueda.
John se puso en cabeza, y a León no le molestó en absoluto. Puede que hubiera sobrevivido al horror de Raccoon City, pero el antiguo miembro de los STARS había estado metido en situaciones de combate desde hacía nueve años. Él llevaba ventaja.
—Agáchate —le dijo John, agazapándose él mismo. Luego se tumbó por completo boca abajo y agarró con firmeza su M-16, rodeando su musculoso brazo con la correa—. Si es una emboscada, estarán apuntando a lo alto cuando la puerta se abra, y nosotros les dispararemos a las rodillas. Funciona a la perfección.
León se tumbó a su lado, apoyando su mano derecha sobre la izquierda, con la nueve milímetros apuntando al hueco de la puerta. La oscuridad pasaba velozmente afuera, y no se veía nada más que el pozo del ascensor cubierto de metal.
—¿Y si no es así?
—Te levantas y te encargas de la derecha, yo lo haré de la izquierda. Quédate dentro si puedes. Si descubres que estás apuntando a una pared, date la vuelta y dispara bajo.
John le miró, y de manera increíble, le sonrió de oreja a oreja.
—Piensa en toda la diversión que se van a perder. Nosotros vamos a freír a balazos a unos cuantos tíos de Umbrella, y ellos se van a quedar en la oscuridad, muertos de frío y sin nada que hacer.
León estaba demasiado tenso como para responder a su sonrisa, aunque lo intentó.
—Sí, hay gente con suerte —le dijo.
John meneó la cabeza, y su sonrisa desapareció.
—No podemos hacer otra cosa que bajar con el ascensor —le contestó, y a León no le quedó más remedio que tragar saliva.
Puede que John estuviera loco, pero en eso tenía toda la razón. Estaban donde estaban, y desear otra cosa no serviría para evitarlo.
Tampoco pasa nada si lo hago. Dios, ojalá no hubiera entrado en este trasto…
El ascensor continuó bajando, y ambos se quedaron callados, esperando. León agradeció que John no fuera muy charlatán. Le encantaba soltar chistes y gracias, pero era obvio que no se tomaba las situaciones peligrosas a la ligera. León se fijó en que estaba respirando de forma profunda y acompasada, apuntando con su M-16, preparado para cualquier cosa que fuese a ocurrir.
León respiró profundamente varias veces, intentando relajarse en aquella posición tumbada… y el ascensor se detuvo. Oyó un leve tintineo metálico, un soniquete, y la puerta de reja comenzó a moverse hacia un lado, desapareciendo en un hueco de la pared lateral. Una puerta exterior sin ventanilla comenzó a elevarse al mismo tiempo. Una suave luz inundó el interior del ascensor… y no vieron a nadie. Una pared de cemento alisado a unos seis metros de ellos, un suelo de cemento también alisado. Un vacío gris.
¡Arriba, vamos!
León se puso en pie, con el corazón palpitándole a toda velocidad, y John hizo lo mismo a su izquierda, en silencio y a mayor velocidad incluso. Intercambiaron una mirada y ambos dieron un paso al exterior del ascensor, con León apuntando su VP70 con un gesto rápido a la derecha, preparado para disparar… y tampoco vio nada. Un amplio pasillo que parecía alejarse hasta un kilómetro de distancia, y un ligero olor mezcla de polvo y desinfectante industrial en el aire fresco. Fresco, que no frío. Comparado con la superficie, estaban en verano. El pasillo podía medir perfectamente ciento cincuenta metros de largo, o incluso más. Se veían unos cuantos ramales que salían a los lados, unas cuantas lámparas colocadas a intervalos regulares en el techo y ninguna señal… tampoco de vida.
Entonces, ¿quién nos ha hecho bajar? ¿Y por qué, si no estaban planeando esperarnos aquí abajo con unas cuantas balas?
—Quizás están jugando al bingo —dijo John en voz baja. León miró al otro lado, y vio que excepto por la ubicación de unos cuantos pasillos laterales, el lado que John estaba cubriendo era prácticamente idéntico al suyo. Y estaba igual de vacío.
Ambos entraron de nuevo en el ascensor. John alargó la mano hacia los botones y pulsó el de subida, pero no ocurrió nada.
—¿Y ahora qué hacemos? —dijo León.
—A mí no me preguntes. El cerebro del grupo es David —le contestó John—. Aunque yo soy el más atractivo.
—Dios, John —resopló León—. Tú eres el más veterano de los dos. Para ya, ¿vale?
John se encogió de hombros.
—Vale. A mí me parece que quizá no es una trampa. Quizás… Si hubiese sido una trampa, habrían intentado atraparnos a todos a la vez. Y ahora mismo estaríamos metidos en mitad de un tiroteo. Y la casualidad. El ascensor sólo estuvo arriba unos cuantos segundos… como si alguien se hubiese dado cuenta de que lo habíamos llamado…
—Alguien intentó impedir que nos subiéramos, ¿verdad? —dijo León, más que preguntarlo—. Para que no pudiéramos bajar.
John asintió.
—Premio para el chaval. Y si es así, eso significa que alguien nos teme. Me refiero a que no hay tipos de seguridad, ¿verdad? Quienquiera que fuese el que nos trajo aquí abajo probablemente se largó zumbando a una habitación con cerradura.
»En cuanto a lo que hacemos ahora —continuó diciendo—, estoy dispuesto a escuchar sugerencias. Sería estupendo poder reunirnos con el resto del grupo, pero si no se nos ocurre un modo de poner de nuevo en marcha el ascensor…
León frunció el ceño, pensativo, recordando que antes de que llegar a Raccoon City le hubiera supuesto poner fin a su carrera profesional, lo habían entrenado para que fuera policía…
Utiliza las herramientas de las que dispones…
—Aseguremos la zona —dijo lentamente—. Sigamos el plan original, al menos la primera parte. Reunamos a todos los trabajadores, y luego nos preocuparemos por el tema del ascensor. Lo de Reston tendrá que esperar, de momento…
John levantó una mano de repente, cortándolo, con la cabeza inclinada hacia un lado. León permaneció atento, pero no oyó nada. Pasaron unos cuantos segundos antes de que John bajara la mano. Se encogió de hombros, pero sus ojos oscuros permanecieron alerta, y sostuvo el rifle automático con ademán de estar preparado.
—Buena idea —dijo por fin—. Si podemos encontrar a los puñeteros empleados. ¿Prefieres ir a la izquierda, o a la derecha?
León sonrió levemente al recordar la última vez que había tenido que elegir en qué dirección ir. Había escogido la izquierda en el sótano del laboratorio de Umbrella en Raccoon City, y habían llegado a un callejón sin salida. Tener que retroceder todo aquel camino casi les había costado la vida.
—A la derecha —dijo—. La izquierda me trae malos recuerdos.
John enarcó una ceja, pero no dijo nada. A pesar de lo extraño que era, parecía estar satisfecho con el razonamiento de León.
Quizá porque él está loco. Bueno, al menos lo bastante loco como para andar soltando chistes en mitad de una situación como ésta.
Salieron juntos del ascensor, se adentraron en el largo y vacío pasillo y giraron a la derecha, avanzando con lentitud, con John vigilando su retaguardia y León atento a todas las entradas a los ramales en busca de cualquier signo de movimiento. El primer pasillo lateral estaba a su izquierda, a menos de dos metros de la puerta del ascensor.
—Espera —le dijo John, y se metió por el corto pasillo, caminando con rapidez hasta la puerta que había en su extremo. Forcejeó ligeramente con el picaporte y luego regresó rápidamente, meneando la cabeza.
—Me pareció oír algo —y León asintió, pensando en lo fácil que sería para cualquiera matarles.
Se encierra con llave en una habitación, espera a que pasemos, y ¡pam!…
Mejor no pensar en aquello. León dejó a un lado aquella idea y continuaron su lento avance por el pasillo, barriendo todos los rincones con sus armas. Se dio cuenta de que su ropa interior térmica no había sido una buena idea en cuanto el sudor comenzó a bajarle por la espalda… Y preguntándose, de repente, cómo podían haber ido las cosas tan mal con tanta rapidez.
Reston tuvo una idea.
Casi se había dejado llevar por el pánico después de que les oyera decir cosas que se suponía que no debían saber, oculto en la sala de control con la puerta abierta sólo una rendija. Cuando oyó que uno de ellos mencionaba su nombre, sintió que el miedo le subía por la garganta como si fuera bilis, y le llenó la mente con visiones muy detalladas de su propia muerte. Cerró la puerta con llave, y se dejó caer al suelo mientras intentaba pensar qué hacer, ver qué opciones tenía.
Había estado a punto de echarse a gritar cuando uno de ellos intentó abrir la puerta, pero había logrado mantenerse muy quieto, no hacer ningún ruido en absoluto hasta que el intruso había comenzado a alejarse. Le llevó unos cuantos segundos recuperarse de aquello, recordar que esa situación era algo que él podía manejar. Lo curioso es que fue la imagen de Trent lo que lo logró. Trent no se dejaría llevar por el pánico. Trent sabría exactamente qué hacer… y desde luego, no correría a llamar a Jackson para pedir ayuda.
A pesar de ello, estuvo a punto de descolgar el teléfono varias veces mientras veía por los monitores cómo los dos individuos aterrorizaban a sus trabajadores. Eran eficientes, a diferencia de sus camaradas de la superficie, que todavía estaban intentando hacer funcionar el montacargas. Los dos intrusos habían tardado cinco minutos en reunir a todos los trabajadores en cuanto llegaron a la zona de descanso. Les había ayudado el hecho de que cinco de ellos todavía estaban despiertos y jugando a las cartas en el comedor, tres de los albañiles y dos de los mecánicos. El joven blanco se quedó vigilándolos mientras el otro se acercaba a los dormitorios y despertaba a los demás, obligándolos a agruparse y a dirigirse hacia el comedor.
Reston quedó decepcionado por la falta de espíritu combativo de su gente, ni un solo luchador entre ellos, y seguía sintiendo mucho miedo. En cuanto los equipos procedentes de la ciudad llegasen, tendría algo con lo que trabajar, pero hasta entonces podían ocurrir todo tipo de cosas malas.
«Lo de Reston tendrá que esperar, de momento…» ¿Qué ocurrirá cuando se den cuenta de que no estoy entre el grupo de rehenes? ¿Qué es lo que quieren? ¿Qué van a querer, si no es mantenerme secuestrado para pedir un rescate, o matarme directamente?
Había estado a punto de llamar a Sidney, a pesar de que sabía que Jackson se acabaría enterando, pero se arriesgaría a sufrir la desaprobación de sus colegas, se arriesgaría a perder su puesto dentro del círculo interno si con eso lograba sobrevivir a aquel ataque.
Estaba alargando la mano para levantar el auricular cuando se dio cuenta de que faltaba alguien. Reston, frunciendo el ceño, se acercó más al monitor que mostraba el comedor, olvidado ya el teléfono.
¿Dónde está el que falta? ¿Quién es el que falta?
Reston alargó la mano y tocó la pantalla para ir señalando una por una las caras de sueño de los rehenes. Los cinco albañiles. Los dos mecánicos. El cocinero, los manipuladores de especimenes, los seis…
—Cole —murmuró, y frunció los labios.
El electricista, Henry Cole, no estaba allí.
Una idea comenzó a formarse en su mente, pero dependía del lugar exacto donde estuviera Cole. Reston comenzó a pulsar los botones que controlaban las cámaras, con la creciente esperanza de que había encontrado un modo no sólo de sobrevivir, sino de ganar. De salir triunfante por completo.
Había veintidós pantallas en la sala de control, pero existían casi cincuenta cámaras a lo largo de todo Planeta y de las instalaciones de la estación «meteorológica» de la superficie. Planeta había sido construido con la idea de poder ser vigilado por vídeo. El diseño era bastante simple: desde la sala de control se podía ver casi cada rincón de todos los pasillos, habitaciones y entornos, gracias a las cámaras colocadas en los puntos clave. Encontrar a alguien era tan sólo cuestión de pulsar el botón adecuado que iba cambiando las imágenes.
Reston revisó las estancias de prueba en primer lugar, todas y cada una de las cámaras desde la fase Uno hasta la Cuatro. No tuvo suerte. A continuación, probó en la zona científica, las salas de cirugía, el laboratorio químico, incluso el recinto de estasis. Tampoco vio a nadie.
No está en la zona de los dormitorios, está claro que han sacado a todos de ahí… y no tiene ningún motivo para estar en la superficie.
Reston sonrió de repente, enfocando las cámaras de la zona de las celdas de contención. Cole y los dos mecánicos habían estado utilizando las celdas para almacenar equipo, cables, herramientas y diversas piezas de maquinaria.
¡Ahí!
Cole estaba sentado en el suelo, entre las celdas uno y nueve, rebuscando en una caja repleta de pequeñas piezas metálicas, con sus escuálidas piernas abiertas de par en par por delante de él.
Reston volvió la vista al comedor, vio que los dos hombres armados parecían estar hablando mientras vigilaban al apiñado e indefenso grupo de obreros. Los otros, todavía en la superficie, continuaban pulsando botones del teclado de control y buscando algo…
La idea tomó forma repentinamente, y las posibilidades se le fueron apareciendo de una en una, cada una más interesante y más emocionante que la anterior. Los datos que podría recoger, el respeto que se ganaría, el problema que solucionaría a la vez que se promocionaba.
Podría montar las cintas para que fueran algo continuo, tendría algo que mostrarles a mis visitantes después de la gira de inspección… y Sidney se morirá de envidia cuando Jackson vea lo que he logrado, cómo he manejado la situación. Por una vez, y para variar, seré el preferido…
Reston se puso en pie delante de los mandos, sin dejar de sonreír, nervioso pero esperanzado. Tendría que darse prisa, y tendría que utilizar todo su talento para la actuación con Cole. Eso no representaba ningún problema, si se tenía en cuenta que llevaba treinta años de su vida desarrollándolo y perfeccionándolo… Antes de incorporarse a Umbrella había sido diplomático.
Funcionaría. Querían a Reston: él les entregaría a Reston.

Capítulo 9
Cole estaba trasteando en una caja de transistores bipolares, pensando que era un idiota. Ya debería estar durmiendo. Tenía que ser cerca de la medianoche, y llevaba todo el día partiéndose el culo para contentar al señor Azul, y tendría que sacar el culo de la cama dentro de seis horas para seguir haciendo lo mismo. Estaba cansado y hasta las narices de que le increparan porque el último capullo con una caja de herramientas que había pasado por Planeta lo había hecho todo mal.
No es culpa mía —pensó con resentimiento—, que ese majadero no conectara los cabezales del MOSFET antes de instalarlos. Y además, sus conductos externos son una porquería, no pensó en la carga inductiva de Planeta… capullo incompetente…
Quizá se estaba pasando, pero no se sentía muy misericordioso después del día que había tenido. El señor Azul le había ordenado claramente que arreglara las cámaras de vídeo de la superficie en primer lugar… y luego le había seguido y había insistido en que lo que él había dicho era que arreglara el sistema de intercomunicadores en primer lugar. Cole sabía, lo mismo que los demás trabajadores de Planeta, que aquel tío era un mierda, pero Reston era uno de los cargos más importantes, un verdadero peso pesado, así que cuando decía que saltaras, saltabas, y nunca se cuestionaba quién tenía razón. Cole sólo llevaba trabajando un año para Umbrella, pero había ganado más dinero en ese año que en los cinco anteriores juntos. Él no iba a ser quien cabreara al señor Azul (al que llamaban así porque siempre iba vestido con un traje azul) para que lo despidiera.
¿Estás seguro de eso? ¿Después de todo lo que has visto en las últimas semanas?
Cole dejó a un lado la caja llena de transistores y se frotó los ojos. Le escocían y los notaba irritados. No había dormido demasiado bien desde que había llegado para trabajar en Planeta. Tampoco es que fuera un tipo sensible, y le importaba una mierda en lo que se gastaran los de Umbrella su dinero, pero…
Es difícil sentirse a gusto en este sitio. Tiene mala pinta. Es un circo de horrores.
Había montado las conexiones de energía de un laboratorio químico en la costa oeste, había instalado un puñado de anuladores de cortocircuitos en una megacomputadora en la otra costa y, en general, había realizado numerosos trabajos de mantenimiento dondequiera que le llevasen a lo largo de todo el año que llevaba trabajando en Umbrella. La paga era realmente estupenda, no era un trabajo muy difícil, y la gente con que solía trabajar era bastante agradable. Eran sobre todo tipos de chaqueta haciendo el mismo tipo de trabajo que él. Y lo único que había tenido que hacer, aparte de sus tareas normales, era prometer que no diría nada sobre lo que había visto. Había firmado un contrato a tal efecto cuando lo habían empleado por primera vez, y aquello nunca le había supuesto un problema. No hasta que había visto Planeta.
Cuando Umbrella te llamaba para que hicieras un trabajo, no te explicaban nada de nada. Sólo te decían: «Arregla eso», tú lo arreglabas y ellos te pagaban. Las directrices de la empresa desaconsejaban de forma rotunda las discusiones sobre el fin que tenían las instalaciones, incluso dentro de los mismos grupos de trabajo. Sin embargo, los rumores corrían, y Cole ya sabía lo bastante sobre Planeta como para pensar que ya no quería trabajar para Umbrella nunca más.
Para empezar, estaban aquellas criaturas, los animales de prueba. En realidad, no los había visto, ni tampoco al ser al que llamaban Fósil, el monstruo congelado, pero los había oído un par de veces. La primera vez fue en mitad de la noche, un sonido aullante y chirriante que lo dejó completamente helado, un sonido parecido al de un pájaro, pero como un chillido tremendo. La segunda fue el día que estaba en la fase Dos, realineando una de las cámaras de vídeo, cuando oyó un extraño ruido repiqueteante, como el de unas uñas que golpearan una caja de madera vacía… pero el sonido también era animal. Estaba vivo. Había oído decir que eran unos seres especialmente creados para Umbrella, una especie de híbridos genéticos que servían para el estudio, pero híbridos ¿de qué?. Además, todas las criaturas tenían nombres raros y desagradables. Había escuchado cómo los tipos de investigación hablaban sobre ellos en más de una ocasión.
Dáctilos. Escorps. Escupidores. Cazadores. Parecen un grupo interesante… para una película de terror.
Cole se puso en pie, estirando sus cansados músculos, sin dejar de tener pensamientos desagradables. Y también estaba Reston, por supuesto. El tipo era un dictador de primer grado, y de la peor clase, el típico con un montón de poder y muy poca paciencia. Cole estaba acostumbrado a tratar con directivos, pero el señor Azul estaba demasiado arriba en la cadena alimenticia como para que se sintiera cómodo. El tipo intimidaba todo lo que podía. Pero eso no es lo peor, ¿verdad?
Suspiró, y echó una mirada a su alrededor, a la docena de celdas, seis en cada pared, que se alineaban en la estancia. No, lo peor estaba justo delante de él. En cada celda había un camastro, un retrete, un lavabo… y correas de sujeción enganchadas a las paredes y al camastro. Y el bloque de celdas estaba a menos de seis metros del vestíbulo del primer entorno, donde las puertas tenían las cerraduras en el exterior.
Después de esto, voy a pensar muy seriamente en cuáles son mis prioridades. Tengo ahorrado lo suficiente como para tomarme unas largas vacaciones, y reflexionar un poco…
Cole suspiró de nuevo. Eso estaba muy bien, pero para más adelante. Sin embargo, en aquel momento tenía que intentar dormir un poco. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Apagó las luces de un manotazo mientras abría la puerta…, y se encontró a Reston. Estaba dando la vuelta a toda prisa a la esquina donde el pasillo principal giraba hacia los ascensores, con una expresión de extrema inquietud.
Mierda, ¿y ahora qué?
Reston lo vio y prácticamente corrió hacia él, con su traje azul arrugado, algo inusual, mientras sus ojos miraban nerviosamente a izquierda y derecha.
—Henry —dijo, casi sin aliento, y se detuvo delante de él, jadeante—. Gracias a Dios. Tienes que ayudarme. Hay dos hombres, unos asesinos, han entrado y me están buscando para matarme. Necesito que me ayudes.
Cole se quedó tan sorprendido por su comportamiento como por lo que le había dicho. Nunca había visto a Azul inmutarse lo más mínimo, o perder aquella sonrisilla satisfecha que sólo poseían los increíblemente ricos.
—Yo, yo… ¿Qué?
Reston inspiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud.
—Lo siento. Es que yo… Han invadido Planeta. Hay dos hombres dentro que me están buscando. Quieren matarme, Henry. Los he reconocido de un intento de asesinato contra mí de hace seis meses. Han colocado a otro hombre en la superficie, al lado de la puerta, y estoy atrapado, me encontrarán…
Se calló, jadeando de nuevo. ¿Estaba intentando no llorar?
Cole se lo quedó mirando, pensando: Me ha llamado Henry.
—¿Por qué quieren matarle? —le preguntó.
—Fui el encargado de llevar a cabo una adquisición hostil el año pasado, una empresa de empaquetado. El hombre al que se la compramos era un poco inestable mentalmente y juró que me las haría pagar. Y ahora han venido, acaban de encerrar a todo el mundo en la cantina, pero sólo me quieren a mí. He llamado pidiendo ayuda, pero no llegarán a tiempo. Henry, por favor, ¿me ayudarás? Yo, yo… te recompensaré, te lo prometo. No tendrás que volver a trabajar, tus propios hijos no tendrán que volver a trabajar…
La súplica evidente en los ojos de Reston era tan desconcertante que le impidió a Cole decirle que no tenía hijos. El hombre estaba aterrorizado, su cara arrugada estaba temblorosa, y su cabello plateado estaba despeinado en mechones. Cole lo hubiera ayudado incluso aunque no le hubiera ofrecido dinero.
Bueno, quizás.
—¿Qué quiere que haga?
Reston casi sonrió de alivio, y alargó la mano para agarrarle del brazo.
—Gracias, Henry. Gracias. No… No lo sé. Si pudieras… Sólo me quieren a mí, así que si pudieras distraerles de algún modo…
Frunció el ceño, todavía con los labios temblorosos, y luego miró por encima del hombro de Henry a la pequeña habitación que era la antesala de la entrada a los entornos.
—¡Esa habitación! Tiene una cerradura por la parte de fuera, y es la entrada a Uno… Si pudieras atraerlos hacia ti, y meterte en Uno… Los podría encerrar dentro, podría cerrar todo el lugar en cuanto salieras. Podrías pasar directamente hasta Cuatro y salir por la zona médica. Yo te la abriría en cuanto ellos quedaran atrapados.
Cole asintió, indeciso. Debería funcionar, si no fuese porque…
—¿No se darán cuenta de que no es usted? Bueno, me refiero a que deben tener una fotografía suya o algo parecido, ¿verdad?
—No serán capaces de verlo. Sólo te verán por un segundo, cuando doblen la esquina, y desaparecerás inmediatamente. En cuanto estén dentro, yo cerraré el lugar… Puedo esconderme en el bloque de celdas..
Los ojos claros de Reston estaban brillando por la acumulación de lágrimas no derramadas. El tipo estaba desesperado… y por lo que se refería al plan, tampoco estaba mal.
—Sí, vale —le dijo, y la mirada de gratitud del hombre mayor casi fue reconfortante.
Casi. Si fuese un ser humano en condiciones, lo sería.
—No te arrepentirás de esto, Henry —le dijo Reston, y Henry se limitó a asentir, sin saber qué más decir.
—No le pasará nada, señor Reston —comentó por fin, sintiéndose incómodo—. No se preocupe.
—Estoy seguro que llevas razón, Henry —le contestó Reston antes de darse la vuelta y dirigirse hacia el oscuro bloque de celdas sin decir ni una sola palabra más.
Cole se quedó allí de pie durante un segundo, y luego se encogió de hombros y se quedó mirando a la pequeña habitación, nervioso pero también un poco irritado. El señor Azul estaba asustado, pero seguía siendo el mismo capullo.
Nada de «Tú tampoco te preocupes, Henry», o «Ten cuidado». Ni siquiera un «Buena suerte, espero que no te peguen un tiro por equivocación»…
Meneó la cabeza y entró en la pequeña habitación. Al menos, si ayudaba a aquel pez gordo, probablemente podría dormir, quizás incluso irse de Planeta y de Umbrella sin mayores problemas. Sólo Dios sabía lo mucho que necesitaba el descanso: en los últimos días le había costado horrores dormir bien…
Por lo menos, Rebecca encontró la cámara. Era una lente de poco más de un centímetro, oculta en la esquina suroeste del edificio, a unos tres centímetros del techo. Había llamado a David, y él la había cubierto con la mano, deseando haber hecho una comprobación más exhaustiva del lugar antes de meter a su equipo. Había sido un estúpido. Casi con toda seguridad John y León estaban muertos por su culpa.
Claire, en su búsqueda, había encontrado un rollo de cinta adhesiva, pero poco más. David había tapado el agujero con la cinta mientras se preguntaba qué iban a hacer. Hacía mucho frío, tanto, que no sabía cuánto tiempo pasaría antes de que empezaran a perder reflejos. Los códigos ya no funcionaban, haría falta mucho más de lo que tenían para abrir la entrada sellada, y dos miembros de su equipo estaban en algún lugar de las instalaciones subterráneas, quizás heridos, quizá moribundos…
O infectados. Infectados como Karen o como Steve fueron infectados, sufriendo, perdiendo poco a poco su humanidad…
—Para ya —le dijo Rebecca, y él se bajó de la mesa que habían empujado hasta la esquina.
Él medio sabía a qué se refería ella, pero no estaba preparado para admitirlo. Rebecca tenía la capacidad de adivinar sus pensamientos en el peor momento posible.
—¿Qué pare de qué?
Rebecca se le acercó, mirándolo fijamente a los ojos y tapando un poco el haz de su linterna.
—Sabes de qué hablo. Tienes esa mirada, y la conozco. Te estás diciendo que todo esto es culpa tuya. Que si hubieras actuado de un modo diferente, ellos todavía estarían aquí.
Él lanzó un suspiro.
—Te agradezco tu preocupación, pero éste no es el momento más apropiado para…
—Sí, sí que lo es —le contestó, interrumpiéndolo—. Si vas a empezar a echarte la culpa, no pensarás con la claridad necesaria. Ya no somos los STARS, y tú ya no eres el capitán de nadie. No es culpa tuya.
Claire se había acercado hasta ellos, y en sus claros ojos grises se podía ver una mirada de curiosidad y de interés a pesar de la expresión de preocupación que mostraban sus delicados rasgos.
—¿Piensas que es culpa tuya? No lo es. Yo no lo pienso.
David levantó ambas manos.
—¡Dios, vale! No es culpa mía, y podremos pasar un rato analizando de lo que sí soy responsable cuando salgamos de aquí, pero, de momento, por ahora, ¿podemos concentrarnos en el problema que tenemos delante?
Ambas jóvenes asintieron, y aunque se alegraba de haber detenido la sesión de terapia antes de que hubiera empezado, se dio cuenta de que no sabía qué hacer a continuación, qué tareas encargarles aparte de las que ya habían realizado, cómo iban a resolver aquella crisis, qué decir o cómo decirlo. Era un momento terrible. Estaba acostumbrado a tener algo contra lo que luchar, algo frente a lo que reaccionar o contra lo que disparar o contra lo que planear, pero su situación parecía ser estática, parecía haberse estancado. No existía un camino claro para resolver el problema, y aquello era todavía peor que la culpabilidad que sentía por su falta de previsión.
Y justo en ese momento, oyó el distante zumbido de un helicóptero que se acercaba, un lejano palpitar que no podía ser otra cosa… y aunque hasta cierto punto era una solución, era la peor de todas.
Ningún lugar donde ponerse a cubierto excepto este conjunto de edificios, y nunca lograríamos regresar a la furgoneta, sólo tenemos dos o tres minutos…
—Tenemos que salir de aquí —dijo David mientras comenzaba a pensar en todo lo que tendrían que hacer si querían tener una oportunidad de sobrevivir, incluso cuando ya estaban corriendo hacia la puerta.
Los trabajadores fueron pan comido. Se produjeron algunos momentos tensos cuando los levantaron de sus camastros en las habitaciones a oscuras, pero todo había transcurrido sin incidentes. Aun así, John había observado con cuidado a dos de ellos cuando los había conducido hasta la cantina, donde León seguía vigilando a los jugadores de cartas. Eran, sobre todo, dos en concreto; ambos tipos musculosos con aspecto de dárselas de machote, y un individuo flaco y nervioso de ojos hundidos que al parecer no podía parar de lamerse los labios. Era algo compulsivo: cada pocos segundos su lengua salía disparada, se movía velozmente entre los labios y luego desaparecía durante unos cuantos segundos. Inquietante.
Sin embargo, no había tenido problemas. Había catorce hombres, pero ninguno tuvo ganas de ponerse a jugar a ser el héroe después de que John les diera unas cuantas razones. Había sido breve y claro:
—Hemos venido en busca de algo, no tenemos intención de herir a nadie, sólo queremos que os mantengáis al margen mientras estamos aquí. No seáis estúpidos y no os pegaremos un tiro.
Bien fuera por la lógica del asunto o por el M-16, aquello había sido suficiente para convencerles de que sería mejor no discutir.
John se quedó en la puerta que daba al extenso pasillo, de espaldas a ella mientras vigilaba al grupo de aspecto infeliz que estaba sentado en mitad de la gran sala, alrededor de una larga mesa. Unos cuantos parecían cabreados, otros parecían atemorizados, y la mayoría parecían cansados. Nadie dijo una palabra, lo que dejó aliviado a John. No quería tener que preocuparse de que alguien provocara un incidente.
A pesar de la certidumbre razonable que sentía de que todo iba bien, le alegró oír el ligero golpeteo en la puerta. León sólo había estado ausente unos cinco minutos, pero le había parecido mucho más tiempo. Entró con un trozo largo de cadena y un par de perchas de alambre.
—¿Algún problema? —le preguntó León en voz baja. John negó con la cabeza sin dejar de observar al grupo, que se mantenía en silencio.
—Han  estado  tranquilos  y  callados  —le  contestó—. ¿Dónde has encontrado la cadena?
—En una caja de herramientas que estaba en una de las habitaciones.
John asintió, y luego habló más alto, sin dejar de mantener un tono de voz tranquilo.
—Muy bien, señores, estamos a punto de irnos. Les agradecemos su paciencia…
León le dio un ligero codazo.
—Pregúntales si Reston está aquí —le dijo con un susurro.
John suspiró.
—¿Crees que nos lo van a decir a nosotros?
El joven se encogió de hombros.
—Merece la pena intentarlo, ¿no? Cosas más raras han pasado…
John carraspeó para aclararse la garganta antes de hablar de nuevo.
—¿Está un individuo llamado Reston entre ustedes? Tenemos que hacerle una pregunta. No pretendemos hacerle daño.
Los hombres se los quedaron mirando a los dos, y John se preguntó, por un instante, si sabían lo que estaban haciendo allí. No parecían nazis, sino un puñado de currantes. Tipos que trabajaban a base de bien y a los que les gustaba tomarse un par de cervezas después de un día de trabajo duro. Eran, eran… tíos.
¿Y qué aspecto tenían los nazis? Esta gente es parte del problema, trabajan para el enemigo. No van a ayudarnos…
—Azul no está aquí.
Era un tipo grande con barba, que sólo llevaba puesta una camiseta y unos calzoncillos largos, uno de los individuos que John había estado vigilando más de cerca. Tenía la voz carrasposa y parecía irritado. Su cara seguía hinchada por el sueño.
John miró a León, sorprendido, y vio que el novato tenía esa misma expresión en el rostro.
—¿Azul? —preguntó John—. ¿Se refiere a Reston?
Un hombre que estaba sentado en el otro extremo de la mesa, de cabellos largos y manos manchadas de grasa asintió.
—Sí. Y es el señor Azul para ti.
El sarcasmo era evidente. Algunos de los miembros del grupo intercambiaron miradas de odio… y un par de risas flojas.
Trent dijo que Reston es uno de los tipos importantes. Y casi todo el mundo odia a su jefe… ¿pero hasta el punto de meterse con él delante de un par de terroristas?
Reston debía ser realmente impopular.
—¿Hay algún otro que trabaje aquí y que no esté en esta habitación? —les preguntó León—. No queremos sorpresas…
La implicación era obvia, pero también era obvio que no iban a sacar nada más de los empleados allí reunidos. Puede que odiaran a Reston, pero John pudo darse cuenta por sus brazos cruzados y por sus miradas que no iban a hablar de uno de sus compañeros. Si es que había alguien más en las instalaciones, algo que él dudaba mucho. Trent había dicho que había poco personal…
Lo que significa que probablemente fue Reston el que nos hizo bajar, lo que significa que podríamos matar dos pájaros de un tiro si lo encontramos: tendríamos el libro y le obligaríamos a poner el ascensor en funcionamiento otra vez. Encerramos a Reston en algún cuartito, regresamos con David y las chicas, y nos vamos antes de que ocurra algo inesperado de nuevo.
John le hizo un gesto de asentimiento a León con la cabeza y empezaron a retroceder hacia la puerta. John se dio cuenta de que no quería irse sin más, que sentía algo parecido a la comprensión por aquellos hombres a los que había sacado casi a rastras de la cama. No mucha, pero al menos, alguna.
—Vamos a cerrar del todo esta puerta —les dijo—, pero estarán bien hasta que la compañía envíe a alguien. Tienen comida… y si no les importa que les dé un pequeño consejo, escuchen con atención: los de Umbrella no son los buenos. Les paguen lo que les paguen, no es suficiente. Son unos asesinos.
Las miradas sin expresión los siguieron hasta que salieron del lugar. León cerró la puerta doble y comenzó a montar el cierre improvisado, metiendo la cadena por los tiradores y doblando las perchas para unirla. John se acercó unos cuantos pasos hasta la siguiente esquina y miró a lo largo del extenso pasillo gris en el que habían entrado al salir del ascensor. Podían continuar el camino que habían tomado al principio para seguir buscando a Reston. Había otra esquina no muy lejos de la zona de descanso del personal…
Pero no está por ahí —pensó al recordar el ruido que creyó oír cuando bajaron del ascensor—. Está en algún lugar del sitio por donde vinimos.
León acabó de asegurar la cadena que cerraba las puertas y se acercó a él, con la cara un poco pálida, pero todavía entero.
—Ya, ahora qué… ¿Nos ponemos a buscar a Reston?
—Sí —le respondió John, pensando que el chaval lo estaba haciendo bastante bien, teniendo en cuenta las circunstancias. No tenía demasiada experiencia, pero era listo, tenía agallas, y no se arredraba bajo la tensión—. ¿Estás bien?
León asintió.
—Sí. Yo sólo… ¿Crees que están bien allí arriba?
—No, creo que se les está helando el culo de esperarnos —le contestó John con una sonrisa, y esperó que fuese así: que Reston, después de anular el sistema del ascensor, no hubiese soltado a los perros o cualquiera que fuese el equivalente que tenía aquel lugar.
O que hubiese llamado pidiendo ayuda…
—Vamos a lo nuestro —le dijo John, y León volvió a asentir. Se dieron la vuelta para recorrer otra vez el pasillo por donde habían venido para resolver la situación.

Capítulo 10
Salieron a la oscuridad de la noche, con el batir de los rotores del helicóptero sonando cada vez más cerca. Rebecca vio sus luces a menos de un kilómetro al noroeste, vio que estaba inmóvil en el aire, con el reflector apuntando a la llanura desértica.
La furgoneta, han descubierto la furgoneta.
Claire también se había percatado de aquello, pero David estaba mirando a los edificios parecidos a almacenes que estaban a su espalda a la vez que se descolgaba el rifle del hombro, con su intensa mirada estudiando su disposición. Rebecca apenas podía verlo con la pálida luz de la luna.
—Tendrán que posarse en el exterior de este lugar, al otro lado de la valla —les explicó—. Seguidme, y manteneos cerca de mí.
Empezó a trotar hacia la oscuridad, con el sonido de las hélices del helicóptero aumentando a su espalda.
Dios, espero que pueda ver mejor que yo, pensó Rebecca empuñando con fuerza su pistola de nueve milímetros, sintiendo el frío metal contra sus dedos ateridos. Ella y Claire empezaron a correr detrás de David, que se dirigía hacia una de las estructuras a oscuras, en concreto la segunda de la izquierda en la hilera de cinco. No sabía la razón por la que había escogido aquélla, pero David tendría algún motivo, siempre lo tenía.
Corrieron hacia el espacio en negro que se abría entre el primer y el segundo edificio, unos cinco metros de sedimento árido y prensado que se extendía por delante de ellos hasta una distancia indeterminada. El aire helado le abrasaba los pulmones, y salía en vaharadas de vapor que ella no podía ver. El tronar del helicóptero ahogó el sonido de sus pasos y le impidió oír la mayor parte de lo que David le estaba diciendo mientras se paraba, con una puerta a cada lado de donde ellos estaban.
—… escondernos hasta que… no podemos… volver…
Rebecca negó con la cabeza y David lo dejó, girándose hacia la izquierda y señalando con su arma la puerta del primer edificio. Rebecca y Claire le siguieron. Rebecca se preguntó qué estaba tramando. Si la gente del helicóptero aterrizaba para empezar a buscar, cosa que harían sin duda, la puerta acribillada a balazos les delataría. Parecía estar hecha a base de alguna clase de plástico de alta densidad, pero no destacaba por ninguna otra característica. Tenía un tirador y una cerradura en vez de una apertura por tarjeta. El edificio en sí parecía construido con cierto tipo de material de estuco, sucio y polvoriento, y no se podía distinguir su color. La estructura que estaba detrás de ellos presentaba el mismo aspecto. Ninguno de los dos tenía ventanas.
El haz del foco del helicóptero estaba recorriendo la valla situada en la parte delantera del complejo, y su resplandor iluminaba la fría noche como una llama brillante. Unos torbellinos de polvo se alzaban en el aire, ensuciándolo, y Rebecca pensó que quizá tenían un minuto como máximo antes de que los encontraran. El lugar tampoco era tan grande. ¡Bang-bang-bang-bang!
La mayor parte del ruido quedó ahogado por el rugido del motor del helicóptero. Rebecca pudo ver la fila de agujeros incluso en la oscuridad, todos concentrados alrededor de la cerradura. David dio unos pasos y le propinó una fuerte patada a la puerta, luego otra… y salió despedida hacia dentro, convertida en un hueco negro en la pared.
El rayo de luz volvió a pasar por encima del complejo de edificios, y la panza hinchada del helicóptero les sobrevoló casi por encima mientras el foco iluminaba el otro lado del primer edificio. El bramido de su motor y la tremenda polvareda que estaba levantando le hicieron sentir a Rebecca como si la Muerte se estuviese acercando. No la muerte de todos los días, sino la Muerte con mayúscula, esa bestia mitológica de poder inmisericorde y decisión inamovible…
David se giró y las tomó a ella y Claire de la mano, empujándolas con firmeza hacia la puerta abierta. En cuanto la cruzaron, les indicó con un gesto que se detuvieran y que le esperaran. David desenfundó su pistola, cruzó al trote el espacio abierto, y se quedó de pie cerca de la puerta del segundo edificio. Giró su cuerpo un poco y… ¡BANG!
El proyectil de nueve milímetros resonó con mayor fuerza que el calibre 5.65 del rifle automático, pero apenas se oyó cuando el helicóptero comenzó a recorrer la hilera donde se encontraba, y la puerta salió disparada hacia dentro. David se metió en el interior de un salto, justo en el momento que el foco iluminaba el terreno que los separaba. Medio segundo más tarde, y la luz cegadora lo habría enfocado. Los casquillos de los disparos de David quedaron perdidos, por suerte, en mitad de aquel torbellino de nubes de polvo que los azotaban y que les hacía difícil respirar. Se giró y vio que Claire había metido la cara dentro de su camiseta negra, y la imitó. El aire frío y lleno de partículas de tierra quedó filtrado por la lana, y a pesar del ruido ensordecedor, Rebecca pudo percibir el sonido de los latidos de su corazón, veloces y atemorizados, en los oídos.
Un segundo más tarde, la luz pasó de largo. Otro segundo después, el polvo pareció comenzar a asentarse, aunque era difícil de decir debido a la oscuridad. La repentina ausencia de luz implicaba que sus ojos tendrían que acostumbrarse de nuevo a la oscuridad…
—¿Estás bien?
Rebecca dio un salto a causa del susto cuando David le gritó prácticamente delante de la cara, sin ser más que una sombra justo enfrente de ella. Claire dejó escapar un pequeño grito.
—¡Lo siento! —les dijo David—. ¡Vamos! ¡Al otro edificio!
Rebecca, que apenas veía nada, salió trastabillando, con Claire a su lado. David se colocó a sus espaldas, tocándoles los hombros para guiarlas hacia el segundo edificio. El helicóptero todavía se estaba alejando de ellos, en dirección sur, pero se quedaría sin nada que observar en muy poco tiempo, y entonces aterrizarían y se acercarían a registrar el lugar. Todos sabían que el helicóptero era de Umbrella; la única duda era saber cuántos hombres habían enviado, y si los capturarían para interrogarlos o los matarían directamente.
Cuando atravesaron la puerta del segundo edificio, Rebecca se dio cuenta de lo que David había hecho. Los sicarios de Umbrella verían la primera puerta acribillada a balazos y supondrían que su objetivo se había escondido allí.
Y sólo hizo un disparo a la cerradura de la puerta de este edificio. Al final acabarán viendo el agujero, pero eso nos da algo más de tiempo…
O eso esperaba ella. La oscuridad era casi tan fría como la del exterior, y olía a polvo acumulado. Apareció una pequeña fuente de luz: la linterna que David estaba tapando con una mano, y que les sirvió lo justo para ver que estaban rodeados de cajas. Cajas grandes, cajas pequeñas, de cartón y de madera, apiladas en estanterías y en el suelo hasta el techo inclinado. En el breve instante que David iluminó con la linterna la enorme estancia, vieron que tenía que haber miles de cajas.
—A ver qué puedo hacer con la puerta y para cortar las luces —dijo David—. Buscad un sitio donde escondernos. Es nuestra mejor opción hasta que sepamos cuántos son y qué táctica van a emplear. Puede que tengan visores nocturnos, no nos sirve el suelo. Tiene que ser en lo alto y en una esquina. Lo mejor serían las estanterías. ¿Entendido?
Ambas asintieron y la luz se apagó, dejándolos a todos en la oscuridad más absoluta. Antes, al menos, podía distinguir las siluetas y las sombras. En ese momento, Rebecca no era capaz de ver ni siquiera la mano que puso delante de su cara.
—¿Qué esquina? —susurró Claire, como si la helada oscuridad en la que se encontraban exigiera silencio.
Rebecca alargó una mano, encontró la de Claire y la colocó en su propia espalda.
—A la izquierda. Vamos hacia la izquierda hasta que tropecemos con algo.
Oyó un susurro de movimientos a sus espaldas: era David que se afanaba con sus preparativos. Rebecca inspiró profundamente, puso las manos por delante de ella y comenzó a avanzar lentamente.
Todas las puertas que daban al pasillo estaban cerradas con llave, a excepción de un pequeño trastero situado más allá del ascensor. Allí no encontraron absolutamente nada de interés, a no ser que las estanterías repletas de rollos de toallas de papel y montones de vasos de plástico fueran algo interesante. Intentaron de nuevo poner en marcha el ascensor, pero no hubo suerte, y no encontraron ninguna caja de fusibles ni ningún mando manual de control cerca del mismo. No se sorprendió, pero León sintió una punzada de inquietud. Los otros tres ya tendrían que estar realmente preocupados…
¿Y tú no lo estás? ¿Qué pasa si ha ocurrido algo malo allí arriba? Quizá la zona de pruebas de este lugar está allí arriba precisamente. Y quizá Reston ha soltado a algunos de los especímenes guerreros de Umbrella, y Claire está ahora mismo…
—¿Qué te parece que si nos encontramos con otra puerta cerrada con llave utilicemos las granadas? Yo tengo dos —le dijo John con un tono de voz irritado.
Acababan de intentar abrir la novena puerta del silencioso pasillo, y casi habían llegado a la esquina situada más al norte. Por lo que sabían, era posible que ya hubiesen pasado de largo del sitio donde estaba Reston, o del corredor que les podía llevar hasta él.
—Al menos, veamos lo que hay al otro lado de la esquina antes de empezar a hacer saltar cosas por los aires —le contestó León, aunque él también estaba perdiendo la paciencia. No es que le importara dañar la propiedad de Umbrella, no, pero es que aquélla no era su prioridad: quería reunir al equipo lo antes posible. Ya habían decidido que si no lo encontraban en poco tiempo, regresarían a la cantina e intentarían que uno de los trabajadores arreglara el ascensor, y que Reston se fuera al diablo. La misión sería un fracaso, pero al menos todos estarían vivos para luchar otro día.
Eso suponiendo que todos continuemos con vida…
Llegaron a la esquina y se detuvieron. John alzó su M-16 y bajó la voz.
—¿Te cubro?
León asintió, y se acercó más a la pared interna.
—A la de tres. Una… dos… tres…
Se alejó un paso de la pared con toda rapidez y se agachó apuntando con su semiautomática al extremo occidental del pasillo al mismo tiempo que John se asomaba con el rifle por la esquina. El pasillo era mucho más corto, no llegaba a veinte metros, y acababa en una estancia abierta y sin puerta. Había una puerta a la izquierda… y alguien cruzó el espacio abierto en el extremo del pasillo, la silueta presurosa de un hombre.
Reston.
León le vio, un tipo delgado, no demasiado alto, con unos pantalones vaqueros y una camisa de trabajo de color azul. El señor Azul, justo como lo habían descrito…
—¡Alto! —gritó John.
Reston se giró, asombrado… y desarmado. Vio el M-16 y se alejó casi de un salto de la puerta de doble hoja, quizás en dirección a una salida… León echó a correr, moviendo los brazos para conseguir mayor velocidad, pero John le sobrepasó a plena carrera. Llegaron a la habitación en un instante, y allí estaba Reston, intentando abrir desesperadamente una puerta situada a la derecha. Echó una mirada aterrorizada por encima del hombro cuando entraron en tromba en la estancia, con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
—¡No se abre! —gritó con una voz cargada de histeria—. ¡Abra la puerta!
¿Con quién habla?
—Déjalo ya, Reston —le dijo John con voz ronca…
Una compuerta metálica a sus espaldas bajó hasta cerrar la abertura, encerrándolos en la habitación con un chasquido tremendo. León bajó la vista, y se dio cuenta de que el suelo era de acero… y sintió la primera punzada de intranquilidad.
Reston se giró con los brazos en alto y sus delgados rasgos deformados por el miedo.
—Yo no soy él, no soy Reston —balbuceó, y su pálida faz se cubrió de sudor…
Detrás de ellos apareció una cara en la ventanilla de la compuerta de metal, con los rasgos deformados por la gruesa hoja de plexiglás, pero que obviamente estaba sonriendo. Era un hombre mayor, vestido con un traje de color azul oscuro…
Oh, no…
El individuo desvió la mirada un momento, alargó la mano para tocar algo que León no pudo ver… y una voz suave y culta llegó a la habitación procedente de un altavoz colocado en el techo.
—Lo siento, Henry —dijo el hombre, con la cara deformada por el cristal— Permítanme que me presente: me llamo Jay Reston. Quienesquiera que sean, me alegro mucho de haberles conocido. Bienvenidos al programa de pruebas de Planeta.
León miró a John, quien no había dejado de apuntar con su rifle al casi histérico Henry. Él le devolvió la mirada, y León pudo ver en sus ojos negros que John empezaba a darse cuenta de la situación a la vez que él mismo.
Estaban metidos hasta el cuello en la mierda.
¡Sí!
Reston empezó a reírse a carcajadas. Los pistoleros estaban atrapados, y los tres de la superficie probablemente ya habrían sido eliminados por los equipos enviados por Umbrella. Había logrado manejar la situación, y lo había hecho de un modo magnífico.
Claro que no es tan divertido si no tienes a nadie cerca para que lo aprecie… pero también tengo una audiencia atrapada, ¿verdad?
—No estaba previsto iniciar el programa hasta dentro de veintitrés días —dijo Reston, sonriendo de oreja a oreja, mientras ya se imaginaba la expresión del hinchado rostro de Sidney—. Llegado ese momento, iba a poner en marcha la prueba inicial de nuestro programa, cuidadosamente diseñado, para un grupo de gente extremadamente importante. Iba a incluir sólo especímenes, no habíamos planeado utilizar humanos en las distintas fases todavía, y mucho menos soldados. Pero ahora, gracias a vosotros, podré mostrarle a mis invitados una grabación de vídeo de la razón para la que fueron creados nuestros especímenes. Siento deciros que vuestros amigos de la superficie ya habrán sido capturados a estas horas, pero creo que vosotros tres seréis suficientes. Sí, creo que lo haréis bastante bien.
Reston se echó a reír otra vez, incapaz de contenerse.
—Quizá queráis matar a Henry antes de empezar. Al fin y al cabo, sólo será una carga para vosotros, y ha sido él quien os ha atraído, ¿verdad?
—¡Cabrón!
Henry Cole se apartó de la pared y entonces se abalanzó hacia la compuerta. Empezó a golpearla con los puños, pero los cinco centímetros de metal ni siquiera resonaron o se estremecieron.
Reston meneó la cabeza, sin dejar de sonreír.
—Lo siento, de verdad, Henry. Te echaremos mucho de menos. No acabaste de arreglar el sistema de intercomunicadores, ¿verdad? O el sistema de audio… Al menos, conectaste éste, y te estoy muy agradecido por ello. ¿Se me oye con claridad ahí dentro? ¿No hay interferencias ni chasquidos?
Fuese cual fuese la rabia demoníaca que se había apoderado del electricista, desapareció, y el hombre se derrumbó contra la compuerta, respirando de forma jadeante. El más grande de los dos hombres armados, el tipo musculoso de piel oscura que llevaba el rifle automático, se acercó hasta la ventana con una expresión amenazadora.
—No vas a hacernos pasar por ninguna de tus pruebas —le dijo, con su voz profunda y temblorosa por la rabia—. Adelante, mátanos, porque no estamos solos… y Umbrella va caer, y no importa si nosotros vamos a estar presentes o no para verlo.
Reston suspiró
—Tienes razón en lo de que no vais a estar presentes. En cuanto al resto… sois algunos de esos miembros de los STARS, ¿verdad? Vosotros y vuestros ataques ridículos no son nada para nosotros. Sois unos mosquitos, una simple molestia. Y participaréis aunque no queráis…
—Participa de esto —le respondió John, y se agarró la entrepierna. El gesto fue inconfundible a pesar de la gruesa hoja de plexiglás.
Qué vulgar y soez. Los jóvenes de hoy no tienen ningún respeto por sus mayores…
—John, ¿por qué no utilizas una de tus granadas? —dijo el otro hombre con voz tranquila, y Reston suspiró de nuevo.
—Las paredes son de acero recubierto de escayola, y la compuerta puede aguantar mucho más de lo que podáis llevar encima. Sólo lograréis volaros a vosotros mismos en pedazos. Sería una pena, pero si tenéis que hacerlo, hacedlo.
No parecieron capaces de ofrecer una respuesta ingeniosa a aquello. Nadie habló, aunque Reston siguió oyendo los jadeos de Cole a través del intercomunicador. De todas maneras, ya se había cansado de pincharlos. Los equipos de superficie le llamarían a la sala de control en poco tiempo, y debía estar allí.
—Caballeros, si me disculpan —les dijo—. Debo atender a otros asuntos, como por ejemplo, soltar a nuestras mascotas para que entren en sus nuevos hogares. Sin embargo, estén tranquilos, porque seguro que estaré observando su debut. Al menos intenten superar las dos primeras fases, si pueden.
Reston se apartó de la ventana, se acercó al panel de control de su izquierda, e introdujo el código de activación. Uno de los individuos comenzó a gritar que no estaban dispuestos a hacerlo, que no podía obligarlos…, y en ese momento, Reston pulsó un botón verde y grande, el que al mismo tiempo abría la compuerta que daba a Uno y liberaba un gas lacrimógeno en la pequeña antesala desde unas aberturas en el techo. Regresó a la ventanilla, interesado por ver lo efectivo que era el proceso.
Una neblina blanca descendió en pocos segundos desde lo alto, ocultando a los tres hombres. Reston escuchó sus gritos y cómo empezaban a toser, y un segundo más tarde distinguió el chasquido de la otra compuerta al bajar, lo que significaba que habían pasado al otro lado. Las placas de presión del suelo, al quedar desactivadas, pusieron en marcha un sistema de ventilación del lugar que vació la habitación de gas en menos de un minuto.
Muy bonito. Tendría que acordarse de felicitar al diseñador que hubiera recomendado semejante sistema.
—Tomaré nota —le dijo Reston a la habitación vacía.
Se alisó las solapas del traje y se dio media vuelta para dirigirse a la sala de control, emocionado por ver cómo se comportarían aquellos individuos frente a las nuevas adquisiciones de la familia Umbrella.

Capítulo 11
A Cole no le quedó más remedio que seguir tambaleante a los asesinos, medio asfixiado y sintiendo náuseas, con el corazón lleno de odio y miedo. Reston le había abandonado a una muerte segura, el tipo incluso había animado a los asesinos para que lo mataran. Ya no sabía si realmente eran asesinos, no sabía quiénes se suponía que eran esos STARS, no sabía nada aparte de que le escocían los ojos y que no podía respirar.
Al menos, que lo hagan con rapidez, por favor, que sea rápido e indoloro…
Atravesaron la abertura que llevaba a Uno, y la compuerta se cerró con un chasquido a su espalda. Cole se apoyó en el frío metal mientras intentaba recuperar el aliento y las lágrimas salían por debajo de sus párpados cerrados. No quería ver cómo apretaban el gatillo, preferiría no tener que sufrir el suspense antes de morir. Morir en sí ya le parecía bastante malo. Quizá simplemente me dejen aquí.
La pequeña esperanza que aquella idea le trajo fue aplastada inmediatamente cuando una mano grande y ruda lo agarró por el brazo y lo sacudió.
—¡Eh, levanta!.
Cole abrió a regañadientes sus ojos llorosos, parpadeando con rapidez. El hombretón negro lo estaba mirando desde arriba, y parecía estar lo bastante cabreado como para empezar a golpearle. Su rifle estaba apuntándole al pecho.
—¿Quieres explicarme qué cojones es este sitio?
Cole se aplastó contra la puerta. Su voz salió a borbotones, tartamudeante.
—Fase Uno. El bosque.
El hombre puso los ojos en blanco.
—Sí, el bosque. Eso ya lo veo. Pero ¿por qué?
¡Dios, es enorme!
El tipo tenía músculos encima de los músculos. Cole sacudió la cabeza, seguro de que iba a recibir una gran paliza, pero sin saber con seguridad qué era lo que le estaba preguntando.
El otro se acercó hasta ellos, con aspecto de estar más molesto que furioso.
—John, Reston también le ha jodido a él. ¿Cómo te llamabas? ¿Henry?
Cole asintió, intentando desesperadamente no cabrear a nadie.
—Sí, Henry Cole. Reston me dijo que habíais venido a matarlo, y me dijo que me quedara allí, que sólo iba a encerraros, juro por Dios que no sabía que iba a hacer esto…
—Tranquilo —le dijo el hombre más pequeño—. Me llamo León Kennedy, y él es John Andrews. No hemos venido aquí a matar a Reston…
—Aunque deberíamos haberlo hecho —murmuró John mirando a su alrededor.
León continuó hablando como si John no hubiera dicho nada.
—… ni a nadie. Sólo queríamos algo que se supone que Reston tiene, eso es todo. Bien, ¿qué puedes decirnos de ese programa de pruebas?
Cole tragó saliva, y se limpió la cara de lágrimas. León parecía sincero…
Además, ¿qué otras opciones tienes? Puedes dejar que te disparen, que te dejen aquí solo o cooperar con estos tíos. Tienen armas, y Reston dijo que los especímenes de prueba habían sido diseñados para luchar contra personas, y ¡oh mierda! ¿cómo me he metido en este follón?
Cole miró a su alrededor, a la fase Uno, y se quedó sorprendido de lo diferente que parecía, ahora que estaba allí encerrado, lo… amenazante. Los enormes árboles artificiales, los arbustos de plástico y los leños sintéticos caídos en el suelo. Con la tenue luz y la atmósfera cargada de humedad, con las paredes oscuras y el techo pintado, casi parecía un bosque de verdad en mitad de la caída de la noche.
—No sé demasiado —les dijo Cole, mirando a León—. Hay cuatro fases: bosque, desierto, montaña y ciudad. Todas son bastante grandes, del tamaño de dos campos de fútbol pegados por los lados anchos, no me acuerdo de las medidas exactas. Se dice que tienen que ser hábitats apropiados para esos animales híbridos de prueba. Incluso les iban a proporcionar animales vivos, como ratones, conejos y cosas así. Umbrella está poniendo a prueba alguna clase de control de enfermedades, y se suponía que los animales de prueba, con un sistema circulatorio muy similar al humano, o algo así, serían un buen material de estudio…
Se fue quedando callado al darse cuenta de la mirada que los dos hombres habían intercambiado cuando empezó a hablar de las criaturas de prueba.
—¿De verdad te has creído todo eso, Henry? —le preguntó John con una expresión neutral en su rostro, al parecer sin estar cabreado ya.
—Yo… —comenzó a decir Cole, pero cerró la boca y se quedó pensativo.
Pensó en el sueldo increíble y en la política de la empresa de no preguntar sobre nada de nada. Sobre las preguntas que les hacía cualquiera que fuese la persona encargada de supervisar los trabajos…
¿Te gusta trabajar aquí? ¿Crees que te están pagando lo bastante?
… y sobre las celdas… y sobre las correas para atar…
—No —dijo, y sintió una oleada de vergüenza por su ignorancia deliberada. Debería haberlo sabido. Lo hubiera sabido si se hubiera atrevido a mirar con más atención—. No, no me lo creo. Ya no.
Ambos desconocidos asintieron, y Cole se sintió aliviado al ver que John cambiaba ligeramente la posición de su rifle y apuntaba en otra dirección.
—Entonces, ¿sabes cómo salir de aquí? —le preguntó John.
Cole afirmó con la cabeza.
—Sí, claro que sí. Todas las fases tienen unas puertas que las conectan. Están en esquinas alternas. Tienen un pestillo, pero nada de llaves o así, excepto la última, Cuatro, que tiene un cerrojo por la parte de fuera.
—Así que la primera puerta a la que queremos llegar está por ahí, ¿no? —le preguntó León señalando hacia el sureste. Estaban en la esquina noroeste. Desde donde ellos estaban, la pared más alejada ni siquiera era visible debido a la densidad del bosque falso. Cole sabía que había al menos un claro de tamaño respetable, pero aun así, sería un pequeño paseo si querían llegar al otro lado.
Cole asintió.
—¿Qué puedes decirnos de esos animales de prueba? ¿Qué aspecto tienen? —inquirió John.
—Nunca los he visto. Yo sólo estaba aquí para montar cables, ya sabéis, cámaras, conductos y cosas así. —Les miró a uno y a otro—. Pero tampoco pueden ser tan malos, ¿verdad?
Las expresiones que vio en sus rostros no eran muy alentadoras. Cole estaba punto de empezar a preguntarles a ellos qué le podían contar a él cuando en el aire resonó un fuerte traqueteo metálico, como el de una gigantesca puerta que estuviera siendo alzada. Llegaba procedente de sus espaldas, de la pared occidental, y Cole sabía que las jaulas de los animales estaban en esa zona…
Un segundo más tarde sonó un chillido agudo y penetrante que atravesó el aire, un largo y gorjeante sonido al que se le unió rápidamente otro, y otro más y otro, hasta que fueron demasiados como para poder diferenciarlos.
También se oía un eco rítmico, tan fuerte que, por un momento, Cole no pudo distinguir qué era… y cuando lo hizo, estuvo a punto de lanzar un grito.
Alas. Era el sonido de unas gigantescas alas que batían el aire.
Estaban a cinco metros por encima del suelo, sobre una doble fila de cajas de madera en una esquina del almacén. Incluso el más mínimo movimiento los hacía tambalearse un poco, lo que intranquilizaba bastante a Claire.
No es suficiente que John y León hayan desaparecido, o que estemos escondiéndonos de un puñado de matones de Umbrella. No, tenemos que subirnos al Monte Precario en una nevera a oscuras. Como uno de nosotros estornude demasiado fuerte, nos vamos todos al suelo.
—Esto es una mierda —susurró, tanto para romper el tenso silencio como para desahogarse. El helicóptero había dejado de sonar en el exterior, pero todavía no habían oído a nadie moverse fuera.
Se sorprendió al notar que el cuerpo de Rebecca, que estaba a su lado, empezaba a temblar, y oyó una risita contenida: la joven bioquímica estaba intentando impedirlo, y no lo estaba pasando bien. Claire sonrió, sintiéndose satisfecha de un modo absurdo.
Pasaron unos cuantos segundos, y Rebecca consiguió hablar por fin.
—Sí. Tienes tanta razón —y ambas tuvieron que contener las carcajadas. Las cajas se balancearon suavemente.
—Por favor —dijo David con voz nerviosa. Él estaba encima de la segunda pila de cajas, al otro lado de Rebecca.
Claire y Rebecca se calmaron, y de nuevo un silencio tenso y expectante se apoderó de ellos. Estaban colocados en la esquina noroeste, ambas tumbadas sobre sus estómagos, con las pistolas apuntando hacia la pared enfrente de ellas, hacia la zona donde estaba la puerta. David les había dicho que había dos puertas. Él estaba encarado hacia la que se encontraba al sur, cubriendo aquella por la que habían entrado.
Las risitas liberadoras de tensión habían relajado un poco a Claire. Seguía sintiendo frío, seguía teniendo miedo por John y por León, pero la situación no le parecía tan terrible. Desde luego, era mala, pero se había encontrado en circunstancias mucho peores.
En Raccoon City estaba sola. Además, tenía que cuidar de Sherry, y el señor X nos perseguía, estábamos rodeadas por un cargamento de zombis de mierda que tuvimos que atravesar, y también estábamos perdidas. Al menos, ahora tengo una cierta idea de lo que ocurre y contra lo que nos enfrentamos. Incluso un ejército de majaderos de gatillo fácil no es tan malo como no saber lo que pasa…
Se oyó un ruido en el exterior del almacén. Alguien estaba tirando de la puerta que Rebecca y ella tenían que cubrir: un tironeo rápido y luego todo quedó en silencio de nuevo… excepto que Claire pudo distinguir el sonido de unos pasos furtivos que resonaban sobre el suelo, fuera.
Están comprobando las puertas. Y si el truco de David con las cerraduras no es convincente, o se les ocurre mirar con detenimiento…
Al menos, tenían a David cubriéndolas. Era un tipo increíble, tranquilo y eficiente, y con la mente más ágil que ella jamás hubiera conocido. Era como si supiese qué hacer, de un modo instantáneo, sin importar lo que estuviese sucediendo. Incluso en aquel momento: David les había comentado que probablemente realizarían un barrido directo, que empezarían por un extremo o por el otro, y que registrarían los edificios por equipos.
Un estratega militar, sin duda.
Claire repasó mentalmente lo que les había dicho, que no era un plan sino más bien una lista de «Y si pasa esto…». Aun así, tener algo en lo que concentrarse era un alivio.
Si sólo entra un equipo, tres o menos individuos, nos quedamos quietos y no nos movemos hasta que se vayan. Nos dirigimos hacia la puerta contraria a por la que hayan salido y esperamos. Cuando oigamos que están al otro lado, salimos y vamos hacia la valla. Si entran y nos descubren, les disparamos. Abatimos a los demás uno por uno a medida que vayan entrando por la puerta, luego bajamos y echamos a correr.
Si entran dos o más equipos, esperamos hasta que David lance su granada y luego disparamos. Lo mismo si tienen gafas de visión nocturna: la granada los cegará. Si logran contestar a nuestros disparos, bajamos por la parte de atrás y utilizamos las cajas como cobertura…
Las otras variables desaparecieron cuando oyó que la otra puerta se estremecía. Se estremecía… y luego era abierta de una patada. ¡Blam!
La puerta se abrió de par en par, y un rectángulo de pálida claridad apareció en la penumbra. El brillante rayo de una linterna atravesó la oscuridad, recorriendo por encima una hilera de cajas antes de volverse hacia la puerta.
Se oyó un suave chasquido… y luego un exabrupto susurrado.
—¿Qué pasa? —dijo otra voz, también susurrando.
—No hay luces. —Se produjo una pausa—. Bueno, vamos. De todos modos, probablemente estén en el otro edificio, no acabaron de abrir la cerradura de esta puerta.
Gracias a Dios. Bien hecho, David.
Los dos iban a ponerse a registrar, pero ninguno sospechaba de su presencia.
Apareció un segundo haz de linterna, y Claire pudo distinguir a duras penas unas figuras humanas recortadas detrás de dos intensos focos de luz. Ambos eran hombres por el tono de su voz. Comenzaron a avanzar, con los haces de luz pasando de un lado a otro de los montones de cajas y similares.
Quédate quieta, no te muevas, espera. Claire cerró los ojos, sin querer que ninguno de los dos hombres se sintiera observado. Una vez oyó decir que ése era el truco para esconderse sin que te pillaran: no mirar.
—Yo miraré al sur —susurró una de las voces, y Claire se preguntó si tendrían idea de lo bien que el sonido se desplazaba en los espacios abiertos. Podemos oíros, idiotas. Una idea divertida, pero estaba aterrada. Los zombis al menos no tenían armas.
Las luces se separaron. Una se alejó de ellos, y la otra comenzó a acercarse. Menos mal que apuntaba hacia abajo. Quienquiera que fuese, no era capaz de imaginarse que las personas podían subirse a las cajas.
Por mí, vale. Tú sólo date prisa y sal de aquí. Deja que nos larguemos en silencio sin tener que pelear.
David dijo que regresarían a por John y León cuando los de Umbrella se hubieran marchado. También comentó que probablemente dejarían un guardia, quizá dos, pero que encargarse de un guardia sería mucho más fácil que tener que enfrentarse a toda una escuadra…
Un rayo de luz iluminó el rostro de Claire, y el resplandor la obligó a cerrar los ojos.
—¡Eh!
Un grito de sorpresa procedente de abajo, y luego… ¡bang!, un disparo, y sintió tanto como oyó que algo debajo de ella cedía, a la vez que Rebecca soltaba una exclamación cuando la pila de cajas comenzaba a caer hacia atrás.
Claire se dio de espaldas contra la pared y se agarró a la caja donde ellas habían estado tumbadas mientras oía todo un coro de gritos procedente del exterior y veía el resplandor anaranjado de las ráfagas de disparos del arma de David… y con un ruido estruendoso, todas las cajas cayeron al suelo, y Claire se precipitó en la oscuridad.
John sintió que se le helaba la sangre cuando oyó aquel poderoso aleteo y los gritos penetrantes. No le gustaban los pájaros, nunca le habían gustado, y tener que enfrentarse a una bandada de pájaros de Umbrella, en un bosque artificial y surrealista…
—Cojones —dijo, y alzó su M-16, apretando con firmeza la culata de plástico contra su hombro.
León también estaba apuntando su arma a lo alto. El techo estaba al menos a unos cinco metros de los árboles más altos, y lo habían pintado de un color azul oscuro, como el atardecer. Los árboles tenían distintos tamaños, desde los tres metros hasta los ocho o diez metros de altura, y John distinguió en lo más alto de todos ellos unas «ramas» que claramente servían como perchas para que se posaran los pájaros, y cada una tenía el grosor de una pelota de baloncesto.
Esos pájaros deben de tener unas garras bastante grandes si necesitan algo así para posarse…
El extraño gorjeo había cesado, y John ya no oía el sonido de aleteo… pero se preguntó cuánto tardarían los pájaros en decidirse a buscar una presa.
—Tienen que ser pterodáctilos —susurró Cole, con voz temblorosa—. Dáctilos.
—Estás de broma —musitó John, y distinguió con su visión periférica que el trabajador de Umbrella negaba con la cabeza.
—Quizá no son los de verdad, es sólo un sobrenombre que oí.
Era evidente que Cole estaba aterrorizado.
—Vamos hacia esa puerta —dijo León mientras comenzaba a entrar en el falso y sombrío bosque.
Vaya que sí.
John empezó a seguirle, tres, cinco metros, intentando mantener la vista alzada y mirar por dónde pisaba al mismo tiempo. Tropezó casi enseguida cuando una de sus botas golpeó una roca de plástico, y logró a duras penas no caerse completamente de bruces.
—Esto no va a salir bien —dijo—. Cole… ¿Henry?
Miró atrás y vio que Cole todavía estaba agazapado contra la compuerta, con el rostro sudoroso y pálido mirando al cielo.
Al techo, maldita sea…
León se había parado y los estaba esperando, sin dejar de mirar entre las ramas espaciadas entre sí.
—Te tengo cubierto —le indicó.
John deshizo el camino andado, furioso, frustrado y con una sensación de tremenda incomodidad: estaban en un situación apurada. David y las chicas podían estar luchando en ese mismo instante por sus vidas, allá en la superficie, y él no estaba dispuesto a perder tiempo animando a un lacayo aterrorizado de Umbrella. Aun así, no podían dejarlo allí atrás, no sin al menos intentarlo.
—Henry. Eh, Cole.
John alargó la mano y le palmeó en el brazo, y Cole por fin bajó la vista y lo miró. Sus ojos castaños estaban velados por el miedo, eso era evidente.
John suspiró, y sintió un poco de pena por el individuo. Por todos los diablos, tan sólo era un electricista, y parecía que la ignorancia había sido su único crimen de verdad.
—Mira, entiendo que tengas miedo, pero si te quedas aquí, lo único que vas a lograr es que te maten. León y yo ya nos hemos enfrentado antes con las mascotas de Umbrella, así que lo mejor que puedes hacer es venir con nosotros. Además, nos vendría bien tu ayuda. Tú conoces mejor este lugar que nosotros. ¿Vale?
Cole asintió, tembloroso.
—Sí, vale. Lo siento. Es que yo… es que tengo miedo.
—Bienvenido al club. Los pájaros me dan escalofríos. Lo de volar está muy bien, pero son tan raros, con esos ojos brillantes como cuentas de vidrio, y esos pies escamosos… ¿Has visto alguna vez a un ratonero? Tienen cabeza de escroto.
John fingió temblar de asco y miedo, y vio que Cole se relajaba un poquito, y que incluso intentaba sonreír.
—Vale —dijo Cole de nuevo, esa vez con mayor firmeza. Fueron caminando hasta donde León los estaba esperando, sin dejar de observar arriba.
—Henry, como nosotros tenemos las armas, ¿qué tal si te pones en cabeza? —le sugirió John—. León y yo estaremos vigilando las alturas, así que necesitaremos un camino despejado para no tener que preocuparnos de andar tropezando con lo que haya por el suelo. ¿Crees que podrás hacerlo?
Cole asintió, y aunque todavía tenía un aspecto un poco pálido, John se dio cuenta de que mantendría el tipo. Al menos, durante un rato.
Su guía se colocó delante de León y se dirigió aproximadamente hacia el suroeste, siguiendo una retorcida senda a través del extraño bosque. León y John lo siguieron, y John se dio cuenta rápidamente de que tener a Cole de guía no representaba una gran diferencia.
Si no miras por dónde vas, te vas a caer —se dijo después de tropezar por sexta vez con un «tronco» caído—. No hay forma de rodearlos.
Los dáctilos, como los llamaba Cole, todavía no habían aparecido ni habían hecho ningún otro ruido. Mejor: John creía que cruzar un bosque de plástico ya era tarea suficiente. Era una sensación muy extraña ver los árboles y los arbustos de aspecto tan realista y notar la humedad en el aire… y darse cuenta al mismo tiempo de que no había olores a tierra o a seres vivos, ni brisa ni leves sonidos de movimiento, ni bichos. Era una experiencia parecida a un sueño, y uno inquietante.
John seguía avanzando, con la vista fija en el entrecruzamiento de ramas por encima de sus cabezas, cuando Cole se detuvo.
—Estamos… hay una especie de claro delante de nosotros —dijo.
León se giró frunciendo el ceño y miró a John.
—¿Lo rodeamos?
John avanzó un poco más y miró a través de los árboles, distribuidos aparentemente al azar, para observar el claro. Tenía unos quince metros de largo como mínimo, pero John prefería no pasar por allí: que un pterodáctilo te atacara en picado no parecía nada divertido.
—Sí. Henry, gira a la derecha. Vamos a…
El resto de sus palabras se perdieron cuando un chillido agudo y gorgoteante inundó todo el bosque antinatural, y una sombra marrón grisácea apareció de repente en el claro y voló hacia ellos, extendiendo unas garras de treinta centímetros de largo.
John vio unas alas de dos o tres metros de largo, cuyas puntas de aspecto correoso acababan en unos garfios curvados. También distinguió un pico aullante y lleno de dientes, un cráneo alargado y esbelto, unos ojos negros y lisos del tamaño de platillos de café, brillantes…
Él y León empezaron a disparar cuando la criatura se posó en la primera fila de árboles. Sus enormes garras abrieron varios surcos en el duro plástico, y extendió sus grandes alas membranosas en un esfuerzo por mantener el equilibrio…
¡Bang-bang-bang! Aparecieron unos cuantos agujeros en su delgada piel y unos delgados hilos de sangre aguada comenzaron a salir de las aberturas. El animal chilló, desde tan cerca que John no pudo oír el sonido de los disparos, no pudo oír nada más aparte del chillido agudo y tembloroso… y la criatura se dejó caer, aterrizando en el suelo oscuro, replegando las alas… Se puso a caminar hacia ellos sobre sus codos, como un murciélago, avanzando a saltitos entre los árboles acribillados, lanzando unos breves graznidos, casi como ladridos. Otro aterrizó en el claro a su espalda, provocando una pequeña brisa sin olor cuando cerró las alas. Abrió el pico y dejó al descubierto unos pequeños dientes aserrados…
Esto va mal, mal, mal…
El animal que corría hacia ellos estaba a menos de dos metros cuando John logró apuntarle a la cabeza, en el redondo ojo brillante, y apretó el gatillo.

Capítulo 12
El más alto, John, apuntó con su rifle automático al Avi y disparó una ráfaga. Los proyectiles, como un torrente de destrucción, alcanzaron al dáctilo en su estrecho cráneo y destrozaron su parte posterior, lanzando un chorro de fluidos oscuros que mancharon los árboles recién pintados. Los dos ojos reventaron como globos llenos de agua.
Maldita sea. Poca resistencia. Es por culpa de los huesos huecos… Reston observó cómo el otro pistolero apuntaba con su arma contra el segundo dáctilo que se había posado en el claro. Incluso sin sonido, Reston pudo ver que la pistola saltaba tres, cuatro veces, en la mano del individuo y que los proyectiles impactaban al espécimen en su delgado pecho. El esbelto cuello del dáctilo se agitó de un lado a otro en una temblorosa danza de muerte, antes de desplomarse en el suelo, sangrando.
No vio posarse a ningún otro animal, pero los tres hombres se batieron en retirada hacia lo profundo del bosque. El pobre Cole parecía estar bastante desquiciado, con la boca abierta de par en par, como en un aullido silencioso, y el cabello prácticamente pegado al cráneo por el sudor, con todos los miembros temblando.
Se lo merece por no poner en marcha el sistema de audio. La falta de sonido era irritante, aunque supuso que la grabación no perdería por aquello. Todo el mundo sabía ya cómo sonaban las balas y los gritos.
Los tres se alejaban en dirección oeste. Reston cambió de cámara, pasando de la que estaba colocada en el árbol a la que le daba una panorámica desde la pared norte. Estaba claro que Cole intentaba llevarlos hasta la puerta que daba a la otra fase… aunque también era evidente que ahora había un segundo espacio abierto, y de mayores dimensiones, en su camino. Sin embargo, al menos de momento, los dáctilos también se habían retirado. En general, solían acercarse a los espacios abiertos. Los intrusos sólo habían matado a dos de ellos, lo que significaba que quedaban seis especímenes sanos para darles la bienvenida en la «pradera».
Reston había soltado a todas las criaturas en sus hábitats justo después de que le llegara una llamada de un tal sargento Steve Hawkinson, el hombre encargado de la operación en la superficie. Tan sólo había informado a Reston de que dos equipos de Umbrella, nueve hombres incluido él, estaban comenzando a rastrear el conjunto de edificios, y que el vehículo de transporte había sido localizado. Todavía estaban en la zona a menos de que dispusieran de un segundo vehículo, una posibilidad bastante remota. Reston le dijo que la cámara de la entrada había sido inutilizada por uno de los intrusos, le ordenó que le informara en cuanto se produjese cualquier novedad, y se preparó para disfrutar del espectáculo.
Se sirvió otro coñac mientras miraba cómo los tres avanzaban serpenteando a través de los árboles, con John apuntando hacia arriba, y el otro vigilando las sombras que les rodeaban…
Él también necesita un nombre. Tenemos a Henry, a John y a… ¿Rojizo? Su pelo es algo rojizo…
No era así, pero serviría, lo mismo que «dáctilos» servía para los Avi. Por supuesto, no existía ninguna clase de relación con los pterodáctilos. «Av» se refería a aves, y de hecho, los dáctilos se parecían más a los murciélagos que a ninguna otra cosa. Lo que ocurría es que ya existían demasiados en la serie de mamíferos. Los criadores de especímenes, a petición del propio Jackson, habían añadido nuevas especies en la clasificación para lograr una mayor claridad, utilizando algunos de los contribuyentes de segundo grado al registro genético de esa especie. Como, por ejemplo, los escupidores, que estaban más cerca de las serpientes que de las cabras, pero que habían sido designados Ca6, por copra debido a las pezuñas hendidas…
Y los dáctilos se parecen a los pterodáctilos, o al menos, al concepto actual que tenemos de ellos, pensó Reston mientras miraba la pantalla donde aparecía la entrada de la jaula. Dos de los animales permanecían dentro. El cuerpo musculoso y ahusado, el estrecho pico, la curvatura ósea sobre la parte superior de la cabeza, las alas fibrosas… Lo cierto es que eran bastante elegantes, a su brutal modo. Los dos que se habían quedado dentro de la «cueva» situada al otro lado de aquel escenario estaban evidentemente nerviosos, caminando de un lado a otro sobre sus alas dobladas y agitando sus cabezas en un vaivén permanente. Reston no sabía mucho de biología, pero sí sabía que cazaban siguiendo el movimiento y el olor, y que sólo dos de ellos podían abatir a un caballo en menos de cinco minutos.
Sin embargo, no son tan eficientes cuando se les dispara. Tampoco es que supusiera mucha diferencia. Los Avi habían sido diseñados para actuar en situaciones del Tercer Mundo, donde los machetes seguían siendo más numerosos que los rifles. Era malo que murieran con tanta rapidez, y los manipuladores se disgustarían por las pérdidas, pero de todas maneras hubieran tenido que superar alguna clase de prueba frente a las armas de fuego. Y hablando de eso…
Los tres hombres se estaban acercando al segundo claro y saliéndose del ángulo de visión de la cámara. Ése sería el lugar donde los dáctilos harían su jugada. Reston se inclinó para ver mejor, dándose cuenta de que las imágenes que estaba grabando podrían acabar con su carrera… pero que a pesar de ese hecho, estaba disfrutando a base de bien con todo aquello.
David empezó a disparar en cuanto el rayo de luz del sicario los descubrió, y oyó el disparo de una única arma por debajo de ellos… Sintió cómo la madera se astillaba a su izquierda y una lluvia de trocitos de madera se estrellaba contra su brazo. Estaba demasiado concentrado en abatir al oponente como para dejar de disparar, pero supo, con un repentino temor, que estaban a punto de caerse, que las dos jóvenes se estrellarían contra el cemento si no hacía algo…
Un instante después, él mismo estaba cayendo cuando las planchas de madera situadas bajo él desaparecieron de repente, haciendo que se desplomara hacia la helada oscuridad. David mantuvo empuñada su arma, alargó los brazos y flexionó las rodillas en el medio segundo que duró la caída a oscuras… y luego sus rodillas contra el cartón, contra una caja que no había visto y que se deshizo bajo su peso, amortiguando la caída. Se puso en pie de forma inmediata y se giró hacia la otra linterna, que todavía estaba brillando en mitad del almacén. El primer individuo ya había caído. No había tiempo para comprobar cómo estaban Rebecca y Claire… los gritos procedentes del exterior estaban casi encima de ellos.
El portador de la linterna cayó bajo la corta ráfaga de proyectiles que David disparó con su M-16 en un arco de metro y medio contra la oscuridad que había tras la luz. Los estampidos secos de los disparos resonaron en los pasillos formados por las cajas, y cuando la linterna cayó al suelo, acompañada de un breve grito de dolor y sorpresa, David giró su arma hacia la puerta.
Venga, vamos, entrad…
¡Rrrratatatatataatttt!
Unos disparos de metralleta procedentes del exterior recorrieron todo el ancho de la puerta… pero nadie entró. David se movió hacia la izquierda y respondió con una ráfaga de su arma, aunque no esperaba darle a nadie. Las balas se estrellaron inútilmente en el marco de la puerta. Necesitaba conseguir algo de tiempo para ellas, aunque tan sólo fueran unos cuantos segundos.
—Auuh… —Un leve quejido de dolor a su espalda.
—¡Rebecca! ¡Claire! ¡Informad! —susurró con voz tensa, sin dejar de vigilar el rectángulo pálido y vacío del hueco de la puerta.
—Yo… Claire, quiero decir, yo estoy bien, pero me parece que ella está herida… ¡Maldita sea!
David sintió que su corazón se paraba por un momento y retrocedió un paso, pensando en varias ideas a la vez, con un nudo en el estómago a causa del miedo. Había pasado menos de medio minuto desde el primer disparo, pero el equipo de Umbrella ya habría rodeado el edificio, si es que eran tan buenos como creía. Necesitaban salir de allí antes de que los atacantes se organizaran por completo.
—Claire, acércate hasta mí, sigue mi voz. Necesito que cubras la puerta. Si ves algo, aunque sea una sombra, dispara a matar. ¿Entendido?
Oyó unos sonidos furtivos mientras hablaba y alargó la mano hacia ella, hasta tomarla del brazo,
—Espera —le dijo, y soltó otra descarga contra el marco de la puerta.
Se descolgó inmediatamente el M-16 del brazo y se lo entregó a Claire mientras la metralleta respondía a su vez con más disparos. Sus balas se esparcieron por todas direcciones en la oscuridad.
—¿Sabes utilizar esto?
—Sí…
Sonaba nerviosa pero capaz de aguantar la presión.
—Bien. En cuanto lo diga, vamos a empezar a movernos hacia la puerta oeste. Tú nos cubrirás.
Ya se estaba girando hacia la esquina donde debía estar Rebecca. Oyó otro murmullo ahogado de dolor y fijó el punto donde se encontraba, moviéndose con rapidez. Se dejó caer de rodillas y comenzó a palpar frente a él en busca de la chica herida. Sintió un tacto sedoso bajo los dedos: el cabello de Rebecca. Recorrió su rostro con las dos manos, notando la sensación pegajosa de la sangre caliente.
—Rebecca, ¿puedes hablar? ¿Sabes dónde estás herida?
Una tos… y luego sintió que sus dedos le tocaban el brazo, y supo que estaba bien incluso antes de que le hablara.
—Me di un golpe en la nuca —le dijo con voz baja pero clara—. Quizá tenga una conmoción, me he hecho un daño de mil pares de diablos en el cóccix, las piernas parecen funcionar…
—Voy a ayudarte a levantarte. Si no puedes andar, yo te llevaré, pero tenemos que irnos ya…
Como para demostrar que llevaba razón, sonó otra ráfaga de metralleta procedente del exterior…, y un grito que le hizo ponerse en marcha incluso antes de que hubiera acabado de decirlo.
—¡Fuego en el agujero!
David se giró, se levantó, tiró de Claire desde atrás mientras la avisaba con un grito.
—¡Cierra los ojos! —le dijo mientras cerraba los suyos por si era una granada incendiaria, y rezaba para que no fuera una de fragmentación…
Oyó el chasquido sordo del disparo de un lanzagranadas, seguido de una pequeña implosión y un siseo, lo que le indicó que era una granada de gas. Se apartó de Claire, sintió que ella se sentaba a su lado y oyó su respiración agitada y temerosa.
Por favor, Dios, que no sea gas sarin, o soman, que nos quieran pillar vivos…
En pocos segundos, la nariz de David empezó a moquear con fuerza y sus ojos se llenaron de unas lágrimas incontenibles, y sintió una oleada de alivio. No era un gas nervioso, sino uno lacrimógeno. El equipo de Umbrella los quería sacar mediante el humo.
—Puerta oeste —dijo David, y Claire tosió como respuesta afirmativa.
El compuesto químico se había dispersado de forma rápida en el frío aire, y era un arma muy efectiva, aunque afortunadamente no era letal.
David se dio la vuelta y sintió que una mano le rozaba el pecho.
—Puedo… andar —le dijo Rebecca entre toses. David le pasó el brazo por los hombros de todas maneras y se dirigió hacia la puerta, moviéndose con toda la rapidez que podía en la oscuridad. Escuchó jadear a Claire mientras se mantenía a su par. David se apresuró hacia delante, haciendo planes e intentando no inspirar demasiado profundamente. Habría gente en ambas puertas, esperando…
… pero, ¿cuánto de cerca? Querrán estar justo allí, aguardando para someter a sus asfixiadas víctimas…
Tenía una idea. Cuando se aproximaron a la pared, David buscó en su riñonera, sacando la granada antipersona y sujetando la anilla.
—¡Claire, Rebecca, detrás de mí!
Todavía a ciegas en la oscuridad, las lágrimas solamente dolían; no interfirieron en su propósito cuando alzó su 9 mm y lo paseó ante él hasta encontrar la puerta.
¡BAM!
Descerrajó la puerta, abriendo un agujero en su borde, y escuchó los gritos de sorpresa de los hombres del exterior. Sin apenas una pausa, David abrió la puerta del todo —¿cuánto habrá hasta la valla? ¿Cincuenta, sesenta metros…?— y lanzó la granada con suavidad hacia fuera, cerrando la puerta tan rápido como pudo, apoyando su peso contra ella y rogando a Dios porque fuese lo bastante resistente…
… y ¡KA-WHAM!, la puerta luchó contra él mientras la onda expansiva lanzaba polvo y metralla como una bestia salvaje que intentase abrirse camino. David aguantó el segundo que duró. La ensordecedora explosión de la M68 dio paso a gemidos y aullidos de dolor, apenas audibles por encima del zumbido de sus oídos y el dolor de sus pulmones.
—¡Cubre la derecha y ve hacia la izquierda! —gritó, y pateó la puerta, con la H&K apuntando a un lado y al otro. La pálida luz de la luna le mostró solamente tres hombres, todos caídos, todos heridos y gritando, todavía vivos por lo que pudo ver a través del velo de sus lágrimas.
Kevlar, de cuerpo entero seguramente…
Esperarían una huida al frente, hacia su vehículo, así que David giró a la izquierda. Fijó su llorosa mirada en la oscura valla mientras Claire y Rebecca se tambaleaban al exterior tras él, tosiendo y llorando.
—Valla —les dijo, tan alto como pudo atreverse, y sostuvo a Rebecca deslizando el brazo por su cintura. Pasaron sobre uno de los hombres caídos, encogiéndose ante su ensangrentado rostro, y comenzaron a correr agachados, con Claire justo detrás. Ella se mantenía cerca de ellos, con el M-16 apuntado hacia atrás al resto del recinto.
Buena chica, lo conseguiremos, pasaremos la valla y daremos un rodeo apartándonos de la furgoneta, internándonos en el desierto…
Corrieron, acortando la distancia con más rapidez de la que David podría haber esperado, la valla estaba a solo diez yardas tras el edificio en el que habían estado, el edificio que había escogido precisamente por eso; las demás construcciones se curvaban hacia el frente, a demasiada distancia, y el primero habría sido demasiado evidente…
… ya casi habían llegado a la valla cuando alguien disparó una metralleta desde la oscuridad que tenían delante, cubierto por el otro lateral del edificio. Como mínimo uno de los miembros del equipo de Umbrella había pensado con lógica e interceptaba la ruta imprevista.
Claire se ocupó, devolviendo el fuego, las veloces ráfagas de las dos automáticas unidas en un dúo explosivo.
O le alcanzó o el tirador invisible se había puesto a cubierto cuando Claire acribilló la oscuridad con los 223.
Rebecca necesitará ayuda.
—¡Claire! ¡Arriba! —gritó David, cogiendo el M-16. Ella se lo entregó y girándose escaló fácilmente la valla.
—¡Rebecca, sube!
David apretó el gatillo y lo mantuvo así, rociando de balas la fría noche, y oyendo disparos de respuesta por todos lados al mismo tiempo. Tres, quizá cuatro enemigos… Oyó un grito a su espalda, de Rebecca, que sólo estaba a mitad de camino de la reja metálica. Unas cuantas gotas tibias le cayeron a David en la cara, y dejó de disparar inmediatamente, saltando para atraparla antes de que se cayera.
—¡Yo me encargo! —dijo Claire desde el otro lado de la valla, y comenzó a disparar con su pistola a través de la reja metálica. Los proyectiles de su nueve milímetros resonaron con fuerza, pero David sintió que su pulso latía con mayor fuerza todavía. Rebecca estaba pálida y jadeaba trabajosamente. Era obvio que sentía dolor… pero logró mantenerse sobre la valla, e incluso trepar un poquito mientras David se encaramaba y se colocaba a horcajadas para ayudarla a subir.
La medio arrastró hasta pasarla por encima del extremo superior, y en cuanto Claire alargó los brazos para ayudarla, David se giró y comenzó a disparar a su vez contra los atacantes que se acercaban, todavía ocultos en las sombras, y la furia que sentía secó las últimas lágrimas causadas por la química. Cabrones hijos de puta, sólo es una chiquilla… El M-16 se quedó sin balas, y bajó de un salto. Rebecca se colocó entre ellos, apoyada sobre todo en David, y se alejaron trastabillando hacia la oscura y congelada noche desértica.

Capítulo 13
A los pocos minutos del ataque, León se dio cuenta de que Cole no estaba en condiciones de ir en cabeza. El trabajador de Umbrella caminaba a ciegas, y a duras penas seguía la dirección en la que necesitaban ir, más por casualidad que por voluntad propia.
Y ahora que sabemos que también pueden atacarnos por tierra…
Ni él ni John tenían que vigilar el cielo al mismo tiempo, por así decirlo.
—Henry… ¿Por qué no me dejas ir en cabeza un rato? —le preguntó León, y miró a John. Éste asintió, sin tener un aspecto tan seguro de sí mismo en aquel momento. Se le veía extremadamente tenso, mirando de un lado a otro sin cesar, con el M-16 apretado con fuerza en las manos.
Quizás está pensando en los demás. Sobre eso de que hayan sido «pillados».
—Sí, vale, eso estaría…, vale —le respondió Cole mientras asentía con la cabeza. Su alivio era evidente. Se pasó la mano por el sudoroso cabello castaño y se apresuró a colocarse detrás de León. John se mantuvo a retaguardia.
León estaba nervioso, pero no tan atemorizado como había estado antes, al menos por ellos tres. Los pájaros, aquellos dáctilos, eran desagradables y peligrosos, pero había sido un alivio verlos: no eran tan terribles como su imaginación le había hecho creer al oír sus primeros chillidos salvajes. Los monstruos de la mente siempre son peores que los de la realidad, y los dáctilos no eran tan resistente ni de cerca. Mientras John y él se mantuvieran en guardia, todo iría bien.
Se dirigían hacia el sur, de modo que León les hizo girar de nuevo, y se dio cuenta de que estaba empezando a vislumbrar algunos retazos de lo que podía ser la pared más alejada. Todo el montaje era bastante desorientador; los árboles no estaban tan pegados, pero estaban esparcidos de modo que el bosque pareciera denso cuando mirabas hacia el otro lado. La gruesa cobertura del suelo, fabricada con alguna clase de plástico moldeado, no cedía bajo sus pasos, pero había ondulaciones y pequeñas crestas en el material que hacían todavía más difícil darse verdadera cuenta del tamaño de la estancia.
Todo esto es tan extraño, tan raro… tan verdaderamente propio de Umbrella.
Era como la inmensa instalación de laboratorios que se encontraba bajo Raccoon City, que además de una factoría propia incluía su propio servicio de metro. Algo increíble, excepto que él lo había visto en persona. Y sabía por los otros STARS que también había existido otra instalación en una ensenada apartada y solitaria de la costa de Maine protegida por zombis causados por un virus, además de una mansión «abandonada» en el bosque de Raccoon, la residencia Spencer, la que había estado repleta de secretos, llaves, códigos y pasadizos secretos, como en la ambientación de una película de espías que nadie se creería.
Y ahora aquello: un ambiente natural de imitación en las desiertas llanuras de sal de Utah. ¿Cómo lo había llamado Reston? Planeta. Era un derroche extravagante, decadente, inmoral. Una ridiculez, si no fuera por…
… si no fuera porque estamos metidos en su interior, y sólo Dios sabe a qué nos enfrentaremos después.
León siguió avanzando, intentando no pensar por lo que podían estar pasando Claire y los demás en esos momentos. Reston estaba obviamente seguro de que el resto del equipo había sido capturado, pero en realidad no lo sabía. Tampoco tenía ni idea de lo que eran capaces Claire y Rebecca, o el brillante estratega que era David. Ya habían escapado de las garras de Umbrella con anterioridad, y no existía motivo alguno para pensar que no lo podían hacer otra vez.
León estaba tan concentrado en su charla privada consigo mismo que no se dio cuenta de que habían llegado a un claro casi hasta meterse de lleno en él, a menos de seis metros de él. Se detuvo en seco y recordó el ataque anterior, y se reprochó no haber estado atento.
—Vamos a dar la vuelta y a rodearlo —dijo… y en ese momento oyó el batir de alas, y supo instantáneamente que era demasiado tarde.
Uno, dos, tres de ellos, medio ocultos en las lánguidas sombras por encima del espacio abierto, se lanzaban en picado desde sus perchas sobre el claro.
¡Mierda!
Uno de ellos comenzó a chillar, y de repente, los demás, ocultos por encima de sus cabezas en los árboles falsos, se unieron al grito, formando una cacofonía horrenda y ensordecedora de sonidos agudos. León retrocedió, y de pronto, se encontró con John a su lado, con el rifle apuntando al espacio abierto.
El primero se dirigió hacia los árboles, girando sobre sí mismo como si se dispusiera a volar entre ellos. Ascendió en el último instante de forma tan repentina que no pudieron reaccionar para dispararle. León vio, mientras aquél ascendía, que había otros dos en el suelo que arrastraban hacia delante sus nervudos cuerpos apoyándose en sus alas dobladas.
¡Aquel ruido! Era doloroso, tan agudo y terrible como mil bebés que chillaran, y León sintió más que oyó los disparos de su nueve milímetros cuando la pesada arma de metal saltó entre sus manos. Los pájaros se quedaron en silencio cuando el más cercano de los dos recibió el disparo en su pescuezo curvado. El agujero se abrió justo por encima de su delgado pecho, y los trozos de pellejo marrón grisáceo se extendieron como los pétalos de una flor oscura. La sangre acuosa surgió de la herida, pero el segundo ya estaba pasando por encima del cuerpo espasmódico de su compañero, con un único objetivo en su mente: atacar. León apuntó con cuidado y… Eh, eh, oh, mierda…
El grito histérico de Cole lo distrajo, y el disparo se desvió a la derecha, fallando. John disparó contra el segundo dáctilo, y la ráfaga del rifle automático partió al animal. León se dio la vuelta y vio a Cole retrocediendo espantado, con otro de los feroces pájaros atacándole de lleno. ¿Cómo no lo hemos visto?
León volvió a apuntar con cuidado. El dáctilo estaba a menos de dos metros de Cole, y justo mientras apretaba el gatillo, otra de las criaturas se lanzó en picado directamente por encima de su cabeza. A una distancia tan corta, el proyectil de nueve milímetros atravesó el pecho del animal y le abrió un agujero del tamaño de un puño en la espalda. El dáctilo ya estaba muerto antes de caer al suelo. El recién llegado dio un gran aletazo y las puntas de sus poderosas alas barrieron el suelo antes de retroceder y alejarse.
—¡Henry, ponte detrás de mí! —le gritó León mientras levantaba la vista… y veía que otro dáctilo saltaba desde una de las perchas situadas justo por encima de los tres, replegaba las alas y se lanzaba directamente hacia ellos. Necesitaba ayuda—. ¡John!
El pájaro abrió sus correosas alas a muy poca distancia del suelo y se posó de un modo sorprendentemente grácil. Se dio la vuelta hacia León y comenzó a acercarse a él. Oyó a su espalda una ráfaga de disparos… que dejó de sonar. Lo que sí oyó fue el exabrupto de John y al M-16 de aleación de aluminio caer al suelo y repiquetear.
El dáctilo que estaba justo delante de León abrió su largo pico y graznó, con un sonido furioso y voraz, deslizándose hacia delante sobre sus alas dobladas con la misma rapidez con que León retrocedía. La criatura se tambaleaba hacia un lado y otro, y León no disponía de suficiente munición como para desperdiciarla, necesitaba un tiro claro… y el animal dio un salto, un extraño brinco que lo dejó a treinta centímetros de él. Lanzó su cabeza hacia delante con otro chillido agudo, y su pico abierto se cerró alrededor del tobillo de León. Pudo sentir, incluso a través del grueso cuero, la punta de sus dientes, la fuerza de su mandíbula…, y antes de que pudiera dispararle, apareció John. Pisó el serpenteante cuello del dáctilo y apuntó con su pistola…
¡Bang!, el proyectil le partió la espina dorsal. Una de las vértebras de su estrecha espalda explotó en pedazos, y los pálidos fragmentos de hueso saltaron junto a los chorreones de sangre acuosa. El animal soltó el tobillo, y aunque su cuello continuó retorciéndose, el resto del cuerpo se quedó inmóvil, inmóvil y sangrando.
Cuántos, cuántos quedan…
—¡Vamonos! —les dijo John mientras recogía del suelo su rifle automático y se daba la vuelta para echar a correr—. ¡A la puerta, tenemos que llegar a la puerta!
Echaron a correr. Atravesaron el claro con Cole pegado a sus talones, con el batir de alas a sus espaldas, con otro chillido agudo resonando en el aire. Volvieron a entrar en el bosque, en aquel bosque sin vida, tropezando con las ramas caídas y rodeando los troncos retorcidos de plástico.
—¡La pared, ahí está la pared!
Y también estaba la puerta, una compuerta de doble hoja con un cerrojo situado en la parte baja, a la derecha..
León oyó el terrible chillido en su oído, a escasos centímetros, y sintió un soplo del aire en la nuca…, dobló las piernas, dejándose caer al suelo, y sintió un dolor repentino cuando algo le agarró un mechón de cabello de la parte trasera de la cabeza y se lo arrancó.
—¡Cuidado! —gritó León cuando levantó la vista y vio al inmenso pájaro cernirse sobre John, que estaba casi en la puerta, con Cole a su lado.
John se giró, sin achicarse, sin retroceder ni un paso. Alzó su pistola y apretó el gatillo: un disparo certero a quemarropa, y el dáctilo cayó al suelo como si fuera de plomo cuando su pequeño cerebro se licuó de repente por el tiro y salió desparramado por el aire.
Cole estaba forcejeando para abrir la puerta, y John no dejó de apuntar por encima de la cabeza de León, y éste oyó otro chillido, como el de una Furia mitológica, en algún punto a su espalda…
La puerta se abrió de par en par… y León echó a correr de nuevo, con John cubriéndole mientras seguía a Cole trastabillando. Salieron del frescor del bosque oscuro a un calor abrasador. John entró justo detrás de él, cerró la puerta de golpe…
… y entraron en la fase Dos.
Rebecca seguía corriendo, ya sin aliento, exhausta pero sin poder parar, sin poder descansar. David y Claire corrían con ella, sosteniéndola, pero aun así sentía que cada paso que daba era un esfuerzo de pura voluntad. Sus músculos ya no querían cooperar y estaba desorientada, con el equilibrio perdido, con los oídos zumbándole. Estaba herida, y no sabía con qué gravedad, sólo sabía que le habían disparado, que en algún momento se había golpeado la cabeza, y que no podían detenerse hasta que estuvieran bastante lejos de las instalaciones.
Estaba oscuro, demasiado oscuro como para ver el suelo que pisaban, y hacía frío. Cada inspiración era una daga helada en su garganta y en sus pulmones. Tenía la mente confusa, pero sabía que había sufrido alguna clase de disfunción cerebral, aunque no estaba segura de qué tipo. Las posibilidades la atemorizaron. La bala era menos complicada: sabía por el dolor palpitante dónde la habían alcanzado. Le dolía horriblemente, pero no creía que hubiera sufrido una fractura, y la sangre no estaba saliendo a borbotones. Estaba mucho más preocupada por su falta de coherencia mental.
El disparo ha atravesado el glúteo izquierdo y se ha alojado en el isquion, suerte, suerte, suerte, ¿shock o conmoción? ¿conmoción o shock?
Tenía que pararse y comprobar su pulso en el temporal, comprobar que no le salía sangre por los oídos… o fluido cerebroespinal, que era algo en lo que ni siquiera quería pensar. Incluso en el estado de confusión en el que se encontraba, sabía que perder fluido cerebroespinal era probablemente una de las peores consecuencias de un golpe en la cabeza.
Después de lo que le pareció muchísimo tiempo, y de más cambios de dirección de los que pudo contar, David bajó el ritmo de marcha y le dijo a Claire que se parara para poder dejar en el suelo a Rebecca.
—De costado —les dijo Rebecca—. La bala está en el izquierdo.
David y Claire la bajaron cuidadosamente hasta el frío suelo. Rebecca estaba jadeando, falta de aire, y pensó que jamás se había sentido tan agradecida de estar tumbada. Tuvo un breve atisbo del cielo nocturno cuando David le dio la vuelta. Las estrellas eran increíbles, claras y resplandecientes en un profundo mar negro…
—Linterna —les dijo ella, dándose cuenta de nuevo de lo extraños que se habían vuelto sus pensamientos—. Hay que comprobar algo.
—¿Ya estamos lo bastante alejados? —preguntó Claire, y Rebecca tardó unos momentos en darse cuenta de que estaba hablando con David.
Oh, mierda, esto no va bien…
—Deberíamos estarlo. Y les veríamos venir —dijo rápidamente, y encendió su linterna. El rayo iluminó el suelo a pocos centímetros de la cara de Rebecca.
—Rebecca, ¿qué hacemos? —le preguntó, y ella notó el tono de preocupación de su voz y sintió una oleada de cariño hacia él por eso. Eran una familia, lo habían sido desde lo de la ensenada, y él era un buen amigo y un buen hombre…
—¿Rebecca? —Su voz sonó atemorizada esa vez.
—Sí, lo siento —exclamó, preguntándose cómo explicarles lo que estaba sintiendo. Decidió que lo mejor sería empezar a hablar y que ellos se dieran cuenta.
—Miradme el oído —les dijo—. A ver si hay sangre o alguna clase de fluido de color claro, creo que tengo una conmoción cerebral, no puedo pensar con claridad. Miradme el otro oído también. Me han disparado, y creo que tengo la bala metida en el isquion, en la pelvis. Suerte, suerte. No debería estar sangrando mucho, puedo desinfectarlo, vendarlo, si me dais mi botiquín. Hay gasas, y eso es bueno, aunque la bala podía haberme seccionado la espina dorsal o haberme machacado la arteria femoral. Mucha sangre, eso es malo, y yo, el único médico, herida…
David le iluminó la cara mientras hablaba, y luego le levantó suavemente la cabeza y miró al otro lado antes de dejarla en su regazo. Sus piernas eran cálidas, y sus músculos temblaban por el esfuerzo.
—Un poco de sangre en tu oído izquierdo —le dijo—. Claire, quítale la mochila a Rebecca, por favor. Rebecca ya no tienes por qué hablar más, te curaremos. Intenta descansar, si puedes.
No hay pérdida de fluido cerebroespinal, gracias a Dios… Quería cerrar los ojos, dormir, pero tenía que acabar de decírselo todo.
—La conmoción parece ser menor, lo que explica la confusión, el tirritus y la falta de equilibrio… puede durar sólo unas horas. O unas semanas. No debe ser muy grave, pero tampoco debería moverme. Descanso en la cama. Busca mi pulso temporal, está en un lado de mi frente. Si no puedes, quizá sea el shock: calor, aumento de…
Aspiró profundamente, y se dio cuenta de que la oscuridad ya no estaba solo fuera. Estaba cansada, muy, muy cansada, y una especie de velo negro comenzaba a rodear su campo de visión.
Eso es todo, les he dicho todo… John. León.
—John y León —exclamó, mientras intentaba levantarse un poco, horrorizada por haberse olvidado de ellos, aunque sólo hubiera sido por unos instantes. Darse cuenta de aquello fue como si le hubieran dado una bofetada en la cara—. Puedo andar. Estoy bien, tenemos que regresar…
David apenas la tocó, pero descubrió que tenía la cabeza de nuevo en su regazo. Claire levantó un poco la parte trasera de su camisa y pasó una gasa por su cadera, enviando una nueva oleada de dolor por todo su cuerpo. Cerró con fuerza los ojos, intentando respirar profundamente, intentando respirar, por lo menos.
—Regresaremos —le dijo David, y su voz pareció llegar de muy lejos, desde el borde superior del pozo en el que ella estaba cayendo—. Pero tenemos que esperar a que se marche el helicóptero, suponiendo que lo haga… y necesitas algo de tiempo para recuperarte…
Si dijo algo más, Rebecca no lo oyó. En vez de eso, se durmió, y soñó que era una niña que jugaba sobre la fría nieve.
¡El desierto!
No había animales a la vista; debían estar al otro lado de la duna, pero Cole pensó que tenía una cierta idea de cuáles eran los que pertenecían a la fase Dos. Cole comenzó a barbotear antes de que John o León pudieran dar un paso adelante, antes incluso de que los oídos dejaran de zumbarles por los terribles chillidos de los dáctilos.
—El desierto, la fase Dos es un desierto, así que deben ser los escorps, los escorpiones, ¿entendéis?
John estaba sacando un cargador curvo, entrecerrando los ojos debido a la brillante luz artificial procedente del techo. Debía de haber al menos unos cincuenta grados de calor en aquel lugar, y entre las paredes blancas y la tremenda luz, parecía que hacía todavía más. León observó con cuidado la reluciente zona arenosa que tenían por delante de ellos, y se giró hacia Cole con la misma expresión que si se hubiera comido un limón.
—Estupendo, esto es genial. ¿Escorps? Escorps y dáctilos… ¿Cómo se llaman los demás, Henry? ¿Te acuerdas?
La mente de Cole se quedó en blanco por un momento. Asintió mientras se rompía la cabeza intentando recordar, con el sudor del cuerpo completamente evaporado ante aquel calor abrasador.
—Ah, eran motes: dáctilos, escorps… ¡Cazadores! Cazadores y escupidores, los manipuladores les habían puesto esos sobrenombres…
—Qué bonito. Como Chuchi o Pelusa —les interrumpió John mientras se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano—. ¿Y dónde están?
Los tres miraron a su alrededor, en la fase Dos, a la enorme duna de arena que se alzaba en mitad de la estancia, reluciente bajo la brillante luz de las lámparas solares del techo. Tenía unos ocho o diez metros de alto, y les impedía ver la pared sur, incluida la puerta situada en el extremo derecho de la misma. No había nada más que ver.
Cole sacudió la cabeza, pero no les dijo nada: los escorps estaban en algún lugar, y tenían que cruzar la ardiente y reluciente duna de arena para llegar a la salida.
—¿Cómo eran las demás fases? ¿Las de montaña y ciudad? ¿Las has visto? —le preguntó León.
—La Tres es como un, ¿cómo se llama?, como un abismo, en una cima. Es como un precipicio en una montaña, algo así, muy rocoso. Y Cuatro es una ciudad, bueno, unas cuantas manzanas de una ciudad. Tuve que comprobar las conexiones de vídeo en todas las fases en cuanto llegué aquí.
John asintió y miró a su alrededor, entrecerrando los ojos debido a la fuerte luz.
—¡Eso es!… el vídeo. ¿Te acuerdas de dónde están las cámaras?
¿Para qué querrá saber algo así?
Colé le señaló a la izquierda, hacia una pequeña lente cristalina metida en la pared a unos tres metros de altura.
—Hay cinco en este lugar. La más cercana es ésa…
John sonrió de oreja a oreja, alzó las dos manos y levantó los dedos corazón, bien a la vista.
—Chupa de aquí, Reston —dijo en voz bien alta, y Cole estuvo seguro de que John le caía bien, pero que muy bien. Lo cierto es que León también, y no porque fueran su único modo de salir con vida de aquella situación. Fuesen cuales fuesen sus motivos para estar allí, era obvio que eran los buenos de la película, y que fueran capaces de bromear en un momento como aquél…
—Entonces, ¿tenemos un plan? —preguntó León en voz alta sin dejar de mirar el muro de arena de color amarillo claro que se alzaba ante ellos.
—Vamos hacia allí —le respondió John señalando hacia su derecha—. Luego subimos. Si vemos algo, disparamos.
—Es brillante, John. Deberías dejarlo escrito. Sabes, creo que…
León se calló de repente, y Cole lo oyó entonces. Era un sonido repiqueteante, como el de unas uñas al golpear repetidamente una mesa de madera hueca, el sonido que había oído unas semanas antes mientras arreglaba una de las cámaras.
Un sonido de pinzas abriéndose y cerrándose, como mandíbulas chasqueantes…
—Escorps —dijo John en voz baja—. ¿No se supone que los escorpiones son bichos nocturnos.
—Estamos en Umbrella, ¿te acuerdas? —le respondió León—. Tienes dos granadas, yo tengo una…
John asintió, y luego dijo:
—¿Sabes cómo utilizar una semiautomática?
El individuo grande estaba mirando la duna, así que Cole tardó un segundo en darse cuenta de que le estaba hablando a él.
—Oh. Sí. Nunca he utilizado una, pero fui a unas prácticas de tiro con mi hermano, hace seis o siete años…
Habló en voz baja todo el rato, escuchando con atención aquel extraño sonido.
John lo miró directamente, como evaluándolo… y luego asintió mientras sacaba una pistola de aspecto pesado de su funda. Se la entregó a Cole, con la empuñadura por delante.
—Es una nueve milímetros, con dieciocho balas. Tengo más cargadores si te quedas sin munición. ¿Conoces todas las reglas de seguridad? ¿No apuntes a nadie a menos que quieras matarlo, no me dispares a mí ni a León, y todas esas cosas?
Cole hizo un gesto afirmativo con la cabeza y empuñó la pistola; era pesada, y aunque tenía más miedo del que jamás había sentido en sus treinta y cuatro años de vida, el sólido peso del arma en su mano le hizo sentir un alivio increíble. Recordó lo que le había dicho su hermano pequeño sobre lo de la seguridad y comprobó con mano torpe si había una bala en la recámara antes de levantar de nuevo la mirada.
—Gracias —le dijo, y lo dijo de corazón. Había atraído a aquellos dos a una trampa, y aun así, le estaban dando un arma; le estaban dando una oportunidad.
—No importa. Así no tendremos que preocuparnos de tener que cubrirte el culo además de cuidar del nuestro —le contestó John, con una leve sonrisa—. Venga, pongámonos en marcha.
John se colocó en cabeza con León situado a su espalda. Comenzaron a dirigirse hacia el este, avanzando lentamente a través del entorno uniforme. La arena era arena de verdad. Se movía bajo los pies, y junto al tremendo calor, hacía que caminar fuera una tarea difícil.
Sólo habían avanzado unos metros cuando León les dijo que parasen.
—Ropa interior térmica —murmuró mientras enfundaba su arma antes de quitarse su camiseta negra y atársela a la cintura. Debajo llevaba puesta una camiseta blanca gruesa—. No pensé que llegaríamos hasta el Sahara…
Todos lo oyeron, un segundo antes de verlo… de verlos a los tres, alineados en la cresta de la duna. Unos pequeños arroyos de arena bajaban de cada una de sus múltiples patas, cada una tan gruesa y de aspecto tan sólido como un bate de béisbol recortado. Tenían garras, unas grandes garras delgadas y negras en forma de pinza con el borde interior serrado, y unos largos cuerpos segmentados que se estrechaban hasta las colas, retorcidas y dobladas sobre sus espaldas… y acabadas en aguijones. Unos aguijones de al menos treinta centímetros, de aspecto peligroso y goteantes.
El trío de criaturas de color arenoso, cada una de unos dos metros de largo y uno de alto, comenzó a castañetear. Las protuberancias estrechas y levantadas parecidas a colmillos y situadas bajo los ojos de arácnido de las criaturas, chascaron unas contra otras produciendo el extraño ritmo de repiqueteo que habían oído antes… y entonces, las tres criaturas, los monstruos, empezaron a deslizarse hacia ellos con un equilibrio perfecto, avanzando sobre la escurridiza arena con facilidad. Y en la cresta de la duna, aparecieron otras tres.

Capítulo 14
—Mierda —soltó John en voz baja, y ni siquiera se dio cuenta de que había hablado mientras alzaba su M-16 y empezaba a disparar.
¡Bangbangbangbang!…
El primer ente-escorpión dejó escapar un extraño sonido seco y siseante, como el aire al salir de un neumático gigante, cuando las primeras balas atravesaron su cuerpo. Un fluido blanco y espeso brotó de las heridas que se habían abierto en el rostro de insecto, un rostro repleto de colmillos babeantes y ojos de araña, un rostro con un agujero deforme por toda boca. Cayó sobre su costado con el cuerpo arqueándose y las pinzas en alto, y se retorció de forma espasmódica, cavando su propia tumba en la superficie de arena caliente.
Tanto León como Cole ya estaban disparando también, y el tronar de las armas de nueve milímetros ahogó cualquier otro siseo y provocó la aparición de más de aquella sangre parecida a pus en los otros dos escorps. El líquido salía a borbotones, como los vómitos, pero había otras tres criaturas bajando ya por la ladera…
La primera, la que John había dejado acribillada a balazos, estaba saliendo de la arena. Saliendo de un modo inseguro, pero saliendo de todas maneras. Sus heridas estaban rezumando aquella pasta viscosa blanca., y justo cuando empezó a avanzar hacia ellos de nuevo, John pudo ver que el líquido se estaba endureciendo. Estaba cubriendo las heridas tan bien como el yeso tapaba un agujero de la pared.
—¡Vamos, vamos, vamos! —les gritó John a los demás cuando las otras dos criaturas, abatidas por León y por Cole, comenzaron a moverse otra vez, con sus heridas cubiertas por las costras blancas. El segundo trío ya estaba a mitad de camino de la duna y se acercaba con rapidez—. Tenemos que salir de aquí.
Todavía quedaban dos más de aquellos «entornos», y ya habían disparado al menos la tercera parte de su munición. Aquella idea le atravesó la mente a John en la fracción de segundo que tardó en rociar a los escorps con una ráfaga de proyectiles mientras Cole y León echaban a correr hacia el este.
Ni siquiera intentó eliminar a alguno de los seis; sabía que no habría diferencia en la situación. La ráfaga de proyectiles explosivos había sido para retrasar su avance hasta que los dos hombres estuvieran a salvo. Su mente intentó encontrar una solución mientras aquellos animales de existencia imposible agitaban sus pinzas serradas, arrastrándose por encima de la arena y exudando más de aquella extraña pasta blanca.
Una granada, pero ¿cómo logro que estén todos juntos?, ¿cómo evitamos que nos alcance la metralla…?
El más cercano de los escorps estaba quizás a una docena de pasos cuando John se dio la vuelta y echó a correr, moviéndose todo lo deprisa que pudo en aquel calor achicharrante, con la adrenalina a cien y subiendo. León y Cole estaban a unos cincuenta metros por delante de él, avanzando tambaleantes por la arena, con León corriendo de lado, vigilando delante y detrás, trazando semicírculos con su semiautomática.
John se arriesgó a mirar a su espalda, y vio que las criaturas escorpión seguían aproximándose. Se arrastraban con mayor lentitud, pero sin detenerse. Sus cuerpos con aguijón seguían dejando escapar un rastro de fluido blanco, y mantenían sus largas y extrañas pinzas en alto, abriéndose y cerrándose sin parar. Además, iban ganando velocidad de nuevo con cada paso que daban, un enjambre de bichos no muertos que querían cenar…
Un enjambre, un enjambre reunido…
Puede que no tuvieran otra oportunidad mejor. John dejó caer el rifle, que le quedó colgando de un modo raro del cuello, y metió una mano en su mochila de cadera sin dejar de correr a bastante velocidad. Sacó una de las granadas, le quitó el seguro y se dio la vuelta, trotando de espaldas. Intentó calcular la distancia mientras repasaba frenéticamente las instrucciones de uso de la granada M68 en su mente, con los escorps a veinte o veintiún metros a su espalda.
… espoleta de impacto, se arma dos segundos después del impacto, temporizador de seis segundos…
—¡Granada! —gritó, y arrojó el artefacto al aire, rezando para que hubiera calculado bien mientras se daba la vuelta y se tiraba de cabeza al suelo. La granada todavía estaba en el aire cuando aterrizó al otro lado de la duna.
John se metió braceando en ella, utilizando toda su considerable musculatura, y se enterró bajo la arena caliente, quedándose ciego y sin respiración. Hacía más fresco bajo la superficie, y las oleadas de partículas de arena se aplastaron contra su cara e intentaron meterse en su boca y en su nariz, pero no pudo pensar en otra cosa que no fuera meter las piernas bajo la superficie… y en lo que los fragmentos de metal de la explosión podían hacerle a la carne humana.
Dio una última y desesperada patada y…
¡BOOUUMM!
Se produjo un tremendo movimiento a su alrededor, y sintió una presión brutal contra la pared de arena que le cubría y contra él mismo. El peso de su refugio sobre su espalda aumentó enormemente, obligándole a vaciar el aire de sus pulmones. Le hizo falta toda su fuerza para levantar una mano y poder taparse la boca con ella para así lograr respirar de forma entrecortada. Comenzó a abrirse paso hasta la superficie, retorciéndose y dando patadas.
León, consiguieron ponerse a cubierto a tiempo, ha funcionado…
Luchó contra las corrientes de granulos pulidos que seguían bajando por la ladera, e inspiró profundamente antes de utilizar las dos manos para apartar la pesada arena. Salió en pocos segundos, chorreando granos por todos lados y con los irritados ojos, llorosos. Se los limpió con una mano y empuñó el M-16 de nuevo mientras miraba a su alrededor en busca de la amenaza… que ya no era una amenaza. La granada debió caer justo delante de ellos: de los seis escorpiones mutantes que les habían estado persiguiendo, cuatro estaban hechos pedazos. John vio una pinza que todavía se abría y cerraba de forma espasmódica en mitad de un charco de la sustancia blanca, una cola con el aguijón todavía en su extremo sobresaliendo de un lado de la duna, una pata, otra pata. El resto era irreconocible, tan sólo se trataba de grandes trozos de carne húmeda esparcidos en un amplio semicírculo irregular.
Los dos escorps situados en la retaguardia del enjambre todavía estaban vivos y casi enteros, pero estaba claro que no se iban a levantar de nuevo: sus cuerpos estaban casi intactos, pero sus ojos y su boca, las extrañas mandíbulas, los «rostros», habían desaparecido.
De hecho, han quedado hechos polvo. No hay cantidad suficiente de esa mierda blanca que pueda tapar eso…
—¡John!
Se giró y vio a León y a Cole caminar hacia donde él estaba, con una expresión de asombro en ambas caras. John se permitió sentir un momento de orgullo absoluto y completo mientras los miraba acercarse. Había estado genial, en el cálculo de tiempo, en la puntería, en todo.
Bueno, el verdadero soldado no recibe felicitaciones por el trabajo bien hecho. Le es suficiente saberlo…
Para cuando llegaron hasta su altura, ya tenía otra vez los pies en el suelo. Pensar en la situación en la que se encontraban fue suficiente. Estaban en mitad de un terreno de pruebas de unos maníacos en el que estaban metidos por culpa de un loco de Umbrella. Su equipo se encontraba dividido y separado, disponían de una munición limitada y no tenían un modo claro de salir de allí.
Muy bien, pero estás jodido. Darte palmaditas en la espalda es tan útil como darle aspirina a un muerto: no sirve de nada.
Aun así, al ver la débil esperanza que se reflejaba en los rostros sudorosos y acalorados de los otros dos compañeros… La esperanza podía ser falsa, pero muy pocas veces era algo malo.
—Todavía puede que haya más de esos bichos —dijo mientras limpiaba de arena el M-16—. Vamonos de aquí.
… clicclicclicclic…
Aquel sonido de nuevo. Todos se quedaron inmóviles, mirándose los unos a los otros. No sonaba cerca, pero en algún lugar al otro lado de la duna, quedaba al menos un escorp con vida.
David había detectado la luz, quizás a medio kilómetro al suroeste de donde se encontraban, pero no se había acercado más. Claire pensó que, si no fuese por el frío, se hubiera sentido aliviada. Las probabilidades de que alguien los encontrara en aquellos interminables kilómetros de oscuridad eran casi nulas. Los tipos de Umbrella la habían fastidiado. Incluso con el foco del helicóptero, que al parecer no estaban dispuestos a utilizar, sería cuestión de pura suerte que tropezaran con ellos tres.
Aunque a lo mejor eso sería una suerte para nosotros. Quizá tienen café y mantas, chocolate caliente, sidra especiada…
—Claire, ¿cómo estás?
Se esforzó por impedir que sus dientes castañetearan, pero no lo logró. Llevaban así una hora, probablemente más.
—Tengo bastante frío, David. ¿Y tú?
—Lo mismo. Menos mal que nos hemos puesto ropa de abrigo, ¿eh?
Si era un chiste, ella no le vio la gracia. Claire se acercó más a Rebecca, preguntándose cuándo había dejado de sentir las extremidades. No sentía las manos en absoluto, y la cara parecía estar punto de congelarse y quedarse hecha un máscara, a pesar de que haber estado cambiando de posición de forma casi constante. David estaba al otro lado de Rebecca, y los tres estaban tan acurrucados como les era humanamente posible. Rebecca no se había despertado, pero su respiración era lenta y acompasada. Al menos, ella estaba descansando cómodamente.
Por lo menos, uno de nosotros…
—Ya no debe faltar mucho —dijo David—. Unos veinte o quizá veinticinco minutos. Dejarán un hombre o dos de guardia y luego se marcharán.
—Sí, eso dijiste —le contestó Claire—. Pero ¿cómo calculas el tiempo?
Sentía que sus labios ya se habían convertido en trozos de hielo.
—Búsqueda a lo largo del perímetro, de quizá medio kilómetro de extremo a extremo, y suponiendo que dispongan de seis o menos hombres, calculo…
—¿Por qué?
La voz de David se estremeció por el frío.
—Tres por la puerta trasera del edificio, dos abatidos en el interior, y por el ruido que hacían, yo calculo entre tres y siete hombres al otro lado. De ocho a doce hombres. Si fueran más, no habrían cabido en el helicóptero. Si fueran menos, no podrían haber cubierto las dos entradas a la vez.
Claire se quedó impresionada.
—Entonces, ¿por qué de veinte a veinticinco minutos?
—Como ya he dicho, cubrirán una cierta distancia alrededor del complejo antes de abandonar la búsqueda. Por el tamaño del complejo, entre medio y un kilómetro, y se calcula cuánto tarda un hombre en recorrer la cuarta parte de esa distancia. Vimos la luz hace más o menos una hora, y puesto que lo más probable es que cada uno hubiera tomado una dirección y buscara en ese sector únicamente… Bueno, pues de veinte a veinticinco minutos. Eso incluye el tiempo que tardarán en revisar la furgoneta. Ése es mi cálculo.
Claire sintió cómo sus labios helados intentaban sonreír.
—Te estás quedando conmigo, ¿verdad? Te lo estás inventando.
La voz de David sonó sorprendida y ofendida.
—¡No! Lo he repasado varias veces, y creo que…
—Era broma —le interrumpió Claire—. De verdad.
Se produjo un breve silencio, y luego David soltó una pequeña risa. El sonido recorrió con facilidad la fría oscuridad.
—Claro que sí. Lo siento. Creo que la temperatura ha afectado a mi sentido del humor.
Claire cambió de manos y sacó la derecha de debajo de la cadera de Rebecca para meter la izquierda.
—No, yo lo siento. No debería haberte interrumpido. Sigue, es muy interesante, de verdad.
—No hay mucho más que contar —siguió diciendo David, y ella distinguió el rápido castañeteo de sus dientes—. Querrán prestarle atención médica a sus heridos, y dudo mucho que Umbrella quiera que uno de sus helicópteros sea visto sobrevolando las llanuras de sal durante el día. Dejarán una guardia y se marcharán.
Le oyó cambiar de posición, y sintió cómo el cuerpo de Rebecca se movía cuando él cambió de postura.
—De cualquier manera, ése será el momento en el que nos pongamos en marcha. Lo primero que haremos será regresar al complejo y hacer un poco de sabotaje… y luego, ya veremos qué pasa…
El modo en que su voz fue apagándose, el buen humor forzado en su tono de voz, que apenas había logrado ocultar su desesperación… todo ello le indicó a Claire lo que él había estado pensando.
Lo que los dos hemos estado pensando.
—¿Y Rebecca? —le preguntó en voz baja.
No podían dejarla allí, se congelaría, e intentar infiltrarse de nuevo en el complejo de edificios, intentar anular a dos hombres armados mientras llevaban a cuestas una mujer inconsciente…
—No lo sé —dijo David—. Antes de que ella… dijo que quizá se recuperaría en un par de horas, si descansaba.
Claire no respondió. Resaltar lo obvio no iba a ayudar en nada.
Se quedaron callados. Claire se dedicó a escuchar la suave respiración de Rebecca mientras pensaba en Chris. El afecto que David sentía hacia Rebecca era obvio: era como el amor entre un padre y su hija. O entre un hermano y una hermana. De todas maneras, pensar en él era un modo de pasar el tiempo.
¿Qué estás haciendo ahora mismo, Chris? Trent dijo que estabas a salvo, pero ¿por cuánto tiempo? Dios, ojalá nunca te hubieran asignado a esa misión en la propiedad Spencer. O a Raccoon City, ya puestos. Luchar por la verdad y la justicia es un peñazo, hermano…
—No te estarás quedando dormida, ¿verdad? —le preguntó David. Se lo había preguntado cada vez que se habían quedado callados durante más de un minuto.
—No, estaba pensando en Chris —le respondió. Articular las palabras le costaba horrores, pero supuso que era mejor que dejar que se le congelaran los labios—. Y apuesto a que estás empezando a desear que nos hubiéramos ido a Europa, después de todo.
—Yo sí… —dijo Rebecca con voz débil—. Odio este clima…
—¡Rebecca!
Claire sonrió, incapaz de sentir el gesto, pero sin importarle lo más mínimo. Abrazó a la chica mientras David se incorporaba un poco para buscar la linterna, y aunque estaba helándose, aunque estaban separados de sus amigos, sin una ruta de escape y enfrentados a un futuro incierto, Claire sintió que la situación empezaba a mejorar.
La llamada llegó justo después de que John hiciera volar por los aires seis de los Arl2.
Reston había estado deseando poder tener palomitas hasta ese preciso momento. Los sistemas de defensa de los escorps estaban funcionando justo como las hipótesis habían predicho. El daño a los exoesqueletos se reparó incluso con mayor rapidez de la que habían esperado. Lo que no habían previsto era la tremenda fragilidad de los tejidos que unían los diferentes segmentos de los arácnidos.
Una granada. Una puñetera granada.
El deseo que había sentido por las palomitas estaba tan muerto como los Arl2. Todavía quedaban otros dos, que correteaban por el lado de la esquina suroeste, pero Reston ya no tenía mucha fe en los Arl2, y aunque se trataba de una información importante, no estaba muy seguro de que a Jackson le gustara el modo en que la había obtenido.
Querrá saber por qué no les quité los explosivos. Por qué liberé a todos los especímenes. Por qué no llamé a Sidney, al menos para que me aconsejara. Y ninguna respuesta que le dé será suficiente…
Cuando el teléfono sonó, Reston dio un tremendo respingo, casi saltando de la silla. Por un momento, estuvo seguro de que era Jackson. Aquella idea ridícula ya había desaparecido cuando levantó el auricular, pero le había hecho pensar… y le había alegrado bastante que los sujetos de las pruebas no fueran a sobrevivir a Tres.
—Reston —respondió
—Señor Reston, soy el sargento Hawkinson, del equipo de tierra blanco uno, siete, cero…
—Sí, sí —le interrumpió Reston suspirando mientras veía a Cole y a los dos individuos de los STARS reagruparse—. ¿Qué ha pasado ahí arriba?
—Esto… —Hawkinson respiró profundamente—. Señor, lamento informarle de que hubo un enfrentamiento con los intrusos y que han escapado de la instalación —dijo de un tirón, sintiéndose obviamente muy incómodo.
—¿Qué? —exclamó Reston poniéndose en pie y casi volcando al silla—. ¿Cómo? ¿Cómo ha ocurrido?
—Señor, los teníamos acorralados en uno de los almacenes, pero se produjo una explosión, dispararon a dos de mis hombres y otros tres se encuentran en estado crítico…
—¡No quiero ni oírlo! —gritó. Reston estaba furioso, incapaz de creer que semejantes incompetentes estuvieran trabajando para él—. ¡Lo que quiero oír es que no ha fracasado de un modo lamentable, que esos tres individuos no han logrado escapar de su equipo de «élite» y que no me ha llamado para decirme que no puede encontrarlos!
Se produjo un silencio momentáneo al otro lado de la línea, y Reston deseó que aquel idiota se atreviera a decirle algo, que le diera alguna razón más para hacerle la vida imposible.
En vez de eso, la voz de Hawkinson sonó adecuadamente contrita.
—Por supuesto, señor. Lo siento, señor. Voy a regresar en helicóptero a Salt Lake City y a traer a algunos de nuestros nuevos reclutas para ampliar nuestro perímetro de búsqueda. Voy a dejar a mis tres últimos hombres aquí para que monten guardia, uno al este y otro al oeste, y el tercero en el vehículo de los intrusos. Regresaré en… noventa minutos, señor, y les encontraremos, señor.
Los labios de Reston se curvaron en una sonrisa desagradable.
—Que así sea, sargento. Si no lo hace, la habrá cagado a base de bien.
Apagó el botón de conexión y arrojó el auricular sobre la consola de mando. Al menos, sentía que estaba haciendo algo para facilitar el proceso. Apretarle las pelotas a los subalternos funcionaba de maravilla: Hawkinson sería capaz de arrastrarse sobre cristales rotos con tal de conseguir algún logro, y así era como debía ser exactamente.
Reston se sentó de nuevo y se quedó mirando a los sujetos de la prueba mientras se esforzaban por avanzar sobre la duna de arena. Cole empuñaba un arma y les dirigía hacia la puerta que conectaba con Tres. Reston se preguntó si John o Rojizo sabían lo inútil que era Cole. Probablemente no, porque si le habían dado un arma…
Los otros dos escorps atacaron cuando ellos llegaron a la cima de la duna y pasaron al otro lado. A pesar de lo que había ocurrido antes, Reston observó el enfrentamiento con atención, manteniendo una última esperanza: que acabaría allí, que los hombres serían finalmente detenidos. No es que albergara ninguna duda sobre la eficacia de los Ca6 que había en la fase Tres, desde luego no sobrevivirían a aquellos…
Pero ¿qué pasa si lo hacen?¿Qué pasa si lo hacen, y luego llegan a Cuatro y encuentran un modo de salir? ¿Qué le dirás a Jackson, qué le dirás al grupo de visita cuando no queden especímenes que observar? Entonces serás tú el que la habrás cagado.
Reston hizo caso omiso de la susurrante vocecita y se concentró en la pantalla. Ambos escorps se acercaron velozmente, con las pinzas y los aguijones en alto, con sus ágiles cuerpos de insecto preparados para atacar…
Los tres hombres comenzaron a disparar en una batalla silenciosa, con los Arl2 esquivando y escurriéndose, y cayendo finalmente bajo la lluvia de balas. Reston había cerrado las manos hasta convertirlas en puños, aunque no se dio cuenta: su atención estaba centrada por completo en los escorps abatidos, esperando que se recuperaran a tiempo para atacar a los hombres antes de que llegaran a la puerta…, sólo que John y Rojizo avanzaron hacia los animales, apuntándoles con sus armas y disparándoles a los ojos. Lo hicieron de modo rápido y eficaz, y aunque los dos escorps ya se estaban moviendo para cuando los hombres se dirigieron hacia la puerta, las criaturas, cegadas, sólo podían dar vueltas por la arena. Una de ellas logró encontrar un objetivo: arqueó todo su cuerpo y su aguijón repleto de veneno extraordinariamente letal se hundió en la espalda del otro. El Arl2 atacado se dio la vuelta y atravesó el abdomen del primero con una de sus garras, empalándole. Se retorció débilmente, vivo, pero incapaz de moverse o de ver, moribundo, a su hermano muerto.
Reston sacudió la cabeza lentamente, disgustado por la pérdida de tiempo y de dinero, por los millones de dólares y de horas de investigación que se habían invertido en el desarrollo de los habitantes de las fases Uno y Dos.
Y Jackson querrá sin duda esa información. En cuanto los sujetos de las pruebas estén muertos y sus amigos sean capturados, podré poner las cosas en su sitio. Durante la visita de algunos de nuestros patrocinadores, una actuación tan mala de nuestros especímenes «estrella» habría sido un revés importante. Mejor haberlo sabido ahora…
Sí, podría salirse con la suya. Rojizo estaba abriendo la puerta que les llevaría hasta la fase Tres. A menos que tuvieran una caja llena de granadas, estarían muertos en cuestión de minutos.
Reston respiró profundamente, recordando quien tenía el control de la situación, quién estaba al mando. Hawkinson se encargaría de la situación en la superficie, Jackson se sentiría satisfecho, y los tres mosqueteros estaban a punto de ser cegados, pisoteados y devorados. No había nada por lo que preocuparse.
Reston dejó escapar el aire contenido, logrando de algún modo sonreír, aunque intranquilo, y se obligó a relajarse conectando las pantallas que le mostrarían el hábitat de los Ca6.
—Ya podéis despediros —dijo, y se sirvió otro coñac.

Capítulo 15
Del terrible y abrasador calor del cegador desierto de escorpiones pasaron al frescor sombrío de un pico montañoso. Se quedaron al lado de la puerta mientras observaban con detenimiento su nueva prueba. León se preguntó si se enfrentarían a los cazadores o a los escupidores en aquel lugar de color gris.
Gris era la ladera empinada de una montaña tachonada de rocas que se alzaba ante ellos. Grises también eran las paredes, el techo, y el serpenteante sendero que se dirigía hacia el oeste, rodeando la cima montañosa. Incluso los escasos hierbajos que había sobre y alrededor de las rocas irregulares, eran de color gris. La montaña parecía muy real, con peñascos de granito mezclados con el cemento, que había sido pintado y tallado para adaptarse a la piedra natural y formar unos riscos. El efecto general era el de un picacho solitario y barrido por el viento en lo más alto de una montaña desolada.
Excepto que no hay viento… ni ningún olor. Igual que en las otras dos, ningún olor en absoluto.
—Quizá quieras ponerte otra vez esa camiseta —le dijo John a León, pero el joven ya se estaba desanudando la prenda de la cintura. La temperatura había caído al menos cuarenta grados, y el frío estaba secando el sudor que se había formado en la fase Dos.
—¿Y adónde vamos? —preguntó Cole, nervioso y con los ojos abiertos de par en par.
John señaló en diagonal a través de la estancia, hacia el suroeste.
—¿Qué te parece la puerta?
—Creo que se refería a por qué camino —le dijo León. Mantuvo la voz baja, lo mismo que los demás. No había ningún motivo para poner sobre aviso a los habitantes del lugar e indicarles dónde estaban. Sin duda, pronto entrarían en acción.
Los tres examinaron sus opciones, que eran dos: seguían el sendero gris o trepaban por la ladera gris. Cazadores o escupidores…
León suspiró en su fuero interno. Sentía el estómago hecho un nudo, y ya temía lo que fuera a ocurrir a continuación. Si lograban salir de allí, si lograban encontrar a Reston, iba a darle al señor Azul una buena tanda de patadas en el culo. Iba contra sus creencias como policía hacer algo así, pero también lo era la misma existencia de White Umbrella.
—Desde un punto de vista defensivo, yo escogería el sendero —dijo John mientras observaba la rocosa superficie de la ladera—. Podríamos quedar atrapados si subimos por ahí.
—Creo que hay un puente —indicó Cole—. Sólo arreglé una de las cámaras de este sitio, la de ahí…
Señaló hacia arriba, a la esquina de la derecha. León ni siquiera pudo verla: las paredes tenían unos veinte metros de altura, y su color monótono se confundía con el del techo. Creaba una especie de ilusión óptica que hacía parecer la estancia infinitamente vasta.
—… y yo estaba subido a una escalera y podía ver por encima de eso, más o menos —continuó explicando Cole—. Hay una garganta al otro lado, y la cruza uno de esos puentes de cuerda.
León abrió su mochila de cadera mientras Cole hablaba y le echó un vistazo a la munición que le quedaba.
—¿Cuánto queda para el M-16?
—Unos quince cartuchos, más o menos, en éste —le respondió John palmeando el cargador curvo que estaba puesto—. Otros dos llenos, con treinta en cada uno… dos cargadores para la H&K, y una granada. ¿Y tú?
—Me quedan siete balas en el puesto, otros tres cargadores y una granada. Henry, ¿has contado las veces que has disparado?
El trabajador de Umbrella asintió.
—Creo que… cinco disparos. He disparado cinco veces.
Tenía aspecto de querer decir algo más. Miró a John y a León alternativamente, y por último, bajó los ojos a sus botas sucias. John miró a León, que se encogió de hombros. No sabían nada de Henry Cole, excepto que no encajaba en aquel lugar más de lo que ellos encajaban.
—Escuchad… Sé que seguramente no es el momento ni el lugar apropiado, pero quiero deciros que lo siento. Quiero decir que sabía que había algo raro en todo esto, en Umbrella. Y sabía que Reston era un cabrón de narices, y si no hubiese sido tan estúpido o tan avaricioso, nunca os habría metido en este follón.
—Henry —le contestó León—. No lo sabías, ¿vale? Y créeme, no eres el primero al que engañan…
—Eso seguro —le interrumpió John—. En serio, el problema son los tipos de chaqueta, no gente como tú.
Cole no levantó la mirada, pero asintió, y sus estrechos hombros se relajaron, como si se sintiera aliviado. John le entregó otro cargador, y señaló con un gesto de la barbilla al sendero mientras Cole se lo metía en el bolsillo de atrás del pantalón.
—Vamos allá —dijo John, hablándoles a los dos, pero dirigiéndose en realidad a Cole. León detectó en su voz profunda un cierto tono de ánimo a Cole que le sugirió que el trabajador de Umbrella empezaba a caerle bien—. Si la cosa se pone muy fea, nos retiramos a Dos. Permaneced unidos, en silencio, e intentad dispararles a la cabeza o a los ojos… suponiendo que tengan ojos.
Cole sonrió levemente.
—Yo me quedo en retaguardia —dijo León, y John asintió antes de separarse de la puerta y girar a la izquierda.
El aire frío seguía tan silencioso como desde el primer momento que habían entrado en el lugar. No se oían más ruidos que los que ellos producían. León se colocó el último de la fila, y Cole comenzó a avanzar lentamente por delante de él.
El sendero era estriado, como si alguien hubiese pasado un rastrillo por su superficie antes de que se secara el cemento. La «cima» quedaba a mano derecha mientras que el sendero se extendía algo más de veinte metros hacia delante antes de girar bruscamente hacia el sur y desaparecer detrás de una colina abrupta y pedregosa.
Habían avanzado unos quince metros cuando León oyó un leve repiqueteo de rocas a su espalda. Grava suelta que caía por la ladera.
Se dio la vuelta sorprendido, y vio al animal cerca de la punta de la cima, a unos diez metros por encima de ellos. Lo vio pero no estuvo seguro de lo que veía, excepto que estaba caminando, deslizándose hacia abajo sobre cuatro gruesas patas, como una cabra montes.
Como una cabra despellejada. Como… como…
Como nada que hubiera visto en su vida, y casi había llegado al suelo cuando oyeron un sonido húmedo y gorgoteante en algún lugar por delante de ellos. Eran unos sonidos parecidos al de una garganta cargada de flema al carraspear, o al de un perro que gruñera con la boca llena de sangre… y estaban atrapados, incapaces de huir, porque los terribles sonidos comenzaron a llegar desde los costados.
Regresar al complejo de edificios fue tremendamente fácil. Rebecca necesitó ayuda para poder subir por la valla, pero parecía estar mejor a cada minuto que pasaba, y ya había recuperado buena parte de su sentido del equilibrio y de la coordinación. David estaba más aliviado de lo que estaba dispuesto a admitir, y casi tan agradecido a la guardia de Umbrella, o más bien, de su falta. Tres hombres, dos en la valla y otro en la furgoneta: era algo patético.
Volvieron en cuanto el helicóptero despegó y se dirigieron hacia el sur, estirando los músculos helados mientras atravesaban la oscuridad en silencio. Cuando llegaron a unas pocas decenas de metros, David las dejó atrás para efectuar un rápido reconocimiento, y luego regresó y condujo a sus dos temblorosas compañeras hasta pasar la valla y entrar en el complejo. David sabía que tenían que encontrar un sitio seguro y a resguardo del frío antes de encargarse de los guardias, para repasar su plan y comprobar mejor el estado de Rebecca. Escogió el edifico más obvio: el que estaba en el centro. En su techo se podían ver dos antenas de plato para satélites y una serie de antenas normales, además de un conducto protegido que bajaba por una de las paredes. Si no se equivocaba, era un centro de comunicaciones, y era exactamente donde quería estar.
Y si me equivoco, hay otros dos donde mirar. Uno será el edificio del generador, y seguro que tiene alguna clase de climatizador. Puedo dejarlas allí y dedicarme al sabotaje yo solo…
Habían pasado la valla por el lado sur. David estaba pasmado de lo mal que los de Umbrella habían previsto su posible regreso. Los dos hombres que estaban vigilando el perímetro estaban situados delante y detrás, como si no hubiera ninguna posibilidad de que alguien entrara por otro lado. En cuanto estuvieron dentro, David dirigió al grupo hacia el extremo más alejado del último edificio de la línea y les indicó que se acercaran.
—El edificio de en medio —les susurró—. No debería estar cerrado con llave, si es lo que yo me imagino, pero lo más probable es que la luz de dentro esté encendida. Yo entraré primero, y luego os haré una señal para que me sigáis. Si escucháis disparos, meteos dentro todo lo deprisa que podáis. Permaneced cerca de los edificios y agachadas mientras nos acercamos. ¿Vale?
Claire y Rebecca asintieron al unísono. Rebecca seguía apoyándose en Claire. Aparte de una ligera cojera, parecía estar bien. Les había dicho que todavía estaba un poco mareada y que le dolía la cabeza, pero al parecer, los pensamientos confusos y erráticos que tanto la habían atemorizado habían desaparecido.
David se dio la vuelta y comenzó a avanzar a lo largo de la pared del edificio más cercano a la valla, aprovechando todas las sombras y mirando hacia atrás con frecuencia para asegurarse de que sus compañeras le seguían. Llegaron a la esquina de la pared encarada al oeste y la doblaron con rapidez, después de que David comprobara dónde estaba el guardia estacionado al oeste. Estaba demasiado oscuro como para ver apenas nada, pero había una sombra más oscura que las demás apoyada en la verja metálica, y eso lo delató. David alzó su M-16 y le apuntó, preparado para disparar si les veía.
Mala suerte que no podamos dispararle ahora mismo…, pero un disparo alertaría a los demás, y aunque a David no le preocupaba el otro guardia de la verja, el que estaba apostado en la furgoneta podía resultar un problema: estaba lo bastante lejos como para mandar un mensaje por radio antes de bajar a comprobar qué ocurría.
Estos dos serán bastante fáciles, pero ¿cómo acercarse al otro? No existía ninguna clase de cobertura si el guardia de la furgoneta detectaba su acercamiento…
Eso podía esperar. Tenían tareas por delante antes de tener que preocuparse por los guardias. David se mantuvo agazapado y les indicó a Rebecca y a Claire que cruzaran, sin dejar de apuntar a la sombría figura de la valla. Contuvo el aliento mientras cruzaban el espacio abierto, pero lograron pasar sin apenas hacer ruido.
David las siguió en cuanto estuvieron al otro lado, y sus años de entrenamiento le permitieron moverse tan silenciosamente como un fantasma. Se relajó un poco en cuanto estuvieron bajo la cobertura de la sombra del edificio: lo peor ya había pasado. Podían llegar hasta la estructura central bajo la densa oscuridad del pasillo formado por los edificios.
Llegaron a su destino en menos de un minuto. David les hizo un gesto a sus compañeras para que esperaran y cruzó el trecho que quedaba hasta la puerta, donde se detuvo. Tocó el frío metal del pomo de la puerta y lo bajó, asintiendo para sí mismo cuando oyó el leve clic de la cerradura al abrirse.
Es el centro de comunicaciones. El jefe del equipo lo ha dejado abierto para que puedan entrar los hombres que ha dejado aquí y tengan acceso a la conexión por satélite por si regresamos.
Era una intuición, pero acertada.
Había llegado el momento de rezar para tener un poco de suerte: si las luces estaban encendidas, abrir la puerta sería como encender un faro para cualquiera que tan sólo estuviese mirando de reojo. Los guardias estaban mirando al exterior del complejo cuando había efectuado el reconocimiento, pero eso no significaba nada.
David respiró profundamente, abrió la puerta, y se dio cuenta de que había poca luz mientras entraba y cerraba la puerta a su espalda. Se recostó en la puerta y contó hasta diez, luego se relajó, inhalando agradecido el aire tibio mientras examinaba el interior. La estructura en forma de almacén había sido dividida al parecer en pequeñas estancias, y en la que él había entrado estaba repleta de equipos de ordenador, de gruesos cables que cruzaban el suelo y subían por las paredes, de conectores de satélites…
Todo lo que comunica esta instalación con el mundo exterior.
David pulsó el interruptor de la pared y apagó la única luz del techo. Sonrió y les abrió la puerta a Claire y a Rebecca para que entraran.
—¡Contra la pared! —gritó León, y Cole lo hizo antes ni siquiera de saber por qué. El sonido carraspeante parecía proceder de algún lugar por delante de ellos… y entonces vio a la criatura que se acercaba lentamente desde detrás, lo que hacía imposible la retirada, y logró reprimir a duras penas un grito. Se detuvo a unos cinco o seis metros de ellos, y a Cole le pareció que seguía sin verlo bien de lo extraño que era.
Oh, Dios, ¿qué es eso?
Tenía cuatro patas acabadas en pezuñas hendidas, como una cabra o un carnero, y tenía aproximadamente el mismo tamaño… pero no tenía pelo, ni cuernos, ni nada que pareciera un desarrollo propio de la naturaleza. Su cuerpo esbelto estaba cubierto de unas pequeñas escamas de color marrón rojizo, como la piel de una serpiente, pero en tono apagado en vez de brillante. A primera vista parecía que estaba cubierto de sangre reseca. Su cabeza tenía aspecto de anfibio, como la de una rana: un rostro liso y sin orejas, unos pequeños ojos oscuros que sobresalían a los lados, una boca demasiado ancha, en la que de su saliente mandíbula inferior asomaban unos dientes afilados. Era una mandíbula de bulldog en una cabeza cubierta de escamas de sangre reseca.
Aquel ser abrió la boca y dejó al descubierto unos pocos dientes afilados, tanto en la mandíbula superior como en la inferior, pero ninguno de ellos en la parte frontal, y aquel terrible sonido gorgoteante surgió de la oscuridad de su garganta. La extraña llamada fue respondida por otras, procedentes de algún punto al otro lado de la cima artificial.
La llamada aumentó y se alargó, haciéndose más profunda y fuerte cuando el ser levantó la cabeza, girando su cara asquerosa hacia el techo… y luego la bajó de repente, con un movimiento rápido e inesperado, y les escupió. Un grueso y pegajoso escupitajo rojizo de una sustancia semilíquida cruzó el espacio que les separaba, hacia León… y el joven levantó el brazo para detenerlo al mismo tiempo que John comenzaba a disparar, alejándose de la pared y acribillando al monstruo escupidor a balazos.
La sustancia impactó a León de lleno en el brazo, y le hubiera dado en la cara si no la hubiera parado. El escupidor, por toda respuesta a la lluvia de balas, se giró y saltó por la ladera de la montaña artificial. Subió dando largos saltos sin aparente esfuerzo y llegó a la cima en pocos segundos, sin mostrar señal alguna de pánico o de frenesí. Trotó unos seis o siete metros y luego bajó con agilidad de nuevo al suelo, deteniéndose delante de la puerta que llevaba a Dos, como si supiera que estaba impidiendo su huida.
Y ni siquiera ha pestañeado, me cago en…
Los múltiples gritos, cuyos causantes permanecían fuera de la vista, no elevaron su volumen, pero tampoco cesaron. Los sonidos gargajeantes sí pararon, poco a poco, ya que no había presas contra las que escupir. De repente, todo se quedó en silencio de nuevo, tan tranquilo como cuando habían entrado por primera vez.
—¿Pero qué demonios era eso? —dijo John al mismo tiempo que sacaba otro cargador de su macuto, con una expresión de absoluta incredulidad en su rostro.
—Ni siquiera estaba herida —susurró Cole, empuñando su nueve milímetros con tanta fuerza que empezó a perder la sensibilidad en los dedos. Apenas lo notó, porque estaba observando cómo León tocaba el pegote húmedo y abultado que le manchaba la manga… y lanzaba un siseo de dolor, retirando la mano como si se la hubiera quemado.
—Esto es venenoso —les dijo.
Se secó rápidamente los dedos en la sudadera y luego los mantuvo en alto. Las puntas de sus dedos índice y corazón se habían puesto tremendamente rojas. Enfundó inmediatamente su pistola y se quitó la camisa negra, procurando no tocar de ningún modo el fluido ácido, dejándola caer al suelo.
Cole se sintió enfermo. Si León no lo hubiera parado con el brazo…
—Vale, vale, vale —dijo John con el ceño fruncido—. Esto pinta mal, así que queremos salir de aquí lo antes posible… ¿Dices que hay un puente?
—Sí, pasa por encima de la, mm…, trinchera —le respondió Cole rápidamente—. Mide unos seis o siete metros de ancho, pero no vi lo profunda que era.
—Vamos —dijo John.
Comenzó a caminar a grandes pasos hacia el punto donde el sendero giraba y quedaba fuera de la vista. Cole le siguió, con León justo a su espalda. John se detuvo a unos tres metros de aquella curva y se pegó a la pared de nuevo, mirando de reojo a León.
—¿Quieres cubrirme, o te cubro yo? —le dijo León.
—Cúbreme —le respondió John—. Yo salgo el primero y atraigo su atención. Tú echas a correr, con Henry pegado a tus talones, y con la cabeza agachada, ¿entendido? Cruzad, llegad hasta la puerta, y si podéis, me ayudáis…
El rostro de John estaba completamente serio.
—Y si no podéis, no podéis.
Cole volvió a notar una sensación muy familiar, la de vergüenza.
Me están protegiendo, ni siquiera me conocen y yo les he metido en este follón…
Si pudiera hacer algo para devolverles el favor, lo haría, aunque de repente estuvo bastante seguro de que jamás podría pagar del todo su deuda. Le debía la vida a aquellos tipos, y por lo menos un par de veces ya.
—¿Listos?
—Espera… —le dijo León, y regresó al trote al lugar donde había dejado caer la sudadera.
El escupidor apostado al lado de la puerta permaneció tan silencioso e inmóvil como una estatua, observándoles. León recogió la prenda del suelo y se apresuró a regresar con sus compañeros mientras sacaba una navaja de su mochila de cadera. Cortó la manga manchada y la tiró, luego le entregó el resto de la prenda a John.
—Si te vas a quedar de pie y quieto, mantén cubierta la cara —le indicó León—. Puesto que parece que las balas no les afectan, no tendrás por qué ver ni disparar. Te daré un grito en cuanto estemos al otro lado. Y si no es seguro, yo…
Los gritos de llamada sonaron de nuevo, y a Cole le recordaron, por algún motivo, el chirrido de las cigarras, el soniquete casi mecánico de las cigarras en una calurosa noche de verano. Tragó saliva con dificultad e intentó convencerse de que estaba preparado.
—Se acabó el tiempo —les dijo John—. Preparaos para salir pitando…
Levantó la sudadera y entonces, sorprendentemente, le sonrió a León.
—Pero tío, tienes que gastarte más dinero en un buen desodorante. Apestas como un perro muerto.
John se colocó la sudadera sobre la cabeza sin esperar una respuesta, pero dejó un hueco por debajo para poder ver el suelo. Salió al trote a terreno abierto con la cara hacia abajo, y León y Cole se pusieron tensos…
Oyeron un rápido patpatpatpat, y la tela que cubría el rostro de John quedó cubierta de repente de grandes hilachos de aquel espeso veneno rojo. Él les hizo un gesto brusco con la mano…
—¡Vamos! —gritó León, y Cole echó a correr detrás de él con la cabeza agachada, viendo tan sólo las botas de León una detrás de la otra, lo mismo que sus delgadas piernas, con el suelo de roca gris convertido en un borrón. Oyó otro grito gorgoteante a su izquierda y se agachó todavía más, aterrorizado…
A continuación oyó el chasquido de la madera justo delante de él, y un instante después, se encontraba sobre el puente, con las planchas de madera atadas con cuerdas de fibra vegetal, crujiendo bajo sus pies. Vio el abismo en forma de V más abajo, vio que era profundo, que había sido excavado en la tierra bajo Planeta, unos doce o quince metros… y la roca gris apareció de nuevo antes de que le diera tiempo a sentir vértigo. Siguió corriendo, pensando en lo maravilloso que era tener que prestar atención tan sólo a las botas de León, con el corazón golpeándole con fuerza contra el esternón.
Segundos o minutos después, no lo supo con seguridad, las botas bajaron de ritmo y Cole se atrevió a levantar la vista. La pared, ¡la pared, y allí estaba la puerta! ¡Lo habían logrado!
—¡John, vamos! —gritó León con todas sus fuerzas, regresando unos pocos pasos por el mismo camino que ya había recorrido, con su semiautomática empuñada y preparado para disparar—. ¡Vamos!
Cole se giró y vio a John quitarse la improvisada capucha negra, vio al puñado de escupidores reunidos delante de él, en un grupo de seis o siete de ellos, gritando de nuevo. John atravesó el grupo, y al menos dos de ellos le escupieron, pero iba demasiado deprisa, lo bastante como para que sólo le rozaran un hombro, por lo que Cole pudo distinguir. Las monstruosas criaturas comenzaron a perseguirlo con su movimiento saltarín, no tan veloces, pero casi.
¡Corre, corre, corre!
Cole apuntó con su nueve milímetros hacia los escupidores, listo para disparar si conseguía tener una línea de tiro despejada, mientras John llegaba al puente… y desaparecía.
El puente se hundió, y John desapareció.

Capítulo 16
John sintió que el puente se hundía unos cuantos centímetros antes de que las cuerdas se partiesen. Alzó las manos de un modo instintivo sin dejar de correr, pensando que lograría llegar… y un instante después, estaba cayendo. Las rodillas golpearon contra un suelo de planchas de madera en movimiento, y sus manos se cerraron sobre lo primero sólido que tocaron…
Todo lo que oyó fue el sonido del aire al pasar rápidamente junto a su oído, luego, los nudillos de su mano derecha chocaron contra la roca, y descubrió que estaba colgando sobre un barranco bastante profundo, con un trozo de madera suelta en su mano izquierda. Había logrado agarrarse a una de las planchas que seguían amarradas a la cuerda del puente, que colgaba de uno de los lados. Los dos cabos que lo habían mantenido sujeto al lado norte de la hondonada se habían partido.
John dejó caer el trozo inservible de madera y lo oyó estrellarse contra el fondo del barranco junto a varias piezas que se habían soltado. Intentó levantar el brazo para agarrarse mejor… y ¡plaf!, un pegote de mucosidad roja apareció de repente justo delante de él, a un palmo a la derecha de su cara, y empezó a escurrirse por la pared del barranco hasta formar un hilo de baba.
Menuda mierda…
¡Bangbangbang!
Alguien estaba disparando una nueve milímetros, y el chasquido creciente de los escupidores preparándose para arrojarle más babas, le indicó que tenía que subir ya.
Alzó el brazo de nuevo y flexionó los bíceps, la tela de su sudadera se tensó cuando se agarró a una de las rocas salientes y se elevó unos centímetros. Unos disparos sonaron de nuevo por encima de él, más cercanos, y luego oyó un grito de León que fue interrumpido por el tronar de nuevos disparos.
Muy bien, chicos. Ya voy…
Ascender subiendo una mano tras otra era una putada, sobre todo con los nudillos sangrando y un rifle colgando del cuello, pero pensó que lo estaba haciendo bastante bien, y alargó el brazo para agarrarse al siguiente asidero cuando una humedad tibia cubrió el dorso de su mano derecha, y le dolió, era como el ácido, abrasaba…
Soltó aquella mano, sacudiéndola para quitarse de encima el frío ácido y frotándosela de forma frenética contra la sudadera. Se mantuvo agarrado al tembloroso puente con la mano izquierda, pero por los pelos, pues el dolor era un fuego enloquecedor. Fue lo único que pudo hacer para resistirse a su instinto natural, que era taparse la herida con la otra mano, y por la comezón que empezó a sentir en los dedos, pensó que no tendría que preocuparse mucho más por ello.
—¡Ya está aquí!
Un grito histérico directamente encima de él. John alzó la cabeza y vio a Cole agachado sobre el borde del barranco, con su camisa de trabajo subida hasta taparle la nariz y con una mirada en los ojos entre frenética y atemorizada.
—¡John, dame la mano! —le instó, y alargó el brazo todo lo que pudo, varios trozos de cemento cayeron al ser desprendidos por las suelas de sus botas. Si dijo algo más, John no lo pudo oír por los nuevos estampidos del arma de León, que intentaba mantener a raya a los escupidores.
John sólo tardó una fracción de segundo en reaccionar a la orden de Cole, y en ese breve instante, se dio cuenta de que se caería. Henry Cole medía como mucho un metro setenta de altura, y probablemente pesaba unos sesenta y cinco kilos. Con ropa mojada puesta. Lo que era todavía mejor, parecía una especie de tortuga enloquecida metida en el interior de su caparazón.
Esto es demasiado divertido.
Divertido, y frenéticamente conmovedor, y aunque la puñetera mano todavía le dolía a base de bien, había olvidado por completo el dolor durante uno o dos segundos.
John sonrió e hizo caso omiso de los temblorosos dedos de Cole, y se obligó a sí mismo a concentrarse en subir con su mano herida. Oyó más gritos reverberantes a su espalda, pero por el momento no cayeron nuevas bombas de saliva corrosiva.
—Dile a León que utilice su granada —dijo entre jadeos, y Cole se giró, gritando para hacerse oír por encima de otra andanada de disparos de la semiautomática de León.
—… ¡tu granada! John dice que utilices tu granada!
—¡Todavía no! —le gritó León por respuesta—. ¡Que salga de ahí!
Plaf, plaf. Otros dos salivazos cruzaron el barranco; uno le dio de lleno a Cole en la bota, y el otro cayó a escasos centímetros de la cara de John.
Ponte las pilas, John…
John se agarró a la madera del extremo superior con un tremendo gruñido final y se alzó otro trecho, tiró de nuevo de sí mismo y de repente tuvo que agacharse para poder poner la rodilla sobre el suelo.
—¡Ya estoy aquí, vamonos!
Cole, la tortuga loca, no necesitaba más incentivos. Empezó a correr mientras León continuaba cubriendo a John y éste corría encorvado hacia él y metía su mano herida en la mochila de cadera sacando su última granada. Ya le había quitado la anilla de seguridad cuando vio que León tenía la suya en la mano.
—¡Hazlo! —le gritó John cuando llegó a su lado.
León echó el brazo atrás y arrojó bien alto la potente carga explosiva hacia los escupidores. Ambos echaron a correr, y John echó un vistazo a su espalda y vio que tres o cuatro de los animales ya habían saltado al interior del barranco.
No había tiempo para pensar. John arrojó su granada hacia abajo con toda la fuerza que pudo, y el artefacto desapareció en el vacío al mismo tiempo que la de León caía justo delante de las otras criaturas…
Un momento después, los dos se tiraron de cabeza al suelo y rodaron sobre sí mismos. Las explosiones fueron casi simultáneas, ¡BOOUUUMM! Oyeron el ruido de los trozos de roca cayendo y los chillidos increíblemente agudos que sonaban procedentes de algún lugar…
—¡Los habéis pillado! ¡Los habéis pillado!
Cole estaba de pie delante de ellos, con una expresión de júbilo incontenible y de no poco asombro en su estrecho rostro. John se irguió, León le imitó, y ambos se giraron para ver lo ocurrido.
No los habían matado a todos. Dos de los cuatro que se habían quedado al otro lado estaban casi intactos, vivos… pero cegados y rotos, con las patas partidas y con un fluido negro que tapaba lo que quedaba de sus caras mientras chillaban de rabia, como el mismo sonido de un conejillo de indias al ser pisado. Los otros dos debieron estar situados justo delante de la explosión: no eran más que bolsas de carne rotas y sangrantes, con huesos que sobresalían del montón de restos como… como huesos rotos. Del barranco artificial también salían chillidos agudos, y del mismo no surgió ninguna criatura dispuesta a atacarlos. Aquel enfrentamiento se había acabado a todos los efectos.
John se puso en pie y miró detenidamente el dorso de la mano herida. Al contrario de lo que se esperaba por lo que había sentido, la piel no se había derretido. Vio que se estaban formando unas cuantas ampollas, y que la piel parecía quemada, pero no estaba sangrando.
—¿Estás bien? —le preguntó León mientras se ponía en pie y se sacudía la ropa. Sus rasgos juveniles ya no le parecieron tan juveniles a John.
No pienso volver a llamarle novato.
John se encogió de hombros.
—Creo que me he roto una uña, pero sobreviviré.
Vio que Cole seguía mirándolos, con el cuerpo todavía tembloroso por la adrenalina descargada que seguía en su cuerpo. Parecía incapaz de encontrar las palabras adecuadas para hablar, y John recordó de repente y con toda claridad cómo se había sentido después de su primer combate, el primero en el que había actuado con valentía. Lo exultante que se había notado sin poder evitarlo. Lo increíblemente vivo.
—Henry, eres un tipo curioso —le dijo a Cole al mismo tiempo que le daba una palmada en la espalda al hombrecillo y le sonreía.
El electricista le sonrió a su vez, inseguro, y los tres se dirigieron hacia la puerta que los conduciría hasta la fase Cuatro, dejando atrás los furiosos chillidos de los animales moribundos.
Cuando el polvo se aclaró y vio que los tres hombres seguían con vida, Reston golpeó con el puño el tablero de mandos sintiendo a la vez ira y un miedo creciente. El estómago le dio un salto, y se quedó con los ojos abiertos de par en par por la incredulidad que sentía.
—¡No, no, no, estúpidos cabrones, estáis muertos!
La voz le salía un poco pastosa, pero estaba demasiado asombrado como para darse cuenta, demasiado cabreado. No sobrevivirían a los cazadores, de eso estaba seguro…
Pero tampoco hubieran tenido que sobrevivir a los Ca6.
Reston no podía creerse que hubieran llegado hasta allí. No podía creerse que de los veinticuatro especímenes con los que se habían enfrentado, sólo hubiese sobrevivido uno de los dáctilos, y que todos los demás habían acabado muertos o moribundos. Sobre todo, no podía creerse haber permitido que siguiera aquella situación, que su orgullo y ambición le hubieran impedido hacer lo que tendría que haber hecho en primer lugar. No es que estuviese fuera de su terreno, pertenecía al círculo interior, ya tenía superadas toda aquella clase de inseguridades… pero debería haber hablado con Sidney, al menos, o con Duvall. No en busca de consejo, sino para cubrirse las espaldas. Después de todo, no podía ser responsable de todo aquel asunto si había consultado a uno de los otros miembros más antiguos…
Todavía no era tarde. Llamaría y les explicaría su plan, les explicaría que estaba algo preocupado… Podía decir que los intrusos todavía estaban en la fase Dos, eso ayudaría, ya modificaría la hora que aparecía en los vídeos más tarde… y los cazadores ya habían sido puestos a prueba con anterioridad, en cierto sentido, no los de la clase 3K, pero sí los 121. Algunos se habían escapado de la propiedad Spencer, y por los datos que se habían recopilado sobre aquello, sabía que los tres hombres morirían en la fase Cuatro. Incluso si no los mataban, no podrían salir de allí, y con el apoyo de la oficina central, casi se saldría con la suya y quedaría limpio.
Satisfecho por haber tomado la decisión correcta, Reston alargó la mano bajo el tablero de control y levantó el auricular.
—Umbrella, Divisiones Especiales y…
Silencio. La suave voz femenina al otro lado de la línea se interrumpió en mitad de la frase, ni siquiera se oía el ruido de la estática.
—Soy Reston —dijo con un tono de voz perentorio, y se dio cuenta de que una sensación helada se estaba apoderando de su corazón, ahogándolo—. ¿Hola? ¡Soy Reston!
Nada. De repente, un momento después, se dio cuenta de que la luz de la estancia había cambiado, de que se había hecho más intensa. Se dio la vuelta sobre la silla, deseando fervientemente no ver lo que le parecía que era…
En toda la hilera de pantallas que mostraban lo que ocurría en la superficie sólo se veía estática. Las siete, fuera de servicio…. y pocos segundos después, antes de que Reston ni siquiera pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, las siete se apagaron de golpe y se quedaron completamente negras.
—¿Hola? —le susurró al teléfono inútil, y su febril aliento cargado de alcohol empañó el auricular. Silencio.
Estaba solo.
Andrew “Asesino” Berman tenía un frío de narices, además de estar aburrido y de preguntarse por qué el sargento se había molestado en poner a nadie de guardia al lado de la furgoneta. Los malos no iban a volver, ya se habían marchado hacía rato… e incluso si decidían regresar, estaba muy claro que no iban a intentar llegar hasta su vehículo. Sería un suicidio.
O tienen otro coche de apoyo o se han helado en algún lugar de esa llanura. Esto es una mierda.
Andy se subió la bufanda hasta las orejas, y flexionó los dedos para agarrar mejor su M41. Cinco kilos de rifle no parecían mucho peso, pero llevaba mucho rato de pie. Si el sargento no regresaba pronto, se metería en la furgoneta durante un rato, descansaría los pies y se quitaría el frío del cuerpo. No le pagaban lo bastante como para que se le congelaran las pelotas en la oscuridad.
Se apoyó en el parachoques trasero y se preguntó de nuevo si Rick estaría bien. No conocía demasiado a los demás tipos a los que les había pillado la granada de fragmentación, pero Rick Shannon era su colega, y estaba cubierto de sangre cuando lo metieron en el helicóptero.
Que esos cabrones se atrevan a volver y yo les dejaré ensangrentados a ellos…
Andy sonrió al pensar que lo habían apodado Asesino por algo. Era un tirador de narices, el mejor de su equipo, y era el resultado de toda una vida cazando ciervos.
Y también era un tipo helado, aburrido, cansado e irritable. Menuda mierda de obligación. Si el trío de capullos aparecía de nuevo, se comía los calzoncillos.
Todavía estaba pensando en ello cuando oyó la voz suave y gimoteante que surgió de la oscuridad.
—Ayúdenme, por favor… No me disparen, por favor, ayúdenme. Me han disparado…
Una voz dulce y femenina. Una voz atractiva, y Andy agarró su linterna e iluminó la oscuridad, descubriendo a la propietaria de la voz a menos de diez metros de él.
Era una chica, vestida con ropas negras ceñidas, y que se tambaleaba en su dirección. Estaba desarmada y herida, iba cojeando de una pierna, con el rostro descubierto, pálido y vulnerable bajo la luz de la linterna.
—Eh, quieta —le dijo Andy, aunque no con demasiada rudeza.
Era joven, y aunque él mismo sólo tenía veintitrés años, ella parecía incluso más joven que él, apenas mayor de edad. Y una mayor de edad bastante buena.
Andy bajó un poco el cañón de su arma pensando en lo bien que estaría ayudar a una dama en apuros. Puede que ella fuera una de aquellos tres criminales, lo más probable es que así fuera, pero era obvio que no representaba una amenaza para él. Podía retenerla hasta que regresara el helicóptero, y quizás ella se mostraría agradecida por su ayuda…
Comportarse como un héroe es un buen modo de ganar puntos, seguro que sí. Puede que los tipos agradables lleguen en último lugar, pero desde luego se acuestan con muchas mujeres en el camino.
La chica se le acercó cojeando y Andy apartó la luz de la linterna de su rostro para no deslumbrarla. Puso la nota adecuada de sinceridad en su tono de voz (las pavas se tragan todo eso), y dio un paso hacia ella, alargando un brazo.
—¿Qué ha ocurrido? Ven, déjame que te ayude…
Algo oscuro y pesado le golpeó por el costado con fuerza, y lo derribó al suelo dejándole sin respiración. Antes de darse cuenta de lo que había pasado, la luz de una linterna le estaba iluminando la cara y el M41 le era arrancado de las manos mientras se esforzaba por volver a respirar.
—No te muevas y no te dispararé —dijo un hombre, inglés por el acento, y Andy sintió el frío cañón de un arma clavándose en un lado de la garganta. Se quedó inmóvil, sin atreverse a mover ni un solo músculo.
¡Oh, mierda!
Andy levantó la mirada y vio a la chica empuñando el rifle, su rifle, mirándolo a su vez. Ya no parecía tan indefensa.
—Zorra —dijo con un gruñido, y ella sonrió levemente mientras se encogía de hombros.
—Lo siento. Si te sirve de consuelo, tus dos amigos también picaron con el mismo truco.
Oyó la voz de otra mujer a su espalda, y sonó divertida.
—Además, piensa que ahora entrarás en calor. El cuarto del generador es muy agradable y calentito.
Asesino no lo encontraba nada divertido, y se juró a sí mismo, mientras lo ponían en pie y lo obligaban a bajar hacia el complejo, que era la última vez que subestimaba a una pava, y aunque no pensaba comerse sus propios calzoncillos, desde luego iba a recordar aquello la próxima vez que se sintiese aburrido.

Capítulo 17
La fase Cuatro era una ciudad de verdad, y León pensó que era lo más anormal que había visto hasta entonces. Las tres primeras fases habían sido raras, irreales, pero también habían sido montajes obvios: los bosques estériles, las paredes blancas del desierto, la montaña esculpida. En ningún momento se habían olvidado de que el entorno era un montaje.
Pero esto… esto no es hábitat orgánico falso. Esto es realmente como debe parecer de verdad.
La fase Cuatro consistía en varios bloques de una ciudad por la noche. Un pueblo más bien, ya que ninguno de los edificios superaba los tres pisos de altura, pero era un pueblo: farolas, aceras, tiendas y casas, coches aparcados, y calles de asfalto. Habían salido de una montaña para meterse en Hometown, Estados Unidos de América.
Sólo había dos cosas que no encajaban, al menos a primera vista: los colores y el ambiente. Los edificios eran todos de color rojo ladrillo o de una especie de tono alquitranado oscuro. No parecían acabados, y todos los pocos coches aparcados que León pudo ver eran de color negro, aunque era difícil estar seguro en aquella sombría oscuridad.
Y el ambiente…
—Inquietante… —dijo John en voz baja, y León y Cole se limitaron a asentir. Se quedaron con la espalda pegada a la puerta y observaron con detenimiento el silencioso pueblo, y descubrieron que era tremendamente perturbador.
Como una pesadilla, una de esas en las que estás solo y no encuentras a nadie y todo te da mala espina…
No es que fuera un pueblo fantasma, no tenía el aspecto de ser un lugar abandonado, un lugar que había superado su época de utilidad. Nadie había vivido allí, y nadie lo haría jamás. Ningún coche había recorrido sus calles, ningún niño había jugado en sus esquinas, ningún ser viviente lo había llamado su hogar… y aquel sentimiento vacío y sin vida era… inquietante.
La puerta por la que habían entrado daba a una calle que iba de este a oeste y que terminaba bruscamente en una pared pintada de color azul oscuro. Podían ver, desde donde estaban, toda una larga calle pavimentada que iba hacia el sur, y que acababa en la oscuridad a una distancia indeterminada. Varias calles se cruzaban en perpendicular en toda su longitud. La escasa luz de las farolas provocaba largas sombras, y brillaban con la luminosidad justa para ver los objetos, pero insuficiente para distinguirlos con claridad.
Había un coche justo delante de ellos, aparcado enfrente de un edificio parduzco de dos plantas. John caminó hasta él y golpeó suavemente el capó. León pudo oír el sonido hueco bajo su mano: estaba vacío.
John regresó hasta la puerta, observando con aprensión las sombras.
—Así que… cazadores —dijo, y León se dio cuenta de repente que aquello era casi tan enfermizo como los edificios sin vida que se alineaban delante de ellos.
—Todos los sobrenombres son descriptivos —dijo mientras sacaba el cargador de su semiautomática para contar las balas que le quedaban. Cinco, y sólo tenía otro cargador, aunque a John le quedaban un par… No, sólo le quedaba uno, Cole tenía el otro. Y a menos que se equivocase, León sabía que a John sólo le quedaba otro cargador para el M-16 treinta proyectiles, más lo que le quedara en el rifle. Ya no quedan granadas, apenas tenemos munición…
—Entonces, ¿qué? —preguntó Cole.
Fue John quien le contestó, entrecerrando los ojos mientras hablaba, y su expresión se hizo aún más vigilante mientras observaba las densas sombras de cada esquina, de cada ventana.
—Piensa un poco —le dijo—. Pterodáctilos, escorpiones, animales que escupen… cazadores.
—Yo… ah —Cole parpadeó y miró a su alrededor con un temor renovado—. Esto no pinta bien.
—¿Dices que la última puerta está cerrada con cerrojo? —le preguntó León.
Cole asintió, y John meneó la cabeza al verle.
—Y yo, como un idiota, voy y utilizo la última granada —dijo en voz baja—. No podremos echar la puerta abajo.
—Si no lo hubieras hecho, estaríamos muertos —le contestó León—. Y probablemente no hubiera servido de nada si tiene el mismo tipo de montaje que la de la primera entrada.
John dejó escapar un gran suspiro, pero asintió.
—Supongo que nos podremos encargar de ese problema cuando se presente.
Los tres se quedaron callados unos instantes, en un silencio tremendamente incómodo que Cole rompió por fin.
—Entonces… mantenemos los ojos y los oídos bien abiertos, y permanecemos juntos, ¿no? —dijo dubitativamente, más como una pregunta que como una afirmación.
John alzó las cejas y sonrió.
—No está mal, ¿eh? ¿Qué vas a hacer en la vida si logramos salir de aquí? ¿Quieres unirte a la causa, darle un palo a Umbrella?
Cole sonrió con nerviosismo.
—Pregúntamelo otra vez si logramos salir de aquí.
Estaban todo lo preparados que podían estar, así que se dirigieron al sur caminando lentamente por el centro de la calle, con los oscuros edificios observándolos con sus ojos de cristal sin expresión. Aunque intentaron avanzar en silencio, el eco del pueblo vacío parecía devolver los leves ruidos de sus pisadas en el asfalto, incluso el sonido de sus respiraciones.
Ninguno de los edificios mostraba carteles o decoración alguna, y por lo que León pudo percibir, tampoco había luces en su interior. La sensación opresiva y como sin vida le trajo desagradables recuerdos de la noche que había llegado a Raccoon City en su primer día como policía, después de que Umbrella hubiera esparcido su virus.
Sólo que las calles olían a muerte y los caníbales rondaban por doquier en la oscuridad, los cuervos se estaban comiendo a los muertos, era una ciudad en los estertores de la muerte…
John levantó una mano cuando llegaron a la mitad de la manzana, lo que sacó a León de su ensimismamiento.
—Un segundo —dijo, y se acercó al trote hasta una de las «tiendas» situadas a la izquierda, un establecimiento con vitrinas que a León le recordó una pastelería de esas que siempre tienen pasteles de boda en el escaparate. John miró a través del cristal y luego intentó abrir la puerta. Para sorpresa de León, se abrió. John metió el cuerpo durante un largo instante, luego la cerró y regresó a paso ligero.
—No hay mostradores ni nada de eso, pero es un local de verdad —dijo, siempre hablando en voz baja—. Hay una pared trasera y un techo.
—Quizá los cazadores están escondidos en uno de los edificios —comentó León.
Sí, y nos tienen más miedo ellos a nosotros que nosotros a ellos. Eso estaría bien. Sería toda una suerte…
—¡Eso es! —exclamó Cole en voz demasiado alta, y luego la bajó inmediatamente, sonrojándose—. Ya sé cómo podemos salir de aquí, bueno, quizá. Todos los, eeeh, animales, se mantienen en jaulas o en una especie de perreras o en algo parecido detrás de las paredes traseras. No sé en las otras fases, pero hay un pasillo que corre alrededor de la Cuatro. He visto la puerta que lleva a él, a unos seis metros de la esquina suroeste. Tiene que ser mucho más fácil de abrir que la salida. Me refiero a que estará cerrada, pero no tendrá una barra que impida abrirla.
John comenzó a asentir, y León pensó que era muchísimo más factible que intentar atravesar una puerta cerrada con una gran barra en el lado opuesto.
—Bien —dijo John—. Buena idea. Vamos a ver si podemos…
Algo se movió. Algo en las sombras de un edificio de dos pisos de la derecha, algo que hizo que John se callara y que todos apuntaran hacia la oscuridad, tensos y alertas. Pasaron diez segundos, luego veinte… y fuese lo que fuese, parecía capaz de mantenerse perfectamente inmóvil.
O en realidad no hemos visto nada.
—Nada por aquí —susurró Cole, y León comenzó a bajar su nueve milímetros, indeciso, pensando que le había parecido que algo se movía…, y en ese preciso momento, algo que no podían ver lanzó un chillido, un grito agudo y terrible como el de alguna clase de pájaro espantoso, como el de una bestia salvaje cegada por la furia… Y la misma oscuridad se movió. León seguía sin poder distinguirlo con claridad, porque era como una sombra, una parte del edificio que se hubiera puesto en movimiento, pero vio los pequeños ojos brillantes, resplandecientes y al menos a dos metros del suelo, y las garras melladas y desiguales que casi tocaban el asfalto. Se dio cuenta de que era un camaleón justo cuando se lanzó a por ellos sin dejar de chillar.
Reston se apresuró a regresar a la sala de control, y el peso de la pistola en su funda le hizo sentirse mejor. Se sentiría todavía mejor si lograba regresar a tiempo para ver cómo los cazadores despedazaban a los tres hombres, aunque se conformaba con ver los tres cadáveres.
Me conformaría con eso, no me importaría siempre que mueran.
Reston quería tomarse una copa, quería estar cuanto antes de vuelta en la sala de control, encerrarse y esperar a que Hawkinson regresara. Se sintió casi histérico un momento cuando se dio cuenta de que las comunicaciones habían quedado cortadas, pero lo cierto es que nada había cambiado. El montacargas seguía desconectado y el incompetente sargento volvería con el helicóptero en poco tiempo. Si los tres intrusos del exterior habían sido los autores del corte de comunicaciones, algo sobre lo que no tenía dudas, ninguna en absoluto, Hawkinson se encargaría de ellos. Si por una casualidad se trataba de un problema técnico, enviarían a un nuevo electricista en cuanto no realizara su informe matutino rutinario.
No ser capaz de poder comunicarse con sus colegas había sido algo inquietante, pero luego pensó que podría utilizarlo a su favor. ¿Quién no se sentiría impresionado de que, en unas circunstancias tan terribles, él hubiera logrado manejar la situación a pesar de todo? Si se tenían en cuenta todas las circunstancias, atrapar a los intrusos en el programa de prueba había sido su única posibilidad. Nadie lo culparía por ello, al menos, no demasiado.
Recoger el revólver del calibre 38 de su habitación lo había tranquilizado todavía más. Se lo había llevado a Planeta sobre todo porque era un regalo de Jackson, y aunque sabía muy poco del manejo de armas de fuego, estaba seguro de que lo único que tenía que hacer con aquella arma era apretar el gatillo. El pesado revólver casi se disparaba él solo, ni siquiera tenía que trastear con un mecanismo de seguro…
Reston estaba a mitad de camino de la sala de control cuando se le ocurrió que quizá debería haber dejado salir a los trabajadores de la cantina. Había pasado justo por delante de la puerta cerrada dos veces, y ni siquiera había pensado en ello. Quizás había tomado demasiado coñac. Pensó por un breve momento en retroceder, pero luego decidió que bien podían esperar otro rato. Asegurarse de que los 3K se estaban comportando como debían era mucho más importante. Además, estaba resuelto a despedirlos a todos en cuanto recuperara el contacto con la oficina central. Ninguno de aquellos inútiles había ni siquiera intentado proteger a Planeta o a su jefe.
Vio la sala de control un poco más adelante. Reston echó casi a correr y dobló la esquina que daba al corto pasillo, apresurándose a atravesar la puerta. Distinguió movimiento en una de las pantallas, y se acercó a la carrera a la silla, a la vez nervioso y ansioso por ver morir a los intrusos. No tenía por qué avergonzarse de ello, al fin y al cabo, ellos eran de los malos…
Y vio que no estaban muertos, ninguno de ellos, pero también se dio cuenta de que sólo era cuestión de segundos. Los tres hombres estaban disparándole a uno de los cazadores, y mientras miraba, apareció en escena un segundo. Seguía del mismo color negro intenso del coche tras el que seguramente se había estado ocultando.
Rojizo se giró hacia su derecha y empezó a disparar contra la nueva amenaza, pero el 3K no iba a echarse atrás por unas cuantas balas: el cazador cruzó la distancia que los separaba de un tremendo y único salto, seis metros de golpe. Reston sabía por los datos preliminares que podían saltar hasta casi siete metros…
Cole empezó a disparar también contra el segundo espécimen, mientras John continuaba acribillando al primero, ya del color gris oscuro del asfalto. El primero había recibido bastantes disparos de los tres intrusos, así que se dio la vuelta y saltó fuera del ángulo de visión de la pantalla.
El segundo todavía mantenía su intenso color negro, y su cuerpo quedó claramente definido cuando alzó un musculoso brazo para intentar detener las balas que estaban acribillando su cuerpo. Era una figura humanoide enorme, desnuda y sin sexo, una bestia formidable, con un cráneo alargado y reptiliano y unas garras de casi diez centímetros, que echó atrás la cabeza y lanzó un aullido. Reston conocía aquel grito, y su mente suplió la carencia de sonido en el sistema mientras la silenciosa criatura empezaba a desaparecer en el entorno. La concordancia de colores con la calle era casi perfecta cuando alzó de nuevo el brazo y Rojizo salió volando hacia un lado.
¡Sí!
John se colocó delante de su camarada caído y acribilló al monstruo furtivo mientras Cole ayudaba a Rojizo a ponerse en pie para luego retroceder ambos. Intercambiaron algunas palabras y los dos se salieron del ángulo de visión de la cámara, hacia el sur…
¿Habían herido a la criatura? John dejó de disparar y vio sangre saliendo de algún lado, cubriendo la cara del 3K, cubriendo su pecho…
En los ojos, debe haberle acertado en los ojos. ¡Maldita sea!
La criatura trastabilló y retrocedió. No era una herida mortal, pero la dejaría temporalmente incapacitada.
John se giró y echó a correr en pos de sus compañeros. No había más cazadores a la vista, al menos Reston no lo creía. Tampoco es que importara, porque los tres intrusos ya podían considerarse muertos. No había modo alguno de que pudieran atravesar la ciudad sin que los atacasen, ni tenían ningún sitio donde esconderse… aunque Reston, sólo por estar seguro, apretó el botón que cerraba la puerta que daba a la fase Tres.
No existe retirada posible, caballeros…
Todavía no habían aparecido en la pantalla que mostraba la calle justo al sur de la primera cámara. Reston frunció el ceño y cambió de cámara, conectando la que había en la parte delantera de un edificio… y vio que se cerraba una puerta: los intrusos habían buscado refugio en una de las tiendas. Reston meneó la cabeza. Aquello les protegería probablemente durante cinco minutos, pero seguro que no más. Los 3K tenían la fuerza suficiente como para echar abajo toda la ciudad, si así lo querían, y cazaban sobre todo con el sentido del olfato. Rastrearían a los acobardados hombres, los descubrirían, y finalmente pondrían fin a sus inútiles vidas causantes de problemas.
No había cámara en el edificio en que habían entrado. Tendría que esperar a que reapareciesen, o a que los cazadores los sacasen. Reston sonrió, y sus dientes chirriaron por la impaciencia que sentía, preguntándose por qué tardaban tanto los puñeteros 3K. Ya iba siendo hora de que acabara la prueba, de que Planeta volviera a la normalidad.
Los cazadores no le fallarían. Tan sólo tenía que esperar unos cuantos minutos más.
Encontraron el modo de entrar en la parte trasera del edificio central, al otro lado del cuarto del generador, donde habían dejado a los tres furibundos guardias. Fue cuestión de pura suerte, ya que sólo habían estado buscando los controles para desbloquear el ascensor del edificio de entrada.
Eran cuatro en total, toda una serie de ascensores en un gabinete enmoquetado en la pared occidental. No funcionaban, pero había un ascensor para dos personas en el primer hueco que abrieron, aunque con bastante esfuerzo, David y Claire. Aunque estaba cansada y no se sentía bien, ver la pequeña plataforma enganchada a su propio sistema de cables hizo que Rebecca sintiera deseos de reír a todo pulmón.
Ni siquiera sospecharán que bajamos, nos colaremos como sombras.
—Me parece que a alguien se le olvidó cerrar la puerta trasera —dijo David con una expresión de triunfo en su rostro cansado.
Claire miró dubitativamente el pequeño espacio metálico.
—¿Cabremos todos?
David no contestó inmediatamente, sino que se giró para mirar a Rebecca. Ella sabía lo que le iba a sugerir, y comenzó a pensar en una razón convincente antes de que su compañero abriera la boca.
Puede que el helicóptero regrese, probablemente lo hará; si os hieren, me necesitaréis, ¿qué ocurrirá si los guardias consiguen soltarse…?
—Rebecca… necesito que digas sinceramente cuál es tu estado físico —le dijo con una expresión cuidadosamente neutral en su rostro.
—Estoy cansada, me duele la cabeza, cojeo… y me necesitáis ahí abajo, David. No estoy al cien por cien, pero tampoco estoy al borde del desmayo, y dijiste que probablemente ya han enviado otro equipo que estará de camino…
David sonrió y alzó ambas manos.
—Vale, vale, bajaremos todos. Estaremos apretados, pero no creo que el peso sea un problema, las dos sois pequeñitas…
Entró e iluminó con la linterna primero los cables, y luego los mandos de aspecto simple conectados al sistema de cableado propio del ascensor.
—Creo que nos las podremos apañar bastante bien. ¿Vamos?
Rebecca y Claire entraron en el ascensor. La plataforma de servicio improvisada sólo cubría una cuarta parte del espacio a oscuras. Encima y debajo sólo sentían el frío y oscuro aire, y el raíl corría sólo por un lado. Claire se apretó intranquila contra la barra metálica: los tres estaban bastante apretujados.
—Ojalá tuviera un caramelo para el aliento —murmuró Claire.
—Desde luego, ojalá tuvieras un caramelo para el aliento —le replicó Rebecca, y a Claire le entró la risa floja. Rebecca sintió el movimiento de las costillas de Claire contra su brazo. Estaban realmente apretados allí dentro.
—Allá vamos —dijo David, y pulsó el botón de arranque.
El ascensor comenzó a bajar con un zumbido rugiente y sonoro que resonaba tanto que Rebecca se pensó otra vez lo del ataque sorpresa. También era bastante lento, puesto que descendía a la mitad de velocidad que cualquier ascensor normal.
Demonios, esto puede tardar días…
Aquella idea hizo que Rebecca se sintiera muy cansada de repente, y el ruido del rugiente motor aumentó su dolor de cabeza. Quedarse de pie y quieta le hizo darse cuenta realmente de lo enferma que se sentía, y cuando el brillante rectángulo de la entrada al ascensor desapareció hacia arriba mientras ellos bajaban a la oscuridad, se sintió agradecida de estar tan apelotonados: le proporcionaba una excusa para apoyarse del todo en David, con los ojos cerrados, para intentar mantenerse de una pieza un poco más de tiempo.

Capítulo 18
Estaban metidos hasta el cuello en un buen problema. Entraron en el edificio y se dirigieron hacia la pared trasera a través de la oscuridad, sudando y jadeando. Cole se esperaba que la débil puerta saltara hecha astillas en cualquier momento.
… pam, y entrarán a saco, chillando, destrozándonos con sus garras antes de que tengamos siquiera oportunidad de verlos…
—Tengo un plan —dijo John entre resoplidos, y Cole sintió un leve atisbo de esperanza que duró hasta la siguiente frase de John—. Echamos a correr como locos hasta la pared trasera —dijo con voz firme.
—¿Estás chalado? —le dijo León—. ¿Viste saltar a ése? No hay manera de que les ganemos corriendo…
John inspiró profundamente y luego comenzó a hablar en voz baja y rápida.
—Tienes razón, pero tú y yo somos buenos tiradores y podemos cargarnos algunas de las farolas mientras corremos. Incluso si pueden ver en la oscuridad, eso les distraerá, y quizá les confunda.
León no dijo nada, y aunque Cole no podía distinguir con claridad su cara, vio que se estaba frotando el hombro donde la criatura le había golpeado. Lentamente, como si estuviera sopesando la idea de John.
¡Los dos están chalados!
Cole se esforzó para que su voz no mostrara su evidente terror.
—¿No hay ninguna otra opción? Me refiero, no sé, a que podríamos subir a los edificios e ir de tejado en tejado.
—Todos los edificios tienen alturas diferentes —le dijo John—. Y no creo que los hayan construido para soportar demasiado peso.
—¿Y qué tal si…?
León lo interrumpió sin rudeza.
—No tenemos munición apenas, Henry.
—Entonces nos volvemos a la fase Tres y nos lo pensamos bien…
—Estamos más cerca de la pared suroeste —dijo John, y Cole supo que tenía razón, lo supo y lo odió mientras intentaba buscar otra solución. Los cazadores eran terribles, casi se trataba de los seres más terribles que Cole jamás había esperado ver…
De algún lugar del exterior les llegó el chillido de uno de ellos, un sonido aullante y feroz que atravesó las delgadas paredes, y Cole se dio cuenta de que no tenían tiempo de pensar en un plan mejor.
—Vale, sí, vale —dijo, y pensó que, como mínimo, debía tragarse su temor y enfrentarse a lo inevitable como si de verdad tuviera valor.
No seré una carga para ellos, pensó, y respiró profundamente, enderezando un poco los hombros. Si eso era lo que tenía que ocurrir, no iba a deshonrarse a sí mismo convirtiéndose en un cobarde tembloroso… y tampoco iba a reducir sus probabilidades de supervivencia convirtiéndose en esa carga.
Cole sacó del bolsillo trasero el cargador que John le había dado y manoteó para cambiarlo por el de la pistola, ya vacío, con el corazón palpitante… y se quedó un poco sorprendido al comprobar que una vez tomada la decisión, una vez comprometido, se sentía más fuerte, más valiente.
Puede que muera, se dijo a sí mismo, y esperó a que le asaltara una oleada de horror… pero no llegó. Ya habría muerto si no hubiera sido por John y por León, y quizás era su oportunidad para impedir que uno de ellos, o los dos, resultaran heridos.
Los tres se dirigieron a la puerta sin intercambiar una sola palabra más. Cole pensó que su vida había cambiado más en las dos horas anteriores que en los últimos diez años de su vida… y que a pesar de cómo había llegado, le alegraba aquel cambio. Se sentía completo. Se sentía vivo.
—Preparados… —dijo John, y Cole inspiró profundamente mientras León le sonreía bajo la escasa luz que llegaba por la ventana.
—¡Ya!
John abrió la puerta de par en par y salieron corriendo a la calle mientras a su alrededor la noche estallaba en la enorme algarabía de los feroces chillidos de los cazadores.
Los ojos de Reston brillaron. Se inclinó sobre la pantalla y se quedó mirándola fijamente, encantado de que hubieran tomado aquella decisión suicida. Los tres salieron del lugar hacia la oscuridad como enloquecidos. Como muertos que no tenían la sensatez suficiente como para dejar de moverse.
Corrieron hacia el sur, con John a la cabeza y Rojizo y Cole pegados a sus talones. Un cazador saltó desde una acera situada a su derecha, dispuesto a darles la bienvenida… y se vio un resplandor, un brillante estallido de luz anaranjada procedente de arriba, y unos cristales ardientes comenzaron a caer sobre la calle como una lluvia resplandeciente. Una de las farolas, le habían disparado a una de las farolas, y los 3K parecieron enloquecer cuando los cristales rotos cayeron sobre ellos. El cazador de color rojizo cambiante a gris retorció su cuerpo, frenético y aullante, en busca de su atacante… e hizo caso omiso por completo de los hombres que pasaron corriendo a su lado. Los tres pasaron de largo con las armas en alto, disparando al cielo, disparando contra más farolas, y Reston vio que otro de los cazadores saltaba a la calle, una sombra casi oculta entre las demás sombras… y Cole, Henry Cole, fintó a la izquierda y luego a la derecha, aplastó el cañón de su pistola contra la cabeza del 3K agachado y se vio surgir un surtidor de líquido, de cerebro y de sangre, procedente de su sien. El electricista le había pegado un tiro a quemarropa. Los brazos y las piernas del cazador se movieron espasmódicamente en todas direcciones, pero ya estaba muerto. Cole se apartó de un salto y siguió corriendo, alcanzando a los otros dos mientras más bombillas de las farolas estallaban haciendo volar fragmentos de cristal de las luces blancas estroboscópicas.
—No —susurró Reston, sin darse cuenta de que había hablado, pero bastante consciente de que todo iba horriblemente mal.
John corrió, se detuvo para disparar, echó a correr de nuevo. Los feroces aullidos les seguían, la lluvia de cristales y el olor a metal recalentado les llegaba de todos lados… y vio a uno de ellos en mitad de la calle, justo delante del cruce que los llevaría hasta las jaulas, vio los extraños ojos centelleantes y el agujero negro de su boca aullante…
No desperdicies la munición, Jesús, es igual que la calle…
Siguió corriendo directamente hacia él, sin dejar de apuntarle, con los estampidos de nueve milímetros a su espalda, y el monstruo aullante a menos de tres metros cuando por fin disparó.
¡Ahora!
Una ráfaga corta, medida, directamente al rostro antinatural y salvaje… y no cayó, y aunque giró para esquivarle, no llegó muy lejos. Su cara rugiente, cubierta de sangre, pareció quedarse a escasos centímetros de la suya, y uno de sus brazos, tan largo como increíble, se proyectó contra él y le pegó en el pecho.
El golpe impactó en su pectoral izquierdo, y John esperó ser aplastado, volar por los aires con el cuerpo destrozado… pero la criatura debía estar debilitada por las balas, desorientada, quizá cegada, porque aunque sintió que el pecho se le contraía por el dolor, había sufrido golpes peores. Trastabilló, pero no cayó, y para cuando se quiso dar cuenta, ya lo había dejado atrás y giraba a la izquierda, en dirección oeste.
Echó un vistazo a su espalda, vio que los otros lo seguían, miró hacia delante…
¡Ahí está!
La calle acababa en una pared pintada a menos de un edificio de distancia, y una abertura se abría a unos tres metros del suelo, un agujero de dos metros y medio de ancho y de al menos tres metros de altura…
Otro aullido a su derecha. No pudo ver al cazador camuflado, pero ¡bangbang! León o Cole dispararon contra la criatura, y el grito se volvió frenético por la rabia. John alzó su M-16 e hizo estallar la bombilla de otra farola.
Diez segundos y ya estaremos…
Un panel de color azul oscuro comenzó a bajar para tapar la abertura, de modo lento pero inexorable. En pocos segundos, se quedarían sin ruta de escape.
Reston apretó frenéticamente el botón de cierre de la jaula, y la puerta siguió bajando como un puñetero caracol. Tenía las manos pegajosas por el sudor, y la mente, embriagada, le daba vueltas por la incredulidad.
No, no, no, no…
Había cerrado las jaulas de las fases Dos y Tres, pero uno de los cazadores se había quedado en el interior de la suya, así que la había dejado abierta, se había olvidado… y ahora el animal había salido y los tres hombres estaban a punto de escapar. De escapar de él, de la muerte que se les había asignado.
¡Más rápido!
John estaba mirando a su espalda, gritando, con Rojizo justo detrás de él y con Cole casi al lado de éste… y vio a un cazador a menos de siete metros de ellos, acercándose a toda velocidad, ganando terreno, con su inmenso cuerpo pasando del marrón edificio al negro asfalto y viceversa y sus garras dejando grandes arañazos el suelo.
¡Mátalos, vamos, salta, mátalos!
John llegó a la abertura y sus manos se agarraron al borde inferior, para meterse luego en el interior con un ágil salto.
Sacó una de las manos, Rojizo llegó un instante después, la agarró y John lo metió de un tirón en el interior…
Cole lo alcanzó al momento siguiente, y también iba a lograr pasar, la puerta no se cerraría a tiempo y ya había dos manos esperándolo…
Entonces, el cazador que lo perseguía alargó sus dos brazos y los bajó de golpe. Las garras destrozaron la espalda de Cole, atravesando la camisa, la piel, el músculo y quizás incluso los huesos.
Los otros metieron a Cole de un tirón mientras la puerta acababa de bajar.
Cole no gritó mientras lo dejaban con cuidado en el suelo, aunque debía estar sufriendo una dolorosa agonía. Lo colocaron boca abajo con tanta suavidad como pudieron. León se sintió embargado por la pena cuando vio el destrozo de carne que antes había sido la espalda de Cole.
Se está muriendo, muriendo.
En pocos segundos, el suelo bajo su cuerpo quedó cubierto por un charco de sangre. León pudo distinguir la carne desgarrada a través de los jirones de su camisa húmeda y ya de color rojo, las fibras musculares rotas y el brillo fresco del hueso por debajo, hueso aplastado. El daño había sido hecho a lo largo de dos extensas heridas, de arriba abajo, y cada una comenzaba por encima de los omóplatos y acababa en la cintura. Eran heridas mortales.
Cole respiraba de forma superficial y jadeante, con los ojos cerrados y las manos temblorosas.
Estaba inconsciente. León miró a John, vio su expresión de angustia y apartó la vista. No podían hacer nada por él.
Estaban en el interior de una jaula gigantesca que apestaba a animales salvajes, al final de un profundo pasillo de cemento, uno que al parecer recorría a lo largo las cuatro áreas de prueba. Estaba casi a oscuras, con tan sólo unas cuantas bombillas encendidas, y se vislumbraban las jaulas en la penumbra. Cada una de ellas estaba separada por unas paredes con unas inmensas ventanas acristaladas, y León pudo ver con mayor claridad la que tenía justo al lado, el hogar de los escupidores. Estaba cubierta por un plástico grueso y transparente, con el suelo repleto de huesos.
La jaula de los cazadores estaba vacía, y era de al menos diez metros de ancho y el doble de larga, con un par de abrevaderos bajos adosados a las paredes de rejilla metálica. Era un lugar triste y solitario donde morir, pero al menos estaba inconsciente y no sentía ningún…
—Dad… me la vuelta —susurró Cole. Tenía los ojos abiertos, y los labios temblorosos.
—Eh, quédate tranquilo —le dijo John con voz suave—. Te vas a poner bien, Henry, tú quédate donde estás, no te muevas, ¿vale?
—Y una… mierda —le respondió Cole—. Dadme… la vuelta. Me… muero.
John intercambió una mirada con León, quien asintió a regañadientes. No quería causarle más dolor a Cole, pero tampoco quería negarle nada. Se estaba muriendo, y debían hacer lo que les pidiera.
John levantó lenta y cuidadosamente a Cole, y le dio la vuelta. Cole gimió cuando su espalda tocó el suelo, abriendo los ojos de par en par y girándolos sobre sí mismos, pero pareció sentir algo de alivio unos momentos después. Quizás era el frío del suelo… o quizás es que ya estaba más allá de poder sentir dolor, ya estaba insensible.
—Gracias —dijo con un susurro, y una burbuja de sangre surgió de entre sus pálidos labios.
—Intenta descansar, Henry —le dijo León con cierta dulzura, deseando poder echarse a llorar. El hombre había intentado tanto ser un valiente, mantenerse a su nivel…
—Fósil —murmuró Cole con la mirada fija en León—. En un… tubo. El tipo dijo… que si salía… destrozaría… todo. En el… laboratorio… Al oeste. ¿Vale?
León asintió, entendiéndole perfectamente.
—Una criatura de Umbrella en el laboratorio. Fósil. Quieres que la dejemos salir.
Cole cerró los ojos, y su rostro ceniciento se quedó tan quieto que León pensó que ya se había acabado… pero habló de nuevo, en voz tan baja que tuvieron que inclinarse para poder oírlo.
—Sí —exhaló—. Bien.
Cole inspiró por última vez, dejó escapar el aire… y su pecho no volvió a moverse.
Los dos averiguaron cómo salir de la jaula de los cazadores pocos minutos después de la muerte de Cole. Reston se quedó mirando a la pantalla, sin sentir nada, decidido a no sentirse sorprendido. Simplemente no eran humanos, eso era todo. Una vez se aceptaba eso, ya no cabía posibilidad alguna de sorprenderse.
Los pilones para la alimentación habían sido soldados firmemente a unos largos y estrechos huecos en la malla metálica de acero para que los cuidadores pudieran darle la comida a los especímenes sin tener que entrar en la jaula. Una pequeña parte del pilón sobresalía lo suficiente como para que tan sólo hubiera que dejar caer la comida y los animales la recibieran por el otro lado. No importaba si los 3K intentaban tirar de los pilones, o empujarlos hacia fuera, ya que el hueco era demasiado pequeño para sus cuerpos.
Pero no para unos cuerpos humanos… o para los suyos, sean lo que sean.
John y Rojizo comenzaron a darle patadas al pilón, y en cuanto empezó a salirse por el otro lado, Reston tomó su revólver, se puso en pie y le dio la espalda a las pantallas. No tenía sentido quedarse mirando. Había fallado, las pruebas de Planeta habían demostrado ser demasiado sencillas y sería castigado con severidad por lo que había hecho, incluso era posible que lo mataran. Pero no estaba dispuesto a morir, todavía no… y no a manos de ellos.
Pero, ¿y el montacargas?, ¿y la gente en la superficie…?
Tampoco era muy seguro ir arriba. Todo el complejo había sido tomado por aquellos soldados de los STARS, lo habían aislado, y ahora tan sólo estaban esperando que sus dos muchachos lo obligaran a salir…
No puedo subir, no puedo matarlos, no tengo suficiente tiempo… ¡la cantina!
Sus empleados lo ayudarían. En cuanto los hubiera liberado, en cuanto les hubiera explicado lo que había ocurrido, se agruparían a su alrededor y lo protegerían de cualquier daño. Tendría que inventarse los detalles, por supuesto, pero podría hacerlo de camino.
Tengo que irme, llegarán enseguida para buscarme. Quizá para vengar a Cole. Para hacer que me arrepienta, cuando sólo hice mi trabajo, lo mismo que hubiera hecho otro cualquiera…
Dudaba mucho de que fueran capaces de entenderlo. Reston salió de la sala de control, imaginándose ya lo que iba a contar, preguntándose cómo era posible que todo hubiera salido tan mal.

Capítulo 19
Al salir de la jaula accedieron a un pasillo limpio y de aspecto esterilizado que se torcía a la izquierda, hacia el oeste. Avanzaron con rapidez, y ninguno de ellos habló: no había nada que decir hasta que encontraran lo que Cole había llamado Fósil, hasta que pudieran decidir si era la idea más correcta.
John, por primera vez desde que había entrado en Planeta, no se sentía con ganas de hacer chistes. Cole había sido un buen tipo, había hecho todo lo posible por compensar el hecho de haberlos atraído al programa de pruebas, había hecho todo lo que le habían dicho… y estaba muerto, destrozado brutalmente, muerto sobre su propia sangre en el suelo de una jaula.
Reston. Reston pagaría por todo aquello, y si el mejor modo de lograrlo era soltar a alguno de los monstruos de Umbrella, que así fuera. Un castigo apropiado.
A la mierda el libro de códigos. Si el tal Fósil es tan mal asunto como Cole parecía creer, lo soltamos y dejamos que los trabajadores escapen. Que destroce todo este lugar, que pille a Reston…
El pasillo giraba a la derecha y luego se enderezaba, continuando hacia el oeste. Cuando doblaron la esquina, vieron una puerta a la derecha, y de algún modo, John supo que era el laboratorio del que había hablado Cole. Lo presintió.
Tenía razón, en cierto sentido. La puerta de metal se abrió, después de que hubieran utilizado una llave de nueve milímetros, y entraron en un pequeño laboratorio lleno de mesas y ordenadores, y que a su vez daba a una sala de operaciones, llena de acero reluciente y bordes de porcelana. La puerta colocada al otro lado de la sala de operaciones era la que Cole les había dicho que debían encontrar… y cuando John vio la criatura, se dio cuenta de por qué había insistido en hablarles de ella, incluso en sus estertores de muerte. Si era la mitad de feroz de lo que parecía, Planeta estaba acabado.
—Dios —murmuró León, y a John no se le ocurrió nada que añadir a aquello. Se dirigieron lentamente hacia el enorme cilindro que se encontraba en una esquina de la gran estancia, más allá de la mesa de autopsias de acero y de las bandejas repletas de instrumental reluciente, hasta detenerse delante del artefacto. Las luces de la habitación estaban apagadas, pero había una bombilla direccional encendida que apuntaba al contenedor desde el techo, iluminando aquel ser. El Fósil.
El cilindro tenía unos cinco metros de alto y al menos unos diez de diámetro. Estaba lleno de un fluido de color rojo claro, y rodeado por el fluido, conectado a unos tubos y a unos cables que salían por la parte superior, había un monstruo. Una pesadilla.
John supuso que lo llamaban Fósil por el aspecto que tenía, por lo que parecía, al menos, en parte: una especie de dinosaurio, aunque uno que jamás había caminado sobre la superficie de la Tierra. La criatura de tres metros era de un color pálido, y su piel escamosa relucía con un tono rosáceo debido al líquido rojizo que la rodeaba. No tenía cola, pero sí las poderosas patas traseras y la gruesa piel de un dinosaurio. Era obvio que había sido diseñado para caminar sobre esas patas traseras, y aunque tenía los ojos pequeños y el morro redondeado de un dinosaurio carnívoro, como el de un tiranosaurio o el de un velocirraptor, también poseía unos largos y musculosos brazos y unas manos con dedos delgados y capaces de agarrar. Por imposible que fuera, parecía el resultado mutante de un hombre y un dinosaurio.
¿En qué estaban pensando? ¿Por qué… por qué hicieron algo semejante?
Estaba dormido, o en alguna especie de coma, pero desde luego, estaba vivo. Pudieron ver una pequeña máscara que cubría sus orificios nasales conectada a un estrecho tubo, y una banda de plástico rodeaba su grueso morro para mantener cerradas las gigantescas fauces. John no pudo verlos, pero estaba seguro de que la ancha boca de la criatura debía de estar repleta de hileras de dientes afilados. Sus ojos, como cuentas de cristal, estaban cubiertos por alguna clase de párpado interior, una delgada capa de piel purpúrea, y pudieron distinguir el lento subir y bajar de su grueso pecho, los suaves movimientos flotantes de su enorme cuerpo en la sustancia rojiza.
Había un sujetapapeles colgado de la pared al lado de Fósil, sobre una pequeña pantalla donde unas delgadas líneas verdes parpadeaban en silencio. León descolgó el sujetapapeles y fue pasando las hojas mientras John se quedaba mirando a la criatura, impresionado y asqueado a la vez. Una de las garras del monstruo se estremeció, y sus ocho dedos se cerraron hasta formar un puño.
—Dice que estaba prevista su autopsia para dentro de tres semanas y media —explicó León mientras seguía pasando las hojas—. «El espécimen se mantendrá en estasis, bla, bla, bla, hasta que se le inyecte una dosis letal de hyptheon antes de su disección.»
John miró a la mesa de autopsias y vio que había dos hojas de acero dobladas a cada extremo, y tres sierras de cortar hueso metidas debajo. Al parecer, la mesa había sido diseñada para acomodar a animales más grandes.
—¿Para qué mantenerlo con vida? —preguntó John mientras se giraba para mirar de nuevo al Fósil durmiente.
Era difícil no quedarse mirando: la criatura era imponente, horrible y maravillosa, una aberración que llamaba la atención.
—Quizá para que los órganos se mantengan frescos —dijo León antes de respirar profundamente—. Entonces… ¿lo hacemos? Es la pregunta del millón de dólares, ¿verdad? No conseguiremos los códigos, pero Umbrella tendrá un sitio menos donde jugar a ser dioses con su retorcida ciencia. Y quizás un jefe menos.
—Sí —respondió John—. Sí, hagámoslo.
Los hombres le escucharon en silencio, con los rostros pensativos, mientras conocían el horror que había invadido Planeta. La invasión procedente de la superficie, su llamada en busca de ayuda, cómo los asesinos lo dejaron inconsciente después de matar a Henry Cole a sangre fría.
No le hicieron preguntas, sólo se quedaron sentados, bebiendo café, alguien había hecho café, y se lo quedaron mirando mientras hablaba. Nadie le ofreció una taza de café.
—… y cuando recuperé el conocimiento, vine hacia aquí —siguió diciendo Reston mientras se mesaba el cabello con una mano temblorosa, ofreciendo una mueca de dolor para ser más convincente. Los temblores no hacía falta que los fingiese—. Yo… todavía están ahí fuera, en algún lugar, quizás están colocando cargas explosivas, no lo sé… pero podemos detenerlos si actuamos unidos.
Pudo ver en sus miradas vacías que no estaba funcionando, que no los estaba inspirando para que actuasen. No tenía empatía con las personas, pero era capaz de adivinar muy bien su estado de ánimo.
No se lo están tragando, probemos con lo de Henry…
Reston hundió los hombros y dejó escapar una nota de dolor y temblor en su voz.
—Le pegaron un tiro —dijo mientras mantenía la mirada baja con una expresión de dolor horrorizado—. Estaba pidiendo, suplicando que le dejaran vivir, y ellos… le dispararon.
—¿Dónde está el cadáver?
Reston levantó la mirada y vio que había sido Leo Yan el que había hablado, uno de los manipuladores de los 3K. El rostro de Yan no mostraba absolutamente ningún tipo de expresión mientras seguía apoyado sobre el borde la mesa con los brazos cruzados.
—¿Qué? —le preguntó Reston con aspecto de estar confundido, pero sabiendo perfectamente qué era lo que quería decir Yan.
Piensa, maldita sea, ya deberías haber pensado en eso…
—Henry —dijo algún otro, y Reston vio que era Tom Nosequé, del departamento de construcción. Su voz áspera sonaba claramente escéptica—. A él le dispararon, a usted le dejaron inconsciente… así que todavía sigue en la zona de celdas, ¿no?
—Yo… no lo sé—contestó Reston sintiendo mucho calor, sintiendo que quizás estaba deshidratado por tomar tanto coñac, sintiendo que no se podría recuperar de aquellas preguntas inesperadas—. Sí, allí debe de estar, a menos que lo hayan movido por alguna razón. Me desperté confundido, mareado, quería reunirme con vosotros para asegurarme de que nadie más había resultado herido. No me fijé en si seguía allí…
Se lo quedó mirando un mar de rostros que ya no eran neutrales. Reston vio incredulidad, falta de respeto, furia… y en los ojos de uno o dos, lo que podía ser odio.
¿Por qué, qué he hecho yo para merecer ese desprecio? Soy su jefe, su superior, yo les pago sus puñeteros salarios…
Uno de los mecánicos se puso en pie y se dirigió a los demás, haciendo caso omiso de Reston. Era Nick Frewer, uno de los individuos más populares entre los demás trabajadores.
—¿Quién vota por que nos larguemos de aquí? —dijo—. Tommy, ¿sigues teniendo las llaves del camión?
Tom asintió.
—Claro que sí, pero no las de la puerta ni las del almacén.
—Esas las tengo yo —exclamó Ken Carson, el cocinero. También se puso en pie, y la mayoría lo imitó, desperezándose, bostezando y apurando la taza de café.
Nick asintió.
—Bien. Que todo el mundo recoja sus cosas, nos vemos en el ascensor en cinco…
—¡Un momento! —gritó Reston, incapaz de creerse lo que estaba oyendo: que rehusaban cumplir su deber moral, sus obligaciones. Que no le hicieran caso—. Hay más de ellos en la superficie, os matarán. ¡Tenéis que ayudarme!
Nick se dio la vuelta y le dirigió una mirada tranquila y terriblemente condescendiente.
—Señor Reston, no tenemos que hacer nada de eso. No sé lo que está pasando de verdad, pero creo que nos está mintiendo… y no hablaré por los demás, pero por lo que se refiere a mí, no me pagan lo bastante como para ser su guardaespaldas.
De repente, sonrió, y sus ojos brillaron alegres.
—Y además de todo eso, no es a nosotros a quien buscan.
Nick se dio la vuelta de nuevo y se alejó, y Reston pensó por un momento en dispararle… pero sólo tenía seis balas, y no tenía ninguna duda de que los demás hombres se lanzarían a por él si hería a uno de sus compañeros de la clase trabajadora. Pensó decirles que sus vidas habían acabado, que no olvidaría su traición, pero no quiso desperdiciar el aliento, y tampoco le quedaba mucho tiempo.
Esconderme.
Era lo único que podía hacer.
Reston dio la espalda a sus subordinados y se apresuró a salir mientras su mente repasaba todos los posibles lugares a donde podía ir, rechazándolos por demasiado obvios, demasiado expuestos…
Y entonces se le ocurrió: el grupo de ascensores al otro lado de la esquina de las instalaciones médicas. Era perfecto. A nadie se le ocurriría mirar en un ascensor que ni siquiera funcionaba, podía abrir las puertas de uno de ellos a la fuerza y estaría a salvo dentro. Al menos durante un tiempo, hasta que se le ocurriese qué otra cosa podía hacer.
Reston estaba sudando a pesar de fría tranquilidad gris del pasillo central. Giró a su derecha y empezó a correr.
Después de lo que les pareció una eternidad bajando por la oscuridad, apiñados en el interior frío e incómodo de un ascensor de servicio, con un ruido infernal, llegaron al fondo.
O a la superficie, según se mire, pensó Claire mirando a través de un panel abierto mientras la luz de la linterna de David se desplazaba por el lujoso interior y el ruidoso motor se detenía. Habían acabado posándose encima del techo de otro ascensor, que estaba vacío a excepción de una escalera de mano apoyada en una de las paredes.
Salieron del recuadro de metal, y Claire se sintió aliviada de haber regresado a una superficie razonablemente sólida. Bajar por el hueco del ascensor en un montacargas abierto en el que un movimiento en falso te podía hacer caer al vacío y matarte, no era su idea de pasarlo bien.
—¿Crees que alguien nos habrá oído? —preguntó Claire, y vio que la silueta de David se encogía de hombros.
—Si estaban a trescientos metros o menos de este trasto, sí —le respondió—. Espera, voy a traer la escalera…
Claire encendió su linterna mientras David se sentaba y agarrándose a los bordes de la abertura del panel bajaba hasta el ascensor. Rebecca encendió su linterna mientras él colocaba la escalera, y Claire pudo distinguir fugazmente su cara.
—Eh, ¿estás bien? —le preguntó, preocupada.
Rebecca parecía muy enferma, demasiado pálida y con unas ojeras de color rojizo oscuro.
—Sí. He estado mejor, pero sobreviviré —le dijo en tono alegre.
Claire no quedó convencida, pero antes de que pudiera insistir, David las llamó.
—Venga… Dejad colgando los pies. Yo os diré dónde están los peldaños y luego os ayudaré a bajar.
Claire le indicó con un gesto a Rebecca que bajara ella en primer lugar. Pensó que si ella no estuviera bien, probablemente diría algo al respecto, pero mientras David ayudaba a Rebecca a bajar, se le ocurrió que ella no diría nada.
Querría quedarme para ayudar, no querría que me dejaran atrás. Seguiría adelante aunque eso me matase…
Claire dejó a un lado aquellos pensamientos y bajó del techo del ascensor. Rebecca no era tan testaruda como ella, y era médico. Estaba bien.
En cuanto Claire estuvo abajo, David le hizo un gesto con la cabeza y ambos tiraron de cada una de las frías puertas metálicas, mientras Rebecca mantenía empuñada su semiautomática en dirección a la abertura cada vez mayor. Cuando lograron separarlas medio metro, más o menos, David salió el primero, y luego les hizo un gesto para que lo siguieran.
Vaya.
Claire no estaba muy segura de lo que se esperaba ver al llegar, pero desde luego no era un pasillo gris de cemento levemente iluminado. Se extendía hacia la derecha y acababa en una puerta, y a la izquierda formaba una esquina a unos seis metros del ascensor y se dirigía al este. Claire no estaba muy segura respecto a las orientaciones, pero sabía que el ascensor que había atrapado a León y a John estaba más o menos hacia el sureste… bueno, suponiendo que hubiera bajado en línea recta.
Todo estaba en silencio, absolutamente tranquilo y en silencio. David inclinó la cabeza hacia la izquierda, indicando que deberían ir en aquella dirección, y tanto Claire como Rebecca asintieron.
Podríamos empezar por el ascensor e intentar adivinar en qué dirección se han marchado…
Claire miró a Rebecca de nuevo, y procuró no quedarse mirando, pero se sentía intranquila por su estado físico. No tenía muy buen aspecto, y cuando Rebecca giró en dirección a la esquina del pasillo, Claire se quedó un poco retrasada. Atrajo la mirada de David e hizo un leve gesto con el mentón hacia la joven doctora, al mismo tiempo que fruncía el ceño.
Él dudó un instante, y luego asintió a su vez, y Claire se dio cuenta de que él no ignoraba el estado en que se encontraba su compañera. Al menos, él lo sabía…
Rebecca soltó un grito agudo de sorpresa cuando ya estaba en la esquina… justo en el momento en que un individuo vestido con un traje azul saltó y la agarró, haciéndole soltar el arma de la mano y colocándole el cañón de su revólver contra la cabeza. Le pasó un brazo alrededor de la garganta, con fuerza, y los miró con unos ojos enloquecidos, con el dedo en el gatillo y una sonrisa temblorosa en la cara.
—¡La mataré! ¡Lo haré! ¡No me obliguéis a hacerlo!
Rebecca se agarró de su brazo con las dos manos y él apretó incluso con más fuerza, con las manos también temblorosas mientras sus ojos se movían frenéticos de Claire a David y a la inversa. Los ojos de Rebecca se cerraron un poco, y sus dedos soltaron el brazo del individuo. Claire se dio cuenta de que estaba demasiado débil, de que estaba a punto de desmayarse en aquella situación.
—¡No me vais a matar, alejaos! ¡Alejaos o la mato!
Estaba apoyando con todas sus fuerzas el cañón del revólver contra el cráneo de la muchacha. Si David o Claire hacían el menor movimiento…
Vieron impotentes cómo aquel tipo enloquecido retrocedía, manteniéndose a distancia de ellos y arrastrando a Rebecca con él hacia la puerta del final del pasillo.

Capítulo 20
Fue escalofriantemente fácil sacar a Fósil de su estado de estasis. León accedió en cuestión de segundos al programa de observación y en imaginarse cómo vaciar el cilindro gigante. Según el contador digital que apareció en la pantalla, sólo tardaría cinco minutos en despertar en cuanto se diera la orden de comienzo.
Tío, cualquiera que trabajase aquí podía haberlo hecho en cualquier momento. Para ser una compañía tan paranoica con lo de la seguridad, a Umbrella le gusta arriesgarse…
—Eh, mira esto —exclamó John, y León se separó del pequeño ordenador sin dejar de mirar con algo de temor al monstruo.
Incluso después de sobrevivir al infierno de Raccoon City, después de enfrentarse a zombis y a arañas gigantescas, incluso a un cocodrilo titánico, aquello que tenía delante era probablemente lo más extraño que jamás había visto.
John estaba al lado de la pared situada al otro extremo de la habitación mirando un diagrama tras un cristal. Cuando León estuvo más cerca, pudo darse cuenta de que era un mapa de Planeta, con cada zona cuidadosamente indicada. Las instalaciones de prueba tenían un trazado bastante simple. Básicamente, se trataba de un pasillo gigantesco que rodeaba las cuatro fases, y la mayoría de las estancias y oficinas estaban conectadas directamente a un pasillo principal.
John golpeó con la punta del dedo un pequeño recuadro situado al este, justo enfrente de donde se encontraba el montacargas.
—En este letrero dice «CONTROL DE PRUEBAS/SALA DE MONITORES» —dijo—. Y por aquí está la salida.
—¿Crees que Reston se ha quedado por ahí? —le preguntó León.
John se encogió de hombros.
—Si nos estaba viendo en el programa de pruebas, ahí es donde debería haber estado… A mí lo que me interesa saber es si por un casual se ha dejado su pequeño librito negro por ahí.
—Tampoco pasa nada si lo comprobamos —repuso León—. El cilindro tardará unos cinco minutos en vaciarse, así que tenemos tiempo… suponiendo que el ascensor no sea un problema.
John se giró para mirar a Fósil, dormido en su útero gelatinoso.
—¿Crees que se despertará de verdad?
León asintió. Los datos que aparecían listados en el sencillo programa de observación parecían coincidir, y su lento ritmo cardíaco y su profunda respiración indicaban un sueño profundo. No existía ningún motivo que impidiera que se despertara en cuanto su tibio baño nutriente se hubiera vaciado.
Y probablemente se despertará con frío, cabreado y hambriento…
—Sí —dijo—. Y no deberíamos estar cerca cuando eso ocurra.
John sonrió ligeramente. No era su expresión de alegría habitual, pero era una sonrisa de todos modos.
León se acercó al ordenador, que estaba iluminado por el pálido resplandor rojizo procedente del tubo de estasis. Fósil flotaba tranquilamente, como un gigante durmiente. Una monstruosidad creada por gente monstruosa y que estaba viviendo una existencia inútil en un lugar construido para la muerte.
Llévatelo todo por delante, pensó León, y pulsó la tecla de «intro». El reloj empezó a desgranar los segundos: les quedaban cinco minutos.
David pensó que probablemente era Reston, aunque no tenía modo alguno de estar seguro. Tampoco importaba; lo único que le interesaba era cómo separar a Rebecca de aquel individuo, pero mientras el enloquecido directivo de traje azul retrocedía hacia la puerta, se dio cuenta de que no podía hacer nada.
Todavía no.
—¡Idos de una vez! ¡Dejadme en paz!
El hombre, Reston, no dejó de gritar, y un instante después desapareció. Rebecca también desapareció, y la mirada débil e impotente que les lanzó antes de que la puerta se cerrara atemorizó, y mucho, a David.
—¿Qué hacemos ahora?
Miró a Claire, y vio la ansiedad y el miedo en su cara, y se obligó a sí mismo a inspirar profundamente y a dejar escapar el aire con lentitud. No podrían hacer nada si se dejaban llevar por el pánico…
E incluso podríamos provocar que la matara.
—Cálmate —le dijo, sintiendo cualquier cosa menos calma—. No conocemos la estructura del edificio, así que no podemos dar la vuelta para sorprenderlo por la espalda… Tendremos que seguirlo.
—Pero ha dicho que…
—Sí, sé lo que ha dicho —la interrumpió David—. No tenemos alternativa, en este momento. Dejamos que se alejen una distancia prudencial, luego los seguimos y esperamos una oportunidad.
Y esperemos que no esté tan desequilibrado como parece.
—Claire… Esto debe hacerse con sigilo, no podemos hacer el más mínimo ruido. Quizá sería mejor que te quedaras aquí…
Claire negó con la cabeza, y en sus ojos apareció una mirada de determinación.
—Puedo hacerlo —dijo con voz firme y clara. No tenía dudas sobre ello, y aunque no había recibido entrenamiento, había demostrado ser veloz y fiable.
David asintió y se acercaron a la puerta, donde se quedaron a la espera.
Dos minutos, a menos que les oigamos salir por otra puerta, probaremos a ver si la puerta hace ruido…
Se obligó de nuevo a respirar profundamente, y se maldijo por haber permitido que Rebecca bajara con ellos. Estaba agotada y herida, y no podría luchar si el desconocido decidía apretar un poco más su brazo alrededor de su garganta…
No. Aguanta, Rebecca. Ya vamos, y podemos esperar toda la noche a que ese tío cometa un error, a que aparezca nuestra oportunidad.
Esperaron, y mientras tanto, David rezó para que Reston no le hiciera daño a Rebecca, jurando que si se lo hacía, le sacaría su propio hígado y se lo haría tragar.
Buscaron el ascensor, sin correr por el interminable pasillo gris, pero sin perder el tiempo. La cantina estaba vacía, y un registro de medio minuto convenció a John de que los trabajadores se habían marchado. Había señales claras de que los tipos habían agarrado todas sus pertenencias y habían salido cagando leches.
Bueno, al menos espero que Reston todavía esté por aquí…
John decidió mientras recorrían el pasillo, que si el señor Azul seguía en la sala de control, lo dejaría inconsciente. Un buen puñetazo en la sien sería suficiente, y si no se despertaba antes de que Fósil empezara a destruir todo aquello, mala suerte.
Pasaron de largo por delante del pequeño pasillo que llevaba a la sala de control, ambos jadeantes, ambos conscientes de que necesitaban mucho más un ascensor en funcionamiento de lo que necesitaban joder a Reston. Como León bien había dicho, no querían estar en Planeta cuando ocurriera el gran espectáculo final.
El panel abierto y la pequeña luz que brillaba encima del letrerito donde ponía OCUPADO fueron suficientes para que John sonriera como un niño feliz. Sintió el alivio como una oleada de frescor: se habían arriesgado mucho al decidir soltar a Fósil antes de asegurarse una ruta de escape.
León pulsó el botón de llamada mientras su cara mostraba la misma expresión de alivio que John.
—Dos, dos minutos y medio —dijo, y John asintió.
—Sólo un vistazo rápido —le respondió, y se dio la vuelta hacia el pequeño pasillo que cruzaba el corredor principal. León se había quedado sin munición, pero a John todavía le quedaban unas cuantas balas en el M-16 por si acaso a Reston se le ocurría hacer algo estúpido.
Se apresuraron en llegar a la puerta al final del pasillito y descubrieron que no estaba cerrada con llave. John entró el primero y trazó un semicírculo con su rifle que cubrió toda la estancia, y luego lanzó un silbido al ver todo el despliegue de medios.
—Mierda —exclamó en voz baja.
Había una hilera de sillas de cuero negro colocada delante de una pared completamente cubierta de pantallas. Una moqueta de color rojo intenso. Una consola de mandos plateada y resplandeciente, de aspecto ultramoderno, con una mesa de lo que parecía mármol macizo justo detrás.
Al menos no tenemos que andar rebuscando entre papeles y similares…
No había nada a la vista excepto una taza de café y un termo plateado en la consola. Ni informes, ni material de oficina, ni objetos personales… ni un libro de códigos secretos.
—Será mejor que nos vayamos —dijo León—. Estoy calculando el tiempo de memoria, y no me gustaría equivocarme ni por un minuto.
—Sí, vale. Vamos…
Vieron que algo se movía en una de las pantallas de la pared, una de las centrales de la segunda fila empezando por arriba. John se acercó preguntándose de quién demonios podía tratarse.
Los empleados ya se han ido, y son dos personas, no pueden ser…
—Oh, mierda —profirió John, y sintió que el estómago le daba un vuelco, una sensación que pareció repetirse una y otra vez mientras seguía mirando la pantalla.
Reston con un revólver que arrastraba a Rebecca por un pasillo agarrándola del cuello con el brazo. Los pies de Rebecca medio arrastrándose por el suelo, con la cabeza bamboleante y los brazos completamente fláccidos.
—¡Claire!
John apartó la vista de la pantalla y vio que León estaba mirando otro monitor, y advirtió que Claire y David recorrían a toda prisa y armados otro pasillo sin detalles reconocibles.
—¿Podemos volver a llenar el cilindro? —gritó John, con aquella sensación todavía en el estómago, todavía más atemorizado que en cualquier otro momento de la noche al ver allí a sus compañeros.
Ese cabrón tiene a Rebecca…
—No lo sé —respondió León con rapidez—. Podemos intentarlo, pero tenemos que irnos ya…
John se separó de la pared en busca de la pantalla que mostraba la zona del laboratorio. Su agotamiento había desaparecido por completo ante la nueva descarga de adrenalina que había producido su cuerpo.
Allí estaba, una estancia a oscuras con una única bombilla que alumbraba un cilindro y al ser que forcejeaba en su interior. Instantes después, unas manos goteantes atravesaron la sustancia transparente, rompiendo, partiendo, y luego apareció una enorme pata de reptil que salió en casi toda su longitud.
Demasiado tarde: Fósil había despertado.

Capítulo 21
La criatura denominada serie Tirano ReH1a, comúnmente conocida como Fósil, estaba motivada únicamente por sus instintos, y más concretamente, por uno solo: comer. Todas sus acciones se veían determinadas por aquel único estímulo primario. Si algo se interponía entre Fósil y su alimento, lo destruía. Si algo le atacaba, o intentaba impedir que comiera, Fósil lo mataba. No sentía ninguna necesidad de reproducirse, ya que Fósil era el único miembro de su especie.
Fósil se despertó hambriento. Percibió el alimento al detectar las descargas eléctricas en el aire, los olores, el distante calor… y destruyó la cosa que le mantenía encerrado. El entorno le era desconocido, pero eso no le importaba a Fósil: estaba hambriento, y había comida.
Con una altura de tres metros y un peso de casi media tonelada, la pared que se interponía entre Fósil y la comida no duró mucho tiempo en pie. Al otro lado había otra pared, luego otra… y entonces notó muy cerca el sabroso aroma y el olor del alimento, tan cerca, que Fósil experimentó lo más parecido que tenía a una emoción: necesidad; un estado de su ser que iba más allá del hambre, una poderosa extensión de su instinto que le animaba a moverse con mayor rapidez. Fósil se comería prácticamente cualquier cosa, pero el alimento vivo siempre le hacía sentir necesidad.
La pared que le había impedido finalmente llegar a la comida era más gruesa y resistente que las otras, pero no tanto como para poder detener a Fósil. Atravesó capa tras capa de material y llegó a un lugar extraño, sin nada orgánico excepto la comida, la aullante comida en movimiento.
La comida se abalanzó contra él, y aunque era difícil de ver, olía mucho. La comida alzó una garra y atacó a Fósil, gritando de furia por el deseo de atacar y matar que sentía. Fósil lo sabía por su olor. En pocos segundos, Fósil se vio rodeado de comida, y sintió de nuevo la necesidad. Los animales, la comida, aullaron y chillaron, saltaron de un lado a otro, y Fósil alargó un brazo y agarró al más cercano.
La comida tenía garras afiladas, pero el pellejo de Fósil era grueso. Fósil mordió la comida y arrancó un gran trozo del cuerpo que se retorcía, y se sintió satisfecho. Su sentido del deber se veía cumplido siempre que masticara y tragara, con la sangre caliente corriéndole por la garganta, con la carne caliente desgarrada entre sus dientes.
Los otros animales comida continuaron atacándole, lo que hizo que a Fósil le resultara fácil comer. Fósil devoró todos los animales comida en poco tiempo, y su metabolismo utilizó el alimento casi con la misma rapidez, lo que le proporcionó a Fósil fuerzas para encontrar más comida. Era un proceso extremadamente simple, un proceso que no se detenía jamás mientras Fósil estuviese despierto.
Fósil, una vez acabó su tarea en la habitación oscura y cavernosa donde había encontrado la comida aullante, se lamió los dedos y desplegó sus sentidos en busca de su siguiente comida. Descubrió en pocos segundos dónde había más, viva y en movimiento cerca de allí.
Fósil sentía necesidad. Fósil estaba hambriento.

Capítulo 22
La chica estaba enferma, con la piel pegajosa por el sudor. Sus intentos de escaparse fueron débiles y patéticos. Reston deseó poder librarse de ella, dejarla caer y echar a correr, pero no se atrevió. Ella era su salvoconducto para los demás intrusos de la superficie. Seguro que no matarían a una de los suyos.
Aun así, deseó que la estúpida chica no estuviese tan enferma. Le estaba retrasando, ya que apenas era capaz de caminar, así que no tuvo más remedio que continuar arrastrándola por el pasillo trasero, hacia el norte, y luego hacia el este, a la esquina más alejada de la instalación, en dirección a la puerta que daba al bloque de celdas. El montacargas estaba a dos minutos de donde estaban las celdas.
Ya casi hemos llegado, ya casi ha terminado esta noche increíble, imposible, ya no estamos lejos…
Era un individuo extremadamente importante, un miembro respetado que pertenecía a un grupo que tenía más poder y más dinero que muchos países, él era nada menos que Jay Wallingford Reston… y allí estaba, siendo acosado en sus propias instalaciones, viéndose obligado a tomar un rehén, a apuntar su arma a la cabeza de una chica enferma y a escaparse como si fuera un criminal. Era algo ridículo, casi increíble.
—No puedo respirar —susurró la muchacha con la voz estrangulada y áspera.
—Mala suerte —le respondió él sin dejar de arrastrarla tirando de su garganta con su brazo; debería habérselo pensado antes de intentar atacar Planeta.
La hizo pasar a través de la puerta que llevaba al bloque de celdas, sintiéndose mejor con cada paso que daba. Cada uno de ellos representaba estar un paso más cerca de la salvación, de la supervivencia. No lo matarían a balazos un grupo de paletos justicieros sin visión de futuro; antes se pegaría un tiro él mismo.
Pasaron por delante de las celdas vacías, casi habían llegado a la puerta… y la chica trastabilló, cayendo encima de él con tanta fuerza que casi lo derribó. Se agarró con fuerza a él intentando recuperar el equilibrio, y Reston sintió una repentina oleada de furia contra ella, de rabia.
Asesina, zorra estúpida, espía, debería matarte aquí mismo, ahora, volarte los estúpidos sesos y esparcirlos por las paredes…
Recuperó el autocontrol antes de apretar el gatillo, pero la pérdida del dominio sobre sí mismo lo asustó un poco. Hubiera sido un error, y bastante grave.
—Hazlo otra vez y te mataré —le dijo con voz helada, y abrió de una patada la puerta que llevaba al pasillo principal, encantado del tono inmisericorde de su voz. Sonaba fuerte, como el de un hombre que no dudaría en matar si así le convenía para sus propósitos… y se dio cuenta de que eso era él. Atravesó al puerta y llegó al pasillo…
—¡Suéltala, Reston!
John y Rojizo estaban en la esquina, y los dos lo apuntaban con sus armas. Le cortaban el paso al montacargas.
Reston se dio inmediatamente la vuelta con la chica. Tendrían que retroceder hasta el bloque de celdas mientras decidía cómo solucionar…
—Olvídalo —le dijo Rojizo con voz agresiva—. Están justo detrás de ti, les vimos persiguiéndote. Estás atrapado.
Reston apretó con mayor fuerza el cañón del revólver contra la cabeza de la muchacha, completamente desesperado. Tengo al rehén, no pueden, tienen que dejarme marchar…
—¡La mataré!
Retrocedió hacia la estancia previa al programa de pruebas, con la chica esforzándose por mantenerse en pie.
—Y entonces nosotros te mataremos —le contestó John, sin ningún asomo de duda en su voz—. Si le haces daño a ella, nosotros te lo haremos a ti. Suéltala y nos marcharemos.
Reston llegó a la puerta de metal cerrada y alargó la mano en busca del panel de control. Apretó el botón que abría la puerta y la compuerta que daban a la fase Uno.
—No pretenderéis que me crea eso —les dijo en tono de burla mientras la hoja de metal ascendía. Sólo quedaba un dáctilo con vida y había dejado abierta su jaula.
Puedo subirme a ella, todavía puedo escapar de ellos, ¡no es demasiado tarde!
En aquel instante, la puerta del bloque de celdas se abrió y aparecieron los otros dos… interponiéndose entre los asesinos y él, y actuó antes de ni siquiera haberlo pensado, arriesgándose.
Reston apartó de sí a la muchacha de un fuerte empujón, enviándola hacia los cuatro individuos, y saltó a su izquierda en el mismo movimiento, golpeando la compuerta con su hombro. La puerta que daba a la fase Uno se abrió inmediatamente y la atravesó, cerrándola de golpe. Había un cerrojo, y él lo cerró inmediatamente. El ruido metálico le sonó a música celestial.
Mientras se mantuviera alejado de los claros, estaba a salvo. No podían tocarlo.
Unas manos fuertes la agarraron antes de que pudiera caerse al suelo, y pudo respirar de nuevo, y John y León estaban vivos… El alivio que sintió fue como una oleada de calidez que la envolvió y la hizo sentirse todavía más débil de lo que se encontraba. El continuo ahogo le había quitado las pocas fuerzas que le quedaban. De hecho, Rebecca se dio cuenta al pensarlo de que se sentía como la muerte sobre dos piernas, como mierda sobre una tostada, que era lo que solía decir cuando era más joven…
Claire la sostuvo, fueron las fuertes manos de Claire las que había sentido, y todo el mundo se reunió a su alrededor. John la alzó con facilidad. Rebecca cerró los ojos y se dejó llevar por el agotamiento.
—¿Estás bien? —le preguntó David, y ella asintió, aliviada y alegre al ver que todos estaban juntos de nuevo, que nadie había resultado herido… Bueno, nadie menos yo…
Y supo que en cuanto tuviera ocasión de descansar, se recuperaría.
—Tenemos que salir de aquí, ahora mismo —dijo León, con un tono de voz tan urgente que hizo que Rebecca abriera los ojos, y las sensaciones de calidez y somnolencia desaparecieron inmediatamente.
—¿Qué pasa? —inquirió David, con un tono de voz igualmente alarmado.
John se dio la vuelta y comenzó a recorrer el pasillo con ella en brazos, hablando por encima de su hombro.
—Ya te lo contaremos mientras subimos, pero tenemos que salir pitando de aquí, y sin bromas.
—¿John? —dijo Rebecca, y él bajó la vista, sonriendo un poco, pero sus ojos oscuros indicaban otra emoción.
—No pasa nada —le contestó—. Tú tranquilízate y empieza a inventarte algún cuento sobre tus heridas de guerra.
Ella jamás lo había visto tan intranquilo, y comenzó a decirle que estaba herida, pero que no se había vuelto estúpida… cuando sonó un crujido tremendo y rugiente en algún sitio por delante de ellos, un sonido parecido al de una pared al venirse abajo, al de una ventana que estallara, como el que haría un elefante en una tienda de porcelana…
John dio media vuelta inmediatamente, corriendo para desandar el camino que llevaba recorrido… y ella ya no pudo ver nada, pero oyó a Claire jadear por la sorpresa, oyó exclamar «¡Oh, Dios mío!» a David con una expresión de incredulidad pasmada, y sintió que su cansado corazón comenzaba a palpitar con fuerza por el miedo.
Algo realmente malo se estaba acercando.

Capítulo 23
Maldita sea, no corremos bastante… Fósil apareció en el pasillo que llevaba al montacargas en mitad de un torbellino de trozos de cemento y una polvareda repleta de cascotes, como una visión procedente del infierno. Su morro y sus manos estaban completamente rojas, y su cuerpo, de un color blanquecino enfermizo e igualmente cubierto de manchas rojas, llenó todo el pasillo.
—¡Cargador! —gritó León sin apartar la vista del inmenso monstruo, que seguía a treinta metros de ellos, lo que no era lo bastante lejos. Desenfundó su H&K y sacó el cargador vacío, sin apenas darse cuenta de que era Claire quien se lo daba, mientras Fósil daba otro paso hacia ellos…
David empezó a disparar su M-16, con el tableteo del arma resonando por todo el pasillo. Fósil dio otro enorme paso mientras León metía de una palmada el cargador en su sitio. John apareció de repente a su lado, con el cargador de rifle que le había entregado David, Claire se situó al otro lado de David, y todos ellos apuntaron contra la criatura.
León centró el punto de mira en el ojo derecho del monstruo y apretó el gatillo. El estampido de su nueve milímetros se perdió entre el estruendo de la potencia de fuego combinada de todas las armas…
¡Bangbangbangbang!, todos los estampidos se fundieron en un único tronar ensordecedor. Fósil inclinó la cabeza hacia un lado, como si sintiera curiosidad, mientras daba otro paso hacia el muro de proyectiles.
—¡Retroceded! —gritó David, y León dio un paso atrás, horrorizado ante la falta de heridas visibles en Fósil. Si le estaban haciendo daño, León era incapaz de verlo, pero le tiraban con todo lo que tenían. Intentó acertarle de nuevo en el ojo y oyó que Claire gritaba algo; se giró lo suficiente para ver de refilón que había sacado una granada y se la entregaba a David.
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó David a su vez, y John agarró del brazo a León y tiró de él. Ambos se dieron la vuelta y salieron disparados con Claire a su lado. León rezó para que estuvieran lo bastante lejos para no ser impactados por los fragmentos de metal caliente.
Claire siguió corriendo, aterrorizada, pensando que jamás había visto algo como aquello. Una pesadilla pintada de sangre, una sonrisa malvada repleta de dientes afilados, y unas manos, unas manos con los dedos demasiado largos y también manchados de rojo…
Qué es eso, cómo puede existir eso…
—¡Fuego en el agujero! —aulló David, y Claire pegó un salto para alejarse lo máximo posible, intentando volar, y viendo en ese segundo en el aire el rostro pálido y agotado de Rebecca. La chica estaba recostada sobre la pared trasera, todavía a treinta metros…
¡BOUUM!, echó realmente a volar, con John a su derecha. Un cuerpo cálido cayó sobre su espalda… y todos se estrellaron contra el suelo. Claire intentó aterrizar sobre su hombro, pero en vez de eso lo hizo con todo su peso sobre un brazo.
¡Au, au, au!
David se había arrojado sobre ella, ya fuera a propósito o por la onda expansiva, y cuando se incorporó y giró para mirar, vio una expresión de dolor en su rostro. También vio dos, tres trozos de metal oscuro sobresaliendo de su espalda, clavando el tejido de lana a su piel. Alargó la mano para ayudarlo… y se dio cuenta de que el monstruo seguía en pie. Se estaba frotando el pecho y la tripa, en las ennegrecidas manchas producidas por la explosión de la granada de fragmentación. Unos cuantos pedazos de metralla le habían atravesado la piel, pero Claire pensó, aunque era difícil decirlo por el silencio de la criatura, que, por el modo en que daba otro paso adelante, no parecía sentirse amenazada. Abrió la boca, sus tremendas fauces de lagarto, y dejó al descubierto tiras de una carne desconocida colgando entre sus dientes afilados. Dio otro paso adelante en silencio, sonriendo con su sonrisa carnívora, y Claire se imaginó que podía oler la carne ensangrentada en su aliento, de fuese lo que fuese lo que se estuviese pudriendo en sus entrañas…
¡ESPABILA!
Se puso en pie, haciendo caso omiso del dolor del brazo, y alargó el otro para tomar la mano extendida de David y ayudarlo a incorporarse. En cuanto lo hubo hecho, alzó su nueve milímetros y empezó a disparar de nuevo, a sabiendas de que no sería suficiente, pero no sabiendo qué otra cosa hacer.
Heridas en cuatros puntos de la espalda, todas en la parte superior, todas dolorosamente agudas. David dejó escapar el aire entre los dientes, decidió que el dolor era soportable y no pensar más en ello hasta que fuera el momento oportuno. Aquel monstruo de locura seguía en pie, y puede que hubieran frenado su avance, pero no lo habían detenido, y no tenían nada más potente que utilizar contra él de lo que ya habían usado.
A correr, tenemos que echar a correr…
Ya estaba abriendo la boca mientras lo pensaba, listo para gritar y hacerse oír por encima de los disparos de John, León y Claire, que estaban vaciando los cargadores, aunque los proyectiles eran tan inútiles como la granada.
—¡John, lleva a Rebecca! ¡Retroceded, no podemos pararlo!
John ya había desaparecido, y León y Claire retrocedían de lado, disparando, al igual que él, por si existiera una ínfima posibilidad de herirlo de algún modo, de que alguno de los proyectiles impactara en algún sitio que le hiciera daño.
—¡David, podemos pasar por donde las pruebas, es de acero reforzado! —le gritó John.
David no tuvo muy claro de lo que estaba hablando, pero entendió las palabras «acero reforzado». Probablemente tampoco detendría al mutante, pero era posible que al menos lo retrasara lo bastante como para que se reagruparan y se les ocurriera algún plan.
—¡Vamos! —le gritó a su vez David, y el monstruo dio dos, tres pasos hacia ellos. Al parecer, ya no le interesaba un acercamiento cauteloso. A aquella velocidad, los alcanzaría en escasos segundos.
—¡Corred, seguid a John! —dijo con otro grito, y cubrió a León y a Claire por un segundo antes de dar la vuelta y echar a correr a su vez.
Acero, acero reforzado… Un mantra  que recorrió una y otra vez su mente mientras seguía corriendo. Claire y León doblaron la esquina, y vio a John y a Rebecca en el interior de la estancia situada al final del pasillo en cuanto él mismo dobló la esquina. Era la estancia donde el individuo enloquecido había entrado.
—¡David, aprieta el botón, cierra la puerta! —le gritó John.
David vio los controles, las pequeñas luces que había sobre los grandes botones redondeados, y se dirigió hacia ellos, sin dejar de correr a toda velocidad.
Claire y León ya estaban dentro. David alargó con rapidez el brazo y apretó con la palma de la mano el botón más grande de la pared, esperando haber escogido el adecuado… y pasó al otro lado, justo un instante antes de que la hoja de metal cortara el aire a su espalda, lo bastante cerca como para que notara el movimiento de bajada en la nuca.
Se dio la vuelta justo a tiempo para ver cómo el pesado cuerpo blanco del híbrido se estrellaba contra la puerta, con su pecho aplastándose contra la gruesa ventana de plexiglás colocada en mitad de la misma. La puerta se estremeció en sus monturas, y David se dio cuenta de que no aguantaría mucho rato.
Por favor, aguanta, aunque sólo sea un momento…
Se giró y vio que León estaba junto a la pequeña compuerta situada al otro lado, vio el horror reflejado en su rostro, su cara desprovista de color, su mano temblorosa sobre el tirador de la puerta.
—Cerrada —dijo, y en el exterior, el monstruo se lanzó de nuevo contra la puerta.
Reston oyó el sonido mientras estaba intentando encontrar un modo de subirse a la madriguera de los Av. La jaula estaba a unos tres metros del suelo, un simple agujero abierto en la pared, y no había ninguna escalera. El árbol más cercano estaba a unos dos metros por lo menos, así que era imposible, pero el otro único modo de salir de allí era por donde había entrado, y no se atrevía a regresar al pasillo principal. Estaba a punto de decidirse por subir al árbol e intentar saltar cuando unos estruendos se colaron en la estancia procedentes de la fase Dos.
Reston se acercó hasta la puerta que conectaba la fase Uno con la Dos, notando cierta curiosidad a pesar del miedo que también sentía. Las distintas fases estaban prácticamente insonorizadas. Un ruido semejante sólo podía proceder de una bomba o de un equipo de demolición…
Lo que significa que se trata de una bomba. Al final esos monstruos han colocado explosivos.
Reston se quedó esperando al lado de la puerta por un momento, pero no oyó nada más. El dáctilo solitario soltó un grito en algún lugar de la estancia, pero al parecer, se había quedado sin ganas de pelear después de perder a todos sus compañeros. Ni siquiera había intentado atacarle.
Explosivos…
La fase Dos se encontraba directamente detrás de la sala de control, con una pared de doble grosor entre las dos, lo que significaba que los intrusos habían volado la sala de control, el lugar más importante y el más caro de todo Planeta. No podían haber escogido un objetivo mejor: la instalación no servía prácticamente para nada con la sala de control destruida.
Pero quizá me han proporcionado otro modo de salir…
Reston no tenía muy claro si aquellos mercenarios bárbaros se habían marchado o no por fin, dejando atrás los restos destrozados de Planeta…
Pero si lo han hecho…
Si lo habían hecho, podría marcharse. Quizá simplemente marcharse… y no sólo de Planeta, sino de White Umbrella. Estaba bastante seguro de que Jackson lo mataría por todo lo que había ocurrido… pero no podría si Reston desaparecía.
Unos cuantos miles de dólares para Hawkinson, para que me lleve a un sitio seguro…
Podría funcionar si lo organizaba bien, si cambiaba de nombre e identidad y se marchaba lejos, muy lejos. Funcionaría.
Asintió para sí mismo y abrió ligeramente la puerta que llevaba a la fase Dos sin saber lo que podría haber… pero aun así fue toda una sorpresa ver los enormes, los tremendos agujeros en dos de las paredes del desierto, y el cemento, la madera y el acero hechos pedazos. Cada boquete tenía como mínimo tres metros de anchura, y quizás unos seis de altura. No vio restos de humo por ningún lado, pero se imaginó que los saboteadores habían utilizado algún compuesto explosivo de alta tecnología, alguna clase de material al que la escoria como ellos siempre tenía acceso.
Seguía haciendo mucho calor, y las luces le deslumbraban, pero estaba claro que algo había refrescado con la nueva «ventilación»… y aunque se quedó escuchando durante un buen rato, no oyó ningún ruido que indicara la presencia de los intrusos. A menos que fuese alguna clase de trampa…
Reston sacudió la cabeza, divertido por su propia paranoia. En ese momento, cuando había decidido ser libre, dejando atrás las ruinas de su vida anterior, sentía una especie de júbilo. Una sensación de nuevas posibilidades, incluso de renacimiento. Ellos ya se habían marchado, con su misión cumplida y Planeta devastado.
Dios mío, han conseguido todo lo que se proponían, ¿verdad?
La destrucción era casi total. El enorme agujero estaba casi exactamente donde había estado la pared llena de pantallas. Unos gruesos fragmentos de cristal, algunos trozos de cables y circuitos, un leve olor a ozono… eso era todo lo que quedaba del excelente sistema de vigilancia por vídeo. Cuatro de las sillas de cuero habían sido arrancadas de sus monturas fijas al suelo, y la mesa de talla y valor únicos había sido partida en dos… y en la pared noroeste de la estancia se abría otro gigantesco agujero rodeado de escombros.
Y a través de ese agujero…
Reston podía ver el montacargas. El montacargas en funcionamiento, con las luces encendidas, con el ascensor allí mismo.
¿Era una trampa? Parecía demasiado bueno para ser verdad… pero en ese momento oyó un golpeteo lejano, en algún punto más allá del bloque de celdas, y pensó que por fin estaba teniendo suerte. Los empleados ya se habían marchado, así que aquellos ruidos sólo podían proceder del equipo de malditos ex-agentes de los STARS. Estaban lo bastante lejos como para que él ya estuviera a mitad de camino de la superficie antes de que pudieran regresar.
Reston sonrió, sorprendido de que todo acabara de ese modo. Le parecía que era tan, tan… un anticlímax, algo vulgar.
¿Y me voy a quejar por ello? No, nada de quejas. No mías desde luego.
Reston atravesó el agujero, avanzando con cuidado para evitar los fragmentos de cristal.
La lucha con los animales comida le había hecho sentirse hambriento de nuevo, le hacía sentir ansia de comer. Que hubiera una pared resistente interponiéndose en el camino de Fósil sólo le avivó las ganas de comer, de cumplir su propósito. Siguió machacando el recio obstáculo, sintiendo cómo la materia se doblaba, se hacía menos rígida… y aunque no pasaría mucho tiempo antes de poder llegar a los animales, Fósil olió de repente nueva comida. Del lugar por donde había venido, alimento en terreno abierto y expuesto, sin ningún obstáculo entre ellos y Fósil.
Regresaría después de haber comido. Fósil se dio media vuelta y echó a correr, hambriento y con necesidad, decidido a comer antes de que el alimento pudiera marcharse.
En cuanto Fósil se dio media vuelta y se marchó a toda velocidad, John empezó a patear la puerta al darse cuenta de que era la única oportunidad que tendrían de escapar. El increíble machaqueo continuado que el monstruo había hecho sufrir a la puerta se lo había puesto fácil, ya que el grueso metal casi se había salido de sus raíles.
Claire y León empezaron a patear también la puerta. En pocos segundos ya habían logrado separar lo bastante la hoja de sus raíles como para que cayera y se estrellara contra el suelo con un resonante estruendo metálico… y un instante después ya estaban corriendo, corriendo hacia el ascensor. David llevaba a Rebecca, y todos se mantuvieron en silencio. Sabían que Fósil regresaría, todos ellos lo sabían, y que no tenían ninguna posibilidad de supervivencia si lo hacía.
—¡NO! ¡NO! ¡NO!
Era un hombre el que gritaba, y cuando John dobló la esquina, vio que se trataba de Reston, vio que estaba corriendo por el pasillo, con Fósil acercándosele cada vez más.
Siguieron corriendo, y John se preguntó cuánto tardaría el monstruo en comerse por entero a un ser humano. Cuando llegaron al ascensor, saltaron a través de las puertas, y cuando León bajaba la puerta de rejilla oyeron un grito aullante que se elevó de tono hasta convertirse en un chillido inhumano… que se interrumpió de repente, cortado por un fuerte crujido chasqueante.
El ascensor comenzó a subir.

Capítulo 24
Rebecca se estaba quedando dormida. El zumbido del ascensor era tan tranquilizador como el latido del corazón de David. A pesar de lo cansada que estaba, logró levantar una mano increíblemente pesada hasta el libro negro que llevaba metido en la cintura de los pantalones. Reston ni siquiera se había dado cuenta, y al parecer no se había imaginado que era capaz de fingir una caída como la mejor de las actrices.
Pensó en decírselo a los demás, en romper el silencio que se cernía sobre el ascensor y contárselo, pero luego decidió que era mejor esperar: se merecían una sorpresa agradable.
Rebecca cerró los ojos y descansó. Todavía les quedaba mucho camino, pero la situación estaba cambiando: Umbrella pagaría por sus crímenes. Ellos se encargarían de que así fuera.

Epílogo
Los cinco agotados soldados agotados salieron, David y John sosteniendo a la joven Rebecca, y León y Claire sonriéndose mutuamente como un par de enamorados, y se encontraron bajo el suave amanecer del desierto de Utah.
Trent se recostó en la silla con un suspiro mientras jugueteaba con su anillo de ónice engastado. Esperaba que se tomaran un día o dos de descanso antes de ponerse en camino de su siguiente gran enfrentamiento… quizá su última gran batalla. Se merecían algo de descanso después de todo lo que habían sufrido. Lo cierto es que, si alguno de ellos sobrevivía a lo que se les avecinaba, se aseguraría de que fueran ampliamente recompensados.
Suponiendo que todavía esté en condiciones de otorgar recompensas…
Lo estaría, por supuesto. Cuando Jackson y los demás se dieran cuenta de lo que estaba haciendo, tendría que desaparecer… pero disponía de media docena de identidades completamente imposibles de rastrear donde escoger, repartidas a lo largo y ancho de todo el mundo, y cada una de ellas era extremadamente acaudalada. Y los de White Umbrella no disponían de los recursos necesarios para seguirle la pista. Era cierto que disponían del dinero y del poder suficientes, pero simplemente no eran lo bastante inteligentes. He logrado llegar hasta donde estoy, ¿no?
Trent suspiró de nuevo y se recordó a sí mismo que no debía dormirse en los laureles, al menos, no de momento. Sabía que no era conveniente confiarse demasiado. Personas mucho mejores que él habían muerto a manos de Umbrella. En cualquier caso, o acababa con ellos o ellos acababan con él. Fin de sus problemas, de un modo u otro.
Se puso en pie, estiró los brazos por encima de la cabeza y liberó la tensión de los hombros. El satélite pirata le había permitido ver y oír casi todo lo que había ocurrido, y había sido una noche larga y llena de acontecimientos. Unas cuantas horas de sueño era lo único que necesitaba. Lo había preparado todo para no estar disponible hasta mediodía más o menos, pero luego tendría que llamar a Sidney… y el viejo bebedor de té estaría casi histérico para entonces, lo mismo que los demás. Los servicios del misterioso señor Trent serían necesarios de un modo desesperado, y tendría que salir en el siguiente vuelo. Por mucho que deseara ver el regreso de Hawkinson y observar cómo intentaba inútilmente eliminar a Fósil, necesitaba mucho más dormir.
Trent apagó las pantallas y salió de su centro de operaciones, una sala de estar con unas pocas modificaciones bastante costosas. Entró en la cocina, que era simplemente una cocina. La pequeña casa en la zona alta de Nueva York era su santuario, si no su hogar. Era desde allí desde donde dirigía la mayor parte de su trabajo. No los grandiosos planes que desarrollaba para White Umbrella, sino su verdadero trabajo. Si alguien realizaba alguna comprobación, descubriría que la casa de estilo Victoriano de tres plantas pertenecía a una ancianita llamada Helen Black. Era un pequeño chiste privado, comprensible sólo para él.
Trent abrió la nevera y sacó una botella de agua mineral mientras pensaba en el aspecto que había mostrado Reston en sus últimos momentos, cara a cara con su final. Un trabajo estupendo aquello de utilizar a Fósil contra él. Lo que había sido mala suerte era lo de Cole. El hombre podría haber sido todo un valor añadido al pequeño pero creciente grupo de la resistencia.
Se llevó el agua arriba y utilizó el baño antes de cruzar un corto pasillo mientras se preguntaba de cuánto tiempo disponía todavía. En las primeras semanas de su entrada en contacto con White Umbrella, se había medio esperado que lo llamaran a la oficina de Jackson y que le pegaran directamente un tiro en cualquier momento. Pero las semanas se habían transformado en meses, y no había detectado ni siquiera un rumor de duda de ninguno de ellos.
Una vez en el dormitorio, preparó la ropa que iba a llevar en el vuelo y luego se desvistió. Decidió que haría la maleta mientras se tomaba el café, después de llamar a Sidney. Apagó la luz y se metió en la cama, quedándose sentado un momento mientras bebía sorbos de la botella y repasaba los meticulosos planes de las siguientes semanas. Estaba cansado, pero la meta final de su vida estaba por fin a su alcance. No era fácil conseguir dormirse cuando uno estaba a punto de lograr la culminación de tres décadas de planes y sueños, de un deseo tan guardado que se había convertido en una parte inseparable de él… Pero al final…
Trent sonrió, dejó la botella en la mesilla de noche y se deslizó bajo la gruesa colcha. Al final, la maldad de White Umbrella saldría a la luz. Matar a los protagonistas hubiera sido mucho más fácil, pero no hubiera quedado satisfecho con sus muertes. Quería verlos destruidos, financiera y emocionalmente, con sus vidas destrozadas en todos los sentidos prácticos. Y cuando llegase ese día, cuando los jefes vieran todos sus preciosos esfuerzos convertirse en cenizas, allí estaría él. Él estaría allí para bailar sobre la tumba de sus sueños, y sería realmente un día maravilloso.
Y como hacía a menudo, Trent repasó el discurso que tenía en la mente, el discurso que había pasado toda una vida practicando para ese día. Jackson y Sidney tendrán que estar allí, lo mismo que los «chicos» europeos y los financieros japoneses, Mikami y Kamiya. Todos ellos sabían la verdad, habían sido conspiradores en la traición…
Estaré de pie ante ellos, sonriendo, y les diré: «Por si acaso alguno de ustedes lo ha olvidado, les haré una breve introducción.
»A comienzos de la existencia de Umbrella, antes de que hubiera nada parecido a White Umbrella, vivió un científico que trabajaba en la sección de investigación y desarrollo. Se llamaba James Darius. El doctor Darius era un microbiólogo con una ética y un compromiso, y junto a su adorable esposa Helen, de hecho doctora en farmacología, pasó incontables horas desarrollando para sus jefes un compuesto capaz de reparar los tejidos, una sustancia que el propio James había creado. Aquel compuesto que absorbió tantas horas de trabajo del matrimonio era una estructura vírica de diseño brillante que, si se desarrollaba adecuadamente, poseía el potencial de reducir enormemente el sufrimiento de la humanidad, e incluso de erradicar las muertes por heridas traumáticas.
»Tanto James como Helen tenían grandes esperanzas puestas en su trabajo, y eran tan responsables, tan leales y tan confiados, que se dirigieron inmediatamente a Umbrella en cuanto se dieron cuenta de las capacidades de lo que habían diseñado. Y Umbrella también se dio cuenta de su potencial, excepto que lo que ellos vieron fue un desastre comercial si un milagro semejante salía al dominio público. Imagínense todo el dinero que una compañía farmacéutica podría perder si millones de personas dejan de morir cada año, pero imagínense también la cantidad de dinero que se podría ganar si aquella estructura vírica pudiera desarrollarse para tener aplicaciones militares. Imagínense el poder.
»Lo cierto es que, con unos incentivos como aquéllos, Umbrella no tuvo elección. Tomaron la estructura vírica del doctor Darius, sus notas y sus investigaciones, y se lo entregaron todo a un joven y brillante científico llamado William Birkin, que apenas tenía veinte años y ya era jefe de su propio laboratorio. Verán, Birkin era uno de ellos. Un hombre que tenía la misma visión, la misma falta de ética, un hombre al que podrían utilizar. Y con su propia marioneta ya funcionando, ellos se dieron cuenta de que tener al buen doctor y a la buena doctora podría causar algunos inconvenientes.
»Así pues, se produjo un incendio. Un accidente, según se dijo, una terrible tragedia: dos científicos y tres leales ayudantes murieron abrasados. Mala suerte, muy triste, caso cerrado. Y así es como comenzó la división de Umbrella conocida como White Umbrella. Investigación sobre armas biológicas. Un juego para los ricachones y sus pelotilleros, para individuos que habían perdido cualquier cosa parecida a una conciencia hacía mucho, mucho tiempo —aquí sonreiré de nuevo—. Para hombres como ustedes.
»Los de White Umbrella habían pensado en todo, o eso creyeron. Lo que no habían tenido en cuenta, ya fuera por ser demasiado cortos de vista o por ser unos prepotentes ignorantes, era al joven hijo de James y Helen, su único hijo, que estaba en un colegio de internado cuando sus padres fueron quemados vivos. Quizá simplemente lo olvidaron. Pero Victor Darius no olvidó. De hecho, Victor Darius creció pensando en lo que Umbrella había hecho. Yo me atrevería a decir que creció obsesionado con ello. Llegó un día en que Victor ya no podía pensar en otra cosa, y fue entonces cuando decidió hacer algo al respecto.
»Victor Darius sabía que para vengar a su padre y a su madre tendría que ser extremadamente inteligente y muy, muy cauteloso. Así que pasó años tan sólo haciendo planes. Y más años aprendiendo lo que necesitaba saber, e incluso más años estableciendo los contactos adecuados, moviéndose en los círculos de poder adecuados, y se comportó de un modo tan tortuoso y tan deshonesto como sus enemigos. Y un día asesinó a Umbrella, lo mismo que ellos habían asesinado a sus padres. No fue fácil, pero estaba decidido a ello, y había dedicado toda su vida a aquel proyecto».
Sonreiré de oreja a oreja, y añadiré: «Ah, por cierto, ¿he dicho que Victor Darius se cambió de nombre? Era algo un poco arriesgado, pero decidió utilizar el segundo nombre de su padre, o al menos, parte de él. Después de todo, James Trenton Darius ya no lo utilizaba».
El discurso siempre cambiaba un poco, pero en lo esencial seguía siendo igual. Trent sabía que jamás tendría la oportunidad de soltárselo a todos aquellos hombres a la vez, pero había sido aquella idea la que lo había empujado a seguir a lo largo de tantos años. En las noches que no había podido dormir por la rabia que sentía, recitar aquel discurso había sido una especie de amarga canción de cuna. Se imaginaba el aspecto que tendrían sus rostros viejos y cansados, el horror reflejado en sus ojos, su temblorosa indignación ante su traición. De algún modo, aquella imagen siempre había logrado amainar la furia que sentía y le había proporcionado algo de paz…
Pronto. Después de Europa, amigos míos… Aquel pensamiento lo siguió hacia la oscuridad, hacia el dulce descanso sin sueños de los justos.

Índice
Prólogo 2
Capítulo 1 7
Capítulo 2 14
Capítulo 3 20
Capítulo 4 27
Capítulo 5 34
Capítulo 6 38
Capítulo 7 44
Capítulo 8 50
Capítulo 9 57
Capítulo 10 65
Capítulo 11 72
Capítulo 12 80
Capítulo 13 86
Capítulo 14 94
Capítulo 15 102
Capítulo 16 110
Capítulo 17 116
Capítulo 18 123
Capítulo 19 129
Capítulo 20 135
Capítulo 21 139
Capítulo 22 141
Capítulo 23 144
Capítulo 24 150
Epílogo 151

Publicado: 19:32 09/08/2009 · Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , , · Categorías:
RESIDENT EVIL VOLUMEN CUATRO
INFRAMUNDO
S.D. PERRY

Hay miles cortando las ramas del árbol del mal
por cada uno que está asestando golpes a la raíz.
HENRY DAVID THOREAU

Prólogo
Associated Press, 6 de octubre, 1998
MUEREN MILES DE PERSONAS EN EL TERRIBLE INCENDIO DE UN PUEBLO DE LAS MONTAÑAS. SE SOSPECHA DE UN BROTE INFECCIOSO
NUEVA YORK, NY — La aislada comunidad montañosa de Raccoon City, Pensilvania, ha sido declarada oficialmente zona catastrófica por el estado y por los funcionarios del gobierno federal mientras los esforzados bomberos siguen luchando contra las llamas, cada vez menores, y la cifra de muertos sigue creciendo. Ahora mismo se calcula que más de siete mil personas murieron por las explosiones y los incendios que azotaron Raccoon City desde las primeras horas del domingo 4 de octubre. Este hecho es considerado como el peor desastre en Estados Unidos en términos de pérdidas de vidas humanas desde el comienzo de la era industrial. Los destrozados familiares y amigos de los ciudadanos de Raccoon City, llegados al mismo tiempo que las organizaciones nacionales de ayuda y la prensa internacional, se agolpan alrededor del bloqueo que rodea a las ruinas todavía en llamas de la ciudad, a la espera de alguna noticia procedente de la cercana población de Latham.
El director de la Agencia Nacional de Control de Desastres (ANCD), Terrence Chavez, que actúa como coordinador de los esfuerzos combinados de las distintas unidades de bomberos y de emergencia, efectuó una declaración oficial a la prensa la noche pasada en la que dijo que, salvo complicaciones imprevisibles, se espera que los incendios quedarán extinguidos por completo a mitad de semana, pero que pueden pasar bastantes meses antes de que se pueda averiguar con certeza cuál ha sido el origen del fuego, tanto si fue intencionado como si no. Según Chavez, «la magnitud de los daños, tan sólo en términos de superficie afectada, va a motivar que encontrar las respuestas sea una tarea ardua, pero esas respuestas están ahí. Llegaremos hasta el fondo de la cuestión sin importar lo que haga falta».
A fecha de hoy, a las seis de la mañana, la cifra de supervivientes es de setenta y ocho, y sus nombres y el estado en que se encuentran se ha mantenido en secreto. Han sido trasladados a una instalación federal desconocida para permanecer en observación y/o recibir tratamiento. Los primeros informes de los equipos de emergencia indican al parecer la existencia de una enfermedad desconocida que puede haber sido la causante del increíble número de víctimas, ya que los ciudadanos infectados no pudieron escapar debido a la gravedad de la dolencia. Además, existen rumores que indican que la enfermedad puede haber provocado una psicosis de tipo violento en algunos de los pacientes infectados. Los funcionarios de las agencias de control de enfermedades, tanto públicas como privadas, han pedido que se extiendan los límites de la cuarentena, y aunque no se ha hecho ninguna declaración oficial en ese sentido, se han «filtrado» numerosas descripciones de las anormalidades físicas y biológicas de las víctimas. Según una de las fuentes, un trabajador de un equipo de asesoramiento federal dijo que «algunas de esas personas no habían muerto simplemente quemadas o asfixiadas por la inhalación de gases. Vi a gente que había muerto por disparos o por apuñalamiento, además de por otras formas de violencia. Vi a individuos que era evidente que habían estado enfermos, muertos o moribundos antes de que les alcanzasen las llamas. El incendio ha sido terrible, devastador, pero no es el único desastre que se ha producido aquí, me apuesto lo que sea».
Raccoon City fue noticia a principios de este año debido a una serie de extraños asesinatos que conmocionaron a la población. Se trataba de crímenes sin móvil aparente, de una tremenda violencia, y bastantes de ellos incluían actos de canibalismo. Ya se están produciendo por parte de la prensa local cercana a Raccoon City, intentos de relacionar los once asesinatos sin resolver del pasado verano con los rumores de actos violentos en masa que se produjeron antes de que estallara el enorme incendio.
El señor Chavez se negó a confirmar o desmentir esos rumores, y se limitó a declarar que las investigaciones relativas a esa tragedia serán exhaustivas…
Nationwide Today, Primera Edición, 10 de octubre de 1998
SIGUE AUMENTANDO LA CIFRA DE MUERTOS EN RACCOON CITY TRAS LOS ESFUERZOS COMBINADOS DE LOS EQUIPOS DE BÚSQUEDA Y RESCATE
NUEVA YORK, NY — El recuento oficial de muertos casi llega a 4.500, aunque las ennegrecidas ruinas de Raccoon City siguen siendo registradas en búsqueda de más víctimas de los hechos apocalípticos que tuvieron lugar la mañana del pasado domingo. Mientras la nación comienza su periodo de luto, más de seiscientos hombres y mujeres trabajan para desvelar las razones que provocaron la destrucción de la antaño pacífica comunidad. Las organizaciones de ayuda local, los científicos, los soldados, los agentes federales y los equipos de investigación de las distintas compañías se han unido en una muestra de afán y resolución, aunando sus recursos y aceptando las responsabilidades que se les han asignado para poder esclarecer la verdad.
Al director de la ANCD, Terrence Chavez, que es el máximo responsable de la operación conjunta, se le han unido investigadores de máximo nivel de los centros de control de enfermedades de todo el mundo, agentes de seguridad nacional de distintas organizaciones federales y un equipo privado de microbiólogos procedente de Umbrella Corporation, financiado por la misma compañía farmacéutica, y que está investigando la posibilidad de que exista una conexión entre su laboratorio químico situado en las afueras de la ciudad y la extraña infección conocida ya como el «síndrome de Raccoon».
Los estudios iniciales sobre la enfermedad han sido imprecisos y no han llegado a ninguna conclusión, según palabras del jefe del equipo de Umbrella, el doctor Ellis Benjamin, pero también dice textualmente que «sin embargo, estamos convencidos de que los ciudadanos de Raccoon City resultaron infectados por algo, ya fuese de modo accidental o intencionado. Lo único que sabemos con certeza en este momento es que no parece transmitirse por vía aérea, y que el resultado final es una rápida desintegración celular y la muerte. Todavía desconocemos el hecho de si se trata de una infección bacteriana o vírica, o cuáles son los síntomas, pero no descansaremos hasta que hayamos agotado todos nuestros recursos. Sean cuales sean los resultados de la investigación, nos hemos comprometido a llegar hasta el final. Es lo menos que podemos hacer, si tenemos en cuenta lo mucho que nuestra compañía le debe a la gente de Raccoon City». La planta química y las instalaciones administrativas de Umbrella Corporation proporcionaban casi un millar de puestos de trabajo a la localidad.
Los ciento cuarenta y dos supervivientes siguen bajo estricta cuarentena para ser interrogados y sometidos a una estricta observación en un lugar desconocido. Aunque sus nombres siguen siendo un secreto, el FBI ha publicado una lista en la que se indican las diferentes condiciones médicas en las que se encuentran. Diecisiete supervivientes han sufrido tan sólo algunas heridas leves y se encuentran en situación estable, setenta y nueve todavía se encuentran en estado crítico tras tener que sufrir operaciones quirúrgicas, y cuarenta y seis, aunque no han resultado heridos, han sufrido alguna clase de colapso mental o de crisis nerviosa. No se ha confirmado si están o no infectados con el síndrome, pero la declaración incluye una referencia a los relatos de los supervivientes que confirman la existencia de esa infección.
El general Martin Goldman, supervisor a cargo de todas las operaciones militares en la ciudad devastada, mantiene la esperanza de que todas las personas que todavía se encuentran desaparecidas serán encontradas en los próximos siete días. «Ya tenemos a cuatrocientas personas distribuidas en equipos que están trabajando veinticuatro horas al día todos los días en busca de supervivientes y realizando comprobaciones de identidad. Y me acaban de decir que llegarán otras doscientas el lunes por la mañana…»
Fort Worth Bugler, 18 de octubre de 1998
LA TRAGEDIA DE RACCOON CITY PUDO SER UNA CONSPIRACIÓN PERPETRADA POR EMPLEADOS DE LA CIUDAD
FORT WORTH, TEXAS — Los equipos de limpieza que trabajan en Raccoon City, Pensilvania, han encontrado nuevas pruebas que indican que el «síndrome de Raccoon», la enfermedad causante de la mayor parte de las 7.200 muertes, cifra oficial hasta el momento, que han tenido lugar en esa ciudad, puede haber sido extendido entre la desprevenida población por el jefe de policía de Raccoon City, Brian Irons, y varios miembros de la escuadra de tácticas especiales y rescates (los STARS) de la localidad.
El portavoz del FBI, Patrick Weeks, el director de la ANCD, Terrence Chavez, y el doctor Robert Heiner (convocado por el jefe del equipo de Umbrella Corporation, el también doctor Ellis Benjamin) revelaron en una conferencia de prensa que tuvo lugar ayer por la tarde que existen importantes pruebas circunstanciales de que el desastre de Raccoon City fue consecuencia de un ataque terrorista que salió tremendamente mal. Los incendios posteriores que casi han arrasado la pequeña ciudad pueden haber sido un intento por parte de Irons y de sus cómplices de tapar los catastróficos efectos secundarios de la propagación de la enfermedad. Según Weeks, se han encontrado numerosos documentos entre las ruinas del edificio central de la policía de Raccoon City que implican a Irons como el jefe de toda la trama de una conspiración cuyo objetivo era asaltar y tomar por la fuerza la planta química de Umbrella Corporation situada en las afueras de la ciudad. Al parecer, Irons estaba furioso porque el equipo dirigente de la alcaldía había suspendido las actividades de los STARS a finales de julio por los tremendos errores que cometieron al efectuar la investigación de los múltiples asesinatos, los crímenes caníbales, ya bien documentados, y que costaron la vida a once personas el verano pasado. Los STARS de Raccoon City fueron retirados después de que se produjera un accidente de helicóptero en la última semana de julio, en el que murieron seis miembros del equipo. Los cinco miembros supervivientes fueron suspendidos de empleo y sueldo después de que las pruebas encontradas sugirieran la ingestión de drogas y/o alcohol como posible causa del accidente. Aunque Irons apoyó en público la suspensión de la escuadra de élite, los documentos hallados indican que Irons planeaba amenazar al alcalde Devlin Harris y a otros miembros del consejo de la ciudad con soltar varios productos químicos volátiles y extremadamente peligrosos a menos que cumplieran ciertas demandas económicas. Weeks continuó diciendo que Irons tenía un historial de inestabilidad emocional, y que los documentos, la correspondencia entre Irons y uno de sus cómplices, revelaban un plan diseñado por Irons para extorsionar y pedir un rescate al equipo de la alcaldía, y después huir del país. El cómplice sólo aparece como «C.R.», pero también aparecen numerosas referencias a «J.V», a «B.B.» y a «R.C.». Todas ellas son las iniciales de cuatro de los cinco miembros de STARS suspendidos.
Terrence Chavez declaró: «Si suponemos que estos documentos son verdaderos, Irons y los suyos habían planeado atacar la planta de Umbrella a finales de septiembre, lo que correspondería exactamente con la fecha establecida por el doctor Heiner como la de mayor propagación del "síndrome de Raccoon". Ahora mismo estamos trabajando con la hipótesis de que se produjo el asalto, y que ocurrió un accidente inesperado con unos resultados catastróficos. Todavía no sabemos si el señor Irons o alguno de los miembros del equipo de STARS sigue con vida, pero se les busca para interrogarlos. Hemos establecido una orden de búsqueda y captura a nivel nacional, y todos nuestros aeropuertos internacionales, las aduanas y las patrullas fronterizas han sido alertadas. Le pedimos a cualquiera que tenga información sobre este caso que la haga pública».
El doctor Heiner es un microbiólogo famoso además de miembro asociado de la División de Materiales Biopeligrosos, y declaró que la composición y la combinación exacta de productos químicos vertidos en Raccoon City quizá no se sepa nunca: «Es obvio que Irons y los suyos no tenían ni idea de lo que estaban manejando. El problema es que Umbrella está continuamente investigando y desarrollando nuevas variantes de síntesis de enzimas, cultivos bacterianos y represores virales, por lo que el componente letal fue, prácticamente sin duda, un añadido accidental. Las posibles combinaciones de materiales se elevan a millones, por lo que las probabilidades de reproducir con éxito la mezcla causante del "síndrome de Raccoon" son infinitesimales».
El director nacional de los STARS no ha efectuado ninguna declaración, pero Lida Willis, la portavoz a nivel regional de la organización, ha dicho que están «asombrados y entristecidos» por el desastre, y que van a dedicar a todos sus agentes disponibles a la búsqueda de los miembros desaparecidos del equipo de STARS, además de cualquier contacto del que pudieran disponer todavía en su círculo de trabajo.
Lo que resulta irónico es que los documentos fuesen encontrados por uno de los equipos de búsqueda de Umbrella Corporation…

Capítulo 1
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó David, y John Andrews apretó a fondo el pedal del acelerador, haciendo girar la pequeña furgoneta en una esquina mientras el tableteo de los disparos resonaba a través de la fría noche de Maine.
John había detectado los dos coches, sedanes de color negro y sin ninguna clase de insignia, tan sólo un momento antes, lo que apenas les había dado tiempo a armarse. Fuesen quienes fuesen los que estaban pegados a sus traseros, Umbrella, los STARS de la localidad, o los policías del lugar, no importaba, todos eran Umbrella…
—¡John, despístalos! —le dijo David, y de algún modo logró que su voz sonara tranquila y relajada incluso mientras las balas acribillaban la parte trasera del vehículo. Era su acento.
Siempre suena igual, ¿y dónde demonios está Falworth?
John se sentía disperso, y los pensamientos cruzaban raudos por su mente en confusa mezcolanza. Era un hacha en las misiones previamente planeadas, pero los ataques por sorpresa le ponían los nervios de punta…
… directos a Falworth y de cabeza a la pista de despegue… ¡Dios!, diez minutos más y ya nos habríamos marchado…
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que John había entrado en combate, y jamás lo había hecho en mitad de una persecución en coche. Era muy bueno en eso, pero llevaba una furgoneta…
¡Bang, bang, bang!
Alguien estaba respondiendo a los disparos desde la parte posterior del vehículo, haciendo fuego a través de una de las ventanillas traseras. Las detonaciones del arma de nueve milímetros en un espacio tan reducido eran tan atronadoras como la voz de un dios iracundo y le machacaron los oídos a John, haciéndole todavía más difícil concentrarse.
Diez puñeteros minutos más.
Estaban a diez minutos de la pista de despegue donde les estaba esperando un vuelo charter. Era una broma pesada… Después de pasar semanas ocultos, a la espera, sin correr ninguna clase de riesgo, van y les pillan justo cuando iban a salir del puñetero país.
John se agarró con fuerza al volante cuando entraron a toda velocidad en la calle Sexta. La furgoneta era demasiado pesada para superar en maniobras a los sedanes. Incluso sin el peso de las cinco personas y la cantidad de artillería que llevaban en el interior, el voluminoso y cuadrado vehículo no era precisamente un coche de carreras. David la había comprado precisamente por eso, porque no era nada llamativa, porque se trataba de un automóvil en el que nadie se fijaría, y ahora lo estaban pagando. Si lograban despistar a sus perseguidores, sería un milagro. Su única posibilidad era encontrar algo de tráfico, y hacer un poco de juego de esquiva. Era algo peligroso, pero también lo era salirse de la carretera y que te acribillaran a balazos.
—¡Cargador! —pidió a gritos León, y John echó un vistazo por el espejo retrovisor.
Vio que el joven policía estaba en cuclillas junto a una de las ventanillas traseras, al lado de David. Habían quitado los asientos posteriores para el viaje hasta el aeropuerto para así disponer de más espacio para las armas, pero eso también implicaba de no disponer de cinturones de seguridad. Si doblaban una esquina a demasiada velocidad, los cuerpos saldrían volando…
¡Bang! ¡Bang!
Otros dos disparos de los capullos del primer sedán, probablemente de un arma del calibre 38. John apretó un poco más el acelerador de la retemblante furgoneta al mismo tiempo que León respondía a los disparos con su Browning de nueve milímetros. León Kennedy era el mejor tirador del grupo. David le había ordenado probablemente que apuntara a las ruedas…
Bueno, el mejor tirador después de mí, ¿y cómo diablos voy a perderlos de vista en Exeter, Maine, a las once de la noche de un día de diario? No hay casi coches…
Una de las mujeres le lanzó un cargador a León. John no pudo ver cuál de ellas porque tuvo que girar el volante a la derecha para dirigirse hacia el centro de la ciudad. La furgoneta, con un chirrido de caucho sobre el asfalto, se estremeció al doblar la esquina de Falworth, en dirección al este. El aeropuerto estaba hacia el oeste, pero a John no le pareció que ninguno de los ocupantes de la furgoneta estuviese demasiado preocupado por llegar a tiempo para tomar el avión.
Lo primero es lo primero, y tenemos que librarnos de los gorilas que Umbrella ha contratado. Dudo mucho que haya sitio para todos en el avión…
John vio unos destellos de color rojo y azul reflejados en el espejo retrovisor: al menos uno de los coches había colocado una luz en el techo del vehículo. Quizás eran policías de verdad, lo que sería mala suerte. La labor de control de Umbrella había sido exhaustiva: gracias a ellos, probablemente todos los policías del país creían que su pequeño equipo era responsable, al menos en parte, de lo que había ocurrido en Raccoon City. Los STARS también estaban en sus manos. Algunos de los cargos de mayor rango se habían vendido, pero lo más probable era que los agentes a pie de calle no tuvieran ni idea de que la organización se había convertido en una marioneta en manos de la compañía farmacéutica…
Lo que hace que sea todavía más difícil responder a los disparos.
Nadie del improvisado equipo quería que algún inocente resultara herido. Ser engañado por Umbrella no era un crimen, y si los ocupantes de los coches eran policías…
—No llevan antenas, no nos han dado ningún aviso, ¡no son policías! —gritó León, y John tuvo tiempo de sentir un par de segundos de alivio antes de ver unas barricadas que se extendían ante ellos y la señal de desvío al siguiente bloque. Vio el blanco rostro de un hombre con un chaleco naranja, sosteniendo una indicación de «Aminorar la velocidad», y soltándolo a toda prisa para ponerse a cubierto…
… hubiese sido divertido sino fuese porque iban a más de ochenta y les quedaban aproximadamente tres segundos antes de estrellarse.
—¡Agarraos! —gritó John, y Claire apoyó las piernas contra la pared contraria de la furgoneta, vio como David sostenía a Rebecca, a León aferrándose a una manilla…
… y la furgoneta chirriando, saltando y corcoveando como un caballo salvaje, inclinándose hacia un lado…
… y Claire realmente sintió el espacio vacío bajo el lado derecho de la furgoneta cuando su cuerpo se vio comprimido hacia la izquierda y su nuca golpeó dolorosamente contra el neumático de repuesto.
--Oh, mierda.
David gritó algo pero Claire no pudo oírle por encima del chirrido de los frenos, no le entendió hasta que David se echó hacia el lateral derecho y Rebecca se arrastró junto a él…
… ¡bam!, la furgoneta se enderezó con un terrorífico bote y John pareció recuperar el control, pero todavía se oía el punzante chillido de unos frenos provenientes de…
¡CRASH!
La explosión de metal y cristales tras ellos estuvo tan cerca que el corazón de Claire perdió un latido. Se volvió, mirando por la ventanilla con los demás y vio que uno de los coches se había estrellado contra la barricada, una barricada contra la que ellos mismos se habrían estrellado un segundo o dos antes. Ella sólo captó el breve vistazo de una capota retorcida, ventanillas rotas y una nube de humo antes de que el segundo sedán le bloquease la vista, rechinando al pasar la esquina y continuando con la persecución.
—Perdón por eso —les gritó John, sin aparentar arrepentimiento en absoluto sino un estado de júbilo provocado sin duda por el subidón de adrenalina.
En las pocas semanas transcurridas desde que León y ella se habían unido a los ex STARS fugitivos, había descubierto que John hacía bromas con prácticamente cualquier cosa. Era a la vez su más atractivo y su más irritante rasgo.
--¿Todos bien? –preguntó David, y Claire asintió. Rebecca hizo lo mismo.
--Me he llevado un porrazo pero estoy bien --dijo León, frotándose el brazo con una expresión de dolor—. Pero no pienso…
¡BAM!
Lo que fuese que León no pensara fue interrumpido por la poderosa detonación que sacudió la trasera de la furgoneta.
En un intento de detenerles, el pasajero del sedán les había disparado, unas pocas pulgadas más alto y los proyectiles habrían entrado por la ventanilla.
—John, cambio de planes —gritó David mientras la furgoneta viraba bruscamente, su voz fría y autoritaria elevándose por encima del ruido del motor—. Estamos a tiro…
Antes de que pudiese acabar la frase, John tiró de pronto a la izquierda. Rebecca cayó hacia atrás, a punto de aplastar a Claire. La furgoneta ahora enfilaba una tranquila calle residencial.
--Agarraos a vuestros traseros —gritó John por encima del hombro.
El frío aire nocturno azotó la furgoneta, casas oscuras pasaron velozmente a su lado cuando John aumentó la velocidad. León y David ya estaban recargando sus armas, acuclillados detrás de la puerta de metal. Claire intercambió una mirada con Rebecca, que parecía tan intranquila por la situación como ella misma. Rebecca Chambers también era una antigua integrante del grupo de los STARS de Raccoon City, y había entrado en acción junto al hermano de Claire, Chris, además de participar en una reciente operación contra Umbrella llevada a cabo por David y John. Pero la joven había sido entrenada como médico, con estudios profundos sobre bioquímica. La puntería no era uno de sus puntos fuertes, incluso Claire tiraba mejor, y eso que ella era la única entre los ocupantes de la furgoneta que no había recibido entrenamiento de verdad…
A menos que consideres sobrevivir a Raccoon City como algo parecido.
Claire se estremeció involuntariamente mientras John tomaba una curva cerrada a la derecha y esquivaba un camión aparcado, con el sedán ganándole terreno por momentos. Raccoon City: los arañazos y los moretones en el cuerpo de Claire aún no habían desaparecido del todo, y sabía que a León el hombro todavía le dolía… ¡BOUM!
Otra descarga de escopeta a sus espaldas, pero esa vez el disparo salió muy desviado. Esta vez…
—Cambio de planes —dijo David de nuevo, con su tranquilizador acento británico, como si fuera la voz de la razón y de la lógica en mitad del caos. No era de extrañar que hubiese ascendido hasta ser capitán de los STARS.
—Que todo el mundo se prepare para un choque. John, en cuanto dobles la siguiente curva, frena en seco. Golpear y huir, ¿vale?
David levantó las rodillas y apoyó los pies con fuerza contra el costado de la furgoneta.
—Ya que nos quieren tanto, pues que nos pillen.
Claire se deslizó por el suelo, afirmó sus pies contra el respaldo del asiento del pasajero, con las rodillas dobladas y la cabeza agachada. Rebecca se acercó a David, y León se aproximó a Claire hasta dejar la cabeza a la altura de la suya. Intercambiaron una mirada y León sonrió levemente.
—Esto no es nada —le dijo en voz baja.
A pesar del miedo que sentía, Claire le devolvió la sonrisa. Después de sobrevivir a la locura y al caos de Raccoon City, esquivando a los enloquecidos humanos y haciendo frente a las criaturas de Umbrella, por no mencionar el hecho de haber escapado muy por los pelos de la muerte cuando las instalaciones secretas de Umbrella estallaron y volaron por los aires; comparado con todo aquello, un simple choque entre coches no era más que una merienda campestre.
Sí, vale, tú sigue diciéndote eso, le susurró su mente, y después no pensó en nada más, porque la furgoneta dobló una esquina, John pisó a fondo el pedal del freno y se quedaron a escasos segundos de ser impactados por una tonelada y media de metal y cristal a toda velocidad.
David inhaló y exhaló profundamente, relajando todo lo que pudo sus músculos, con el sonido de fondo del chirrido de los frenos acercándose a toda velocidad por detrás… y ¡pam!, un estremecimiento brutal, una sensación de vibración increíble, un segundo que pareció prolongarse a lo largo de una eternidad silenciosa e interminable…, y el ruido que se produjo inmediatamente después… la rotura de cristales y el sonido del aplastamiento de una lata amplificado un millón de veces. David se vio arrojado hacia delante y hacia atrás, oyó a Rebecca dejar escapar un gemido ahogado… y todo se acabó. John ya estaba acelerando a fondo para cuando David se puso de rodillas y alzó su Beretta. Echó un vistazo por la ventanilla y pudo ver que el sedán se había quedado inmóvil, cruzado en mitad de la calle a oscuras, con el radiador frontal y los faros totalmente machacados. Las difusas siluetas caídas detrás del parabrisas agrietado estaban tan inmóviles como el propio coche.
Tampoco es que nosotros hayamos salido mucho mejor librados…
La barata furgoneta de color verde que había comprado específicamente para el trayecto hasta el aeropuerto ya no tenía parachoques ni luces traseras, ni tampoco placa de matrícula… ni, por lo que él supiera, modo alguno de poder abrir las puertas traseras. Ambas partes no eran más que una masa metálica hundida, deformada y completamente inútil.
No es que fuera una gran pérdida. A David Trapp no le gustaban las furgonetas, y tampoco es que tuviera pensado llevársela hasta Europa. Lo importante era que todavía estaban vivos, y que, al menos de momento, habían logrado esquivar el infinitamente largo brazo de Umbrella.
David se dio la vuelta para observar a los demás mientras el vehículo se alejaba del coche destrozado. Alargó la mano de un modo reflejo para ayudar a Rebecca a ponerse en pie. Al igual que John, le había tomado bastante cariño a la joven, desde la malhadada misión al laboratorio de Umbrella situado en la costa. El resto del equipo no había logrado sobrevivir…
Dejó a un lado aquellos pensamientos antes de que se aferrasen a su mente, y le indicó a John que diese la vuelta para ir en dirección a su destino original, pero que permaneciese alejado de las calles principales. Había sido mala suerte que les detectasen justo cuando se iban… pero tampoco es que fuese sorprendente. Umbrella había mantenido vigilada la ciudad de Exeter desde hacía ya dos meses, justo después de que regresaran de la ensenada de Calibán. Tan sólo había sido cuestión de tiempo.
—Buen truco, David —le dijo León—. Procuraré recordarlo la próxima vez que me persigan los sicarios de Umbrella.
David asintió, inquieto. Le gustaban León y Claire, pero no sabía qué pensar acerca del hecho de que otras dos personas buscaran su liderazgo. Podía entenderlo de John y de Rebecca, ya que antes habían formado parte de los STARS, pero León no era más que un policía novato de Raccoon City y Claire una estudiante universitaria que tan sólo daba la casualidad de que era la hermana pequeña de Chris Redfield.
Cuando tomó la decisión de apartarse de los STARS tras descubrir que estaban controlados por Umbrella, no se esperaba que continuaría al mando de un grupo, no había querido nada de eso…
Pero no era cuestión mía tomar esa decisión, ¿verdad?
No había pedido su fidelidad, ni tampoco se había ofrecido para ser el que debía tomar las decisiones… pero no importaba, así habían salido las cosas. En la guerra no se suele tener el lujo de poder elegir.
David paseó la vista a su alrededor, a los demás, antes de volver a mirar por la ventanilla trasera para ver cómo pasaban de largo las casas y los edificios en la oscura noche. Todo el mundo parecía un poco relajado tras el subidón de la adrenalina. Rebecca estaba sacando los cargadores y recolocando las armas; León y Claire estaban sentados muy juntos enfrente de ella, sin hablar. Solían estar muy cerca el uno del otro, y tan unidos como la primera vez que les vieron, cuando David, John y Rebecca los recogieron justo en las afueras de Raccoon City hacía menos de un mes, sucios, heridos y aturdidos después de su encuentro con Umbrella. David no creía que hubiera nada romántico en ello, al menos, no de momento. Era más bien que compartían las mismas pesadillas. El hecho de estar a punto de morir juntos puede ser una experiencia muy unificadora.
Por lo que David sabía, Claire y León era los únicos supervivientes del desastre de Raccoon City que conocían la existencia del virus-T de Umbrella y su vertido accidental. La niña que había estado con ellos tenía una leve idea de lo que había ocurrido, aunque Claire había tenido mucho cuidado de proteger y ocultarle a la niña la verdad. Sherry Birkin no necesitaba saber que sus padres habían sido los máximos responsables de la creación de una de las armas biológicas más poderosas de Umbrella. Era mejor que recordase a su padre y a su madre como personas normales…
—¿David? ¿Te pasa algo?
Sacudió la cabeza para regresar de sus vagabundeos mentales y le hizo un gesto de asentimiento a Claire.
—Lo siento. Sí, estoy bien. Lo cierto es que estaba pensando en Sherry. ¿Cómo está?
Claire sonrió, y David se quedó sorprendido de nuevo al ver cómo se animaba cada vez que alguien mencionaba a Sherry.
—Está bien, y se está adaptando. Kate no se parece en nada a su hermana, lo que desde luego es una ventaja. Y a Sherry le cae bien.
David asintió de nuevo. La tía de Sherry le había parecido una persona agradable, pero además de eso, sería capaz de proteger a Sherry si Umbrella decidía ponerse a buscar a la niña. Kate Boyd era una abogada criminalista competente y preparada, una de las mejores de toda California. A Umbrella le convendría mantenerse alejada de la única descendiente de los Birkin.
Mala suerte que eso no se pueda aplicar a nuestro caso. Eso haría que todo fuese mucho más fácil…
Rebecca ya había acabado de reorganizar su arsenal, bastante impresionante por cierto. Se acercó para sentarse a su lado y se apartó un mechón de cabellos de la frente. Sus ojos parecían mucho más viejos que el resto de los rasgos de su cara. Apenas tenía diecinueve años, pero ya había pasado por dos incidentes armados con Umbrella. Era, en la práctica, la persona más experimentada de todos ellos respecto a los manejos de la compañía farmacéutica.
Rebecca se quedó callada unos instantes, mirando por la ventanilla cómo pasaban las calles. Cuando por fin habló, lo hizo en voz baja, pero al mismo tiempo observándole con atención.
—¿Crees que todavía están vivos?
Ni siquiera intentó pintarle un cuadro de color de rosa. A pesar de lo joven que era, la muchacha era capaz de discernir las verdaderas intenciones de la gente.
—No lo sé —le dijo, procurando que los demás no le oyeran. Claire deseaba ansiosamente reunirse con su hermano—. Lo dudo. Ya sabríamos algo de ellos. Me temo que eso significa que tienen miedo de que los localicen o…
Rebecca lanzó un suspiro. No estaba sorprendida por ello, pero tampoco satisfecha.
—Sí. Incluso si no pudieran entrar en contacto con nosotros… Texas todavía tiene instalada la antena decodificadora, ¿verdad?
David asintió. Texas, Oregón, Montana… todas aquellas bases disponían de canales abiertos, con miembros honestos de los STARS en los que podían confiar, y no habían recibido ningún mensaje desde hacía ya más de un mes. El último lo había enviado Jill. David se lo sabía de memoria. De hecho, había estado presente en sus sueños todos los días desde hacía semanas.
SANOS Y SALVOS EN AUSTRIA. BARRY Y CHRIS TIENEN UNA PISTA SOBRE LA OFICINA CENTRAL DE UMBRELLA. PARECE BUENA. PREPARAOS.
Preparados para reunirse con ellos, para llamar a las pocas tropas leales que él y John habían logrado convocar. Preparados para asaltar la verdadera oficina central de Umbrella, el poder oculto detrás de todas las demás instalaciones. Preparados para atacar al mal en su fuente y origen. Jill, Barry y Chris se habían marchado a Europa para descubrir dónde se estaban escondiendo los verdaderos jefes de las operaciones secretas de Umbrella, empezando por la sede central en Austria… y habían desaparecido.
—Ánimo, chicos, ya estamos —dijo John desde la parte delantera. David apartó los ojos del rostro serio de Rebecca y miró por la ventanilla para ver que ya habían llegado al aeropuerto.
Fuera lo que fuera lo que les hubiera pasado a sus amigos, ellos lo descubrirían muy pronto.

Capítulo 2
Rebecca se acomodó en el pequeño asiento del pequeño avión, se puso el cinturón de segundad y miró por la ventanilla, deseando que David hubiera alquilado un avión a reacción. Un avión sólido, grande, un reactor de los «no puede pasar nada malo porque soy gigantesco». Podía ver desde donde ella estaba sentada las hélices en una de las alas del aparato. Las hélices, como en el juguete de un niño.
Apuesto a que este trasto se hundirá como una piedra en cuanto caiga desde el cielo a unos cuantos cientos de kilómetros por hora y se estampe contra el océano…
—Para que lo sepas, éste es el tipo de avión en el que siempre se matan las estrellas de rock y gente así. Justo cuando despegan y se elevan en el aire, llega una ráfaga de viento y los estrella contra el suelo.
Rebecca levantó los ojos y vio la sonriente cara de John. Se había asomado por encima de los asientos situados delante de ella, con sus enormes brazos apoyados en los respaldos. Probablemente necesitaría dos asientos para él solo. No es que John fuera muy grande, es que tenía la complexión de un levantador de pesas: ciento diez kilos de músculos concentrados en un cuerpo de un metro ochenta de altura.
—Tendremos suerte si conseguimos despegar cargando ese culo tan gordo que has criado —le replicó Rebecca, y se vio recompensada por un atisbo de preocupación en los ojos negros de John.
Se había roto un par de costillas y había sufrido una perforación en el pulmón en su última misión, menos de tres meses atrás, y todavía no estaba en condiciones de ponerse a trabajar en el banco de pesas. Rebecca sabía que a pesar de su actitud burda y machista, John era muy vanidoso y se preocupaba de su aspecto físico, y realmente odiaba no haber podido entrenar.
La sonrisa de John se hizo todavía más amplia, y la piel de color marrón oscuro de su cara se agrietó con unas pequeñas arrugas.
—Sí, probablemente tienes razón. Subiremos unos cuantos cientos de metros y luego, ¡pam!, se acabó la historia.
Nunca debió decirle que era la segunda vez que iba a volar. La primera ocasión fue cuando acompañó a David a Exeter para participar en la misión de la ensenada de Calibán. Ése era exactamente el tipo de cosas de las que John sacaba continuamente partido para soltar chistes y burlarse…
El avión comenzó a estremecerse cuando los motores empezaron gemir hasta que produjeron un rugido profundo que hizo que Rebecca apretara los dientes. No estaba dispuesta a permitir que John se diera cuenta de lo nerviosa que estaba. Volvió a mirar por la ventanilla y vio a León y a Claire acercándose a los peldaños metálicos de la escalerilla. Al parecer, todas las armas ya estaban cargadas.
—¿Dónde está David? —preguntó Rebecca, y John se encogió de hombros.
—Creo que hablando con el piloto. Sólo tenemos uno, ¿sabes?, un amigo de un amigo de un tipo de Arkansas. Supongo que no existen demasiados pilotos que estén dispuestos a meter gente a escondidas en Europa…
John se inclinó para acercarse a ella y bajó la voz hasta convertirla en un susurro fingido al tiempo que la sonrisa desaparecía de su rostro.
—He oído decir que bebe. Lo conseguimos por un precio tan bajo porque estrelló su avión con todo un equipo de fútbol contra la ladera de una montaña…
Rebecca soltó una carcajada y meneó la cabeza.
—Tú ganas. Estoy aterrorizada, ¿te vale?
—Me vale. Eso es lo único que quería —dijo con voz grave, y se giró para sentarse de nuevo mientras Claire y León entraban en el reducido espacio de pasajeros.
Se colocaron en el centro del avión, acomodándose en los asientos situados al otro lado del pasillo de la misma fila donde estaba Rebecca. David había comentado que la zona ubicada justo encima de las alas era la más estable, aunque tampoco es que hubiera mucho donde escoger, el aparato tan sólo disponía de veinte asientos.
—¿Has volado antes? —le preguntó Claire inclinándose sobre el pasillo que las separaba, y con aspecto de estar un poco nerviosa también.
Rebecca se encogió de hombros.
—Una vez. ¿Y tú?
—Un par de veces, pero siempre en aviones de línea grandes, Boeing 747… o 727, no me acuerdo. Ni siquiera sé qué clase de avión es éste.
—Es un DHC 8 Turbo —dijo León—. Eso creo. David lo ha comentado en algún momento…
—Es un ataúd, eso es lo que es —les dijo la profunda voz de John flotando por encima de los asientos—. Una piedra con alas.
—John, cariño… Cállate la boca —le dijo Claire con un tono de voz amistoso.
John soltó una carcajada, obviamente encantado de haber encontrado alguien nuevo con quien jugar.
David apareció tras las cortinas de la parte delantera, procedente de la cabina del piloto, y John se calló. Todos le prestaron atención inmediatamente.
—Al parecer, ya estamos preparados para despegar —dijo David—. Nuestro piloto, el capitán Evans, me ha asegurado que todos los sistemas son completamente operacionales, y que despegaremos dentro de un momento. Me ha pedido que nos quedemos sentados hasta que nos indique lo contrario. Aahh… el lavabo está al otro lado de la cabina, y hay una nevera pequeña al otro extremo del avión con bocadillos y bebidas…
Su voz fue apagándose poco a poco, y se quedó con aspecto de querer decir algo más, pero de no saber qué era exactamente. Era una apariencia que Rebecca había visto a menudo en las semanas anteriores, una especie de incertidumbre intranquila. Suponía que desde el día que Raccoon City había volado en mil pedazos hecha una mierda, todos habían tenido esa mirada en un momento u otro…
Porque no deberían haberlo podido hacer. Eso debería haber sido su fin, y no lo ha sido, y ahora todos estamos más cabreados y atemorizados de lo que ninguno quiere admitir.
Cuando las noticias sobre el desastre comenzaron a aparecer en los periódicos, todos habían estado completamente seguros de que, esa vez, Umbrella no podría ocultar las pruebas. El accidente en la mansión Spencer había sido relativamente pequeño, fácil de explicar después de que el fuego arrasara toda la mansión y los edificios adyacentes. La instalación situada en la ensenada de Calibán se hallaba en un terreno privado y estaba demasiado aislada como para que nadie sospechara nada… De nuevo, Umbrella había recogido todas las pruebas y se había mantenido callada.
Pero había llegado Raccoon City. Miles de personas muertas… y Umbrella se había salido de rositas después de colocar pruebas falsas y conseguir que sus científicos mintieran por la compañía. Debería haber sido imposible. Aquello los había dejado descorazonados. ¿Qué posibilidades tenían un puñado de fugitivos contra una compañía de miles de millones de dólares que podía matar a todos los habitantes de una ciudad y encima salirse con la suya?
David decidió por fin no decir nada en absoluto. Hizo un breve gesto de asentimiento y se acercó para sentarse con ellos, pero antes se detuvo un momento al lado de Rebecca.
—¿Necesitas compañía?
Ella se dio cuenta de que estaba intentando darle ánimos… y también de que estaba muy cansado. David se había mantenido despierto casi toda la noche, comprobando hasta el más mínimo detalle los preparativos del viaje.
—No, estoy bien —le respondió con una sonrisa—. Además, si quiero cháchara siempre tengo a John a mano.
—Ya sabes que sí, cariño —le dijo John en voz alta, y David asintió de nuevo mientras le daba un ligero apretón en el hombro antes de marcharse hacia los asientos posteriores.
David necesita un poco de descanso. Todos lo necesitamos, y es un vuelo bastante largo… así que, ¿por qué tengo la sensación de que no vamos a poder tenerlo?
Por los nervios, sólo era eso.
El ruido del motor se hizo más fuerte, más agudo, y el avión comenzó a avanzar después de dar un brusco tirón. Rebecca se agarró a los reposabrazos y cerró los ojos, pensando que si tenía agallas para enfrentarse a Umbrella, desde luego podía soportar un viaje en avión.
E incluso aunque no pudiera, ya era demasiado tarde para cambiar de idea: ya estaban en camino, y no había marcha atrás.
Llevaban en el aire tan sólo veinte minutos y Claire ya estaba medio dormida apoyada en el hombro de León. Él también estaba cansado, pero sabía que no podría dormirse con tanta facilidad. Para empezar, tenía hambre… por no mencionar el hecho de que no estaba seguro de estar actuando del modo más correcto.
El mejor momento para ponerte a pensar eso, ahora que estás metido hasta el cuello —le dijo su subconsciente con voz sarcástica—. Quizá podrías pedirles que te dejaran bajar en Londres, o algo así. Podrías esperarles en un pub hasta que acaben… o mueran.
León se ordenó callar a sí mismo, y dejó escapar un pequeño suspiro. Estaba comprometido. Lo que Umbrella había estado haciendo no sólo era un delito criminal, era algo malvado… o al menos, lo más cercano a la maldad a que podían llegar todos aquellos avariciosos capullos de la compañía. Habían asesinado a miles de personas, habían creado armas biológicas capaces de asesinar a miles de millones, habían destruido la vida que él había planeado, y habían sido los responsables de la muerte de Ada Wong, una mujer por la que había sentido respeto y bastante aprecio. Se habían ayudado mutuamente en algunos de los momentos más difíciles de aquella terrible noche en Raccoon City. Sin ella no hubiera logrado salir con vida de allí.
Creía en lo que David y su gente estaban haciendo, y no es que tuviera miedo, no era nada de eso en absoluto…
León lanzó otro suspiro. Había pensado mucho en todo aquello desde que Claire, Sherry y él habían salido de la ciudad en llamas, y la única conclusión verdadera a la que había llegado era tan estúpida que no quería creérsela. Enfrentarse a Umbrella era hacer lo correcto… pero es que él no se sentía cualificado para estar allí.
Sí, eso es bastante estúpido.
Quizás era algo estúpido, pero le estaba haciendo contenerse, le hacía sentirse inseguro, y tenía que examinarlo en profundidad.
David Trapp había pasado casi toda su carrera profesional en los STARS, y había visto caer a la organización de su vida en manos de Umbrella; había perdido a dos amigos en una misión de infiltración en una instalación de pruebas de armas biológicas, al igual que John Andrews. Rebecca Chambers acababa de comenzar su vida profesional en los STARS cuando todo el asunto saltó por los aires, pero era una especie de niña científico prodigio que sentía un gran interés por los trabajos desarrollados por Umbrella, y el hecho de que hubiera pasado por más penalidades que ninguno de ellos hacía que fuese comprensible su dedicación continua. Claire quería encontrar a su hermano, que era la única familia que le quedaba: sus padres habían muerto, y eso los había acercado todavía más. No había llegado a coincidir con Chris, Jill y Barry, pero estaba seguro de que tenían motivos propios más que suficientes. Sabía que la mujer y los hijos de Barry habían sufrido amenazas, Rebecca se lo había dicho…
¿Y qué pasaba con León Kennedy? Se había encontrado de repente metido en aquella lucha sin tener ni una sola pista, Era tan sólo un policía recién salido de la academia de camino a su primer día en el trabajo, que resultó ser el departamento de policía de Raccoon City. También era cierto que debía tener en cuenta a Ada… pero la había conocido durante menos de medio día, y ella había muerto justo después de admitir que era una especie de agente secreto a la que habían enviado para que robara uno de los virus de Umbrella.
Así que perdí mi trabajo, y una posible relación con una mujer a la que apenas conocía y en la que no podía confiar. Está claro que alguien debe detener a Umbrella, pero… ¿tengo derecho a estar aquí?
Se había hecho policía porque quería ayudar a la gente, pero siempre había supuesto que eso sólo se refería a mantener la paz en la ciudad, a empapelar a los conductores borrachos, a detener las broncas en los bares, a pillar a los rateros. Jamás, ni en sus sueños más desbocados, se hubiera imaginado que acabaría atrapado en mitad de una conspiración a nivel internacional, en una estrategia de infiltración del tipo de espías y misterios contra una compañía gigantesca que creaba monstruos para la guerra. Era un crimen a una escala mucho mayor de la que él se sentía preparado a enfrentarse… ¿Y ésa es la verdadera razón, agente Kennedy? Y en ese preciso instante, Claire murmuró algo en su sueño inquieto y metió su cabeza en el hueco de su brazo antes de quedarse quieta y en silencio de nuevo… lo que provocó que León se percatara de un modo incómodo de otro aspecto de su relación y compromiso con los STARS: Claire. Claire era… era una mujer increíble. Habían hablado mucho a lo largo de los días posteriores a su huida de Raccoon City, sobre lo que les había pasado, las experiencias que habían sufrido, tanto juntos como por separado. En aquellos momentos le había parecido un simple intercambio de información, una manera de rellenar los detalles que faltaban en el relato. Ella le había contado su encuentro con el jefe Irons y la criatura a la que ella llamaba el señor X, y él le contó todo sobre Ada y el terrible ente que antes había sido William Birkin.
Entre los dos habían logrado hilar un relato continuado, con información de importancia para el grupo de fugitivos.
Al pensar en ello de forma retrospectiva, se dio cuenta de que aquellas largas conversaciones fragmentadas habían sido esenciales por otra razón completamente distinta: habían sido la manera de extraer el veneno de lo que les había ocurrido, como si hubiesen conversado sobre una pesadilla. Pensó que si hubiera tenido que quedarse con todo aquello en su interior, se hubiera vuelto loco.
En cualquier caso, los sentimientos que tenía hacia ella eran algo confusos: cariño, entendimiento, dependencia, respeto, y otros a los que no podía ponerles nombre. Y eso le daba miedo, porque jamás antes había tenido unos sentimientos tan fuertes hacia una persona… Y porque no estaba muy seguro de cuánto de aquello era verdadero y cuánto era producto de una especie de estrés postraumático.
Enfréntate a ello, deja de engañarte con toda esta mierda. Lo que de verdad temes es que sólo estés aquí por ella, y no te gusta lo que eso puede suponer respecto a tu persona.
León asintió en su fuero interno, y se dio cuenta de que era verdad, que ése era el verdadero motivo que causaba su incertidumbre. Siempre había pensado que querer estaba bien, pero ¿necesitar? No le gustaba ni un pelo la idea de verse arrastrado por alguna clase de compulsión neurótica que le obligaba a estar cerca de Claire Redfield.
¿Y qué pasa si no es una necesidad? Quizá tan sólo se trata de querer, y todavía no lo sabes…
Se fustigó a sí mismo por sus patéticos intentos de autoanalizarse, y decidió que quizá lo mejor sería dejar de preocuparse tanto por todo aquello. Fuese cual fuese la razón por la que se había comprometido con aquella empresa, lo cierto es que estaba comprometido. Podía patear culos tan bien como el mejor de ellos, y Umbrella merecía que le patearan el culo, y a base de bien. En aquellos instantes, lo que más necesitaba era mear, y luego iba a comer algo antes de intentar con todas sus fuerzas dormir algo.
León se apartó suavemente de debajo de la cálida cabeza de Claire, haciendo lo posible por no despertarla. Se deslizó al pasillo, observando a los demás. Rebecca observaba por su ventanilla, John ojeaba una revista de culturismo y David dormitaba. Todos eran buena gente, y pensar eso hizo que se sintiese un poco mejor acerca de las cosas.
Eran buenos chicos. Demonios, yo soy un buen tío, luchando por la verdad, la justicia y contra unos cuantos zombies producidos por un virus…
El baño estaba al frente. León se encaminó hacia él, sujetándose a cada asiento al pasar, pensando que el sonido de los motores del avión tenía un efecto calmante, como una cascada… cuando la cortina que separaba la cabina del resto se descorrió y un hombre alto y sonriente llevando un abrigo que a primera vista parecía muy costoso, dio un paso al frente. No era el piloto, y se suponía que no había nadie más en el avión. León sintió que se le secaba la boca con un terror casi supersticioso, a pesar de que el delgado y sonriente hombre no parecía estar armado.
—¡Hey! --gritó León, dando un paso hacia atrás--. ¡Hey, tenemos compañía!
El hombre sonrió, sus ojos brillaban.
—León Kennedy, supongo —dijo con suavidad, y León supo inmediatamente que quien fuese, este hombre significaba problemas con P mayúscula.

Capítulo 3
John ya se había puesto en pie antes de que León terminara su aviso, saltando al pasillo y plantándose delante de León con una única zancada.
—Qué demonios… —gruñó John, sus hombros tensos, listo para partir al tipo en dos si tan sólo se le ocurría parpadear de forma incorrecta.
El extraño levantó unas manos pálidas y de dedos largos, dando la impresión de que apenas podía contener su regocijo, lo cual hizo que John desconfiase aún más. Podría convertir al tipo fácilmente en una hamburguesa, ¿por qué demonios parecía tan feliz?
—Y tú eres John Andrews  —dijo el hombre, su tono era bajo y tranquilo, tan complacido como su expresión—. Anteriormente un experto en comunicaciones y reconocimiento de campo para los STARS de Exeter. Es un placer conocerte… dime, ¿cómo van tus costillas? ¿Todavía duelen?
Mierda. ¿Quién es este tipo? John se había fracturado dos costillas y astillado una tercera en una misión encubierta, y no conocía a este hombre… ¿cómo demonios le conocía a él?
—Mi nombre es Trent —dijo el extraño con sencillez, señalando con la cabeza tanto a León como a John—. Presumo que vuestro Sr. Trapp puede confirmar mi identidad…
John echó un rápido vistazo a su espalda, y vio que David y las chicas estaban justo a su espalda. David asintió a su vez, con un gesto tenso.
Trent. Mierda. El misterioso señor Trent.
El mismo señor Trent que le había entregado una serie de mapas y pistas a Jill Valentine justo antes de que los STARS de Raccoon City descubrieran el escape inicial del virus T de Umbrella en la mansión Spencer. El mismo Trent que le había entregado un paquete similar a David una lluviosa noche de agosto, y que contenía información sobre las instalaciones de Umbrella en la ensenada de Calibán, donde Steven y Karen habían sido asesinados.
El mismo Trent que había estado jugando con los STARS y con la vida de su gente, desde el principio.
Trent todavía estaba sonriendo, todavía mantenía sus manos en alto. John se fijó en un anillo con una piedra negra tallada que mostraba en un delgado dedo, el único adorno que el señor Trent parecía llevar. Tenía un aspecto pesado y caro.
—¿Y qué cojones quieres? —volvió a gruñir John.
No le gustaban las sorpresas ni los secretos, y tampoco le gustaba el hecho de que Trent no pareciera estar impresionado en absoluto por su gran tamaño. La mayoría de la gente retrocedía cuando se plantaba delante de ellos. Trent parecía simplemente estar divirtiéndose…
—Señor Andrews, por favor…
John no se movió, y se quedó mirando a los ojos oscuros y de mirada inteligente de Trent. Éste le devolvió la mirada, impasible, y John pudo ver en aquellos ojos una tranquila confianza en sí mismo, con una mirada que casi era, pero que no terminaba de serlo, condescendiente. John, a pesar de ser tan grande y tan bocazas, no era un tipo violento, pero aquella mirada alegre y confiada le hizo pensar que al señor Trent no le vendría mal una buena paliza. No dada por él, no necesariamente, pero alguien debería dársela.
¿Cuánta gente ha muerto tan sólo porque ha decidido remover un poco el asunto?
—Está bien, John —dijo David en voz baja—. Estoy seguro de que si el señor Trent hubiese pretendido hacernos daño no estaría ahí de pie presentándose a vosotros.
David tenía razón, le gustase o no a John. Suspiró en su fuero interno y se hizo a un lado, pero pensó que aquello no le gustaba nada. Por lo poco que sabía de aquel tipo, no le gustaba nada en absoluto.
Voy a estar vigilándote, «amigo»…
Trent se limitó a asentir como si no hubiera ocurrido nada y pasó de largo por delante de John, sonriéndoles a todos. Les indicó con un gesto que se sentaran a un lado del pasillo. Se quitó la gabardina y la dejó sobre un asiento, moviéndose con lentitud y cautela, evidentemente a sabiendas de que cualquier movimiento brusco podría ser perjudicial para su salud. Bajo la gabardina llevaba puesto un traje negro, corbata negra y zapatos a juego. John no sabía mucho sobre ropa, pero los zapatos eran de la marca Asante. Estaba claro que Trent tenía buen gusto, y un montón de dinero si podía permitirse el lujo de gastarse dos mil dólares en unos zapatos.
—Esto llevará un rato —les dijo—. Por favor, pónganse cómodos.
Se reclinó en uno de los asientos que había enfrente de ellos, moviéndose con una cierta elegancia que hizo que John se sintiera todavía más intranquilo. Se movía como alguien que hubiera recibido entrenamiento en artes marciales…
Los otros se sentaron también o se apoyaron en los asientos, cada uno de ellos observando con atención al invitado sorpresa, cada uno con el mismo aspecto de sentirse incómodo por la aparición repentina que tenía John. Trent los observó atentamente a cada uno de ellos por turno.
—El señor Andrews, el señor Kennedy, el señor Trapp y yo ya nos conocemos…
Trent miró alternativamente a Claire y a Rebecca, y su mirada chispeante se posó finalmente en Claire.
—Claire Redfield, ¿verdad?
Parecía algo dubitativo, lo que tampoco era de extrañar. Rebecca y Claire podían haber pasado por hermanas. Ambas eran morenas, de la misma estatura, y con tan sólo unos pocos meses de diferencia de edad.
—Sí —dijo Claire—. ¿El piloto sabe que está a bordo?
John frunció el ceño, irritado consigo mismo por no haberlo preguntado él en primer lugar. Era una pregunta bastante importante, y no se le había ocurrido a él. Si el piloto había dejado a Trent que subiera a bordo…
Trent asintió y se pasó una mano por su encrespado cabello negro.
—Sí, sí que lo sabe. De hecho, el capitán Evans es un conocido mío, así que cuando me percaté de que se marchaban de… viaje, lo arreglé todo para que estuviera en el sitio adecuado en el momento adecuado. En realidad, es mucho más fácil de lo que parece.
—¿Por qué? —le preguntó David, y John percibió un tono en su voz que sólo le había oído en situaciones de combate. El capitán estaba a punto de enfadarse mucho—. ¿Por qué hizo todo eso, señor Trent?
Trent pareció hacer caso omiso de su pregunta.
—Me doy perfecta cuenta de que están preocupados por sus amigos en Europa, pero déjenme que les asegure que están sanos y salvos. De veras. No existe motivo alguno para que estén preocupados…
—¿Por qué? —La voz de David sonó fría y amenazante.
Trent se lo quedó mirando y luego suspiró.
—Porque no quiero que vayan a Europa, y hacer que el capitán Evans fuera el piloto era uno de los modos de lograrlo. No pueden. De hecho, vamos a virar en cualquier momento.
Claire se lo quedó mirando a su vez, sintiendo un nudo en el estómago, sintiendo que ese nudo se transformaba en una furiosa rabia.
Dios, no voy a ver a Chris…
John se separó del asiento en el que había estado apoyado y agarró a Trent por el brazo antes de que Claire tuviera tiempo de abrir la boca, antes de que nadie tuviera tiempo de responder a aquella declaración de intenciones.
—Dígale a su «conocido» que mantenga el rumbo que debe tomar hasta nuestro destino —le dijo John iracundo mientras se mantenía de pie y amenazante sobre Trent.
Por el modo en que las manos de su amigo estaban temblando, Claire pensó que era bastante probable que le rompiera el brazo a Trent…, y se dio cuenta de que no pensaba que fuera tan mala idea.
Trent mostró una expresión de leve incomodidad, pero nada más.
—Siento mucho interrumpir sus planes —les dijo—, pero si escuchan lo que tengo que decirles, creo que estarán de acuerdo conmigo en que es lo mejor… es decir, si lo que quieren es detener los planes de Umbrella.
¿Lo mejor? Chris, tenemos que ayudar a Chris y a los otros, de modo que, ¿qué clase de mierda es todo esto?
Esperó que los demás se pusieran en movimiento, que se lanzaran sobre el señor Trent, lo maniataran a un asiento y lo obligaran a explicarse con mayor claridad, pero todos se quedaron callados, mirándose los unos a los otros y a Trent con algo de asombro, rabia… e interés. Un interés precavido, pero interés al fin y al cabo. John aflojó un poco su presa y miró a David para saber qué hacer.
—Será mejor que tenga una buena razón, señor Trent —le dijo David con un tono de voz seco—. Ya sé que nos ha… ayudado en otras ocasiones, pero este tipo de interferencia no es la clase de ayuda que queremos o necesitamos.
Le hizo un gesto con la cabeza a John. Éste soltó del todo a Trent a regañadientes, y retrocedió. Pero no mucho, como pudo fijarse Claire.
Si Trent se había sentido preocupado en algún momento, no se veía ninguna señal de ello. Asintió en dirección a David y comenzó a hablar en voz baja con su tono musical.
—Estoy seguro de que todos saben ya que Umbrella Corporation posee instalaciones a todo lo largo y ancho del mundo, fábricas y plantas de producción que emplean a miles de trabajadores y que generan unas ganancias de miles de millones de dólares al año. La mayoría de ellas son compañías asociadas, farmacéuticas o químicas, de carácter legítimo y que no tienen nada que ver con lo que estamos hablando, a excepción de que son muy rentables. El dinero que los intereses legales de Umbrella producen les permiten financiar sus operaciones menos públicas, operaciones con las que usted y los suyos han tenido la desgracia de tropezar.
»La organización de estas operaciones recae en una división de la empresa llamada White Umbrella, y la mayor parte de su actividad está relacionada con la creación de armas biológicas. Existen muy pocas personas que conozcan todos los entresijos del funcionamiento de White Umbrella, pero los que los conocen son gente muy, muy poderosa. Gente poderosa y decidida a crear todo tipo de situaciones desagradables: Armas químicas, enfermedades letales… Los virus de la clase T y G que tantos problemas nos han dado últimamente.
A eso se le llama quedarse corto, pensó Claire algo asqueada, pero intrigada a pesar de todo. Saber por fin algo sobre el ente al que se estaban enfrentando…
—¿Por qué? —le preguntó León—. La guerra química no es tan rentable, cualquiera que tenga una centrifugadora y unos cuantos productos de jardinería puede crear una arma química.
Rebecca asintió para mostrar que estaba de acuerdo.
—Y el tipo de investigaciones que están realizando, la aplicación de viriones de fusión rápida a la redistribución genética tiene un coste extremadamente elevado, y es tan peligroso como trabajar con residuos nucleares. Peor.
Trent meneó la cabeza.
—Lo están haciendo porque pueden hacerlo. Porque quieren hacerlo. —Sonrió ligeramente—. Porque cuando eres más rico y más poderoso que ninguna otra persona en el planeta, acabas aburriéndote.
—¿Quién se aburre? —le preguntó David.
Trent se lo quedó mirando por un momento, y luego continuó hablando, haciendo caso omiso a la pregunta de David de un modo evidente.
—El campo de trabajo actual de White Umbrella son los soldados bioorgánicos, si queréis llamarlos así. Especímenes individuales, la mayoría de ellos alterados genéticamente, y todos ellos con una inyección con alguna clase de variante de los virus creados para convertirlos en seres más violentos y fuertes, además de insensibles al dolor. El modo en que esos virus amplifican sus efectos en los humanos, la reacción de tipo «zombi», no es más que un efecto secundario inesperado. Los virus que Umbrella crea no están pensados para ser utilizados en humanos, al menos de momento.
Claire estaba interesada en lo que les estaba contando, pero también se estaba impacientando.
—Vale, ¿cuándo llegamos a la parte en la que nos cuentas por qué estás aquí, y por qué no debemos ir a Europa? —le espetó de forma descortés, sin intentar ocultar su rabia e impaciencia.
Trent la miró, y sus ojos oscuros mostraron de repente un sentimiento de comprensión, y ella se dio cuenta de que él sabía el motivo por el que estaba tan furiosa, que conocía todas las razones que tenía para desear ir a Europa. Lo notó por el modo en que la miraba, y sus ojos le dijeron que lo comprendía…, y ella se sintió muy incómoda de repente.
Lo sabe todo, ¿verdad? Todo sobre nosotros…
—No todas las instalaciones de White Umbrella son iguales —continuó diciendo—. Algunas sólo manejan datos e información, otras llevan a cabo las transformaciones químicas necesarias, en algunas crían a los especímenes, o los unen mediante la cirugía, y muy pocos de esos especímenes son puestos a prueba. Y eso nos lleva al motivo por el que estoy aquí, y por qué me gustaría que pospusieran su viaje.
»Existe una instalación de Umbrella que está a punto de entrar en funcionamiento en Utah, justo al norte de los desiertos de sal. Ahora mismo sólo está trabajando un pequeño equipo de técnicos y de… manipuladores de especímenes, y está previsto que se halle a pleno rendimiento dentro de tres semanas. El individuo encargado de supervisar los preparativos finales es uno de los personajes clave dentro de White Umbrella, un hombre llamado Reston. Se supone que ese trabajo debería haberlo llevado a cabo otra persona, un despreciable tipo llamado Lewis, pero el señor Lewis ha sufrido un desgraciado accidente, no demasiado imprevisto, y ahora Reston se encuentra al mando de todo. Y como es uno de los nombres más importantes dentro de White Umbrella, tiene en sus manos un pequeño libro negro. Sólo existen tres ejemplares de ese libro, y los otros dos son casi imposibles de conseguir…
—¿Y qué hay en ese libro? —le interrumpió John—. Ve al grano.
Trent le sonrió como si John se lo hubiera preguntado con la mayor educación posible.
—Cada uno de los libros es una especie de llave maestra. Cada uno tiene un directorio completo de códigos que se utilizan para programar la organización de todas las instalaciones de White Umbrella. Con ese libro, cualquier persona podría entrar impunemente en cualquier laboratorio o instalación de investigación y acceder a cualquier clase de archivo, desde los datos personales de los empleados hasta los balances financieros. Por supuesto, cambiarán todos los códigos en cuanto se den cuenta de que el libro ha sido robado, pero, a menos que quieran perder todo lo que tiene almacenado, les llevará meses.
Nadie dijo nada durante unos momentos, y el único sonido fue el persistente zumbido de los motores del avión. Claire los miró uno por uno a todos, vio sus expresiones pensativas, vio que estaban pensando seriamente en la propuesta implícita en las palabras de Trent…, y se dio cuenta de que, al fin y al cabo, iba a ser bastante improbable que fueran a Europa después de todo.
—Pero ¿qué pasa con Jill, con Barry y con Chris? Ha dicho que estaban bien, pero, ¿cómo lo sabe? —le preguntó Claire, y David pudo notar la desesperación apenas oculta en su tono de voz.
—Me llevaría bastante tiempo explicarles cómo conseguí esa información —le respondió Trent con voz suave—. Y aunque estoy seguro de que no quieren oír esto, me temo que tendrán que confiar en mí. Su hermano y los demás no se encuentran en un peligro inminente, y no les necesitan de momento, pero la oportunidad de conseguir el libro de Reston, de entrar en ese laboratorio, se perderá en menos de una semana. No existe ningún destacamento de seguridad ahora mismo, la mitad de los sistemas ni siquiera están en funcionamiento, y mientras se mantengan lejos del programa de pruebas, no tendrán que enfrentarse a ninguna criatura.
David no sabía qué pensar. Sonaba bien, sonaba exactamente como la oportunidad que habían estado esperando…, pero también había ocurrido lo mismo con la ensenada de Calibán. Lo mismo que tantas otras cosas.
Y por lo que respecta a confiar en el señor Trent…
—¿Cuál es su interés en todo esto? —le preguntó David—. ¿Por qué quiere perjudicar a Umbrella?
Trent se encogió de hombros.
—Digamos que es una afición que tengo.
—Lo digo en serio —le respondió David.
—Yo también.
Trent sonrió, y en sus ojos siguió brillando un cierto humor chispeante. David tan sólo le había visto una vez con anterioridad, y no habían intercambiado más allá de unas pocas palabras, pero Trent parecía estar extrañamente contento de tenerlos allí. Fuese lo que fuese lo que le impulsaba, estaba claro que le estaba proporcionando mucha alegría.
—¿Por qué tiene que ser tan críptico? —le espetó Rebecca. David asintió, y vio que los demás hacían lo mismo—. El material que le entregó a Jill, y a David… todos esos acertijos y adivinanzas. ¿Por qué no nos cuenta lo que necesitamos saber?
—Porque deben averiguarlo —le contestó Trent—. O más bien, porque debe parecer que lo averiguan ustedes solitos. Y como ya he dicho, muy poca gente sabe lo que White Umbrella está haciendo. Si parece que saben demasiado, puede que me descubran al final.
—Entonces, ¿por qué debemos arriesgarnos ahora? —le preguntó David—. En cuanto a eso, ¿para qué nos necesita? Es obvio que tiene conexiones con White Umbrella. ¿Por qué no lo hace público, o les sabotea desde dentro?
Trent sonrió de nuevo.
—Corro el riesgo porque ha llegado el momento de arriesgarse. Y respecto a lo demás… lo único que puedo decir es que tengo mis razones.
Habla y habla, y todavía no sabemos qué puñetas está haciendo, o por qué… ¿Cómo demonios lo logra?
—¿Por qué no nos cuenta unas cuantas de esas razones, señor Trent?
Nada de todo aquello le estaba haciendo ninguna gracia a John. David se dio cuenta de que su compañero miraba enfurecido al polizón, con todo el aspecto de que haría falta hablar bastante con él para que no empezara a darle puñetazos al señor Trent.
Trent no respondió. En vez de eso, se puso en pie, recogió su gabardina, y se giró para mirar a David.
—Me doy perfecta cuenta de que querrán discutir sobre todo eso antes de tomar una decisión —le dijo—. Tendrán que perdonarme, pero aprovecharé para visitar a nuestro capitán. Si deciden no ir en busca del libro de Reston, me quitaré de en medio. Antes les dije que no tenían alternativa, pero supongo que fue una entrada en plan dramático. Siempre existe una alternativa.
Tras decir aquello, Trent se dio la vuelta, se dirigió hacia la parte delantera del avión y desapareció tras la cortinilla sin mirar hacia atrás.

Capítulo 4
John rompió el silencio apenas dos segundos después de que Trent desapareciera en la cabina del piloto.
—A la mierda con todo esto —dijo con aspecto de estar más cabreado de lo que jamás Rebecca lo había visto—. No sé vosotros, pero a mí no me gusta ni un pelo que jueguen conmigo de esta manera. No estoy aquí para ser el chico de los recados del señor Trent, y no me fío de él. Yo digo que le obliguemos a contarnos todo lo que sepa sobre Umbrella, que nos diga lo que sabe sobre nuestro equipo en Europa, y que si nos da otra de esas respuestas que no dicen nada, le pateemos su evasivo culo hasta echarlo por la puerta.
Rebecca sabía que John estaba tremendamente enfadado, pero no se pudo contener.
—Sí, John, pero dinos, ¿cómo te sientes de verdad?
Él la miró… y sonrió, y de algún modo, aquello rompió la tensión que todos sentían. Era como si de repente hubieran recordado respirar a la vez. La inesperada visita de su misterioso benefactor había hecho difícil durante unos momentos recordar nada más.
—Ya tenemos el voto de John —dijo David—. ¿Claire? Sé que estás preocupada por Chris…
Claire asintió con lentitud.
—Sí, y quiero volver a verle lo antes posible…
—Pero —replicó David iniciando el resto de la frase.
—Pero… creo que dice la verdad. Sobre lo de que están bien, me refiero.
León asintió a su vez.
—Yo también lo creo. John tiene razón en lo de que es escurridizo, pero no creo que nos haya estado mintiendo sobre nada de lo que ha dicho. No nos ha dicho mucho, pero no me dio la impresión de que nos estuviera intentando dar gato por liebre con lo que nos ha contado.
David se giró para mirar a Rebecca.
—¿Rebecca?
Ella suspiró y meneó la cabeza.
—Lo siento, John, pero estoy de acuerdo con ellos. Creo que tiene algo de credibilidad. Nos ha ayudado con anterioridad, a su manera rara y extraña, y el hecho de que apareciera aquí, y desarmado, significa algo…
—Significa que es un capullo idiota —murmuró John, y Rebecca le propinó un leve puñetazo en el brazo, y de repente se dio cuenta, de modo instintivo, de por qué se resistía tanto a  aceptar la palabra de Trent.
John no ha intimidado a Trent.
Estaba segura. Conocía a John lo bastante bien como para saber que la indiferencia de Trent le tenía que haber sacado de sus casillas por completo.
Rebecca escogió las palabras con cuidado, mantuvo un tono de voz jovial y le sonrió.
—Creo que lo que te saca de quicio es que no se haya asustado de lo grande y feo que eres, John. La mayoría de la gente se mea en los pantalones cuando te pones así por encima de ellos.
Era lo más adecuado que se podía haber dicho. John frunció el ceño pensativo, y luego se encogió de hombros.
—Sí, bueno, a lo mejor. De todas maneras, sigo sin fiarme de él.
—No creo que ninguno de nosotros deba hacerlo —dijo David—. Se está guardando muchas cosas en la manga para ser alguien que quiere ayudarnos. La cuestión es, ¿vamos en búsqueda de ese tal Reston, o continuamos con nuestro plan original?
Nadie habló por un momento, y Rebecca se percató de que nadie quería decirlo, reconocer que si Trent estaba diciendo la verdad, no había motivo alguno para ir a Europa. Ella tampoco quería decirlo: sentía que en cierto modo era una traición a Jill, a Barry y a Chris, algo así como decir «Hemos encontrado algo mejor que hacer que acudir en vuestra ayuda».
Pero si no nos necesitan…
Rebecca decidió que ella bien podía ser la primera en hablar.
—Si ese lugar es tan fácil de atacar como él dice, ¿cuándo encontraremos otra oportunidad como ésta?
Claire se estaba mordisqueando el labio, y no parecía estar muy contenta. Parecía estar dividida.
—Si encontramos ese libro de códigos, tendremos algo útil que llevar a Europa. Algo que realmente podría resultar ventajoso.
—Si encontramos el libro —dijo John, pero Rebecca se dio cuenta de que la idea ya estaba calando en él.
—Podría ser un punto de inflexión —dijo David en voz baja—. Cambiaría las posibilidades que tenemos en contra de un millón a uno a quizás unos cuantos miles contra uno.
—Tengo que admitir que sería estupendo poder filtrar a la prensa los archivos privados de Umbrella —dijo John—. Descargar de sus ordenadores todos sus secretos de mierda y pasárselos a todos los periódicos del país.
Todos asintieron, y aunque llevaría un poco más de tiempo hacerse a la idea, Rebecca sabía que la decisión ya estaba tomada.
Al parecer, iban a ir a Utah.
Si alguno de ellos esperaba que Trent saltara de alegría por la noticia, se quedó profundamente decepcionado. Cuando David lo llamó para que regresara y le dijo que estaban dispuestos a ir a la nueva instalación de pruebas, Trent se limitó a asentir, con la misma sonrisa enigmática en su cara curtida.
—Éstas son las coordenadas de la instalación —les dijo mientras sacaba una hoja de papel de su chaqueta—. También encontrarán una lista con bastantes códigos numéricos, uno de ellos es el de entrada, aunque quizá sea difícil encontrar el teclado que da acceso. Lo siento, pero no pude descubrir nada más para poder ser más concreto.
León se quedó mirando cómo David tomaba el papel de manos de Trent y éste regresaba a la cabina del piloto para hablar con el capitán, y se preguntó por qué no podía dejar de pensar en Ada. Desde qué había escuchado el pequeño discurso de Trent sobre White Umbrella, los recuerdos sobre la habilidad y la belleza de Ada Wong, los ecos de su profunda y atractiva voz, habían estado asaltando la mente de León. No fue algo consciente, al menos no al principio. Era que algo de aquel hombre le recordaba a ella. Quizá se trataba de su enorme autoconfianza, o ese asomo de sonrisa astuta…
Y al final, antes de que aquella enloquecida mujer le disparara, la acusé de ser una espía de Umbrella, y ella me dijo que no lo era, que no era asunto mío para quién trabajaba…
Aunque Claire y él habían llegado a aquella lucha bastante tarde, habían sido informados en profundidad sobre lo que los demás sabían de Umbrella, y el servicio que les había proporcionado Trent en el pasado. La única constante, aparte de ser muy esquivo a la hora de suministrar información personal, era que parecía conocer toda clase de detalles que nadie más sabía.
No pasará nada si se lo pregunto.
Cuando Trent regresó al compartimento de pasajeros, León se le acercó.
—Señor Trent —le dijo con mucho tacto y cuidado, sin dejar de observarle—. En Raccoon City conocí a una mujer llamada Ada Wong…
Trent se lo quedó mirando, sin dejar translucir ninguna emoción.
—¿Y?
—Me preguntaba si usted sabía algo sobre ella, o para quién trabajaba. Estaba buscando una muestra del virus G…
Trent alzó las cejas.
—¿De veras? ¿Y la consiguió encontrar?
León se fijó bien en sus ojos oscuros y penetrantes, preguntándose por qué tenía la sensación de que Trent ya conocía la respuesta. No podía saberla, por supuesto, porque Ada había muerto justo antes de que el laboratorio explotara en mil pedazos.
—Sí, lo logró —le dijo León—. Sin embargo, al final, ella… se sacrificó en cierto modo, en vez de tener que elegir entre matar a alguien y perder la muestra.
—¿Y ese alguien era usted? —le preguntó Trent en voz baja.
León se dio cuenta de que los demás los estaban mirando, y no se sorprendió demasiado al descubrir que tampoco le importaba mucho. Un mes antes, una conversación sobre temas tan personales le hubiera hecho sentirse avergonzado.
—Sí —dijo en un tono de voz casi desafiante—. Era yo.
Trent asintió lentamente, sonriendo un poco.
—Entonces me parece que no necesita saber nada más sobre ella, sobre su carácter o los motivos que la impulsaban a hacerlo.
León no estaba muy seguro de si estaba esquivando la respuesta o le estaba diciendo sinceramente lo que pensaba, pero de cualquier manera, la pura lógica de aquella contestación le hizo sentirse mejor. Era como si él mismo hubiese sabido la respuesta a sus dudas desde el principio. Fuese cual fuese la clase de psicología que Trent estaba utilizando, era todo un maestro en ella.
Es educado, culto y atemorizador como el mismísimo diablo a su modo tranquilo… A Ada le hubiera gustado.
—A pesar de lo mucho que disfruto de mis charlas con ustedes, debo tratar sin demora ciertos asuntos pendientes que tengo con el capitán —les estaba diciendo Trent—. Llegaremos a Salt Lake City en unas cinco o seis horas.
Dicho aquello, los saludó con una inclinación de cabeza y desapareció tras la cortina de nuevo.
—¿Qué pasa? ¿Es demasiado bueno como para sentarse con la tropa? —preguntó John, sin haber superado obviamente su disgusto inicial hacia el individuo.
León paseó la vista entre los demás, y vio unos cuantos rostros con expresiones de preocupación e intranquilidad, vio a Claire con cara de querer poder cambiar de opinión.
León se acercó hasta donde ella estaba apoyada en un asiento, con los brazos cruzados con fuerza, y le puso una mano en el hombro.
—¿Acaso estás pensando en Chris? —le preguntó con voz amable.
Para su sorpresa, ella negó con la cabeza y le dirigió una sonrisa nerviosa.
—No. Lo cierto es que estaba pensando en la mansión Spencer, y en el ataque a la ensenada de Calibán, y en lo que ocurrió en Raccoon City. Estaba pensando en que no importa lo que diga Trent sobre lo fácil que va a ser, nada es tan simple con Umbrella. La situación logra complicarse siempre que ellos están involucrados. Una pensaría en que ya deberíamos estar acostumbrados a todo eso…
Su voz se fue apagando lentamente, y luego sacudió la cabeza como si estuviese intentando aclararse las ideas. Le sonrió de nuevo, pero de un modo más alegre.
—Mira cómo hablo. Voy a pillar un bocadillo. ¿Quieres algo?
—No, gracias —le respondió con gesto ausente, pensando todavía en lo que ella había dicho mientras Claire se alejaba. Se preguntó de repente si su viajecito hasta Utah no sería el último error que alguno de ellos cometería.
Steve López, el bueno de Steve, con su cara tan falta de expresión y tan blanca como una hoja de papel, de pie en mitad del extraño y enorme laboratorio, de pie y apuntándole con su arma semiautomática y diciéndoles que soltaran las armas…
Y la rabia, el dolor y la furia que asaltaron a John con la fuerza de un huracán cuando se dio cuenta de lo que había ocurrido, de que Karen estaba muerta, de que Steve había sido convertido en uno de aquellos soldados zombis cabrones…
Y John gritó, ¡qué le has hecho! No pensó, en vez de eso giró sobre sí mismo y disparó al ser sin voluntad que tenía a su espalda, el proyectil le atravesó limpiamente la sien izquierda y el aire frío comenzó a apestar como la misma muerte mientras la criatura caía…
¡Y el dolor! Un dolor que le atravesó cuando Steve, su amigo y camarada Stevie, le disparó por la espalda. John sintió la sangre en la boca, sintió cómo daba la vuelta, sintió más dolor del que jamás creyó poder sentir. Steve le había disparado, el doctor loco había utilizado su virus con él y Steve ya no era Steve, y el mundo giraba, y gritaba…
—John, John, despierta, tienes una pesadilla. Eh, tiarrón…
John se enderezó en el asiento, con los ojos abiertos de par en par y con el corazón a punto de saltarle del pecho, desorientado y atemorizado. La mano fría que notaba en su brazo era la de Rebecca, su contacto era suave y reconfortante, y se dio cuenta de que estaba despierto, de que había estado soñando y de que ya estaba despierto.
—Mierda —murmuró, y se dejó caer sobre el respaldo del asiento cerrando los ojos. Todavía estaban en el avión, y el suave ronroneo de los motores y el siseo del aire acondicionado lo tranquilizaron del todo.
—¿Estás bien? —le preguntó Rebecca, y John se limitó a asentir, respirando profundamente unas cuantas veces antes de abrir los ojos de nuevo.
—¿He llegado a… gritar, o algo así?
Rebecca le sonrió, y lo miró atentamente.
—No. Lo que pasa es que volvía del lavabo y te he visto retorcerte como el rabo de una lagartija. No me pareció que estuvieras divirtiéndote precisamente… Espero no haber interrumpido nada bueno.
Dijo lo último casi como una pregunta. John se obligó a sí mismo a sonreír y evitó por completo hablar del tema. Prefirió mirar por la ventanilla a la veloz oscuridad.
—Me parece que comerme esos tres bocadillos de atún antes de irme a dormir no ha sido una buena idea. ¿Ya estamos llegando?
Rebecca hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Acabamos de comenzar el descenso. David dice que quedan unos quince o veinte minutos.
Ella todavía lo estaba mirando fijamente, con la misma impresión de calidez y preocupación, y John se dio cuenta de que estaba actuando como un idiota. Mantener toda aquella mierda encerrada y sin sacar era un pasaporte seguro para perder la chaveta.
—Estaba en el laboratorio —le dijo, y Rebecca volvió a asentir. Era lo único que le tenía que decir. Ella también había estado allí.
—Yo tuve una así hace un par de días, justo después de que decidiéramos marcharnos de Exeter —dijo Rebecca en voz baja—. Una pesadilla realmente desagradable. Era una especie de mezcla entre el laboratorio de la mansión Spencer y el de la ensenada.
A John le tocó el turno de asentir, y pensó en lo increíble que era aquella chica. Se había enfrentado a toda una casa llena de monstruos en su primera misión con los STARS, y aun así había decidido aceptar participar en la misión que les llevó a la ensenada cuando David se lo pidió.
—Rebecca, eres cojonuda. Si yo tuviera un par de años menos, creo que quizá llegaría a ser amor —le dijo, y se quedó encantado al ver que ella se ruborizaba y sonreía.
Ella era, casi con toda seguridad, el doble de lista que él, pero también era una adolescente, y si él no recordaba mal sus días de juventud, a las chavalas no les disgustaba oír lo mucho que molaban.
—Cállate —le dijo, pero su tono de voz le indicó que había logrado avergonzarla por completo, pero que a ella no le importaba en absoluto.
Se produjo un momento de silencio cómodo y tranquilo entre los dos, con los últimos restos de la pesadilla evaporándose mientras la presión de la cabina de pasajeros iba cambiando a medida que el avión descendía. Llegarían a Utah en pocos minutos. David ya había sugerido que debían dirigirse a un hotel para comenzar a trazar planes, y que entrarían al día siguiente por la noche.
Entramos, pillamos el libro y salimos cagando leches. Fácil… excepto que me parece que ése es el mismo plan que teníamos para la instalación de la ensenada.
John decidió que en cuanto aterrizaran tendría otra pequeña charla con el señor Trent. Ya estaba de acuerdo con la misión, con lo de coger el libro y de paso torpedear un poco las actividades de Umbrella, pero seguía sin estar contento con la información tan selectiva que les había proporcionado Trent. Sí, vale, el tipo les estaba ayudando, pero ¿por qué portarse de un modo tan raro para hacerlo? ¿Y por qué no les había contado lo que estaban haciendo sus compañeros en Europa, o quién estaba al mando de White Umbrella, o cómo había logrado colocar a su propio piloto en el vuelo privado que habían contratado?
Porque le encanta manejar a la gente. Es un loco de la autoridad.
No le parecía la respuesta más acertada, pero a John no se le ocurría ninguna otra razón para que el señor Trent se comportara como una especie de agente secreto en plan espía. Quizá si le retorcía un poco el brazo hablaría con mayor claridad…
—John, sé que no te cae bien, pero ¿crees que lleva razón con eso de que va a ser una misión facilona? Quiero decir que, bueno, ¿qué pasará si Reston se resiste? O qué pasará si… ¿Qué pasará si ocurre alguna cosa?
Estaba intentando sonar como una profesional, con un tono de voz tranquilo y relajado, pero la mirada preocupada que se asomaba a sus ojos castaños la delataba.
Alguna cosa. Algo como un estallido vírico, algo como un científico enloquecido, algo como unos monstruos biológicos sueltos y sin control. Algo como lo que siempre ocurre en Umbrella…
—Si lo que yo haga sirve para algo, lo único que saldrá mal es que Reston se cagará encima y el olor será asqueroso —dijo, y se vio recompensado de nuevo con una sonrisa de la chica.
—Eres un idiota —le respondió ella, y John se encogió de hombros pensando en lo fácil que era lograr que la chavala sonriera, y preguntándose a la vez si era buena idea darle mayores esperanzas.
Momentos más tarde, el avión aterrizó suavemente, y el piloto utilizó por primera vez el sistema de comunicación interno. Les dijo que permanecieran sentados y con los cinturones abrochados hasta que el avión se detuviera por completo, y luego cortó la comunicación, sin soltarles el rollo habitual sobre que esperaba que hubieran disfrutado del vuelo o cuál era la temperatura media del exterior. John se sintió agradecido, al menos por aquello. El pequeño aparato recorrió la pista de aterrizaje hasta detenerse con suavidad, y el equipo se puso en pie desperezándose y poniéndose los abrigos.
En cuando oyó abrirse la puerta exterior, John pasó de largo al lado de Rebecca y se dirigió hacia la cabina del piloto, decidido a no dejar marcharse a Trent antes de que hubieran charlado un rato. Atravesó la cortina, y un soplo frío de viento les llegó a los demás ocupantes del compartimento de pasajeros, situado a espaldas de la cabina del piloto, pero vio que había llegado demasiado tarde. El piloto, Evans, estaba solo en la puerta que daba a la cabina.
Trent había logrado de algún modo escaparse en los escasos segundos que John había tardado en cruzar el pequeño avión. Las escalerillas metálicas que bajaban desde la puerta del aparato estaban vacías, y aunque John bajó los peldaños de dos en dos, llegando al suelo en menos de un segundo, no pudo ver nada más que la vacía extensión de la pista de aterrizaje, y desde luego, a nadie más excepto al trabajador del aeropuerto que había ayudado a bajar las escalerillas. Cuando le preguntó por Trent, el individuo insistió en que la primera persona que había bajado del avión había sido el propio John.
—Hijo de puta —dijo con rabia, pero ya no importaba, porque estaban en Utah. Con Trent o sin él, habían llegado, y como ya era medianoche, disponían de menos de un día para prepararse.

Capítulo 5
Jay Reston estaba encantado. De hecho, estaba más contento de lo que lo había estado desde hacía mucho tiempo, y si hubiera sabido lo bueno que era estar de nuevo en el trabajo de campo, lo habría hecho muchos años antes.
Manejar a los empleados, los de la clase que se ensucian las manos. Ordenar que se hagan cosas y ver cómo se desarrollan los resultados, ser parte de ese proceso. Ser algo más que una simple sombra, más que una oscuridad siniestra y sin nombre a la que temer…
Pensar en todo aquello le hacía sentirse fuerte y lleno de vitalidad de nuevo. Tenía poco más de cincuenta años, y todavía no se consideraba ni siquiera de edad madura, pero trabajar de nuevo en la línea del frente le había hecho darse cuenta de lo que se había perdido a lo largo de los años.
Reston estaba sentado en la sala de control, el corazón palpitante de Planeta, con las manos detrás de la cabeza y su atención fijada en la pared llena de pantallas que tenía frente a él. En una de las pantallas, un individuo vestido con un mono de trabajo estaba trabajando en una serie de árboles de la fase Uno, añadiendo otra capa de verde a las falsas plantas de hoja perenne. El hombre se llamaba Tom Nosequé, del departamento de construcción, pero su nombre no era importante. Lo que realmente importaba era que Tom estaba pintando los árboles porque Reston le había dicho que lo hiciera, cara a cara, en la reunión matinal.
En otra pantalla, Kelly McMalus estaba recalibrando el control de temperatura del desierto, también cumpliendo las órdenes de Reston. McMalus era el manipulador jefe de los escorps, al menos hasta que llegara el personal definitivo. Todo los trabajadores iniciales de Planeta eran de carácter temporal. Era una de las nuevas medidas de White Umbrella para evitar el sabotaje. En cuanto todo estuviera preparado y en funcionamiento, los nueve técnicos y la media docena de investigadores «preliminares», que en realidad no eran más que manipuladores de especímenes sobrevalorados, aunque él jamás se lo diría a la cara, serían trasladados.
Planeta. La instalación se llamaba en realidad «B.O.W. Entorno de Prueba A», pero Reston creía que llamarlo Planeta era mucho más adecuado. No estaba seguro de quién había sido el que lo había dicho, tan sólo que había surgido en una de las reuniones de trabajo matinales, y que había cuajado. Referirse a las instalaciones de prueba en sus informes periódicos al equipo base como Planeta le hacía sentirse más parte de todo el proceso.
«Las conexiones de los vídeos han sido puestas en marcha hoy mismo, aunque al parecer existe alguna clase de problema con los micrófonos, así que el audio no está funcionando todavía. Haré que lo solucionen lo antes posible. Ha llegado el último de los Ma3K, y ninguno de los especímenes ha sufrido ningún daño. En general, todo marcha bien. Creemos que Planeta estará listo bastantes días antes de lo previsto…»
Reston sonrió al recordar la última conversación que tuvo con Sidney. Había notado un leve tono de celos en la voz de Sidney, ¿una nota de envidia? Ya era parte de ese «nosotros», un nosotros que llamaba al Entorno de Prueba A con un sobrenombre. Después de treinta años de delegar responsabilidades, tener que supervisar los últimos toques y detalles de sus instalaciones más innovadoras y costosas hasta la fecha, era una bendición inesperada. Y pensar que se había sentido irritado cuando le comunicaron que el automóvil de Lewis se había despeñado por un precipicio. El accidente había sido probablemente el mejor trabajo que aquel individuo había hecho para Umbrella, ya que significaba que él estaría cargo del nacimiento de Planeta.
Otro técnico apareció caminando por una de las pantallas, con una caja de herramientas y un rollo de cuerda. Cole, Henry Cole, el electricista que había estado trabajando en los sistemas de vídeo y de intercomunicación. Se encontraba en el pasillo principal que comunicaba los laboratorios de investigación y la zona de pruebas, y que también llevaba hasta el ascensor. Reston se había dado cuenta el día anterior de que bastantes cámaras de la superficie no funcionaban bien. Ninguna de las cámaras de Planeta había sido conectada todavía al sistema de audio, pero, de vez en cuando, las cámaras de las instalaciones de superficie se quedaban con la pantalla en blanco y llena de estática durante varios minutos, y le había pedido a Cole que revisara aquello…
Pero después de que acabara de arreglar el sistema de intercomunicadores, no antes. ¿Cómo voy a estar en contacto con esta gente si no dispongo de un sistema de intercomunicadores en funcionamiento?
Incluso el sentimiento de irritación que sentía hacia el técnico era una emoción exultante. En vez de pulsar un botón y decirle a algún encargado siempre obediente que lo arreglara, tendría que supervisarlo todo él en persona.
Reston se alejó de la consola y se desperezó mientras se ponía en pie, echando un último vistazo a la hilera de monitores para recordar si había algo más de lo que debiera ocuparse.
Intercomunicadores, cámaras de vídeo… será necesario reforzar el puente de Tres, pero no es una prioridad. Deberíamos hacer algo respecto a los colores de la ciudad, son demasiado monótonos…
Atravesó la sala de control de diseño estilizado, pasando al lado de una línea de sillones de cuero, tan nuevos que su fuerte olor todavía se mantenía en el fresco ambiente de aire acondicionado. Los sillones estaban encarados hacia una pared llena de pantallas de gran resolución. En menos de un mes, allí se sentarían los investigadores, los científicos y los administradores más importantes, el verdadero corazón de White Umbrella, además de los dos patrocinadores más poderosos del proyecto. Incluso Sidney y Jackson estarían allí para ver la serie inicial de experimentos del programa de prueba.
Y Trent —pensó Reston esperanzado—. Estoy seguro de que no rechazará una invitación para asistir a los primeros experimentos…
Reston se colocó sobre la plancha de presión colocada delante de la puerta cuya gruesa hoja de metal se deslizó hacia arriba con tan sólo un susurro, y salió al ancho pasillo que recorría a lo largo todo Planeta. La sala de control no estaba demasiado lejos del montacargas industrial, de hecho, casi estaba enfrente, pero el electricista ya había comenzado a subir a la superficie. Esa misma semana se pondrían en funcionamiento otros cuatro ascensores que llegaban hasta uno de los otros edificios de la superficie, pero de momento sólo había aquel montacargas industrial. Tendría que esperar hasta que Cole saliera.
Pulsó el botón y tiró de las mangas de su chaqueta, pensando en cómo planearía el recorrido de visita. Hacía mucho tiempo que Jay Reston no se dedicaba a soñar despierto, pero en el poco tiempo que llevaba en Planeta, imaginarse el día en que les daría la bienvenida a los demás y los guiaría por las instalaciones que él había dirigido y que había transformado en una máquina puesta a punto se había convertido en su pasatiempo favorito. Del escaso número de personas que estaban al frente de White Umbrella, que tomaban las grandes decisiones, él era el más joven entre los aceptados en el círculo interior, y aunque Jackson a menudo le aseguraba que su opinión era tan valorada como la de cualquier otro, había notado en más de una ocasión que era el último en ser consultado. En ser tenido en cuenta.
No después de esto. No después de que vean que con menos de una docena de ayudantes atentos a mi más mínima orden, he logrado poner a punto y en marcha a Planeta sin ninguna clase de problemas y antes de lo previsto. Me gustaría ver si Sidney es capaz de hacerlo la mitad de bien…
Llegarían de noche, por supuesto, y probablemente en varios grupos. Colocaría a los manipuladores de especímenes en la entrada para recibirlos y darles la bienvenida antes de llevarlos a los ascensores (los nuevos, no la sucia monstruosidad en la que estaba a punto de subir). De camino a las profundidades, les hablaría a los visitantes de los eficientes y elegantes habitáculos donde vivir, del sistema de filtrado de aire autónomo, de la sala de cirugía…, de todo lo que convertía a Planeta en la instalación más innovadora. Los llevaría desde los ascensores hasta la sala de control y les explicaría los distintos entornos y ambientes, y las nuevas series de especímenes, ocho de cada una. Luego saldrían y los llevaría hasta la zona norte, hacia el comienzo del área de pruebas.
Las atravesaremos todas, las cuatro fases, hasta llegar al laboratorio químico y la sala de autopsias. Por supuesto, tendremos que detenernos a contemplar a Fósil, y luego pasaremos por la zona habitable, donde habrá café y algo de bollería esperándonos, o quizás unos cuantos emparedados, y después regresaremos a la sala de controla observar las primeras pruebas. Sólo espécimen contra espécimen, por supuesto, la experimentación con humanos sería todo un engorro…
Un suave pitido le hizo volver a la realidad y le indicó que el montacargas había regresado. La puerta se abrió, la rejilla se deslizó hacia un lado y Reston entró en el gran compartimento. La plataforma de acero reforzado resonó con un chasquido metálico bajo sus pies. Una leve polvareda se alzó desde la superficie metálica y se posó sobre la piel brillante de sus zapatos.
Reston suspiró, y pulsó los botones que le llevarían a la superficie, pensando en todo lo que había tenido que soportar desde que llegó a Planeta tan sólo diez días antes. El trabajo avanzaba, pero jamás pensó en todas las incomodidades que se tenían que sufrir para que una de aquellas instalaciones se pusiera en marcha. Las comidas recalentadas pero apenas tibias, la constante necesidad de prestar atención a todos y cada uno de los ínfimos detalles, y la suciedad: por todos lados, finas capas de polvo de construcción que se pegaban a sus ropas y a su cabello, que obstruían los filtros… Incluso en la sala de control había tenido que tomar medidas de precaución adicionales para que no se metiera en la unidad central. Había tenido que trabajar con tres programadores distintos para que todo el sistema informático se pusiera en funcionamiento, pero ésa era otra de las precauciones adoptadas por Umbrella para evitar que nadie supiera demasiado sobre el lugar. Si el sistema fallaba y se desconectaba…
Reston lanzó otro suspiro palmeando suavemente un cuadrado pequeño y liso que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta mientras el montacargas iniciaba con un zumbido el ascenso. Tenía los códigos. Si el sistema fallaba, sólo tenía que llamar a unos nuevos programadores. Un inconveniente, pero desde luego, no un desastre. Raccoon City, eso sí que fue un desastre, y una de las razones más poderosas para que quisiera que todo funcionara a la perfección en Planeta.
Lo necesitamos. Después del verano que hemos sufrido, el escape del virus y todos esos metomentodos de los STARS, además de perder a Birkin… Necesito que esto vaya bien.
Aunque la decisión había sido unánime, había sido la gente de Reston la que había ido a Raccoon City para quitarle el virus G a Birkin. Un acto que había dado corno resultado la pérdida de su científico en jefe y más de mil millones de dólares en equipo, en trabajadores y en instalaciones. Por supuesto, estaba claro que no había sido culpa suya, nadie le había atribuido aquel fallo, pero había sido un mal verano para todos, y que el Entorno de Prueba A estuviese preparado y en funcionamiento tranquilizaría la situación de un modo considerable.
Pensó en lo que les había dicho Trent, justo antes de que Reston se marchase camino a Planeta: mientras no perdiesen la cabeza, no tendrían que preocuparse por nada. Un aviso tranquilizador muy corriente, pero que dicho por Trent sonaba como una verdad absoluta. Era curioso. Habían contratado a Trent para que resolviera los problemas, y en menos de seis meses se había convertido en uno de los miembros más respetados de su grupo. Nada parecía inquietarle, el tipo era puro hielo. Habían tenido suerte de encontrarlo, sobre todo si se tenía en cuenta su reciente serie de desgracias.
El montacargas se detuvo, y Reston enderezó los hombros preparándose para redirigir las labores del señor Cole. La sola idea de hacerlo poner de pie de un salto le hizo sonreír de nuevo, y echó a un lado todas sus preocupaciones.
Un currante más, pensó con alegría, y salió del montacargas para encargarse de todo.

Capítulo 6
En el cielo nocturno, una media luna desparramaba una pálida luz azulada por la vasta y abierta llanura, haciéndola parecer incluso más frío de lo que era.
Y hace un frío de mil demonios, pensó Claire, temblando a pesar de la calefacción del vehículo de alquiler. Era otra furgoneta, e incluso con tres de ellos moviéndose en la parte trasera, comprobando y recargando las armas, no parecían generar ni de cerca el calor suficiente para mantener fuera el helado aire que se colaba a través de la delgada chapa de metal.
—¿Tienes los 380? —le preguntó John a León, quien se estiraba sobre la caja de la munición para cargar las cartucheras de sus caderas. David conducía, Rebecca comprobaba la posición en un GPS. Si las coordenadas de Trent eran correctas, ya estaban cerca.
Claire miró hacia fuera, al paisaje que corría junto al polvoriento camino, a lo que parecían interminables millas de nada bajo el ancho cielo, y se estremeció de nuevo. Era un lugar árido y abandonado, la carretera por la que iban apenas era más que un camino de polvo dirigiéndose a ninguna parte; el asentamiento perfecto para Umbrella.
El plan era sencillo. Dejar la furgoneta a media milla más o menos de las coordenadas de Trent, cargar con todas las armas que tenían, y deslizarse en el complejo tan silenciosamente como pudiesen.
«… encontramos el tablero de acceso que mencionó Trent, introducimos los códigos y entramos —había dicho David—, cuando esté bien entrada la noche. Con un poco de suerte, la mayoría de los trabajadores estarán dormidos; sólo será cuestión de encontrar sus habitaciones y reunirles. Les encerraremos y realizaremos una búsqueda de este libro del Sr. Reston. John, tú y Claire vigilaréis a nuestros prisioneros, mientras el resto buscamos. Probablemente estará en la sala de operaciones o en las habitaciones privadas de Reston. Si no lo encontramos en, digamos, veinte minutos, tendremos que preguntarle directamente al Sr. Reston… un último recurso para evitar implicar a Trent. Con el libro en las manos, nos iremos por donde venimos. ¿Preguntas?»
Su sesión de planificación en el hotel lo había hecho parecer bastante fácil y con la escasa información de que disponían, las preguntas habían sido pocas. Aunque ahora, conduciendo a través de un interminable y helado yermo, intentando mentalizarse para una confrontación… ahora no parecían tan simple. Era una perspectiva aterradora, entrar en un lugar donde ninguno de ellos había estado antes e intentar encontrar un objeto no mayor que una novela. Además era Umbrella, además tenemos que intimidar a un montón de técnicos y posiblemente acabar torturando a uno de los tipos importantes.
Al menos entrarían bien armados, parecía que habían aprendido la lección en lo que concernía a tratar con Umbrella: que llevar una potencia de fuego de cojones era una idea estupenda. Además de las pistolas de nueve milímetros y todos los cargadores que pudieran llevar encima, también estaban equipados con dos rifles automáticos M-16 AI, uno para John y otro para David, junto a media docena de granadas de fragmentación. Sólo por si acaso, les había dicho David.
En caso de que todo el plan se desmorone. En caso de que tengamos que hacer saltar por los aires y en pedazos alguna clase de criatura increíble y monstruosa, o un centenar de ellas…
—¿Tienes frío? —le preguntó León.
Claire apartó la vista de la ventanilla y le miró. León había acabado de preparar las bolsas de todo el equipo y le estaba entregando la suya. La tomó y asintió para responder a su pregunta.
—¿Tú no tienes?
León negó con la cabeza, sonriente.
—Ropa interior térmica. Me habría venido bien en Raccoon City…
Claire sonrió.
—¿Te hubiera venido bien a ti? Te recuerdo que yo iba correteando con unos pantalones cortos. Tú al menos tenías tu uniforme.
—Que acabó cubierto de tripas de lagarto antes de que hubiera recorrido la mitad de las alcantarillas —le respondió, y a ella le alegró ver que era capaz de bromear sobre aquello.
Se está recuperando. Los dos lo estamos haciendo.
—Niños, niños —les dijo John con voz severa—. Si no paráis ahora mismo, haré que el coche dé la vuelta…
—Frena un poco —dijo Rebecca desde el asiento del acompañante, y su voz hizo que todos se callaran. David levantó un poco el pie del acelerador, y la furgoneta redujo la velocidad hasta apenas avanzar.
—Me parece… creo que está a un kilómetro aproximadamente, hacia el sureste de nuestra posición —dijo Rebecca.
Claire respiró profundamente, vio cómo John empuñaba uno de los rifles automáticos y a León apretar los labios en cuanto David detuvo la furgoneta. Había llegado el momento. John abrió la portezuela lateral, y el aire entró, helado, seco, espantosamente frío.
—Espero que tengan encendida la máquina de hacer café —dijo John en voz baja, y saltó a la oscuridad.
Se dio la vuelta para recoger su pequeña mochila de cadera. Rebecca metió unos cuantos suministros médicos más en la suya, y cuando ella y David salieron, León le puso una mano en el hombro a Claire.
—¿Te ves con fuerzas? —le preguntó en voz baja, y Claire sonrió en su interior pensando que era un hombre muy dulce: ella se había estado preguntando si debía decirle eso mismo.
Se habían hecho bastante íntimos desde que se conocieron en Raccoon City, y aunque no podía estar completamente segura, creía haber detectado ciertas señales que le indicaban que a él no le importaría que esa intimidad se hiciera más profunda. No estaba segura de si eso sería una buena idea…
Pero desde luego, ahora no es el momento para decidir algo sobre eso. Cuanto antes consigamos ese libro de códigos, antes podremos marcharnos a Europa. A ver a Chris.
—Estoy tan fuerte como nunca —le respondió. León asintió y ambos salieron a la helada noche para reunirse con los demás.
David situó a John a retaguardia del grupo, y se colocó él en cabeza, obligándose a expulsar todos sus pensamientos negativos mientras se acercaban al lugar donde Trent había dicho que estaría la instalación de Umbrella. No iba a ser fácil: se disponían a entrar a saco con menos de un día de preparación, sin mapas del lugar, sin idea del aspecto que tenía Reston o contra qué clase de medidas de seguridad se enfrentaban…
La lista es interminable, ¿verdad?, y aun así voy a hacerles entrar. Porque si lo logramos, podré retirarme. Umbrella estará acabada, y nadie tendrá que venir a pedirme ayuda, nunca jamás.
Era una idea que le atraía mucho: una jubilación tranquila. En cuanto los monstruos a cargo de White Umbrella fueran entregados a la justicia, combatiente fugitivo o no, ya no tendría otra responsabilidad mayor que mantenerse alimentado y bañado. Quizá criaría plantas de invernadero…
—Creo que… debemos girar unos pocos grados a la izquierda —le dijo Rebecca a su espalda, lo que le sobresaltó y le hizo concentrarse de nuevo en sus alrededores.
Ella apenas había susurrado, pero la noche estaba tan tranquila y tan silenciosa, con el aire tan inmóvil, que cada paso que daban, cada exhalación, parecían asaltar sus oídos.
David les condujo a través de la oscuridad, deseando que pudieran utilizar las linternas. Ya debían estar muy cerca. Sin embargo, a pesar de ir completamente vestidos de negro, estaba preocupado por la posibilidad de que los descubrieran incluso antes de entrar… fuese lo que fuese lo que significase eso. Trent no les había dado ninguna indicación del aspecto que tenían las instalaciones del lugar. De cualquier modo, con la luz de aquella media luna no las verían hasta que prácticamente estuvieran encima…
Ahí.
Una sombra más oscura, justo por delante de ellos. David alzó una mano, lo que hizo que los demás también se aproximaran con mayor lentitud cuando vieron el techo ondulado que reflejaba la luz de la luna. Después pudieron ver la valla, y por último, un puñado de edificios, todos ellos a oscuras y en silencio.
David comenzó a acercarse en cuclillas, indicando a los demás que hicieran lo mismo y apretando el rifle automático contra su pecho. En silencio, se aproximaron lo bastante como para distinguir con claridad el solitario grupo de estructuras de un solo piso detrás de una valla baja.
Cinco, seis edificios, sin luces, sin movimiento visible… Sin duda una fachada para engañar…
—Bajo tierra —le susurró Rebecca, y David asintió.
Era lo más probable. Ya habían discutido varias posibilidades, y les parecía que era la más factible. Incluso con aquella escasa claridad pudo discernir que los edificios eran viejos, y que estaban oxidados y polvorientos. Había una estructura un poco más pequeña delante, y cinco edificios largos y bajos en fila detrás de ella, y todos tenían techos de metal ondulado. Desde luego, el conjunto era lo bastante grande como para albergar un terreno de prueba. Los edificios más grandes tenían el tamaño de un hangar para aviones, pero dado el lugar donde se encontraban, en mitad del desierto, y el aspecto de viejo y desgastado, supuso que las verdaderas instalaciones estaban bajo tierra.
Aquello era bueno y malo. Bueno porque eso significaba que no sería demasiado difícil entrar en el lugar sin demasiadas complicaciones. Malo porque sólo Dios sabía qué clase de sistema de vigilancia habrían montado. Tendrían que infiltrarse con rapidez.
David se giró, sin dejar de permanecer en cuclillas y le habló a su equipo.
—Tendremos que entrar a la carrera —les dijo en voz baja—, y permanecer lo más agachados posible. Treparemos por la valla y nos dirigiremos a la estructura que está más cerca de la entrada principal, en el mismo orden: yo iré en punta y John en retaguardia. Tenemos que encontrar la verdadera entrada lo antes posible. Cuidado con las cámaras, y quiero a todo el mundo con las armas en la mano en cuanto entremos en ese lugar.
Todos asintieron, con los rostros serios y expresión decidida. David se dio la vuelta y comenzó a acercarse a la valla, con la cabeza agachada y los músculos tensos y alerta. Veinte metros para llegar, con el frío aire haciéndole daño en los pulmones y secando el leve sudor de su piel. Cinco metros, y pudo leer los letreros de PROHIBIDO ENTRAR colocados en la valla, y cuando finalmente llegaron a la puerta, David vio el letrero que indicaba que se trataba de una propiedad privada, la ESTACIÓN DE VIGILANCIA E INVESTIGACIÓN DE LA ATMÓSFERA N.° 7. Levantó la vista hacia las siluetas redondeadas de lo que sólo podían ser unos discos de antenas de comunicación por satélite en dos de los edificios, además de las numerosas hileras de antenas normales que surgían de otro de ellos.
David tocó la valla con la punta del cañón de su M-16 primero, y luego con la mano. No ocurrió nada, y tampoco distinguió alambre de espino, ni cables de sensores o de alarma a la vista.
Es obvio que ninguna clase de estación de control del tiempo tendría dispositivos semejantes. Umbrella es tan precisa en sus fachadas como en todo lo demás.
Se colgó el rifle del hombro, se agarró al grueso alambre y comenzó a subir. La valla apenas medía dos metros, y estuvo en su borde superior en cinco segundos. Pasó por encima y se dejó caer al polvoriento suelo del interior del lugar.
Rebecca fue la siguiente, y trepó con facilidad y rapidez, una sombra ágil en la oscuridad. David alargó la mano para ayudarla a bajar, pero ella saltó con destreza al suelo sin apenas hacer ruido. Desenfundó inmediatamente su arma, una H&K VP70, y se dio la vuelta para cubrir la oscuridad mientras David se giraba de nuevo hacia la valla.
León casi se cayó cuado estaba pasando por encima del borde de la valla, pero David lo ayudó agarrándolo de la mano. En cuanto bajó, hizo una inclinación de cabeza para darle las gracias y se giró para ayudar a Claire.
De momento, todo va bien…
David estudió la oscuridad que les rodeaba mientras John trepaba. El corazón le latía con fuerza, y tenía todos los sentidos en alerta. No se oía ningún otro ruido aparte del chasqueo de la valla, ni se notaba ningún movimiento en la oscuridad.
Miró hacia atrás cuando John cayó pesadamente al lado de la valla, y luego indicó con un gesto de la cabeza el edificio más pequeño, el que estaba delante. Si él hubiera tenido que pensar en un sitio para ocultar la entrada, la hubiera escondido en un lugar donde nadie miraría: un cuarto para las escobas en la parte trasera del último edificio, a través de una trampilla en el suelo. Sin embargo, los de Umbrella eran gente demasiado engreída, demasiado presuntuosa como para preocuparse por unas precauciones tan simples.
Estará en el primer edificio, porque creen que la han ocultado tan bien que nadie podría encontrarla. Porque si hay algo con lo que podemos contar, es con que los de Umbrella piensan que son demasiado listos como para que los pillen…
O eso esperaba. Sin dejar de permanecer en cuclillas, David avanzó hacia el edificio en cuestión, rezando para que si había cámaras en funcionamiento en aquella zona, no hubiera nadie mirando las pantallas.
Ya era tarde, pero Reston no estaba cansado. Seguía sentado en la sala de control, bebiendo coñac en una taza y pensando vagamente en las tareas del día siguiente.
Por supuesto, ya había elaborado su informe: Cole todavía no había logrado arreglar el sistema de intercomunicadores, aunque al parecer, todas las cámaras funcionaban a la perfección. El manipulador de los Ca6, Les Duvall, quería que uno de los mecánicos revisara una cerradura que se atascaba en la jaula que los dejaba libres. Y todavía quedaba el asunto de la ciudad. Los Ma3K no podrían lucirse precisamente si los únicos colores de los edificios eran el marrón y el ladrillo…
Tengo que hacer que los de construcción se metan en Cuatro mañana. Y tengo que supervisar cómo les va a los Avi en sus perchas…
Una luz roja comenzó a parpadear en uno de los paneles que tenía delante, acompañada por un suave pitido mecánico. Era la sexta o la séptima vez que ocurría en la última semana. Tendría que hacer que Cole arreglara aquello también. Los vientos que recorrían la llanura podían llegar a soplar con mucha fuerza. En un día malo, incluso llegaban a hacer estremecer las puertas de los edificios de la superficie con la fuerza suficiente como para que saltaran los sensores.
Aun así, menos mal que todavía estaba aquí…
En cuanto Planeta estuviera a pleno rendimiento, siempre habría alguien sentado delante de las cámaras para repasar los sensores, pero en aquellos momentos, el único que tenía acceso a la zona de control era él. Si hubiera estado metido ya en la cama, el suave pero insistente pitido de la alarma sonando en su habitación le hubiera obligado a levantarse.
Reston alargó la mano hacia el interruptor y miró a la hilera de pantallas, más por costumbre que porque esperara ver nada…
… y se quedó helado, con la mirada fija en una pantalla que le mostraba la estancia de entrada, a casi unos trescientos metros por encima de donde él se encontraba, con una panorámica desde la esquina sureste del techo. Cuatro, no, cinco personas que encendían sus linternas, y todas vestidas de negro. Los estrechos haces de luz recorrieron los paneles de control cubiertos de polvo, las paredes repletas de equipo metereológico… e iluminaron las armas que empuñaban.
Oh, no.
Reston se sintió durante un segundo atemorizado y desesperado antes de recordar quién era. Jay Reston no se había convertido en uno de los hombres más poderosos del país, incluso puede que del mundo, por dejarse vencer por el pánico.
Alargó la mano bajo la consola en busca del teléfono colocado en un hueco al lado de la mesa y que le pondría en contacto con las oficinas privadas de White Umbrella. En cuanto lo levantó, tuvo línea.
—Soy Reston —dijo, y pudo sentir el acerado tono de su voz, pudo oírlo y sentirlo—. Tenemos un problema. Quiero que me pongan con Trent, quiero que Jackson me llame… y quiero que me envíen un equipo ahora mismo, vamos, que lo quiero aquí hace veinte minutos.
Se quedó mirando a la pantalla mientras hablaba, a los intrusos, y apretó los dientes, y su miedo inicial se convirtió en rabia. Sin duda eran los STARS fugitivos…
No importaba. Incluso si encontraban la entrada, no tenían los códigos, y, quienesquiera que fuesen, pagarían muy caro haberle causado aunque sólo fuera un segundo de inquietud.
Reston dejó el auricular en su sitio, cruzó los brazos y observó a los desconocidos moverse en silencio por la pantalla, preguntándose si tenían idea de que en media hora estarían muertos.

Capítulo 7
El edificio era frío y oscuro, se podía escuchar un suave zumbido de maquinaria que rompía el silencio, y que se escuchaba incluso por encima de los tremendos latidos de su corazón. El lugar no era muy grande, quizá de unos diez metros por sesenta, pero formaba una única estancia, lo bastante amplia como para hacerla sentirse intranquila, vulnerable. Unas pequeñas luces se encendían y se apagaban al azar a su alrededor, como si fueran docenas de ojos que les vigilaran desde la oscuridad.
Tío, odio esto.
Rebecca pasó el haz de luz de su linterna por la pared oeste del edificio en busca de algo que se saliera de lo habitual e intentando no sentirse a punto de vomitar al mismo tiempo. En las películas, los detectives privados y los policías que entran a hurtadillas en la casa de alguien siempre caminan con tranquilidad, en busca de pruebas, como si el sitio fuera suyo. En la vida real, meterse en un sitio en donde estaba claro que no debías estar era terrorífico. Sabía que eran los buenos, que estaban haciendo lo correcto, pero aun así sentía las palmas de las manos llenas de sudor y el corazón le martilleaba más que le palpitaba, y deseó desesperadamente tener un lavabo al que poder ir. Le parecía que su vejiga se había reducido al tamaño de una avellana.
Y eso tendrá que esperar, a menos que quiera entrar chorreando en mitad de territorio enemigo…
No era algo que Rebecca deseara.
Se inclinó para tener una mejor visión de la máquina que tenía enfrente, un aparato del tamaño de una nevera cubierto de botones, la etiqueta del frente decía «Estación OGO», a saber lo que era. Hasta donde podría contar, la habitación estaba repleta de enormes y macizas máquinas llenas de interruptores. Si el resto de los edificios estaban equipados de forma similar, encontrar el panel oculto de acceso iba a llevarles toda la noche.
Cada uno se ocupaba de una pared, y John investigaba las mesas situadas en el centro del cuarto. Probablemente había una cámara de vigilancia en alguna parte del edificio, lo cual hacía la urgencia todavía más grande… aunque todos esperaban que el personal mínimo significaría que nadie estaría observando. Si tenían mucha suerte, el sistema de seguridad ni siquiera estaría operativo aún.
No, eso sería un milagro. Bastante suerte tendremos si conseguimos entrar y salir de esto vivos e ilesos, con o sin ese libro…
Desde que habían dejado la furgoneta, las alarmas internas de Rebecca habían estado sonando hasta convertirla en un manojo de nervios. Durante el poco tiempo que llevaba en los STARS, había aprendido que confiar en sus instintos era importante, quizá incluso más importante que tener un arma; el instinto le decía a las personas cuando esquivar las balas, a esconderse cuando el enemigo estaba cerca, a saber cuando esperar y cuando actuar. El problema era, ¿cómo saber si era el instinto o sólo estás acojonada? Ella no lo sabía. Lo que sabía era que no se sentía bien en su incursión nocturna. Tenía frío y estaba nerviosa, su estómago le dolía, y no podía sacarse de encima la sensación de que algo malo iba a ocurrir.
Por otro lado, debería tener miedo… todos deberían estarlo. Lo que estaban haciendo era peligroso. Algo malo podría ocurrir realmente, reconocerlo no era paranoia, era ser realista.
—Hola. ¿Qué es eso?
Justo a la derecha de la máquina OGO había algo que parecía un calentador de agua, un aparato alto y redondeado con una ventanilla delante. Tras el pequeño cuadrado de cristal había una bobina de papel cuadriculado, cubierta con unas hileras negras, nada que hubiese reconocido, lo que había captado su atención era el polvo en el cristal. Era el mismo polvo que parecía haber por toda la habitación… pero había algo más. Había un borrón a través de la suciedad, una línea húmeda que podría haber sido causada por el dedo de alguien.
¿Un borrón en el polvo?
Si alguien hubiese pasado la mano sobre el polvoriento cristal, habría dejado algo más. Rebecca lo tocó frunciendo el ceño… y sintió la irregular superficie del polvo, las diminutas crestas y espirales como papel de lija bajo sus dedos. Lo habían espolvoreado o pulverizado encima… así pues, falso.
—Creo que tengo algo —susurró, y tocó el cristal donde se encontraba el borrón. La ventana se abrió, balanceándose y mostró un brillante cuadro metálico tras ella, un equipamiento de diez teclas en un panel limpio de polvo. El papel cuadriculado también era falso, tan solo parte del cristal.
—Bingo —musitó John tras ella, y Rebecca dio un paso atrás sintiendo un arrebato de emoción mientras los demás se les unían, sintiendo la tensión que provenía de ellos. Sus respiraciones combinaciones formaron una nubecilla en la helada habitación, recordándola lo aterida que estaba.
Demasiado frío… deberíamos volver a la furgoneta, volver al hotel para darnos un baño caliente. Ella podía captar la desesperación en su voz interior. No era el frío, era el lugar.
—Brillante —dijo David con suavidad y dio un paso al frente, sosteniendo su linterna en alto. Había memorizado los códigos de Trent, once en total, cada uno de ocho dígitos.
—Va ser el último, ya veréis —le susurró John. Rebecca habría lanzado una carcajada si no hubiera sido porque sentía tanto miedo.
John se quedó callado cuando le vio empezar a teclear el primero de los números. Rebecca pensó que si ninguno de ellos funcionaba, tampoco se sentiría demasiado decepcionada.
Jackson había llamado y había informado a Reston con su voz tranquila y educada que dos equipos de cuatro hombres cada uno se hallaban en camino tras partir en helicóptero de Salt Lake City.
—Resulta que nuestra oficina allí disponía de algunas tropas —le dijo—. Tenemos que agradecérselo a Trent. Nos sugirió que comenzásemos a redistribuir algunos de nuestros equipos de seguridad antes del gran estreno, por así decirlo.
A Reston le había encantado oír aquello, pero no estaba demasiado contento con que ellos estuvieran allí, tres hombres y dos mujeres armados dando vueltas alrededor de la entrada a Planeta en mitad de la noche…
—No pueden entrar, Jay —le interrumpió con suavidad para tranquilizarle—. No tienen acceso.
Reston se había tragado la cáustica respuesta que se le había ocurrido, y en vez de eso le dio las gracias. Jackson Cortlandt era probablemente el hijo de puta más arrogante y displicente que Reston jamás había conocido, pero también era extremadamente competente… y extremadamente feroz si necesitaba serlo. El último hombre que se había cruzado en su camino y le había cabreado acabó regresando a su familia en diferentes envíos postales. Decirle «¡Y una mierda!» al miembro más antiguo era como saltar desde el tejado de un edificio muy alto.
Jackson le había dejado bastante claro que aunque agradecía que le hubiera llamado, lo mejor sería que Jay manejara ese tipo de asuntos por su cuenta en el futuro, y que si se molestara en mantenerse al día sobre los cambios internos, se habría enterado de la existencia de los equipos en Salt Lake City. No se había tratado de una bofetada explícita, pero Reston captó el mensaje de todas maneras. Colgó el teléfono sintiéndose tremendamente humillado. Ver cómo los cinco intrusos se dedicaban a dar vueltas por el edificio de la entrada no hizo más que aumentar todavía más la tensión que sentía.
No tienen el código, no tienen acceso aun en el caso de que encuentren el teclado.
Veinte minutos. Lo único que tenía que hacer era esperar veinte minutos, media hora en el exterior. Reston respiró profundamente, y dejó escapar el aire con lentitud…
… y se olvidó de inhalar de nuevo cuando vio que uno de ellos, una chica, apretaba la ventanilla que daba acceso al teclado. Lo habían encontrado, y seguía sin saber quiénes eran o cómo conocían la existencia de Planeta…, pero por el modo en que uno de ellos se acercó al teclado y comenzó a pulsar botones, le pareció que veinte minutos sería demasiado tiempo para esperar la ayuda.
Está intentando adivinarlo, está marcando números al azar, no es posible que…
Reston se quedó mirando cómo el individuo alto y de cabello oscuro continuaba marcando números y recordó lo que Trent les había dicho en la última reunión: que era posible que en White Umbrella hubiera un infiltrado.
Alguien filtra información, alguien de muy arriba. Alguien que conoce los códigos de entrada.
Alargó la mano para levantar el auricular de nuevo, pero se detuvo. La sutil advertencia de Jackson le provocó un ligero sudor frío. Tenía que manejar la situación él en persona, era él quien tenía que impedir que entraran, pero todo el mundo estaba dormido y no disponía de servicio de intercomunicadores, tenía una pistola en su habitación, pero si tenían el código, no le quedaba tiempo para…
¡Control manual de anulación!
Reston se apartó de las pantallas y se dirigió a la puerta, dándose de bofetadas mentalmente mientras salía de la sala de control. Había un control manual de anulación en un panel oculto al lado del montacargas, y podía mantenerlo abajo aunque tuvieran el código de acceso…
Los equipos de seguridad llegarán y pillarán a nuestro pequeño grupo de invasores, y yo habré logrado manejar la situación.
Sonrió, con un gesto carente por completo de humor, y comenzó a correr.
León miró con ansiedad a David mientras tecleaba otra serie de cifras, esperando que su presencia no hubiese sido detectada todavía. No había visto ninguna cámara, pero eso no significaba que no hubiese una. Si Umbrella podía construir unos inmensos laboratorios subterráneos y crear monstruos, podían esconder una cámara de vídeo.
David pulsó una última tecla… y oyeron y sintieron un movimiento y un sonido al mismo tiempo: el suave siseo de unos engranajes hidráulicos y el distante zumbar de una maquinaria. Una gigantesca parte del muro situado a la derecha del teclado se elevó. Los cinco levantaron sus armas al unísono… y las bajaron de nuevo cuando vieron la gruesa puerta de rejilla y el hueco negro y vacío de un ascensor.
—Maldita sea —dijo John, con un tono de temor en su voz, y a León no le quedó más remedio que estar de acuerdo.
El panel tenía tres metros de ancho, y estaba repleto de máquinas adosadas a él, y sin embargo, había desaparecido en dos segundos por la abertura del techo. Fuese cual fuese el mecanismo que lo hacía funcionar, tenía que ser tremendamente poderoso.
—¿Qué es eso? —dijo Rebecca, y León lo oyó un segundo más tarde: un zumbido lejano.
Al parecer, el código de entrada también servía para llamar al ascensor. Podían oír cómo iba subiendo, el resonante eco de un aparato bien engrasado en el helado hueco del ascensor. Subía con rapidez, pero todavía estaba muy abajo. León se preguntó, y no por primera vez, cómo demonios había logrado Umbrella construir algo semejante. El laboratorio de Raccoon City también había sido inmenso, con Dios sabía cuántas plantas llenas de instalaciones, y todas a gran profundidad bajo la ciudad.
Deben tener más dinero que Midas. Y un pedazo de arquitecto.
—Puede que hayamos activado alguna clase de alarma —dijo David en voz baja—. Puede que no esté vacío.
León asintió, lo mismo que los demás. Todos se quedaron en silencio y en tensión mientras esperaban, con John apuntando su rifle automático hacia la puerta de rejilla.
Reston encontró el panel liso y sin ranuras, y lo abrió sin ningún problema…, pero había una cerradura sobre el interruptor, un pequeño pasador enganchado a la parte superior, lo que impedía que se pulsara hasta el fondo. No fue hasta que vio la cerradura que se acordó de ello: era otra de las precauciones tomadas por Umbrella, una que le pareció increíblemente estúpida en aquel momento.
Las llaves, todos los trabajadores tienen un manojo, a mí me dieron uno cuando llegué…
Reston se pasó las manos por el pelo, azuzando a su cerebro, sintiéndose desesperado y exasperado.
¿Dónde he puesto las puñeteras llaves de seguridad?
Cuando oyó que el montacargas subía a la superficie segundos después, fue lo único que pudo hacer para no ponerse a gritar. Tenían el código. Tenían armas, eran cinco y tenían el código.
El montacargas tarda dos minutos en llegar arriba, todavía tengo tiempo y las llaves están en…
En blanco. Su mente estaba en blanco, y los segundos pasaban con rapidez. Ya había pulsado el botón de llamada, pero el montacargas no bajaría si alguien abría la puerta de la superficie. Por lo que él sabía, los asesinos o los saboteadores o lo que puñetas fuesen ya habrían abierto la puerta y estarían mirando cómo subía el montacargas, esperando…
O quizás están lanzando unos cuantos kilos de explosivo plástico por el hueco… o… ¡control! ¡Están en la sala de control!
Reston se dio la vuelta y echó a correr por el ancho pasillo, a los tres metros giró hacia la derecha para entrar en el pequeño ramal que llevaba a la sala de control. En su primer día en Planeta, uno de los encargados de construcción le había enseñado dónde estaban todas las cerraduras internas: generador de apoyo, la enfermería con las medicinas y las drogas… y el control manual de anulación. Se había aburrido bastante a lo largo del recorrido, y después había tirado las llaves en un cajón de la sala de control, a sabiendas de que no las necesitaría.
Cruzó la puerta a toda prisa, y decidió que más tarde se fustigaría por olvidarse de las llaves. Se preguntaba cómo era posible que la situación se hubiera salido de madre en un tiempo tan corto. Hacía tan sólo diez minutos estaba disfrutando de un poco de coñac y relajándose…
Y dentro de diez minutos, puede que estés muerto.
Reston corrió más deprisa.
El ascensor era muy grande, de al menos tres metros de ancho por cuatro de largo. John entrecerró los ojos cuando comenzó a aparecer delante de ellos: la fuerte luz de la bombilla sin pantalla que colgaba del techo era casi cegadora después de todo el tiempo que llevaban en la oscuridad.
Al menos está vacío. Ahora, todo lo que tenemos que hacer es procurar no caer en una emboscada y que nos maten cuando apretemos el botón de bajada.
El ascensor se detuvo con suavidad. El pestillo que mantenía cerrada la puerta de rejilla se abrió y ésta se deslizó hasta desaparecer en la pared. Miró a David, quien le indicó con un gesto de la cabeza que entrara.
—Primera planta: zapatos, ropa de caballero, capullos de Umbrella —dijo, y no le importó demasiado que los demás no se rieran. Cada uno de ellos tenía su método preferido para enfrentarse a la tensión. Además, su sentido del humor estaba mucho más desarrollado.
Muy por encima de ellos, pensó mientras echaba un vistazo a las paredes del ascensor en busca de algo raro. Bueno, quizá no por encima de ellos; más bien se trataba de que no apreciaban su fino ingenio. Lo importante es que él lograba mantenerse alegre y entretenido, lo que impedía que se quedara helado, incapaz de moverse, o que se convirtiera en un simple tronco inmóvil.
El ascensor parecía estar en orden, lleno de polvo pero sólido. John entró con paso cuidadoso en su interior, con León justo detrás…, y en ese preciso momento, John oyó un ruido, a la vez que una señal roja comenzó a parpadear en el panel de control del ascensor.
—Quedaos quietos —dijo con un siseo, levantando la mano. No quería que nadie más entrase hasta que hubiese comprobado qué quería decir aquella luz roja…
La puerta de rejilla se cerró a su espalda y el pestillo se aseguró con un chasquido. Se giró y vio que León ya estaba dentro, vio a Rebecca y a Claire lanzarse en dirección a la puerta desde el otro lado y a David corriendo hacia el teclado.
Se oyó un chasquido y León, que era el que estaba más cerca, avisó con un grito a Rebecca y a Claire…
—¡Atrás!
El panel de la pared estaba bajando, estaba cortando el aire, y las chicas retrocedieron trastabillando. John pudo ver una última imagen de sus rostros pálidos y desencajados en la penumbra… La puerta quedó cerrada, y aunque él no había tocado absolutamente nada, el ascensor comenzó a bajar. John se puso en cuclillas al lado del panel de control, apretando diversos botones, y comprendió el motivo del encendido de la luz roja.
—Es un control manual de anulación —dijo, y se puso en pie, mirando al joven policía, sin saber qué decir. Su sencillo plan acababa de joderse por completo.
—Mierda —dijo León, y John se limitó a asentir, pensando que lo había resumido a la perfección.

Capítulo 8
—Mierda —dijo Claire con un susurro, sintiéndose inútil y atemorizada, deseando poder golpear el panel de la pared hasta que liberara a los dos hombres.
Una trampa, era una trampa, una emboscada…
—Escuchad… está bajando —dijo Rebecca, y Claire también lo oyó.
Se giró y vio a David tecleando con una mano, con la linterna en la otra, y una expresión preocupada en la cara.
—David… —empezó a decir Claire, pero se calló cuando David le dirigió una breve pero intencionada mirada, una mirada que le decía que se esperara. No había dejado de pulsar botones, y volvió a conc